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Archivo para julio, 2008

Holy Smoke

Miércoles, julio 9th, 2008

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Creo que no soy sospechoso de estar a favor del tabaco. Primero, soy asmático, o sea, que cuando a mis pulmones les da por ponerse cachondos mis bronquios parecen la sección de viento de la Filarmónica de Berlín, lo que pasa es que los pitidos me salen algo más desafinados que a los cachorros de sir Simon Rattle. Por si no fuera razón de peso, hace unos tres años me abrieron el corazón para ponerle una válvula aórtica nueva y, de paso, no sé qué tubo en la aorta, o sea, que a mi entrañable músculo tampoco le sienta bien el humo, vaya. Y, por último, pero más importante que todo lo anterior, no me gusta que me ahumen a la niña, que va para tres años, y tampoco es plan que le soplen nicotina encima.

De acuerdo, por tanto, en la hipótesis inicial de que se rebajen los malos humos (de todo tipo, que los hay invisibles). Pero lo que no soporto son las paridas que surgen alrededor de estas buenas intenciones. Por ejemplo, cuando se organizó en la Biblioteca Nacional de Francia una magna exposición sobre Jean Paul Sartre, en el cartel de la muestra se borró el humeante pitillo de la mano del pensador, con lo que el existencialista se quedó con la mano tonta (ver foto), alicaída, como si quisiera agarrar el ser y la nada.

Otra chorrada en esta misma línea es la planteada ahora por un grupo de médicos británicos, que quieren que las películas en las que se fuma (es decir, todas las grandes de la historia, sin excepción) se cataloguen para mayores de 18 años, ya que entienden que los cigarrillos deben tener el mismo nivel de censura que el sexo y la violencia (que, como todos sabemos, son dos cosas que nunca se ven en las pantallas). Muy bien. Es la consecuencia lógica de elevar lo políticamente correcto a los altares. También podemos vetar los filmes en los que los protagonistas se zurran, cometen adulterio o ventilan vasos whisky de tres en tres; podemos prohibir las películas en las que el séptimo de caballería vapulea a los malvados pieles rojas; y, ya puestos, hasta podemos contar el número de actores y de actrices en el reparto de cada largometraje, para ver que coincidan y dejar contenta a Bibiana Aído y sus paridades. Nos quedará un repertorio algo escueto de imágenes aptas para todos los públicos, qué sé yo, La abeja Maya, Heidi y así. Anda, no, Heidi no, que el abuelito fuma en pipa, el zascandil. De Shin Chan ya ni hablamos, que el padre de los Nohara no fuma, pero le pega fino a las birras.

Vale. Ya paro. Hay un hermoso libro de Guillermo Cabrera Infante, Puro humo, escrito originalmente en inglés, en el que el prosista relata con mimo la estrecha relación entre tabaco y cine, dos de las grandes pasiones del cubano. El título es la traducción de Holy Smoke!, bonito eufemismo que entonaban los actores cuando correspondía soltar un improperio en pantalla. Como bien sabía Cabrera Infante, en el celuloide el humo es sagrado.

El Palacio de la Luna

Martes, julio 8th, 2008

Paul Auster posee una de esas extrañas virtudes reservadas a los que alcanzan la frontera de lo extraordinario: hacer que lo complejo parezca sencillo. Hay algunos futbolistas, por ejemplo, que son capaces de trazar en medio palmo de hierba un regate aparentemente imposible, pero que ellos dibujan como si nada, sin que les tiemble el flequillo. Aunque haya un millón de horas de trabajo atrincheradas bajo el papel, los grandes hallazgos, al final, parecen algo natural. Porque los elegidos, los que de verdad esgrimen alguna destreza, prefieren ocultar las tramoyas detrás del escenario, para que no se vea demasiado el esqueleto de sudor que hay detrás de cada párrafo.

A la prosa de Auster le sucede algo de eso. La lees y tienes la sensación de que, simplemente, cada palabra y cada coma encajan exactamente en el lugar que les corresponde en el rompecabezas narrativo. Gran conocedor de las artimañas y la música del azar, el yanqui se desliza sin alardes gratuitos por esos engranajes de la vida que él atrapa de un plumazo, clavando la atmósfera sobre el texto. Una de esas obras que parecen escritas de tacón, como sin arrugarse el traje, es El Palacio de la Luna, novela en la que Auster nos regala uno de los grandes inicios de las postrimerías del siglo XX. Por una de esas singulares coincidencias que tanto le gustan a Paul Auster, hace unos días volvió a mis manos el libro protagonizado por Marco Stanley Fogg. Y, al releer por casualidad esa primera página, volví a descubrir, como un obsequio del azar, el hechizo del arranque de El Palacio de la Luna:

“Fue el  verano en que el hombre pisó por primera vez la luna. Yo era muy joven entonces, pero no creía que hubiera futuro. Quería vivir peligrosamente, ir lo más lejos posible y luego ver qué me sucedía cuando llegara allí. Tal y como salieron las cosas, casi no lo consigo. Poco a poco, vi cómo mi dinero iba menguando hasta quedar reducido a cero; perdí el apartamento; acabé viviendo en las calles. De no haber sido por una chica que se llamaba Kitty Wu, probablemente me habría muerto de hambre. La había conocido por casualidad muy poco antes, pero con el tiempo llegué a considerar esa casualidad una forma de predisposición, un modo de salvarme por medio de la mente de otros. Esa fue la primera parte. A partir de entonces me ocurrieron cosas extrañas. Acepté el trabajo que me ofreció el viejo de la silla de ruedas. Descubrí quién era mi padre. Crucé a pie el desierto desde Utah a California. Eso fue hace mucho tiempo, claro, pero recuerdo bien aquellos tiempos, los recuerdo como el principio de mi vida”.

