La Voz de Galicia
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Julio Cortázar y Enrique Vila-Matas –dos de mis monstruos literarios de cabecera– se han estrujado las neuronas para narrar las desventuras de esos misteriosos individuos que un buen día deciden (o alguien lo decide por ellos) no volver a asomarse por la boca del metro. Son los desaparecidos, entes de leyenda que descienden a los andenes para no volver a ascender jamás. Permanecen en las catacumbas o, simplemente, son devorados por unos laberintos subterráneos que nadie conoce si no por los desgastados planos que barajan los burócratas.
No se trata aquí del metro –que es como una versión agusanada del autobús urbano–, pero lo cierto es que el mismo fenómeno registrado con ojo certero por Cortázar y Vila-Matas también se observa ocasionalmente en las líneas periféricas del bus, donde más de un conductor ha visto cómo el viajero remolón que ocupaba el último asiento se esfumaba, como por arte de magia, al girar en la curva que servía de frontera virtual entre los mundos urbanos y los vestigios del campo que cercan la ciudad.
Al principio, los buseros más jóvenes atribuyen estas pérdidas de pasajeros a las malas pasadas que juega a la mente la resaca del garrafón que se expende en los garitos de madrugada. Pero, en ausencia de alcohol y de los viajes –menos prosaicos que los de la línea 23– de las drogas de diseño, los conductores acaban por entregarse a las más extrañas elucubraciones para justificar la súbita evaporación de aquella anciana de gabardina y paraguas a cuadros que, precisamente al doblar en Casa Toñita, se agachó para recoger algún objeto caído y ya nunca más regresó a la superficie de lo real. O aquel niño que dejó como único rastro un balón de reglamento al emerger el bus de uno de los infinitos túneles que horadan el subsuelo de la ciudad ¿Adónde se dirigen los desaparecidos del bus? ¿Comparten destino con los que se desvanecen en los andenes del metro de Buenos Aires y Barcelona?

Hay quien se apunta a la teoría del desgaste atómico expuesta magistralmente por Julio Cortázar:
«Nadie ha contado jamás a la gente que sale del estadio River Plate un domingo de clásico, nadie ha cotejado esa cifra con la de la taquilla. Una manada de cinco mil búfalos corriendo por un desfiladero, ¿contiene las mismas unidades al entrar que al salir? El roce de las personas en la calle Florida corroe sutilmente las mangas de los abrigos, el dorso de los guantes. El roce de 113.987 viajeros en trenes atestados que los sacuden y los frotan entre ellos a cada curva y a cada frenada, puede tener como resultado (por anulación de lo individual y acción del desgaste sobre el ente multitud) la anulación de cuatro unidades al cabo de veinte horas”.

Pero los más inquietos filósofos, cuando se juntan al caer la noche en un recodo clandestino de las cocheras, asumen que, efectivamente, la anulación y el desgaste no serían un producto exclusivo de los buses y que el roce cotidiano en las calles, ante los escaparates o en los umbrales de los cines, también debería concluir con la desaparición periódica de algún transeúnte, consumido por la eterna erosión de los anónimos paseantes.

En los coloquios improvisados por los conductores se barajan otras alternativas más complejas que la simple evaporación, como alambicadas fugas que comprenden la ayuda de escalas y cabos para colarse por las claraboyas o trampillas del autocar y alcanzar así el refugio de las cloacas. Tal vez demasiado esforzado para la anciana del paraguas y la gabardina a cuadros, así que otros se decantan por explicar el fenómeno por las artimañas de una tribu de prestidigitadores que se hacían desaparecer a sí mismos como uno de sus geniales trucos de ilusionismo.

Quizás la tribu habita en los bajos de los autobuses, como en aquella película yanqui que relataba la vida de los polizones que viajaban al Oeste agazapados entre las ruedas de los grandes ferrocarriles y saltando de vagón en vagón aferrándose a las barras humeantes y jugándose el pellejo a unos centímetros de un suelo que se deslizaba a demasiadas millas (yanquis) por hora.

Mejor quedarse con la duda, dejar que la mente elija sus sortilegios y ni siquiera mirar atrás en busca de los inquilinos de ese submundo de fugados del transporte público. Así lo admite Enrique Vila-Matas en el andén del metro de Barcelona:
“No quise entonces girarme, pues sentí el temor de ver a alguien pagando el duro precio de bajarse al metro, de ver a alguien más rezagado que yo perdiéndose para siempre, lejos del sol y las estrellas, en el aire espeso y lento de los túneles y raíles de la noche infinita de Barcelona».