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Leer es peligroso

Escrito por Luis Pousa
17 de octubre de 2014 a las 9:35h

Leer es peligroso. Lo sabe bien quien ha caído en esta poderosa droga, una de las más adictivas y dañinas sintetizadas por el ser humano durante los últimos dos mil y pico años. Y más peligroso todavía es dedicarse a leer libros peligrosos. Esos que fluyen muy lejos de las convenciones, de las reglas establecidas y los prejuicios, para adentrarse en lo extraordinario y encender la mecha del asombro en el cerebro del lector.

A rastrear esa clase de textos se dedica Juan Tallón (Vilardevós, 1975) en Libros peligrosos, una aventura editorial puesta en marcha por Larousse, el sello que todos veneramos por esa enciclopedia que nuestros padres compraron a plazos para ver si nos ilustraban un poco allá en la infancia, y que ahora se reinventa con esta colección a la que sumarán sus canciones favoritas Jaime Urrutia y sus películas de cabecera Javier Tolentino.
El volumen, por supuesto, tampoco es una obra convencional. Tallón arranca matizando que no cree en las listas: «No existen los cien mejores libros» , para zambullirse luego en este espléndido ejercicio de estilo y contarnos la huella que le han dejado estos cien títulos barajados por el tiempo y la centrifugadora de la memoria.

Están aquí todos sus monstruos familiares: Aira, Onetti, Cheever, Fitzgerald o Talese. Y Tallón salta de obra en obra engarzando a estos cien autores con un sutil hilo literario que a veces deja atónito al lector. El tour de force de estos enlaces es el que teje entre Los otros caminos, de Álvaro Cunqueiro, y el Tractatus Logico-Philosiphicus, de Ludwig Wittgenstein, donde tensa al límite los engranajes de su prosa para pasar de los formidables artículos de Cunqueiro a las crudas proposiciones del Tractatus.

En el fondo Libros peligrosos no deja de ser el relato de cómo se puede hacer el amor a la literatura en cien posturas diferentes, con cien autores distintos y a la luz de cien títulos únicos. Es la carta de amor, desesperada y violentamente hermosa, que un yonqui de las letras le envía a su camello para que no deje de suministrarle metáforas, adjetivos, verbos.

Shackleton, el sublime perdedor

Escrito por Luis Pousa
10 de octubre de 2014 a las 9:03h

Ya no se fabrican tipos como Ernest Shackleton. Perteneció a aquella estirpe de exploradores británicos de finales del siglo XIX y principios del XX que, con tal de descubrir un nuevo lago o de cartografiar una colina hasta entonces inédita, eran capaces de adentrarse en las fauces del diablo (incluso en sus babas) y presentarle luego sus credenciales en nombre de la Royal Society de turno.
Una de las grandes habilidades del británico es convertir un fracaso en algo colosal. Shackleton fue un perdedor magistral, de esos que ya tampoco se fabrican. Su historia la cuenta ahora William Grill en El viaje de Shackleton, un maravilloso libro ilustrado (o novela gráfica, a gusto del consumidor) que publica Impedimenta.
A Shackleton no lo doblegó su primera gran derrota. Participó en la expedición del capitán Scott, que perdió el pulso con Amundsen por pisar en primer lugar el Polo Sur. Al volver a Londres, lejos de amedrentarse, le dijo a los periodistas que estaba «extrañamente atraído por el misterioso sur». Una frase digna de un poema de Borges.

Y Shackleton volvió al sur. Al sur del sur. Quiso ser el primero en cruzar la Antártida «de mar a mar, atravesando el polo». Así que el 18 de agosto de 1914 zarpó a bordo del Endurance, con una tripulación de 28 hombres y 69 perros, rumbo a Georgia del Sur. Pero en el mar de Weddell, ya en febrero de 1915, tenían ante sí mil cien kilómetros de hielo y las placas acabaron por atrapar sin remedio al Endurance. Ahí comenzó la auténtica epopeya de Shackleton. Estaba a 800 kilómetros del pueblo más cercano, la estación ballenera de Stromness, y el único reto posible era lograr volver a Inglaterra sanos y salvos. Y, tras muchos meses avanzando a pie bajo las ventiscas, luchando contra la congelación, el hambre, el agotamiento y el escorbuto, el 30 de agosto de 1916 consiguieron completar el rescate. Shackleton, el sublime perdedor, dejó otra sentencia para la historia:
—La única derrota verdadera sería la de no salir a explorar jamás.

Gaziel, el cronista de la Barcelona mínima

Escrito por Luis Pousa
3 de octubre de 2014 a las 17:55h

Cuenta Enric Juliana una escena dramática, que retrata con un fogonazo la posguerra (y, por elevación, la historia de este vapuleado país). Transcurre en Lisboa, en la rúa Garrett, un domingo de abril de 1954. Se cruzan en la calle el filósofo madrileño José Ortega y Gasset y el periodista barcelonés Agustí Calvet Gaziel. Son dos de las mentes más brillantes de su generación. Relata Juliana que se conocen y, alguna vez, charlan. Pero ese domingo de exilio, hacia la una de la tarde, el periodista-filósofo y el filósofo-periodista no se dirigen la palabra: «Los dos hombres de la rúa Garrett se cruzan sin saludarse». «Todo se ha perdido. España es un erial y ambos se han convertido en espectros», sentencia Juliana.