(Editorial Anagrama, traducción de Maribel de Juan)

Pegado a una canción

Lunes, julio 7th, 2008

Imagen de previsualización de YouTube 

Hay canciones que, de pronto, se te adhieren al tímpano, a la trompa de Eustaquio, yo qué sé, a la geología interior del cráneo, y sencillamente ya no te dejan. Son como uno de esos moluscos que una vez pegados a un acantilado con barbas de alga y cielo de Galicia ya sólo los puedes arrancar con cirugía (o a martillazos, claro). Estos días, que hasta los traperos han puesto de saldo sus chismes y cacharrerías, a mí se me ha pegado a las neuronas esta pieza de Nick Cave, Breathless.

Uno no puede apellidarse caverna impunemente. Cave lo sabe y es un asiduo de las cuevas, de las estalactitas (o estalagmitas, o como se llamen), de los subterráneos de esta vida aparentemente luminosa por la que nos deslizamos como si fuera el filo de una navaja. Aquí tenemos a Cave, con su banda habitual, The Bad Seeds, obsequiándonos una canción de su lado menos siniestro, del álbum The Lyre of Orpheus. A Cave lo hemos visto, entre otras madrigueras, en la película El cielo sobre Berlín, del ahora menospreciado Wim Wenders, largometraje tan lento como hermoso en el que Cave y sus malvadas semillas actúan para los protagonistas en un moderno garito berlinés.

Como es veranito (al menos eso cuentan en el mundo exterior), conviene relajar un poco los músculos, incluso los cerebrales, y dejarse llevar cuesta abajo por la voz del gran Cave en este Breathless. La música, ya se sabe, es una de las formas más precisas de la felicidad.

Dos interrogantes

Domingo, julio 6th, 2008

Algunos lectores me han interrogado últimamente sobre dos detalles de la cabecera del blog. En primer lugar, los internautas de más allá del Padornelo se preguntan qué demonios es eso de farrapos de gaita. En efecto, es una expresión estrictamente gallega y de difícil traducción, pero vamos a intentarlo. Literalmente un farrapo es un harapo, un trozo de tela muy gastado, vaya. De ahí, que a esos flecos que cuelgan del roncón de la gaita (el tubo largo, para entendernos), y que suelen andar algo sobados, les caiga el título de farrapos de gaita. Pero siempre hay vida más allá de lo literal, así que la expresión ha cobrado vida propia. El Diccionario de la Real Academia Galega lo explica así (la traducción es del menda): “Farrapo de gaita. Se emplea en construcciones negativas para mostrar el poco aprecio que se le da a algo o a alguien, o para indicar que una cosa no debe ni siquiera tenerse en consideración”. Allá van los jugosos ejemplos de la RAG: “Esto no vale un farrapo de gaita. Esta no es comida ni farrapo de gaita. ¿Qué esperar a que llegue ni farrapo de gaita?”.

De esa entrañable expresión nació, por tanto, la cabecera de este blog. Primero, porque Farrapos de Gaita se ocupa precisamente de esas cosas a las que en un principio damos poco aprecio, o directamente no tenemos en consideración. De lo minúsculo, en fin. Y, como dirían los ingleses, last but not least, porque era la clásica respuesta con que mi madre me contestaba cuando, de niño, le inflaba las narices de tanto pedirle algo (ya se sabe que los chavales pueden ser como auténticas gotas chinas). El duelo verbal concluía cuando mi madre, contundente, me espetaba un “Ni helado ni farrapos de gaita”. Fin de la historia.

El segundo interrogante que el encabezamiento del blog ha despertado entre algunos inquietos lectores es la frase de Pompeyo: “Navegar es necesario, vivir no es necesario”. Según cuenta Plutarco en su Vida de Pompeyo, durante una travesía por el Mediterráneo para recolectar los cereales que escaseaban en Roma, los marineros se amotinaron y se negaron a hacerse a la mar por miedo a una tempestad. Fue entonces cuando Pompeyo, indignado, les soltó su legendario “Navegar es necesario, vivir no es necesario” en medio de un discurso épico con el que convenció a los remolones tripulantes para que embarcasen. La sentencia fue luego el lema de numerosos navegantes y flotas (por ejemplo, de la Liga Hanseática) y Fernando Pessoa lo utilizó en un hermoso poema: Navegar é preciso, versos que Caetano Veloso retocó para su canción Os argonautas.

