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Un soplo de frescor pop con Aerolíneas Federales

Escrito por Javier Becerra
16 de enero de 2016 a las 12:55h

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No hubo sorpresa. Estas tuvo lugar hace tres años cuando la mítica banda viguesa volvió a dejarse querer en los escenarios. Entonces demostraron que su pop divertido, espontáneo y directo no había perdido nada de su impacto con el paso de las hojas del calendario y el olvido de sus propios integrantes. Ayer todo eso se repitió. La chispa. El descaro. Las melodías irresistibles. Y la diversión.

Quizá haya sido esta la actuación de toda la historia de Los conciertos de Retroalimentación con una media de edad más alta. Da gusto ver a “gente formal” desmelenarse durante una hora y pico, sacar la camisa por fuera del pantalón y cantar hasta lastimar la garganta. Ayer unas doscientas personas lo hicieron con Soy una punk, Vacaciones, Mi vídeo no tiene mando a distancia, Quiero rock and roll y todos los clásicos de Aerolíneas Federales.

Muchas gracias al grupo, la sala y muy especialmente a todos los asistentes que convirtieron el Playa Club en una gran fiesta. Próxima parada: Musel + Mano de Obra, 13 de febrero en Nave 1839

Aerolíneas Federales: «Rosa y Coral cantan como podrían cantar en su casa»

Escrito por Javier Becerra
15 de enero de 2016 a las 11:59h

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Volvieron en el 2012 de una manera totalmente imprevisible y se quedaron. Aerolíneas Federales, la facción más pop y desenfadada del Vigo de los ochenta, siguen repartiendo alegría y fiesta en los escenarios con un repertorio irresistible. Esta noche (Playa Club, 23.00 horas, 10 euros anticipad y 13 en taquilla) se suman a Los conciertos de Retroalimentación con su veteranía a cuestas y la garantía de que su fórmula continúa funcionando a la perfección. Silvino D. Carreras se encarga de contestar la entrevista

-Aunque todos tenemos la imagen de Aerolíneas Federales como un grupo fresco y pop, lo cierto es que arrancaron en Vigo en formato trío, con una caja de ritmos y un tanto oscuros.

-Sí, en aquella época en Vigo era relativamente corriente. Nosotros empezamos así, Golpes Bajos también y algún grupo más.

-¿Era Vigo una ciudad muy after-punk?

-Sí, nosotros estábamos muy influenciados por grupos como Joy División. Flechi, el otro integrante que se fue cuando entró Rosa y Coral, era súper fan.

-¿Y cómo descubrían a Joy División unos chavales de Vigo en 1981?

-Había una tienda, Elepé, de toda la vida. El chico que trabajaba allí estaba muy al tanto de las novedades. Teníamos mucha accesibilidad a todo lo que salía.

-La entrada de las chicas en el grupo supone un punto de ruptura. ¿Entró con ellas la luz y el pop?

-Sí, fue un cambio muy grande. Fue de forma casual. Nosotros no teníamos un local fijo de ensayo. Un día íbamos en casa de un amigo y otros en un bar, sin mucha regularidad. Una de las veces que habíamos quedado para ensayar llegué tarde y Rosa, que era mi novia en ese momento, y Coral, que era la novia de Luis, estaban con Miguel. Para hacer tiempo, medio de coña, medio en serio, él propuso que se pudieran a cantar. Cuando yo llegué ya me dijeron que se quedaban en el grupo [risas]. Fue improvisado. Además, como nos gustaban los Rezillos, lo vimos muy claro.

poster-15-Esos coros son la gran seña de identidad de Aerolíneas Federales. No son iguales a los de los demás grupos, son muy particulares.

-Siempre fuimos un grupo muy poco profesional. Nosotros tocábamos, pero ellas eran completamente ajenas. Rosa y Coral cantan como podrían cantar en su casa [risas]. Ni siquiera ahora tienen la consciencia de ser músicos. Coral tiene su propia personalidad y Rosa también. Pero yo creo que cuando más fuerza tienen es cuando ambas cantan juntas. A mí me gusta la onda de Miguel Cantando y ellas haciendo coros.

-Sus discos son una colección de pelotazos. No hay baladas y casi no hay medios tiempos. ¿Consistía en ir a cañón?

-Baladas no teníamos ninguna. Tenemos algún medio tiempo, pero sí, todas las canciones son muy rápidas. En el fondo, está el origen nuestro, que es el punk y el after-punk.

-¿Era un principio en plan «no vamos a hacer baladas» o «no vamos a hacer solos de guitarra»?

-Por supuesto que nosotros nos negábamos a ello. No estaba dentro de nuestros gusto.

-Esos pelotazos transmitían mucha espontaneidad.

-Cuando empezamos a tocar era un grupo muy anárquico. No teníamos planes ni visión de futuro. Nos divertíamos, nos reuníamos y disfrutábamos de esa identidad que te da la música. Luego, a medida que el grupo se fue consolidando y entraron las chicas, lo canalizamos un poco, pero siempre trabajando desde la espontaneidad. No trabajábamos los arreglos. El nuevo disco, sin embargo, está muy arreglado.

