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Tres rostros pálidos

Escrito por Luis Pousa
1 de Septiembre de 2010 a las 18:37h

Por esas cosas de que no siempre coincide exactamente el periódico con su reflejo en Internet, se me habían quedado en el tintero tres columnas del Rostro Pálido que salieron en papel, pero no en el blog. Aquí las planto por si todavía hay alguien por ahí que no esté saturado del tema. Gracias a todos por vuestros comentarios y ánimos. Un enorme y blogosférico abrazo.

El niño de la pelota (17 de julio)

El experimento es sencillo. Se agarra un puñado de arena y se arroja al suelo. Al rato, como muy tarde a los cinco minutos, aparecen un niño y una pelota. Nadie ha estudiado a fondo este misterio. En Oxford sospechan que tiene algo que ver con la ley de la gravitación universal de Newton. No sé, pero el caso es que igual que los rostros pálidos y el sol nos repelemos mutuamente, la arena y el niño de la pelota se atraen sin remedio. Otro truco para hacer aparecer al niño de la pelota es abrir un libro. Supongamos que, por un error, estamos bajo una sombrilla en la playa y se nos ocurre agarrar esa novela que no conseguimos leer en invierno. Ya en la primera página, qué digo, en el primer párrafo, aparece el niño y de un pelotazo manda el libro a pastar entre las arenas, que no serán movedizas, pero se tragan el tocho en una décima de segundo. Pero este verano promete. Porque al nene del balón le ha comprado su papá un Jabulani, esa esfera que solo Iniesta consiguió domesticar. Ni Einstein podría predecir en qué calva va a aterrizar la bola de las pelotas.

Horteras (18 de julio)

En verano, el hortera que todos llevamos dentro muchos lo llevan por fuera. Probablemente esta sea una de las mayores paradojas de la historia de la humanidad: el hortera playero logra, con un mínimo imprescindible de prendas sobre el pellejo, agredir de forma inmisericorde la vista de los incautos paseantes.
Con el sol sobre el pescuezo aparecen las camisetas de sobaquillos al aire, las bermudas caídas para lucir los gayumbos de flores, las sandalias con calcetines, las gafas de sol calzadas sobre el pelo engominado —¿tal vez para iluminar el cerebro que, suponemos, viaja debajo de la gomina?— y, por supuesto, las omnipresentes riñoneras.
La riñonera, que parecía inofensiva cuando la llevaba el honesto cobrador del tranvía, ha resucitado diabólicamente como alforja posmoderna del hortera, que ni siquiera la deja en la tumbona cuando va a remojarse los pies en la espuma del mar, no vaya a ser que lo llame su cuñado al móvil justo en ese momentito. La riñonera, por sí sola, bastaría para odiar el verano.

Pieles rojas (19 de julio)

El zoo humano del verano es casi el mismo que el de las pelis del Oeste: el mundo se divide en rostros pálidos y pieles rojas. Por lo menos ahora, en estos tiempos sosainas, indios y vaqueros no se lían a tiros, ni se arrancan las cabelleras a las primeras de cambio. A estos especímenes se añade la denominada mojama o uva pasa, que es esa señora que se quedó dormida tres horas en la lámpara del solario —o en la toalla, a la hora del melanoma— y acabó como absorbida, deshidratada, hecha una cecina y lista para envasar. También hay seres mutantes, y no me refiero a los diputados, sino a esos guiris que pasan en cuestión de segundos de rostro pálido a piel roja. Son esos entusiastas nórdicos que miran muy sorprendidos la taquilla de la plaza de toros, porque no entienden que el tendido de sombra sea más caro que el de sol (por el que apoquinan sus buenos euros sin pestañear). Van por ahí, colorados como centollas recién hervidas, hasta que en un semáforo cualquiera los recoge una ambulancia del 061 rumbo a la unidad de quemados, sección churrasco de guiris.

Vacaciones de las vacaciones

Escrito por Luis Pousa
31 de Agosto de 2010 a las 7:10h

La peña está muy pero que muy equivocada. Lo que más agota no es trabajar diez horas en la oficina, para nada, lo que te deja exhausto, pero de verdad, es descansar. En el curro hay cierto orden y, llegado el caso, hasta puedes ir a Magistratura a preguntar qué hay de lo tuyo. Pero en vacaciones el día resulta que tiene 24 horas, vaya desfase, y la gente, en vez de tumbarse en una hamaca a contar las agujas del pinar, tolea del todo y se pone a hacer cosas rarísimas que jamás haría en invierno, unas cosas que acaban siempre en ing o en surf, qué manía, rafting, kitesurf y en ese plan. Y, claro, el veraneante, o se rompe directamente la crisma, o remata en el desguace, buscándose a sí mismo entre la chatarra, porque a esas paridas de importación suma otros deportes de riesgo, como aturar críos propios y ajenos o visitar cascos históricos. Menos mal que todo tiene un límite, incluso agosto. Porque de tanto haraganear ya estaba al borde del jamacuco.

