La Voz de Galicia
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Ya solo queda Leopoldo María

La película se tituló El desencanto, pero podría haberse bautizado sin mayores matices La demolición, porque el proceso de disección de las entrañas familiares de los Panero que ejecutan Elías Querejeta y Jaime Chávarri en este icono del cine documental español de los setenta constituye uno de los ejercicios más despiadados de ajustes de cuentas a los que se pueda someter voluntariamente una tribu. Las versiones de los mismos hechos narradas por la aparentemente ingenua Felicidad Blanc, viuda de Leopoldo Panero, y por sus tres devastadores (y devastados) hijos —José Moisés Michi (fallecido en el 2004) Juan Luis y Leopoldo María—, no es que reflejen perspectivas diferentes, sino que demuestran que sus protagonistas habitaban ya entonces en galaxias que distaban entre sí muchos años luz.
En la cinta, mientras silban los puñales que se lanzan entre sí los torturados hijos Panero, van asomando la malvada agudeza … Seguir leyendo

La mirada asombrada

La grandeza de un escritor reside en su mirada asombrada (y asombrosa). La misma que le permite hallar rastros de poesía donde otros sólo ven la sucia realidad. Es el caso de António Lobo Antunes, que en este pasaje de El orden natural de las cosas es capaz de saltar desde la planicie de un retrete, donde «se oye, como una caracola, el fermentar del río», a la enormidad del estuario del Tajo: «El mal de Lisboa, amigo escritor, consiste en que tropezamos con el Tajo en cada barrio de la ciudad como se tropieza con un objeto olvidado, el Tajo que se nos aparece en todos los postigos, que nos balancea la cama, durante el sueño, con su vaivén de cuna, el Tajo y sus luces nocturnas». Nada menos.… Seguir leyendo

Blow Up

A lo mejor el final de todo es un poco absurdo, como este fabuloso remate del Blow Up de Antonioni. Agazapado en algún lugar del parque están el chamán Julio Cortázar y sus Babas del diablo. A lo mejor todo este lío consiste en que estamos jugando al tenis sin pelota. Incluso sin cancha. Incluso sin tenis.

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El sabio que afiló su ironía en los clásicos

Ahora que los bárbaros del norte están a punto de ganar la batalla definitiva contra ese invento grecolatino que llamamos Occidente, cuando más necesitamos a los eruditos que todavía pueden descifrar los hexámetros de Homero sin echar mano del traductor automático del cacharro móvil, justo ahora, perdemos a Juan José Moralejo Álvarez (Santiago, 1941-2012).
El profesor Moralejo, fallecido el viernes en Compostela, fue uno de esos contados sabios, en el sentido profundo de un término que no se puede calcular en megas, sino a la antigua: en neuronas y lecturas. Desmentía con una sonrisa en los labios la leyenda de que su padre, catedrático de la Universidad de Santiago, les obligaba a él y a sus hermanos a hablar en latín en casa. Leyenda o no, lo cierto es que Moralejo estudió Derecho porque un día quiso ser registrador de la propiedad, pero afortunadamente abandonó aquella idea (más propia de … Seguir leyendo