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Archivo para julio, 2008

El pequeño chamarilero

Miércoles, julio 30th, 2008

Iba a escribir un comentario para responder a Prometeo, pero, como casi siempre, la cosa se me ha ido de las manos y he acabado perpetrando un post, aunque, por supuesto, no es que uno tenga muy claro tampoco dónde termina un comentario y empieza un post, si es que esas fronteras de género (de género literario, que no se me irrite Bibiana) tienen algún sentido hoy en día. Bueno, a lo que íbamos. Prometeo, yo también practicaba de niño ese entrañable oficio de chamarilero: iba por la calle recolectándolo todo, para desesperación de mi madre, que asistía atónita al espectáculo del niño trapero que luego transportaba su fardo de objetos inútiles hasta la casa, convertida en una improvisada cacharrería. Recogía palos, hojas secas, caracoles, engranajes, tuberías, relojes rotos, insectos, qué sé yo, todo tipo de artilugios y estrafalarios seres vivos. Cuando iba a la playa de Riazor volvía con mi cubo convertido en un acuario, con su agua de mar, sus cangrejos, su estrella de mar, sus pececitos, sus piedras y sus algas para recrear la atmósfera submarina… Y hasta algún camarón, de los que por entonces (antes del Urquiola, el Mar Egeo, el Prestige y lo que te rondaré morena…) todavía pululaban por las aguas urbanas de A Coruña.

Lo de haberle cogido cariño al MP3 destartalado debe de ser una inercia de aquella frustrada vocación infantil de chamarilero. Supongo, sí, que ese afán acaparador de objetos es una forma más o menos encubierta de luchar contra la nada, que siempre anda ahí al acecho, con sus borrosidades. Una ingenuidad, ya sé. Como el coleccionismo y otros ismos. Pero qué le vamos a hacer, así somos de contradictorios y de endebles. Uno tiene que aferrarse a algo, aunque sea a un pedazo de plástico.

El MP3

Martes, julio 29th, 2008

Ha palmado mi MP3. Le tenía cariño al bicho porque me lo regaló mi santa, ya va para tres años, cuando estaba tumbado en el box número no sé qué de la unidad de cuidados intensivos, después de que los cirujanos le pusieran un par de piezas de recambio a mi corazón. El artefacto me hizo compañía durante aquellas primeras 24 horas de insomnio y flipe (el oxígeno y los calmantes colocan un poco, ya se sabe). En la uci, por no tener, uno no tiene ni gayumbos. Ni las gafas. Está en bolas ante la nada. Sólo el pequeño MP3 gris me distraía un poco entre las rondas de las enfermeras, que son lo más parecido a la bondad absoluta con lo que uno se puede tropezar.

Allí estábamos mi insomnio, la docena de cables que me salían del cuerpo por diferentes orificios, el tubo fluorescente que nunca se apagaba y el MP3, que con su música y su radio en vela me permitía olvidar durante unos minutos los pitidos de las máquinas que controlaban las constantes vitales (la cabecera de la cama tenía tantas pantallas que aquello parecía la sala de control de vuelos de la NASA).

Recuerdo un poema de Borges en el que el argentino hablaba con asombro de que un objeto pueda sobrevivir a su dueño. En otros versos de distinto rango, Ray Loriga contaba que el plástico es la única cosa próxima a la eternidad que encontramos sobre el planeta. Bueno, en este caso ambos poetas se equivocan. El MP3 ha muerto. No ha vencido a su vapuleado propietario y sus entrañas de plástico de poco le han servido para superar el magreo diario que le ha caído durante treinta meses de paseatas y vagabundeos.

Maldita sea, le había cogido cariño al artilugio. Que la tierra (o la prosaica incineradora) le sea leve.

Mazinger Z

Sábado, julio 26th, 2008
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Mazinger Z es la gran serie de dibujos de mi infancia. Ni Comando G, ni Ulises 2000, ni Érase una vez el hombre, ni Heidi, ni La abeja Maya ni, por supuesto, el turras de Marco y sus Apeninos y sus Andes. No. Mazinger es, sencillamente, el número uno, el punto y aparte, el gigante, el coloso. Es asombroso cómo, si uno pasea unos minutos por YouTube, descubre que tiene en el fondo del cerebro, atrincheradas no se sabe dónde, un filón de escenas que no veía desde hace treinta años o así. Ahí están, en una cuerda floja tendida entre el circo de las neuronas, las acrobacias de Mazinger, su fuego de pecho, y las andanzas de su novia, la incombustible Afrodita A y su legendario grito de guerra: ¡Pechos fuera! Recordemos, de hecho, que la primera vez que Mazinger levanta el vuelo es aferrado a las tetas-misiles que Afrodita había lanzado al espacio. Ya lo ha dicho aquí Prometeo: en aquel tiempo Ronald Reagan andaba planeando la guerra de las galaxias y la novia de Mazinger ya andaba por ahí con un silo de misiles en el canalillo. Eso sí que era igualdad de género: al fuego de pecho del robot respondía la robota (Prometeo díxit) con sus pechos fuera. Tanto monta, monta tanto.

