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Entradas para la categoría ‘Crónicas de conciertos’

Explosión contra el frío

Domingo, Marzo 12th, 2017


Leon Benavente
11-3-2017, Sala O Tunel, A Coruña

No ocurrió como en su debut en la ciudad, en la sala Le Club, poniéndolo todo patas arriba nada más arrancar. En esta ocasión, llegado como un grupo de aforos medianos con todas las entradas vendidas de O Túnel, a León Benavente les costó un poco más agitar el público. Empezaron con Tipo D. Señales de alarma, kraut-rock y versos de brocha gorda sobre qué es el mundo actual. Sonaban potentes y nítidos. Agresivos, pero contenidos. Oscuros, aunque luminosos.

El bajista Eduardo Baos daba saltos. Boba entraba dentro de su personaje de maestro de ceremonias. Y tanto Luis Rodríguez como César Verdú armaban el edificio sonoro con total precisión. Pero abajo, no llegaba la sacudida. O más bien, la sacudida no lograba zarandear al público. ¿Sala muy fría? ¿Concierto muy tempranero? ¿Poco volumen? A veces las cosas simplemente no ocurren. No hay que darle más vueltas.

Una hora y pico después la sala estaba entusiasmada. Como si Leon Benavente tirasen de la alfombra que pisaba el público -tirándolos, revolviéndolos, zarandeándolos-, la gente estaba loca gritando las líneas de ser Ser brigada. Boba sudoroso, cantándola entre el público. La banda, en estado de gracia tocándola sobre el escenario con el refuerzo de Charlie Bautista. Y el poder de la formación, que lleva cuatro años siendo ese regalo secreto que va de boca a boca en plan “tienes que verlos, tío”, desplegándose en toda su extensión. The Cure, Lagartija Nick, Nick Cave y Neu! de espectadores de la fiesta. Los cientos de personas que acudieron a la cita afirmando que, sí, que León Benavente merecen mucho la pena.

¿Qué pasó entremedidas? Pues un grupo que fue a más. Que exploró inicialmente su parte más melódica, con pequeños clásicos de su trayectoria como Animo valiente. Pero que explotó cuando apeló al incendio. Piezas rugientes como California, Aun no ha salido el sol o El Rey Ricardo lo propiciaron. Generaron ese punto en el que el espectador se convierte en partícipe, y el concierto no se ve, se siente. Ahí todo fluye. La banda levita. Y la fotografía es perfecta.

En ella se ve un pequeño milagro: una formación que en principio carece de armas previsibles para triunfar, pero que lo ha logrado tomando un camino inesperado. Su invocación a Radio Futura (versión de Han caído los dos en el bis), puede tomarse como una pista. El concierto de ayer, como aval para un futuro a seguir y seguir.

Pensar y sentir la grandeza

Domingo, Junio 12th, 2016

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Silvia Pérez Cruz
Palacio de la Ópera, A Coruña
11-6-2016

No pensar, solo sentir. Lo proponía por adelantado Silvia Pérez Cruz. En algún momento de su actuación de ayer, se podría jurar que lo logró. El primero quizá con Não sei, embarcando al público en la pena de la muerte de su padre, con una soberbia interpretación de esas que traspasan la piel y un final épico. Después, llegaría Ai, ai, ai, apelando a la alegría infantil, a los coros de la gente y la desinhibición. Y, más tarde, Por tu amor me duele el aire, con el recogimiento del desamor y el mareo de sensaciones de la poesía de Lorca. Tres estado de ánimo diferentes y sucesivos. Tres emociones insertadas en la música y guiadas por su voz. Tres maneras de sentir. ¿Sin pensar?

Antes de ello la artista ya había avisado de lo excepcional de la noche. Se trataba probablemente del último concierto que iba a dar con quinteto de cuerda. Un formato que a priori podría sugerir un empaque rígido y solemne pero que pronto demostró que iba a ser todo lo contrario. Cuando el violinista tocaba su instrumento como un ukelele y el contrabajista marcaba la música con aires semi-jazzies quedaba claro que aquello quedaba lejos de esa idea. Las risas, las miradas y los vaibenes, no hicieron sino corroborarlo.