Para no repetir la escena de esa España que se ignora a sí misma, que solo lee su propia epidermis, hay que zambullirse en Ortega, claro, pero también en la prosa de Gaziel, que ahora se redescubre al hilo del centenario de la Gran Guerra y de sus deslumbrantes crónicas desde París.

Pero hay otro Gaziel, el cronista de las realidades mínimas que viaja en tranvía, al que volvemos en La Barcelona de ayer (Libros de Vanguardia). En estas estampas escritas de 1919 a 1933 hallamos a uno de esos periodistas que han hecho del columnismo uno de los géneros mayores de la literatura española. Gaziel cuenta aquí, con palabras afiladas y humor agudo, la «incómoda comodidad» de las veladas teatrales, en las que se oía todo tipo de ruidos tapando las voces de los actores, o cómo a principios del siglo XX se plantaron los tilos de la rambla de Cataluña para aliviar el cogote calcinado de los paseantes. También desmitifica su propia ciudad y arremete contra la debacle económica que supuso la Exposición Universal, contra el urbanismo de la época y «la horrible y cuartelera cuadrícula del Ensanche», contra el desastroso diseño de la plaza de Cataluña, a la que los nativos llevaban todavía entonces a pacer sus corderos pascuales, o contra la pérdida de la independencia municipal de Sarriá. Cuando todo está confuso y los espectros se cruzan por la calle, hay que subirse al tranvía (o al bus) y leer a Gaziel.

Vallcorba, el editor

Escrito por Luis Pousa
26 de septiembre de 2014 a las 8:55h

Agosto se llevó a Jaume Vallcorba, el editor de Acantilado. Llevaba tiempo enfermo y cuentan sus amigos que, durante el verano, se dedicó a llamarlos por teléfono para despedirse de ellos.
—Hola, soy Jaume. Llamo para despedirme.
—¿Te vas de viaje?
—No, no me voy de viaje. Me estoy muriendo.
Así se las gastaba Vallcorba, temido y venerado en el gremio, donde todos aspiran a levantar de la nada su Acantilado, sus Quaderns Crema.

Su catálogo es abrumador. Apabullante. Habría que vivir otra vida entera para poder leerlo todo, desde A algunos les gustan frías hasta Zipper y su padre. Solo por recuperar, traducir y editar un puñado de títulos ya querríamos a Vallcorba para siempre. Solo por Memorias de ultratumba, de Chautebriand; Los ensayos, de Montaigne y Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, ya habría merecido la pena poner en marcha la editorial de la calle Muntaner.
Eso ya está dicho, escrito y publicado en todos los obituarios y apologías aparecidos a su muerte, con ese entusiasmo tan español por enterrar nuestros muertos a lo grande, sin matices, sin claroscuros. Cuando uno se muere en este país, la beatificación es instantánea, va incluida ya en el paquete de la funeraria como un bonus extra más.

Pero, pasados ya unos días y aplacadas las ovaciones y algarabías de las necrológicas de emergencia, habría que reivindicar al editor que también se atrevió a recuperar, concienzuda y minuciosamente, la obra de otro gigante olvidado: G. K. Chesterton. Porque Vallcorba también rescató de entre los muertos al indómito escritor y periodista inglés. E hizo felices a muchos lectores heterodoxos —los que, como el propio Chesterton, nadamos a contracorriente— con la publicación de su Autobiografía, su Breve historia de Inglaterra o Los relatos del padre Brown. Como escribió Borges: «Hubiese podido ser un Edgar Allan Poe o un Franz Kafka; prefirió —debemos agradecérselo— ser Chesterton».

Vallcorba, el editor

Escrito por Luis Pousa
26 de septiembre de 2014 a las 5:17h

Agosto se llevó a Jaume Vallcorba, el editor de Acantilado. Llevaba tiempo enfermo y cuentan sus amigos que, durante el verano, se dedicó a llamarlos por teléfono para despedirse de ellos.
—Hola, soy Jaume. Llamo para despedirme.
—¿Te vas de viaje?
—No, no me voy de viaje. Me estoy muriendo.
Así se las gastaba Vallcorba, temido y venerado en el gremio, donde todos aspiran a levantar de la nada su Acantilado, sus Quaderns Crema.