-Tuvieron un éxito temprano.

-No te creas. De la escena de Vigo fuimos de los últimos en grabar y, junto a Siniestro Total, somos los más antiguos. Habíamos empezado antes de Golpes Bajos o Semen Up, por ejemplo. Grabamos en el 86, cuando Siniestro tenían tres discos y Golpes Bajos estaban a punto de separarse. Aún tardamos en explotar.

-Pero el disco tuvo éxito inmediato. ¿Qué supuso tras cinco año picando piedra sonar en las radios?

-Estábamos en el momento de los sellos independientes. Nosotros en las radiofórmulas entramos al final, no en los dos primeros discos. Tocamos mucho y tuvimos cierto éxito, pero no éramos un grupo de Los 40 principales, para que nos entendamos.

-Blondie, Ramones, Rezillos… eran sus referencias.

-Sí, Grupo Sportivo, Undertones, Buzzcocks, todos esos nos tocaban muy directamente.

-¿Y el rollo setentero de la Tamla Motown?

-Sí, claro. Pero date cuenta que en ese momento lo más fuerte eran los grupos post-punk ingleses.

-¿Visto en perspectiva la Movida Viguesa se ha mitificado o era para tanto?

-No sé si estamos pensando los dos en lo mismo. En Vigo entre el 81, 82 y 83 había un grupo de gente que tocábamos en grupos, un par de periodistas y otros que tenían bares, un circuito bastante pequeño. Eso no era la Movida. La Movida llegó mucho más tarde, cuando todo eclosionó. Hubo un cambio muy fuerte en la ciudad. Es verdad que Vigo vivió una explosión muy grande. Cuando nosotros empezamos no había locales de conciertos. Nos buscábamos los conciertos en colegios. A partir del primer disco de Siniestro Total todo empezó a cambiar.

-Siempre existe el mito de Vigo como la ciudad gris e industrial. ¿Su música podría ser una reacción?

-Sí, puede ser. Nosotros queríamos quitarnos de encima ese momento tan oscuro y gris que estaba pasando la ciudad. Nos cogió muy jóvenes, en un momento social y político de transformación y cambio. Tú percibías que había muchísima libertad. Eso también se transmitía en nuestra forma de vivir y componer. Había una parte de la ciudad que no nos gustaba, pero también queríamos resaltar esa otra parte, que era divertida.

-Y las la separación, surgió lo de Perú. ¿No fue un shock descubrir la devoción que había por Aerolíneas Federales allí?

-Bueno, el chico que impulsó nuestro concierto allí vivía en Lima y tenía mucha conexión con lo que pasaba en España. Durante dos o tres años nos llamaba insistiendo para fuésemos a tocar allí. Durante ese tiempo publicó un disco de homenaje al grupo con bandas sudamericanas y españolas. Cuando lo publicó vimos que la cosa iba en serio. Al principio, lo veías como un pesado, que no nos dejaba en paz [risas]. Pero cuando hablamos con él por Skype, nos convenció y nos metimos en un avión para ir a tocar. Fue una experiencia genial. Llevábamos doce años sin tocar y, de pronto, nos veíamos allí con un público enfervorecido que bailaba pogo. Era impresionante. A la vuelta nos surgió de publicar algunas canciones de Xabarín con Elefant.

-Dijeron que una de las cosas que mantuvo a Aerolíneas en la memoria fue la publicación en los noventa del disco de Xabarín Club y la inclusión de “Soy una punk” en el karaoke del Singstar.

-Sí, el grupo se fue manteniendo por eso. El karaoke ese y el disco fueron muy famosos. Luego, había unos grupos de Madrid que nos seguían. Bandas como L-Kan, gente de Elefant Records que nos hicieron un concierto homenaje. Fueron cosas que mantuvieron al grupo más o menos vivos.

-Hay mucha gente que les consideran como precursores de esa facción más exageradamente pop del indie nacional de finales de los noventa. ¿Lo ven así?

-Bueno, esos grupos que les llaman tonti-pop, como Meteosat o Los Fresones Rebeldes, en teoría están ligados a nosotros. Esas cosas nosotros las vemos bien, incluso somos fans de ellos. Tú tocas una cosa durante un tiempo y luego aparecen otros que siguen un camino parecido con su personalidad. Lo vemos muy bien.

-¿Había miedo a volver con nuevo disco?

-La verdad es que no. Nos apetecía actualizar el grupo con canciones nuevas y lo cogimos con bastante entusiasmo. Lo que pasa es que ahora nos ha costado mucho. Es un disco casi autoeditado. Nos costó más grabar este disco que los otros seis juntos. Organizar ensayos, grabar,… un lío.

-Tiene un sonido mucho más pulcro que el que todos tenemos todos asociado a Aerolíneas Federales. ¿Era esa la intención?

-Sí, nos apetecía intensificar sobre todo el lado pop. Nos gusta mucho el pop francés. De hecho, hacemos una versión de Serge Gainsbourg. Esa es la razón por la que tiene más arreglos y todo está más cuidado.

-Dijo una vez que veía esta etapa como un epílogo. ¿Son estas las últimas páginas?

