La Voz de Galicia
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El horario de verano es una innovación sin precedentes en el sistema laboral que no hay que confundir, pese a su asombroso parecido, con las vacaciones. Son casi lo mismo, pero con matices. En vacaciones uno, directamente, no va a trabajar. En el horario de verano uno tampoco va a trabajar, solo que indirectamente: el afortunado usuario de la llamada jornada continua sale de casa, entra en la oficina, ficha, se lleva al compañero a tomar café, vuelve a recoger la chaqueta de la silla, apaga el ordenador y a casita. Es lo mismo, pero con un rodeo. El horario de verano consiste, en esencia, en que como hace calor y a la peña no le apetece trabajar, pues se llega a un acuerdo salomónico entre la parte contratante y la parte contratada: se entra más tarde y se sale antes, para no abusar, que el termómetro está desatado y tampoco es cuestión de sudar la gota gorda ante la clientela. No todo el mundo tiene horario de verano, claro. En la empresa privada casi no se ha detectado su presencia. Pero en los bancos, que ya no me acuerdo si eran públicos o privados o simplemente rescatados, el horario estival es algo sagrado que alcanza su apogeo en la llamada Semana Grande, que parece que dura siete días como todas, pero en realidad apenas da para media hora bien exprimidita. Una vez el rostro pálido intentó arreglar un papel en una sucursal bancaria en plena Semana Grande y, claro, entre que le dio al timbre, abrieron la puerta, cogió su ticket, salió el número y llegó a la ventanilla, ya había transcurrido la jornada continua. Debe ser eso que llaman conciliación.