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Entradas etiquetadas como ‘Mario Benedetti’

Paradójicamente

Lunes, mayo 18th, 2009

Sólo a  mí se me ocurre citar a Bartleby, el escribiente. Su mera mención, en la anterior entrada de este cuaderno de bitácora, ha tenido en mí un efecto devastador, paralizante, como los venenos que las arañas inyectan en sus víctimas para luego poder paladearlas con sosiego. Hace una semana yo mismo me inoculé la pócima del mal de Bartleby al plantar aquí su nombre y, lo que es más grave, su legendaria sentencia: «Preferiría no hacerlo».

Por eso, hoy, aunque tendría que contar algo sobre Mario Benedetti, que también se ha ido a respirar el polvo de las estrellas, sinceramente, preferiría no hacerlo. Podría, por ejemplo, dedicar a Benedetti uno de mis Inicios de novela. Podría citar el arranque, pongamos por caso, de La tregua, que creo que empezaba así: «Sólo me faltan seis meses y veintiocho días para estar en condiciones de jubilarme. Debe hacer por lo menos cinco años que llevo este cómputo diario de mi saldo de trabajo. Verdaderamente, ¿preciso tanto el ocio?». O podría reproducir algunos versos de un poema particularmente hermoso en el que Benedetti se confiesa como pasajero del tranvía número no sé cuántos. Podría, pero preferiría no hacerlo.

También podría escribir sobre Ramón Piñeiro, al que acabamos de dedicar el Día das Letras Galegas, y que tiene un libro de honda belleza titulado Filosofía da saudade. Quizás ahora no resulte un título deslumbrante, porque hasta hay una filosofía del fútbol o de las artes decorativas, pero cuando Ramón Piñeiro escribió este ensayo ponerle una filosofía a la saudade fue un acto de enorme osadía literaria. También podría escribir sobre una fabulosa exposición de las polaroids del cineasta Tarkovski que se exhibe en la Fundación Luis Seoane, justo frente al segundo piso desde el que escribo estas crónicas de lo minúsculo (o de la nada, ya no sé).

Podría incluso escribir del doblete del Barça, que tiene feliz al gran Enrique Vila-Matas, o de Raúl del Pozo, que no es Umbral, aunque sobre el papel ocupe el espacio físico del difunto, y que hoy nos llama a los blogueros «monos con ordenata», piratas, sanguijuelas y otras lindezas. Bueno, si esto es el planeta de los simios, que no se crea Del Pozo que es Charlton Heston.

Preferiría, en fin, no escribir de estos asuntos, pero, paradójicamente, creo que ya lo he hecho. Tal vez Bartleby no me haya aniquilado del todo.

La infancia es otra cosa

Lunes, febrero 2nd, 2009

Como algunos detractores me acusan (seguramente con razón) de ser un apologeta de la infancia, que si demasiado revival, que si demasiada nostalgia, que si demasiados años ochenta, pues he revuelto en los estantes hasta encontrar algo con lo que compensar tanto peterpanismo. Y como andaba estos días a vueltas con la vida y obra de Mario Benedetti, me he tropezado con este poema, La infancia es otra cosa. Aquí va un fragmento, que yo creo que equilibra un poco la balanza:

«Los geniales demagogos de la infancia/ así se llamen Amicis o Proust o Lamorisse/ sólo recapitulan turbadores sacrificios móviles campanarios globos que vuelven a su nube de origen/ su paraíso recobrable no es exactamente nuestro siempre perdido paraíso/ su paraíso tan seguro como dos y dos son cuatro no cabe en nuestro mezquino walhalla/ ese logaritmo que nunca está en las tablas».  

P. S. El amigo Benedetti se pasa un pelo al meter en el mismo saco de «los geniales demagogos de la infancia» a Amicis y Proust. Creo que si nos quedásemos sólo con seis o siete escritores de toda la historia, ahí estarían siempre James Joyce, Franz Kafka y Marcel Proust. Amicis, ni de coña, claro.

P. D. Y además, qué pasa, sí, yo también soy un demagogo de la infancia. Me gustan los demagogos de la infancia y hasta me gusta mi infancia, a pesar de que no todo fueron risas y juegos. Vivan los setenta, e incluso los horteras ochenta.

ojd