La Voz de Galicia lavozdegalicia.es - blogs | Inmobiliaria | Empleo | Mercadillo

El libro de los muertos

Escrito por Luis Pousa
4 de noviembre de 2016 a las 7:14h

libro-de-las-invocaciones-antologia-de-citas-y-espiritus

Hace cinco años, el pintor Pablo Gallo (A Coruña, 1975) decidió crear un libro en el que 131 escritores vivos invocasen a sus escritores muertos de cabecera. Cada autor vivo elegiría una cita de su autor muerto y Gallo confrontaría sus miradas con una ilustración sobre el texto evocado. La primera persona a la que invitó a colaborar fue Enrique Vila-Matas. La última, Victoria Cirlot, la hija del poeta Juan Eduardo Cirlot, cuyo Diccionario de símbolos está en la raíz misma de esta obra. Así nació el Libro de las invocaciones (Reino de Cordelia):
—Durante los cinco años que he tardado en concluirlo, he imaginado este libro de muy diferentes maneras. Según el entusiasmo o la desesperación que sentía al avanzar o retroceder en su construcción lo he imaginado como un bosque, como un laberinto, como un infierno. Pero, una vez terminado, he vuelto a verlo como una fiesta.
Una fiesta que convoca a escritores del más allá y a autores del más acá, aunque durante estos cinco años que duró la elaboración del volumen, cuatro de los literatos vivos se pasaron al otro lado: Félix Romeo, Ramiro Pinilla, Ana María Moix y Rafael Chirbes.
«Escritores actuales evocan a sus grandes clásicos», reza el subtítulo. «La vida y la muerte mirándose de reojo», se titula el prólogo, justo frente a las miradas cruzadas de Gallo y Cirlot. También podría titularse Los muertos y las muertas, como la obra de Ramón Gómez de la Serna, que por supuesto también sale en estas páginas, invocado o convocado por Claudia Apablaza, que fue capaz de elegir una sola frase de Ramón:
—La q es la p que vuelve de paseo.
Porque este libro también tiene algo de suma de greguerías y de paseo. Por eso sale también Robert Walser. Y por eso contiene muchas verdades pequeñas, que desfilan como hormigas sobre las páginas, entre miradas de reojo e ilustraciones a dos tintas. Las verdades de Borges o de Chesterton, al que tanto admiraba Borges, y que aparece por invocación de Vila-Matas:
—Uno se pasa la vida descubriendo que los otros tienen razón.

Nuestro alienígena

Escrito por Luis Pousa
28 de octubre de 2016 a las 15:08h

Recordamos El hombre que cayó en la Tierra en primer lugar por la película que protagonizó en 1976 David Bowie, enfundándose en la piel de un extraterrestre llegado del espacio exterior para salvar su planeta y, de paso, salvar a la humanidad de sí misma. Pero El hombre que cayó en la Tierra es, sobre todo, la inmensa novela publicada por Walter Tevis en 1963, que ahora reedita en español Contra. Fallecido en 1984, Tevis no pudo comprobar cuánto de anticipación había en el año 1988 que dibujaba en esta extraordinaria narración. Pero lo que sin duda logró con su novela fue destrozar los tópicos y prejuicios que pesaban sobre un género que, a fin de cuentas, es lo de menos en un texto que habla de lo que hablan los grandes clásicos: la irremediable soledad del ser humano, aunque sea a través de los ojos de un alienígena. O tal vez precisamente por eso.
Thomas Jerome Newton, supuestamente nacido en Iddle Creek, Kentucky, en 1903, es en realidad un ser llegado del lejano planeta Anthea. Le gusta leer poesía y beber ginebra seca (vicio que adquirió de su inseparable ayudante, Betty Jo). Aprendió todo lo que sabe de los terrestres viendo la televisión y llega a nuestro planeta con la idea de construir una gran nave espacial con la que transportar a los pocos cientos de antheanos que han sobrevivido a las guerras locales. Por eso, ante la creciente amenaza de las armas nucleares, Newton se convierte en un poderoso industrial dispuesto a colocar a sus congéneres en los puestos de decisión adecuados para que controlen a la humanidad y eviten así la inminente hecatombe atómica.
Tevis utiliza esta trama, donde confluyen la literatura sobre extraterrestres y la ciencia ficción, para indagar en su propia existencia y en la de todos nosotros, a través de las miradas cruzadas de Newton, Betty Jo y Nathan Bryce, un ingeniero químico al que confesará sus planes una noche de insomnio y alcohol en un hotel de Chicago. Por eso hay que acercarse a esta prodigiosa novela de alienígenas: para entender que los géneros no importan (o no existen) y que la taxonomía literaria está para dinamitarla.

