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Alto y claro: compre la revista de “Pazos de Galicia”

Escrito por Cristobal Ramírez
17 de diciembre de 2011 a las 13:02h

Santiago de Compostela. ¡Quién lo diría! Ayer una tormenta de mil diablos, conduciendo con una prudencia extrema, y hoy un sol maravilloso, un par de solitarias y mínimas nubes allá arriba y a pasear… los que tengan tiempo para ello. Pero lo hagan hoy o dentro de unos meses, quiero animar a que compren la revista de Pazos de Galicia, que por un euro entrega hoy este periódico. “Claro -dirá más de uno-, hace publicidad de su empresa”. No es esa mi intención, si la revista la vendiese Perico de los Palotes diría exactamente lo mismo. Y por dos razones. Una, porque es buena. Así, sin más. En un país como Galicia que no tiene ni una revista de viajes, turismo, costumbres y medio ambiente esta semestral es un alivio.

Y la segunda razón es que yo apoyo a Pazos de Galicia. No porque tenga intereses ahí, que no los tengo, ni porque me lleve bien con su presidente, Javier Goyanes, que sí me llevo bien, sino porque Galicia tiene que tener -así, en doble imperativo- una marca de calidad. Y ya que cuenta con ella, no hagamos la de siempre y la dejemos caer. Con unos precios en ocasiones muy bajos y ridículos si se compara con Welsh Rarebits o Chateaux et Hotels Collection, por ejemplo, ahí están esas dos docenas de establecimientos dando la cara.

Y lo demás es la Galicia llorona de la cual yo abomino. Aquí hace falta remangarse y currar, publicar periódicos, publicar revistas y, como dijo el ya ex presidente Zapaterio, ser optimistas. Porque con el pesimismo no vamos a ningún lado.

Sendas para descubrir un país

Escrito por Cristobal Ramírez
6 de diciembre de 2011 a las 11:43h

Red Natura del río Tambre. Trabajo. No está el país para bromas y menos para acueductos como el de esta semana canalla. Esta mañana, a las 10.30, había dos grupos en el Obradoiro y, contadas, 42 por libre. Un desastre, vaya.

Trabajo y aprovecho para contestar los típicos mails que tienes ahí esperando desde hace semanas. También encuentro un nuevo folleto que me mandan los buenos amigos de Turgalicia. En realidad, es una reedición aumentada de los itinerarios oficiales de Galicia.

En las rutas en sí no quiero entrar. Mi experiencia es mala, cuando no penosa. Alguien -un Ayuntamiento o quien sea- abre una ruta, la por lo menos para mí oscura Federación de Montañismo la homologa (y aquí habría mucho que hablar, de sus métodos y negocios) y cae en el olvido, de modo que más de una vez me he perdido (llevando en la mano siempre mapas 1:25.000, conste), en otras me he dedicado a la inesperada escalada y en alguna me he dado de bruces con algo infranqueable. O sea, que no puedo recomendárselas a nadie excepto que vuelva a hacer una a una.

Pero quería hablar del folleto, que, esas cosillas aparte, está muy bien. Sobre todo si lo comparamos con los de otros lugares, en España y fuera de ella. Nada menos que 146 páginas, más portada y contraportada, a todo color, buen papel, excelente impresión… ¡y gratis! Realmente todo un lujo. ¿Que hay crisis? Pues hombre, andar es gratis. Y más fácil no se le puede poner a uno.

Y, por cierto, ¡viva la Constitución! (aunque me pille trabajando).

“Cómete o mar”, ¿por qué no?

