La Voz de Galicia
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¿Sabía usted, sobre todo si es mujer, que los síntomas del infarto son diferentes en hombres y mujeres? ¿Qué respondería al tuit de aquí al lado?

La respuesta se la da Milagros Pedreira, cardióloga del hospital de Santiago de Compostela: «A la mujer le perjudica tener síntomas del infarto diferentes a los del varón (…) Si se tienen en cuenta los porcentajes de riesgo y mortalidad, las mujeres mueren más por infarto de miocardio«.

Les tengo que confesar con vergüenza mi profundo desconocimiento de este tema hasta hace pocos meses, cuando Lorena Añón y Natalia Rivas dos referentes en el Trabajo Social y la Terapia Ocupacional lo comentaron, entre otros ejemplos de discriminación en la investigación médica, en el IX Seminario de Participación y Ciudadanía Inclusiva, en donde casi 90 personas, la mayoría en riesgo de pobreza o exclusión, propusieron medidas contra la desigualdad, sobre todo de género.

Reconocer mi ignorancia con el infarto fue un ínfimo primer paso para comprobar hasta qué punto desde hace muy poco la mujer está empezando a dejar de estar discrimininada en la investigación y práctica de la medicina. Empecé a investigar para escribir este post y mi asombro creció:

Las mujeres padecen mucho más de fibromialgia que los hombres. El 85% de las personas afectadas.

El 58% de las personas alérgicas son mujeres (42% hombres). Es clarificador lo que decía la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC)  en su informe Alergológica 2015: “Aunque no conocemos la causa, las mujeres se sitúan en cabeza de todas las patologías alérgicas por encima de los varones, excepto en alergia a himenópteros (picaduras de abeja y otros insectos)

«Lo mejor, a la hora de tomar una pastilla, es ser varón, blanco, de entre 25 y 40 años y de clase media. Sobre este grupo se hacen las pruebas clínicas y se determina la cantidad y la frecuencia de las dosis» indican Silvia García Dauder y Eulalia Pérez Sedeño en su investigación Las mentiras científicas sobre las mujeres.

Incluso hasta hace poco los procedimientos de detección de ciertas formas de autismo priorizaban a los hombres, y el cambio está suponiendo avances impresionantes.

Optimismo feminista.

En esto estaba yo a finales de agosto cuando encontré la foto y el artículo que abren este artículo. Me saltó el resorte del que les hablaba en ¿Sirve de algo luchar contra la pobreza? y me faltó tiempo para subirlo a las benditas redes sociales.

Para mi alegría este tuit ya se ha difundido miles de veces y muchas personas lo han enriquecido con ideas y propuestas (como esta campaña del Colegio de Medicina de Bizkaia para detectar el infarto de miocardio en mujeres).

Pero el mejor regalo ha sido sin duda el artículo de la periodista y escritora Rosa Montero  Dos veces doloridasLes dejo el enlace. Me emocionó tanto leer lo del «tuit inquietante» y que a miles de personas les puede haber sido útil, que no me resisto a reproducirlo a continuación.

Y sí: esta cuestión, el tuit, este post o el artículo de Rosa Montero hablan de feminismo, de luchar por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.  Lo mismo que decir que no es cierto que se haya reducido la pobreza en España en 2017 cuando la de las mujeres ha aumentado.

Feminismo. Una palabra que produce sarpullidos y agresividad en alguna ruidosa tropa machirula de hombres que se resisten a un cambio imparable. También en este caso. Les recomiendo leer de nuevo ¿Qué hago si están maltratando a mi vecina?

IMPORTANTE:  Me están llegando muchos comentarios por redes sociales de ejemplos de esta discriminación sanitaria. Tanto artículos que la explican como sobre todo casos de mujeres que la padecen o la han padecido. He creado el hashtag #DosVecesDoloridas y os animo a difundirlo para que más mujeres os animéis a contarlo y que no siga estando silenciada esta injusticia.

Gracias por ilusionarme.

