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El castillo abandonado de Doniños

Escrito por Cristobal Ramírez
16 de septiembre de 2014 a las 16:52h

Doniños. ¡Mira si habré ido veces y veces a Doniños, lugar donde mis padres tuvieron una casa! Y nunca me había llegado hasta el castillo, esa fortaleza de 1795 que antes quedaba dentro del recinto del campo de tiro de la Marina. Así que aproveché para darme un paseo y llegarme hasta él. Imposible entrar. Por atrás está comido por la arena y por todas partes, por vegetación. ¿Recuperable? Desde luego. Y no está amenazado por ninguna construcción, pista, autopista ni vía del AVE. Por cierto que sería una buena manera de recordar la derrota de los ingleses en los altos de Brión en 800, que desembarcaron precisamente en Doniños y destrozaron el castillo en la medida en que pudieron, que personalmente no creo que fuera demasiada puesto que ese no era su objetivo para nada.

Duio, la antigua Dugium, Camino de Santiago entre Fisterra y Muxía: así, no

Escrito por Cristobal Ramírez
10 de septiembre de 2014 a las 2:45h

Duio. Por aquí pasa el Camino de Santiago -maravilloso, por otro lado- que une Fisterra con Muxía. Esto es la iglesia de Duio, la antigua y mítica Dugium sepultada en las arenas. Admírense los cables y contenedores de reciclaje y basura. Pura estética rural gallega.

 

Fernando Cabeza se atreve a explorar la toponimia celta de Galicia

Escrito por Cristobal Ramírez
8 de septiembre de 2014 a las 19:22h

Red Natura del río Tambre. Me envía su último libro Fernando Cabeza Quiles, en su día un excelente colaborador del periódico que publicaba semanalmente en mis páginas del suplemento Galicia una documentada serie sobre la toponimia gallega. Yo creo -aunque avanzo que no soy especialista- que el conjunto de publicaciones lo sitúan como la persona que más trabajos tiene sobre el tema, y desde luego a mí me siguen resultando muy útiles.

En este caso Fernando Cabeza se mete en un peligroso jardín: A toponimia celta de Galicia, que así se titula el grueso volumen de más de 500 páginas de la editorial Toxosoutos. Y digo peligroso porque desde hace un lustro se está intentando reactivar el nunca cerrado debate de si hubo celtas en Galicia, gloriosa invención de los románticos que, quizás, pueda tener alguna base real. De manera que ya en Facebook han sonado las primeras trompetas de a la carga y le han zurrado de lo lindo. A prioiri y desde mi sabia ignorancia, no atisbo celtas en el próximo horizonte, pero desde luego no me atrevo a rebatir ni una sola de las palabras de Fernando Cabeza. Porque su aporte a ese debate no arranca del estómago ni del corazón, sino del conocimiento y de la cabeza. Ojalá hubiera muchas aportaciones de ese nivel. Y además, personas que, años después, le recuerden a uno con afecto.

 

Un castro en Aranga

Escrito por Cristobal Ramírez
8 de septiembre de 2014 a las 17:35h

Aranga. Es éste, el de Aranga, un municipio algo o bastante olvidado en la provincia de A Coruña. Tierra de lobos, de montes, de ríos, de bosques. Naturaleza pura escasamente adulterada, sin agresiones graves. Tiene sus problemas: la emblemática casa Platas ha cerrado, y la taberna del Legionario echa el candado a finales de año, de manera que nos quedamos sin lugar para comer. Hay alguna ruta, pero sería posible diseñar muchas más. Mámoas neolíticas arriba y varias iglesias muy llamativas. Y al llegarme a la de Muniferral me paré ante un panel que animaba a darse una vuelta por valle y montaña. Así que como tenía tiempo, allá me fui a buscar el castro que señalaba. El desvío está en la parte alta, pero si se llega a las casas ya se ha pasado. Hay un gran cartel en ese desvío, pero en ese sentido de la marcha queda tapado, de manera que se necesitaba otro más en el otro lado. En fin, marcha atrás, reductora en el Land Rover, a los 300 metros nuevo desvío ascendente a la diestra y en lo más alto, una fortaleza auténtica, horadada su muralla por tractores que se dedicaron a cortar los árboles que crecían en el interior del reducto, una barbaridad a la que ya estamos acostumbrados en Galicia.

