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Entradas para la categoría ‘Crónicas de conciertos’

Toy dijeron en Vilagarcía que son mucho más que un simple hype

Domingo, mayo 19th, 2013

FESTIVAL DO NORTE, segunda jornada
Vilagarcía de Arousa, 18 de mayo 2013

Los británicos TOY llegaban al Festival do Norte con la aureola de ser el hype del momento y todas las dudas que ello conlleva. Y no solo las evaporaron en un abrir y cerrar de ojos, sino que elevaron la excelencia del evento a un nivel máximo. Su concierto resultó sencillamente excepcional y, sobre las tablas, demostraron ser algo más, mucho más, que una nueva banda de émulos del kraut-rock con ínfulas falsamente experimentales. Provocando emisiones de ruido ensoñador y manejando los tempos a su antojo, crearon momentos de esos en los que el público -parte del público, mejor dicho que aquí pasó como con TAB en el viernes- levita. Dejando su discreto álbum de debut en pura anécdota, el trasvase en vivo resultó un huracán de guitarras noise, ritmos a piñón fijo y chiribitas de psicodelia. Sí, hay grupo, hay sonido y hay excelencia. Tras ellos, el resto carecía de sentido. Lo suyo fue un K.O. total, un “donde dije digo, digo Diego” y una rectificación en toda regla de aquellos que no lo veíamos del todo claro. Encantados de hacerlo, por cierto.

Ocupaban la franja estrella, pasada la medianoche. Después venían WE ARE STANDARD con la misión de llevar al público bailongo al clima perfecto para desplazarse a la carpa. Apenas les vi cinco temas, aún obnubilado por la exhibición de Toy. Por ello, cualquier apreciación sobre ellos sería injusta. También hacia DOVER, de los que presencié el arranque del directo en el que invocan la era grunge de Devil Come To Me. Recientemente había tocado en Le Club en A Coruña, defendiendo muy dignamente un repertorio respetable. Y, por lo que me cuentan, ayer ocurrió igual pero sin conectar tan bien con la audiencia como entonces. Lo siento. Uno tenía que cenar: no podía pasar otro día más sin alimento nocturno, que ya no estamos en edad.

Mónica IragoAerolíneas Federales en su actuación

Por la tarde la fiesta la protagonizaron AEROLÍNEAS FEDERALES. Como una señora ya madura que sobresale por su poderío entre un grupo de jovencitas que palidecen a su lado, los de Vigo llegaron, encantaron y triunfaron. La sucesión de himnos, el buen rollo que transmitían en el escenario, el cachondeo continuo de Miguel Costas que se presento como el Señor Chingarro y esa especie de nostalgia cuarentona de “Ey tíos, esto sí que eran temas despampanantes y sin pretensiones” provocó que la tarde resultase un poco más feliz de lo que ya lo era de por sí. No me beses en los labios, Soy una punk, En pelotas y muchas otras más dejaron un sabor tan dulce que lo justo sería repetir la jugada en una sala todos más juntitos, más apretujados.

Quedan en el tintero ESTEREOTYPO!! y DELORENTOS. Los primeros pusieron el escenario grande a dar botes con su electro-rock como si fuesen ya las dos de la mañana. Incluso se atrevieron con una versión del Love Me Do. De tener más nombre tocarían algo más tarde, seguro. Los segundos, resultaron una sorpresa. Iniciaron un poco a traspiés, suavecitos y cortando un poco el rollo, pero al rato mostraron una vena bailable y disfrutable que arqueó más de una ceja. Todo perfecto por tanto para DELAFÉ Y LAS FLORES AZULES que en la nueva vuelta de tuerca a su propuesta (ahora con banda sin vientos y con Óscar D’aniello de ocasional percusionista) repartieron sonrisas, hicieron botar y tuvieron a la gente comiendo de su mano. Helena es seguramente la mejor voz del pop nacional y su show, aunque esté ya muy visto y carezca del factor sorpresa, continúa resultando efectivo. Y estimulante. Otros que ojalá que retornen a Galicia en formato sala.
Público durante el concierto de Delafé y las Flores Azules

La noche la continuó Amable, Gato y Nano Vinilo a los platos. Y otra vez el pub Sama Sama cerrando, con llave la jornada y el evento. Un Festival do Norte que, pese a contar con menos público que al año anterior, demostró tener carisma suficiente como para obligar a todos a reservar fecha para el año que viene. Sí, allí estaremos. Seguro.