Literatura para caníbales

Escrito por Luis Pousa
21 de octubre de 2016 a las 11:44h

A Rafael Reig hay que leerlo porque para escribir sobre el ascenso de Francesco Petrarca, el 26 de abril de 1336, al Mont Ventoux primero se da un rodeo —un maravilloso rodeo: qué sería de la vida sin rodeos— por el capítulo 31 de Huckleberry Finn, cuando Huck asume su propio destino y que está dispuesto a ir al infierno con su amigo Tom Sawyer, y por la etapa del Tour de Francia que en julio de 1967 terminó en ese Mont Ventoux. Aquel día murió sobre la bicicleta el gregario Tom Simpson, después de meterse media botella de coñac Rémy Martin y dos tubos de anfetaminas como combustible para subir al puerto. ¿Por qué Huck Finn? ¿Por qué el Tour? Porque ese día de 1336, sostiene Rafael Reig en Señales de humo, murió de forma anticipada la Edad Media y surgió el Renacimiento con la creación de la figura del intelectual. Todo ello desencadenó, nos cuenta Reig, la «guerra bacteriológica del petrarquismo bubónico» que todavía hoy padecemos.
Señales de humo (Tusquets) es la precuela de su celebrado Manual de literatura para caníbales, donde rastreaba desde el siglo XIX hasta la actualidad. Ahora Reig remonta las aguas hasta las jarchas mozárabes para desembocar luego en Lope de Vega y Cervantes, los dos maestros de la inteligencia literaria concebida como humor y compasión que combatieron la maldición de la «alta cultura» en nuestras letras.
Para Reig, el camino se torció al saltar de los juglares al mester de clerecía, cuando los poderosos decidieron que también tenían que invadir «la imaginación de los sometidos». El petrarquismo intelectualoide hizo el resto. Y así llegamos, por otros derroteros, a la lapidación de Bob Dylan por su heterodoxo Nobel. Para curarse de pedanterías y oscuridades, hay que seguir al demente profesor de literatura Martín Belinchón en sus viajes por el tiempo a lo largo de esta novela transgenérica. Aprendemos así a leer de nuevo al Arcipreste de Hita, el Cantar del Mío Cid, La Celestina, El Lazarillo de Tormes y, por supuesto, a Cervantes y Lope, que se inventaron a sí mismos, inventaron sus lectores e inventaron una tradición literaria de la que nunca debimos alejarnos.

Louis Aragon en el pasaje de la Ópera

Escrito por Luis Pousa
14 de octubre de 2016 a las 7:44h

portada_el-aldeano-de-paris-350x533

El flâneur es ese turista de su propia ciudad que vaga sin rumbo, sin destino ni objetivo concretos, por las calles. Todo empezó en París, donde Baudelaire descubrió esta nueva vocación urbana de callejear por el puro placer de mirar detenidamente la gran capital. Walter Benjamin elevó luego este ejercicio a género literario y Robert Walser escribió su obra cumbre: El paseo. Pero la literatura flâneur es inagotable —como la misma ciudad— y después de Walser hay otras cimas, como El aldeano de París, de Louis Aragon, libro que el poeta dadaísta (y luego surrealista) publicó originalmente por entregas en La Revue Européenne y que ahora rescata Errata Naturae.
Aragon vuelve al epicentro del flâneur, París, donde explora cada palmo del pasaje de la Ópera (antes de que el bulevar Haussmann y las Galerías Lafayette acabasen con su encanto de pasadizos y tugurios) y del parque Buttes-Chaumont, que el escritor redescubre durante sus paseos con André Breton.
En su safari sentimental por el pasaje de la Ópera, Aragon se anticipa varias décadas a la Tentativa de agotar un lugar parisino, de Perec, al aplicar su microscopio a cada rincón de estas galerías plagadas de escondrijos de dudosa reputación. Acompañamos al poeta en su viaje por los cafés Petit Grillon y Certâ, las casas de citas, las tiendas, los hotelitos, los teatrillos y pensiones que forman un ecosistema nocturno donde los poetas y las prostitutas cohabitan con “funcionarios jubilados, estafadores, bolsistas, corredores y viajantes de comercio, cantantes, bailarines, dementes precoces, perseguidos, nunca sacerdotes, pero dotados de corazones elegíacos, quincalleros millonarios, conspiradores, políticos corrompidos por los consejos de administración, policías de paisano, camareros en su día libre, periodistas y protestantes, extranjeros, asesinos, empleados del Ministerio de las Colonias, chulos, corredores de apuestas y fantasmas”.
La vida tal cual, que reúne puerta con puerta al proveedor de champán de su alteza real el duque de Orleans con una ortopedia que exhibe sus prótesis de manos en la vitrina o un segundo piso que lanza un lacónico reclamo: “masaje”.