El castro es impresionante por dos razones: la primera, por la gran panorámica que se divisa desde él. La segunda, por sus murallones, que, sin haber sido excavados, ¡están por completo a la vista!.

Una maravilla. Eso sí, llévese bocadillos y agua. En el corazón de Aranga ya no hay dónde comer.

Doniños, una playa coruñesa que parece que atrae a los irresponsables

Escrito por Cristobal Ramírez
4 de septiembre de 2014 a las 12:58h

Playa de Doniños (Ferrol). Después de 30 años he vuelto a pisar la playa de Doniños, donde la gente en estos últimos días está tan loca que incluso con bandera roja se mete en el agua y luego algunos héroes tienen que arriesgar su vida para salvar la ajena. Pasó siempre, y lo sé con seguridad porque mi padre tuvo allí una casa durante muchos años. A algunos se los llevó el océano, y otros tuvieron más suerte, como el adolescente que pilló in extremis mi madre, a la cual por cierto le había llamado “vieja” y era más joven de lo que soy yo ahora.

En fin, que he vuelto a Doniños y por primera vez en mi vida he recorrido la playa de extremo a extremo. Entré por Punta Penencia, donde el chiringuito homónimo ha ampliado mucho sus instalaciones. Lógicamente, el dueño no me reconoció, ni yo tampoco sus excesivas gesticulaciones. El sitio es atípico en el sentido de que yo siempre he asociado chiringuito a cutrez, y este rompe mi norma. Lo ha dispuesto de manera agradable el exmilitar murciano que hoy como ayer sigue al frente. Como llevábamos bocadillos, no he comido ahí, de manera que no tengo criterio, pero las ensaladas tenían buena pinta.

Fue, en cualquier caso, una visita rara. Quizás por los recuerdos del pasado, cuando iba allí con mis padres. Quizás porque no me gusta ver Doniños con el personal metiéndose en el mar cuando recuerdo que los dos únicos hijos de un vecino se dejaron allí la vida. Y en ello pensaba mientras salía del chiringuito y miraba, en lo alto, la casa donde habían pasado los veranos y en la que es posible, sólo posible, que sigan añorándolos sus padres.

 

Inesperada y muy grata vuelta a la playa de As Furnas

Escrito por Cristobal Ramírez
3 de septiembre de 2014 a las 17:01h

 

Playa de As Furnas. Tanto Coro como yo empezamos a echar cuentas, y por lo menos hace cuatro años que no venimos a la playa de As Furnas, en el municipio de Porto do son, lugar ahora conocido porque ahí se estampó contra el fondo del mar -que estaba mucho más cerca de lo que pensaba- Ramón Sampedro, quedándose tetrapléjico. Su peripecia vital dio lugar a la película Mar adentro, que, desde luego, no he visto ni espero ver. Pero sí, lo cierto es que hacía mucho tiempo que no pisábamos esta arena. El campo de fútbol sigue igual, un monumento al feísmo, y encima sin una brizna de hierba. O se reforma o dinamita, por favor. El arenal, una maravilla. Y al restaurante, como siempre. Aunque al salir de casa no pensábamos comer en él, al final recalamos en la mesa de siempre, dispuestos a esperar porque, aunque la atmósfera siempre es muy agradable y el personal atento, la rapidez nunca fue una de sus virtudes. Claro que, cierto es, nadie va allí con prisa, pero esta vez se pasaron un pelín. Lo excepcional continúa siendo la bandeja de rapantes, impresionantes, fresquísimos, hechos en su punto, sin duda los mejores que tomo en mi vida los tomo ahí. El precio, bajo, por mucho que lo engorden los helados de la tropa menor de edad…

Visita anual a la playa de Cabío

Escrito por Cristobal Ramírez
2 de septiembre de 2014 a las 7:48h

Cabío (A Pobra do Caramiñal). Visita anual a la playa de Cabío. Mi primera sorpresa es que está llena de gente, algo que no esperaba. Pero es lógico. A la belleza natural se une la panorámica más bonita de la ría de Arousa, con la isla de Rúa mandando. Y los servicios. Porque al alcalde seguro que se le pueden criticar muchas cosas, pero no el que haya descuidado este pedazo de su costa caracterizado por la línea de arenales, más limpios este año que el pasado, y por los dos paseos, uno de piedra y el otro de madera.

