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Gallegos fuera de lista (1): Pablo Seijas, Caxade, Loe Lof Lon, Cro!, Linda Guilala

jueves, diciembre 29th, 2016

Quizá se pueda decir que en el 2016 (les) haya explotado la música que se hace en Galicia. Decimos “les” porque llevamos al menos un lustro avisando de que una buena parte de lo mejor que se hace en España en estos momentos proviene de aquí. Parece que el mensaje ha calado. Ayer nos enterábamos que Malandrómeda eran el disco del año en Rockdelux. Vemos también como Triángulo de Amor Bizarro (el disco nacional del año para un servidor) recogen aplausos por todo el país y son el número 1 para Mondo Sonoro. Y observamos, emocionados, cómo Os Amigos dos Músicos llevan su folk-rock da terra a los oídos de toda la Península. Todo ello sin hablar de consagrados como Iván Ferreiro que directamente arrasan, ocupando el segundo lugar en Efe Eme.

Nos encanta. Nos emociona. Nos reconcilia con el poder de la calidad. Pero hay más. Sí, aún hay más de lo que se puede ver. Hay pequeñas joyas ocultas. Álbumes autoeditados que no han contado con el altavoz preciso. Grupos con discursos arriesgados que no logran esa segunda escucha. Proyectos que enamorarían a cualquier que se ponga delante de ellos. Todos han sacado disco este año. Y por ello, Retroalimentación este año no publicará su habitual lista de lo mejor del año nacional. No, esta vez se fijará en trabajos gallegos que no salen en (casi) ninguna lista. Pero deberían salir. Aquí va la primera tanda.

apablo1. PABLO SEIJAS “Debajo del aire” (autoedición). Sorpresón. El segundo disco en solitario de Pablo Seijas (cantante de los coruñeses Misterioso Viaje Holanda) es una delicia. Aunque con algún ramalazo a lo Radiohead (Aquel que rueda firme) por ahí o alguna pieza crujiente que podría recordar a Iván Ferreiro (Para nuevos soñadores), el álbum discurre mayoritariamente por terrenos electroacústicos, muy en la onda de bandas como Fleet Foxes. Ahí entre claroscuros fronterizos, trenzados folkies y ambientes sinuosos es donde desarma con canciones como Confusión, Nada nos detiene, Sol Crespuscular o la titular Debajo del aire. Una joyita

aaacaxade2. CAXADE “Isto é o amor” (Discos da Máquina). El disco que debería llevar a Caxade mucho más allá, tras la sorpresa de A dança dos moscas (2014) se ha quedado medio escondido. Error tremendo. De caricia más suave y algo más pop, el segundo capítulo del imprescindible proyecto de Alonso Caxade tiene un algo más conmovedor si cabe, que da ganas de abrazarlo y embarcarse a esa sensación de irrealidad que a veces trasmiten canciones como E isto é o amor u Homen Bala. Sin apartar la política explícita (ahí está Independence Day o Colesterol), lo cierto es que exploran otros territorios y nos dejan con la misma cara de emoción que la primera vez. Una maravilla que se suma a la anterior.

aaaaaaaaaalove3. LOE LOF LON “Conventional Elements” (Mutant Sounds). Grabado casi todo en primera toma, con aliento experimental y buscando lo casual, este proyecto de Lugo es de los que zarandea al oyente. Según Gori, su autor, se trata de mezclar al Miles Davis eléctrico con el primer Arto Lidsay, y Ornette Coleman. A todo ello se le aplica un pocode Fugazi, Hawkind, John Cage, Suicide o Neu! y el resultado son once píldoras de sonidos metálicos, guitarras afiladas, saxos intrépitos ritmos que mezclan lo maquinal y lo serpenteante. Uno de esos discos-experiencia que acabarán teniendo fans dispersos en medio mundo. Tiempo al tiempo.

