La Voz de Galicia
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Como explica Julio Cortázar en el Tablero de dirección que abre Rayuela, «a su manera este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros. El primero se deja leer en la forma corriente y termina en el capítulo 56, al pie del cual hay tres vistosas estrellitas que equivalen a la palabra Fin. Por consiguiente, el lector prescindirá sin remordimientos de lo que sigue. El segundo se deja leer empezando por el capítulo 73 y siguiendo luego en el orden que se indica al pie de cada capítulo».

Por tanto, la gran contranovela del brujo Cortázar no tiene uno, sino al menos dos comienzos: el que se sitúa, siguiendo las convenciones del género, en el arranque del volumen y el que se asoma a la página 438 bajo la cifra 73 que numera este capítulo que, en realidad, no es un capítulo, sino un fragmento, como probablemente Rayuela tampoco es exactamente una novela, sino otra cosa. Ahora está de moda entre los sabihondos del lugar afirmar, con la voz muy engolada y el careto pomposo, que este libro inabarcable es una obra para adolescentes o peterpanes inmaduros que no han superado la pubertad, que lo que mola son los novelones al estilo decimonónico, fieles a la doctrina canónica del inicio-nudo-desenlace. Y punto. Vale. Creo que basta con escudriñar con un poco de sosiego estos dos comienzos para descubrir que Cortázar es, sin duda alguna, uno de los grandes. El resto, que vayan chupando rueda. Si pueden, claro. Que alguno, pese a las campanadas y corifeos de sus colegas de camarilla, no sirve ni para plagiario.

Estas son, a fin de cuentas, las dos puertas de acceso a la mágica Rayuela:

1: «¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo dentífrico».

73: «Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos».

P.D. Dedicado a Ayelén, Brais y demás amigos del lado de allá, de ese Buenos Aires que es, también, un pedacito de Galicia, o de París, o como quiera que se llame el lado de acá (si es que hay lado de acá y lado de allá, que a lo mejor todos estamos del mismo lado, y eso de acá y de allá ya no significa apenas nada).