Recorro todo. Sólo me sigue horrorizando la estética del cámping Ría de Arosa (el Ría de Arosa II, en el monte, es lo contrario) porque me recuerda a campamentos de refugiados, apiñados todos para aprovechar hasta el último metro -ya sé, ya sé, la temporadas es corta y no se puede desperdiciar nada- y sin embargo me sigue encantando la atmósfera del hotel Cabío, de avejentada web, con su terraza convertida en magnífico mirador.

 

Corderito, helado y… Envidia cochina

Escrito por Cristobal Ramírez
31 de agosto de 2014 a las 19:48h

Pidre (Palas de Rei). Tras 270 kilómetros por la Ribeira Sacra recalo, lleno de sudor y algo cansado, en A Parada das Bestas, donde tengo suerte: hay una primera comunión, así que me instalo debajo de un carballo, mesa y sillas, mantel y albariño. María, que no pierde la sonrisa a pesar de que no para, me pone un corderito excelente como sólo ella sabe prepararlo, mientras los tres perros se extienden pacientemente en la hierba, a la sombra también, sabiendo que al fin algo les caerá, porque en la casa grande, el que no come, lambe.

Pero yo he venido a por un helado. Necesito un helado. Así que Envidia cochina (sí, ese es el nombre del albariño) y cordero dejan paso a una de esas creaciones gloriosas en las cuales tiene algo que ver también Milhulloa, la premiada cooperativa ecológica que dista media docena de kilómetros.

María sabe mis gustos. Y es que nos conocemos desde 1997, cuando ella y Suso acababan de abrir y A Parada das Bestas era un desierto. Desde entonces hasta hoy, con la mediática estancia de Gwyneth Paltrow por medio, un camino de mucho esfuerzo pero también de éxito. Un ejemplo del turismo de calidad que necesita Galicia.

Por cierto, las webs de A Parada das Bestas y Milhulloa necesitan un lifting.

Avalancha en O Grove y ni un solo aparcamiento de pago

Escrito por Cristobal Ramírez
30 de agosto de 2014 a las 6:47h

O Grove. Pues no es este el turismo que necesita Galicia, un turismo de aluvión para el que en absoluto están preparadas localidades como O Grove. En primera he tardado en entrar y salir 43 minutos a las 11.40 de la mañana. Los cientos de coches que accedíamos a la localidad desde los dos puntos de entrada buscábamos lo mismo: sitio para aparcar. Imposible. El caos es absoluto porque, aunque hay lugares señalizados para dejar el vehículo, están cogidos todo el día por los veraneantes. Dos policías locales hacía lo que podían.Ni un solo aparcamiento de pago, elemento fundamental tanto para desanimar a los que quieren meter el coche a la puerta del bar como para organizar los flujos. De manera que el barifundio es enorme y los nervios están a flor de piel. Si esto es relax veraniego, que baje Dios y lo vea, que yo, cuando rechacé aparcar a dos kilómetros del puerto y sin ningún servicio que me acerque a él, no lo veré nunca más ni en julio ni en agosto. Pan para hoy…

Al parecer una carretera quiere destruir la reserva natural de Godmanchester

Escrito por Cristobal Ramírez
28 de agosto de 2014 a las 4:02h

Godmanchester. Mi contacto con el Wildlife Trust, Amy Robinson, me había informado de que la maravillosa reserva natural de Godmanchester, cerca de Huntingdon, estaba amenazada. Yo, como periodista, aplico siempre el axioma inglés que afirma que “si tu madre te dice que es tu madre, compruébalo”. O sea, dos fuentes para poder publicar una noticia. Y yo tengo una, de manera que, aunque en principio Amy Robinson parece una persona muy sensata, yo no he podido ver ningún papel que diga que por ahí, por el medio de la reserva, va a construirse una nueva carretera.

Si damos por bueno lo que esa mujer asegura, es simplemente una barbaridad. Parece ser que se van a construir nuevas viviendas al norte, y que hay que darles acceso. Lo que ella dice es que ya existe ese acceso vía la A14, una autovía llena de tráfico a la que sin embargo iría a dar el nuevo tráfico sí o sí. O sea, un galimatías, una programación hecha con los pies que afectará a aves que viene desde Islandia y a, por ejemplo, 50.000 estorninos que se cuentan allí en invierno. De eso en Galicia sabemos mucho, donde se está empezando a construir la autovía a Lugo arrasando con medio Camino de Santiago (nuestro principal recurso turístico), pero yo no lo esperaba de los civilizados (excepto en la Costa Brava y Baleares) ingleses.