Escrito por Cristobal Ramírez
11 de noviembre de 2011 a las 14:29h

Red Natura del río Tambre. Hoy publico en el suplemento Fugas de La Voz de Galicia una información sobre unas jornadas gastronómicas llamadas Cómete o mar que se están a celebrar al sur de la Costa da Morte, entre Fisterra y Porto do Son. Para mí, lo más importante es, además, el hecho de que se organicen a partir de hoy mismo y durante cuatro viernes consecutivos unos Talleres Gastronómicos en otros tantos establecimientos y con otras tantas especialidades, de modo que ir a uno no impide acudir al resto. Cierto es que no tengo tiempo de acudir yo en persona, lo cual realmente me gustaría, pero creo que esa es la vía: organizar una cosa tras otra, aquí y allá, a precios asequibles y a precios (casi) inasequibles. Esa es la manera de mover el turismo, de desestacionalizar, de animar a la gente a romper la rutina milenaria de quedarse encerrado en casa en el otoño-invierno

Yo dormí con Gwyneth Paltrow

Escrito por Cristobal Ramírez
5 de noviembre de 2011 a las 19:23h

Cambados. Por una de esas casualidades de la vida, me encuentro en Cambados cuando salta la noticia de que esta es una de las 25 localidades españolas preferidas por la actriz Gwyneth Paltrow. Y me he acercado hasta el lugar donde, rodeados por un equipo de tan buenos como intratables profesionales estadounidenses (excepto su jefe), le ayudé a despojarse de sus botas para meterse en el mar junto con otros protagonistas del rodaje de Spain, on the road again.

Yo llevaba dos noches durmiendo con Gwyneth Paltrow. Como los españoles entienden lo que no es, me veo obligado a especificar que no en la misma cama, sino en la de al lado, pared por medio. Fui el único periodista que se pasó pegado a sus pantalones los luminosos y soleados días que estuvo en Galicia hace poco más de cuatro años. La oscarizada actriz, que resultó ser la única junto con la catalana Claudia Bassols a la que no se le había subido la fama a la cabeza, no sabía dónde estaba mientras se ultimaban los preparativos. Aburridos ella y yo en el exterior de A Parada das Bestas, en Palas de Rei, después de haber hablado de temas intrascendentes del estilo cuántos hijos tienes tú, cuántos tengo yo, me soltó: “¿Nos vamos a hacer surf, que aquí parece que van a tardar algo?”. Su excelente español -tiene unos amigos a los que llama “mi familia española” en Talavera de la Reina- iba paralelo a su desorientación. Eché mano del mapa ante la atenta pero muy discreta mirada del único personaje que se encargaba de su seguridad. Le dije que nos íbamos a Cambados y sus ojos se iluminaron: “Pues ahí”. Indiqué a los que estaban cargando los bultos en los mercedes. “Me temo que no vamos a tener tiempo”, le contesté sin confesarle que jamás subí a una tabla de surf y que ir a la playa o meterme en el mar sólo lo hago si lo manda el guión y previo pago.

Los cinco coches con dos docenas de personas nos plantamos en Cambados. No se había cambiado ni las botas altas ni los pantalones, siempre de negro. Una mujer sencilla que cuando era reconocida en el Camino de Santiago invariablemente tenía una palabra amable y de agradecimiento. La humildad en persona. Cuando se metió en el agua con el patán de Marco Batali (un pseudococinero de Nueva York, famoso y, a lo que parece, muy rico) y Mark Bittman, un supuesto cronista de The New York Times -otro insufrible, con la vanidad saliéndole por las orejas- Gwyneth y Claudia demostraron la humanidad que llevan dentro. Se olvidaron de la cámara y se fueron directas a hablar con las mariscadoras. Sin poses. Sin decir tonterías. Preguntando. Humildes. Incluso yo diría que desbordadas al ver aquel trabajo duro con el agua por las rodillas.

Las cámaras grabaron mientras una histérica productora (la única española) se empeñaba en que yo no hiciese fotos: las hice, y se publicaron en tres páginas este periódico. Gwyneth Paltrow salió del agua, se acercó a mí y, emocionada, sólo me dijo: “¡Estas mujeres son muy valientes!”. Estaba impresionada. No me extraña que Cambados se le haya quedado grabado en su memoria.

Lluvia en Tenby. Ystad, sin webcam

Escrito por Cristobal Ramírez
29 de octubre de 2011 a las 13:08h

Red Natura del río Tambre. Magnífico día a las orillas del río. Lástima que lleve todo el día dándole a la tecla. En el descanso de hace unos minutos aproveché para ver la webcam de Tenby, maravilla de sitio que hoy sufre vientos y lluvia, y de Ystad, la localidad que Henning Mankell situó en el mapa con su colección de novelas con el detective Kurt Wallander como protagonista. Y sorpresa, la de este último sitio está estropeada. Se ve una imagen fija. El tiempo se ha detenido en Ystad. Y me dan ganas de ir para allá.