Foto Areolíneas Federales: Mónica Irago // Foto TOY: Xavier Valiño

Las dos caras de Yo La Tengo

Miércoles, marzo 6th, 2013

Yo La Tengo
Santiago, Sala Capitol
4-2-2013

Ira Kaplan, la voz y guitarra de Yo La Tengo, tiene ya 56 años. Usa la misma camiseta a rayas gruesas de toda la vida. También las zapatillas All Star y los vaqueros Levi’s de siempre. Asoma alguna brizna grisácea en su caballera rizada, pero poco más. La fotografía tomada el lunes sobre el escenario de la sala Capitol de Santiago en poco o en nada difiere de la que se le podía haber hecho en el Festival de Benicassim de 1998. En cuanto sonaron los acordes iniciales de Tom Courtenay también se podía realizar el viaje espacio-temporal del mismo modo. Igual que su rostro, tanto da que hayan pasado los años por el hit yolatenguiano por excelencia. Continúa sin mostrar arrugas. Todo lo contrario, surge pletórico, con sus perfectas curvas pop, su envolvente tempo al ralentí y con la chispa final extraída de su guitarra. Abajo, muchos se sentían reconfortados, como en casa de nuevo. Sí, ver a Yo La Tengo resulta similar a volver al hogar que un día se dejó atrás cuando llegó la independencia y ver que todo sigue más o menos igual. Afortunadamente, claro. Hay cosas que es mejor que no cambien mucho.

Retornaba el trío de Nueva Jersey a la sala Capitol de Santiago. Hacía dos años que habían ofrecido allí un concierto notable, aunque algo disperso. Algunos reprocharon falta de concreción en su planteamiento entonces. Otros lloraron por más electricidad. Nada de esto ocurrió en esta ocasión. El grupo rozó la perfección. Solo faltaron unas butacas en el primer tramo de la actuación cuando optaron por la fragilidad, las escobillas y los susurros. También un corcho en la boca de unos poquitos charlatanes alérgicos a la educación que pagan una entrada para no se sabe muy bien qué. Y, bueno, también sobró un intermedio de 35 minutos excesivo para los que trabajaban al día siguiente. El resto, ni más ni menos que la confirmación de que Yo La Tengo no solo son grandes, muy grandes. También que, cuando ya rozan los 30 años de andadura, su discurso continúa tan vivo y atractivo como el primer día.

Realmente se podría decir que el lunes se pudo asistir a dos conciertos en uno. Tal y como venían haciendo en la gira americana, Yo La Tengo plantearon una actuación de doble cara perfectamente diferenciada. Primero, sentados, apelando al formato acústico y secundados por unos árboles a modo de decorado teatral que le daban un aire de paradisíaco jardín pop. Después, en pie, girando el volumen de las guitarras y apuntando con ellas al éxtasis hipnótico-ruidista. En el arranque, calmo, abrieron contenidos con una versión de Ohm de electricidad mutilada. Y se pasearon durante una hora por la suavidad que reina mayoritariamente en Fade, su último trabajo. Cayeron, como era previsible, muchas de este. Todas en paños menores. A Ohm le siguieron un Paddle Foward sin lija, The Point Of It con el mismo tono balsámico que en el álbum o Cornelia and Jane, con una Georgia magnífica demostrando que la suya es una voz magnífica. También se produjeron oportunas visitas al pasado, como Our Way To Fall o su ya mítica versión del Spedding Motorcycle de Daniel Johnson que, entre palmas, puso el punto y aparte al recital.

Luego, lo dicho: la electricidad, mucha electricidad. Stupid Things abrió el telón. Y al rato se invocó al fantasma velvetiano. James McNew le dió al todo, de cuando en cuando, el trote guitarrero de Lou Reed. Georgia el punto de batería de Mo Tucker e Ira, pues Ira, se dedicó a extraer rayos y centellas de sus seis cuerdas. Hubo, sobre todo, dos momentazos: el de Ohm bañada en vatios realzándose como un nuevo himno ya dentro de la producción del grupo y, muy especialmente, la locura de Pass The Hatchet, I Think I’m Goodkind. Toda la electricidad que faltó en la visita del 2010 estuvo aquí. Quince minutos comandados por un bajo obsesivo que sonaron a cuarto y mitad de gloria y nos hicieron reecontraron con aquellos Yo la Tengo de finales de los ochenta, cuando May I Sing With Me empezó a pasar de cinta virgen en cinta virgen. Igual de excitantes, igual de ruidosos, igual de demoledores.

