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Bukowski en la Red

Escrito por Luis Pousa
30 de mayo de 2008 a las 16:10h

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El primer día que Charles Bukowski se sentó delante de uno de estos artefactos le asaltó la duda, la enorme duda, de si el ordenador iba a ser la máquina que lograse acabar con él, algo que no habían conseguido ni el alcohol, ni las mujeres, ni siquiera la miseria, ya se sabe, cuando era joven y estaba él solo en un cuarto de Nueva Orleáns con un par de ratas y toda su literatura hirviéndole en el cráneo. Lo contó en un memorable poema. Por supuesto, el artilugio no pudo con el viejo poeta y, es más, Bukowski es a día de hoy un privilegiado inquilino de la Red, en la que se pueden degustar algunos episodios conocidos de su leyenda, como cuando, con un par de botellas de más en el cuerpo, plantó a los sesudos tertulianos de Apostrophes, el programa cultural estrella de la televisión francesa. El poeta también se deja ver y escuchar en variopintos fragmentos de películas, entrevistas y recitales, como este vídeo en que nos lee uno de sus hermosos y devastadores textos.

Y es que la poesía debe de tener algo que le ha llevado a sobrevivir tres mil años (o por ahí) sobre la superficie de este planeta de psicópatas, desde que Homero y los otros griegos que empiezan por hache -Hesíodo, Heráclito y toda la banda-, se pusieron a juntar hexámetros y echaron a andar esta máquina imparable con la que no han podido ni los tiranos, ni el whisky, ni la telebasura, ni siquiera la CIA.

No sabemos muy bien por qué, pero las cosas que nos mueven al final siempre son un puñetazo directo al alma (o como se llame), una dentellada en el pecho, como un verso del gran Bukowski.

La rebelión de los sosainas

Escrito por Luis Pousa
29 de mayo de 2008 a las 13:01h

Si Rajoy monta un circo no es que corra el riesgo de que le crezcan los enanos, es que los enanos se apellidarían Gasol y le machacarían a collejas la grupa. Mariano, el de los hilillos de plastilina, se creía que esto de que le pongan a uno un partido a su nombre es como traspasar una mercería, que uno paga el traspaso y listo, hereda los proveedores, la clientela y hasta el recibo de la luz. Pero no. A Mariano le han salido respondones los inquilinos de la Rue del Percebe 13, digo de Génova 13, que han empezado a rebotarse en cadena y amenazan con bajar al portal y pedir a gritos el regreso del antiguo casero, Aznar, que se ve que tenía la escalera más aseadita.

Lo de Mariano, el señor de los hilillos, a veces parece un argumento de Shakespeare. No sabemos si se trata de una tragedia -por las puñaladas, las copas de veneno y las traiciones, aunque Espe, majete, creo que no da la talla como Lady Macbeth-, o una comedia liviana tipo Mucho ruido y pocas nueces, con Acebes y Zaplana de curtidos secundarios. Aunque me temo que, después de ver con pasmo que hasta los sosainas como Elorriaga o Costa se le suben a las barbas a Rajoy, lo del PP es más una tragicomedia de andar por casa, vamos, una teleserie cutre Made in Spain con el Chikilicuatre interpretando la banda sonora.

Una larga enfermedad

Escrito por Luis Pousa
28 de mayo de 2008 a las 12:55h

Con la muerte de Sydney Pollack hemos escuchado, una vez más, una de esas letanías que primero se atrincheran en las tertulias de radio y televisión y que luego se reproducen, a la velocidad de los roedores, en los mentideros habituales de esta sociedad ultramediática: «Sydney Pollack ha muerto tras una larga enfermedadsydneypollack3.jpg». Porque la gente, en este planeta tipo Disneylandia, ya no la palma de cáncer, no, hombre, no, qué falta de tacto, aquí la peña, como  mucho, estira la pata «tras una larga enfermedad», que es algo mucho más discreto y no molesta a nadie, nadie se siente ofendido por que le recuerden la evidencia de que la ruleta gira y gira y a veces se para en la maldita casilla.

Sydney Pollack, escuchamos en todas partes, se fue al otro barrio «tras una larga enfermedad», aunque, paradójicamente, tampoco fue tan larga, porque resulta que el cáncer, perdón, la larga enfermedad, se lo llevó apenas nueve meses después del diagnóstico.

Parece como si el difunto, además de dejarse aquí esos pequeños sorbos de felicidad que dan sentido a la existencia, encima nos tuviera que pedir perdón por no haber muerto de algo más asumible, yo qué sé, por ejemplo, estampado contra una cuneta, como W. G. Sebald, quien, como se insiste mucho en las solapas de sus libros, la espichó en un accidente de tráfico, como si eso tuviera la menor importancia a la hora de leer Austerlitz. Se ve que la carretera, o un buen sidazo, dan caché al literato y el tumor, en cambio, no mola nada en las solapas.