Estoy de jurado de cata de cavas en el balneario de Mondariz

Escrito por Cristobal Ramírez
24 de octubre de 2011 a las 11:27h

Balneario de Mondariz. Estoy en una cata de cavas en el balneario de Mondariz, como miembro de Agaxet. Esto promete, aunque nunca he formado parte de un jurado de cavas. Tampoco soy un experto, pero intentaremos salir airosos del tramite. Sirven el primero… Mucha parafernalia, por cierto, pero todo tiene su rito… y este es para iniciados. Por ejemplo, la limpieza de copas, tanto con cava como con servilleta. Todo debe de estar limpido, al parecer, y hay manias, y muchas, sobre todo porque esto no es una ciencia exacta.
El silencio es casi sepulcral, la concentracion maxima.

¿Gales igual a Galicia?

Escrito por Cristobal Ramírez
21 de octubre de 2011 a las 12:34h

Red Natura del río Tambre. Y luego dicen que Gales y Galicia se parecen mucho

¡Volvió el Outono Gastronómico!

Escrito por Cristobal Ramírez
7 de octubre de 2011 a las 6:51h

Red Natura del río Tambre. Ayer me llamó por teléfono el amigo Suso Flores, coordinador de suplementos para anunciarme que había entrado un anuncio destinado a mis dos límpidas páginas sobre el Outono Gastronómico, que publico hoy. Eso no le gusta a nadie. La publicidad es fundamental, y en estos tiempos de escasez todavía más, pero a nadie le gusta que vaya en sus páginas, las cuales ha mimado, controlado, medido, rellenado. Pero así son las cosas.

Pero eso son trances diarios del oficio. Lo interesante es que ha vuelto el Outono Gastronómico, una iniciativa de Santiago Bacariza, el jefe de Turismo Rural de Turgalicia al que resulta imposible sacarle declaración alguna, remitiendo siempre a su jefa.

La cosa tiene su miga, porque por 30 euros se mete uno entre pecho y espalda una cena completísima con menú cerrado. Cierto es que 30 euros son eso, 30 euros, pero el escenario -con muy escasas excepciones, los establecimientos son preciosos-, la calidad de la comida, el hecho de que incluya vino (siempre gallego, otro acierto de Santi) y el IVA reducen el posible susto inicial. No, no es caro, y menos aún si uno se queda a dormir.

Ya sé que me repito, pero nos encontramos ante una iniciativa muy galesa (aunque he confirmado que allá no existe nada similar). Y, desde luego, es una manera optimista de afrontar la crisis, de darle una colleja al señor Trichet, que al fin se va del Banco Central Europeo, de decirle al mundo que no habrá recuperación económica sin estimular el consumo. El único problema es qué tipo de consumo. Y ahí Turgalicia está indicando el camino: la calidad. Por eso me alegro de que haya vuelto el Outono Gastronómico. Y que se repita.

Lires necesita a sus vecinos para mejorar sus rutas

Escrito por Cristobal Ramírez
1 de octubre de 2011 a las 8:27h

Lires. Los habitantes de Lires tienen que remangarse, y los propietarios de casas de turismo rural y otros establecimientos hoteleros deben de colocarse al frente. No hace falta que sea hoy, pero tienen que acabar con el olvido de tres o cuatro años. Un olvido que, o son tontos, o se darán cuenta de que les afecta negativamente a sus negocios.