UN INVENTARIO ABRUMADOR
Su catálogo es abrumador. Apabullante. Habría que vivir otra vida entera para poder leerlo todo, desde A algunos les gustan frías hasta Zipper y su padre. Solo por recuperar, traducir y editar un puñado de títulos ya querríamos a Vallcorba para siempre. Solo por Memorias de ultratumba, de Chautebriand; Los ensayos, de Montaigne y Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, ya habría merecido la pena poner en marcha la editorial de la calle Muntaner.
Eso ya está dicho, escrito y publicado en todos los obituarios y apologías aparecidos a su muerte, con ese entusiasmo tan español por enterrar nuestros muertos a lo grande, sin matices, sin claroscuros. Cuando uno se muere en este país, la beatificación es instantánea, va incluida ya en el paquete de la funeraria como un bonus extra más.

CHESTERTON EN LA RECÁMARA
Pero, pasados ya unos días y aplacadas las ovaciones y algarabías de las necrológicas de emergencia, habría que reivindicar al editor que también se atrevió a recuperar, concienzuda y minuciosamente, la obra de otro gigante olvidado: G. K. Chesterton. Porque Vallcorba también rescató de entre los muertos al indómito escritor y periodista inglés. E hizo felices a muchos lectores heterodoxos —los que, como el propio Chesterton, nadamos a contracorriente— con la publicación de su Autobiografía, su Breve historia de Inglaterra o Los relatos del padre Brown. Como escribió Borges: «Hubiese podido ser un Edgar Allan Poe o un Franz Kafka; prefirió —debemos agradecérselo— ser Chesterton».

Un plano secuencia infinito

Escrito por Luis Pousa
19 de septiembre de 2014 a las 11:22h

Han pasado ya casi cuarenta años desde aquel 1 de noviembre de 1975 en que el cadáver de Pier Paolo Pasolini apareció junto a la playa de Ostia. Comunista, homosexual y dotado de una extraña y honda religiosidad («Dios es la realidad dialogando consigo misma», afirmaba), Pasolini fue juzgado, como Sócrates, por corrupción de menores e impiedad contra la religión oficial del Estado. Y, paradoja de las paradojas, este verano L’Osservatore Romano sentenciaba, cincuenta años después, que El Evangelio según San Mateo es «la mejor obra sobre Jesús de la historia del cine». Amén.
Regresa a escena Pasolini por la película de Abel Ferrara y por la publicación, en Errata Naturae, de la colección de ensayos Demasiada libertad sexual os convertirá en terroristas. El texto confirma que Pasolini no solo fue uno de los cineastas icónicos de la segunda mitad del siglo XX, sino que fue también un escritor de una inteligencia desmedida, irreverente, heterodoxo e incómodo para todos (hasta para sí mismo).

A LA CONTRA
Lo mejor del libro son los dos extras que cierran el volumen. Dos entrevistas que se publicaron ya póstumamente, en las que se exhibe el intelectual lúcido, honesto e indomable que nadaba siempre a contracorriente. Contra la política convencional. Contra la televisión y el márketing. Contra el consumismo. Contra la industria editorial. El autor que veía en la realidad «un plano secuencia infinito» y que diseccionaba con cruda agudeza el neocapitalismo, el castrismo o la libertad sexual. Descubrimos con él que antes era más fácil ser feliz y que su obra maestra —el envés de la despiadada Saló o los 120 días de Sodoma— nació en un cuarto de Asís, cuando, aislado por el atasco provocado por la visita de Juan XXIII, echó mano al libro que había en la mesilla. Era el Evangelio. Eligió el texto de Mateo, «el más revolucionario de los cuatro». «Los pobres son reales y los ricos son irreales», dijo. Por eso hay que volver al sermón de la montaña de El Evangelio según San Mateo. Por eso hay que volver a Pasolini.

César Aira: “Estoy seguro de que ni en mil años podría recibir el premio Nobel”