En resumen, si se confirma que por la reserva natural se va a diseñar la carretera, que cuente con mi oposición como ciudadano. Aunque sea una oposición meramente moral, pero me uno así a los 1.390 vecinos de Godmanchester (en total son 5.500, incluyendo los niños, de manera que 1.390 es la práctica totalidad de los hogares) que firmaron contra el proyectado atentado ecológico.

Hinchinbrooke, el pequeño gran tesoro escondido de Huntingdon

Escrito por Cristobal Ramírez
26 de agosto de 2014 a las 7:14h

Hinchinbrooke Country Park (Huntingdon). Sabía -más o menos- que estaba ahí, detrás del palacio de Hinchinbrooke y del colegio público que tiene dos gimnasios y piscina climatizada, pero en todos estos años no había tenido -lo confieso- el más mínimo interés en conocer la reserva natural que lleva el nombre del palacio. En realidad, pensaba en un bosque o en una lagunita. Una cosa minúscila, porque Huntingdon -ciudad a la que pertenece y que define geográficamente por el suroeste- tiene 12.000 habitantes contando los largos y poblados extrarradios, así que no iban a tener sólo ahí para tan poca gente un paraíso natural.

Pues lo tienen. En una hora sólo recorrí, casi sin detenerme, un pequeño trozo, cruzándome constantemente con gente por lo general mayor que pasea a sus perros y recoge los excrementos aunque los animales tengan a bien soltarlos en el medio de la casi inaccesible maleza, donde incluso es sano abono natural.

He logrado ver tres de las siete lagunas, pero sin tiempo para recorrer sus perímetros. Estuve en un observatorio pero no en el centro de deportes acuáticos. Recorrí los más de 200 metros que mide de largo el parque infantil pero n o tuve ni tiempo para fotografiar al descarado conejo que se cruzó en mi camino. encima, organizan constantemente actividades tanto para niños como para adultos, y muy variadas. Uno puede hacerse amigos del Hinchinbrooke Country Park pagando una mínima cuota al año (10 euros), lo cual da derecho, entre otras cosas, a ser voluntario en las tareas de cuidado del parque en sí y a participar en acciones de recolección de fondos para el mantenimiento de esos 180 acres. O sea, nada menos que 72 hectáreas.

Eso sí, excepto que uno se meta en el agradable café lleno de niños, como estoy yo ahora mismo, el runrún de la autovía es constante. Tampoco se puede pedir todo, ni siquiera aquí en Inglaterra.

 

Suspenso para Newmarket, sobresaliente para el pub The Kirtling Red Lion

Escrito por Cristobal Ramírez
24 de agosto de 2014 a las 5:11h

Kirtling. ¡Qué desilusión Newmarket! Burro grande ande o no ande y cientos de caballos. Todo está preparado para los equinos y los jinetes. Enormes picaderos, lugares para carreras, hoteles de mucho lujo y un museo…  de las carreras de caballos.

Recorro la calle principal, High Street, que casi es la única, y luego un centro comercial todo atropellado. Así que vuelvo al coche y busco Kirtling, donde he quedado para comer. Carretera estrecha, muy arbolada, preciosa. Uniformidad elegante en la rotulación de las granjas, casas fuertes y establecimientos para la equitación. Desvío por una pista de esas que garantizan que uno se mete en el fin del mundo y al fin paro ante The Red Lion, un pub precioso y auténtico, lugar de la cita… cerrado porque faltan 20 minutos para las 12. De modo que paseo y la dueña se da cuenta de mi soledad. Abre la puerta y me invita a entrar, mientras me prepara un té.

¡Qué cambio! También ella acaba confesando que Newmarket no es la ilusión de su vida, y yo la entiendo porque The Red Lion es el paraíso. No por lujo, que no lo hay, sino por la autenticidad y la amabilidad de la propia dueña, del hombre que aparece por allí a trabajar y de la rubia que quizás sea su hija -o no- y que tiene cara de no haber dormido lo suficiente, aunque se muestra muy dispuesta.

Y además, mis scampi estaban estupendos, y mi postre, un tofe con helado, impresionante. Un sitio para recomendar y para volver.