Bueno, os dejo con estos impagables dibujos (en los que aún se aprecia el trazado del lápiz, no como esas superficies perfectamente lacadas de la actual animación) y os recomiendo un viajecito nostálgico por YouTube (hay capítulos enteros circulando por ahí). La canción de apertura de la serie no tiene desperdicio. El tipo que interpreta la banda sonora imita a Raphael. ¿Será el original o un plagiario? Quién sabe. Pero Mazinger no admite copias. Es único entre un millón.

Teleñecos de museo

Miércoles, julio 23rd, 2008

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El Smithsonian de Washington, que no es precisamente un museo de chiste, le dedica estos días una exposición a Jim Henson, el creador de los teleñecos de Barrio Sésamo. Las míticas marionetas saltaron a los papeles el año pasado porque en Estados Unidos su edición en DVD había caído en las zarpas de la censura debido a que la pandilla de Sésamo no encaja ya, treinta años después, en los cánones de lo políticamente correcto (o sea, correctísamente ñoño, peñazo y demás palabras con eñe que no me atrevo a escribir). Un delirio, vaya.

Menos mal que el gran museo de la capital yanqui restaña un poco las heridas con esta exposición en la que, pasando mucho de los censores y de sus tijeras de mente estrecha, resucitan la rana Gustavo, intrépido reportero que generó más vocaciones periodísticas que el orondo Lou Grant; la acosadora cerdita Peggy; Coco y sus mundos imaginarios y volátiles; el conde Draco y sus matemáticas dementes; Triki, el entrañable monstruo de las galletas, al que algún espabilado quiere recetar la dieta del pomelo; y, claro, Epi y Blas, que inventaron la pareja de hecho antes de que ZP siquiera soñase con llegar a la Moncloa, y que, según los analistas, forman el dúo que mejor ha representado en la pantalla el desgaste que genera la convivencia, llámese matrimonio o colegas con beneficios. Esas escenas de las camas gemelas, con Epi quemando a Blas a golpe de réplicas y contrarréplicas, son el gran retrato del roce conyugal, que, ya se sabe, a veces hace el cariño y otras, en cambio, acaba en el juzgado. Toma revival.

Leer y nadar

Lunes, julio 21st, 2008

Para los griegos, aquellos juláis que nos enseñaron todo lo que hoy sabemos (e incluso adivinaron las cosas que ya nunca sabremos), un tipo ilustrado era el que podía leer y nadar, que eran las dos formas que tenían esos sabios ociosos de relacionarse con su mundo, el Mediterráneo, claro. Hasta se hizo un chiste (no sé si fue Woody Allen, creo que sí, pero ya digo que no lo voy a buscar en la Red, porque no me fío del Google, que lo mismo te dice que fue Gomaespuma que Kant que Woody Allen) sobre la célebre frase de Sócrates: «Sólo sé que no sé nada», que en realidad sería «sólo sé que no sé nadar», con el tío a punto de morir ahogado. Lo que pasa es que sus discípulos oyeron mal y todo acabó por liarse, hasta que el pensador se ventiló un copazo de cicuta (algo parecido al garrafón del sábado por la noche) y se salvó definitivamente de palmarla en el agua. Y, por supuesto, aquel malentendido, aquella letra de menos, acabó por cambiar la historia de la filosofía. Sócrates quería un cursillo de natación en la piscina municipal de Atenas, en horario de tarde para no madrugar, y en cambio se la metieron doblada con la ontología, la metafísica y demás pensamientos de relojería.

Vale. A lo que íbamos. Que esto se me está yendo de madre. En verano volvemos un poco a esa idea de dedicarse en exclusiva a leer y nadar, verbo que, como su propia etimología indica, describe el acto de no hacer nada, sólo que dentro del agua. Por algo la natación es el único deporte en el que no se suda, que es una cosa muy desagradable salvo en otro deporte que ahora no viene al caso, y menos hablando de Grecia.