En el fondo lo que demuestra esta parida de la «larga enfermedad» es un estéril empeño en negar la realidad, que es muy tozuda y siempre acaba enseñando las zarpas. Nos creemos que jugando a esta nueva forma de ocultismo, que consiste en esconder bajo la alfombra todo aquello que no nos gusta, como la patología de marras, vamos a borrarlo para siempre de la superficie de la Tierra. Como si el hecho de no nombrar las cosas bastase para aniquilarlas. Sería muy bonito, pero la vida, qué le vamos a hacer, es algo más que un eufemismo. Y a veces, para paladearla hasta la última gota, incluso ayuda llamar a las cosas por su nombre.

P.S. No hay que perderse lo que han escrito sobre Pollack en sus blogs César Casal y Antía Díaz, dos peliculeros de cuerpo entero.

Sydney Pollack, uno de los grandes

Escrito por Luis Pousa
27 de mayo de 2008 a las 13:41h

pollack2.jpgLos cineastas, debe de ser cosa de un arte creado para las multitudes, nunca mueren solos. Tras palmarla hace unos días Charlton Heston, ahora se nos va Sydney Pollack, otro de los grandes, que amaba tanto el celuloide que no sabía estarse quieto ni delante ni detrás de la cámara, así que fue de todo: actor, director, productor y lo que le echasen. Así creció su enorme filmografía, más propia de otros tiempos, de cuando Hollywood era Hollywood y todavía no había sido tomada al asalto por una banda de oficinistas obsesionados con cuadrar las cuentas. Como si el cine fuese cuestión de cuentas.

Se nos ha ido Pollack, el director de Las aventuras de Jeremiah Johnson, Tal como éramos y las célebres Tootsie o Memorias de África; el actor, por poner solo un ejemplo, de Maridos y mujeres, de Woody Allen, uno de los últimos grandes que nos quedan del lado de acá de la pantalla.

Pero, como siempre que perdemos a uno de los gigantes del cine, lo mejor es dejarse de historias y poner en el DVD una peli del gigante. Por ejemplo, si la tenemos a mano, Las aventuras de Jeremiah Johnson, con Robert Redford, el actor talismán de Pollack, de protagonista. Que hablen Jeremiah y su rifle.

Cierro los ojos y veo

Escrito por Luis Pousa
25 de mayo de 2008 a las 20:59h

seoane1.jpgAhora que está de moda la Torre de Hércules, y que parece que los de la Unesco se disponen a declararla patrimonio de la humanidad, conviene recordar que el faro romano cuenta en su currículum con una larga nómina de escritores y/o viajeros que se encargaron de contarnos las aventuras y desventuras del monumento coruñés. Entre esos textos, tal vez uno de los más hermosos sea el que, muy tangencialmente, le dedicó el escritor (y artista total) Luis Seoane bajo el  significativo título de Cierro los ojos y veo. Y como va a hablar el maestro, uno, que asume sus limitaciones, se calla la boca y escucha. Obviamente respeto la ortografía original del autor:

“Habitan en La Coruña y no saben que los viejos de su infancia decían a los niños que desde la península de La Torre, en la misma ciudad se podía ver en los días claros la costa de Irlanda. Quizás nunca lo supieron. Yo, sé eso. Lo recuerdo. También sé que cerrando los ojos veo cuando quiero una aldea, Arca, y a la misma aldea rodeada de montañas, de minas, de bosques y labradíos, y al pie de ellas un río transparente de truchas que se ven correr amedrentadas por las sombras. Un río transparente sobre el que nadan las libélulas y en el barro de sus orillas se esconden las anguilas. Recuerdo los pobladores y sus trabajos. Era una aldea de músicos y gaiteros. Había dos bandas de música. Algún campesino emigraba y otros se hacían navegantes. Se ejercían oficios elementales. En los bosques abundaba el jabalí y en las orillas del río la marta y por todas partes la comadreja y la ardilla. En el aire, o posados en los árboles una multitud de pájaros.

Cierro los ojos y veo Arca. A ver Arca con los ojos cerrados me conduce la nostalgia. Como puedo ver Irlanda si cierro los ojos, para ello me bastan la historia y el sonido del mar. Puedo evocar todo aquello que viví o vi y lo que conozco a través de otros.

Es curioso lo que ven por no querer ver algunas personas. Yo cierro los ojos y veo lo que quiero. Alguna vez creí percibir incluso el olor de aquel mar o de aquella aldea.

