La Voz de Galicia lavozdegalicia.es - blogs | Inmobiliaria | Empleo | Mercadillo

El pádel

Escrito por Luis Pousa
28 de julio de 2015 a las 6:07h

Admitámoslo: todos tenemos un cuñado que juega al pádel y nos amarga la sobremesa del domingo dándonos la barrila con su torneo interprovincial y su raqueta de fibra de carbono diseñada por la NASA. Sí, hombre, el pádel es ese deporte que parece un tenis encogido o un pimpón algo estirado, una cosa a medias, que yo creo que tiene la gracia de que el cuñado que jamás devolvería un revés en el tenis de toda la vida, en el pádel, entre que la cancha está encogida y que la pelota va, viene, vuelve y rebota entre cuatro paredes, pues malo será que el chorbo no acabe pegándole un raquetazo, aunque sea de canto, y ya se queda flipado pensando que es Federer. El pádel, mucho más que otros paraísos artificiales, es la droga del verano. Al pelma de los passing shot, cuando lleva un par de horas sin jugar, le entran temblores, sudores fríos y la mirada se le pone como perdida. Es el mono del pádel, que engancha más que la morfina. Y luego aún dirán que el deporte es sano.

Torturas

Escrito por Luis Pousa
27 de julio de 2015 a las 6:05h

Me libré de la mili por inútil, porque me dijeron los del Ejército lo mismo que a Woody Allen en no sé qué peli: que en caso de guerra solo valdría para prisionero. Yo creo que ni eso, porque lo de las torturas lo llevo chungamente. Podría resistir lo típico: las cerillas ardiendo entre las uñas, unas descargas de miles de voltios en los cataplines o incluso que me enterrasen de cabeza en un hormiguero tipo La marabunta. Tal vez. Pero cuando me vendría abajo sin remedio, antes de que los malos tuviesen que recurrir al hierro de marcar, al maletín del dentista o al pozo y el péndulo de Poe, lo que me haría morder la famosa cápsula de cianuro de los espías, sería que los enemigos, siempre despiadados y escuálidos, qué pavos, me obligasen a tumbarme en una toalla a las tres de la tarde en una playa bien llenita de bañistas, sin gorro, ni camiseta, ni mandangas. Ahí sí que me desmorono y canto La Traviata. Esas sí que son torturas y no las chinas.

Acondicionados

Escrito por Luis Pousa
26 de julio de 2015 a las 6:38h

El aire acondicionado es la invención más diabólica de la historia. El día que a un visionario se le ocurrió que no quedaba moderno hacer edificios con esas ventanas de abrir y cerrar de toda la vida la humanidad dio un paso sin retorno hacia el abismo. Desde entonces las casas ya no son máquinas de habitar, que decía el otro, sino de respirar. De respirar el mismo aire moqueado, tosido y babado por otros. Y recalentado o congelado, según. Según la estación contraria, claro. Porque el tipo que regula el aire acondicionado (uno de los personajes más apreciados de la empresa) se rige por el hemisferio austral, así que en julio (invierno en Argentina) el controlador de la rueda satánica te calca en la nuca un chorro frígido a 15 grados y en enero (verano en Río) te sopla en los morros un aliento tostado, de 25 Celsius en vena, que ya quisiera alguno en Galicia en agosto. De tanto acondicionarnos, más que tomar el aire nos vamos a ir todos a tomar viento.

Atasco rachado

Escrito por Luis Pousa
25 de julio de 2015 a las 6:36h

Hoy, 25 de julio, no quedará carballeira ni atrio asfaltado sin su exaltación patriótica, sin su pulpito, su muiñeira y su aguardiente de hierbas, de ese que non fai dano, que non ten grados, nin química, nin nada, pero que te fulmina el cerebelo al primer disparo. Hasta ahí, perfecto, fiestuqui y a correr. Pero hoy, más que el Día de Galicia, de Santiago, del patrón de España o da Patria Galega, es el día del atasco total. Porque, igual que los vaqueros siempre ataban las riendas del caballo a la puerta del salón, el conductor autóctono tiene la extraña costumbre de llevar el coche no ya hasta el campo da festa, sino hasta el altar mismo de la ermita, como si fuera a contraer matrimonio con el 16 válvulas tuneado en el garaje de su primo. Por culpa de ese hábito, que los científicos sitúan en un gen mutante de los tiempos de Breogán, el atasco rachado inflará hoy de coches las venas de Galicia y la cola, tipo Muralla China, llegará de la Quintana al Padornelo. Será por gasolina.

La máquina del tiempo

Escrito por Luis Pousa
24 de julio de 2015 a las 6:35h

El verano es, a su manera, una máquina del tiempo, pero sin el encanto literario de H. G. Wells. A España, sin ir más lejos, la devuelve a las películas de suecas de Esteso y Pajares, o incluso a las de Paco Martínez Soria, que siempre llegaba del pueblo en plena canícula, sudando la gota gorda y flipando con las minifaldas salerosas que se gastaban las madrileñas para no pasar calor. Porque eso, un largometraje rancio, casposo y trasnochado es el verano cañí y sus famosos apartamentos a pie de playa. Lo de «a pie de playa» es de coña, claro, porque con los rascacielos que se han calzado sobre la duna misma el pisito cae en la planta 40 o 50, y el ascensor tarda tanto en bajar que, cuando llegas al portal, ya es de noche y tienes que subir otra vez para bañar y acostar a los niños. Este verano ibérico, que suena al Fari y su torito bravo, torito lindo, es como aquel tipo calvo, bajito y de pecho peludo que perseguía a las nórdicas en calzoncillos. Atapuerca en estado puro.