El Atlántico, siempre encabronado, incluso en las largas tardes de julio, no es el Mediterráneo. Ni falta que hace, claro. Pero hasta en la orilla de espumarajos violentos de la playa del Mar de Fóra, pongamos por caso, uno puede engañarse durante unos momentos, como si se creyese que la vida consiste en eso, en leer y nadar. Y ya está. Luego, despertamos y no es que el dinosaurio siga ahí, como apuntaba Monterroso, es que nosotros somos los dinosaurios, que seguimos creyendo en los libros y la natación, como si no hubieran pasado ya 25 siglos de nada.

Conversaciones demediadas

Sábado, julio 19th, 2008

Ítalo Calvino, maestro en el dificilísimo arte de deslizarse por el filo de la navaja de la realidad, descubrió extraños y portentosos usos de las palabras que nadie había soñado con antelación. Es el caso, por ejemplo, del adjetivo demediado, para el que se inventó un personaje, el vizconde Medardo de Torralba, al que le colgó del cuello el adjetivo y una de las más hermosas  historias jamás escritas (y escrita, perdón por la redundancia, cuando ya el mundo enfermaba del mal de no saber si se podía escribir algo más). Al vizconde le voló la mitad del cuerpo una bala de cañón turco y así nació el uso de la palabra demediada que ahora, triquiñuelas de la mente, se me sube a las neuronas al escuchar las mil y una conversaciones demediadas que escupen, en la cabina del bus número siete, quienes parlotean sin pausa por los teléfonos móviles.

Cuentan que Apollinaire pegaba retazos de conversaciones que escuchaba en el café para componer los collages de sus poemas. Ahora los poemas automáticos se escriben solos enlazando los fragmentos de las charlas telefónicas que se entretejen sin pausa, absurdas, surrealistas, dadaístas incluso en su afán por reducirse a cruces de monosílabos. Apollinaire hoy le mandaría mensajes por el móvil a la chorba, que mola más, porque el SMS va borrando letras de las palabras y soltando muchas kas, unas letras que ya desde Grecia tienen tufo y fonética de rebelión.

Sólo escuchamos el cincuenta por ciento de esta poesía ultraísta, porque el resto se queda empantanada en el aire de julio dibujado tras los vidrios, donde retumban las melodías de los móviles polifónicos (que no es lo mismo que poliorgásmicos, pero casi). Así, el bus se rinde un poco al dodecafonismo y al azar, ese fabuloso engranaje de las coincidencias capaz de acoplar el mugido de una pala mecánica que horada el asfalto con los acordes de Clocks, de Coldplay, que estalla en un móvil del último asiento del siete.

Bansky, ¿cazado?

Martes, julio 15th, 2008

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Hay escritores, como J. D. Salinger o Thomas Pynchon, que han cimentado buena parte de su leyenda en ocultarse de los focos. No conceden entrevistas. No presentan sus libros y, en el caso de Pynchon, hasta se permiten la travesura de presumir de que una de sus últimas apariciones en público fue doblando a su personaje en un capítulo de Los Simpson, en el que el escurridizo literato salía encapuchado con la clásica bolsa de papel de supermercado. Su voz, cuentan, era la real.

La misma estrategia escapista ha seguido hasta hace un par de días Bansky, el grafitero con más caché del planeta, que lleva varios lustros jugando al escondite con sus devotos. Bansky agarra sus andamios, sus pinturas de guerra, sus sprays y levanta un mural de museo en cualquier pared de Londres, pero cuando llegan los fans, los marchantes y los fetichistas, Bansky se ha pegado el piro y los mirones se quedan a solas con su arte, que es lo que a ellos menos les interesa. Sostiene el Mail on Sunday que Bansky se llama Robin Gunningham (Bristol, 1973) y que es el de la foto de aquí arriba, tomada en Jamaica hace cuatro años.

¿Será Bansky este tipo de 35 tacos con pinta de dependiente de ultramarinos? ¿Será Salinger disfrazado de grafitero? ¿O será Thomas Pynchon haciéndose pasar por Bansky para que nadie descubra su verdadera identidad?

Un inicio

Lunes, julio 14th, 2008

«Cuando la niebla de la anestesia se desbarató y al fin abrió los ojos, la luz fluorescente de la unidad de cuidados intensivos le recordó a Miguel Andrade que no sabía quién era».

