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Deconstrucciones

Escrito por Luis Pousa
9 de Febrero de 2010 a las 10:26h

Me ha hecho mucha gracia el último artículo del gran Manuel Rodríguez Rivero en su Sillón de orejas, que además viene a coincidir en cierta manera con esta reflexión de hace ya casi dos años sobre Ferran Adrià y sus deconstrucciones.

España, Grecia y Portugal

Escrito por Luis Pousa
8 de Febrero de 2010 a las 18:58h

Cuando yo era chaval había una serie de chistes que siempre empezaban de esta guisa: «Están reunidos en Madrid los líderes de las tres grandes potencias mundiales: España, Grecia y Portugal… », arranque del legendario Eugenio que en realidad era un giro novedoso sobre la ancestral fórmula: «Están un español, un griego y un portugués… ». El caso es que aquello era antes de 1986, antes de que España y Portugal sumasen sus flamantes estrellas a la bandera azul de la UE y antes de que, por lo menos a este lado del pai Miño, nos entrase un complejo insoportable de nuevos ricos. Complejo que, pasado el tiempo, se nos ha atragantado con una crisis de caballo que tiene serias trazas de ponernos en nuestro sitio, con menos cochazos por la autopista, menos pisos de 600.000 euros y menos viajes de fin de semana para derretir la tarjeta de crédito en las tiendas pijas de Manhattan. A lo mejor se nos había ido a todos un poco la olla y lo que creíamos que era el PIB era en realidad el número de teléfono de la vecina.

Lo que me hace mucha gracia es lo alterado que se ha puesto todo el mundo con la comparación, oh cielos, de España con Grecia y Portugal. Un banquero de corbata roja ha dicho incluso que es algo así como comparar al Real Madrid con el Alcoyano. Vale. Pero que no se olvide el banquero de la corbata roja (el mismo, por cierto, que financia con sus créditos astronómicos los fichajes del Bernabéu) que al Real Madrid lo ha apeado de la Copa del Rey el Alcorcón, que no es el Alcoyano, pero casi.

A mí, modestamente, no me ofende para nada que comparen mi lugar de residencia con dos de los países más maravillosos del planeta, mucho más interesantes en todo caso que Suiza o Finlandia, que serán sitios muy civilizados, y ordenados, y donde todo funciona a la perfección, pero en los que corres un grave peligro de palmarla de un ataque agudo de aburrimiento. Portugal, por donde ciertos señoritos de este lado de la raia se pasean con una mueca de desdén, tiene dos de las ciudades más alucinantes de Europa: Oporto y Lisboa, que ya les gustaría importar a otros países donde lo más arriesgado que hacen sus habitantes es calcular cuántos pises van a echar por la mañana en la oficina.

Como decía Siniestro Total: menos mal que nos queda Portugal.

Al final de la escapada

Escrito por Luis Pousa
6 de Febrero de 2010 a las 10:02h

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Su vida fue una escapada perpetua: de la prensa, de los escritores, de los vecinos, de la familia. En suma: del infierno de los otros. Aunque sospechamos que en realidad, como su admirable Holden Caulfield, huía de sí mismo. El 27 de enero Jerome David Salinger (Nueva York, 1919-Cornish, New Hampshire, 2010) llegó al final de la escapada. La leyenda, agigantada por casi medio siglo de silencio literario y mediático, creció sobre cuatro libros, aunque le bastó uno solo, El guardián entre el centeno, para trepar a la cima. La novela suma, solo en Estados Unidos, más de 60 millones de copias facturadas desde 1951.

Antes de clavar sobre el papel la voz del imperecedero Holden Caulfield, el atormentado adolescente que protagoniza El guardián entre el centeno, Salinger se da un paseo por el reverso de sus sueños. Hijo de un acomodado matrimonio mixto judeocristiano (como los Glass de su narrativa breve), esboza sus primeras tentativas literarias mientras remolonea por varias universidades, donde anuncia a sus colegas de campus que va a escribir «la gran novela americana», la quimera de toda su generación. Pero su mirada y su escritura se nublan con el dolor infinito que alumbra la Segunda Guerra Mundial. Destinado al servicio de contrainteligencia en Inglaterra, en junio de 1944 participa en el desembarco de Normandía. En la playa Utah asiste en primera línea de combate a uno de los mayores baños de sangre de la historia. Ya nunca será el mismo. Abrumado por el horror, sufre un colapso mental y es ingresado en un hospital de campaña.