Empezó a lo grande, en gallego, recordado a su abuela con el Miña nai que le cantaba de niña. También apeló a nuestro idioma en el bis, atreviéndose con un Negra sombra supuestamente improvisado. Cosas de ese último capítulo del proyecto que se inició hace ya dos años. Incluso interpretaron, a su manera, un Aleluyah de Leonard Cohen virgen en el escenario. Se devolvía así parte de la tensión perdida en una recta final de concierto, en el que Pérez Cruz apeló al humor, haciendo un batiburrillo de canciones populares en las que cabía desde Amy Winheouse o Beyoncé a El Tractor Amarillo o el Si eu che pego. Cuando la cosa empieza a ser delirante optó por frenar en seco. «¡Hay que saber parar, eh!».

La gente, encantada. La vocalista se ha convertido en un símbolo de un momento político. Antes en sus recitales el punto álgido lo ponía Pequeño vals vienés. Ahora el himno es No hay tanto pan, inspirado en aquellos desahucios que asaltaban los medios de comunicación en los primeros meses de la crisis. Cantado de manera prodigiosa. Con subidas, bajadas, rabia y catarsis ondeó como una bandera. El resultado fue parte del palacio en pie, un aplauso de varios minutos y muchas caras emocionadas. Daban a entender que esa voz hablaba por la de la mayoría de los allí presentes. Faltaba aún concierto. Quedaba Vestida de Nit, ese propurrí de hits ajenos cogidos a vuelapluma y unos coqueteos con la Lambada que parecían indicar que las visitas a la fibra sensible se habían terminado.

No. Aún había sitio para Gallo Rojo, Gallo Negro de Chicho Sánchez Ferlosio, en una versión grandiosa. Cerró un concierto en el que, contraviniéndola, se pensó. Aunque también se sintió. La cabeza decía que nos encontrábamos ante una grande, que la veremos crecer aún más, que será un placer acompañarla en ese camino. Los sentimientos, por su parte, simplemente se entregaron a la música logrando en muchos casos crear un maravilloso eclipse emocional.

NOS Primavera Sound: Decepciones, reinvenciones, escalofríos e ilusión

Sábado, Junio 11th, 2016

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A nadie se le escapa: el viernes 10 era el día grande del NOS Primavera Sound. Un cruce perfecto de historia, presente y ilusión de futuro. Lo primero lo puso Brian Wilson, recuperando el Pet Sounds, casi como haciéndose un tributo a sí mismo. El presente vino de la mano de una clásica contemporánea: Pj Harvey, en su enésima reinvención. Y luego, dos calambres de juventud: demoledor con Savages, deliciosamente suave con Beach House.

Empezó la noche magia con (relativa) decepción. Sí, lo de Brian Wilson resultó muy mediocre. Pero se atenúa entre paréntesis por el cariño. Objetivamente, aquello resultaba difícil aceptar: un mito del pop incapaz de cantar su propia obra y respaldado de una banda a la que le faltaban muchos ensayos y más solidez. Desgranaron el Pet Sounds completo, con un aperitivo y epílogo de grandes éxitos. Con el corazón ganado, completamos en nuestra cabeza lo que faltaba, fundimos lo que andaba disperso, cumplimos con la devoción y hasta terminamos bailando el Surfin’ USA. Gracias por todo Mr. Wilson.

Le siguió en el plan Savages. Había dudas porque en su escenario habían tocado antes Destroyer con mal sonido. En su caso resultó perfecto. Lo que para Savages equivale a demoledor. Hacía tres años que habían asombrado a todos (incluso a sí mismas) en el mismo festival. En esta ocasión llegaron con Adore, menos chorro de ruido y más claroscuros. Pero igual intensidad. Jenny Beth advirtió que le dolía la espalda y no podía bailar. Pero a los 5 minutos se olvidó. Son una de las mejores bandas de rock del momento. Y en directo, te tensan, te obliga a avanzar sitios adelante y te ponen en el éxtasis cuando su música hace escaladas épicas. Un conciertazo.

Para Pj Harvey se concentró la gran mayoría del público. Irrumpió con un set más propio de una banda de world music que una banda de rock. E hizo un calculado resumen de sus dos últimos discos, interpretados con maestría. Más propio de un auditorio que de un gran festival, su actuación obvió el arañazo del pasado, aquel que se veía como una marca de la casa. Incluso el rescate de 50ft queenie, Down By The Water y To Bring You My love resultó atenuado a la sonoridad actual. La última se funcinó perfectamente con River Anacostia. Lirismo a flor de piel, una voz en plenitud de facultades dibujando la pieza y la gente boquiabierta deseando que aquello no terminase jamás.