-A ver, nuestra idea es «Este es nuestro último año». Vivimos el presente. No tenemos planes de pervivir ni los hacemos a más de un año vista. Ahora queremos promocionar el disco y tocar todo lo que podamos. Nosotros tenemos otros trabajos y no vivimos del grupo. Eso por un lado está bien, porque nos da muchísima libertad, pero no hacemos planes ni a medio plazo.

-Siguen contagiando alegría en sus conciertos. ¿Alguna vez salieron al escenario y se encontraron a la gente parada?

-[Risas] No recuerdo. No te puedo decir que no ha pasado nunca, a lo mejor tuvimos algún desecuentro. Pero en general el ambiente es bueno. Es una cuestión de actitud.

-¿Pierden mucho los papeles los antiguos fans?

-Donde los perdían totalmente fue en Perú. Estaban bailando pogos como locos y alucinabas. Aquí el público es bastante diferente a cuando éramos más jóvenes. En general, es todo mucho más tranquilo.

Lo que «Blackstar» dice después de la muerte de David Bowie

Escrito por Javier Becerra
13 de enero de 2016 a las 14:17h

bowie blackstar

Todo lo escrito sobre Blackstar antes de la mañana del 11 de enero, momento en el que se confirmó la muerte de David Bowie, debería ser quemado. Borrado. Eliminado. Hecho trizas. Este artículo también, por supuesto. Nadie pudo aproximarse ni si quiera a lo que latía de verdad en sus siete canciones: un corazón maltrecho coordinando el sístole-diástole pocas semanas antes de dejarlo de hacer para siempre. Con plena conciencia. El cáncer ya había puesto su fecha. Los ataques al corazón incluso la podían adelantar. En lugar de retirarse, descansar y emprender la cuenta atrás alejado de todo, Bowie optó por musicar su final, por calcular el momento exacto de su desaparición y hacerlo coincidir con su última obra: el -ahora sí- escalofriante Blackstar.

Conviene detenerse en el formato original en estos tiempos de Spotify. No se trata de apelar a las buenas costumbres del melómano burgués. No, esta vez resulta NECESARIO. Es parte de la experiencia que propuso el autor. La estrella negra prevista y proyectada como un icono de eternidad deja paso, una vez que se abre el digipack, a dos imágenes: un Bowie ultraterreno y el gran cosmos a su lado. Golpe. De fondo, haciéndose ver con el contraste del brillo en el mate palabras unidas como constelaciones que dicen cosas como “I’m a Blackstar” o “How Many Times Does An Angel Fall” o “He Cried Aloud Into The Crowd”. El libreto, en consonancia, juega con todas estas estrellas e imágenes del Bowie de los ojos tapados por un paño con botones. Lo que algunos incluso quisieron ver como un manicomio, como otra excéntrica teatralización más del artista jugando «artísticamente» con la locura. No, en Lazarus -vídeo u canción- estaba interpretando su propia muerte.

Verlo (el clip) y escucharla (la canción), el lunes o ahora, suponía/supone entregarse al escalofrío, a la conmoción y a una especie de vacío íntimo que te deja aturdido, un poco fuera del mundo real. Cabe imaginar lo que tuvo que ser Closer de Joy Division en su momento para quienes los seguían. Y, de hecho, se encuentran en esa primera línea de bajo conexiones con las atmósferas fúnebres de la banda de Ian Curtis. También con las guitarras industriales, la interpretación «más allá de este mundo» y hasta con el toque jazz (si a Joy Division le gustase el jazz sin duda sería similar). Es música «así» de real, «así» de auténtica, «así» de vitalmente mortecina. Cuando llegan las espirales de saxo final y estas inducen al mareo, todo se volatiliza hasta desaparecer. Lo vemos ahora, claro. Era tan obvio…que nadie lo pudo ver.

Todos los plumillas musicales nos entretuvimos en buscar influencias, en valorar el papel de este disco dentro del rock actual, en debatir si miraba al pasado o al futuro. Como si eso importase, vaya. Banalidades. Nos olvidamos -otra vez- de que la música sirve para expresar emociones que no siempre responden a una fórmula matemática o a un esquema historico-artístico. Bowie entregaba aquí una obra definitiva, que trascendía a todo ello. Lo pensamos ahora. Nos rendimos a su enormidad. Y lo entendemos todo, respirando profundamente. Los climas opresivos, las voces fantasmagóricas, la electrónica conectando y desconectándose, los coros dando un eco muy determinado, el tono siniestro que lo preside todo, una nocturnidad que nada tiene que ver con lo que habitualmente se adjetiva como nocturno… y esas letras que repartían versos-testamento continuamente.