Hasta la última gota

Escrito por Luis Pousa
7 de octubre de 2016 a las 10:29h

En Padornelo, que es el Macondo de
donde viene mi familia paterna, de la rama de
mi abuelo Aquilino, había épocas en que había
siete vecinos y dos bares. En verano, los que nos
apuntábamos a leer a Proust al fresco del lago de
Sanabria multiplicábamos la población y, para
compensar, hacíamos una ronda perpetua entre
los dos bares. Luego, llegó la ansiada autovía y
el bar de carretera perdió su razón de ser. Y en
invierno, en Padornelo, ya solo quedaba mi tía
abuela Patro, la última mohicana.
Padornelo no pertenece a la Galicia legal,
sino a la Galicia sentimental. Está del lado de
allá del túnel, o sea, es Zamora. Pero se habla
gallego, un gallego en el que la gente no va
al bar, sino que va al bare. Me acordé de
Padornelo y de sus dos bares de aquellos veranos
leyendo el último libro de Juan Tallón,
que como es de Vilardevós, sabe de qué
hablo cuando hablo de Padornelo. Y sobre
todo sabe de qué hablo cuando hablo de bares.
Por algo su último libro se titula Mientras haya
bares (Círculo de Tiza).
En esta colección de artículos y textos de su
blog (Descartemoselrevolver.com), Tallón nos lleva sobre todo a garitos
inmundos. Esos son los locales que le interesan,
porque es donde suceden cosas, no en esos artificiosos
cafés literarios donde lo único que puede
pasar es que abras un libro:
—Hace años, en Santiago, en una de esas épocas
en las que bebes y cada vez estás más sobrio, entré
en una tasca inhóspita y allí encontré a Paul Auster,
apoyado en la barra.
En los antros mugrientos de Tallón uno se
encuentra al Roberto Bolaño de 2666 colgando
de un tendal, al sol, el Testamento geométrico de
Rafael Dieste. Y a Lee Marvin y Clint Eastwood
mano a mano con Tarantino o Yosi, de Los Suaves,
que baja a la compra en zapatillas de cuadros.
En Galicia, nuestra generación se ha trabajado
su educación sentimental en las tabernas, trasegando
Estrella en cantidades homéricas. Por eso
este libro tiene ese amargo y soberbio sabor del
lúpulo. Habrá que volver a Padornelo para leerlo
despacio, hasta la última gota, en la barra del bare.

Besos a la luz de la lona

Escrito por Luis Pousa
7 de octubre de 2016 a las 10:27h

Ningún deporte —ni siquiera el
fútbol— ha generado tanta literatura como el
boxeo. Su leyenda negra, su atmósfera maldita
y nocturna y, a fin de cuentas, el combate como
representación de la lucha del púgil contra sí
mismo (o contra su propia sombra) han nutrido
durante décadas algunos de los mejores relatos
de las letras contemporáneas. Con este punto de
partida ha nacido Besos a la luz de la lona, una
antología de historias de boxeo recopilada y editada
por Enrique Turpin para el sello Demipage.
La colección se ha ordenado por combates y
pesos en función de la masa corporal de cada
cuento, desde los pesos pesados Onetti versus
Piglia hasta el peso paja Eduardo Berti versus
Ignacio Aldecoa. Se quedaron fuera de la
velada —según confiesa el propio editor
en la introducción— nada menos que escritores
como Julio Cortázar (que sabía que
en las novelas se gana a los puntos, pero en
los cuentos hay que ganar por KO) o Luis
Sepúlveda. Pero los seleccionados están
sin duda a la altura del reto. Qué decir ya
de autores como el mexicano Juan Villoro,
que hace doblete en el libro, o del argentino Ricardo Piglia. O de una
alineación que hace desfilar por el ring las voces
entrelazadas de Ignacio Aldecoa, Roberto Fontanarrosa,
Ama María Shua, Ray Loriga, Francisco
Ayala o Liliana Heker. Tras los relatos, el
volumen se cierra con un apartado de crónicas,
entre las que sobresalen el texto del incombustible
Manuel Alcántara y una deliciosa pieza de
Joan de Sagarra en la que cuenta cómo se llevó a
cabo la descabellada idea (tan posmoderna ella,
por otra parte) de celebrar el campeonato de
boxeo amateur de Cataluña en una glamurosa
galería de arte de Barcelona.
Y, para redondear estos Besos a la luz de
lona, se ha elegido un relato fuera de programa.
Nada menos que Por un bistec, un texto de Jack
London publicado en 1909. Como apunta certero
Enrique Turpin en su nota a esta edición, Por
un bistec es quizá el mejor relato que se haya
escrito jamás sobre boxeo: «Ahí estaba ya

