La Voz de Galicia
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Aeropuerto de Heathrow. Cada viaje acabo más hasta las narices. No del cansancio, sino de ver más y más velos. En Heatrhow, Terminal 3, es hoy una invasión. Pero no solo de hiyabs y no solo de túnicas -o como se llamen- negras hasta los pies, sino de burkas. Con los maromos tan tranquilos vistiendo a la occidental y llevando su ganado personal como les da la gana, y la embotada aquiescencia de esas mujeres que no solo quieren ser consideradas como un animal doméstico sino que están dispuestas a educar a sus hijas para que también lo sean.

Y mire, si es gente de paso, pues qué quiere que le diga, allá ellos, pero por lo menos que al cruzar por los controles de seguridad las miren como a mí. Ni más ni menos. Pero qué va, nadie les dice nada, como a los sijs -o lo que diablos sean- que llevan su turbante o como se llame tapando pelos y clavas, y tampoco hay lo que hay que tener para pedirles que o se lo quitan o no pasan.

No. Los ciudadanos de segunda, en Europa, somos los europeos como yo, que cometemos el pecado de un con buf al cuello y a cara descubierta, ya que si con ese buf nos la tapamos, no pasamos. Mientras, las mujeres islámicas y los hombres islámicos deben estar partiéndose de risa. Son -y a este paso aún lo serán más- los amos, los puñeteros amos.

(La foto está tomada ahora en Heathrow)