aaaaaaaaaaacro4. CRO! “Mounstros” (Metamovida). Son ya unos veteranos del rock underground gallego. Pero su particular concepción del rock -enrevesada, imprevisible, lunática- sigue escurriéndose a la mayoría. Normal. Tirando por el camino más ancho del rock progresivo y el jazz-rock, trenzan un discurso en el que braman cosas como “¡¡¡El castillo está en llamas!!!” con una voz que recuerda a los míticos Asfalto, giran en las estructuras de la canción como si fueran Yes y pulsan pequeñas detonaciones de electricidad que sientan de maravilla. Eso sí, en directo todo es muuuuuuuuuuuucho mejor. Lo hemos podido comprobar en Los conciertos de Retroalimentación, cuando tocaron con Moura,

aaaaaaaaaaaaaaaaaalinda-guilala5. LINDA GUILALA “Psiconautica” (Elefant).
Un discazo. Cogiendo el testigo de aquel malsano Lo siento mucho de su epé Xeristar, Linda Guilala han desarrollado durante todo un elepé un historia de zozobra espiritual, dolor metal y aceptación personal. Sí, Psiconáutica es un disco-purga que, entre melodías desapasionadas y ruido exorcista, habla de cosas durísimas que necesitan ser expulsadas. Y lo hace abrazándose al sonido shoegazer con maestría, mirando sí a los primeros Planetas, pero también a bandas como Mercromina y a Nadadora. Brutalmente sincero, maravillosamente intenso y emocionalmente demoledor, Psiconáutica te dice en un susurro: “Escúchame, te necesito”. Hemos intentando tenerlos en Los conciertos de Retroalimentación, pero ha sido imposible. No cesaremos en el empeño porque los adoramos.

Los Grammy 2016 en diez fogonazos

martes, febrero 16th, 2016

kendrikz buena
Afortunadamente la 58ª edición de los premios Grammys superó el tedio de la edición del año pasado. Sin un triunfador único (podría serlo Kendrik Lamar, pero le faltó imponerse en las categorías generales y podría serlo Taylor Swift pero solo conquistó tres gramófonos, así que lo dejamos en empate) y con mucha emotividad en el ambiente honrando a ilustres fallecidos, la noche arrancó aburrida. Pero fue mejorando poco a poco. Estos son algunos flashes.

1. EL ARTISTA EN ESTADO DE GRACIA. Está en racha y todo le sale a Kendrick Lamar. Más allá de los premios (cinco en categorías ligadas al rap), su actuación en la gala de anoche será de las que se recuerde en tiempo. Desfiante, espectacular y dejando pegada, se presentó en una escenario carcelario y entre rejas, fuego y energía interpretó The Blacker the Berry, Alright y un nuevo tema que augura una brillante continuación a To Pimp a Butterfly. Tras esto, ya hay quien le dice a Kayne West que se espabile. Y con razón

2. UNA ESTRELLA QUE SE MANTIENE. Siempre simpática, Taylor Swift parace haberse convertido en la gran estrella blanca del pop contemporáneo. La elección de 1989 como disco del año no parecía ser la favorita de la crítica, teniendo en cuenta que competía con Kendrick Lamar. El pueblo, sin embargo, no pensaba igual. Las encuestas que circulaban por Internet ya advertían que el público sí creían en ella. Al final, logró el premio al mejor disco del año por segunda vez en su trayectoria. En su discurso se dirigió a las personas que se está iniciando en la música. En lo que parecía un recado a Kayne West, les recordó que siempre iba quien intentaría meterles zancadillas, pero que no se dejasen avasallar.

3. ESA CONTAGIOSA CANCIÓN. Sí, Can’t Feel My Face de The Weeknd es un temazo. Y Blank Space de Taylor Swift, otro. Pero lo de Uptown Funk de Bruno Mars y Marc Ronson es para morirse. Su efecto resulta instantáneo: te atrapa, te empuja y te incita a bailar. Merecidísima grabación del año, debería haber sido también la canción del año. Esta correspondió al sobrevaloradísimo Ed Sheeran. Hay quien habla de Van Morrison al referirse a él y todo.