Dos veces doloridas

ESTE VERANO, a raíz de un artículo de la revista online Saber Vivir, ha circulado por las redes un tuit inquietante que nos informaba de que las señales de infarto en las mujeres son distintas que en los hombres, y que, según un estudio del doctor Fradejas Sastre, nosotras tardamos de media 237 minutos en llegar a urgencias, mientras que los hombres llegan en 98 minutos. Teniendo en cuenta que casi la mitad de los fallecimientos por infarto agudo de miocardio se producen en las tres o cuatro primeras horas desde el comienzo de los síntomas, este retraso resulta catastrófico: 237 minutos, les ahorro el fácil cálculo, son prácticamente cuatro horas.

Resumiré esas diferencias: dolor agudo en el pecho que se irradia a la espalda, o a los hombros, al cuello o la mandíbula (en el hombre se irradia al brazo); vómitos; a veces el único síntoma es la falta de aire y la dificultad al respirar; sudor frío; ansiedad inexplicable; presión en el pecho y ardores en la parte alta del abdomen. Cuento todo esto porque sin duda es útil, pero de lo que quería hablar en realidad es del sexismo reinante en el mundo de la salud. Y de cómo las mujeres lo tenemos doblemente difícil a la hora de enfermar.

Un investigador en un laboratorio A. TUTTLE / UNIVERSIDAD MCGIL

No sólo el diagnóstico de las dolencias se ha hecho tradicionalmente teniendo como modelo a los varones, sino que la inmensa mayoría de los fármacos se han desarrollado para ellos. Este sesgo machista puede alcanzar cotas asombrosas: en uno de los trabajos sobre la influencia del alcohol en la llamada viagra femenina se experimentó con 25 sujetos, 23 varones y 2 mujeres, aunque se trataba de una píldora que sólo usarían ellas.

Numerosas investigaciones demuestran que en la atención médica primaria, ante los mismos síntomas, a las mujeres se les recetan más ansiolíticos o antidepresivos y a los hombres más pruebas diagnósticas. O lo que es lo mismo: a ellos los creen y a nosotras se nos considera unas neuróticas. Según un informe de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria, el tiempo de espera de las mujeres para acceder a una visita diagnóstica con un especialista es un 13,6% más largo que el de los hombres.

Pero lo que más me sobrecoge es la diferencia en el tratamiento del dolor. Empezando porque los analgésicos se han experimentado casi exclusivamente con ratones machos, como dice el investigador canadiense Jeffrey Mogil en un reportaje de Fermín Grodira en Público. Durante años se ha creído que el dolor se transmitía a través de la microglía, células inmunes del sistema nervioso, y los fármacos se han desarrollado partiendo de ahí. Pero Mogil ha demostrado que la microglía sólo funciona en los machos. Los ratones hembras transmiten el dolor a través de otro tipo de células, como los linfocitos T (pobres ratones, dicho sea de paso: no puedo evitar ese pensamiento).

Además de la menor efectividad de las medicinas, a las mujeres nos dan menos calmantes. Según un estudio estadounidense, los pacientes masculinos sometidos a una operación cardiaca recibieron más analgesia que las pacientes femeninas. Otro trabajo realizado sobre 1.300 enfermos con cáncer demostró que las mujeres tenían un 50% más de posibilidades de ser inframedicadas contra el dolor. Un sesgo sexista que también se da en la infancia: una investigación sobre el dolor posoperatorio en menores reveló que los niños recibían más codeína, un potente analgésico opiáceo, mientras que a las niñas se les daba más paracetamol, que no tiene efecto antiinflamatorio y es de una eficacia muy limitada. Resulta espeluznante.

Sin duda habrá doctoras y enfermeras que participen de esa mirada manchada, porque el sexismo es una ideología en la que nos educan a todos. Aun así, parece que hay cierta diferencia. Según una investigación norteamericana, los médicos dan más calmantes a los pacientes masculinos y blancos y las médicas dan mayores dosis a mujeres y negros. Todos sabemos, en fin, que el color de piel y el nivel social discriminan; pero me temo que prejuicios milenarios hacen que no tengamos tan claras unas desigualdades de sexo como éstas que pueden conducir al maltrato sanitario, a un mayor sufrimiento o incluso a la muerte.

@BrunaHusky