La Voz de Galicia
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Hasta el aire, ya lo contó Luis Pimentel, traza su sombra sobre la hierba. Lo sabía Peter Pan, que pidió a Wendy que le cosiera la suya al talón para que no huyera por las techumbres y chimeneas de Londres. Manhattan, sin ir más lejos, no es más que una gran sombra de rascacielos de vidrio y acero. Y las catedrales y las pirámides se alzaron solo para proyectar su oscura silueta sobre el suelo de la antigüedad. Por eso, ahora que hasta para pedir un gin-tonic en el bareto del pueblo hay que escudriñar dos cartas de tónicas y ginebras más abultadas que la última parida de la literatura de aeropuerto, convendría que algún sesudo doctorando pusiera por escrito el catálogo de sombras del verano atlántico. Poco queda ya de aquella Hispania de Astérix y Obélix que una ardilla podía recorrer brincando de encina en encina, pero aún resisten un par de charcas verdes y umbrías. Sobreviven la sombra severa del castaño, la sombra de filigrana de los pinos, la sombra barroca y boscosa de la buganvilla, la sombra perfecta de la parra de vino del país (nada de parras travestis de kiwis peludos) e incluso la sombra proustiana de las muchachas en flor. Pero agoniza agosto y la sombra que salva al rostro pálido del sopapo solar que le fríe las meninges, la sombra que emerge del humus para oxigenar la epidermis y el tuétano, es la sombra sagrada de la vieja piedra tallada por los canteros en los soportales de Galicia hace dos o tres siglos. Porque, después de la liturgia del aperitivo, la sombra es el mayor invento de la historia de la humanidad.