La Voz de Galicia
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Las edades del hombre

No sé quién dijo que la prueba irrefutable de que te has hecho mayor llega ese día en que compruebas, estupefacto, que ya eres más viejo que los jugadores de fútbol, esos mismos tipos a los que en la infancia contemplabas a una distancia cronológica casi infinita. Esta teoría, absolutamente inamovible, la vamos trampeando durante un tiempo, echando mano de las fichas de algún que otro portero o central talludito que, a base de gimnasio, prolonga su carrera hasta el filo de los 40 tacos. Pero, según avanza esta movida de los quinquenios y sus incertidumbres, van escaseando los peloteros que pasan de las 35 castañas.

Llega entonces otro instante demoledor: uno descubre que ya no tiene la edad de los futbolistas, sino de los entrenadores. Me acaba de suceder hace unos días. El 18 de enero, para ser más precisos. Cuando las teles relataron que Pep Guardiola, cosecha … Seguir leyendo

A quince años luz

He vuelto a Barcelona. He vuelto, incluso, a la Universidad. Al antiguo y hermoso edificio de la Gran Vía. Y he pensado en cómo era yo hace quince años, cuando andaba por aquellos pagos estudiando los entresijos del álgebra conmutativa en la Facultad de Matemáticas. Así que he abierto mis «diarios de papel» (entonces no había blogs) en la página del 2 de octubre de 1994. Sí, hace exactamente quince años. Quizás a algunos os suene, porque reformé parte de estos textos para disfrazarlos como los diarios de Miguel Andrade en mi novela La noche de las palabras. Esto, o algo parecido, era yo el 2 de octubre de 1994 en Barcelona:

«Atardece sobre la sierra de Collserola y contra el cielo de cinc se dibujan las sombras chinescas del Sagrat Cor y la Torre Foster, que parpadea solemnemente como este otoño (aquí dicen tardor, que es una … Seguir leyendo

La noche de las palabras

NACE UN CREADOR, por César Casal*

Tiene futuro este Miguel Andrade. Tanto como lo tiene su creador, Luís Pousa. Miguel Andrade es ese pintor y hacedor de diarios que protagoniza la primera novela del periodista de La Voz y escritor Luís Pousa. Se titula La noche de las palabras, en verso prestado por Louis Aragon, y, como las muñecas rusas y los huevos Kinder, tiene sorpresa. Miguel Andrade da para hacer una serie con él. No les tiene nada que envidiar a otros personajes nacidos de la tinta. Y así lo reconoce su inventor, al anticipar, tras conocer que había ganado el premio Arenas, que Andrade puede tener continuidad en nuevos relatos.

Pero vayamos con el actual, con esta La noche de las palabras, que nos pasea, al borde del mapa, de Barcelona a A Coruña, como en una pesadilla o en la resaca horrible de la … Seguir leyendo

Tres ciudades enlazadas

Es curioso cómo, a través de una serie de bitácoras, se ha ido trazando un camino de ida y vuelta, de enlace en enlace, entre tres ciudades blogueras: A Coruña, Barcelona y Zaragoza. Uno puede partir de aquí mismo, de esta ciudad atlántica suspendida en los puntos suspensivos de Estíbaliz Espinosa, y brincar al Hotel junto a la vía que tiene abierto Álex Nortub en Barcelona. Allí, en BCN, se puede uno quedar plácidamente en Hasta Elena, en El lamento de Portnoy, en la web de Vila-Matas (que tiende al blog, sólo que nos tiene a la espera para crear expectación), en Semper Tremulusa o en Iceland bailout plan (9). En caso de lluvia, siempre puede uno cobijarse bajo el Paraguas en llamas de Jordi Mestre o emprender, sin más rodeos, el vuelo hasta Zaragoza para aterrizar, por ejemplo, en la biblioteca de Antón Castro. … Seguir leyendo

La línea Maginot

Recapitulemos. Tenemos el viaje alrededor del cráneo. Y el viaje alrededor del propio cuarto. Pero hay otra forma de viaje breve, de viaje de andar por casa, que consiste en limitarse a pasear por el barrio, sin poner un pie más allá de las fronteras ficticias (o reales) de ese territorio primigenio, casi uterino, en el que nos sentimos tan cómodos como bajo la luz del flexo del hogar. A mí, a veces, me entra ese vicio de no salir del barrio. Curiosamente, he observado este fenómeno en ciertos habitantes de las grandes ciudades, que renuncian a explorar el resto de la urbe y se aferran a su rincón, a su café e, incluso, a su esquina en la barra del café. El auténtico indígena del barrio no lo abandona jamás. Es un Robinson que sobrevive con los nutrientes que encuentra en su pequeño pedazo de acera. Luego, claro, llegan … Seguir leyendo