Lires es un paraíso que gracias a la falacia del mal tiempo que, dicen con la bota de contar mentiras, azota siempre la Costa da Morte. Doy fe de justo lo contario. Y como vengo repetidamente diciendo, puedo acusar de mentireiros a quienes descalifian esta zona recurriendo a no sé qué lluvias y nieblas. Ayer ni caminar pudimos, porque toda la tarde cayó de un calor aplastante. Hoy dejé a amigos, hijos de amigos, amigos propios y a Coro en la playa de Lires y me eché al monte, a recorrer la ruta de la Meigha Lirea, estupenda idea que languidece. He logrado hacerla porque uno se conoce el terreno y siempre presumió de orientarse muy bien, y punto final. Cualquiera de los muy numerosos extranjeros que se dejan caer por aquí se extrañaría sin la menor duda. Las balizas o faltan o están medio caídas, y así no hay quien llegue a buen puerto. Para más inri, al regreso o uno está muy atento o acaba en un acantilado, y a partir de ahí la vegetación lo cubre todo.

Pero el sendero de la ruta de la Meigha Lirea lo pagó parcialmente la Unión Europea, y eso es tirar por la borda los impuestos alemanes, daneses y demás. Es matar la gallina de los huevos de oro. No vamos a salir de crisis alguna esperando más dineros de Europa. Es la hora de remangarse y adecentar es ruta. O sea, un día de trabajo, de esos que vienen secos y soleados en, por ejemplo, octubre. Nada más

Virtualtenby

Escrito por Cristobal Ramírez
30 de septiembre de 2011 a las 6:15h

Red Natura del río Tambre. Se acabó el verano, aunque no lo parezca. Ese fin de semana hay fiesta en A Senra, en Oroso, que es la típica movida parroquial pero que está realmente bien organizada, en lugar muy grato con el único inconveniente que aquello acaba como todas: con el suelo lleno de papeles y bolsas.

El retardado verano de que disfrutamos no nos afecta solamente a nosotros. En Windsor, donde el castillo de la reina Isabel II, los termómetros rozaban ayer los 28º, un poco menos en Reading -excelente centro comercial- y bajaron algo en esa ciudad que en septiembre resulta maravillosa, con escasos turistas entre sus murallas, con la isla de Caldey en lontananza que es Tenby. Lo cierto es que uno siente añoranza y todos los días, hoy con más razón, echa un vistazo a la webcam que recoge el puerto de Tenby.

Porque lo cierto es que llegará lo que en Ferrol llamamos el cordonazo de San Francisco. O sea, la tormenta que un año sí y otro también nos visita a principios de octubre. Vayan pensando dónde tienen el impermeble…

Historia de cómo un colchón puede permitir ganar un cliente

Escrito por Cristobal Ramírez
7 de septiembre de 2011 a las 18:37h

Red Natura del río Tambre. Nunca me acabarán de sorprender estos británicos. Resulta que en el Hurley Riverside Park, donde estuve una semana en julio, me ofrecieron rellenar la típica encuesta de satisfacción. Puse que el único defecto era que mi colchón, de muelles, estaba duro, desequilibrado, y con algún muelle a su aire. No fue una tragedia, sólo eso. Punto final y me olvidé. Pues ahora me llega un mail de Will Burfitt, que asegura ser el director del parque, compungido porque parece que no puse bien un dato -tenía razón- y no puede identificar dónde estuve para mirar qué pasa con el colchón. Obviamente le respondí y él hizo lo mismo a su vez argumentando que el colchón tenía un año de antigüedad, cosa que no dudo, y dándome las gracias, tras describirme cómo iba a arreglar tal pieza.

Bueno, me he quedado encantado. Algo tan sencillo como un mail hace sentir feliz a un cliente. El colchón pasa, desde luego, a un segundo plano.

Restaurante O Acio, en Santiago

Escrito por Cristobal Ramírez
18 de agosto de 2011 a las 16:45h

Santiago de Compostela. Tocó (muy grata) comida de trabajo que al final no fue de trabajo sino de reencuentro con dos buenos amigos tras el paréntesis de julio. F. eligió O Acio, aquí en Santiago, porque no lo conocía, un local acogedor con la zona que es comedor -pequeña- un poco abierta de más. Sólo siete mesas ahí, más cuatro o cinco en la zona de la barra.

Este es un buen momento para comer en la calle Galeras, en Santiago, porque, además de que se dan cita en unos pocos metros El Quijote (caro), el Mercadito (caro), Pedro Roca y O Acio, es zona a la que no acuden los turistas, encerrados en la ciudad vieja. Así que se está tranquilo y le atienden a uno muy bien.