 

Están en todo su derecho, pero de verdad que no me gusta el cambio

Escrito por Cristobal Ramírez
22 de agosto de 2014 a las 20:09h

Grafham. Algo estaba fuera de sitio. Di una vuelta, y otra, y otra. Tenía que hallarse al final a la izquierda, cerca de la esquina. O al menos allá me fui automáticamente, y mi automatismo rara vez me engaña, son muchos años educándolo. Pero algo no me cuadraba. La tumba, simplemente, no está. Hasta empecé a ponerme nervioso y acabé incluso desorientado, lo cual es raro, bien raro. Así que empecé a vagar por todo el cementerio de Grafham, mientras la iglesia permanece cerrada por obras. Llegué a la esquina del fondo, pero a la de la derecha, y allí había una tumba. Pero no ponía lo que tenía que poner, no, aunque me fijé y en realidad eran dos tumbas en tierra. Si fuera la primera vez que viese algo similar, seguro que me habría impactado, pero yo buscaba la otra. ¡Y no estaba!

Tuve que volver al castillo, mirar en el ordenador y comprobar que sí, que yo tenía razón, y que además las tumbas -me aseguré para tranquilizarme- no desaparecen así por las buenas. Me fijé en las que estaban al lado y regresé a Grafham. Busqué las cercanas y al fin di con la mía: Andrew y Muriel. Pero alguien hizo cambios profundos: tenían ahora una inscripción que aguantará cientos de años, y no madera. Informaban de que Andrew había vivido 61 años y Muriel 96. Pero sus deudos habían anulado, sin duda con toda la buena intención del mundo, aquello por lo que Andrew y Muriel se habían ganado mi cariño sin haberlos conocido jamás: en ningún lado de la piedra aparece la palabra que en la madera daba sentido a la vida de ambos: “Reunited”. Que Deus os teña onde os ten.

 

 

Lección de ecología en Godmanchester

Escrito por Cristobal Ramírez
21 de agosto de 2014 a las 18:29h

Godmanchester. Cow Lane debe de ser la pista más horrorosa de Inglaterra. Estrecha, de firme desastroso y fea como ella sola, con planta de tratamiento de aguas por algún lado, verjas… Horrible. Al final, un ancheamiento permite aparcar a media docena de coches. Salgo del mío como hacía en Nicaragua cuando la guerra: moviendo las orejas para detectar cualquier ruido sospechoso, porque esto parece el fin del mundo, lugar de trampas, territorio comanche. Ni siquiera me tranquiliza una señal que indica que entre 10 y 2 hay actividades en la reserva natural, que es lo que voy buscando cuando el reloj marca poco más de las nueve y media de esta mañana fría con viento desapacible, gersey bajo el impermeable cerrado, botas porque hay lugares enlamados.

Echo a andar por una pista de tierra larga y casi recta rodeada de alta vegetación que impide ver si hay algo atrás. Al fondo, el constante ruido de la autovía. Veo a una chica joven con dos perros pequeñitos y poco agraciados, y está relajada. Eso me tranquiliza. Salvo que ella sea el peligro, claro está.

Así que camino y camino. De vez en cuando hay, clavados en el suelo, unos cartelitos referidos a la riqueza botánica o faunística de esa reserva natural que no acabo de ver por ninguna parte. Y cuando ya llevo quince minutos en ese lugar inhóspito, decido ir hasta una verja, ver el panorama y dar la vuelta. Al alcanzarla, de repente el paisaje cambia por completo. Ahora es amplio, con bosques como telón de fondo, lagunas aquí y allá, alguna isla mínima llena de aves y, a 50 metros, Amy Robinson, incansable, con un matrimonio mayor. Ahí está la representación del Wildlife Trust, que esta mañana desapacible ha tenido la idea de convocar a las familias de la zona para enseñarles lúdicamente algo más del pedazo de planeta donde les ha tocado vivir.

Excelente recibimiento, la pareja ha estado en Extremadura aunque no habla nada de español, pájaros volando aquí y allí, identificados inmediatamente por la mujer, que se revela como una auténtica experta, catálogo en mano. Me cuentan que habría que ir a la isla para limpiar toda la maleza y dejar rocas al descubierto, puesto que eso es lo que quieren las aves, y avisan que hay siete nidos de gaviota, y eso no les hace gracia.

