La Voz de Galicia
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Ha palmado mi MP3. Le tenía cariño al bicho porque me lo regaló mi santa, ya va para tres años, cuando estaba tumbado en el box número no sé qué de la unidad de cuidados intensivos, después de que los cirujanos le pusieran un par de piezas de recambio a mi corazón. El artefacto me hizo compañía durante aquellas primeras 24 horas de insomnio y flipe (el oxígeno y los calmantes colocan un poco, ya se sabe). En la uci, por no tener, uno no tiene ni gayumbos. Ni las gafas. Está en bolas ante la nada. Sólo el pequeño MP3 gris me distraía un poco entre las rondas de las enfermeras, que son lo más parecido a la bondad absoluta con lo que uno se puede tropezar.

Allí estábamos mi insomnio, la docena de cables que me salían del cuerpo por diferentes orificios, el tubo fluorescente que nunca se apagaba y el MP3, que con su música y su radio en vela me permitía olvidar durante unos minutos los pitidos de las máquinas que controlaban las constantes vitales (la cabecera de la cama tenía tantas pantallas que aquello parecía la sala de control de vuelos de la NASA).

Recuerdo un poema de Borges en el que el argentino hablaba con asombro de que un objeto pueda sobrevivir a su dueño. En otros versos de distinto rango, Ray Loriga contaba que el plástico es la única cosa próxima a la eternidad que encontramos sobre el planeta. Bueno, en este caso ambos poetas se equivocan. El MP3 ha muerto. No ha vencido a su vapuleado propietario y sus entrañas de plástico de poco le han servido para superar el magreo diario que le ha caído durante treinta meses de paseatas y vagabundeos.

Maldita sea, le había cogido cariño al artilugio. Que la tierra (o la prosaica incineradora) le sea leve.