Beach House también actuaron en el escenario grande. Resulta misterioso como un grupo así ha logrado calar en tanta gente, cuando su música -pop, sí, pero no de ese pop- a priori no parece señalada para el triunfo. Pero ahí estaban sus fans. Un poco extrañados con el arranque de Beyond Love y Wishes. Una batería que se comía todo, unos teclados atmosféricos minimizados y Victoria Legrand con la voz renqueante. Resultó una falsa alarma. En cuanto el técnico dio con la tecla y la vocalista encontró el punto, trenzaron una actuación ma-ra-vi-llo-sa. Dándole nueva vida con la instrumentación, apretando la manilla de los clímax y bañándolo todo con proyecciones oníricas, lo cierto es que su pase tuvo todo lo que un concierto suyo debe tener. Caras de placer en el público, pequeños vaivenes de cabeza y una corriente de luz invisible entre ellos y cada uno de los espectadores. «Os amamos, no perdáis nunca vuestra sensibilidad», decía Victoria al final. Una frase que le rebotamos encantados de la vida.

Foto Pj Harvey: EFE/EPA/JOSE COELHO

Poderío más allá de las baquetas ausentes

Domingo, Mayo 29th, 2016

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Mark Lanegan
A Coruña, Teatro Rosalía de Castro 28-9-2016

Se intuía al ver los intrumentos en el escenario. Y se confirmó pronto. Con las guitarras encendidas e implacables de The Gravedigger’s Song. Clima de tema arrollador. Interpretación en su punto. Sonido perfecto. Y, vaya, la chica de al lado haciendo las percusiones golpeando la palma de su mano contra el muslo. Ahí ise encontraba lo más parecido al torbellino de blues asfixiante que se creaba en la mente de la mayoría. Sobre las tablas, sin embargo, no daba cristalizado. Dos guitarras. Un bajo. Y la voz de Mark Lanegan. Sin batería, incomprensiblemente. Creando un espacio que ojalá se hubiera llenado. Hubiera sido tremendo. De abandonar la butaca y meterse físicamente en la música. Pero no. La canción termina, con esa sensación extraña e incómoda. Se va a repetir, sin duda. Una piedra en el zapato. ¿Nos quedamos con lo que falta o disfrutamos de lo que hay?

Quedaba por delante un recorrido con uno de esos artistas imprescindibles. Solo tienen que menear su repertorio para encontrar un puñado de joyas incontestables. Apenas las ha de vocalizar para que brillen con una intensidad muy especial. Acompañado del multinstrumentista belga Lyeen y el británico Duke Garwood, con quien grabó en el 2013 Black Pudding, Lanegan optó por recorrer una buena parte de su trayectoria con ese formato eléctrico-pero-sin-batería. Las maracas aparecieron como única percusión, ya en los bises con Mescalito. Se trata de una de las piezas de aquel disco, que tuvo una pequeña representación en el set, ya en los bises. Contra lo que pudiera pensarse en principio, la actuación no dejó de ser un greatest-hits de esos que van dosificando los aplausos y suspiros del público.

No importaba. La platea del Rosalía se entregó ciegamente a Lanegan desde que When Your Number Isn’t Up inaugurase su actuación. Más allá de los tópicos que lo rodean – el hieratismo, el malditismo, su incomunicación, su carácter huraño…-, resultó magnífico ver cómo modelaba esos versos de sangre caliente y pasiones congeladas. Cómo empañaba con su garganta las palabras al principio echando arenilla en la sílaba final, generalmente estirada en una mezcla de cantante crooner y blues. Y cómo lo hacía todo con aparente naturalidad y facilidad. Podía haber leído un poemario de Shakespeare, si lo desease. Seguro que la sonoridad de su voz lo haría disfrutable. Pero si, además, lo arropaba un eficaz guitarrista como el que lo acompañó -dando músculo a esa garganta- mejor que mejor.

Desfilaron muchos de sus clásicos. Algunos, como One Way Street o Judgement Time, mejor asentados en el traje sonoro propuesto. Otros como One Hundred Days, apelando a esa percusión imaginaria que la llevase a lo sublime. También hubo paradas en sus versiones. Espléndido en el You Only Live Twice de Nancy Sinatra o en el Deepest Shade de su hermano artístico Greg Dulli. Y, por supuesto, un par de emocionados recordatorios a su etapa de Sreaming Trees. Primero con Where The Twain Shall Meet, entre palmas. Después, ya cerrando el concierto, con Halo Of Ashes.