El Tetris del maletero

Escrito por Luis Pousa
30 de Agosto de 2010 a las 7:06h

Para los manazas patológicos, los que aprobábamos con un suficiente raspadito la maldita Pretecnología, los que nos pasamos la vida dentro de un capítulo de Mr. Bean, hoy, penúltimo foguete de agosto, toca superar uno de los grandes martirios del verano: resolver el Tetris del maletero, o sea, volver a meter en el monovolumen eso que a la ida cabía daquela maneira, forzando un poco los engranajes y las cremalleras, y al regreso, con los añadidos, ya no encaja pero es que ni echando mano de los cerebros de la logística portuaria. Comparado con estibar unos contenedores a pie de muelle, lo del puzle de las maletas sí que es una machada, porque hay que tener agallas para darse de guantazos con ese burato enmoquetado y tétrico (que viene de Tetris), en el que los bultos se expanden a mayor velocidad que el universo, mientras ya hay un plasta que pita y pita porque quiere aparcar en tu sitio. Los gánsteres de las pelis sí que sabían dar buen uso a un maletero.

El rey Georgie

Escrito por Luis Pousa
29 de Agosto de 2010 a las 7:04h

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El verano se resume en los piños ultrablanqueados y el tupé asfaltado de Georgie Dann, hacedor de poemas sinfónicos como El negro no puede o La barbacoa. El franchute sigue por ahí, vivito y coleando, o quizás disecado en una vitrina como el bosquimano de Banyoles, no lo tengo muy claro, pero perpetuando ese engendro diabólico llamado canción del verano, que en realidad siempre es la misma melodía pegadiza o pegajosa, como se diga, con el estribillo algo retocado, lo mismo da, la partitura vale tanto para el clasicismo de El chiringuito como para la anarcoide Mecagüento. Georgie, siempre innovador, ilumina el estío del 2010 con Los huevos, un huevito por aquí, un huevito por allá, con un teclado de fondo que hace añorar a aquellos gitanillos de la cabra en la escalera, y una letra llena de matices, entre Rocco Siffredi y los cuadernos Rubio: los huevos hacen verdaderas maravillas, los huevos tienen personalidad. Qué poeta se perdió la Generación del 27.

El anticiclón de las Azores

Escrito por Luis Pousa
28 de Agosto de 2010 a las 7:02h

La culpa de todo la tiene el anticiclón de las Azores, esa A tremebunda que aparece desmayada en medio del Atlántico y que nos hace sudar solo de verla en la pantalla, emboscada tras la chepa del hombre del tiempo. La A de las Azores es como el primo cachimén del mapa: con plantarse entre las isobaras ya espanta a las bes borrascosas y timoratas que rulan a su alrededor y que se piran con los glúteos apretados a otras latitudes, no sé, a Groenlandia o así. Las Azores, colgadas en mitad de la nada del océano, dan vértigo solo de mirar para ellas, como cuando no atinas con el Google Earth y caes a plomo sobre la mar arbolada o montañosa del Gran Sol. Estos peñascos seguro que son un lugar acongojante, aunque algo a desmano, pero el caso es que no suenan a nada bueno, porque además del obstinado anticiclón, las Azores solo nos han aportado la foto de los tres repelentes niños Vicente de la guerra de Irak. Menos mal que el viento de vez en cuando lo limpia todo.

El chiringuito

Escrito por Luis Pousa
27 de Agosto de 2010 a las 7:00h

Con tanto restaurador intelectualoide, tanta cocina de diseño y tanta tortilla deconstruida o inmolada, lo que sea, del chiringuito de toda la vida, con su mugre histórica y su ensaladilla disecada en el mostrador desde el verano de 1989, ya no queda nada. Ha sido barrido por la quiebra de Lehman Brothers y por los inspectores sanitarios, qué quisquillosos se han vuelto estos chorbos. El chiringuito playero antes conocido como Casa Manolo, arroces y tapas variadas, ahora se autoproclama Vinoteca Don Manuel & Cía, luce estrella Michelín, aire acondicionado y camareros controlados por videoconferencia desde la central, aunque la verdad es que, informatizados y todo, siguen igual de bordes que en 1989. Lo que permanece inmutable en el tiempo es el palo que te zoscan por una paella para cuatro, que ya cotiza como nouvelle cuisine, para algo somos europeos. Es lo que tiene el IPC que, año tras año, siempre sales del chiringuito con la misma cara de imbécil.