Eso fue lo que sucedió. Con un excelente vino de San Vicente de la Sonsierra (una localidad riojana del partido judicial de Haro que al fin ha aprendido a comercializar sus caldos después de siglos encerrada en sí misma) desaparecieron las sardinas sobre tosta, el carpaccio de aguacate con helado, el secreto ibérico con tres tipos de mostaza, la caldeirada de cabracho y el sargo con vegetales varios. Más los postres claro. No tienen café de pota.

A 40 euros per capita, vino incluido. No es caro para lo que comimos.

Curioso reglamento el del magnífico castillo de Soutomaior

Escrito por Cristobal Ramírez
13 de agosto de 2011 a las 17:04h

Castillo de Soutomaior. Uno está mal acostumbrado. Siempre sueña con una Galicia con un turismo de calidad en un entorno de calidad. Y en mis varios miles de textos publicados en estos 42 años de profesión así se ve, antes y ahora. Por eso me sigo emocionando cuando veo un producto turístico que encaja en mi concepción. Como el castillo de Soutomaior, impresionante fortaleza pero impresionante también el proyecto de musealización, realzado por un gran parque y unos jardines pequeños pero muy bien cuidados. Todo ello es obra de la Diputación de Pontevedra y, aunque sé que alguno ya me colocará el sambenito político, consecuencia también del interés de su presidente, Rafael Louzán. En esa defensa del patrimonio y del senderismo coincidimos el ciudadano Louzán y yo.

Súmesele a lo anterior que el antiguo sanatorio de muy de principios del siglo XX es una pousada, y que a la entrada de todo el recinto abre sus puertas un bar.

Y réstesele. Porque hay que restar.

Resulta que llegué a dos menos diez. La familia en pleno armada de bocadillos y bebidas. Yo ignoraba que el castillo se cerraba a las dos y se abría a las cuatro, sin comentarios. Pero lo que ignoraba también es que en ese espacio de tiempo o uno está alojado en la pousada o queda prohibido quedarse allí. Y lo que es peor: se cierra la verja exterior. Por emplear un lenguaje coloquial, aluciné.

En primer lugar, no se pueden prestar servicios turísticos a ritmo funcionarial y menos en tiempos en los que hay que disputarse con pacífica saña cada viajero y cada turista (conste: las personas que atienden el castillo, policía municipal incluido, son encantadoras). En segundo lugar, es de otra galaxia -o del siglo XIX- que uno tenga que salir y esperar dos horas en el bar o en el coche teniendo un parque público con bancos y sombra excelente para el pic nic, como en cualquier lugar similar de Europa. En tercer lugar, desobedecí y me quedé, y los cinco comimos nuestros bocadillos sin molestar a nadie porque nadie había.

El único problema fue cuando me acerqué a la pousada para pedir una cucharilla para Antón. Una ciudadana abrió el grifo de agua fría de la realidad: profundamente descortés, me recordó con dura dialéctica que el castillo estaba cerrado, puso todos los peros del mundo y no me echó porque sencillamente me planté. Más tarde, con el castillo abierto y yo dentro de él, volvió a aparecer para colocar en el jardín sillas destinadas a una boda y ni siquiera dijo hola. O sea, para resumir, con independencia de que tuviera razón según el funcionarial reglamento que creo que o sea cambia o habrá que convocar una quedada a las dos de la tarde cualquier día estival de estos, una persona que espanta a los turistas. Así no se le habla a nadie, porque al turista hay que mimarlo, sonreírle y decirle las cosas con el por favor y gracias en la boca.

Yo espero que esa ciudadana no tenga entre sus misiones atender al público. Porque así nos va, y en plena crisis.

“Yo, cuando me equivoco, rectifico. ¿Y usted qué hace?”

Escrito por Cristobal Ramírez
12 de agosto de 2011 a las 0:53h

Red Natura del río Tambre. El gran Keynes, al que tanto se echa de menos en esta interminable crisis, expuso en una conferencia una tesis que contradecía otra publicada en uno de sus libros años antes. Cuando en el coloquio uno de los asistentes le hizo notar –al parecer con acritud- tal contradicción, el ideólogo del Estado del Bienestar le respondió: “Yo, cuando me equivoco, rectifico. ¿Y usted qué hace?”.