Invierto una hora allí. No ha ido mucha gente. Pasó de vuelta la chica de los perros, gratamente acompañada por varón al que se le iban los ojos mientras cuidaba a sus propios canes. También una mujer con tres niños, sandalias y manga corta, Dios mío. Y en el camino de regreso me cruzo con otras dos madres con cuatro o cinco niños que marchan -alguno con botas, menos mal que alguien tiene sentido común- rumbo a Amy y su gente. Que lo que hacen es crear conciencia de que esos animalitos minúsculos que cogen los invitados con unas redes (y luego devuelven sanos y salvos a su medio).

Asombro en el Houghton Mill: gordas y gordos, tatuadas y tatuados

Escrito por Cristobal Ramírez
16 de agosto de 2014 a las 4:00h

Hougton Mill. He vuelto a Hougton Mill. Es la tercera vez en estas semivacaciones. La primera para comprobar que a pesar de que el sol calienta tan tímidamente que no acabará pasando de los 20º hay mucha gente. Sin agobios, claro, porque quien va ahí con el molino aún cerrado y el tea room también lo hace porque busca desarrollar algún ejercicio, por lo general caminar con los perros o descubrir mil secretos con los niños. O sea, que todo el mundo se dispersa con absoluto respeto por lo que hace el otro. Y hay varias cosas que me sorprenden, y eso que no soy nuevo en la plaza.

Primero, la libertad de que gozan los niños. Nadie tiene sensación de peligro ni siquiera cuando dos enanos muy enanos navegan en canoa dando vueltas por el río Ouse.

Segundo, los tatuajes. Más y más y más. De 40 para abajo, casi todo el mundo lleva al menos un brazo hecho un cromo. Incluso he visto a dos adolescentes de 13 ó 14 años -él y ella- convertidos en un lastimoso mapa andante.

Tercero, la gordura. No más que el año pasado, pero unida a la in crescendo no elegancia. Es gordura artificial, cuerpos hinchados por la comida basura, por lo general gente muy joven, entre 20 y 40 años. Pero por supuesto que se puede ser gordo y elegante. No es el caso. Son gordos y gordas, y bastos y bastas. La estética les importa un pimiento -cualquier estética-, y el atractivo físico, menos. O sea, una locura, porque paa ligarse a uno o una de estos toneles andantes y groseros hay que tener un gran valor. Juro que yo no lo tengo…

Los “bellringers” de la iglesia de St Mary, en Buckden, un grupo encantador

Escrito por Cristobal Ramírez
14 de agosto de 2014 a las 21:22h

Buckden Towers. Un espectáculo. Subir al primer piso de la iglesia de St Mary, en Buckden, acceder al coro y encontrarse a un heterogéneo grupo de personas tocando las campanas es todo un asombroso espectáculo. Miro, preparado para que me echen, pero me encuentro con sonrisas e invitaciones a pasar como si fuera de la familia. Cálidas preguntas de rigor y Katherine, una niña que se ve cariñosamente obligada a chapurrear español.

Todo eso fue hace una semana. Hoy he vuelto porque me invitaron. “A las 8″, me dijeron. Llegué con casi 10 minutos de antelación y ya estaban practicando. Porque eso es lo que hacen, practicar para el domingo.

Los personajes son de lo más peculiares: el que parece llevar el mando, treinta y tantos. Poco a poco vienen llegando más. Una mujer de la misma edad, más seria. Una chica rubia, regordeta y con la sonrisa en la boca. Un hombre jubilado o casi que toma el mando con soltura y nadie lo cuestiona. Otra mujer rondando los 50. Y por último un hombre pequeño de aspecto serio que se dedica con afán y con mirada algo ausente. Seis campanas. Excelente atmósfera.

As Catedrais: esto es lo que va a pasar

Escrito por Cristobal Ramírez
13 de agosto de 2014 a las 4:18h

Huntingdon. Como todos los días, desde Inglaterra echo un vistazo a la prensa patria y me leo La Voz, claro está. Y me encuentro con que ha habido un simulacro de rescate en As Catedrais, por aquello de que los servicios de emergencias estén preparados por si pasa lo que nadie quiere que pase pero que pasará. Así que hago un inciso y lo digo alto y claro: lo de As Catedrais es una locura que va a terminar en tragedia si no se interviene con rapidez. Porque ver como vi el año pasado a cientos de personas haciendo equilibrios allá arriba, ignorantes de que no pisan sólido granito, da repelús. De manera que hacen bien los bomberos: tendrán que intervenir.