En ese último viaje en el tiempo, Lanegan se deshizo de dos terceras partes de su traje instrumental. Solo, acompañado de la electricidad de la guitarra, fue ahí: a la fibra. Logró ese algo al que siempre se apela en este tipo de conciertos incompletos en los que falta precisamente eso. Lo que el rosario promocional suple con magias, intimismos, delicadezas, desnudeces, oportunidades únicas y vaya usted a saber. Ahí, con ese dibujo de música encaracolada llevando su garganta, se conjuró eso. Llamémosle emotividad. Llamémosle sacudida de emoción. Llamémosle sonrisa de quien ve su fotografía de los 20 años salir de un cajón por sorpresa. O sea, que esas baquetas que se echaron de menos durante varios tramos del concierto, tampoco eran tan necesarias al final. Un estado emocional perfecto para irse a tomar una cerveza comentando la jugada.

¡No! “Mark firmará discos en cinco minutos en el puesto de merchandising”, advierte su lugartienente antes de que el público abandone. Avalacha. Hoy los discos se venden mayoritariamente ahí, como un recuerdo de una experiencia, no como una experiencia en sí misma. Igual que un póster, una pegatina o un programa de mano. Pero esa es otra historia. Seguramente hoy toque dejar caer la aguja del surco y disfrutar de un Mark que, ojalá, retorne algún día al completo.

La exhalación pop de The Vaccines

Martes, Marzo 15th, 2016

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THE VACCINES
Sala Finisterrae, A Coruña
14-3-2016

Ver al grupo en el momento. Esa secuencia impoluta en el que todo -el sonido, las canciones, el espíritu- encaja. Los fans perfeccionistas adoran coleccionar esas instantáneas en las que se sabe, al contemplarla, que nada volverá a ser igual. Los Sonic Youth del 87, los Stone Roses del 89, los Jesus and Mary Chain del 92, la Pj Harvey del 95, los Radiohead del 2001. Todos sabemos lo que es eso: ¡uauuuuuuuuuuuu!, ¡aaaaaaaaaagh¡, ¡me mueroooooooo! A un grupo como The Vaccines la fotografía perfecta se la tomaron allá por 2011, 2012 como mucho. Con esas canciones redondas como soles, con ese sonido encrespado, con ese espíritu exultantemente juvenil. Algo así no se iba a repetir, lo sabíamos. Como no se repite la adolescencia o la locura de los primeros meses de un noviazgo. Nunca más. Jamás.

Por eso algunos pasos discurrían entre escépticos y pragmáticos rumbo al Hotel Finisterre. «Cosas así no son frecuentes en nuestra ciudad». «Tienen temazos, así que con que las toquen no hay fallo».«¿De verdad que tienes algo mejor que hacer un lunes de marzo como este?». Reencuentros. Caras conocidas. Gente que sigue hablando (y añorándolo) de Brit-Pop veinte años más tarde. También los vecinos estudiantes con sus tupés que dibujan la brecha generacional. Y, por supuesto, eso que ha venido en llamarse hipsterismo. Cerveza. Besos. «¡Hey, tío!». Fleetwood Mac de sonido. Fader. Fuera música. Telón rojo. Aplausos. Bases programadas. Y el jovencísimo Justin Hayward-Young en medio, armado con una guitarra acústica. Mal rollo. Mala señal. ¿Se esfumó el nervio con un instrumento decorativo?

Pero arranca la canción. Es Handsome, de su último disco. Golpea. Emite ondas sísmicas. Sacuden la sala. Detonaciones de afro-pop. Invitación al baile. Y una fuerza melódica ante la que te puedes resistir, sí. Pero sería una soberana estupidez hacerlo. Eso para los que piensan que “entender de música” equivale a estar rígidos en un concierto,frotando la barbilla. Le sigue Teenage Icon, coreada en spanglish por el público. Fuera abrigo. Fuera jersey. Camisa remangada. Otra cerveza ¿No habíamos quedado en que este no era ya el momento de The Vaccines y que su visita había que tomársela como un saldo de provincias? «No moleste, señor. Si no quiere unirse a la fiesta, vaya atrás, con los rígidos».

