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Reivindicación y elegía última del Airgam Boy

Escrito por Luis Pousa
29 de enero de 2016 a las 17:48h

Soy de 1971. De los últimos polvos del baby boom. O casi. No recuerdo a Franco. Solo guardo una borrosa memoria de su muerte, supongo que más bien porque alguien me lo contó muchos años después. Ese día los trolebuses -sí, aún había trolebuses entonces en A Coruña– llevaban crespones negros en los retrovisores. No había colegio, pero tampoco dibujos animados por la tele. Un timo de tarde libre.

De aquellos tiempos, de finales de los setenta y principios de los ochenta, conservo mi colección de antiguos Don Miki. Sus contraportadas, que el avispado editor aprovechaba para vender como espacio publicitario, son una especie de enciclopedia sociológica del juguete tardo y postfranquista. Por allí pululaban las huchas Miss Money de Congost: la Ratita era la favorita de los pequeños ahorradores compulsivos; las muñecas de Berjusa: Miniño cantaba Cinco lobitos con pasmosa tenacidad, Minena 1 añito “ya tiene dos dientes y si tú le ayudas anda poco a poco” e Ilsa, que “ya anda y habla sola”; nuevos retos para las inteligencias en desarrollo: “Venciste al cubo mágico ¿podrás con la serpiente mágica de Rubik’s?”; los Hockey Loco y Moto Rallye de Congost; los hermanos Mocosín y Mocosina “¡cuántos vestiditos y cositas tienen!”; y Bimbovisión 2, “por 10 pesetas y 3 envoltorios Bimbo, con diapositivas gratis en Bony y Bucaneros”, que era el pastelito con el que uno iba currándose una dieta autodestructiva de grasas trans y colesterol en vena a la hora de la merienda, justo cuando Super Ratón aparecía en pantalla para soltar: “Amiguitos, no olviden supervitaminarse y mineralizarse”.

Entre aquellas ingenuas y rudimentarias publicidades de la contra del Don Miki sobresalía un duelo soterrado -o tal vez nada soterrado, sino desatado y perfectamente planificado- entre los únicos juguetes que, al menos en los ejemplares de mi colección, repetían con frecuencia anuncio en la última página: los Clicks de Famobil (nadie los llamaba entonces Playmobil) y los Airgam Boys. Mientras los Clicks se promocionaban con una cuidada escenografía del Oeste para vender su diligencia o con una carretera hiperrealista para dar vida a la laboriosa Guardia Click de Tráfico, los Airgam Boys, de fabricación nacional, protagonizaban unos anuncios de icono pop, muy de portada de los discos de la época, a los que solo faltaba aquella etiqueta que a veces pegaban a traición en los vinilos como un extraño mérito sobrevenido: “Anunciado en TV”. El Airgam Boy, en plan estrella emergente del rock hispano, aparecía disfrazado de soldado británico, de esquiador, de piloto de helicóptero, de romano, del circense y ramoniano Airgam Circus, de gendarme parisino con sidecar o de cosmonauta. Pero el modelo preferido por todos los que entonces jugábamos a las guerras en la alfombra del salón era sin duda la caja dedicada a la Guerra Civil norteamericana, con sus soldados azules de la Unión y sus rebeldes grises de la Confederación.

Siempre montábamos la batalla de Gettysburg entre las plantas de mamá y la mesa camilla, y siempre ganaban los del Norte, o sea, los buenos, porque en aquellos tiempos las cosas estaban claras y no hacían falta tantos matices y claroscuros como en esta edad líquida y cuántica que nos ha tocado sobrevivir. Hay que admitir que el anuncio de Don Miki era premonitorio y nítido en este sentido, porque en él aparecía el rampante soldado del Norte pateando sin contemplaciones el culo del doblado sudista. Gettysburg en estado puro.