Tras ello, todo podía terminar. Nada se podría objetar. Pero no, llegó un bis con aroma de improvisación. Así como quien no quiere la cosa, se marcaron una molona versión del Whatcha Gonna Do About It de los Small Faces, una sorprendente revisión acústica de Big Day Coming y una lectura del Farmer’s Daughter de los Beach Boys. Y adiós. Punto final para una actuación memorable que, ojalá, se repita con su próximo lanzamiento.

Fotos: Xavier Valiño

Imagen de previsualización de YouTubeYo La Tengo interpretando “Tom Courtenay” en Santiago

The Godfathers, el rock furioso golpea de nuevo

Domingo, febrero 17th, 2013

THE GODFATHERS
A Coruña, Le Club
15-2-2013

Como si no hubieran pasado dos décadas desde su momento de máximo esplendor. Con solo tres temas certeros -Cause I Said So, She Gives Me Love e If I Only Had Time, ahí es nada- The Godfathers tenían al público a sus pies. No, la edad no ha hecho mella en ellos. Los londinenses siguen apretando la mandíbula, tensando el músculo y llegando a su audiencia como un calambre. Abajo, pescuezos desconyuntándose, gestos de placer y una sensación que, para muchos, parecía perdida: la del latigazo del rock de garito impactando en toda la piel.

Peter Coyne -micro a dos manos, mirada furiosa y smoking a juego- ofició de maestro de ceremonias. Y su banda, con desfasada estética ochentera (inenarrable la indumentaria de su hermano Chris), lo secundó con eficacia. Al igual que ocurriera en su visita del 2011, se constató que, lejos de no afectarles, el paso del tiempo les sienta de maravilla. No solo porque físicamente parezcan aún creíbles en su pose de matones a sueldo de otra era, sino porque algo mucho más importante: su música en el 2013 semeja la verdad misma del rock golpeando en el rostro de una generación criada con The Libertines y Arctic Monkeys. Estos directamente fliparon. Los más viejos pusieron cara de “Yo ya lo sabía”.

Con autoridad, hilvanando una tras otra, el cuarteto fue explotando todas sus vertientes. La roncanrolera con la rolliza Cant’ Leave Her Alone, la incisiva con el nervio afilado de This Damn Nation y la actual de la mano del puñetazo guitarrero de Back Into The Future. Para el final, quedó el himno del grupo por excelencia: Birth, School, Work, Death. Ahí los veteranos alzaron el puño. Orgullosos no solo de haber vivido aquellos días de esplendor del grupo, sino el volverlos a vivir (y, tristemente, constatar que la situación actual aún es peor que la retratada en la canción).

El bis se saldó a lo Doctor Feelgood con Public Enemy number 1, I’m Unsatisfied y su ya mítica versión del Cold Turkey de John Lennon. Demoledora, sudorosa, cabreada. Con ella el concierto del mismo modo que arrancó: en un nivel de intensidad 10. La pregunta al final era: ¿Si estos tipos ahora consiguen este nivel de tensión qué harían cuando tenían 25 años? Solo los más mayores lo saben. El resto nos lo imaginamos.

El deseo del rock oscuro se llama The Oscillation

Sábado, enero 26th, 2013

TriCiclo (The Oscillation, Lendrone, Sufja Gutiérrez)
Santiago, Zona C
24-1-2013

Todos habíamos imaginado alguna vez un concierto así. Sí, en un espacio minimal y bañado de proyecciones psicodélicas. Con guitarras Fender Jaguar, músicos mirando al suelo forzando el ángulo recto con su pescuezo y una mujer a la batería recordando a The Velvet Underground. Un grupo en el que el cantante escupiera impertérrito trozos de versos como hacía Jason Pierce en Spacemen 3, la banda entrase en trace ruidista como si de los mejores The Telescopes se tratase y la rítmica emplease las misma plantillas que los Silver Apples. Con poca gente, pero con la necesaria como para dar esa atmósfera de excitante microcosmos apartado de todo. Sí, todos habíamos fantaseado alguna vez con una actuación así. Y el jueves se hizo realidad en la segunda edición del TriCiclo.