Dos temas. El cuarteto londinense necesitó apenas esos dos disparos para disipar dudas. No, para nada respondían al tópico del grupo guiri desganado de turisteo por España y racaneando emoción. Tampoco evidenciaban en el escenario el paulatino descenso de calidad de su producción discográfica, desde el sensacional What Did You Expect From The Vaccines? (2011) al flojete English Grafitti (2015), que venían a presentar. Además sonaban bien y desprendían sensación de encontrarse ahí y ahora, dejando huella. Incluso material inferior como el electro-rock Dream Lover o la fragilidad tecno de Minimal Affection funcionaba. ¡Voilá! Fuera prejuicios e ideas preconcebidas. ¡Vamos a disfrutar!

Se disfrutó. Solo un pequeño periplo entre aburrido y épico de la parte central instó a recordar las vibraciones previas. El resto resultó una fiesta. Pero una fiesta de las de dar saltos, dar palmas y dejar un poquito de la garganta. Como debe ser. Igual iba la cosa con 20/20 que con Radio Bikini, queriéndole meter el codo a Vampire Weekend. También, se dejaron llevar vacias veces por la épica a lo The Killers, por ejemplo con Give Me a Sing. Pero donde realmente engancharon fue tirando de esas efervescentes piezas con las que emergieron allá por 2010. Hablamos de Norgaad, de If You Wanna o Wreckin’ Bar que pusieron la sala patas arriba sonando como exaltaciones pop.

Porque esas y el resto de sus compañeras en aquel sensacional disco de debut son las grandes canciones de The Vaccines. Te dicen claramente que si un día el pop británico de guitarras fue maravilloso y no el tedio general actual fue gracias a delicias como esas. Suenan ahora, seis años después, en un momento que puede que no corresponda con “el momento”. Pero, desde luego, sobre el escenario se le parece. Ayer al menos ocurrió así. Sacudiéndonos el cuerpo, incitándonos a levantar el puño y haciéndonos creer por un instante que formábamos parte de una exhalación pop. Una manera perfecta de derribar lo preconcebido y dejarse llevar por la realidad.

El ángel de María Rodés

Domingo, Marzo 13th, 2016

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MARÍA RODÉS
MAC, A Coruña
12 – 3- 2016

María Rodés tiene ángel. Incluso en un concierto como el de ayer, en el que tras la actuación lamentaba los problemas de sonido en el tramo inicial y un inoportuno ataque de tos que sufrió justo al final, dejó a la gente embobada. Sí, totalmente em-bo-ba-da. Su música -frágil y casi susurrante muy al modo indie, pero llena de luz y vibraciones positivas que rara vez se ven en los territorios de la languidez intimista- posee el poder de ablandar al espectador, conquistarlo al instante y tenerlo en la palma de la mano. En la mayoría de los casos algo así -bolo acústico, popurrí regado de versiones, bromas entre tema y tema- derivaría en tedio y dispersión. Pero en el suyo resultó una delicia que nadie quiso que se terminase nunca. Porque, en efecto, ella tiene ángel. Y conquista con él.

Se plantó la cantautora catalana en el ciclo Vello, raro, novo de la productora Sinsal en formato de dúo acústico. La acompañaba la fenomenal guitarrista Isabel Laudenbach. Siempre oportuna, le otorgó unas veces caricias de flamenco y carácter a su sonido. Otras, pinceladas de tensión experimental que multiplicaban el espectro de unas canciones que fueron (mucho) más allá del habitual formato acústico que solo resta sin sumar. Luego estaba ella, claro, jugando con la voz a doble micro. Uno, limpio, narrativo y puro. Otro, de efecto ensoñador y onírico. El tránsito del uno al otro se saldó con palpitaciones, ojos cerrados y muecas de placer. Ummmm!!!

Con ese planteamiento y sin disco reciente, María jugó al grandes éxitos. Pero no tanto de su discografía como de su carrera. Picoteo el delicioso Sueño triángular o María canta copla, otorgando una nueva vida a los temas allí depositados que nada tiene que ver con el habitual extra de vigor o “fuerza”, sino “otra cosa” difícil de explicar. Pero también rescató varias de las piezas del homenaje a Cecilia con el que se presentó en el festival Voces Femeninas. Con Equilibrista, por ejemplo, rompió cualquier idea preconncebida sobre la cantautoria indie. También rindió tributo a Joan Palomares y a Franco Battiato y presentó canciones nuevas de un proyecto muy particular.

