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Todo muy español

Escrito por Luis Pousa
10 de junio de 2015 a las 14:40h

En Barcelona (España) le pitan al himno y al jefe del Estado en la final de la Copa del Rey. Al presidente del Gobierno no le silbaron, pero más que nada porque no estaba. En París (Francia) la Asamblea de la República se pone en pie para aplaudir al rey de España (un Borbón de los Borbones de Francia de toda la vida).

En la final de la Champions (en Berlín) jugó y ganó un equipo español (el Barça), pero Rajoy tampoco apareció por el palco. Hace un año, en Lisboa, cuando disputaron el mismo encuentro dos equipos de Madrid, sí estaba el sonriente presidente del Gobierno. Incluso asistió un ex, José María Aznar, que hizo palmitas con otro presidente, el del Madrid, tras el gol del indómito Sergio Ramos.

El primer ministro español no se acercó a Berlín el sábado. Pero, tal vez para compensar, ya estaba allí el primer ministro de Francia, Manuel Valls, al que precisamente le acaban de montar un buen pifostio —un pifostio con grandeur, para entendernos— por haberse pulido 15.000 euros en su viaje para ver la final de la Champions. Valls nació en Barcelona y es culé hasta las cachas, le excusan cándidamente los suyos. Además, apostillan, le invitó Platini y se llevó a sus dos churumbeles a ver a Messi. Un padrazo.

En el fondo, todo esto, desde el presidente invisible hasta los pitos y la mueca grimosa de Mas, es tan español como el collar con banderita del perro Pecas.

Boxeo y poesía

Escrito por Luis Pousa
4 de junio de 2015 a las 17:24h

De un texto de Juan Gracia Armendáriz en Buensalvaje sobre las colosales peleas entre Frazier y Alí llego a otro de Joyce Carol Oates sobre la relación entre boxeo y poesía y, de ahí, salto a un revelador párrafo de Emily Dickinson (cortesía de La escuela de los domingos):

Si leo un libro y se me enfría tanto el cuerpo que ningún fuego puede calentarme sé que eso es poesía. Si tengo la sensación de que se me vuela la tapa de lo sesos, sé que eso es poesía. Son para mí las únicas maneras de saberlo. ¿Existe alguna otra manera?

Por ese tipo de cosas, amigos, todavía leemos y escribimos poesía a estas alturas de la partida.

Mientras agoniza América

Escrito por Luis Pousa
6 de febrero de 2015 a las 21:14h

Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) se aferra a los escenarios desolados. Lejos de la atmósfera urbana, porque justo ahí encuentra su mundo narrativo, su universo. Tampoco aparecen móviles ni tabletas en su prosa, que la autora traslada hasta los años noventa, o así, para silenciar la tecnología y dejar que hablen los personajes y su poderosa literatura:
-A propósito no hay celulares ni Internet: no sé cómo meter esos artefactos en un relato.
Hay muchos Faulkner en Faulkner, pero el Faulkner que desemboca en la obra de Selva Almada no es el de Santuario o Luz de agosto, sino el Faulkner crudo y despiadado de Mientras agonizo, ese texto devastador donde el yanqui tuvo las agallas de dejar en una página una única y desasosegante frase: «Mi madre es un pez».
Almada cuenta que Mientras agonizo es una de sus tres novelas favoritas, junto con El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, y El camino del tabaco, de Erskine Caldwell.

LADRILLEROS
Y todo eso emerge en Ladrilleros, finalista del premio Tigre Juan, que publica Mardulce en Argentina y Lumen en España. Una novela de un lirismo violento y torturado, donde el idioma va acariciando los verbos y los adjetivos con una belleza depurada que, de un solo tajo, narra las vidas cruzadas de los Miranda y los Tamai, dos familias a las que han escupido sobre la faz de la Tierra para que la centrifugadora de la existencia las muela a palos o las devore (o ambas cosas a un tiempo).
-El paisaje funciona como un personaje más y para Ladrilleroselegí un paisaje, una geografía, un clima hostil, caluroso, difícil y violento como los personajes de la novela.
Cuando la narración ha recorrido ya la mitad de su itinerario uno de esos personajes proclama su deseo de irse muy lejos, a Entre Ríos: «Acá todo es duro, seco, espinoso, lleno de polvo. Allá hasta el carácter de la gente debía ser más amable. Acá no se puede, acá todo tiene que ser violento, a la fuerza».
En Ladrilleros chillan las sillas vacías y se escucha, al fondo, el quejido como de bisagra seca del continente. Aquí es América la que agoniza.