Viaje al final de América

Escrito por Luis Pousa
7 de octubre de 2016 a las 10:24h

American Smoke. Viajes al final de la
luz es un libro sin género. ¿Diario? ¿Ensayo? ¿Autobiografía?
¿Crónica de viajes? ¿Memorias? Es uno
de esos volúmenes que incomodan a los libreros
de los grandes almacenes, porque no encaja en
ninguno de los carteles existentes para catalogar
las novedades. Lo más probable es que American
Smoke (Alpha Decay), como todos los libros
sin género o transgenéricos, acabe en el anaquel
dedicado a poesía, que es donde se arrinconan los
títulos inclasificables o sospechosos.
El británico Iain Sinclair (1943) abandona en este
texto su territorio londinense —«las mutaciones
del inmutable Londres »— para vagabundear
por Norteamérica en busca de las huellas
de escritores como Jack Kerouac, Allen
Ginsberg, William Burroughs, Malcolm
Lowry o Charles Olson.
El recorrido tiene mucho de proceso de
desmitificación, de revisión y demolición
de iconos. Lo admite el propio autor al visitar
el enésimo santuario beat:
—Los lugares míticos resulta abrumadores.
Cuesta no echarse a reír.
Y lo vuelve a constatar al encontrarse en Lawrence,
Kansas, con William Burroughs:
—Aparcamos delante de la casa de listones rojos
con su balconcito blanco. El escritor más perverso
de América había acabado afincado en una avenida
moteada de sol digna de Douglas Sirk, donde
nada se movía.
Entre los espectros se asoma la sombra de
Roberto Bolaño. Sinclair hace escala en el cámping
de Blanes donde trabajó de guardia de seguridad y
recuerda que en La literatura nazi en América, en
medio del catálogo ficticio de escritores fascistas,
Bolaño retrata a un falso Rory Long —autor de un
fogoso poema sobre el amor entre Ernst Jünger
y Leni Riefenstahl— como discípulo del muy
real Charles Olson, uno de los protagonistas más
obstinados de este libro. Sinclair lanza incluso la
hermosa hipótesis de que Roberto Bolaño en realidad
no está muerto, sino que permanece oculto
en alguna guarida de Barcelona escribiendo tres
o cuatro títulos póstumos al año.

La ciencia ficción también se fabrica en China

Escrito por Luis Pousa
7 de octubre de 2016 a las 10:15h

A menudo la ciencia ficción es la mejor
forma de aproximarse a la realidad. No por nada,
sino porque en ocasiones es la realidad misma la
que juega a ser extraterrestre. Y cuando la realidad
que nos rodea se pone alienígena, lo mejor es abrir
un libro de Hard Sci-Fi —sí, en este emblemático
género también hay una variante hard— y dejarse
llevar a uno de esos universos paralelos donde la
vida es al menos diferente.
Por eso hay que felicitarse de que Ediciones B
recupere para el lector en español la obra del chino
Cixin Liu, auténtico maestro de la especialidad de
quien publica El problema de los tres cuerpos, primera
entrega de una trilogía que B —a través de
su sello Nova— editará en España durante los
próximos meses. Saturados como
estamos a estas alturas de la rentrée literaria
de textos convencionales y caminos trillados,
resulta más que saludable zambullirse
en esta novela llena de científicos que se
suicidan, antiguos represaliados por la
Revolución Cultural, militares expectantes
ante el advenimiento extraterrestre, astrofísicos
que husmean el cosmos en busca de
una extraña cuenta atrás, un videojuego adictivo en el que tres soles
se turnan para fulminar una civilización tras otra,
y un comisario de policía apodado Da Shi —por
citar algún personaje de esta intensa trama— que
con sus malos modales y su eterno pitillo en los
labios parece escapado de una antigua película
de cine negro.
Cixin Liu adereza El problema de los tres cuerpos
—título que remite a una clásica cuestión
matemática que estudiaron en su día Poincaré,
Laplace o Euler— con nanomateriales, aceleradores
de partículas, radiación de fondo cósmico
de microondas, algoritmos, y otros ingredientes
que alejarán de la mente del lector cualquier rastro
de tópicos o rutinas. Porque esta nada previsible
novela también nos ayuda a dinamitar los prejuicios
que arrastramos sobre el país donde se fabrica
todo. También la nueva y pujante ciencia ficción.