Yo no soy Keynes, por desgracia para mí, pero me aplico su frase. Me he equivocado y rectifico. La cosa es que la semana pasada, con las prisas del cierre, se me ocurrió recomendar en mi serie Faros el Estrellas del Mar como lugar idóneo para comer en O Barqueiro. Una jugarreta de la mente, puesto que yo he comido ahí muchas veces… hasta su cierre hace unos tres años. El que tenía en la cabeza era O Forno, que visito todos los años. La mini-reseña la puse bien (mejor las mesas que miran al mar que las otras, etc.), pero la mente me jugó una mala pasada y escribí mal el nombre del establecimiento.

Estoy plenamente convencido de que Freud no sólo hubiera encontrado una explicación sino que me habría disculpado. Espero que eso mismo hagan ahora mis lectores.

¿Alguien sabe de dónde salieron las piedras del Hubberston Fort?

Escrito por Cristobal Ramírez
6 de agosto de 2011 a las 22:07h

Red Natura del río Tambre. Habrá crisis, pero hay tanto que hacer que por suerte uno no tiene ni tiempo para pensar en ella. Iba a hacerlo hoy, que me he vuelto a quedar casi de Rodríguez, con Antón, porque Congostro celebra la Fornada y allá el fue el resto de la tropa, a una fiesta yo creo que hasta anticonstitucional, porque a la Aira da Moa -que es donde casi tres centenares de personas se reúnen a cenar pulpo y carne ao caldeiro- no se entra si no es por rigurosa invitación y previo pago, así que en ese momento ese espacio público no es ni gallego, ni español, ni europeo, ni nada. Es congostreño y entra quien dicen los congostreños que entre. Una fiesta popular ¡y sin subvención pública! Ejemplar, vaya.

Pero resulta que hoy el Facebook está que arde. La campaña para salvar el Hubberston Fort (Save Hubberston Fort), en Milford Haven, va a toda máquina de la mano e impulso de alguien a quien no conozco de nada pero que tiene fe en lo que hace, Mike Hillen. Y resulta que a alguien más se le ocurrió decir que las principales piedras de ese bastión que defiende una segura ría habían venido de España, así que a Dolly, galesa casada con pontevedrés y que vive en Murcia, y a mí nos encargaron el sencillito trabajo de adivinar si eso era cierto o no.

Hubo que explicar que España es algo grande, que con los datos que teníamos -la mera fecha de construcción- no había manera ni de empezar a mirar, y en esa estamos. Porque Mike Hillen no se da por vencido, y quienes están con él en ese ilusionante proyecto, tampoco. Así que pido ayuda.

Para los interesados, aquí va una descripción del edificio:

Hubberston Fort was built between 1860 and 1865, and housed about 250 men in D-shaped, bomb-proof barracks which were defended at the landward side by a ditch protected by a counter-scarp gallery.

The casemated battery was situated further down the headland and originally comprised 28 guns. In the 1870s, eight of the guns on top of the casemates were removed and replaced by Moncrieff guns.

El National Trust no es un organismo estatal, es… ¡una ONG!

Escrito por Cristobal Ramírez
4 de agosto de 2011 a las 19:44h

La costa de Pembrokeshire

Red Natura del río Tambre. Lo que son las cosas: uno, tumbado a la bartola en esta tarde lluviosa que se abate sobre el Tambre, se cree que sabe algo con certeza y luego resulta que lo ignora de plano. Una lección de humildad. Me refiero a mí, claro está. He publicado que el National Trust británico es una organización estatal, y lo hubiera jurado. Se trata de una organización con más de dos millones de afiliados que se responsabiliza del cuidado y explotación de una increíble cantidad de monumentos y lugares de interés de Gran Bretaña, dividida, según me informan, en dos ramas: la escocesa y todo el resto. Esa división me parece su único punto negro, ganas de marear la perdiz que aquí nos ha llevado al desastre en algún bien patrimonial como el Camino Francés a Santiago, donde cada comunidad hace de él su pandero, y tanto se llevan por delante un par de kilómetros de la Ruta (¡Patrimonio de la Humanidad, no se olvide!) en Yesa como le plantan dos casas de siete u ocho pisos ante las narices de los peregrinos nada menos que en Sarria. Pero esa es otra guerra.