No se trata aquí de hacer historiografía sobre el auge, esplendor y caída de la familia Magriá, cuyo apellido se convirtió en anagrama de su juguete estrella. Tampoco de redactar un inventario de emergencia de la serie Super Stars de Airgam Comics, con unos superhéroes más yanquis que los propios yanquis de la Marvel. Quien quiera catálogos prolijos de muñecos y atuendos ya tiene la Red, con sus taxonomías y sus sesudos pies de foto para entendidos de la cosa. Ni siquiera se trata de adornarse con una faena de literatura comparada sobre el Airgam Boy y el Click de Famobil. Da igual si medía un centímetro más o si tenía articulaciones con las que todavía hoy sueñan los rígidos y sonrientes Playmobil. De lo que se trata aquí es de hacer una elegía y una reivindicación de los pequeños perdedores de plástico, de esos Airgam Boys y Miss Airgam que ahora deambulan a disposición del mejor postor por Internet, como buques a la deriva a la espera de un friki o un fetichista que los salve del último naufragio.

Porque toda infancia, y a fin de cuentas toda existencia, es una larga cadena de elecciones para quedarse con ese puñado de afinidades electivas de las que hablaba Goethe. En realidad, mucho antes de llegar a Goethe, a los nueve años o así, ya había que escoger entre Madrid o Barça, Rolling o Beatles, Dépor o Celta, mamá o papá, Cola Cao o Nesquik, Geiperman o Madelman, Stallone o Schwarzenegger. Pero sobre todo había que elegir entre Clicks y Airgam Boys.

Yo siempre he sentido una fascinación patológica por los perdedores. Pero no por unos perdedores fracasados cualquiera, sino por los perdedores gloriosos, por los vocacionales, por los que justo cuando tienen el mundo agarrado por las pelotas sobre la palma de la mano deciden largarse a otra parte y empezar de nuevo. O simplemente llegan a la cima y en ese preciso instante lo tiran todo por la borda. Y luego se arrojan ellos mismos por la borda. E incluso tiran la borda por la borda. Así que, fiel a esa tendencia suicida, me quedé con los Airgam Boys, que en algún momento posterior que no recuerdo fueron borrados de la faz de la Tierra por los Clicks. Y aunque ahora cada Navidad tengo en la sala un belén de Playmobil que mi gata Copito se encarga de arrasar metódicamente mientras mordisquea el musgo de pega, no me arrepiento de haber elegido el bando equivocado. Porque tiene que ser muy aburrido ganar siempre. Y porque al quedarme con aquellos Airgam Boys segundones y en vías de extinción ya me estaba forjando una educación sentimental de la derrota que me preparó para que el 14 de mayo de 1994 Miroslav Djukic estrellase una Liga contra las manos de un tal González. Era sábado. Fue la primera de muchas estrepitosas pérdidas. Y eso que aquella Liga se la llevó el Barcelona y yo, además de ser del Dépor y de los Airgam Boys, también soy del Barça. Entonces aprendí que, más que nada, uno se pasa la vida perdiendo contra uno mismo. Justo como los malditos Airgam Boys sobre la alfombra.

El verano inexistente

Escrito por Luis Pousa
25 de agosto de 2015 a las 15:30h

Pinga un poco el cielo vestido de plomo, caen cuatro gotas mal contadas, y ya me recriminan que de qué verano me quejo, si en Galicia no hay verano. No, qué va, en Ourense fríen huevos en el empedrado porque les peta, no te digo, y los pinos rumorosos arden por hectáreas porque en el fondo somos esquimales y el fin de semana, en vez de ir a la aldea, vamos al iglú del abuelo. Además, el verano, como todo, es un estado mental, y aquí, digan lo que digan los papanatas de siempre, no nos libramos de sudar la gota gorda hasta que pasa septiembre, con sus migueliños dulzones, y llega octubre perfumado de musgo, hojarasca y rabos de pulpo. Al rostro pálido el calabobos de agosto, vaya ful, le amansa algo la quemazón, como cuando la niebla se posa como un inmenso telón de acero sobre la costa y ahuyenta de golpe a los bañistas, pero lo único que le cura de todos sus males es uno de esos diluvios universales del otoño que en Galicia, la verdad, nos salen bordados.