Van unos ejemplos: « Algo sucedió el día que él murió / el espíritu se elevó un metro y se hizo a un lado / alguien más tomó su lugar, y valientemente exclamó / “Soy una estrella negra, soy una estrella negra”» (Blackstar). « Mira aquí arriba, estoy en el Cielo / Tengo cicatrices que no pueden ser vistas / Tengo drama, no puedo ser hurtado / Todos me conocen ahora» (Lazarus).« Días interesados, sexo de supervivencia / Honor que estira colas hasta cuellos / Estoy cayendo / No es nada para mí / No es nada digno de ver» (Dollar Days). «Veo más y siento menos / Digo no pero queriendo decir sí / Esto es todo lo que siempre quise / Ese es el mensaje que envié» ( I Can’t Give Everything Away). ¿Hace falta seguir? ¿Verdad que no? ¿Verdad que ahora todo tiene sentido?

Si has llegado hasta aquí, si has escuchado el álbum después de la defunción, habrás experimentado la congoja y la admiración. Seguramente, haya sido difícil encontrar la palabra adecuada. Y lo más probable es que, al ser fan, te hayas sentido totalmente incomprendido cuando en el trabajo quisiste expresar esa tristeza atenuada con la emoción de la revelación que te embargaba. Cuando viste a toda esa gente cantando Starman en Brixton, sonreíste. Luego, volviste a escuchar Blackstar conmoviéndote con la música, la vida y la muerte. Todo gracias a un grande que lo fue hasta el aliento final.

Michael Jackson bate récords desde el más allá con “Thriller”

Escrito por Javier Becerra
31 de diciembre de 2015 a las 9:36h

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Ni The Beatles, ni Elvis Presley, ni U2. Tampoco ahora la superventas Adele. Nadie en la historia de la música pop había vendido 100 millones de copias de un trabajo. Todo hasta que la semana pasada la Asociación de la Industria de la Grabación de Estados Unidos (RIAA), El Patrimonio de Michael Jackson, Epic Records y Legacy Recordings daban el anuncio: el histórico Thriller de Michael Jackson había rebasado esa cifra. Se trata de una nueva línea en el currículo de un artista estratosférico, que continúa sumando honores tras su muerte en 2009. Una vez más, se certifica la grandeza global del Rey del Pop. Y se invita a disfrutar de su obra más conocida.

Sí, porque tal y como rezaba la nota de prensa de Sony que anunciaba el logro, no existe ningún lugar del mundo civilizado en el que no se haya escuchado Thriller. El trabajo editado en 1982 convirtió a Michael Jackson en la mayor estrella de la música popular, redefiniendo la música negra, revolucionando por completo el mundo del videoclip y ampliando hasta el infinito al pop como la expresión cultural definitiva del siglo XX. No solo supuso una explosión de dólares, al lograr el número uno de ventas en prácticamente todo el mundo, también dejó algunas de las mejores canciones de la historia.

Canciones, se hace necesaria la precisión. Porque, en conjunto, Thriller no supone el mejor disco de Michael Jackson. Su predecesor, Off The Wall (1979), resulta mucho más sólido. Su continuador, Bad (1987), más atrevido artísticamente y efectivo como bloque. En Thriller flojean algunos temas azucarados, como The Girl Is Mine con Paul McCartney o la balada The Lady In My Life. E incita más a la escucha selectiva. Ahí desde luego arrasa.

Empezando desde el principio. Wanna Be Startin’ Somethin’ inaugura el disco viajando a África. De allí se trae las guitarras puntillistas, la llamada-respuesta en los coros y una percusión alambicada. Todo ello pasa por la trituradora funk y la garganta de goma de Jackson, que se estira y encoge en su frenético ritmo. Una voz que optará por el drama de la homónima Thriller, otra pieza magistral más allá de los géneros que se hizo inmortal de la mano de un videoclip que marcó un antes y un después. En España se emitió en la Nochevieja de 1983, creando uno de esos hitos generacionales que jamás se olvidarán. Todo el mundo sabe en donde estaba ese día antes de quedar boquiabierto con lo que escupía la televisión.

Otro de los hitos de Thriller se encuentra Beat It, colisión entre la música negra y el hard-rock blanco con Eddie Van Halen a la guitarra, creando un zafarrancho genial. Pero, si se trata de buscar una canción ante la que rendir para toda la vida, hay que ir a la cara b del álbum. La abre Billie Jean y reclama para sí un lenguaje cargado de hipérboles y pirotecnica. En la colección de ensayos sobre el artista Jacksonismo, Michael Jackson como síntoma, Mark Fisher habla de ella en estos términos: «No es solo uno de los mejores singles que se hayan grabado, es una de las más grandes obras de arte del siglo XX, una escultura sonora con múltiples niveles cuyos aires de pantera sintética y furtiva todavía revelan detalles novedosos treinta años después».

Solo hay que volver a escucharla para acreditar todas y cada una de las palabras. También para volver a fijarse en su sonido total: una percusión que late como un corazón encendido, una línea de bajo que camina, una fastuosa sección de vientos que envuelve la pieza en puro misterio y una guitarra de funk rugoso que contrae el músculo intermitentemente. A los mandos se encontraba Quincy Jones, No son pocos lo que consideran que a él pertenece la verdadera grandeza de Thriller. Aunque eso es otra historia.