Los londinenses THE OSCILLATION fueron, en cierto modo, la materialización de todo ese anhelo de oscuridad malsana. Desde el mismo momento en el que subieron al escenario y se apagó la luz. Ahí empezó a brotar su particular concepción de un rock apartado de todo. Turbio, intenso y ocasionalmente enmarañado su sonido mantuvo la tensión en la mayor parte de la actuación. Solo un par de pequeños momentos atmosférico generaron la señal de alarma. El resto fue un recital soberbio. Y todo ello con un repertorio, en su mayoría inédito, con piezas de lo que será su tercer álbum Aún así rescataron piezas como Fall, poderosa e incisiva, o Future Echo, demoledor final envuelto en una nube de acoples y ruidos. Ahí estuvo el punto máximo de un pase tan demoledor que dejó al público exhausto. Tanto que ni siquiera solicitaron el bis que estaba previsto en el set-list y que finalmente se dejó en el camerino.

Antes de ellos los coruñeses LENDRONE habían ofrecido otro gran concierto que confirma su trayectoria ascendente. Bendecidos por un sonido excelente, sacaron brillo a sus sintetizadores, afilaron los ángulos de sus guitarras y lograron encantar, alimentando las ganas de que que su disco de debut vea la luz cuando antes.

Por su parte, SUTJA GUTIERREZ debutaba en Galicia Apenas pude ver sus dos últimos temas, uno de ellos una suerte de electro-rock a lo Sigue Sigue Sputnik con intenciones pertubadoras. Se encontró, sin embargo, con un público todavía aclimatándose y, en parte, charlando entre sí. Ello molestó al músico que no lo dudo al despedirse: “Ahí atrás hay gente que tiene muchas cosas que decir. Habría que darle un micro para que prediquen”.

Lisa Hannigan mostró su brillo en Voces Femeninas

Sábado, noviembre 24th, 2012


Festival Voces Femeninas
Holly Miranda, Little Scream y Lisa Hannigan
Ourense, Teatro Principal
22-11-2012

El milagro continúa. Un año más, el Teatro Principal se volvió a llenar en la quinta edición de Voces Femeninas. Dos días antes lo había hecho también el Teatro Lara de Madrid (que se ha sumado al evento en esta quinta edición) y esta noche todo apunta a que se repetirá la escena en Vigo. De nuevo, el menú resultaba una incógnita para la mayoría de los presentes, una especie de cata a ciegas con tres figuras (Holly Miranda, Little Scream, Lisa Hanningan) de las que el 95% del público sabía nada o casi nada. ¿Cómo ocurre algo así? Pues, trabajando año a año en una línea coherente que logra que la gente pase por taquilla sin dudarlo un momento. Lo dicho, milagroso.

De entrada, Holly Miranda optó por el lirismo. Delgadísima y con Patti Smith estampada en el pecho, arrancó haciendo llorar su guitarra, se marcó una gran versión del I’d Rather Go Blind de Etta James y terminó su pase a piano. Mucho más Cat Power que Stereolab, dejó en el camerino todo el aire onírico que desprenden sus grabaciones, entregándose a lo puro y real. Gustó, pero dejó la duda de lo que podría dar de su con mayor ropaje instrumental.

La canadiense Little Scream, por su parte, tiró hacia lo ambiental. Con un guitarrista de apoyo que dotó de vaho su discurso, sorprendió por su forma cuasi mística de ejecutarlo y dejó al público dividido. Con un estilismo imposible, desbordó emoción y empalmó un set corto. Al final preguntó al público: ¿algo ruidoso o en plan nana? Y, complaciendo a lo primero, terminó por dar los acordes más roqueros de la noche. Uno juraría que, por ahí sonó algo parecido al American Woman de Guess Who.

Por último, Lisa Hannigan se encaminó a lo tenso. Ya en su segundo tema se vio que allí había algo más que una voz dulce en un recital de trámite. Todo lo contrario, con su música de raíz folk erigiéndose hacia territorios más duros y épicos, hizo prever uno de esos conciertos inolvidables. Las canciones sonaban de maravilla, el tempo el correcto y la artista estaba subida a la ola… hasta que surgieron problemas técnicos, desajustes en las guitarras, un arranque de canción con parón y vuelta a empezar. Ello descentró al público y la artista que, aún así, trenzó la mejor actuación de la noche. Ovacionada, concluyó su recital con un Knots soberbio y la sensación de que aquí se esconde una artista que debería ser más grande de lo que es.