Tocar los libros

Escrito por Luis Pousa
7 de octubre de 2016 a las 10:07h

Jesús Marchamalo escribió en el 2004
un libro de amor a los libros, a las bibliotecas, a
los autores, a los lectores, y lo tituló Tocar los
libros. Desde entonces lo ha publicado tres veces
en tres editoriales distintas. Y, como los enfermos
devoradores de páginas no paraban de reclamar
su reedición, el sello Fórcola ha vuelto a ponerlo
en circulación. Así que hay que regresar a Marchamalo
para redescubrir, con Borges, que somos
lo que leemos. Para ver cómo los volúmenes
van invadiendo cada rincón de la casa, hasta el
punto de que lectores ávidos como Sergio Pitol
van ampliando sus estancias a medida que las
novelas van ganando espacio. O hasta ponerse
drásticos, como Dámaso Alonso, que decía que
a cierta altura de su vida su única ocupación
era plantarse por la mañana en la puerta
de su domicilio «para impedir que entre en
esta casa un solo libro más».
¿Cuántos ejemplares son indispensables
en la biblioteca ideal? Para Perec, la
cifra deseable era 343, que iba renovando
constantemente. A Borges le bastaban
2.000 o 3.000 y cuentan que Eduardo Mendoza tan
solo atesora unos trescientos, porque en cuanto
los termina, los abandona en parques o cafeterías
para que caigan en manos de otros lectores.
El caso más radical de esta economía defensiva
del espacio es el del ensayista Joseph Coubert, que
arrancaba las páginas que no le interesaban de los
libros y se quedaba solo con las imprescindibles.
También arrancaban hojas Julio Cortázar y Aurora
Bernárdez durante sus viajes por Italia, páginas
que se iban pasando uno al otro hasta que, una
vez leídas, las arrojaban por la ventanilla del tren.
Umbral, recuerda aquí Marchamalo, se libraba de
los libros por inmersión: los lanzaba a la piscina.
En los extremos de la profanación y la reverencia
al libro tenemos los casos de Machado, que
se comía literalmente pedacitos de sus lecturas, y
Juan Ramón Jiménez, que se lavaba cuatro veces
las manos antes de tocar la poesía de Verlaine.
Estas y otras perversiones son las múltiples
formas de amar la literatura que nos cuenta Marchamalo
en su delicioso Tocar los libros.

Rufián

Escrito por Luis Pousa
5 de marzo de 2016 a las 15:05h

Imagen de previsualización de YouTube

Lo mejor del debate de ayer es que, cuando acabó, pusieron en la tele Le llamaban Trinidad, y los frikis de los setenta nos desintoxicamos de tanta tribuna con los guantazos de Terence Hill y Bud Spencer, iconos culturetas de aquella infancia a la sombra de Cruyff y otros gigantes.

Mientras en el backstage de Twitter nos dábamos a la bebida para olvidar, algunos todavía recordábamos haber estado en garitos (incluso en auténticos tugurios) donde los parroquianos guardaban mucho mejor las formas y el equilibrio que sus señorías en la carrera de San Jerónimo.

Menos mal que en medio de esa debacle asomó Gabriel Rufián, un Eugenio pasado de pipermint, como clavó Jorge Bustos en un tuit de media tarde. Rufián es ese tipo por el que los que nacimos después de 1970 llevábamos esperando toda una generación. El puto amo. El elegido. Podría haber traído el equilibrio a la fuerza, pero prefirió pasarse al lado oscuro y convertirse en el Anakin Skywalker charnego del independentismo.

En la sesión de investidura yo sólo eché en falta a Fernando Arrabal sentado en la mesa de las taquígrafas con su jersey amarillo de milenarista o seminarista (seminarista fugado de Mondoñedo, por ejemplo). Y, ya puestos, un Bukowski arrancándose el micro de la pechera en medio del hemiciclo para ir a mear. O incluso un Leopoldo María Panero leyendo desde el atril su Guía Campsa de los manicomios de España y Portugal. Pero no se puede tener todo. Ya tenemos a Rufián.