Telodigoyó

Escrito por Luis Pousa
14 de agosto de 2015 a las 6:15h

En el cloro, como ya se catalogó en este bestiario, medra el chuleta piscinero. Pero qué sería de la sopa humana sin su otro chulimán: el telodigoyó. Al contrario que Chulopiscinas, que es planta de exterior, el sabihondo de aguas estancadas es capullo de interior y ejerce a cubierto, en el vestuario masculino. Se ve que este humedal aviva su seso (ojo, con ese), porque el catedrático de todo cuando se crece es recién duchadito y bien ajustados los gayumbos a sus partes. Ahí el telodigoyó propina a sus colegas de banquillo una ponencia sobre macroeconomía que ni las bravatas de Fidel cuando era Fidel. El listillo al vapor sabe más de fútbol que Del Bosque, más de cardiología que todos los especialistas del Chuac juntos y, como se te ocurra mentarle la TDT, te puede asestar una chapa sobre los megahercios que lo de Guantánamo suena a coña marinera. El turras, si alguien carraspea, zanja las dudas a calzón quitado: que te lo digo yo, hombre, te lo digo yo.

¿Dormir? ¿Para qué?

Escrito por Luis Pousa
13 de agosto de 2015 a las 6:12h

Nunca se madruga tanto como en verano. A los chavales, que son unos cachondos, durante el curso hay que extraerlos de la cama con intervención de los antidisturbios, pero en agosto ya se despiertan ellos solos a las 7.15 o’clock. El día que más se madruga es el del viaje, aunque sea para ir a Sanxenxo, da igual, la santa y la suegra se confabulan (ríete tú de la OTAN) para que amanezca más temprano, así que te levantas antes de acostarte y al final llegas al destino no para cenar, que era la idea, sino para desayunar unos churritos. Y lo de dormir de noche sí que es un sueño de verano, porque para algo están los 32 grados, que no se alivian ni con la cabeza metida en la nevera, el after hours de la esquina, que pone el chundachunda tan alto que parece que El Combo Dominicano al completo está en el catre contigo, y un mosquito que no sé si es tigre o can de palleiro pero que zumba más que todos los iPhone 6 del chiringuito juntos. En verano solo duermen los difuntos. Y eso con suerte.

Otra vez, otra vez

Escrito por Luis Pousa
12 de agosto de 2015 a las 6:09h

Quince kilómetros de atasco por delante hasta la playa atiborrada, el aire acondicionado del coche que ya no da para refrigerar los 40 graditos que despide el asfalto en estado líquido, y las enanas, qué majas, invocan el fatídico grito de guerra, otra vez, otra vez, así que, cautivo y desarmado, le das al replay y pones el chisme en automático para que suene 74 veces seguidas, sin tregua, Bob Esponja, que por si alguien no lo sabe, vive en la piña debajo del mar, y van 75, su cuerpo amarillo absorbe sin más, y van 76, el mejor amigo que puedes tener, y van 77, igual que los peces él puede flotar, Bob Esponja ya llegó, sí, qué pavo, pero lo que no llega nunca es el peaje, así que agárrate las gónadas, porque toca cucú cantaba la rana, cucú debajo del agua. A los que sacan pecho por chorradas como escalar el Alpe d’Huez en bici quería verlos yo enjaulados en el monovolumen, con el padre Abraham y los pitufos a tope en el surround. A ver quién es el flojeras.

Ya casi es Navidad

Escrito por Luis Pousa
11 de agosto de 2015 a las 6:08h

Hasta hace un par de telediarios, el cartel de hay lotería de Navidad te salía al paso a finales de agosto o principios de septiembre, como una especie de canguele ante la inminente derrota: las vacaciones agonizan y hay que confiar todo a las loterías, los cuponazos, el azar y la ludopatía para no tener que volver al tajo y al señor, sí, señor de la oficina. Será cosa de la maldita crisis o de que ya no sabemos esperar, cada cosa a su tiempo y los nabos en adviento, se decía, pero ahora ni los nabos ni el adviento tienen demasiados fans, y el cartelito de que se vende el número de la casa se adentra peligrosamente verano arriba, anticipándose tanto que dentro de poco lo van a colgar antes incluso del sorteo del año anterior. Sucede un poco como con esas tiendas que sacan los adornos navideños con tanta antelación que cuando al final acaban por llegar las fiestas ya huelen a nieve caducada. A veces parece que vivimos en un acelerador de partículas.