Fogwill y la luz argentina

Escrito por Luis Pousa
14 de noviembre de 2014 a las 10:36h

El 21 de agosto del 2010 fallecía Fogwill, uno de los escritores más extraordinarios y más argentinos de su tiempo. Su hija Vera tuvo que hacer frente al apabullante legado de papeles y cuadernos que había dejado en el caos de su apartamento del barrio de Palermo. El desorden era su estado natural, y así lo confesaba:
—No hay gente viva que haya perdido tantas cosas, casas, muebles, armas, cámaras, ropa, diskettes, discos y libros como yo.
En aquel magma aparecieron dos inéditos (La gran ventana de los sueños y La introducción) y se abrió la puerta a la recuperación de la primera novela de Fogwill, Nuestro modo de vida, de la que se rescataron un primer borrador de 1980 (recuperado en Chile en el 2011) y, ya en el 2013, esta versión que ahora publica Alfaguara y que es anterior a Los pichiciegos y su leyenda (la escribió en solo una semana, en junio de 1982, encaramado a doce gramos de cocaína).

Sostiene el autor en el prólogo: «Produje Nuestro modo de vida en un intento de plagiar La luz argentina, bella novela del narrador argentino César Aira. Un par de temas centrales —la cuestión de la pareja y el problema de la división entre lo de afuera y lo de adentro— parecían insuficientemente desarrollados en la obra de Aira y me propuse avanzar sobre ellos a partir de dos indicios». Buscaba así desarrollar «el límite entre el adentro y el afuera de la obra como metáfora entre el adentro y el afuera de la vida humana». Y para eso agarra a Fernando y Rita, un matrimonio acomodado que vive en un área residencial privada de Buenos Aires (lo que en el lado de allá ahora llaman country), y exprime las fronteras de su muy convencional existencia para luego dinamitarlas y mirar en su interior, a ver qué halla entre los restos.
En 1998 Leila Guerriero lo entrevistó para ver qué había sido de Fogwill «después de la coca, la cárcel y las obras maestras» y le habló de su intuición, de su capacidad para ver más allá:
—El otro día encontré una novela mía inédita. Pero es impublicable. Sobre los countries. Escrita en el ochenta. Pronosticaba la Argentina de los countries y de la gourmandise. Pronosticaba esta mierda. Se llama Nuestro modo de vida.

Leer es peligroso

Escrito por Luis Pousa
17 de octubre de 2014 a las 9:35h

Leer es peligroso. Lo sabe bien quien ha caído en esta poderosa droga, una de las más adictivas y dañinas sintetizadas por el ser humano durante los últimos dos mil y pico años. Y más peligroso todavía es dedicarse a leer libros peligrosos. Esos que fluyen muy lejos de las convenciones, de las reglas establecidas y los prejuicios, para adentrarse en lo extraordinario y encender la mecha del asombro en el cerebro del lector.

A rastrear esa clase de textos se dedica Juan Tallón (Vilardevós, 1975) en Libros peligrosos, una aventura editorial puesta en marcha por Larousse, el sello que todos veneramos por esa enciclopedia que nuestros padres compraron a plazos para ver si nos ilustraban un poco allá en la infancia, y que ahora se reinventa con esta colección a la que sumarán sus canciones favoritas Jaime Urrutia y sus películas de cabecera Javier Tolentino.
El volumen, por supuesto, tampoco es una obra convencional. Tallón arranca matizando que no cree en las listas: «No existen los cien mejores libros» , para zambullirse luego en este espléndido ejercicio de estilo y contarnos la huella que le han dejado estos cien títulos barajados por el tiempo y la centrifugadora de la memoria.

