Navegar es necesario, vivir no es necesario (Pompeyo)
A lo mejor el final de todo es un poco absurdo, como este fabuloso remate del Blow Up de Antonioni. Agazapado en algún lugar del parque están el chamán Julio Cortázar y sus Babas del diablo. A lo mejor todo este lío consiste en que estamos jugando al tenis sin pelota. Incluso sin cancha. Incluso sin tenis.
BREVIARIO DEL BUS*
III. LOS TROLES
Los trolebuses, en la infancia o más allá, eran una especie de elefantes o dinosaurios eléctricos que ascendían chirriando música de lluvia por el asfalto remendado de la avenida de La Habana. Allá por el franquismo yo viajaba en el trole número 27 (aún hay viajeros del tiempo que en la parada aseguran que van a coger el trole) de la mano de mi madre y de la mano de una cartera amarilla. Igual resulta que no era amarilla, pero el caso es que un día la cartera no se bajó del trolebús conmigo, se quedó en lo alto del segundo piso de aquellos trolebuses azules y amarillos que crujían insolentes al doblar las esquinas.
Así que, también de la mano de mi madre, hubo que emprender la aventura del rescate de la cartera amarilla, custodiada en unas cocheras lejanas, en una galaxia situada a miles de años luz, que caía más o menos por el quinto infierno. Aquella vez recuperé mi cartera, en la que se escondían los lápices de colores con los que mataba el rato mientras los profesores releían las pintadas de tiza que lucían en el pizarrón. Pero, a la segunda, la cartera se quedó para siempre circulando entre los asientos del trole (como ese tipo muerto al que le pegó un infarto que siempre dicen que viaja dando vueltas sin parar sentado en un vagón del metro de Nueva York) o sepultada para siempre en aquellas cocheras del quinto infierno que luego resultó, pasados los años, que caía por el flamante polígono de Los Rosales, convertido hoy en un barrio más de la ciudad (ya no se respetan ni los infiernos).
La última imagen de aquellos tiranosaurios con antenas eléctricas que recuerdo es la de un trolebús con los retrovisores vestidos de trapos negros por el luto del dictador Francisco Franco. Aquel día no hubo colegio, pero tampoco dibujos animados por la tele.
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II. CONVERSACIONES DEMEDIADAS
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Por solo diez días no llegó a sumar 105 años. La mirada de Óscar Niemeyer (nacido en Río de Janeiro, el 15 de diciembre de 1907, como Óscar Ribeiro de Almeida Niemeyer Soares Filho) se apagó definitivamente la madrugada del miércoles al jueves en el hospital de Río en el que llevaba ingresado desde el pasado Día de Difuntos (todo un augurio).
El arquitecto brasileño logró doblegar el hormigón armado hasta trazar con este áspero material las poéticas y sensuales curvas que han convertido su obra en un icono de la segunda mitad del siglo XX. Y, a pesar de que dobló de largo la esquina del cambio de centuria y de milenio, Niemeyer es fundamentalmente un símbolo de ese siglo convulso que, cabalgando a lomos del idealismo, inventó algunos de los monstruos más aterradores de la historia. Niemeyer fue hasta su último aliento un comunista irreductible y en su boca se podían oír sentencias como que el sanguinario Stalin fue «un sujeto fantástico» o que la difunta URSS forjó «sesenta años de gloria para la humanidad». Pero ese mismo admirador sin matices del espanto estalinista fue un sutil creador de belleza y un defensor de las clases obreras que, a causa de su militancia comunista, tuvo que exiliarse en París durante la dictadura militar brasileña.
Comenzó su carrera en el estudio de su gran maestro Le Corbusier, con el que colaboró, junto a otros, en el diseño del edificio de las Naciones Unidas a orillas del río Hudson, en Nueva York. Pero Niemeyer será recordado, en esencia, por estampar su indeleble huella en ese otro gran paradigma del siglo XX llamado Brasilia. Entre 1956 y 1960 trabajó con su camarada (en la arquitectura y el comunismo) Lucio Costa para levantar en medio de la nada la que sería desde entonces la nueva capital del Brasil. Llevan su firma seis de los principales edificios de ese extraño sueño burocrático, la obra de un puñado de visionarios que todavía entonces creían en la posibilidad de dar forma a una ciudad ideal despojada de historia. Suyos son los proyectos de la sede del Tribunal Supremo, la Catedral, el Congreso, el Complejo Cultural de la República y los palacios de Alvorada y Planalto (sede de la presidencia, donde se ha instalado su capilla ardiente).
De Mondadori al Sambódromo
Dejó su firma en la sede de la editorial Mondadori, en Milán, en la que trabajó entre 1968 y 1975, y en el Sambódromo de Río, donde también se alzan las elegantes sinuosidades del Museo de Arte Contemporáneo de Niterói. Ya en el último tramo de su existencia levantó su única obra en España: el polémico Centro Cultural Internacional Óscar Niemeyer de Avilés, el enésimo caso autóctono de recinto cultural sin proyecto ni contenido. Un coloso que, tras devorar una inversión de 40 millones de euros, tuvo que echar el cierre hace ahora un año.
Arquitecto, en suma, de luces, sombras y curvas, su trayectoria se tradujo en premios como el codiciado Pritzker (1988) y el Príncipe de Asturias de las Artes (1989).
*Gracias infinitas a Enrique Vila-Matas, que ha abierto un cuarto para mis relatos buseros en La vida de los otros:
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