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Louis Aragon en el pasaje de la Ópera

viernes, octubre 14th, 2016

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El flâneur es ese turista de su propia ciudad que vaga sin rumbo, sin destino ni objetivo concretos, por las calles. Todo empezó en París, donde Baudelaire descubrió esta nueva vocación urbana de callejear por el puro placer de mirar detenidamente la gran capital. Walter Benjamin elevó luego este ejercicio a género literario y Robert Walser escribió su obra cumbre: El paseo. Pero la literatura flâneur es inagotable —como la misma ciudad— y después de Walser hay otras cimas, como El aldeano de París, de Louis Aragon, libro que el poeta dadaísta (y luego surrealista) publicó originalmente por entregas en La Revue Européenne y que ahora rescata Errata Naturae.
Aragon vuelve al epicentro del flâneur, París, donde explora cada palmo del pasaje de la Ópera (antes de que el bulevar Haussmann y las Galerías Lafayette acabasen con su encanto de pasadizos y tugurios) y del parque Buttes-Chaumont, que el escritor redescubre durante sus paseos con André Breton.
En su safari sentimental por el pasaje de la Ópera, Aragon se anticipa varias décadas a la Tentativa de agotar un lugar parisino, de Perec, al aplicar su microscopio a cada rincón de estas galerías plagadas de escondrijos de dudosa reputación. Acompañamos al poeta en su viaje por los cafés Petit Grillon y Certâ, las casas de citas, las tiendas, los hotelitos, los teatrillos y pensiones que forman un ecosistema nocturno donde los poetas y las prostitutas cohabitan con “funcionarios jubilados, estafadores, bolsistas, corredores y viajantes de comercio, cantantes, bailarines, dementes precoces, perseguidos, nunca sacerdotes, pero dotados de corazones elegíacos, quincalleros millonarios, conspiradores, políticos corrompidos por los consejos de administración, policías de paisano, camareros en su día libre, periodistas y protestantes, extranjeros, asesinos, empleados del Ministerio de las Colonias, chulos, corredores de apuestas y fantasmas”.
La vida tal cual, que reúne puerta con puerta al proveedor de champán de su alteza real el duque de Orleans con una ortopedia que exhibe sus prótesis de manos en la vitrina o un segundo piso que lanza un lacónico reclamo: “masaje”.