Hoy cocino yo

Escrito por Luis Pousa
23 de julio de 2015 a las 6:33h

Uno de los marrones que todavía no han arreglado los ministerios y concejalías de la cosa es la igualdad ante los fogones, porque en este país nuestro tan coñón los tíos en general y los puriles en particular no pisan la cocina ni para tirar una colilla al polvo. El ser humano de sexo masculino, eso que vulgarmente llamamos tío, solo se acerca a la vitrocerámica si hay mucha guita por medio y va de chef del lugar. Pero, con el solsticio de verano, el varón sufre un cambio metabólico irrecuperable y escupe esa frase legendaria:

—Hoy cocino yo.

Tenemos así al macho carpetovetónico, siempre con una birra adherida a la zurda, plantado delante de la paella, explicando a los asombrados colegas que solo él consigue darle al arroz el punto justito de cocción. Lo malo es que, cuando el cocinillas lleva ya una docena de garimbas en el tubo gástrico, la paellita de chuparse los dedos se pasa de frenada y queda reducida a una estéril imitación del secarral de Almería. Arroz disecado, otra delicia veraniega.

Todos medievales

Escrito por Luis Pousa
22 de julio de 2015 a las 6:31h

Otro hongo del verano es la feria medieval. A un tipo lo nombran concejal de Fiestas de uno de esos pueblos desgraciados por el urbanismo contemporáneo, donde florecen el neón y el ladrillo vista, y lo primero que monta allí es una feria medieval, aunque lo único que data del Medievo en la plaza de hormigón armado es el cerebro del edil, que se quedó atrofiado en el siglo XII y no siguió el proceso darwiniano de la evolución de las especies. El mismo teatrillo histórico que tiene mucho xeito en las rúas de Betanzos, Mondoñedo o Ribadavia, en otros rincones de nuestro Salvaje Oeste queda un poco travelo, con los titiriteros y las mesoneras sobre el asfalto, vendiendo trapalladas y brebajes al pie de un cajero automático y con la megafonía soplando a todo vatio. Menos mal que cuando llegue el AVE a Galicia lo hará tan tarde que a esas alturas ya será un AVE medieval, como de 1250 o así. Es el toque hiperrealista que necesita esta Edad Media de jipis con iPhone.

¿Quién dijo tranquilito?

Escrito por Luis Pousa
21 de julio de 2015 a las 6:29h

Circula por ahí una teoría infundada según la cual trabajar en verano es una bicoca que se reduce a pasar a fichar, echarse unos cafetitos al píloro y listo. Ja. En la oficina de toda la vida cae julio y se esfuma media plantilla, que sigue al estilo navajo el rastro del jefe hasta el aparcamiento. El boss hace clic al mando de la puerta del garaje y asistimos a la versión 3.0 de La fuga de Alcatraz. Así que los tres pringados de siempre, los tontainas que se quedan todo el verano a pie de trinchera, aporreando dos teclados a la vez en plan Nacho Cano, son algo muy parecido al tío Tom, el de la cabaña, y sus colegas de la plantación de algodón. Apechugan con su faena, la de su primo y la que traiga el Nordés sobre su chepa. Pero lo peor no son las doce horas en la mina que padece el pasmón, sino escuchar, cuando el agua ya le llega al entrecejo, el eterno soniquete del sobrado: «¿Qué, un verano tranquilito en el curro, no?». Sí, como el de los huérfanos de Dickens.

Bichos

Escrito por Luis Pousa
20 de julio de 2015 a las 6:39h

Los que se ponen cachondos con el calor son los entomólogos. Y no quiero decir que estos señores sesudos anden salidos. Para nada. Lo único es que, con el estío, estos eruditos, que andan por ahí atornillados a un cazamariposas y una lupa, están que se salen. Para los entomólogos el verano es como una barra libre, pero a lo bestia, sin freno, hasta el coma final. Ahora le pegas un patadón a una piedra y asoman todo tipo de bichos, larvas, seres que se arrastran, que pican, que dan alergia. Porque el verano de verdad, el que no sale en los anuncios de tanguitas, está plagado de cucarachas que sobrevivieron a Chernóbil, de arañas de patas peludas, de piojos que perforan el cráneo del chaval, de moscas que beben más cerveza que un alemán deshidratado, de pulgas que se comen al tullido can de palleiro y de avispas kamikazes que siempre se suicidan en la rodilla del rostro pálido. El verano, más que otra cosa, es el mosquito cojonero que te silba en la oreja de madrugada.

Pieles rojas

Escrito por Luis Pousa
19 de julio de 2015 a las 6:38h

El zoo humano del verano es casi el mismo que el de las pelis del Oeste: el mundo se divide en rostros pálidos y pieles rojas. Por lo menos ahora, en estos tiempos sosainas, indios y vaqueros no se lían a tiros, ni se arrancan las cabelleras a las primeras de cambio. A estos especímenes se añade la denominada mojama o uva pasa, que es esa señora que se quedó dormida tres horas en la lámpara del solario —o en la toalla, a la hora del melanoma— y acabó como absorbida, deshidratada, hecha una cecina y lista para envasar. También hay seres mutantes, y no me refiero a los diputados, sino a esos guiris que pasan en cuestión de segundos de rostro pálido a piel roja. Son esos entusiastas nórdicos que miran muy sorprendidos la taquilla de la plaza de toros, porque no entienden que el tendido de sombra sea más caro que el de sol (por el que apoquinan sus buenos euros sin pestañear). Van por ahí, colorados como centollas recién hervidas, hasta que en un semáforo cualquiera los recoge una ambulancia del 061 rumbo a la unidad de quemados, sección churrasco de guiris.