Jardineros adosados

Escrito por Luis Pousa
9 de agosto de 2015 a las 6:06h

Otro de los trabajos forzados del verano es la arquitectura del paisaje, es decir, lo que antes de que nos volviésemos todos gilipollas, perdón, políticamente correctos, se llamaba jardinería. Eso que, en vez de un julay con dos másteres y tres idiomas hablados y escritos, practicaba Richi, el jardinero, siempre algo achispado el tío. En los chalés adosados no vive Richi, sino el paisajista cartesiano, que poda el seto con tiralíneas y planta los abetos con escuadra y cartabón. Pero en el ecosistema adosado también habita el vecino jipi, el que busca el orden del caos en las silveiras y cultiva su ferrado según los dogmas anarcosindicalistas, o sea, a su bola, a monte. Lo que mola es cuando el asilvestrado, al ver el césped algo tostado, pone a Led Zeppelin a tope en el cacharro y enciende el sistema de riego por abrasión, vamos, que mea largo y tendido encima de los buxos. De los buxos milimetrados del vecino. En el adosado, ya se sabe, se comparte todo.

Chulopiscinas

Escrito por Luis Pousa
8 de agosto de 2015 a las 6:04h

Chulopiscinas quiere ser como Cristiano Ronaldo, CR7, o como se llame ahora, con su fijador en el pelo minuciosamente alborotado, su depilación láser integral y su tableteado de diseño en los abdominales. Chulopiscinas, esencia del verano celtíbero, domina el arte de pasearse por el borde de la charca marcando bíceps, e incluso tríceps, para asombro de las nenas, que en realidad no se asombran, sino que se parten el culo de risa con las poses automatizadas del atleta. Chulopiscinas, con el paquete de rubio americano en el elástico del bañador y la mirada castigadora perforando las gafas de sol, se machaca unas flexiones a pie de toalla, qué sé yo, quinientas o mil, solo para entrar en calor y sacar brillo a la musculatura delante de las churris, que matizan que el cachas a quien se parece no es a CR7, sino a Aznar, el vigoréxico, otro chuleta piscinero, solo que algo más viajado y leído. Quién sabe, igual Chulopiscinas llega a presidente del Gobierno.

Yonquis del sol

Escrito por Luis Pousa
7 de agosto de 2015 a las 6:02h

A estas alturas de agosto, como vea un jirón de nubecilla en el horizonte, el yonqui de la melanina sufre el primer ataque de pánico, porque calcula que en las tres semanas y pico que le queda al mes no va a superar el tueste de pellejo del verano anterior y solo de pensar en volver a la oficina con esa tara sobre los lomos, como uno de esos pringados que en vacaciones se van por Europa a ver museos y piedras viejas, le entra un jamacuco que se rila por la pata abajo. El rostro torrefacto padece anorexia solar: mientras los demás le sugerimos que puede ir parando de torrarse, que el único blanco que le queda es el de los ojos y tal vez (solo tal vez) el de los huesos, el adicto al rayo UVA siempre se ve paliducho, desteñido, y por eso, en vez de gastar protector, se unta de aceite de oliva (virgen extra) para radiarse al fuego vivo del mediodía. En el fondo, el drogata del pigmento es un Michael Jackson invertido. También quiere cambiar de raza, pero en la dirección opuesta.

La semana grande

Escrito por Luis Pousa
6 de agosto de 2015 a las 6:00h

A Mariano José querría verlo yo aquí y ahora, en la era de la Administración electrónica, ja, tratando de arreglar un papel cualquiera en una oficina pública en pleno agosto. Y, para más intriga y dolor de barriga, en la semana grande, donde lo único grande es el vacile al paganini, que para sellar un humilde folio en el registro necesita tres visitas al mostrador, cuatro tilas bien cargadas y quince fotocopias compulsadas, qué rigor el del funcionario autóctono, no baja la guardia ni en verano. Lo grande de esta semana, ya digo, es la larga cambiada que le pegan al contribuyente en todas las ventanillas, porque lo que se denomina, así en general, horario de atención al público, se reduce tanto que para leerlo en el cristal de la puerta (cerrada, claro) hay que llevar un microscopio de bolsillo encima. Al colega de Larra, en agosto del 2015, no le soltarían eso de vuelva usted mañana, sino directamente, en todos los morros, vuelva usted en septiembre.