Al final, como es norma, todos los músicos subieron al escenario a interpretar un último tema juntos. Y, luego, una buena parte de los integrantes del festival terminaron la noche en el Café Pop Torgal, el particular paraíso pop de Ourense. Allí Hanningan se lamentaba de la mala suerte hablando son el público hasta que, poco a poco, todo se diluyó en una fiesta. A ello ayudaron sus músicos quienes, lejos de la sobriedad que transmitían en escena, terminaron por asaltar la cabina para dar rienda suelta a sus pasiones juveniles: de Cazafantasmas a Superdetective en Hollywwod, pasando por Regreso al Futuro. Sí, entre piezas ochenteras pasadas de sintes y plástico, por un momento parecía que Marty McFly iba a aparecer de un momento a otro.   

El menos de Michel Cloup fue más

Domingo, noviembre 11th, 2012

Michel Cloup
Festival Sinsal é Normal
Sala Normal, A Coruña
10-11-2012

Los grupos son para los jóvenes, los solistas para los mayores. No recuerdo quién dijo la frase, pero, generalizando mucho, se le podría dar la razón. En los noventa, por ejemplo, muchos se tiraban a cualquier debut del brit-pop en vez de degustar los discos en solitario de Grant McLennan. Estos quedaban acotados, casi por exclusiva, a los viejos fans de Go-Betweens. El caso de Michel Cloup resulta parecido hoy en día. Integrante de dos de las formaciones más excitantes del rock europeo de las dos últimas décadas, Diabologum y Experience, editó el año pasado Notre Silence a su nombre. Difícilmente algún oído virgen se acercó a él, quedándose para los muy devotos del francés: aquellos que no tiraron la toalla cuando Experience empezó a coquetear con el nu-metal allá por 2004 con Hemisphere Gauche.

Eso puede explicar el paisaje de su concierto en A Coruña dentro del festival Sinsal é Normal. Más en la cuarentena que en la veintena, el público confirmó, una vez más, que aquel indie que acompañó muchas juventudes entre los ochenta y los noventa hace mucho tiempo que es tan mayor como sus seguidores. Aburguesado en auditorios-de-acústica-perfecta, coqueteando en ocasiones con el sibaritismo del-marco-incomparable y generalmente respaldado por la vía institucional, cada vez tira más de conceptos tipo “ex miembro de” y “proyecto en solitario de”. Sí, los que produce el mismo efecto que en los noventa generaba McLennan: echar para atrás no solo a la gente más joven, sino a muchos de aquellos fans que ven, en ocasiones, esas huidas hacia adelante como capítulos menores de los artistas.

Michel Cloup demostró pronto el error. El de la chavalada y el de los desencantados. Dándole una vuelta de tuerca a su trabajo en Diabologum y Experience, su versión mínima opta por el ralentí, pero ofrece la misma fuerza y mordiente. Y también logra multiplicar hasta el infinito la energía de los discos. Con esa dicción suya tan característica, una especie de rapeo violentamente bello, trenzó una hora y pico sencillamente maravillosa. Salvo el bis, quizá algo volátil, en el resto del recital no sobró ni un solo minuto. Ni la escalada constante y trepidante de Cette Colère, ni ese post-blues arrastrado y poderoso de L’fant ni, por supuesto, la masa de ruido y batería de Notre Silence, descolocando la columna de unos fans que, sin querer, intuyeron entre sombras el fantasma de lo que en su día fue Diabologum.

A ras de suelo, creando un clima perfecto, Cloup y su lugarteniente Patrice Cartier (realmente espléndido a la batería) jugaron al menos es más y se metieron a la audiencia en el bolsillo. Hipnotizándola con sus bucles repetitivos, regalándole retazos de guitarra superpuestos y de efecto narcótico, llevándolos por un camino misterioso pero familiar hacia ese placer oscuro y rugoso al que tantas noches se invocó hace años. Por ello, hay quien continúa escuchando esta nueva rama de la que cuelga ahora Michel Cloup. Por ello, los veinteañeros curiosos y enterados fliparon con el concierto. Por ello los que, desencantados, lo habíamos dejado de lado en día, terminamos entusiasmados comprándole el disco al terminar con un pensamiento: probablemente este haya sido el mejor concierto en la ciudad del arranque de temporada.