Lemmy, un cabezón del rock n’ roll

Escrito por Javier Becerra
30 de diciembre de 2015 a las 10:53h

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Sí, Lemmy Kilmister era como Chuck Berry o Johnny Ramone: uno de esos cabezones con una idea invariable de lo que debía ser su rock, ajena a modas, tendencias o el simple devenir del tiempo. Tanto daba que lo llamasen vejestorio, involucionista o carca. El mundo se equivocaba, no él. Lo tenía clarísimo. Había encontrado a finales de los setenta con Motörhead una aleación de rock, heavy y punk de la que no se iba a bajar nunca. Durante todo ese tiempo en las revistas el rock murió sepultado por la electrónica, renació mirando al pasado y volvió a morir para encontrarse en el estado actual indefinido. A Lemmy, outsider total, le importaba un pito la crítica. Obstinado, con su bajo saturado y su vozarrón temerario, hizo exactamente lo mismo durante cuarenta años. Cuando la muerte le sorprendió el pasado lunes, tenía pensado prolongar el mismo plan.

Triunfó en la bisagra de los setenta y ochenta, se convirtió en una vieja gloria en los noventa y disfrutó de una inusitada popularidad entrado ya en el siglo XXI. Incluso doblegó al voluble público indie, que lo acogió en el 2006 en ese Primavera Sound en el que jamás tocarían Barón Rojo o Iron Maiden. Fliparon. «¡Somos Motörhead y esto es rock n’ roll!», dijo. ¡Traca! Lo cierto es que ese torbellino sonoro, del que mamaron Metallica o Slayer, no conocía rival sobre un escenario. Y, como Chuck Berry o los Ramones, en lo suyo alcanzaba la perfección cuadriculada. Todo por no ceder, como buen cabezón del rock n’ roll. Hasta el final.

Aerolíneas Federales, en Los conciertos de Retroalimentación

Escrito por Javier Becerra
29 de diciembre de 2015 a las 13:57h

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Pues sí, el mes de enero en Los conciertos de Retroalimentación tendrá una visita ilustre. Los vigueses Aerolíneas Federales, esa erupción de punk-pop surgida en los años ochenta con melodías, desparpajo y muchas ganas de divertirte, pasará por el ciclo. Será el 15 de enero en la sala Playa Club de A Coruña (23 horas, entradas 10 euros anticipada y 13 en taquilla), el mismo espacio en el que hace uno demostraron que sus conciertos son una auténtica fiesta.

Esta actuación servirá para presentar @AFF#715, su último disco recién editado. Sus canciones se sumarán a No me beses en los labios, Soy una punk o Vacaciones, himnos eternos de la movida viguesa. Como podéis deducir estamos encantados de contar con unos históricos como ellos y esperamos veros a todos por allí. Recordar también que el 13 de febrero tenemos a Mano de Obra + Musel en Nave 1839.

Los mejores discos internacionales de 2015

Escrito por Javier Becerra
28 de diciembre de 2015 a las 10:18h

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Diez álbumes para perderse en ellos. Diez trabajos editados en el 2015 que acreditan que la buena música sigue ahí, entre la marabunta. Diez discos que han merecido la pena ser escuchados y que, ahora haciendo balance, reclaman su derecho a la reescucha. No se fíen de que Beach House no aparezca en casi ningún lado. Tampoco del ¿olvido? del otrora laureado Bill Fay. Y no piensen que traer aquí a Gwenno o Ryley Walker se queda en una simple una concesión a la diferencia sin dos grandes discos que sustenten la elección. Refrendemos el aplauso unánime de la crítica a Kendrick Lamar o Sufjan Stevens que se han salido del mapa. Recordemos (porque seguro que alguien lo había olvidado ya al ritmo que va todo) que Sleater Kinney y Blur abrieron el año recordando quien fueron y quien siguen siendo. Y que, vaya, Low y Dominique A continúan en su línea previsible de siempre: la de solo editar calidad. Esto es lo mejor del año para Retroalimentación

1. BEACH HOUSE “Depression Cherry” (Bella Union). Victoria Legrand y Alex Scally lo han vuelto a hacer. Han entregado otra maravilla de dream-pop especialmente diseñada para aquellos que en su día deliraron con Broadcast. Esparciendo un poco más las melodías, doblando el componente atmosférico y dejando canciones vaporosas como Beyond Love, Levitation, Space Song o 10.37, el dúo de Baltimore lo ha vuelto a hacer: poner la emoción del oyente en suspensión con un disco que incita a cerrar los ojos, volar y disfrutar con el viaje. No pocos se han sentido decepcionados con él. Les invito desde aquí a que lo intenten varias veces, mientras deslizan la yema de sus dedos por el terciopelo de su portada. Merece la pena

2. SUFJAN STEVENS “Carry & Lowel” (Asthmatic Kitty Records). La muerte de su madre en 2012 y todas las cosas que no funcionario en su relación con ella, sirvieron de argumento para el nuevo trabajo de Sufjan Stevens. Se trata de un disco acústico y cargado de sutilezas, que parece creer evocar una suerte de comunicación espiritual con todo su envoltorio ambiental de voces dobladas y ruidos de fondo. En él surgen recuerdos infantiles, sombras de esa caricia familiar que no llegó a sentir del todo y un deseo de retomar el diálogo ahora, justo ahora que ya imposible. Cantado con una fragilidad desarmante y tocado con una finura exquisita, consigue conmover y dejar con ganas de volverlo a escuchar mil y una vez.