Escrito por Luis Pousa
30 de mayo de 2014 a las 11:23h


César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) se mueve por la multitudinaria Feria del Libro de Buenos Aires como uno de esos juguetones espectros que pueblan alguno de sus relatos. Nació bajo el signo de Piscis, exhibe amplia sonrisa y una timidez honda, que emana de las entrañas, y que es marca de la casa de algunos de los más grandes escritores contemporáneos. Habla con emoción de Sobradelo, el pueblo de su abuelo Robustiano, en Xunqueira de Ambía, y baraja feliz un hipotético viaje a ese escenario fundacional.
De él dijo el chileno Roberto Bolaño (autor de tesoros como Los detectives salvajes o 2666): «Es uno de los tres o cuatro mejores escritores que escriben en español actualmente». Probablemente Bolaño era otro de esos cuatro. Pero Aira no tiene problemas en admitir que no ha leído ni una sola línea de la obra de Roberto Bolaño, aunque tal vez le habría gustado ese guiño gallego que el chileno incluyó en la desbordante 2666, al colgar de un tendal El testamento geométrico de Rafael Dieste, uno de los ilustres exiliados gallegos que vivió en su día en Buenos Aires, que desde hace más de cuarenta años también es la ciudad de César Aira.
Autor prolífico y de una multiplicidad de registros y voces sin precedentes, Aira cultiva esa literatura que se la juega en el trapecio sin red protectora. El argentino se halla cómodo en la distancia corta, por debajo de las cien páginas, un formato que ha definido en alguna ocasión como «novelita» y en el que conviven deliciosamente la narrativa, el ensayo o el dietario. Pasa de Parménides al superhéroe Barbaverde sin traumas y cautiva a sus fascinados lectores por títulos como Las curas milagrosas del doctor Aira o Fragmentos de un diario en los Alpes. La charla comienza en un rincón de la feria de Buenos Aires y acaba por ser trasatlántica.
—Ya que hasta para una entrevista hay que elegir un inicio, podríamos empezar recordando su vinculación con Galicia. Su abuelo era de Sobradelo, en el municipio ourensano de Xunqueira de Ambía. ¿Puede recordar sus indagaciones sobre sus orígenes familiares en Galicia? Creo que ya había trazado un árbol genealógico hasta el siglo XVII…
—No fui yo, sino un primo, que es el genealogista de la familia, y efectivamente llegó a un Isidro Daira en el siglo XVII. Nuestro abuelo Robustiano Aira emigró a la Argentina en 1900, ya casado y con una hija (después tuvieron nueve más). Antes había pasado nueve años en la mili, en Ceuta, Melilla y en Cuba. Su novia, también de Sobradelo, lo esperó esos nueve años. Se llamaba Antonia Mariñas, y en la misma emigración los acompañaron dos hermanos de ella. Debieron de venir con algún capital, porque compraron campo, y se dedicaron sobre todo a la cría de ovejas, lo mismo que la segunda generación. Los de la tercera nos urbanizamos.
—Hasta la fecha no ha podido viajar a Sobradelo, ¿cómo imagina que sería esa visita al punto de partida?
—Supongo que me pondría a hacer historia contrafactual: si mi abuelo no se hubiera ido de Sobradelo, y mi padre y después yo hubiéramos nacido ahí, y yo siguiera viviendo en esa casa… No, mejor en esa otra… Y estaría casado con esa mujer que pasa por ahí… En fin. No sé adónde me llevarían esas fantasías. Después de todo, un novelista es un profesional de la imaginación.
—Por lo visto, esa visita a Galicia podría producirse pronto… ¿Aprovecharía el viaje para escribir sobre su periplo por Galicia o sería más bien un acto más íntimo, como de reencuentro con ese pasado del abuelo Robustiano?
—Todos los viajes me dan material para lo que escribo. Pero no soy un cronista. Me aburro escribiendo sobre la realidad tal cual es. Mi trabajo es de invención y transformación. Así que lo más probable es que si voy a Galicia, lo que vea allí aparecerá en descripciones de Buenos Aires, o de pronto habrá rías y peñas en la pampa.
—Galicia también está muy presente en su obra, donde hay numerosos guiños a su origen, desde personajes que se llaman Maruxa a otros tipos que, si no recuerdo mal, primero parecen ser chinos y luego resultan ser gallegos… ¿Cuál es su intención al incluir esos guiños?
—Hay algunos guiños internos, que comparto con una amiga, también a medias gallega como yo. Mi otro abuelo era castellano, de Burgos (y su mujer, mi abuela materna, era alemana, o sea que tengo una buena mezcla, cosa típica en la Argentina). Mi amiga es hija de un andaluz y una gallega, y le adjudica todo lo malo de su personalidad (y de la mía) a la herencia gallega: la melancolía, el pesimismo, la desconfianza. Me dice: «Nosotros, que tenemos la desgracia de ser gallegos…». Exagera, por supuesto, pero eso le viene de su mitad andaluza. Muchas de las charlas que hemos tenido sobre el tema han terminado en mis libros, siempre con algún giro irónico.
—Otro gesto muy significativo es que «Festival», una obra que todavía no se había publicado en España, decidió publicarla primero en gallego en el sello Trifolium, con una magnífica traducción de Juan Tallón. ¿Por qué? ¿Fue en cierto sentido un homenaje a su abuelo ourensano?
—Fue más bien un homenaje a Juan Tallón, un amigo querido que es un sol de alegría y desmiente clamorosamente las quejas de mi amiga sobre la tristeza gallega.