4. EL GRUPO ROCK. Sin lugar a dudas, Alabama Shakes concluyeron la gala como la banda de rock del año. A los premios de mejor disco de rock y mejor canción de rock, sumaron una esplendida actuación con Don’t Wanna Fight. Soul, funk y rock grasiento. Guitarras tensas, falsetes prodigiosos y ritmo contenido. Flechazos lanzados a una audiencia masiva que, seguramente, los acogerá con los brazos abiertos.

5. DAVID BOWIE QUE ESTÁS EN LOS CIELOS. Lady Gaga fue una de las protagonistas de la gala, rindiendo tributo a David Bowie. Ya se dejó ver en la alfombra roja a lo Ziggy Stardust y, en el tramo central del espectáculo, hizo una una suerte de greatest hits del Duque Blanco comprimido en poco más de cinco minutos. Muy logrado en los estético, en lo musical resultó un tanto agobiante. Demasiado fragmentado, demasiado cambio, demasiado axfisiante.

6. TAMBIÉN LEMMY. En un emotivo discurso, Dave Grohl se dirigió al público para valorar la figura d Lemmy Kilsmister como una de esas figuras clave en su vida y que le enseñó el camino a seguir. A posteriori Hollywood Vampire (el supergrupo formado por Alice Cooper, Johnny Deep y Joe Perry) interpretó el celebérrimo Ace of Spades, llevando el concepto de banda tributo mucho más allá de lo imaginable.

7. MÁS HOMENAJES A ESTRELLAS FALLECIDAS. Lamentablemente, el cupo de artistas muertos recientemente hizo que los tributos póstumos de los Grammys no se quedasen solo en David Bowie. Jackson Browne comandando a The Eagles interpretó un emotivo Take It Easy dedicado al malogrado Glenn Frey. Steve Wonder, por su parte, dirigiuió el homenaje a Maurice White de Earth, Wind & Fire. Y Bonnie Raitt se sumó a Chris Stapleton y Gary Clark Jr para recordar a BB King.

8. EL NIÑO QUE QUIERE SER ADULTO. Justin Bieber se plantó en escena con una guitarra acústica, su “Love Yourself” y toneladas de candidez. Pero, en nada, cambió de escenario, pulsó el botón de los fuegos de artificio y se alió con Skrillex y Diplo para interpretar Where Are Ü Now, con bailes imposibles y un Bieber pasado de vueltas. El chico se emocionó tanto que terminó aplaudiendo con el micro entre manos (y generando el ruido consecuente). Extravagante y divertido

9 ELLA ES LA REINA DEL POP. Sí, unos la tildarán de vacía, otros de ñoña y otros de poseer “tan solo” una portentosa voz. De acuerdo. Pero la gran artista global de este momento se llama Adele. Y ayer lo ha vuelto a demostrar con uan soberbia interpretación de All I Ask con voz, piano y elegancia. Como si todos los pasos de su carrera fueran encaminados a terminar ahí, bajo el foco, la cantante británica se reivindicó como una estrella rutilante.

10. PODER LATINO. Pitbull protagonizó el sorprendente telón final de la gala de los Grammys. Con la versión británica de “El Taxi” asaltó el escario, llenándolo de una inusitada alegría y vitalidad. Dentro de uno de esos taxis había sorpresa. Su pasajera era nada más y nada menos que Sofía Vergara, que exhibió su dotes de baile, dejando a la audiencia boquiabie

Fotografía: Kendrick Lamar (AFP PHOTO/ROBYN BECK)