Lo contó. En las próximas semanas la artista ofrecerá un concierto en Madrid homenaje a un tío abuelo suyo astrónomo, dentro de un ciclo que relaciona la astronomía y la música, así como la idea de espiritualidad de los artistas. Al parecer, el antepasado de la cantante descubrió en su momento un cráter en la luna. También se encerró en su observatorio en plena Guerra Civil para proteger su material. De ambas peripecias, Rodés canto canciones que rezuman ya un claro deje de la canción española tradicional. Semeja que sus paseos por el cuplé, los tangos o la copa penetrasen bajo su piel creadora.

Igual que ocurre con Los Planetas actuales, la suya resulta una asimilación perfecta y estimulante. Cuando en el tramo final de su actuación, interpretó Miedo, Tres puñales o Pena, penita, pena -requeteconocidas, requetemanoseadas, requeteemblemáticas- alguno vio un círculo cerrado. El presente del pop nacional abrazándose a la tradición, en plena armonía y más allá del experimento de laboratorio. Respaldado con la sonrisa boba que dejan las personas especiales a las que les han tocado con una varita, para que todo lo que hagan irradie magia. María lo logra. Lo logró ayer. Y seguro que lo logrará en el nuevo disco previsto para este año (septiembre, seguramente). Porque ella tiene ángel.

Foto: María Meseguer

(Re)viviendo la era pop

Domingo, Febrero 14th, 2016

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Alex Cooper
La Riviera, Madrid
13 febrero 2016

Hay canciones que trascienden a un tiempo, a una escena y a una coyuntura. Y hay otras que no. Hay canciones que se convierten en universales, que afectan a una inmensa pluralidad de personas y que encapsulan las emociones de estas en ella. Y hay otras que no. Hay canciones que mantienen intacta su pegada melódica, su agitación interior y su arrebato exterior 20 y 30 años después. Y hay otras que no. Las de Los Flechazos pertenecen al primer grupo. Las de muchos otros grupos al segundo.

Eso ya lo sabíamos. Cada vez que las pinchábamos. Cada vez que colgábamos un viejo vídeo del grupo en el Facebook. Cada vez que una de sus letras plagadas de fotografías sesenteras asaltaban la mente sin avisar y se quedaban a vivir ahí una temporada. Incluso conocíamos el poder “huracánico” de algún rescate de Cooper, como ese electrizante Atrapado en el tiempo con el que a veces aderezaba Alex Díez sus conciertos. No quedaba el menor atisbo de duda. Pero ¿un bolo entero con el cancionero de Los Flechazos más allá de la anécdota? Se desconocía el efecto.

Ocurrió ayer. Y ocurrió en una Riviera con entradas agotadas desde hacía semanas. Atmósfera de acontecimiento. Clima de “Aquel curso del 75”. Sensación de estar ante un momento único. Como no podría ser de otro modo, una canción lo cristalizó. “A toda velocidad”, sonando tersa, joven y emocionante, serviría para contestar la pregunta. Con Elena Iglesias, la teclista original de Los Flechazos, al Hammond y Alex cantándola con el mismo convencimiento que en 1992, invocó la magia. Y la espolvoreó por toda la sala. Puño en alto. Orgullo. Placer. Sí, esto sigue molando. Lo sabíamos. Pero ahora lo certificamos.

Fue el concierto de ayer la materialización de un deseo colectivo. Seguramente, habrá mejores actuaciones si el proyecto sigue adelante -que seguirá- este año. Seguramente, habrá ocasiones en las que estemos más apretujamos, más sudorosos y menos pendientes de inmortalizar el momento con el móvil. Seguramente, podremos liberarnos de la sensación de acontecimiento, mezclando recuerdos pasados de diferentes años como un puzzle. Pero anoche, en la Riviera mientras sonaban aquellas maravillosas canciones veíamos como todo se hacía realidad.