—Por lo demás, el simple hecho de vivir en Buenos Aires ya permite un contacto muy estrecho con las raíces y la cultura gallega. ¿Cómo ve actualmente esa relación entre Galicia y Buenos Aires? ¿Sigue vigente el tópico del gallego o ya se ha pasado a una visión más matizada?
—Los chistes de gallegos son un clásico argentino, pero nadie en su sano juicio se los toma en serio (en realidad, sería difícil tomarse un chiste en serio). Que no tienen nada que ver con los gallegos reales lo prueba el hecho de que son los mismos, traducidos, que cuentan los brasileños como «chistes de portugués». El estereotipo viene de la inmigración, que consistió principalmente de campesinos o aldeanos de poca instrucción. Pero ya nos hemos civilizado.
—¿No cree que durante los últimos años Galicia y España en general han dado la espalda a Argentina y América Latina? ¿Hemos sufrido un cierto complejo de nuevos ricos frente a nuestros parientes de América?
—Es probable que la europeización de España, la modernización y la prosperidad, los hayan ensoberbecido un poco. Pero, al menos en el campo de las letras, me consta que siempre hubo interés y respeto por lo latinoamericano. Quizás por lo argentino en especial.
—Ha sido siempre fiel a un lema de Baudelaire: «Ir hacia delante y siempre en busca de lo nuevo». ¿Cree que la literatura actual responde todavía a este objetivo o que el sistema literario se ha dejado llevar por su vertiente más descaradamente comercial?
—Creo que siempre ha habido más o menos la misma proporción relativa entre la literatura de experimentación formal y expresiva, y la que responde al gusto del público. Quizás hoy ha crecido la parte de esta última, pero el nicho de los que escribimos para nosotros mismos sigue intacto.
—Esa sensación de que nuestro mundo de papel está en cierta forma en vías de extinción me recuerda otra frase que escribió sobre ese monumento literario titulado «Moby Dick»: «Toda gran obra literaria está bañada en la atmósfera de melancolía de una extinción inminente».
—Creo que con esa frase no me refería tanto al futuro de la literatura como a la condición de único e irrepetible, condición que comparten el monstruo y el artista. Ni uno ni otro dejan descendencia; cuando mueren se pierde algo para siempre, aunque los dos dejan algo: el monstruo su leyenda, el artista su obra.
—Otro aspecto que hay que subrayar en su obra es que en ella también se desdibujan las fronteras teóricas entre los géneros, y que conviven sin trauma la narrativa y el ensayo. ¿Cree que ese mestizaje puede indicar por dónde irán los tiros en los próximos años?
—No me atrevo a predecir lo que pasará en el futuro, así como no pretendo imponer mis gustos, pero mis lecturas favoritas fueron siempre las que se clasifican como «inclasificables», como lo son Los Cantos de Maldoror, que es el modelo que he seguido con más persistencia.
—Tallón noveló ese encuentro que nunca se produjo entre Aira y Bolaño. ¿Qué se habrían dicho si llegasen a coincidir?
—Habría sido un tanto incómodo para mí, porque no he leído una línea de la obra de Bolaño. Pero creo que me las habría arreglado para salir del paso. Lo he hecho otras veces.
—Afirma muy contundentemente que no ha leído ni una línea de Roberto Bolaño. ¿No le tentó ni siquiera la lectura de «Los detectives salvajes»?
—Casi no leo narrativa contemporánea. No he encontrado ninguna buena razón para leer a Bolaño. Podría ser la curiosidad, pero nunca leo por curiosidad. Además, supongo que como todos los novelistas muy leídos, Bolaño es un realista, y me aburre el realismo si no han pasado cien años desde que se escribió y se ha vuelto la poética arqueología de mundos desaparecidos. El realismo actual es redundante.
—Vive y escribe en un país de una muy potente tradición literaria. Su relación con esa tradición argentina, en la que figuran autores de memoria todavía muy cercana, como Cortázar, Borges o Fogwill, no es del todo, digamos, reverencial. ¿Por qué? ¿Cómo es en general su relación con la tradición literaria, con eso que se llama algo pomposamente el «canon literario»?
—No veo por qué un escritor tiene que ubicarse en un marco estrictamente nacional. El alimento de un escritor es la lectura, y la lectura es una actividad cosmopolita por naturaleza. Claro que los argentinos tenemos a Borges, que es una tradición unipersonal.
—¿Cree que puede existir algo llamado «El canon occidental», como titula Bloom?
—Creo que eso solo es bueno para semicultos. Hacer una lista de escritores importantes es fácil, pero no conduce a nada.
—¿Y hay algún autor gallego o español al que haya seguido la pista últimamente?
—Lo más reciente español que he leído, salvo lo de algunos amigos, fue A Esmorga, de Blanco Amor. Y la poesía de Leopoldo María Panero.
—Carlos Fuentes auguraba en «La silla del águila» que en el 2020 César Aira recibiría el Nobel de Literatura. A solo seis años de la fecha, ¿cómo ve el pronóstico de Fuentes?
—No es tanto pronóstico como broma, la devolución de una broma que le había hecho yo al ponerlo de personaje en una novela. Y estoy seguro de que ni en mil años yo podría recibir el premio Nobel, que se da a autores que han contribuido al progreso moral de la humanidad, al respeto de los derechos humanos, la afirmación de la democracia y la autodeterminación de los pueblos, todos asuntos de los que yo no me he ocupado jamás.