Están aquí todos sus monstruos familiares: Aira, Onetti, Cheever, Fitzgerald o Talese. Y Tallón salta de obra en obra engarzando a estos cien autores con un sutil hilo literario que a veces deja atónito al lector. El tour de force de estos enlaces es el que teje entre Los otros caminos, de Álvaro Cunqueiro, y el Tractatus Logico-Philosiphicus, de Ludwig Wittgenstein, donde tensa al límite los engranajes de su prosa para pasar de los formidables artículos de Cunqueiro a las crudas proposiciones del Tractatus.

En el fondo Libros peligrosos no deja de ser el relato de cómo se puede hacer el amor a la literatura en cien posturas diferentes, con cien autores distintos y a la luz de cien títulos únicos. Es la carta de amor, desesperada y violentamente hermosa, que un yonqui de las letras le envía a su camello para que no deje de suministrarle metáforas, adjetivos, verbos.

Shackleton, el sublime perdedor

Escrito por Luis Pousa
10 de octubre de 2014 a las 9:03h

Ya no se fabrican tipos como Ernest Shackleton. Perteneció a aquella estirpe de exploradores británicos de finales del siglo XIX y principios del XX que, con tal de descubrir un nuevo lago o de cartografiar una colina hasta entonces inédita, eran capaces de adentrarse en las fauces del diablo (incluso en sus babas) y presentarle luego sus credenciales en nombre de la Royal Society de turno.
Una de las grandes habilidades del británico es convertir un fracaso en algo colosal. Shackleton fue un perdedor magistral, de esos que ya tampoco se fabrican. Su historia la cuenta ahora William Grill en El viaje de Shackleton, un maravilloso libro ilustrado (o novela gráfica, a gusto del consumidor) que publica Impedimenta.
A Shackleton no lo doblegó su primera gran derrota. Participó en la expedición del capitán Scott, que perdió el pulso con Amundsen por pisar en primer lugar el Polo Sur. Al volver a Londres, lejos de amedrentarse, le dijo a los periodistas que estaba «extrañamente atraído por el misterioso sur». Una frase digna de un poema de Borges.

Y Shackleton volvió al sur. Al sur del sur. Quiso ser el primero en cruzar la Antártida «de mar a mar, atravesando el polo». Así que el 18 de agosto de 1914 zarpó a bordo del Endurance, con una tripulación de 28 hombres y 69 perros, rumbo a Georgia del Sur. Pero en el mar de Weddell, ya en febrero de 1915, tenían ante sí mil cien kilómetros de hielo y las placas acabaron por atrapar sin remedio al Endurance. Ahí comenzó la auténtica epopeya de Shackleton. Estaba a 800 kilómetros del pueblo más cercano, la estación ballenera de Stromness, y el único reto posible era lograr volver a Inglaterra sanos y salvos. Y, tras muchos meses avanzando a pie bajo las ventiscas, luchando contra la congelación, el hambre, el agotamiento y el escorbuto, el 30 de agosto de 1916 consiguieron completar el rescate. Shackleton, el sublime perdedor, dejó otra sentencia para la historia:
—La única derrota verdadera sería la de no salir a explorar jamás.

Gaziel, el cronista de la Barcelona mínima

Escrito por Luis Pousa
3 de octubre de 2014 a las 17:55h

Cuenta Enric Juliana una escena dramática, que retrata con un fogonazo la posguerra (y, por elevación, la historia de este vapuleado país). Transcurre en Lisboa, en la rúa Garrett, un domingo de abril de 1954. Se cruzan en la calle el filósofo madrileño José Ortega y Gasset y el periodista barcelonés Agustí Calvet Gaziel. Son dos de las mentes más brillantes de su generación. Relata Juliana que se conocen y, alguna vez, charlan. Pero ese domingo de exilio, hacia la una de la tarde, el periodista-filósofo y el filósofo-periodista no se dirigen la palabra: «Los dos hombres de la rúa Garrett se cruzan sin saludarse». «Todo se ha perdido. España es un erial y ambos se han convertido en espectros», sentencia Juliana.