El romanticismo al estilo Savages

jueves, febrero 4th, 2016

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Causaron impacto en 2013 con Silence Yourself, su notable debut. Pero, sobre todo, nos pusieron frenéticos con un directo arrollador. Las londinenses Savages lograban esa mezcla perfecta de impacto físico, visual y emocional que no admite resistencia. Por mucho que algunos quisieran poner el escudo de las influencias demasiado obvias (Siouxie an The Banshees), las inevitables (Joy Division) y las otras que no se resaltaron con la misma intensidad (Sleater-Kinney), su poderío resultaba total. Dentro, letras que invitaban a la acción como «Vivimos una época de muchos estímulos / Si estas concentrado eres más difícil de alcanzar / si estás distraído estas disponible (…) Tal vez lo deberíamos de desconstruir todo / Quizá deberíamos recolocar todo de nuevo» (Shut Up) Fuera, apretando puño, apretando los nervios del estomago, apretando la respiración misma. Y haciendo sentir en el oyente el placer de la catarsis.

Ahora llegan con un segundo álbum con menor sensación de rodillo, quizá. Menos incisivo en ocasiones. Y menos flamígero, en general. Pero igualmente emocionante. Adore Life resulta algo imprevisible si tenemos en cuenta Silence Yourself. Se trata, ni más ni menos, que el canto a la vida y al amor al estilo Savages. Un impulso que se abre camino entre la zozobra, los climas insanos y algún que otro clímax. «Entiendo la urgencia de la vida / a lo lejos hay una verdad que corta como un cuchillo / Tal vez voy a morir mañana, así que tengo que decir / Adoro la vida», canta Jenny Beth en el tema homónimo. Se trata de la cumbre expresiva del disco, una cristalización musical del «pese a todo -el entorno doloroso, el futuro complicado, mi tristeza congénita- quiero vivir y disfrutar de la vida». En el tramo final, con la cantante desdoblando su voz del tono más grave a la luz de un agudo infinito y arrebatador, se siente ese resplandor en su/nuestro rostro. Pellizco. Ummm… Sí, esta es la música que tanto echábamos de menos.

La tripleta inicial –Answer, Evil y Sad Person– podría hablar de continuismo sonoro con su álbum precedente. Hay post-punk. Hay sensación de avalancha sonora. Hay música directa-pero-enrarecida. Normal lo tercero. Los conflictos emocionales acuden a la cita. Primero con una viciada atmósfera sentimental ( “Si tú no me amas /entonces no amas a nadie»), en la que incluso se apela al mortificante «quédate a dormir conmigo, podemos ser amigos». Segundo, mostrando a la iglesia francesa sus uñas por su oposición al matrimonio homosexual («Solo hay una manera de formar la familia / Te aprieto el cerebro hasta que te olvides»). Y tercero, hablando de la revolución cerebral que causa el enamoramiento en las personas («El amor es una enfermedad / La adicción más fuerte que conozco / ¿Qué ocurre en el cerebro? / Es lo mismo que la urgencia de la cocaína / Cuanto más tienes, más quieres»). Sí, el amor, toda clase de amor, es la respuesta. Lo cantan. Lo tocan. Y lo exhiben sin pizca de dulzura. Al estilo Savages.

Pese a este arranque, Adore Life pronto se muestra como un álbum de claroscuros, de bajones y subidones, de ambientes viciados e intermitente chorro de ruido. La citada Adore Life abre esa otra puerta. Se habla de PJ Harvey, de Nick Cave & The Bad Seeds, de Swans, incluso de Scott Walker. Teniendo en cuenta que se trata de su segundo capítulo y que continúa-pero-contrasta un notable puñetazo inicial se podría decir que se trata de su Dog Man Star (Suede) particular. Paralelismos y filias al margen, lo cierto es que en este álbum Savages apelan al post-punk pero, de su mano, exploran meandros desconocidos. En ese sentido, el trabajo de las tres compañeras de Beth resulta excepcional. La inteligente bajista Ayse Hassan pasando de la geometría rítmica a la línea recta con solvencia; la eficaz batería Fay Milton siempre en su sitio, descartando el exhibicionismo; y la guitarrista Gemma Thompson brillando de manera muy especial, con muros de ruido, marañas de tensión y arpegios de lágrimas.