Esto es el arranque de una «cosa» -llamarla novela sería pretencioso- titulada, a partir del verso de Louis Aragon, La noche de las palabras. Hay 120 páginas más dentro de un cajón. Se admiten, e incluso se agradecen, consejos, críticas, enmiendas, alegaciones, tachaduras y conjeturas sobre este comienzo y sus hipotéticas continuaciones.

Revival

Viernes, julio 11th, 2008
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Será por tocar las napias, pero me ha entrado saudade de la infancia, de la niñez, de esa pequeña isla del tesoro de la que ya no queda apenas nada, y hasta de la adolescencia, ese infierno diminuto al que uno sobrevive por la música, por los amigos (sí, y por las amigas, claro), por aquel libro que leímos por primera vez, yo qué sé, por una colección de instantes que luego convertimos en leyenda porque teníamos catorce años y nos lo estábamos pasando bien. Pero que muy bien. No es que te gustara especialmente aquella maldita canción de Spandau Ballet, sino que, cuando sonaba aquel tema romanticón, y hasta algo cursi, tú te lo estabas montando de cine, una tarde cualquiera, qué más da, con los colegas. Bueno, os dejo aquí, en plan revival, el vídeo de Gold, de Spandau Ballet, tema en el que se inspira ese anuncio sobre la generación del baby-boom (sí, la mía, qué pasa) del que nos habla el amigo Nacho en La Huella Digital. Si sobrevivimos a esta música, a estas hombreras, a estos cardados, esa crisis que nos anda tocando los genitales no puede ni lamernos la suela del zapato.

Superagente 86

Jueves, julio 10th, 2008

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En una ocasión un jefe me soltó que escribía «demasiado literario». Coño, gracias por el piropo, repliqué yo, siempre tan incauto. Pero resulta que no era un elogio, que era que me iba a montar una pirula. En la bronca de rigor, el boss me echó en cara que, además de muchos adjetivos, en mis columnas se deslizaban demasiados guiños nostálgicos y, al filo de la treintena, me insistió, eso de andar meneando todavía la infancia era algo intolerable. Seguramente aquel jefazo tenía toda la razón, por eso él llegó adonde llegó y yo ando por aquí, trasteando con el blog. Lo siento sobre todo por mi madre, que tenía grandes esperanzas puestas en mí, aunque ya me advertía que era un fuguillas y que era mejor lo de «despacito y buena letra». Y yo, de despacito, nada; y la letra, hay días que no me la entiendo ni yo. Se ve que iba para médico, me curré una letra ilegible, y luego se me pasó lo de sacar el título de Medicina. Ya lo decía mi madre:

-No seas fuguillas, Luisiño.

Pero, nada, yo, a mil por hora. A lo mejor por eso he acabado colgado en la Red, que es el refugio ideal para los fuguillas profesionales. Y ya le estoy dando la razón al jefe aquel, dale que te pego con la niñez. Lo que pasa, como traté de explicarle al boss aquella entrañable jornada, es que nuestra generación, los que nacimos en los setenta, somos los que más cambios en menos tiempo hemos visto en la historia de esta Península. Porque, antes de llegar a la adolescencia, ya habíamos visto/intuido la muerte de Franco, una Constitución del trinque, la intentona golpista del 23-F y el ascenso de los sociatas de Felipe González al poder. Nada menos. Hombre, claro, el abuelito vivió más cosas, una Guerra Civil incluida, pero luego, durante cuarenta años, tuvo más de lo mismo con aquel tipo bajito de Ferrol en El Pardo.

Por eso, quizás, los de treinta y pico flipamos tanto con el regreso al pasado, un deporte onanista, sí, pero un entretenimiento inocente al fin y al cabo. Algo canosillos ya, sonreímos cuando vemos el kiosco plagado de deuvedés con los dibujos de la infancia, Heidi, La abeja Maya y, por supuesto, el pequeño capullo de Marco y la madre que lo parió, qué peñazo, de los Apeninos a los Andes, líbranos, Señor. Y ya alucinamos cuando a alguien le da por llevar al cine un argumento como Superagente 86, aquella serie de las tardes ociosas en la que Maxwell Smart y su colega 99 (en la foto) se batían el cobre, con la ayuda del incombustible zapatófono, contra los malvados agentes de la organización Kaos. Quién nos iba a decir entonces que todos íbamos a acabar con un zapatófono en el bolsillo de la chupa.