Petrificados algunos, tardamos en soltarnos. Como si de repente ponen ante tus ojos a esa mujer preciosa que has visto en revistas tanto tiempo y no supieras qué decirle, mirabas a un lado y a otro. Buscabas guiños en el escenario. Veías como “La reina del muelle” o “Suzette” pasaban ante ti sin poder explotar. Te sentías como el niño pequeño que lo sueltan en una tienda de juguetes, le dicen “Venga, escoge uno” y se queda paralizado. Piernas agarrotadas. Garganta fría. Corazón que aún no sabía muy bien cómo latir. Parálisis. Sonando “Hyde Park” o “Arizona” de Cooper casi resultaba más cómodo. Resultaban más comunes, más cercanas. Menos extraordinarias, menos míticas.

Quizá el primer zarandeo llegó con “Viviendo en la era pop”. ¡Espabila, tío, que esto son los temas de Los Flechazos otra vez aquí! Reforzada por una competente sección de viento, expandió su sonido por toda la sala como el himno que es. “¡Tu voz en coloooor uououou!”. Luego, “Callejear”, de músculo vibrante, tempo acelerado y efecto de despegue en la suela de los zapatos. Y más tarde “La chica de Mel” con la emotividad de la presencia de Héctor Escobar al bajo (“¡Héctor, Héctor, Héctor!”) y karaoke colectivo como respuesta.

El segundo golpe de gracia lo protagonizó “Chicas, chicas, chicas” y “En El club”. De nuevo, apelando a los muslos, a los pies, a la corriente de vibración que pone los cuerpos a bailar. Todo para llevarlos ahí, a ese “A toda velocidad” de gargantas desgañitándose y la intransferible sensación se vivir lo ya vivido y vivirlo maravillosamente. Entonces, la sensación cambió. Del no asimilar y no reaccionar ante lo que estaba ocurriendo se pasó al tener miedo que todo terminase demasiado pronto. Entre “Luces rojas “y “Lo conseguí” llegó ese final.

En los bises, tras la reafirmación de “Mi universo”, Alex atacó la iniciática “El bidón de gasolina” de aquel “Teloneros”, para al final volver a llamar a Elena y repetir un “A toda velocidad” de pálpito multiplicado y euforia contagiosa. Por mí, podría volver a empezar ahí el concierto. Seguramente lo hubiese disfrutado el doble, liberado ya de las sensaciones incontrolables que a veces te atenazan sin que logres muy bien quitártelas de encima. Al salir, viendo a la gente coreando las canciones del grupo en los pasillos de salida de la sala, terminé de confirmarlo todo.

Fue una gran noche. Pero necesitamos que se vuelva a repetir para terminarla de verdad. Porque esas canciones han de ir más allá de las excepcionalidad de un día y un lugar, dejándose querer durante todo el 2016. Qué así sea. Que así lo veamos. Que así lo disfrutemos. (Re)viviendo en la era pop.

Fiesta de pop total para oídos agradecidos

Domingo, Diciembre 6th, 2015

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Xoel López
A Coruña, Sala Finisterrae
4-12-2015

Tres cosas quedaron claras el pasado viernes. Una: Xoel es cada vez menos Deluxe y más Xoel López. Apenas rescató un par de temas de la anterior etapa, entregándose totalmente a la defensa de su (brillante) presente. Dos: las canciones de Atlántico (2012) suenan ya a clásico, certificando que se trata quizá del gran disco de pop en castellano de esta década. Cuando un tema como Tierra se corea con ese tono —el de sentirlo— se ha entrado ya en la eternidad. Y tres: Paramales (2015) posee el suficiente dinamismo y sentido de lo lúdico como para que en escena termine divirtiendo y sorprendiendo por igual.

Con las pinceladas antedichas resulta fácil adivinar que la sala Finisterrae acogió una gran fiesta. Pop total. Los que no aprobaron el renacer transoceánico del Xoel que fue a buscar las Américas, esta vez ya se quedaron en casa. Nada de lamentos porque no tocase Que no, ni nostalgias brit-poperas. Al contrario, todos secundaron al artista en un viaje que empezó solemne con Patagonia. Pero que se desmelenó a los pocos minutos con Hombre de ninguna parte.

Sí, a lomos de la bossa-nova imposible de el polvo plateado y el bienestar contagioso, Xoel López emprendió un estimulante camino -pie aquí pie allá- por los dos discos a su nombre
. Un recorrido con desvíos emotivos, como ese Almas del norte en clave synth-pop recordatorio de las noches interminables bailando nothern soul en la adolescencia mod. También con los sobresaltos de electricidad desbordada de Un año más con imprevisible final. O huyendo al Saturno musical, al que apela el autor cuando se refiere a A serea e o mariñeiro: creatividad máxima haciendo equilibrios en la cuerda floja.