Foto de Mariana Ruiz: Luís Pousa, Armando Requeixo y César Aira en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

La realidad hecha calle

Escrito por Luis Pousa
17 de mayo de 2014 a las 8:45h

Foto: Eduardo Pérez

Cuando empezábamos a estudiar Filosofía, allá por los 16, a un profesor de Física le dio por poner el clásico ejemplo de no sé qué ley que se demostraba con unos cuerpos rodando por la calle Real, a lo que un hormonado compañero de pupitre preguntó:
—¿Pero hay alguna calle que no sea real?
Cosas del castellano, que no diferencia entre realidad y monarquía —en España da igual ser real que ser royal —, y de suministrar a adolescentes desatados altas dosis de ontología. Claro que aquel compañero fue el que en un examen de Religión, a la pregunta de por qué Dios permite el mal, respondió:
—Porque Dios no existe.
Gran alborozo en el colegio religioso. Son esa clase de agallas del artista adolescente que luego van limando la edad, las facturas y las resonancias magnéticas.
Pero volvamos a la realidad, o sea, a la calle Real. Tiene dentro muchas calles. No es la misma a las diez menos cinco de la mañana de un lunes, tomada por un desfile de furgonetas de reparto y de dependientas que apuran el último pitillo antes de entrar en la tienda, que a la medianoche de ese lunes, cuando ya solo cuatro noctámbulos se dejan llevar por sus losas movedizas.
El mejor momento para ver la calle Real es a las cuatro de una tarde de verano, en pleno agosto, cuando entra desde el Obelisco hacia Riego de Agua, en plan solsticio de Stonehenge, un chorro de luz horizontal, perfectamente paralela al suelo, que te deslumbra sin remedio y que estira tu sombra desde la Farmacia Villar hasta el Rosalía. A esa hora somos todos un poco Tkachenko, con nuestra sombra de papá piernas largas o como se titulase aquella peli de Fred Astaire.
Caminar por la calle Real es pisar (metafóricamente) los cráneos de la antigua necrópolis romana. Es desgastar sus losas históricas. Aquí no se perpetró la profanación de las aceras de los Cantones, que perdieron absurdamente sus cicatrices, sus baches, sus grietas, su mugre centenaria: su historia.
Ya no está la joyería Malde, que cada verano exhibía en su escaparate el trofeo Teresa Herrera, aquella enorme torre de Hércules de plata que los chavales mirábamos apampanados durante horas, ya no está el cine París y ya no está la tienda de partituras e instrumentos musicales de Canuto Berea en la esquina, claro, con Alcalde Canuto Berea.
Y no está, pero solo porque es primavera, el castañero de la calle Real, con su locomotora convertida en horno. Circula por ahí la leyenda urbana de que el famoso castañero en realidad es multimillonario y solo vende castañas por deporte, pero debe de ser una de esas coñas que alguien suelta un día en la escalera mecánica de El Corte Inglés y luego ya no hay quien la pare.
Pero no todo van a ser necrológicas, no todo va a ser expedir certificados de defunción de lo que ya no está. Para eso ya están las esquelas. Y, además, porque aún están la lencería fina de El Guante Varadé y el Bazar de Pepe, casa fundada en 1929, donde lo mismo te compras un póster del Wish You Were Here, de Pink Floyd, que una muñequita ataviada con su traje regional. Está la Farmacia Villar, de 1827, que conserva su antigua pesa como una especie de máquina del tiempo a la que te subes y adelgazas siglo y medio. Está el Banco Etcheverría, el más antiguo de España, de 1717. Y está, por encima de todas las cosas, el mural de Urbano Lugrís en el paredón del café Vecchio. Anda ya algo desconchado por el paso del tiempo y de la clientela, pero ahí está su torre de Hércules estilizada, sus galeones en la bahía, una Coruña con molinos de viento en lo alto de Santa Margarita y con el convento de San Francisco todavía en su lugar, antes de que lo transformaran en arquitectura portátil y se lo llevaran a la sillita de la reina desde la Ciudad Vieja hasta Luciano Caño.
Está Chavalín, donde la abuela le compra a los nietos los mismos zapatos de charol, merceditas o como se llamen, que ya le había comprado a sus hijos hace treinta y pico años, cuando nos ponían calcetines de ganchillo para humillarnos en el parque.
Y está el Casino (Sporting Club), con los mismos socios en distintos sillones, pero ya no está por aquí Anselmo, aquel portero grande y bondadoso que de chavales nunca nos reñía por subir a la azotea a catar las mejores vistas de los tejados de A Coruña.
Y, claro, como es una calle de mucho pedigrí, luce mucha placa, mucho bronce, mucho marmolillo conmemorativo. Una recuerda que en el portal 36 fundó Ánxel Casal, en 1927, la editorial Nós. Otra que por allí estuvo la redacción de Alfar. Y en el número 20 aún se lee: «En este local realizó su primera exposición en febrero de 1895, a los 13 años de edad, Pablo Ruiz Picasso, entonces alumno de la Escuela Provincial de Bellas Artes».
La calle Real es la única calle de A Coruña donde los peatones tienen que respetar el sentido de circulación e ir por su derecha, en plan automóvil, porque si pillas una tarde de domingo tumultuosa e intentas circular por la izquierda, estilo anglófilo, te arriesgas a que venga un municipal y te calque una receta por invadir el carril contrario.
¿Dónde empieza la calle Real? Los del 15004 dicen que en el Obelisco y los de Monte Alto que arranca en Riego de Agua. El callejero, que orbita alrededor de María Pita, confirma que la calle Real nace en el Rosalía, pero en el fondo es una vía reversible, tanto da, porque el paseante de la calle Real la recorre una y otra vez, como el circuito de Montmeló o Jerez, vuelta tras vuelta, hasta que se larga a los boxes.
Cuando no hay pasta (eso que sucede cada siete años) los coruñeses se dedican a caminar por la calle Real, arriba y abajo, del Obelisco a Riego de Agua, porque es gratis y ves mucho mundo, saludas a mucha gente. Se lo dice el marido agarrado a la santa, para no invitarla ni a una caña:
—Esto de la calle Real es bárbaro. Y sin gastar un duro.
La calle es glosa de la ciudad. Es multirracial, como los tiempos, y ya tiene su chino y hasta su top manta de pelis piratas y bolsos falsificados. Por ella pululan desde la pija de morro fino hasta el niño kamikaze en patinete o el mendigo con chucho, que hace vigilia de guitarra y poncho en los portales nocturnos.
La calle Real es el río humano e inmemorial donde convergemos todos. Es la realidad hecha calle.

