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Siete notas breviarias, por Vila-Matas

Escrito por Luis Pousa
25 de Septiembre de 2013 a las 5:57h

 

SIETE NOTAS BREVIARIAS*

1

ESTE PRÓLOGO LO ESCRIBO en un tranvía de Barcelona
que apenas se mueve y por ese motivo es ideal
para escribir breviarios y novelas y prólogos para breviarios,
y lo que sea. Voy en el sigiloso tranvía que sale
de la plaza Macià y quiero decir que me encantan los
autobuses, pero los detesto si lo que busco es un lugar
donde escribir al tiempo que recorrer la ciudad. Si
necesito, como hoy, escribir y pasear, me subo a este
tranvía que se desliza sin trastorno alguno y permite
que vea desde él una vida diferente.

2
HE AQUÍ UN FRAGMENTO bestia de Ejercicios de estilo,
de Raymond Queneau, aquel libro con 99 formas de
contar una historia que en gran parte pasa en un bus
de París: «Eso ocurría en uno de esos inmundos autobuses
que se llenan de populacho precisamente a las
horas en que debo dignarme a utilizarlos».
¡Los inmundos autobuses! Ah, creo que ya estamos
entrando en materia. A los autobuses se entra
como en los tranvías y como en los libros: buscando
dónde está lo que nos interesa, buscando qué es lo
mejor que hay ahí para nosotros. Y lo mejor que puede
haber en ellos —en los autobuses— es la belleza.

3
¿LEYÓ USTED Estética en el tranvía, un breve ensayo de
Ortega y Gasset?
Pedir a un español que al entrar en el tranvía renuncie
a dirigir una mirada de especialista sobre las mujeres
que en él van, es demandar lo imposible, nos dice
Ortega, para quien esa mirada es uno de los hábitos
más arraigados y característicos del español medio. Él
mismo toma un día el tranvía que en Madrid va a
Cuatro Caminos, y como no se considera nada no
español, ejercita esa mirada de especialista. Es una
mirada a la que procura desembarazarla de insistencia,
petulancia y tactilidad. Y aun así, le causa gran
sorpresa advertir que no han sido menester tres segundos
para que las ocho o nueve damas que viajan en el
vehículo queden filiadas estéticamente y sobre ellas
recaiga firme sentencia. Esta es muy hermosa; aquélla,
incorrecta; la de más allá, resueltamente fea, etc.,
etc. El lenguaje, nos dice Ortega, no posee términos
suficientes para expresar los matices de ese juicio estético
que en el raudo vuelo de una mirada se cumple
y se dispara.

Así pues, ahora ya no podemos decir que no lo
sepamos. Los profesores de Estética de hoy día deberían
hacer subir a los autobuses a sus alumnos y alumnas
e impartirles allí esa clase teórica en la que se aprende
con rapidez, cada uno desde su punto de vista artístico
tan distinto, a tener un ojo crítico, una mirada
estética fulminante, una visión completa acerca de la
belleza del mundo. Las mujeres, por cierto, saben
filiarlo estéticamente todo con arrasadora superioridad.
Ay, ¡si levantara hoy la cabeza el señor Ortega!

4
PARA POUSA el mejor vehículo para ver pasar el largometraje
de lo cotidiano es el autobús porque el coche
desbarata la visión del conductor. Ni que lo diga. En
los últimos años, cuantas veces probé mirar desde un
coche me quedé turulato, creía estar en el cine, pero
en el cine de Kafka que, como se sabe, iba un día en
coche por Múnich y, según anotó en su diario, llovía.
Le pareció que la perspectiva que tenía desde su ventanilla
del coche era una perspectiva de sótano. Mientras
el conductor pronunciaba nombres de monumentos
invisibles y los neumáticos «zumbaban sobre el asfalto
mojado como el aparato del cinematógrafo», lo más claro
que Kafka pudo ver aquel día desde su posición
en el coche fue «el reflejo de las farolas
tanto en el asfalto como en el río».

5
SEGURO QUE K. también fue lector de reojo. Todos
los lectores de este breviario deberían serlo, deberían
ser lectores de estilo lateral, y así recibirían la estrábica
iracundia del autor, que, como es sabido, desciende
todos los días a los andenes para no volver a ascender
jamás: se deja devorar por unos laberintos subterráneos
que nadie conoce y luego escribe libros donde
los autobuses avanzan soterrados.

6
Y ES BIEN CIERTO que la ventaja del lector que espera
a Godot, el mismo que espera leyendo al bus 24, estriba
en medir el tiempo por párrafos y por páginas mientras
escudriña con el rabillo del ojo el asfalto, no vaya
a ser que se pase de largo la página 24 y llegue el bus
25, donde todos duermen.

7
DONDE TERMINA el viaje hikikomori, alguien da paso
al viaje Pousa con pausas que reposan sobre el poso
de las posadas, visibles por sus pisadas, las pisadas de
tanto paisano casual que un día se quedó a esperar
aquel autobús que no pasaba.

ENRIQUE VILA-MATAS

*Prólogo de Enrique Vila-Matas a Breviario del bus.

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