A veces los mayores, algunos mayores, tienen razón. Y Sinsal ha vuelto a demostrar que rara vez falla cuando elige.

La leyenda del soul no deslumbró

Jueves, noviembre 8th, 2012

Mavis Staples
Santiago, Auditorio de Galicia
6-11-2012

«¡Todavía estoy aquí!», gritaba Mavis Staples a mitad de actuación en Santiago. Lo hacía con pretensión de poderío pero, ay, la evidencia demostraba otra cosa. La Dama del Soul no se encontraba al 100% de sus posibilidades. Lo valioso de ella, su voz, renqueaba. Y, ojo, que nadie se lleve a engaño: no se trata de una cuestión de edad (en YouTube existen vídeos de ella recientes donde aún apabulla), sino más bien del momento. Quién sabe si fue la humedad, un frío que la cogió repentinamente o el haber forzado la garganta en fechas previas, pero lo cierto es que Mavis Staples no llegó a deslumbrar.

Gustó, sí. Dio un buen concierto, también. Y demostró trascender al estatus de vieja gloria, por supuesto. Pero esa exhibición sobrenatural que algunos fans aguardaban no llegó a producirse. Quedó claro pronto. Freedom Highway, uno de esos clásicos suyos de vena hinchada y ronca fuerza vocal, sonó tremenda. Pero lo hizo por el bloque de la excepcional banda que la acompañaba, sin que ella llegase a destacar con su aura de iluminada estrella góspel. Todo lo contrario que el sobresaliente guitarrista que lo acompaña en vivo. El mismo que hizo temblar a golpe de metal pesado previamente You Are Not Alone. Su guitarra sonaba perfectamente ralentizada y, a veces, comiéndose con su rodillo blues al protagonismo de la gran figura de la noche. Ella lo intentó de todas las maneras. Saludando a las primeras filas. Apelando al espíritu positivo. Hablando de la esperanza. Y, lógicamente, tirando de un repertorio tremendo.

Mandó You Are Not Alone, el notable álbum que grabó en 2010 con Jeff Tweddy (Wilco) a los mandos de la nave. Cayeron en el Auditorio de Galicia un buen puñado de sus canciones. Desde la inaugural Wonderful Savior a la relectura del clásico de la Credence Clearwater Revival Wrote a Song For Everyone, pasando por la rolliza We’re Gonna Make It o la crepuscular Too Close/On My Way To Heaven, esta probablemente de lo mejor de la noche. También emergió su célebre apropiación del The Weight de The Band y una inevitable mención a los Staples Singers: una versión emotiva y extensísima de la celebérrima I’ll Take You There. Eso sí, con metedura de pata incorporada.

En plena arenga pro derechos civiles e, intentando contagiar al público de sus vibraciones de fe y futuro, a la artista no se le ocurrió mejor cosa que, a micro abierto, preguntar a sus coristas: «¿Cómo se llamaba esta ciudad?». La gente sonrió, lo pasó por alto y pidió enérgicamente un bis. Este se resolvió, con apariencia de improvisación, con dos piezas clásicas de góspel. Punto y final a un concierto que no estuvo nada mal, pero que la mayoría preveía sublime. Y de eso nada. Cuestión de expectativas.

Foto: Álvaro Ballesteros

La verdad de los Tindersticks

Lunes, octubre 22nd, 2012


Tindersticks
A Coruña, Auditorio del Ágora
20-octubre-2012

Seguramente una buena parte del público que acudió el sábado a ver a los Tindersticks llevaba años sin escucharlos. Normal. En teoría, sus grandes obras datan de los noventa. ¿El resto? Ejercicios de un estilo, el suyo, que ya figura entre los clásicos del pop británico de las últimas décadas. Se trata de buenos álbumes, nadie lo pone en duda. Pero no logran clavar el dardo de la pasión con la precisión de antaño hasta llegar el punto de dejarlos pasar sin prestarles atención en medio de la avalancha de lanzamientos. Craso error.