No sé si habré resuelto las dudas de los internautas. Pero, como decía alguien, a veces las preguntas son mucho más interesantes que las propias respuestas.

Gracias

Sábado, julio 5th, 2008

Hoy sólo quiero dar las gracias al gran periodista gallego Fernando Ónega por el cariñoso guiño que hace en su brillante artículo de hoy en La Voz de Galicia al post Descorbatados, publicado ayer en estos revoltosos Farrapos de Gaita. Un fuerte abrazo de cardiópata, Fernando.

Descorbatados

Viernes, julio 4th, 2008

Los nacionalistas están que trinan. Con la de años que han tardado en ponerse la corbata (aquí Xosé Manuel Beiras nunca llegó a ponérsela, tuvo que llegar Quintana para lucir la versión bloqueira de esta prenda) y ahora viene el PSOE, sector pijo, y se quita la Loewe de seda así, por las bravas. Miguel Sebastián, ese inagotable granero de votos, se plantó el otro día en la carrera de San Jerónimo sin corbata, a pecho descubierto, y Bono, socarrón, le mandó al ujier mayor del Congreso con la pieza de tela ilustrada con los leones del Parlamento. Airado, Sebastián, que apenas tiene de qué ocuparse como ministro de Industria y Energía (el alza del crudo, la moratoria nuclear, las energías alternativas, la subida de la electricidad, la caída de las ventas de automóviles y otras nimiedades), le remitió al presidente de la Cámara baja un termómetro, en teoría para que midiera los grados del hemiciclo, a ver si ahorraba unos euros en aire acondicionado, aunque las malas lenguas ya especulan con que la propuesta de Sebastián era que el propio Bono se tomase la temperatura por vía rectal, con perdón.

Ya dijo Guerra en su tiempo (a este paso hasta vamos a echarlo de menos) que el PSOE era el partido de los descamisados (lo de Miguel Boyer y la choza de la Preysler era para despistar) y ahí está Sebastián, el descorbatado, pechera al aire de julio, para reivindicar aquel socialismo fetén. Lo del petróleo, la luz, el biodiésel, los coches y demás chorradas pueden esperar. Lo primero es lo primero. Y el nudo Windsor que se lo haga Bono, con lo que encuentre a mano.

La subidita

Miércoles, julio 2nd, 2008

El ministro Miguel Sebastián, cuya única proeza política conocida hasta la fecha era la de perder los morros en las elecciones municipales de Madrid, se ha convertido en el mayor rival de su colega Bibiana Aído en la reñida disputa del récord de ocurrencias por hora en el seno de un gabinete que, como apunta Roberto L. Blanco Valdés, tampoco exige grandes meninges para abrir sus puertas (ahí está, como prueba irrefutable, nuestra entrañable Magdalena Álvarez).

En plena hecatombe económica, con el euríbor apretándonos las gónadas y el IPC incrustado en la tráquea, al iluminado Sebastián no se le ocurre otra cosa que pegarle una subidita al recibo de la luz. Hombre, claro, no vaya a ser que la inflación se desplome y caiga por debajo del listón del 5%. Sería una faena, a ver cómo se entretenían luego Trichet y sus calculistas del BCE.

Yo, por si acaso, ya avisé a la niña de que deje de meter los dedos en el enchufe, que el kilovatio está muy caro. Antes le dejaba que se electrocutase un poco, sin llegar a chamuscarse, por la noche, que había tarifa nocturna, pero ahora ni eso.

Un cuento

Martes, julio 1st, 2008

Soltaba aquí el otro día, a cuento de la dichosa Eurocopa, que a veces, por una extraña e imprevisible colisión de las galaxias, van y ganan los buenos: la España de Cesc, la prosa de Roberto Bolaño o, ayer mismo, la pintura de Antonio López, por la que un millonetis ha apoquinado en Christie’s 1,74 kilos (de euros, claro, los otros ya no molan, ya no son apenas nada). El tío Gilito de marras ha sacado los doblones de su depósito para quedarse con Madrid desde Torres blancas, óleo que reitera esa tesis de que a veces, por una vibración insospechada de los quarks y las supercuerdas y otras vainas de la física cuántica, la vida es justa y a la chica de la peli no se la lleva el jetas, el gángster, en fin, el canalla de turno. No, viene un tipo de la calle, un Antonio López en zapatillas, el artesano maravilloso que nos cautivó en El sol del membrillo, y, para asombro de todos, le pega a la rubia un morreo de tornillo. No siempre van a ganar los trileros.

Aunque a lo mejor todo esto es pura ingenuidad de bloguero (somos gente incauta, por eso nos leemos unos a otros sin vacuna previa) y es sólo que los granujas, para disimular, de tiempo en tiempo se dejan meter un gol para que pensemos que la vida es justa y el árbitro, un tipo honesto. Pero por lo menos, entre puñalada y puñalada, podemos creernos el cuento de que al final de la partida ganan la bondad, la verdad y la belleza, esas quimeras.

ojd