Todo para marcarse con la armónica el himno gallego. Hacer las citadas visitas al cancionero de Deluxe (Reconstrucción y El amor no es lo que piensas) con el suspiro colectivo de fondo. Y enfilar la última parte con una serpenteante Asaltante de Estaciones, que obtuvo el contrapunto en La casa hace ruido. Interpretada a escasos milímetros de los labios de su mujer, Lola García, fundió a la sala en un deseo: el de un apasionado beso a lo Nick Cave y Pj Harvey. Quizá ahí se pueda encontrar la clave de por qué ha cambiado tanto Xoel en el último lustro, dejando dos álbumes soberbios y directos tan bonitos como este. ¡Que siga la racha!

Exhibición roquera de The Soul Jacket

Sábado, Noviembre 7th, 2015

Soul Jacket

Inmensos. The Soul Jacket ayer se salieron en Los conciertos de Retroalimentación. Más allá de estilos, de filias y fobias, lo que demostraron los vigueses fue una libérrima solidez en escena capaz de contagiar a cualquiera, acólito o no de su propuesta. Estirando los temas, entremezclando funk, psicodelia y soul a su rock de estirpe sureña ofrecieron una hora y media total, muy por encima de lo que es habitual en la escena patria. Al frente, Toño López, de garganta rasgada y, como ya advertía en la entrevista previa, ojos cerrados. Detrás una banda perfectamente ensamblada donde todo estaba en su sitio hasta que alguien tiraba hacia un lado, siguiéndole el bloque.

Al final, sudado y extasiado, el público se fue con la sensación de haber presenciado un gran concierto de una gran banda de rock, en la sala perfecta para ellos. Muchas gracias a todos por venir y a Mardi Gras por las facilidades. Próxima parada: Lady Leño, el 11 de diciembre (Mardi Gras).

Silencio, está tocando un grande: Ryley Walker

Jueves, Julio 9th, 2015

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Ryley Walker
Sala Mardi Gras, A Coruña
8-7-2015

Es difícil triunfar solo con una guitarra acústica. Resulta una proeza lograr enmudecer al público del 2015. Y, luego, sostener desnudas canciones concebidas para la versión eléctrica. Pero Ryley Walker lo consiguió. Anoche en la sala Mardi Gras obró el milagro. Pocos (¿alguien?) salieron defraudados. Muchos (¿alguno que no?) dibujaban una sonrisa tras la exhibición de este joven americano de apenas 24 años, sobrado de clase, talento y oficio. Insistimos. Después de lo que se suele ver con otras “leyendas” (por ejemplo, Lee Ranaldo hace unos meses en la misma sala), lo suyo es para enmarcar.

Walker, que venía presentando su segundo álbum Primrose Green, se plantó en escena como un artista folk a la vieja usanza. Técnico con las manos, versátil con la garganta y equilibrado siempre en la ejecución -limpia, emocionante, intensa- invocó, cómo no, al espíritu de Nick Drake. Despojado de toda la parafernalia instrumental que jazzea su música, el fantasma de Five Leaves Left estuvo de continuo. Esos trenzados guitarrísticos (con los ojos cerrados), esa impertérrita manera de cantar (con los ojos abiertos), esa elegancia final (con los ojos achinados por la sonrisa) no se llegaron a ir del todo en ningún momento. Aunque sí dio pie a inflexiones que se salían el molde.

Desde luego, esa manera de aullar a lo Van Morrison de Summer Dress, poco tenía que ver con la contención que se estila en lo indie. Más bien recordaba a superclases como Damien Jurado obrando el milagro de la comunicación musical pura. Y así, retorciendo un discurso que no se llegaba arrebatar del todo nunca, repasó el disco y aportó alguna pieza nueva como Cocaine que engatusó a la audiencia. Al final, muchos fueron a comprar el album. No tenía. El paquete que se había enviado a su promotor no había llegado a destino. Una lástima porque ese mismo momento, de corazón reblandecido y bolsillo fácil, hubiera despachado un par de decenas mínimo. A ver si la próxima vez. Ojalá que sea con banda. Porque si esto caló así, arropado como en el disco puede derivar en algo orgiástico.