El caso es que me escribe Richard Ellis, a quien no tengo el gusto de conocer personalmente y que se presenta como el responsable del paisaje y costa del National Trust en todo Pembrokeshire (sur de Gales). El National Trust resulta que es dueño de la tercera parte de la costa de Pembrokeshire y de 4.000 hectáreas del campo adyacente. Hasta ahí todo hasta incluso normal. Lo que ya no es normal es que el National Trust sea… ¡una ONG! Es decir, una organización de ciudadanos concienciados que pagan su cuota para defender su patrimonio. Y sin malos rollos partidistas.

Que cada uno haga su reflexión. Pero antes de abrir la boca que no suelte la botaratada de achacar a los políticos cualquier desbarre y que piense si está dispuesto a pagar sus 60 euros anuales, que es lo que más o menos viene costando pertenecer al National Trust. ¿Ante quién hay que quitarse el sombrero y hacer una reverencia?

Techniquest, otro tesoro de Gales

Escrito por Cristobal Ramírez
27 de julio de 2011 a las 18:30h

Cardiff Bay (Gales). Se llama Techniquest y viene siendo la Casa de las Ciencias galesa. Lleva décadas abierta y no ha caído en la trampa del Futuroscope francés: nuevas tecnologías, sí, pero poco. Así la actualización es mínima (y económicamente posible), y la mayoría de los experimentos son clásicos, tradicionales, los de siempre: dinámica de fluidos, juegos de espejos, la gravedad… o sea, lo eterno, lo constante, el amor a la naturaleza que destila Gales se vaya por donde se vaya.

Techniquest es todo menos enorme, pero, además de que el espacio está bien aprovechado resulta acogedor. La regla es la misma que impuso en la práctica el clarividente Moncho Núñez cuando comenzó a crear los magníficos Museos Científicos Coruñeses: prohibido no tocar. Experimenta, por favor, haz lo que quieras con estos cacharros. Y eso es lo que hacen las docenas de niños. Eso sí, sin elevar nadie la voz.

Súmesele a ello el factor humano: la gente de la entrada es encantadora, y cuando Ana se desorienta viene rápidamente uno de los monitores a comunicárnoslos y otra se ofrece a buscar a la chica cada uno por un lado.

Lo dicho: Techniquest es otro tesoro de Gales. y por muchos años.

The Old Point House, un pub del XV

Escrito por Cristobal Ramírez
26 de julio de 2011 a las 18:25h

Angle (Gales). Gente amable, desde luego. Eso es lo que me estoy encontrando en este viaje. Gente que da las gracias por todo, que pide siempre por favor, gente como la pescantina de Tenby (sólo hay dos puestos de venta de pescado en toda la ciudad). O gente como las dos quinceañeras  -más estudiantes trabajando- que atienden el venerable The Old Point House, que desde el siglo XV acoge a los ciudadanos de Angle, en la entrada a la ría de Pembroke. Esas paredes saben mucho de salvar vidas en el mar, y también de maniobras militares porque aquí se entrenaron los valientes que desembarcaron en Normandía. ¡Desde el siglo XV, Dios mío, y sin meter plástico para nada!

Luces y sombras de The Lobster Pot, un pub en la galesa Marloes

Escrito por Cristobal Ramírez
24 de julio de 2011 a las 18:14h

Marloes (Gales). He seguido los consejos vía Facebook de mi ignota amiga Lisa Jones, así que cogí el Passat alquilado y tras perderme dos veces llegué a Little Haven, donde ella estaba.

Lo de perderme no tiene mucha justificación, porque hasta el mínimo cruce está señalizado -señales homogéneas en toda Gran Bretaña, aquí no hay el “na miña casa fago o que me peta” gallego y uno pasa de un municipio a otro sin que varíe la señalética- y además las carreteras están bien numeradas. Mi amigo el fotógrafo Manuel Marras se reirá ahora de mí, sin duda.