 CON LA MÁQUINA A CUESTAS

Después de un fugaz matrimonio con una doctora alemana llamada Sylvia, regresa a Nueva York y retoma su carrera, que en realidad nunca había abandonado, porque sobrevivió a las batallas con su máquina de escribir a cuestas. En 1946 publica en The New Yorker un relato que aguardaba desde 1941 en un cajón de la exquisita revista. Salinger ya no suelta su presa. En 1948 publica su cuento más célebre: Un día perfecto para el pez plátano. Y, a pesar de que The New Yorker comete uno de los grandes errores de su historia al rechazar El guardián entre el centeno, finalmente Salinger coloca la novela en otro sello y cruza la línea sin retorno de la fama.

Antes de sepultarse bajo el silencio que selló definitivamente con la publicación en 1965 del relato Hapworth 16, 1924 (de nuevo en The New Yorker), J.D. dio a luz otros tres libros: la colección de narrativa breve Nueve cuentos (1953) y dos volúmenes con un par de relatos: Franny y Zooey (1961) y Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción (1963).

Los insaciables mass media fueron sus demonios de cabecera. Por eso solo concedió tres entrevistas en su vida. La primera, en 1953, a una reportera de 16 años que colaboraba en la página escolar del diario local The Claremont Daily Eagle. La segunda se publicó en The New York Times en noviembre de 1974. Salinger aceptó hablar por teléfono con Lacey Fosburgh durante media hora para denunciar la publicación de una edición pirata de su obra. La tercera y última concesión a la prensa fue la conversación con Betty Eppes, escultural cronista de The Batton Rouge Advocate, que en el verano de 1980 arrancó a Salinger unas escuetas respuestas e incluso logró que este se dejase robar un par de fotos. Y es que la devoción por las mujeres fue una de las escasas debilidades que se permitió el huraño Salinger. No cuajó su amor con Oona, la hija del dramaturgo Eugene O’Neill, que finalmente se casó con Charles Chaplin. Su primer matrimonio fue prácticamente un espejismo y el segundo, con Claire Douglas, tampoco fue un cuento de hadas. Doce años y dos hijos más tarde, llegaron el divorcio y las aventuras con Elaine Joyce y Joyce Maynard, autora de un demoledor texto sobre el escritor. A finales de los ochenta la joven enfermera Colleen O’Neill se convierte en su tercera y definitiva esposa.

Salinger persiguió con saña a sus biógrafos, como al británico Ian Hamilton, al que llevó hasta el Tribunal Supremo. Pero no logró evitar que tanto su hija Margaret como Joyce Maynard publicasen detalles de su vida íntima, como su egocentrismo crónico, la afición a beber su propia orina o sus devaneos con el hinduismo, la homeopatía y la cienciología.

Ciertos críticos lo acusan de «amar demasiado» a sus personajes. Tal vez depositó en Caulfield y los Glass el amor que fue incapaz de sentir (o al menos de mostrar) por los seres de carne y hueso.

UNA LEYENDA ALZADA SOBRE SÓLO CUATRO LIBROS

Cuando otros autores tratan en vano de cimentar su carrera con una sobredosis de prosa y de papel, J.D. Salinger tan solo necesitó cuatro libros para convertirse en leyenda. En su única novela, El guardián en el centeno, logró captar como nunca el lenguaje directo y crudo de un adolescente, Holden Caulfield, enfrentado al mundo tras sumergirse en el dolor irreparable de la muerte de su hermano pequeño. El oído de Salinger es prodigioso y desde la primera línea cautiva al lector con un discurso que lo noquea sin piedad.

En Nueve cuentos se esconde otra obra maestra de escritor escondido. Se titula Un día perfecto para el pez plátano. Aquí presenta a Seymour, el mayor de los superdotados hermanos Glass, la familia que protagoniza las otras referencias de su literatura: Franny y Zooey y Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción. Incluso su última obra, el relato Hapworth 16, 1924, que no aparece recogido en ningún libro, es una carta del pequeño Seymour escrita cuando contaba solo siete años.

A la bibliografía oficial hay que añadir una edición pirata: The Complete Uncollected Short Stories of J. D. Salinger, dos tomos en los que se recopilan 22 cuentos publicados entre 1940 y 1948 en revistas como The Saturday Evening Post, Colliers y Esquire. Esta edición fantasma, de la que se llegaron a vender 25.000 ejemplares en un par de meses, fue retirada de las librerías tras la denuncia del autor y hoy es un objeto de culto.