En el Ágora pronto se reveló la verdad oculta en la inercia. Ocurrió al cuarto tema, Show Me Everything. Creando una nube hipnótica, la banda manejó la tensión de la pieza de manera magistral, elevándola minuto a minuto. Toda una gama de suspiros, golpes de emoción en el pecho y respiraciones contenidas emergieron en la platea constatando esa verdad: Tindersticks continúan en la división de los grandes. Y no solo por su (glorioso) pasado. También por su (igualmente glorioso) presente. La canción pertenece a The Something Rain (2012), el disco que presentan en esta gira y que se puede tomar como una toda una (gloriosa, insistamos por tercera vez) resurrección.

Efectivamente, el repertorio del novísimo álbum mandó y brilló en la escaleta. Lo hizo con la inaugural Medicine, con los dejes souleros de This Fire Of Autumn, la zozobra metálica de Frozen o la preciosa delicadeza del Come Inside final. Con un sonido excelente realzando todos y cada uno de sus detalles no hicieron sino demostrar lo vivos e inspirados que están Stuart Staples y sus chicos en 2012.

Las miradas atrás resultaron igualmente satisfactorias. Insertando retazos de su repertorio en esta nueva estética —menos drama, más narcotismo, la misma contención vocal de siempre—, por ahí pasearon delicias que pellizcaron el corazón. Dying Slowly de Can Our Love… (2001) resultó especialmente conmovedora a mitad de actuación y Sleepy Song de Tindersticks(1995), todo un regalo. Luego, mandaron los temas de Falling Down A Mountain (2010). Desde un No Place So Alone entre palmas a la ceremonial de Harmony Around My Table con la que inauguraron un bis que, pese a la insistencia, no tuvo continuación.

He ahí el único pero de un recital soberbio que no solo reveló la verdad de los Tindersticks. También certificó otra: que el Ágora es uno de los mejores recintos para este tipo de recitales que existen Galicia. Doble lujo, vaya

Foto: Paco Rodríguez

Almas gemelas en busca de la magia

Sábado, septiembre 29th, 2012

The Jayhawks
Santiago, Sala Capitol
27-9-2012

Poco tardaron Gary Louris y Mark Olson en poner las cartas boca arriba. Sonó, de tercera, Red’s Song. Y el rostro de la audiencia se arqueó en un gesto de pura felicidad. Las melodías -cristalinas, impolutas, deliciosas- sonaban a gloria celestial. Las cabezas se ladeaban y los ojos se cerraban. Se trataba de la magia a la que se refería Gary Louris en la entrevista que concedió el jueves pasado a La Voz. Un bienestar sin arrebato ni tensión. Sí, la fuerza que en otras ocasiones habían exhibido The Jayhawks en vivo se había esfumado. El acento ahora caía en las voces. Más Byrds que nunca, Olson y Louris se mostraba como orfebres de la canción trenzando con sus gargantas juegos vocales ma-ra-vi-llo-sos. Respaldados por la de la teclista Karen Grotberg, se convertían en algo-aún-más-ma-ra-vi-llo-so. En apenas tres minutos la sala ya tenía el clima perfecto para desarrollar un concierto que pretendía, más que nada, una cosa: reblandecer corazones. Lo de apelar el músculo y el nervio quedaba para otra ocasión.

Lo consiguieron. Cuando finalizó la canción, muchos ya comían de su mano. Otros, sin embargo, echaban en falta una fuerza power-popera que no llegó a plasmarse del todo en ningún momento. Los Jayhawks de la vuelta a la dupla mítica no venían a eso. No había nada que hacer. Lo que acontecía en Capitol mostraba un modo de disfrutar de la banda inédito para muchos. Nunca habían sonado tan delicados desde la marcha del ahora retornado Olson. Se le veía pletórico, piropeando a Santiago y encantado de encantar con la guitarra acústica y su cara de buena persona. Louris complementaba la mueca con la Gibson SG atenuada y esa actitud suya, más chulesca y distante. Cara y cruz de una misma moneda. Al rato, Two Angels continuó el paseo por ese rock balsámico y fuera de tiempo y anticipó la grandísima noche que se iba a vivir.

Todo giró alrededor de las dos obras magnas firmadas por la pareja: Hollywood Town Tall (1992) y Tomorrow The Green Grass (1995). El paseo entre ambas se alternó con picoteos escogidos de Mockingbird Time (2011), el disco con el que Olson regresó a la nave nodriza. Bastante inferior en las escuchas domésticas, ganó sin embargo en escena. Canciones como She Walks In So Many Ways o Closer To Your Side no desentonaron entre los clásicos. Tampoco las visitas al Rainy Day Music (2003), como ese Tampa To Tulsa con la que inauguraron el bis. Ni mucho menos la sorpresa que supuso la lectura del Sin City de los Flying Burrito Brothers, a mitad de concierto.

