La Voz de Galicia
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Lo malo de criarse con una dieta infantil a base de pelis del Oeste y cine épico de la Segunda Guerra Mundial es que, al aterrizar de morros en la esfera adulta, uno todavía cree que en la vida, como en el celuloide, siempre ganan los buenos, aunque sea en el último minuto de la prórroga y de penalti. Qué bemoles. La vida, esa cosa con patas, se parece más a una turbia y lenta cinta de Lars Von Trier que a los honestos y crudos wéstern (incluso a los brutales largometrajes de Sam Peckinpah). Porque a los buenos, al menos en el planeta Tierra, los apean a palos del estribo y los dejan tirados en medio de la polvorienta calle del pueblo, a solas con los pistoleros. Y, comparado con los malhechores financieros y gubernamentales de hoy, el hosco Liberty Valance parece un entrañable y bondadoso párroco de pueblo.