*Texto publicado hoy en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia

Curiosidades

Escrito por Luis Pousa
2 de Febrero de 2010 a las 17:11h

Curioso país este, en el que los llamados socialdemócratas, estirando la jubilación hasta los 67 tacos, van a tener al abuelito currando en la zanja hasta que la piñata ya no le sirva ni para silbar a las chorbas que pasan por la acera. Curioso lugar, en el que los denominados conservadores en realidad no quieren conservar nada, sino derribar todo lo que sea sospechoso de antigüedad y talar de una vez por todas esas cosas verdes que tanto se empeñan en defender los ecologistas melenudos. Curioso rincón el nuestro, en el que los que se proclaman liberales, como la indómita Espe, toman al asalto una entidad financiera que rima con Madrid para repartir luego los sillones entre los amiguetes. A lo mejor tenemos que empezar a arreglar todo esto llamando a las cosas por su nombre, ¿no?

Más nazis

Escrito por Luis Pousa
29 de Enero de 2010 a las 14:18h

Hablábamos ayer de los nazis de Auschwitz. Pero los nazis, aunque algunos lo crean, no se extinguieron en 1945. Siguen ahí, agazapados. Son seres ridículos, casi microscópicos, pero que de vez en cuando salen de sus madrigueras y te largan una bomba en la puerta de tu casa para ver si te callas. Nazis son los etarras que pretenden la eliminación física de todos los que no creemos en sus delirios. Y también son nazis los microbios mentales que han atentado contra Roberto L. Blanco Valdés para tratar de silenciarlo. Qué paradójico que esos matones, entes diminutos que plantan bombas y amenazan, utilicen precisamente para insultar a los demás el término que mejor los define a ellos mismos: fascista. Porque en eso consiste exactamente el fascismo: en aplastar al que se atreve a tener ideas propias. Lo que pasa es que ni los nazis de 1945, ni mucho menos los de ahora, pueden tapar todas las bocas que quieren decir lo que piensan. La libertad, esa cosa que tanto molesta a nazis, es lo que tiene.

Auschwitz

Escrito por Luis Pousa
28 de Enero de 2010 a las 13:14h

Sólo han transcurrido 65 años desde la liberación de Auschwitz por las tropas soviéticas. Y menos mal que todavía hay supervivientes de aquel terror infinito que liquidó a más de un millón de hombres, mujeres y niños por el simple hecho de no encajar en los delirantes cánones de pureza racial vomitados por la barbarie nazi. Menos mal, porque con los testigos todavía vivos y el campo de exterminio en pie como evidencia irrebatible ya hay quien se atreve a negar el Holocausto o a reducir las dimensiones de su inabarcable espanto. Menos mal que aún hay tipos con el lúgubre tatuaje de su número de prisionero grabado en el antebrazo. Menos mal que la memoria no se puede gasear ni incinerar.

La trastienda de América

Escrito por Luis Pousa
22 de Enero de 2010 a las 23:15h

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Hace tiempo que Estados Unidos despertó del llamado sueño americano. Tal vez ni siquiera sus habitantes, dotados de esa pincelada de ingenuidad que los hace entrañables para quien los mira sin las orejeras del antiamericanismo, llegaron a creerse del todo el decorado de sonrisas inmaculadas que retrataban los carteles publicitarios. Había un mundo sin edulcorar agazapado en los callejones y en los patios traseros, donde emerge lo mejor y lo peor del ser humano. Y a explorar ese fango vital se han dedicado sin tapujos algunas de las grandes voces de la literatura de Estados Unidos, entre las que sobresale desde hace décadas la narradora Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938).

Alfaguara recupera ahora, en traducción de Mari Carmen Bellver, una de las joyas de su narrativa breve: Infiel, una colección de 21 relatos publicada originalmente en el 2001 y que reúne textos editados previamente en las más dispares antologías y revistas (desde Granta a Harper’s y Playboy).

 Si el título del libro —tomado del relato que abre la segunda parte del volumen— ya es suficientemente explícito, el subtítulo es quizás más revelador: Historias de transgresión. Porque la transgresión, en sus más variadas formas legales, éticas y morales, es el músculo que palpita sin pausa bajo estas 21 narraciones en las que los personajes son zarandeados por la vida e impulsados, con mayor o menor aquiescencia, a cruzar las delgadas líneas que separan una existencia supuestamente convencional de las aguas turbulentas del adulterio, el asesinato, la traición o el crimen.

No está aquí, como ya apuntábamos más arriba, el rostro amable de la sociedad contemporánea. Hasta los escenarios elegidos por Oates para plantear sus historias inciden en ese reverso sórdido de la realidad americana. Sus amantes deambulan por desvencijados moteles de carretera, por cafeterías que huelen a grasa requemada y por autopistas saturadas de tráfico en las que una mujer despechada tantea la muerte accidental del hombre que la ha abandonado.