3. SLEATER KINNEY “No Cities to Love” (Sub Pop). Hay retornos y hay retornos. El de Sleater Kinney, que volvieron diez años después de The Woods, es de los que invitan a pensar que el lapso de tiempo en realidad no existió. Con la misma fuerza, con el mismo poderío, Corin Tucker, Janet Weiss y Carrie Brownstein suman y siguen en una discografía ejemplar con canciones-emblema como A New Wave, interesantes desvíos a la síncopa post-punk como Fangless o mazazos a piñón fijo como Fade. Un gran trabajo, de esos que piden máximo volumen para ser escuchados en toda su intensidad

4. KENDRICK LAMAR “To Pimp a Butterfly” (Interscope). Para buena parte de la crítica este es el disco del año y, desde luego, en el ámbito de la música negra no admite rival. No parece una exageración. El tercer trabajo de Kendrik Lamar lo tiene todo: canciones de pegada inmediata (King Kunta, con otros arreglos, podría ser hasta un tema de Bruno Mars), temas de tercera y cuarta escucha, sabio reciclaje de del jazz, el funky y el rap, cuerpo de álbum mayúsculo que radiografía la situación de una comunidad negra abocada (aún) el racismo y solidez en todos sus cortes.

5. GWENNO “Y Dydd Olaf” (Heavenly). Sorpresa mayúscula. Gwenno Saunders, la rubia de The Pippetes, debutó este año en solitario con un disco maravilloso que poco o nada tiene que ver con el pop en techinicolor de aquel. Cantado en galés e inspirada en una novela ciencia ficción escrita en 1976 por Owain Owain, en ese álbum la artista se sumerge en el retrofuturismo, el kraut-rock y la psicodelia. El resultado ha enamorado a los fans de Stereolab y Broadcast, ha encantado a los curiosos que se han acercado a él y, más allá de filias estéticas, convence por la calidad de su contenido.

6. DOMINIQUE A “Eléor”(Cinq7-Wagram-Popstock!). Quizá por entregar gran disco tras gran disco en una trayectoria excelsa, los lanzamientos de Dominique A ya no provoquen tanto entusiasmo como en el pasado. Pero en cada uno de ellos existe verdadera magia. En ese sentido, Eléor suma y sigue en su vertiente más serena con los singles precisos de un mundo perfecto (Central Otago, Par le Canada), canciones diminutas que se hacen enormes orquestadas (Au revoir mon amour, L’Océan) y una maravilla escondida al final (la homónima Eléor y su frágil melodía) que certifica que seguir al francés años y años. No falla.

7. LOW “Ones and Sixes” (Sub Pop). Siempre están ahí. Cuando se lanza al lamento de que el rock actual es incapaz de ofrecer recambios de envergadura a lo que en su día fueron Pixies, Sonic Youth o My Bloody Valentine, aparece su nombre. Lo lleva haciendo ya dos décadas , con grandes discos servidos con saludable regularidad. Y en este 2015 llega otro más. Con cierta conexión sintética con Drums and Guns (2007) pero mucho más accesible que aquel, Ones and sixes revisa el libro de estilo del grupo -encogimiento, dulzura, pasajes rugosos, tubulencias, melodías saliendo a flote-, conformando otro capítulo para uno de los libros más importantes de la música contemporánea.

8. RYLEY WALKER “Primrose Green” (Dead Oceans). Sus conciertos en Galicia (él solo, sin banda) fueron de una intensidad tal, que resultaba obligatorio hacer visita a su discografía. Ahí aparecía este soberbio segundo disco, preñado de folk, jazz y psicodelia, armado con canciones impresionantes y dueño de una interpretación magistral. Andan por ahí los espíritus de Bert Jansch, Richard Thompson, Tim Buckley o Nick Drake, héroes de la música británica que han fascinado a este talentoso músico de Chicago que promete dar muchas más alegrías. Por ahora, un deseo: poderlo ver con banda en Galicia.

9. BILL FAY “Who is the Sender?” (Dead Oceans). Tras la resurrección de Life Is People (2013), tras 40 años en el olvido, Bill Fay ofrece la siguiente entrega de su segunda vida, rebajando el tono y ahondando en el verso. Él dice que se trata de otro modo de góspel. Y lo cierto es que entre su cantar cansado, ese piano que lo acompaña sin molestar y los arreglos orquestales de fondo surge una voz espiritual que que pregunta cuál es el camino correcto en medio de la desesperanza. Lo dice todo de un modo tan conmovedor que, en medio de la escucha, si alguien sugiere llevarlo a lo más alto de los discos del año difícilmente encuentre oposición.

