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Entradas etiquetadas como ‘hikikomori’

Monte Alto

Jueves, enero 29th, 2009

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Seguimos con la literatura de viajes. De viajes hikikomoris por el barrio, claro. Hace ya algún tiempo (5 de diciembre del 2003) publiqué en La Voz de Galicia esta columna, auténtica apología del barrio: Monte Alto.

La ilustración, de Luis Seoane, pertenece a su álbum Homenaje a la Torre de  Hércules (Ediciós do Castro).

La línea Maginot

Martes, enero 27th, 2009

Recapitulemos. Tenemos el viaje alrededor del cráneo. Y el viaje alrededor del propio cuarto. Pero hay otra forma de viaje breve, de viaje de andar por casa, que consiste en limitarse a pasear por el barrio, sin poner un pie más allá de las fronteras ficticias (o reales) de ese territorio primigenio, casi uterino, en el que nos sentimos tan cómodos como bajo la luz del flexo del hogar. A mí, a veces, me entra ese vicio de no salir del barrio. Curiosamente, he observado este fenómeno en ciertos habitantes de las grandes ciudades, que renuncian a explorar el resto de la urbe y se aferran a su rincón, a su café e, incluso, a su esquina en la barra del café. El auténtico indígena del barrio no lo abandona jamás. Es un Robinson que sobrevive con los nutrientes que encuentra en su pequeño pedazo de acera. Luego, claro, llegan los colonizadores, con sus franquicias, sus multinacionales y sus movidas, y el barrio se convierte en una especie de Disneylandia solo para turistas. Y a Robinson lo disfrazan con un traje folclórico para que los guiris le saquen fotos y le pidan autógrafos.

Pero volvamos al viaje de barrio. En todos los lugares en que he vivido siempre he detectado la presencia de una línea imaginaria, que yo llamo línea Maginot, que, por alguna extraña razón, actúa como frontera entre el barrio en el que habito y el resto de la ciudad. Cuando vivía en Barcelona, en el barrio de Gràcia, en la calle Perill (Peligro, dónde si no), la frontera imaginaria era travessera de Gràcia. Cruzar la travessera era abandonar el mundo conocido para explorar quién sabe qué extraños territorios. Los antiguos escribían en los límites de los mapas: «Aquí hay leones». Yo no sé si había o no leones, pero por si acaso no atravesaba la calzada.

En A Coruña he vivido ya en cuatro lugares diferentes, y siempre he tropezado con esa línea Maginot que, durante semanas, no me apetece atravesar. No por nada, sólo porque me siento un poco desamparado más allá de mis murallas mentales. Ahora vivo en la Ciudad Vieja, junto a la puerta del jardín de San Carlos donde se levanta la sepultura de sir John Moore. Como estoy en un extremo de esta península urbana, el Atlántico rodea casi todos los senderos imaginarios, así que por ese lado marítimo no hay peligro, el oleaje establece los límites. Pero hay un itinerario posible, que atraviesa la plaza de María Pita y que conecta mi barrio con el resto de A Coruña. Ahí tropiezo. Contra esa línea Maginot me estrello a menudo. Y reboto. No logro ir más allá. ¿Será que me estoy convirtiendo en un hikikomori de mi barrio?

El viaje hikikomori

Lunes, enero 26th, 2009

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Más de los hikikomoris. Apunta en su web V-M, en relación a los viajes hikikomoris de su Dietario voluble: «Aunque estoy continuamente en aeropuertos, el viaje hikikimori alrededor de mi cuarto es una de mis especialidades. Viajo mucho en torno a mi habitación -modalidad deportiva que inauguró Xavier de Maistre- y también por un espacio aún más mínimo, en torno a mi cráneo, un tipo de viaje que patentara Frigyes Karinthy. Pero es cierto que en Dietario voluble aparecen aeropuertos y muchas ciudades. Con esto del viaje interior y exterior ocurre algo parecido a lo que pasa conmigo, que soy el autor del Dietario, pero en la portada aparezco de espaldas, como queriendo indicar que estoy y no estoy en el libro». 

En efecto, Xavier de Maistre fue un pionero en el arte de la exploración interior con su Viaje alrededor de mi cuarto, al que ya alude Jorge Luis Borges (de una forma un tanto emboscada) nada menos que en ese cuento titulado El Aleph, que también propone un viaje alrededor del universo sin salir de casa.  En cuanto a Frigyes Karinthy, recordemos que, además de escribir Viaje alrededor de mi cráneo, es el autor de la célebre teoría de los seis grados de separación.  

Ahora me asalta una duda: ¿Seremos todos nosotros, blogueros e internautas, un poco hikikomoris? Tal vez la Red sea el ultramoderno refugio de los anacoretas y ermitaños del siglo XXI. Solo que en lugar de subirnos a una columna y guardar silencio, nos encaramamos a una web y no paramos de teclear. Todo esto de bloguear, comentar y demás, en el fondo, no es más que que una exploración alrededor del propio cráneo, de la propia habitación, es decir, del universo.

*Retrato de Vila-Matas (de espaldas) capturado por Olivier Roller para la portada de Dietario Voluble.

Hikikomoris

Miércoles, enero 21st, 2009

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Ya que andamos con V-M y su Dietario voluble, vamos a adentrarnos en el debate que propone este libro sobre los hikikomoris, esos jóvenes japoneses que renuncian a salir de su cuarto y se montan una vida paralela en el interior de la habitación, pertrechados, eso sí, con todo tipo de artilugios electrónicos. Hikikomori en japonés parece ser que significa aislamiento, que es lo que buscan estos adolescentes abrumados por ese Japón abrumador en el que habitan. Como Japón lo tiene todo, el rapaz se achica y se queda en los toriles, digo, en su cuarto.

Internet, claro, es el paraíso del hikikomori, porque brinda al introvertido chaval una ocasión única de asomarse al mundo, pero sin mancharse demasiado, limitándose a observarlo atrincherado en sus seudónimos desde la pantalla de un ordenador (portátil, claro, que el otro no cabe en la cama). El  hikikomori creo que nos mira a los del mundo real como nosotros, los del presunto mundo real, miramos a los animales del zoo. Somos las cebras de los hikikomoris, que nos escudriñan con mucha atención, como si, efectivamente, también luciéramos listas blancas y negras sobre la piel.

V-M habla mucho del viaje hikikomori por el interior de la habitación, que es una forma de viajar como otra cualquiera. Y, además, es la máxima expresión del viaje low cost. Es el low cost reducido a su mínima expresión. A cero, vaya. El viaje hikikomori es más barato incluso que los viajes del Imserso. Y ni siquiera hace falta chándal. Se puede practicar en pijama (o en bolas). El viaje hikikomori me recuerda a aquellas viñetas en las que se veía, por ejemplo, al tío Gilito dando vueltas y más vueltas en su cuarto de pensar, de forma que en el suelo se iba abriendo un surco cada vez más profundo en el que Gilito se iba hundiendo a golpe de  pinrel. A lo mejor es que el viaje hikikomori no es más que un viaje al centro de la Tierra.

De todas formas, toda la movida  esta de los hikikomoris es un poco el cuento (en este caso japonés) de poner un nombre nuevo a una cosa de siempre, porque gente que no sale de su casa hay mucha en la montaña de Lugo, pongamos por caso, y no van de hikikomoris ni de nada por la vida. Se quedan en su palloza y listo. Y ni siquiera tienen conexión a Internet. Puestos a rebuscar, una de las pioneras del movimiento hikikomori podría ser la madre de Norman Bates, con su legendario moño. Es el moño fundacional que inaugura la religión hikikomori.

ojd