A las cinco en el Avenida

Escrito por Luis Pousa
10 de mayo de 2014 a las 7:19h

Ahora nos parece una historia del abuelo Cebolleta, pero hubo un tiempo —no tan lejano como la galaxia de Star Wars— antes del guasapeo y demás toqueteos de pantalla en que la gente, para verse unos a otros, no se pegaba un toque al móvil, sino que quedaba en un sitio a una hora. E incluso había seres humanos que se presentaban puntualmente a la cita, como si fueran ingleses o centroeuropeos. Será cosa de la emigración y su ósmosis.
En A Coruña, cuando todavía se estilaba esta extraña costumbre, la ciudad quedaba consigo misma en el cine Avenida. Se sacaba de paseo el sábado por la tarde y siempre se citaba en el Avenida, que entonces no estaba cerrado por una valla publicitaria, sino que lucía el hermoso vestíbulo diseñado en los años treinta por Rafael González Villar.
Uno llamaba a los colegas al teléfono de casa —o sea, al fijo, que ni siquiera empezaba por 981, solo tenía seis cifras— y repetía siempre el mismo diálogo.
—¿Dónde quedamos?
—¿Dónde vamos a quedar? En el Avenida, claro.
—¿A las cinco?
—Pues claro.
Luego, como uno se retrasase por el camino, no tenía forma de avisar, y a veces cuando llegaba al Avenida había pasado por allí el caco de las cinco (puntual como un suizo) y le había levantado a los colegas la paga del fin de semana.
Pero lo peor que te podía pasar en la entrada del Avenida no es que te diera el palo el mangante de las cinco o’clock. Lo peor, por supuesto, es que tu novia te dejara mangado. Que no se presentase a la hora en Cantón Grande 7 y quedases expuesto a la vista de todos como el pasmón al que su chavea (entonces se decía mucho lo de chavea) había dejado colgado en el Avenida a las cinco. Incluso hay casos documentados de tipos abandonados por sus novias en el Avenida que tardaron días enteros en volver a su casa, desnortados, mirando cada cinco minutos si su reloj estaba sincronizado con las agujas históricas del Obelisco.
Mientras esperabas a que tu chavala llegara al Avenida podías dar vueltas por el vestíbulo, donde a mayores del quiosco, de una joyería de cuyo nombre no logro acordarme y del local de Goya, alquiler de coches, estaban las vitrinas donde el cine anunciaba con mucha foto y colorín los próximos estrenos de la sala, sacando pecho con las grandes estrellas de Hollywood bajo el letrero inevitable de «Próximo estreno».
A veces incluso quedábamos en el Avenida para ir al cine, pero un poco a propósito nos veíamos allí y luego nos íbamos al Valle-Inclán o al CGAI a ponerle los cuernos al Avenida con cine de arte y ensayo.
Creo que en el Avenida vi Bambi, o sea, el drama freudiano de la muerte de la madre de Bambi, un duro precedente en la educación sentimental que luego acabaría de forjarse uno con la novia perdida y nunca encontrada en el templo del cine.
Mis colegas creían que lo peor que se podía perder en el vestíbulo del Avenida era la paga del sábado, pero luego llegaba un vivales y les levantaba la novia y comprendían que hay lecciones que la vida solo te enseña en la entrada de un cine.
El edificio, ahora fantasma, aún luce en el primer piso el grabado en el ventanal de la joyería Arias, pero ya no queda rastro de aquel emblemático inmueble en el que anidaron desde una gestoría hasta una notaría, que es el negocio del yerno ideal, la máxima aspiración del opositor con alopecia prematura y gafas de culo de vaso.
También vivió aquí la pintora Elena Gago, exquisita retratista de pianos e interiores, que se quedó al final sola en el Avenida, como la última mohicana de un tiempo que se escurría entre los dedos del cerebro. Esa soledad, algo de Hopper, de los cuadros de Elena Gago la supo captar luego Pablo Gallo, que pintó un estremecedor óleo del Avenida ya clausurado en el que se ve el letrero sin la ene de cine, como contándonos que a la sala de Bambi y Fantasía (era muy de Disney) ya se le caía de vieja la dentadura del cartel.
Gallo, como Elena Gago, es nuestro Hopper del Cantón Grande 7. Pinta la soledad de las cosas, de las ciudades, y las clava sobre la tela como hacía Nabokov con sus mariposas.
Hay un vídeo que circula por YouTube en el que alguien ha grabado el estado actual del interior del cine y la sensación es la misma que al ver la ene caída del cuadro de Pablo Gallo. Una especie de intemperie que nos sobrecoge desde que en 1997 el Avenida echó el candado y nos dejó a todos sin rumbo, sin vestíbulo en el que quedar con los colegas para que alguien les levantase la paga o la novia.
La ciudad, como se vio descolocada por el cierre y tenía miedo de que le cayesen sobre la crisma otras letras de la cartelería, empezó a quedar consigo misma unos metros más allá, en el Obelisco, o incluso en la puerta de Mango.
Pero ya no era lo mismo. Ya ni las novias cultivaban el plantón como una de las bellas artes.