10. BLUR “The Magic Whip” (Parlophone). Con su retorno a los escenarios Blur dejaron claro que un mundo con ellos era mejor que sin ellos. Quedaban dudas sobre su paso por el estudio, resueltas satisfactoriamente con este The Magic Whip. Siendo 100% Blur, pero descartando fingir que todavía estamos en los noventa, este disco navega entre los aromas de soul, toques afro, pinceladas electrónicas y pequeños arreglos orquestales. Todo muy de melómano de cuarentaytantos en el salón de casa. Poco de veinteañero desbocado en el pub. La juventud se esfumó. La nuestra y la suya. Pero, sorpresa, sienta bien.

Los mejores discos nacionales de 2015

Escrito por Javier Becerra
23 de diciembre de 2015 a las 12:57h

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Cuatro personalidades capaces de haber construido un universo propio encabezan la lista de los mejores discos hechos este año. Cuatro maneras de entender la música popular en el 2015 en base a la emoción, la solidez del discurso y, a veces, incluso la sorpresa. Cuatro autores capaces de devolver el optimismo a aquel oyente desencantado con el tiempo musical que nos ha tocado vivir. Y junto a ellos, rabiosos mordiscos del presente, reminiscencias de la quietud noventera y un autor que nos visita desde su planeta musical lejos de todo. Descubran o (re)descubran. Y disfruten.

1. RAFAEL BERRIO “Paradoja” (Warner). Después de 1971 y Diarios, en los que se reveló como una bendita anomalía con aires de crooner y chanson, el músico vasco opta ahora por el rock. Sin muchos rodeos, mira claramente a Lou Reed. Con ese molde ha facturado un torrente expresivo, cuyas letras e interpretación se clavan como pequeñas agujas en el oyente. «Solo cambio y veleidades por un lado / y roña y decadencia en su contrario / quisiera ver y no lo veo otro escanario / otro argumento que el argumento que el argumento por excelencia», canta haciendo quizá la mejor fotografía del presente. Es solo uno de los latigazos de un disco cargado de versos eléctricos y tensión instrumental. Un extraño placer a contracorriente de todo que pide ser escuchado en un club.

2. XOEL LÓPEZ “Paramales” (Esmerarte). Uno de los mayores deslices de la historia de este blog ha sido relegar a Atlántico (2012) a 5º disco nacional del año 2012. No solo era del mejor de aquel año, sino posiblemente el mejor disco de pop en castellano de la década. No se cometerá el mismo error ahora. No resulta tan excelso como aquel, pero tampoco lo intenta. Paramales camina en otra dirección. En esta ocasión el músico coruñés ha jugado con la música, la ha moldeado a su antojo y ha dejado un excitante puzzle sonoro con temas magníficos. Unos emotivos, como Almas del norte. Otros contagiosamente melódicos, como Yo solo quería que me llevaras a bailar. Algunos de belleza deliciosa, como Caracoles. Y también poniendo la experimentación al límite, como A serea e o mariñeiro. Una maravilla

3. EL NIÑO DE ELCHE “Voces del extremo” (Telegrama cultural). Seguramente se trate del disco más atrevido del año en España. Igual que Enrique Morente o La Mala Rodríguez, El Niño de Elche sabe perfectamente de dónde viene, el cante flamenco, sin tener muy claro a dónde va. Prefiere guiarse por el instinto y la sorpresa para avanzar, obteniendo jugosos resultados. Así logra un híbrido de pop, flamenco, kraut rock, esencias arábicas y dub preñado de rabia, política y un algo indefinible que explota en piezas como Canción de corro de niño palestino. Se traduce en piel de gallina, gestos de asombro y reconocimiento ante un artista único.

4. PABLO UND DESTRUKTION “Vigorexia emocional” (Marxophone). Pablo García se casó y se divorció en un mismo año. Las emociones giraron 360 grados, convirtiendo su vida en una montaña rusa. De ahí surgió un tercer disco en el que autor asume, tema a tema, la rápida decadencia de un amor destinado al fracaso. Siempre con esa voz suya -limpia, poderosa, presente- y transitando momentos de zozobra, crepúsculo y desesperación, llega a una dolorosa conclusión: Dulce amor. «No puedo seguir así / quiero vivir solo y acorazado / quiero vivir solo y sin nuestro dulce amor», canta. Solo se puede escuchar en el disco. El artista la ha retirado de sus directos. Confiesa que es demasiado fuerte incluso para él

5. BALA “Human Flesh” (Matapadre). Lo dijimos ya hace meses: Bala molan y molan mucho. Pero desde que lo dijimos la primera vez hasta ahora, ya con su disco de debut en la calle, Anxela y Violeta han crecido mucho. Sus directos queman y arañan. Sus canciones poseen la extraña virtud de sonar familiares e impactantes a un tiempo. Y su fórmula semeja estar tocada por la varita mágica que hace que todo mole y que mole mucho. Este es un disco para escuchar con el volumen al máximo, mientras vuelvan los fantasmas de Black Sabbath y Nirvana en una fiesta guitarrera.

6. McENROE “Rugen las flores” (Subterfuge).
Merece la pena seguir cada paso de McEnroe como una opción segura. Ellos siguen haciendo poesía de las pequeñas cosas. Continúan tocando lento y sin prisas. Ahí, en ese compartimento en el que hay que ir a por ellos, guardan canciones preciosas sobre los claroscuros de la vida, con ecos de Red House Painters, evocaciones de los llorados Migala y muchos de cosas cosas que nos apasionaban en los noventa. Y que a algunos nos siguen apasionando hoy en día.

