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Pascual Duarte

Lunes, junio 1st, 2009

«Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas. Aquéllos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen con la cara del inocente; estos otros sufren del sol violento de la llanura y arrugan el ceño como las alimañas por defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar ya».

Ya sé que está de moda ningunear la literatura de Camilo José Cela. Ya sé que hay mucha gente que se ufana de ignorar sus libros amparándose en las boutades que soltaba con frecuencia el personaje público CJC. Ya lo sé. Pero, a pesar de todo eso, a mí me sigue pareciendo un enorme escritor. Y este arranque de Pascual Duarte es un ejemplo de cómo Cela sabía manejar, como muy pocos, la mezcla de violencia y ternura que hizo grande su narrativa.

La metamorfosis

Miércoles, agosto 13th, 2008

«Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, econtróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia».

Si hay un arranque inquietante en la historia de la literatura universal es, sin duda, este. Así nace La metamorfosis, el relato del indomable Franz Kafka. Sostiene Gabriel García Márquez que, cuando leyó estas páginas en una pensión de no recuerdo qué ciudad, descubrió que el tono de Kafka era más o menos el mismo que empleaba su abuela para contar las legendarias y disparatadas historias de la familia. De ese mezcla de Kafka y la abuela surgió el llamado realismo mágico, del que algo sabemos por aquí, porque un tal Álvaro Cunqueiro ya lo cultivaba antes de que tuviera etiqueta oficial.

En español podemos adentrarnos en este relato abrumador en la versión que trazó Jorge Luis Borges (otro de los grandes entre los grandes) para el sello Seix-Barral, que es la que se cita aquí arriba. Una narración que, sencillamente, te deja sin aliento.

Un libro con dos comienzos

Jueves, agosto 7th, 2008

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Como explica Julio Cortázar en el Tablero de dirección que abre Rayuela, «a su manera este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros. El primero se deja leer en la forma corriente y termina en el capítulo 56, al pie del cual hay tres vistosas estrellitas que equivalen a la palabra Fin. Por consiguiente, el lector prescindirá sin remordimientos de lo que sigue. El segundo se deja leer empezando por el capítulo 73 y siguiendo luego en el orden que se indica al pie de cada capítulo».

Por tanto, la gran contranovela del brujo Cortázar no tiene uno, sino al menos dos comienzos: el que se sitúa, siguiendo las convenciones del género, en el arranque del volumen y el que se asoma a la página 438 bajo la cifra 73 que numera este capítulo que, en realidad, no es un capítulo, sino un fragmento, como probablemente Rayuela tampoco es exactamente una novela, sino otra cosa. Ahora está de moda entre los sabihondos del lugar afirmar, con la voz muy engolada y el careto pomposo, que este libro inabarcable es una obra para adolescentes o peterpanes inmaduros que no han superado la pubertad, que lo que mola son los novelones al estilo decimonónico, fieles a la doctrina canónica del inicio-nudo-desenlace. Y punto. Vale. Creo que basta con escudriñar con un poco de sosiego estos dos comienzos para descubrir que Cortázar es, sin duda alguna, uno de los grandes. El resto, que vayan chupando rueda. Si pueden, claro. Que alguno, pese a las campanadas y corifeos de sus colegas de camarilla, no sirve ni para plagiario.

Estas son, a fin de cuentas, las dos puertas de acceso a la mágica Rayuela:

1: «¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo dentífrico».

73: «Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos».

P.D. Dedicado a Ayelén, Brais y demás amigos del lado de allá, de ese Buenos Aires que es, también, un pedacito de Galicia, o de París, o como quiera que se llame el lado de acá (si es que hay lado de acá y lado de allá, que a lo mejor todos estamos del mismo lado, y eso de acá y de allá ya no significa apenas nada).

Muchos años después

Miércoles, junio 11th, 2008
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El periodista, y sin embargo amigo, Federico Cocho me apunta, como inicio de inicios, el impagable comienzo de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Por supuesto, el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento y sus memorias del día en que su padre le llevó a conocer el hielo no podían faltar en esta colección de inicios de novela. Las palabras de Gabo, como las aguas diáfanas del río de Macondo, se deslizan sin apenas pestañear por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. Afortunadamente, el mundo ya no es tan reciente, las cosas ya no carecen de nombre y para mencionarlas no hay que señalarlas con el dedo. Y Gabo puede y sabe, vaya si sabe, nombrar las cosas:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Pero, como nos sopla el propio Gabo en la entrevista que se reproduce más arriba, tal vez su gran libro no sea Cien años de soledad (a pesar de la leyenda y a pesar de ser, como apunta el autor, una novela “en la que sucede todo”), sino El amor en los tiempos del cólera, narración con otro arranque de prodigiosa filigrana verbal:

“Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro”.

Y es que todo gran inicio de novela, más allá de otras consideraciones, constituye en esencia una promesa. Luego hay unos tipos, como Gabo, que cumplen lo prometido y otros que se quedan en las estériles bagatelas de la pirotecnia. Pero esa, amigos, es otra historia, que diría Michael Ende.

ojd