Pub The Castle, en Little Haven

El caso es que llegué a la enorme playa de Broad Haven, preciosa, día de huevo frito en el cielo, personal que pasa de todo y se mete en el arenal haga frío, calor, o lo contrario de lo opuesto. Otra estrechísima pista por la que sólo cabe un coche, con ancheamientos de vez en cuando para que uno pare y pase en el enfrente, conduce al minúsculo y abigarrado Little Haven, donde la práctica totalidad de las casas se alquila y donde la ratio vivienda/pub disfruta de niveles hispanos. En The Castle no conocen a Lisa, y salgo de ese puertecito sin encontrármela, buscando el siguiente punto que me recomendó: The Lobster Pot, en Marloes, un pub con escaso cuidado estético interior para lo que es Gran Bretaña, con una paeja en edad madura justamente cordial sin más, lo que no ayuda a generar una atmósfera atractiva. Pregunto por Lisa. Mera sonrisa negativa y a otra cosa.

El jardín es grande e impecable, estupendo, muy cuidado, grato a pesar del ruido de un extractor, monótono y de bajo volumen. El cuidado que le falta a la decoración por dentro es eso, una característica del interior: todos los detalles vegetales y marinos están colocados de manual. Pero a pesar de eso no me acaba de gustar demasiado The Lobster Pot. Me alegro de haber venido, pero habiendo otra alternativa no repetiré. Y no porque sea caro, que ciertamente sí lo es.

Regreso a Caldey Island, con obligado transbordo en el mar incluido

Escrito por Cristobal Ramírez
17 de julio de 2011 a las 17:02h

Caldey Island (Gales). Por lo general, cuando vuelvo a un sitio que me ha impresionado no suele gustarme tanto. No es que me esté haciendo mayor, sino que es algo que me ha sucedido siempre, y cuando uno escribe siempre lo que quiere decir es que ha habido excepciones.

Una de ellas la estoy viviendo hoy en Caldey Island. Empezamos la aventura en alta mar: el patrón se llevó por delante unas redes -y eso que una boya las señalizaba claramente- y quedamos a la deriva y sin tracción. No hubo que esperar mucho, cierto, para que otra embarcación se acercase por babor y las dos docenas de pasajeros -cuatro niños, sus madres y padres, y el resto tercera edad avanzada- pasamos como pudimos de una cubierta a otra. No había oleaje, claro está, pero incluso así debe calificarse de milagro terrenal el que ni un bastón cayera al océano.

Caldey Island está no sólo igual, sino mejor. Oficina de Correos, tienda, perfumería y monasterio -prácticamente todo lo que hay, más un hospedaje- muestran su mejor cara. En el café, estrecho como él solo, ofrecen lo mismo más una curiosa cerveza de gengibre que pasa por ser la única bebida alcohólica a la venta, 5 grados. Las mesas, todas al aire libre, asientan directamente sobre una hierba impoluta tanto al amanecer como, prácticamente, cuando a las 5 se cierra la isla y parte el último barcucho: lo que hay en el suelo es algún miniplástico y una -una colilla vieja.

Pero además, desde el faro ha sido creada una alfombra vegetal: una máquina desbrozó tres metros de ancho a lo largo de los acantilados sin tocar el suelo, así que no ha habido agresión, y para el verano próximo, con todo cerrado por helechos y ortigas, vuelta a repetir la operación.

La ruta es un cuadrado perfecto que permite observar las vacas de los monjes pastando en el borde de un acantilado que parece que las va a succionar. Giro aquí, giro allá y al visitante entra en el antiguo priorato, abandonado, con su piedra votiva del siglo IV, hoy con tejado, todo con un aire de misterio. Y pegado a él, en edificio insulso, el lugar donde acaban -acabamos- todos los que hacemos esa ruta, que es como decir la aplastante mayoría de los que desembarcamos cada día en la isla: la Chocolate Factory, minúsculo mostrador abarrotado con la cola de personal saliendo al aire libre, por supuesto: cuatro tipos de chocolate y una docena de fudges de sabores. Un excelente y dulce final. Una maravilla, Caldey Island.

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