Para no repetir la escena de esa España que se ignora a sí misma, que solo lee su propia epidermis, hay que zambullirse en Ortega, claro, pero también en la prosa de Gaziel, que ahora se redescubre al hilo del centenario de la Gran Guerra y de sus deslumbrantes crónicas desde París.

Pero hay otro Gaziel, el cronista de las realidades mínimas que viaja en tranvía, al que volvemos en La Barcelona de ayer (Libros de Vanguardia). En estas estampas escritas de 1919 a 1933 hallamos a uno de esos periodistas que han hecho del columnismo uno de los géneros mayores de la literatura española. Gaziel cuenta aquí, con palabras afiladas y humor agudo, la «incómoda comodidad» de las veladas teatrales, en las que se oía todo tipo de ruidos tapando las voces de los actores, o cómo a principios del siglo XX se plantaron los tilos de la rambla de Cataluña para aliviar el cogote calcinado de los paseantes. También desmitifica su propia ciudad y arremete contra la debacle económica que supuso la Exposición Universal, contra el urbanismo de la época y «la horrible y cuartelera cuadrícula del Ensanche», contra el desastroso diseño de la plaza de Cataluña, a la que los nativos llevaban todavía entonces a pacer sus corderos pascuales, o contra la pérdida de la independencia municipal de Sarriá. Cuando todo está confuso y los espectros se cruzan por la calle, hay que subirse al tranvía (o al bus) y leer a Gaziel.

Vallcorba, el editor

Escrito por Luis Pousa
26 de septiembre de 2014 a las 8:55h

Agosto se llevó a Jaume Vallcorba, el editor de Acantilado. Llevaba tiempo enfermo y cuentan sus amigos que, durante el verano, se dedicó a llamarlos por teléfono para despedirse de ellos.
—Hola, soy Jaume. Llamo para despedirme.
—¿Te vas de viaje?
—No, no me voy de viaje. Me estoy muriendo.
Así se las gastaba Vallcorba, temido y venerado en el gremio, donde todos aspiran a levantar de la nada su Acantilado, sus Quaderns Crema.

Su catálogo es abrumador. Apabullante. Habría que vivir otra vida entera para poder leerlo todo, desde A algunos les gustan frías hasta Zipper y su padre. Solo por recuperar, traducir y editar un puñado de títulos ya querríamos a Vallcorba para siempre. Solo por Memorias de ultratumba, de Chautebriand; Los ensayos, de Montaigne y Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, ya habría merecido la pena poner en marcha la editorial de la calle Muntaner.
Eso ya está dicho, escrito y publicado en todos los obituarios y apologías aparecidos a su muerte, con ese entusiasmo tan español por enterrar nuestros muertos a lo grande, sin matices, sin claroscuros. Cuando uno se muere en este país, la beatificación es instantánea, va incluida ya en el paquete de la funeraria como un bonus extra más.

Pero, pasados ya unos días y aplacadas las ovaciones y algarabías de las necrológicas de emergencia, habría que reivindicar al editor que también se atrevió a recuperar, concienzuda y minuciosamente, la obra de otro gigante olvidado: G. K. Chesterton. Porque Vallcorba también rescató de entre los muertos al indómito escritor y periodista inglés. E hizo felices a muchos lectores heterodoxos —los que, como el propio Chesterton, nadamos a contracorriente— con la publicación de su Autobiografía, su Breve historia de Inglaterra o Los relatos del padre Brown. Como escribió Borges: «Hubiese podido ser un Edgar Allan Poe o un Franz Kafka; prefirió —debemos agradecérselo— ser Chesterton».

Vallcorba, el editor

Escrito por Luis Pousa
26 de septiembre de 2014 a las 5:17h

Agosto se llevó a Jaume Vallcorba, el editor de Acantilado. Llevaba tiempo enfermo y cuentan sus amigos que, durante el verano, se dedicó a llamarlos por teléfono para despedirse de ellos.
—Hola, soy Jaume. Llamo para despedirme.
—¿Te vas de viaje?
—No, no me voy de viaje. Me estoy muriendo.
Así se las gastaba Vallcorba, temido y venerado en el gremio, donde todos aspiran a levantar de la nada su Acantilado, sus Quaderns Crema.