También alguna vez quise ver la costa de Irlanda de que hablaban los viejos coruñeses y no busqué el horizonte despejado de un buen día claro abriendo más los ojos que cualquier otro día, sino que me bastó cerrar los ojos para verla, y sin embargo era una tarde de espesa niebla.

Estos personajes que hoy evoqué, cerrando los ojos, los acabo de dibujar.

Seoane

10-VIII-78”.

 Y es que, en efecto, a veces para ver minuciosamente las cosas no hay nada mejor que cerrar los ojos. Así logramos contemplar, incluso en medio de la niebla, Irlanda, una aldea llamada Arca, o simplemente el interior de nuestras atribuladas neuronas.

Por eso, estoy con Seoane, a veces, cuando el tema se pone chungo, me largo hasta la península de la Torre, cierro los ojos y veo. Y veo, sobre todo, el envés de las cosas.

El tren y el almendro en flor

Escrito por Luis Pousa
23 de mayo de 2008 a las 13:29h

A Coruña, diez de la mañana. Una tunda de agua de las que hacen historia se desploma sobre la plaza de Pontevedra. Apretujados bajo la marquesina municipal -o sea, mal diseñada, abierta por el techo y los laterales para que la lluvia pueda entrar a gusto-, los peatones aguardan por el bus urbano, que, como siempre, llegará tarde y atestado de peña hasta el techo. Pero hay que ser ecologista, usar el transporte público, que el petróleo se ventila a más de 125 dólares el barril, hay que ahorrar combustible, o al menos eso repiten los del coche oficial a la puerta del despacho.

Lo bueno de la espera es que a uno le sobra tiempo hasta para leer detenidamente la publicidad que adorna (es un decir) la marquesina de marras: «El tren y el almendro en flor. Que puedas disfrutar de todas y cada una de sus flores es lo que nos mueve». ¿Mande?

La infame cursilada la firman, al alimón, Renfe, el Gobierno de España y el Ministerio de Fomento. Bajo el hortera verso se puede ver una edulcorada foto, estilo Hello Kitty, de un tren de cercanías que discurre por una vía electrificada a la sombra de un almendro en flor.

Todo muy bucólico. Lástima que en A Coruña, Galicia, siglo XXI, no hayamos visto en la vida un tren de cercanías. Sólo en foto.

Y lo que tiene delito es que, encima, el almendro en flor y el trenecito se lo pasen por las narices al baqueteado usuario del bus urbano gallego, que lo más parecido que ha visto a un cercanías es el Ibertrén que guarda en el desván.

Se vende América

Escrito por Luis Pousa
22 de mayo de 2008 a las 18:28h

Se vende América. No el continente, vaya, pero sí su dominio más obvio en Internet (www.america.com), que a estas alturas de la película virtual es casi más tangible que las montañas Rocosas. El propietario de la suculenta combinación de letras no es un descendiente del italiano Vespucci, sino un agudo inversor que prefiere permanecer en el anominato. El tipo, que encima parece que ni siquiera es yanqui, ha sacado a subasta la palabreja con la idea de pulverizar el récord que en su día se marcó el dominio de dominios (que contiene la palabra sex), por el que se apoquinaron en el 2006 nada menos que 12,5 millones de dólares (una tontería, vamos, unos 8 millones de euros). El precio de salida para la reñida puja por América, una bagatela. Un millón de dólares. Poca cosa por todo un continente.

Bienvenidos

Escrito por Luis Pousa
21 de mayo de 2008 a las 14:10h

Después de un par de meses deambulando por la blogosfera con mis antiguos Farrapos de Gaita salto hoy o a la arena bloguera de La Voz. Para arrancar, me sumo al excelente post que nos regala Antía Díaz sobre el enorme James Stewart, actor que ahora cumpliría cien años si no nos lo hubiesen arrebatado antes de tiempo. Y me sumo porque Stewart protagoniza, junto al impagable John Wayne, la que considero como una de las obras maestras absolutas del cine de todos los tiempos: El hombre que mató a Liberty Valance, un auténtico tesoro que John Ford nos legó en la primavera de 1962.

La disputa en la cantina, en la que John Wayne, Lee Marvin y James Stewart se enzarzan en una memorable trifulca por un filete de tamaño planetario que se ha caído al suelo nos hace comprender que en manos de Ford y tres actores fuera de serie se puede hacer poesía visual hasta con un humilde pedazo de carne. Y eso no lo arreglan las subvenciones del Ministerio de Cultura. Hay que llevar el talento en las venas (o donde demonios anide el talento). Es una cuestión de entrañas. Por eso, esta película, como el propio James Stewart, resistirá otros cien años más en la memoria humana.

Bienvenidos a Farrapos de Gaita.