A pesar de las furiosas cópulas con las que intentan aferrarse al amor, o al sexo, o como se llame esa colisión entre dos seres, los personajes de Oates están despiadadamente solos, estampados contra un hostil paisaje humano que evoca —aunque la cita sea ya un tópico— los lienzos de otro neoyorquino: Edward Hopper. Aunque, por supuesto, la literatura de Joyce Carol Oates no necesita de estas visualizaciones, porque ya vuela a miles de pies sobre el suelo con su descarnado retrato de un mundo en el que la muerte, la verdad o el mal se fabrican, se empaquetan y se comercializan igual que cualquier otro producto del hipermercado global.

*Reseña publicada en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia. Ilustración: Morning Sun, de Edward Hopper.

Las edades del hombre

Escrito por Luis Pousa
21 de Enero de 2010 a las 19:41h

No sé quién dijo que la prueba irrefutable de que te has hecho mayor llega ese día en que compruebas, estupefacto, que ya eres más viejo que los jugadores de fútbol, esos mismos tipos a los que en la infancia contemplabas a una distancia cronológica casi infinita. Esta teoría, absolutamente inamovible, la vamos trampeando durante un tiempo, echando mano de las fichas de algún que otro portero o central talludito que, a base de gimnasio, prolonga su carrera hasta el filo de los 40 tacos. Pero, según avanza esta movida de los quinquenios y sus incertidumbres, van escaseando los peloteros que pasan de las 35 castañas.

Llega entonces otro instante demoledor: uno descubre que ya no tiene la edad de los futbolistas, sino de los entrenadores. Me acaba de suceder hace unos días. El 18 de enero, para ser más precisos. Cuando las teles relataron que Pep Guardiola, cosecha del muy interesante 1971, cumplía 39 años. Cielos. El tío que ha ganado seis títulos en una temporada con el Barça sólo me saca un mes y pico sobre el planeta Tierra.

A punto de sumar en mi cuenta los 39 tacos de Guardiola, y con la vitrina de las Copas de Europa todavía de vacío, sólo me queda un consuelo en esta peculiar cronología futbolera: aún no he llegado a la edad de los seleccionadores nacionales. Del Bosque queda muy lejos.

Lo rentable

Escrito por Luis Pousa
14 de Enero de 2010 a las 13:42h

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Hace veinte años, charlando en torno a unas birras heladas, un buen amigo dotado de ese sentido práctico del que yo carezco, echó un vistazo al Café Bar Borrazás (el bareto en el que remoloneábamos) y soltó muy serio (y muy en serio):

-¿Será rentable el Borrazás?

Me arrancó, claro, una carcajada enorme, porque yo, anclado en mi idealismo crónico, jamás me  había planteado aquella cuestión. Pero lo cierto es que sí debía de ser rentable, porque veinte años después (que, según las cuentas de la lírica, no son nada) ahí sigue el Borrazás, en la esquina del Orzán con la plaza de Pontevedra, con todos sus lustros a cuestas.

Ahora, con la crisis de marras, la pregunta está más de moda que nunca, y políticos, asesores y flautistas varios se dedican a cuestionarse si son rentables instituciones de las que jamás se había hablado en términos monetarios tan crudos, como las universidades o los hospitales.

Hay cosas que tienen que ser rentables o, sencillamente, dejan de existir, como las empresas privadas. Pero otras, por definición, las costeamos con nuestros impuestos para que presten un servicio. Vale que no se despilfarren los fondos públicos y que se trate de hacer más eficiente la gestión de esos euros, pero si echamos el cerrojo a todo lo que no es rentable a corto plazo, ya podemos ir comprando unas lianas para saltar de farola en farola porque esto va a ser la jungla, pero sin las reglas de la sensata ley animal.

Las mejores cosas de la vida, como tomarse una birra helada con un buen amigo, no son rentables, sino impagables.

Imagen: Café Bar Borrazás, fotografía de José C. Pérez para La Voz de Galicia.

Filosofía futbolera

Escrito por Luis Pousa
12 de Enero de 2010 a las 19:23h

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Cuando ayer estaba tecleando la entrada sobre los Simpson y sus filosofías, se me vino a la cabeza el glorioso instante en el que los Monty Python recrean un partido de fútbol entre las selecciones (filosóficas) de Grecia y Alemania. Uno de los momentos más inspirados de este selecto club de humoristas británicos, de los que me confieso admirador (casi) sin límites. Curioso. Porque, coincidencias del azar o de las afinidades, justo unas horas antes Marta Navarro, autora de la estimulante bitácora Entre Nómadas, también caía por los derroteros metafísico/futboleros de los Python en su primer post del año: Partido de filósofos.

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