UN INVENTARIO ABRUMADOR
Su catálogo es abrumador. Apabullante. Habría que vivir otra vida entera para poder leerlo todo, desde A algunos les gustan frías hasta Zipper y su padre. Solo por recuperar, traducir y editar un puñado de títulos ya querríamos a Vallcorba para siempre. Solo por Memorias de ultratumba, de Chautebriand; Los ensayos, de Montaigne y Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, ya habría merecido la pena poner en marcha la editorial de la calle Muntaner.
Eso ya está dicho, escrito y publicado en todos los obituarios y apologías aparecidos a su muerte, con ese entusiasmo tan español por enterrar nuestros muertos a lo grande, sin matices, sin claroscuros. Cuando uno se muere en este país, la beatificación es instantánea, va incluida ya en el paquete de la funeraria como un bonus extra más.

CHESTERTON EN LA RECÁMARA
Pero, pasados ya unos días y aplacadas las ovaciones y algarabías de las necrológicas de emergencia, habría que reivindicar al editor que también se atrevió a recuperar, concienzuda y minuciosamente, la obra de otro gigante olvidado: G. K. Chesterton. Porque Vallcorba también rescató de entre los muertos al indómito escritor y periodista inglés. E hizo felices a muchos lectores heterodoxos —los que, como el propio Chesterton, nadamos a contracorriente— con la publicación de su Autobiografía, su Breve historia de Inglaterra o Los relatos del padre Brown. Como escribió Borges: «Hubiese podido ser un Edgar Allan Poe o un Franz Kafka; prefirió —debemos agradecérselo— ser Chesterton».

Un plano secuencia infinito

Escrito por Luis Pousa
19 de septiembre de 2014 a las 11:22h

Han pasado ya casi cuarenta años desde aquel 1 de noviembre de 1975 en que el cadáver de Pier Paolo Pasolini apareció junto a la playa de Ostia. Comunista, homosexual y dotado de una extraña y honda religiosidad («Dios es la realidad dialogando consigo misma», afirmaba), Pasolini fue juzgado, como Sócrates, por corrupción de menores e impiedad contra la religión oficial del Estado. Y, paradoja de las paradojas, este verano L’Osservatore Romano sentenciaba, cincuenta años después, que El Evangelio según San Mateo es «la mejor obra sobre Jesús de la historia del cine». Amén.
Regresa a escena Pasolini por la película de Abel Ferrara y por la publicación, en Errata Naturae, de la colección de ensayos Demasiada libertad sexual os convertirá en terroristas. El texto confirma que Pasolini no solo fue uno de los cineastas icónicos de la segunda mitad del siglo XX, sino que fue también un escritor de una inteligencia desmedida, irreverente, heterodoxo e incómodo para todos (hasta para sí mismo).

A LA CONTRA
Lo mejor del libro son los dos extras que cierran el volumen. Dos entrevistas que se publicaron ya póstumamente, en las que se exhibe el intelectual lúcido, honesto e indomable que nadaba siempre a contracorriente. Contra la política convencional. Contra la televisión y el márketing. Contra el consumismo. Contra la industria editorial. El autor que veía en la realidad «un plano secuencia infinito» y que diseccionaba con cruda agudeza el neocapitalismo, el castrismo o la libertad sexual. Descubrimos con él que antes era más fácil ser feliz y que su obra maestra —el envés de la despiadada Saló o los 120 días de Sodoma— nació en un cuarto de Asís, cuando, aislado por el atasco provocado por la visita de Juan XXIII, echó mano al libro que había en la mesilla. Era el Evangelio. Eligió el texto de Mateo, «el más revolucionario de los cuatro». «Los pobres son reales y los ricos son irreales», dijo. Por eso hay que volver al sermón de la montaña de El Evangelio según San Mateo. Por eso hay que volver a Pasolini.