La Voz de Galicia
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La película se tituló El desencanto, pero podría haberse bautizado sin mayores matices La demolición, porque el proceso de disección de las entrañas familiares de los Panero que ejecutan Elías Querejeta y Jaime Chávarri en este icono del cine documental español de los setenta constituye uno de los ejercicios más despiadados de ajustes de cuentas a los que se pueda someter voluntariamente una tribu. Las versiones de los mismos hechos narradas por la aparentemente ingenua Felicidad Blanc, viuda de Leopoldo Panero, y por sus tres devastadores (y devastados) hijos —José Moisés Michi (fallecido en el 2004) Juan Luis y Leopoldo María—, no es que reflejen perspectivas diferentes, sino que demuestran que sus protagonistas habitaban ya entonces en galaxias que distaban entre sí muchos años luz.
En la cinta, mientras silban los puñales que se lanzan entre sí los torturados hijos Panero, van asomando la malvada agudeza de Michi y la inteligencia creativa de Leopoldo María frente a la profunda y refinada cultura de Juan Luis, que en las entrevistas siempre renegaba de esta película y de su secuela, Después de tantos años, que Ricardo Franco rodó en 1994 ya sin Felicidad Blanc (fallecida en 1990) en el dramatis personae. «Me aburrió la primera y me aburrió la segunda», confesaba Juan Luis en 1999 ante la omnipresente pregunta.
Desaparecido Juan Luis, de aquella estirpe que en 1976 asumía sin tapujos la decadencia ya solo queda Leopoldo María, el último mohicano de los Panero y prueba viviente de las extrañas paradojas a las que somete este país a su literatura: quien ha sido uno de los mejores poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX se ha pasado buena parte de su existencia deambulando de manicomio en manicomio, desde Mondragón a Canarias, hasta el punto de que ha llegado a ironizar sobre la posibilidad de escribir una guía Campsa de los frenopáticos nacionales. Todo un símbolo de ese derrumbe familiar, social y cultural que anticipaba El desencanto y que ha desembocado, cuarenta años después, en el final más bien poco glorioso de la saga. Solo queda ya Leopoldo María, el poeta maldito que dedicó un libro al psiquiátrico de Mondragón, habitante de un agujero llamado Never More y que, entre otros hallazgos, es autor de una hermosa y hoy inencontrable traducción de Peter Pan en la que explora las conexiones entre la literatura infantil, la de terror y las vanguardias. Allí encontramos una brutal frase de Sir James Matthew Barrie que ya profetizaba este apocalipsis Panero: «Los dos años son el principio del fin».