El verano inexistente

Escrito por Luis Pousa
26 de Agosto de 2010 a las 7:55h

Pinga un poco el cielo vestido de plomo, caen cuatro gotas mal contadas, y ya me recriminan que de qué verano me quejo, si en Galicia no hay verano. No, qué va, en Ourense fríen huevos en el empedrado porque les peta, no te digo, y los pinos rumorosos arden por hectáreas porque en el fondo somos esquimales y el fin de semana, en vez de ir a la aldea, vamos al iglú del abuelo. Además, el verano, como todo, es un estado mental, y aquí, digan lo que digan los papanatas de siempre, no nos libramos de sudar la gota gorda hasta que pasa septiembre, con sus migueliños dulzones, y llega octubre perfumado de musgo, hojarasca y rabos de pulpo. Al rostro pálido el calabobos de agosto, vaya ful, le amansa algo la quemazón, como cuando la niebla se posa como un inmenso telón de acero sobre la costa y ahuyenta de golpe a los bañistas, pero lo único que le cura de todos sus males es uno de esos diluvios universales del otoño que en Galicia, la verdad, nos salen bordados.

Leer en la playa

Escrito por Luis Pousa
25 de Agosto de 2010 a las 7:53h

Relájate, que estás muy tensionado, échate al sol y lee algo. Vale, pero sin que sirva de precedente, claudica el rostro pálido, a lo mejor es cierto que soy un bicho raro y lo de lagartear en la toalla tiene su punto. Así que baja a la playa, planta la sombrilla con esmero, se unta de protección 50 hasta el cielo del paladar, la camiseta adherida al tórax, la visera atornillada al cráneo y, cuando ya se dispone a abrir el periódico, el chaval de la pistolita de agua, toma chorreo, qué riquiño, si en vez de pistola parece un lanzagranadas. Segunda intentona: sacude, dobla, abre, balonazo en toda la jeta, allá van las gafas a tomar por donde amargan los pepinos. En fin, escupe un par de minchas, traga bilis, ya se conforma solo con mirar de reojo la contraportada, pero, jamematen, ha volado con las esquelas y otras cuatro secciones en medio de la tormenta de arena, con este Nordés me río yo de las polvaredas del Sáhara. Leer en la playa, qué gran placer.

De compras

Escrito por Luis Pousa
24 de Agosto de 2010 a las 7:57h

Con la estación del ocio y del vicio, el consumismo, que llevamos en la sangre como otros llevan el Rh negativo, se desboca sin remedio. El paganini, ya algo apampanado de fábrica, baja la guardia y, riojita va, cañita viene, cae en las redes de la parentela y los mercaderes, que si nos damos una vueltita por el feirón, solo para mirar, slips de caballero tres por uno, y todo un poco así, hasta que el cajero automático del pueblo ya le saluda por su nombre, qué pasa, choni, otra vez por aquí. Lo más interesante, como siempre, sucede por la noche, porque el colega, cuando aterriza en el cámping tras dejar seco el suministro líquido del villorrio, calcula que, a bulto, se ha pulido tropecientos euros en comprar trastos a los chamarileros, pero, eso sí, se ve muy mono con su sombrero de lentejuelas y sus gafas de corazoncitos tipo Lolita, aunque a ver cómo cuela en la caravana el guitarrón de mariachi, pura ganga, sin que se entere la señorita Rottenmeier.

A tu lado

Escrito por Luis Pousa
23 de Agosto de 2010 a las 8:12h

Con la caída del anticiclón de las Azores sobre el mapa, el espíritu gregario del nativo se multiplica por pi, o por pi y pico, no me acuerdo, pero el caso es que si ya en invierno el español de toda la vida es incapaz de realizar en solitario actividades rutinarias, como estudiar Derecho Romano o degustar un sorbo de cafeína, con el termómetro en los 40 centígrados ya no puede ni tocarse las fosas nasales por su cuenta y riesgo. El indígena necesita sentir calor humano junto al pellejo y ahora que ya solo se arrima José Tomás, porque los demás diestros torean con mando a distancia, los que todavía se arriman temerariamente, pero a ti, son esos excursionistas que, mientras tratas de concentrarte en leer el periódico, con treinta mesas de la terraza vacías, van a sentarse justo a tu lado, no vaya a ser, para hacerte compañía con su ingeniería de taberna, este país lo arreglaba yo en una patada y así. Bueno, no sé si en una patada o de una patada.

ojd