Foto: César Quian

Galicia reivindica a Díaz Castro en Buenos Aires

Escrito por Luis Pousa
30 de abril de 2014 a las 8:36h

 

Buenos Aires, capital del caos, del fútbol, de la oratoria. Sí, pero también de la literatura. En los puestos de la avenida de Santa Fe los letraheridos rebuscan entre las primeras ediciones y otras joyas ya descatalogadas. A solo unos metros, en el recinto de La Rural, miles de personas deambulan entre los stands de la 40.ª edición de la Feria del Libro de Buenos Aires, la segunda más potente de América Latina tras la de Guadalajara. Y entre la multitud de expositores de editoriales e instituciones de todo el planeta, el stand de Galicia, donde convive la poesía de Xosé María Díaz Castro, protagonista del Día das Letras Galegas, con las publicaciones históricas de Edicións Galicia,el sello del Centro Gallego bonaerense.

Es viernes por la tarde (madrugada del sábado ya en España) y en el stand de la Xunta se suceden las presentaciones. La catedrática de Literatura de la Universidad de Buenos Aires Carmen Porrùa (originaria de Corcubión, como su hermano Francisco, editor, entre otros títulos, de Cien años de soledad o Rayuela) explica los contenidos del número 27 de Cuadrante, la revista que publica en Galicia y Argentina la sociedad Amigos de Valle-Inclán. Luego es el turno del escritor y colaborador de La Voz Xavier Alcalá, que presenta sus libros La Habana Flash y Verde oliva.

Pero el acto central organizado por la Secretaría Xeral de Cultura se desarrolla en la sala Roberto Arlt. Doscientas personas llenan un espacio que comparten, entre otros, los entusiastas alumnos del centro Santiago Apóstol, los miembros del Terzo da Fala de Bos Aires (que todos los miércoles practican su hermoso gallego con acento porteño) y un invitado ilustre, el escritor argentino de origen ourensano César Aira.

El secretario xeral de Cultura, Anxo Lorenzo, reivindica esa conexión histórica entre Galicia y Buenos Aires e invita a tender nuevos puentes para reforzar lazos y conservar la presencia de la cultura gallega en la capital federal y en Argentina, un aspecto que ha subrayado durante su estancia estos días en Buenos Aires, con su visita al instituto Santiago Apóstol, la Academia Argentina de las Letras, la Federación de Asociacións Galegas de Arxentina, el Centro Galicia y el Terzo da Fala del Centro Lalín.

El profesor y crítico literario Armando Requeixo, uno de los grandes especialistas en la obra de Díaz Castro, reivindica al autor de Nimbos como “un clásico de la literatura gallega del siglo XX” y uno de los poetas más sobresalientes de la España de su tiempo. Luís González Tosar, poeta gallego nacido porteño en el barrio de Palermo, recuerda uno de los títulos en castellano de Díaz Castro para apuntar que los alumnos del Santiago Apóstol son “la sombra radiante del gallego, una luz que mientras se apaga en Galicia se enciende en Buenos Aires”. Tosar, responsable de la recuperación de Nimbos y de la edición canónica del poemario que reedita ahora Galaxia, reivindica también emocionado a los gallegos del exilio bonaerense, de Castelao a Dieste y Seoane y reclama la necesidad de mantener la memoria de la cultura gallega en las dos orillas del Atlántico. El próximo martes, el Ayuntamiento de Buenos Aires reconocerá la trayectoria de Tosar y su empeño por mantener viva esa conexión nombrándole “huésped de honor” de la ciudad.

El acto remata con una vibrante actuación del grupo vigués Xardín Desordenado, que pone ritmos de blues, fado, rock y tango a la poesía de Rosalía y Díaz Castro.

Foto: Mariana Ruiz