Y mientras en este país no he visto ninguna pintada ni en los observatorios de aves (masacrados en Galicia, y eso que tenemos pocos), en As Catedrais venga a demostrar que figuramos entre los pueblos más incultos de los ricos del planeta. Con Yolanda y Ricard dando ejemplo de lo que es un bárbaro. Y nadie puede negar de que los medios, al menos este, está dando ejemplo.

Grafham Water Wildlife Extravaganza: un gran ejemplo para todos

Escrito por Cristobal Ramírez
12 de agosto de 2014 a las 6:24h

Grafham Water. Y con un nombre explosivo, de repente aparece ante los ojos el Grafham Water Wildlife Extravaganza. O sea, la pomposamente llamada gran muestra de la vida salvaje en el Grafham Water. Siete grandes tiendas llenas de gente entusiasta llegada de un radio amplio con un objetivo común: concienciar a quien se llegue por este aparcamiento de que sólo tenemos una Tierra y hay que cuidarla, comenzando por el entorno inmediato, que es lo que pretenden. El Wildlife Trust, me explica una muy amable Georgina Forbes, tiene 800.000 afiliados en toda Gran Bretaña, y cada uno trabaja en su parcela territorial. Bueno, el listado de trabajos y tareas es enorme y se requiere tiempo para tener una idea aproximada de la labor que desarrollan estos voluntarios.

El caso es que aquí estoy. Buscan cómplices, y nada mejor que los niños, que disfrutan buscando fósiles, pegando alas a un pájaro de papel o mirando por un microscopio. O podría decirse caminando hasta los observatorios de pájaros, o embarcándose para ver pájaros o fotografiando libélulas. O sea, nada del otro mundo, algo que se podría hacer en Galicia. Pero es cuestión de cultura. O de mentalidad. Porque excepto el Día de la Ciencia en la Calle, todos los mayos en A Coruña, y en otra dimensión la la labor desarrollada por la Asociación de Amigos de la Casa de las Ciencias, todo es desierto. Eso sí, los bares siguen llenos, con crisis o sin ella.

¡Menuda tormenta en Inglaterra!

Escrito por Cristobal Ramírez
10 de agosto de 2014 a las 18:28h

Buckden Towers. ¡Menuda tormenta de agua! Y uno piensa que las tormentas de agua estivales son eso: un susto o casi alegría que pasa rápido y evita regar hoy los jardines patrios.

Pero no, qué va, aquí en Huntingdon y cercanías cae con ganas durante casi dos horas y encharca todo, calles, parques y plazas. Las calles se vacían, claro, y salir de la biblioteca es arriesgarse a la ducha gratis y vestido.

Lo más curioso no es todo eso, sino que alguna gente, poca, va llegando en ese tiempo a la biblioteca, todos mojados y algunos empapados. Ni un solo paraguas. Ni un solo impermeable o similar. Casi todos, faltaría más, en sandalias. Así que háganse a la imagen. ¿Se están refugiando? Pues todo apunta a que no. Llegan, se sientan y hacen algo: ordenadores, lectura, encuentros en la cafetería… los trae sin cuidado estar mojados o secos. ¿Anfibios?

 

Regreso al pueblecito de Perry, el lugar del silencio con su estupendo pub

Escrito por Cristobal Ramírez
8 de agosto de 2014 a las 11:53h

 

Perry. Vuelvo a Perry. Sólo las ranas se oyen -vaya que si se oyen- aquí. Y una avioneta que pasa sobre el Grafham Water. Lo demás, silencio. Incluso dos parejas jóvenes que están en otra mesa del jardín de este pub hablan en voz muy baja. Porque si el campo inglés es el reino del silencio excepto los sábado por la noche, los alrededores de Grafham Water son la máxima expresión de esa tranquilidad.

Así que vuelvo a Perry a tomarme unos scampi y un pastel del tofe (en la foto) que no puedo acabar a pesar de que está buenísimo. Hay camareros nuevos, porque esta rotación en los pubs es constante. El jardín, impoluto y las nueve mesas, sobre hierba perfectamente cortada. Un lugar aburrido, plano. Por eso es maravilloso: aquí nunca pasa nada, y la vida de uno es sagrada, respetada en el máximo de los sentidos.

Pasan unos ciclistas, de esos que recorren todo el perímetro del Grafham Water como también volveré a hacer yo. Se oyen las cadenas de las bicis. Luego, el silencio. Perry.