Pero, como era previsible, la magia se buscó en el catálogo de joyas del periodo 1992-1995. Y se encontró con los mismos pinchazos de placer que Red’s Song y Two Angels. ¿Cómo no sentirlo con ese Blue y su estribillo llegado del paraíso de los grandes estribillos? ¿Qué decir de esos I’d Run Away y Miss Williams Guitar, surgiendo como himnos de un modo de hacer pop con carcasa rock sin fecha de caducidad? ¿Y de qué manera uno se puede resistir a la emoción pura de Waiting For The Sun flotando poco antes de terminar todo? Son apenas unos ejemplos de los muchos que provocaron que la gente, entusiasmada, terminase con un deseo: !Queremos más! Pero ellos, rácanos, no regalaron un segundo bis. El público, instanto a ello “oeoeoeoeoeoeo” con la música de ambiente y el telón corrido, se lo merecía. Y eso que, al parecer, el set list incluía hasta tres temas a mayores.

La ausencia de ese caramelito final, junto al escamoteo de canciones del nunca bien ponderado Sound Of Lies (vale, en él no estaba Olson, pero tampoco en Rainy Day Music) conformaron los únicos peros de aquellos que, al final, llegaron a ese punto en el que, sí, su corazón mutó en cera derretida por el calor de la música. El resto no lograban borrar el recuerdo de conciertos pasados. Se dieron cuenta, tarde, de que la cosa iba por otro camino. Una senda (felizmente) complementaria y que no debería excluir, en mi opinión. No en la de los desencantados que, al final del bolo, seguían sin aprobar lo acontecido.

Foto: Xavier Valiño

El mito de Parálisis Permanente frente a doscientos devotos

Lunes, septiembre 17th, 2012

Ana Curra “El Acto”
Santiago de Compostela, Sala Capitol
15-9-2012

Será la crisis económica, la desmemoria histórica o que, tal y como decía Ana Curra el pasado viernes en el Fugas, «Parálisis Permanente siguen siendo un grupo de culto», pero lo cierto es que el pase santiagués de la gira de El Acto presentó una grave carencia: la falta de público. Con la banda sonando como una apisonadora, un repertorio infalible y una Ana Curra espléndida en su papel de maestra de ceremonias, el hecho que la sala apenas juntase a unas doscientas personas generó el vacío necesario para que la magia no se conjurase como debería.

Sí, porque aquello iba de revivir la fuerza de la juventud, de sentir el rock a cuchillo en la piel y terminar, todos juntos, sudando la misma pasión que goteaba por el corsé de cuero negro de la cantante. Y no, no sucedió eso. Los huecos de la Capitol fueron hielo aplacando el calor, impidiendo el contagio y dejando claro, para fastidiar, que no es lo mismo ser joven que recordar haberlo sido. Cuando un concierto concluye con Unidos y no se produce una clamorosa petición de bis algo falla.
 
Ello frustra, porque las reseñas previas de esta resurrección del mito de Parálisis Permanente hablaban de apoteosis. No de un simple buen concierto como el del sábado que, tras aclimatar la sala con fotografías de Alberto García-Alix, arrancó con El acto. Luego, dio su primer gran golpe con la mítica versión del Heroes de David Bowie. Siguió a golpe de bombo y guitarreo devorador con Tengo un pasajero. Y creó su clímax con Quiero ser santa, revitalizando su condición de himno. Todo ello, apoyado con la iconografía clásica de Parálisis Permanente y visuales creados para la ocasión, que ofrecieron un envoltorio perfecto.

Especialmente emotiva fue la pieza de Chopin que Curra interpretó con la imagen del fallecido Eduardo Benavente (líder del grupo y pareja suya entonces) a sus espaldas, sugiriendo que lo veía todo desde el más allá. Se iniciaba así de un bis completado con la mejor tripleta posible: Adictos a la lujuria, Autosuficiencia y Un día en Texas. Tremendas las tres. Seguramente, ni los propios Parálisis Permanente las harían sonar tan bien en su día. Pero abajo había mucho más cemento que calor para recibirlas. Una verdadera pena. 

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