7 EMILIO JOSÉ “Agricultura livre” (Fohen). El retorno el músico ourensano tras Chorando apréndese es un triple cedé en el que da rienda suelta a su particular concepción del pop. Con trazos de bossa-nova, arrumacos al hip-hop, desvíos al synth-pop y una constante sensación de puzzle sonoro, Emilio José habla de un Ourense independiente y el rural olvidado, al tiempo que rinde tributo a Kim Kardashian y reparte bofetones a diestro y siniestro, sea el PP, sea Podemos («Non hai ningunha diferencia entre Rajoy, Pablo Iglesias e Beiras / son xefes, sempre mandan»). Todo a lo grande, en una suerte de empacho musical que necesita tiempo para ser digerido del todo.

8 SELVÁTICA “Un mundo extraño” (Discos de Kirliam).
Dos terceras partes de los viguesees Indómitos son Selvática. En cierto modo continúan la empresa. También practican un punk con gusto por melodías no muy obvias y los ambientes retorcidos. Pero ahora, Manu y Paula, le han dado una nueva luz pop que le sienta de maravilla. Quizá sean los efluvios brasileños (ahora viven en Brasil), pero aquí se pretende ir más allá de Parálisis Permanente y The Fall, serpenteando en psicodelia y haciéndole guiños a Blondie.

9. LADY LEÑO “Lady Leño” (Autoedición). Junto a Bala, la gran revelación del año en A Coruña. Enamorados de los Sonic Youth de Death Valley 69, devotos de Parálisis Permanente y contemporáneos a Savages, el ahora cuarteto destaca entre la producción del 2015. Gracias a su torrente de expresividad, su manera de concebir la música como purga y la sensación de vaciado que trasmiten en cada tema. Hace unas semanas los hemos podido ver en directo en Los conciertos de Retroalimentación. Y flipamos

10. GENTE JOVEN “Casa de socorro” (Acuarela)
. Entre los primeros Sr. Chinarro, The Cure, Silvania y Slowdive, Gente Joven se asoman a la superficie del pop español pidiendo: «Enséñame a calcular el algoritmo de la fascinación». En plena convulsión de un panorama indie cuestionado por su ensimismamiento, ellos parecen reivindicar precisamente eso: el mirarse hacia dentro, el hacer poesía de los sentimientos callados y el pinchar en el corazón del 0,1% de la población a poco que se acerque.

Trío de guitarras para el cierre de campaña

Escrito por Javier Becerra
19 de diciembre de 2015 a las 17:04h

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Cuando los políticos cerraban la campaña en Los conciertos de Retroalimentación rugían las guitarras. Ayer lo hicieron las de Lenny Leonard, Muerte Mortal y Selvática. Los primeros de manera disparatada en un concierto que apenas duró un suspiro. Los segundos a golpe de punk-pop atropellado. Y los terceros con la evolución luminosa del torbellino que en su día habían sido Indómitos. La banda creada en Río de Janeiro por Manu y Paula y reformada en Vigo con los tres compinches con los que se plantaron en la Nave 1839 dieron cera, dibujaron melodías tras la electricidad y nos dejaron a todos con ganas de más.

Los conciertos de Retroalimentación seguirán en el 2016. Ya está cerrado el doble cartel de Musel + Mano de Obra para el 13 de febrero. La próxima semana, no obstante, anunciaremos el concierto de enero. Muchas gracias a todos los que acudís y dais sentido con vuestra presencia a todo esto.

Entre la tensión y la destensión, un placer llamado Lady Leño

Escrito por Javier Becerra
12 de diciembre de 2015 a las 11:45h

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Antes de saltar Lady Leño a escena sonaba en Mardi Gras Bad Moon Rising de Sonic Youth. Habían pedido ellos que fuese la banda sonora introductoria. Y provocó ese efecto: el de encontrarse ante algo extraño, pero familiar; algo que hace mucho tiempo que no suena, pero que reconforta volver a escuchar. En las tablas ocurrió algo parecido. Lo que propone Lady Leño -oscuridad, alaridos, guitarras en erupción, catarsis- semeja remitir a otro momento almacenado en la memoria, pero que se torna totalmente actual cuando explota ante tus ojos.

Ayer explotó. El cuarteto coruñés presentó su primer disco con muchos gestos de moción. La mirada agresiva de Bea Argüelles, cantante y bajista. El rostro extasiado de Iago Golpe, guitarrista. La serenidad de Javi Pico, batería. Y el contrapunto misterioso de Sekone a los sintes. Entre todos hicieron del vaivén tensión-destensión un placentero viaje de exorcismos personales y placeres musicales. Un honor para este blog poder haber servido de escaparate para otro gran disco salido de Galicia. Muchhas gracias a la banda, a la sala Mardi Gras y a todos los asistentes que la llenaron una vez más.

Próxima estación: Selvática, Lenny Leonard y Muerte Mortal el 18 de diciembre en Nave 1839