La Voz de Galicia
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Gatsby no se acaba nunca

«Cuando era joven y más vulnerable mi padre me dio un consejo sobre el que he pensado mucho desde entonces»

El gran Gatsby. Francis Scott Fitzgerald. Traducción de Susana Corral. Reino de Cordelia.

 

Hay en los grandes narradores norteamericanos un cierto tono épico, casi bíblico, que logra por momentos que en su prosa emerja ese asombro inicial ante un mundo tan fieramente nuevo en el que todo estaba todavía por inventar. No es casual la devoción de Mark Twain, uno de esos gigantes de la narrativa estadounidense, por las peripecias de Adán y Eva. Es en esa sutil ingenuidad adánica, no exenta paradójicamente de violencia escénica, donde se encierra la magia fundacional de una literatura.
Lo cuenta en un párrafo de abrumadora belleza uno de los grandes, Francis Scott Fitzgerald (Saint Paul, Minnesota, 1896-Hollywood, 1940), en las postrimerías de El gran Gatsby: «Los árboles desaparecidos —los … Seguir leyendo

Libertad, de Franzen

Libertad es una gran novela. Incluso podría decirse que es una novela extraordinaria por su inteligente introspección en el paisaje humano y moral de la sociedad norteamericana contemporánea. El aclamado autor de Las correcciones, Jonathan Franzen (1959), planta su microscopio sobre la familia Berglund y, a lo largo de casi setecientas páginas, exhibe músculo y neuronas para componer un minucioso retrato de ese mundo fragmentario y de «pensamiento sin centro» en el que habitan Walter, Patty, Jessica y Joey Berglund y la entrañable fauna que orbita a su alrededor, entre la que sobresale el golfo roquero Richard Katz, amigo del paterfamilias Walter desde la Universidad (pequeño detalle que no impide que tenga un fulminante lío con su desnortada esposa Patty).

El único problema con Libertad y sus precisos engranajes narrativos es que a los chicos de
márketing se les ha ido la mano (por decirlo muy suavemente) con la … Seguir leyendo

Informe sobre ciegos

Ernesto Sábato (o Sabato: sería conveniente respetar la ortografía de los muertos) no era escritor de pirotecnias y barroquismos, así que aquí dejo, sin mayores orfebrerías, el arranque de su mejor novela, que tal vez no sea El túnel, ni Abaddón el exterminador, ni tampoco exactamente Sobre héroes y tumbas, sino ese tesoro agazapado en la tercera parte de Sobre héroes y tumbas titulado Informe sobre ciegos:
«¿Cuándo empezó esto que ahora va a terminar con mi asesinato? Esta feroz lucidez que ahora tengo es como un faro y puedo aprovechar un intensísimo haz hacia vastas regiones de mi memoria: veo caras, ratas en un granero, calles de Buenos Aires o Argel, prostitutas y marineros; muevo el haz y veo cosas más lejanas: una fuente en la estancia, una bochornosa siesta, pájaros y ojos que pincho con un clavo. Tal vez ahí, pero quién sabe: puede … Seguir leyendo

Uno de los grandes

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Miguel Delibes, el gran cronista de Castilla, se nos ha ido a los cielos de su tierra ocre, llenos de perdices rojas y de nubes delgadas, elegantes y austeras como su prosa (y como el autor, claro). Hace sólo unos meses, con la excusa de la publicación de dos tomos de sus imbatibles Obras Completas, hablábamos por aquí de la epopeya de lo minúsculo. Ahora no sabría qué añadir de nuevo a aquellas líneas, así que me remito a los excelentes textos que han escrito hoy en La Voz Enrique Clemente, César Casal y Paco Sánchez sobre el último gran clásico de la literatura española.

Y me limito, por último, a reproducir el inicio de Las ratas, trazada, como todas sus novelas, en un idioma formidable, que probablemente dentro de una década ya sólo exista en los libros, y que los lectores, disfrazados de arqueólogos, … Seguir leyendo

Bajo el volcán

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No es el inicio de Bajo el volcán. Pero casi. Es parte del arranque de esta novela torrencial y, como dijo el otro, fieramente humana. Crónica de una autodestrucción, que también fue la autodemolición del propio Malcolm Lowry. Todo empezaba (o terminaba) el Día de de Muertos (en México no se andan con eufemismos) de 1939. Hace hoy setenta años. El libro contiene otra frase magistral perdida en medio de su prosa, cuando Geoffrey Firmin deambula por la calle y, de pronto, percibe cómo la acera se levanta hasta encontrarse con su rostro.

«Hacia la hora del crepúsculo del Día de Muertos, en noviembre de 1939, dos hombres, vestidos con pantalón de franela blanca, estaban sentados bebiendo anís en la terraza principal del Casino. Habían jugado primero al tenis, luego al billar, y las raquetas envueltas en fundas impermeables y cautivas en sus prensas -la del doctor, triangular, … Seguir leyendo