Hay calma tensa. Lo sugiere Slowing Down The World, con su bajo de tiralíneas. Y lo muestra Surrender, con su ritmo atascado en el ruido como una radiografía musical del miedo y la rendición «(¿Sentiste la presión de crecer dentro de su cerebro / Donde cada nervio está en llamas?»). Hay también tormenta, cuando muestra la voracidad del amor en la pjharveyana When I’m Love o en T.I.W.Y.G., donde vuelve a jugar con la metáfora de la droga: « No importa quién está bien o mal / Todo lo que quieres es esa sensación de nuevo / Cuando alguien se ha instalad en tu cabeza». Todo para terminar el disco bajo mínimos, entre rugidos, voces bajas y sensación de angustia. El amor es así, parece concluir en Mechanics, esa pieza oscura con brillos metálicos que cierra el disco diciendo que cuando el amante entra en la cama «dolor y placer tocarán mi mano». Al tiempo, pide «hacer todas las cosas que nunca he hecho». Así, de manera tenebrosa pero con luz, sin concesiones a la dulzura ni a lo que en el pop se entiende normalmente como un disco de amor.

Es el romanticismo al estilo Savages.

El mundo pop canta a David Bowie

lunes, enero 18th, 2016

bowie fans 2

Era previsible. La muerte de David Bowie ha generado la semana pasada un sinfín de homenajes en todo el mundo. No solo se trata de su desaparición, sino cómo esta se convirtió en su última impulso creativo lo que ha dejado conmovido al planeta pop. Artículos de periodistas, recordatorios de particulares, portadas de periódicos, cierres de telediarios, su música sonando en todas partes y, también, muchos artistas se renombre haciendo lo lógico en estos casos: reinterpretar sus canciones a modo de tributo. Aquí van algunos de ellos.

Uno de los primeros en aparece fue el de Rick Wakeman, el célebre teclista del grupo de rock progresivo Yes. Se trata de una pieza importante en el mundo Bowie. Intervino en el clásico Hunky Dory (1972), dejando su impronta en los preciosos pianos que se pasean a lo largo de sus surcos. El mismo lunes en el que todos conocimos el fallecimiento del artista, Wakeman acudió a los estudios de la BBC Radio 2 e interpretó al piano Life On Mars, una de las más bellas composiciones de toda la carrera del Duque Blanco.

Otro que no dudó en hacer su particular genuflexión ante el cancionero de Bowie fue Adam Lambert, cantante americano surgido del programa American Idol. Ajustado a su medida, apeló al clásico de la época discotequera Let’s Dance, cantándola en directo dentro de uno de los recitales de su gira en Asia.

Madonna tan solo tardó un día en explicitar su amor por el astro pop sobre el escenario. En uno de sus conciertos americanos, en Texas, aprovechó para dirigirse al público. Le dijo que David Bowie fue uno de los mejores compositores del siglo XX y que le había cambiado la vida desde que lo vio por primera vez en directo. «Él me enseñó a mí que estaba bien ser diferente», subrayó. Y atacó con un guitarrero Rebel,Rebel, con cambio de vestuario incluido

Rebel Rebel también fue la canción elegida por Bruce Springsteen el pasado sábado, en el primer recital de la gira The River, celebrado en Pittsburgh. El Boss quiso recordar a su «gran amigo» y los tiempos en los que grabó Young Americans. Sin más, apeló a su Telecaster e hizo suyo un himno del rock rebelde.

Pero quizá el homenaje más curioso de todos los que ha recibido Bowie estos días tuvo lugar en Nueva Orleans. En sus calles Arcade Fire se juntó con la Preservation Hall Jazz Band paseando el repertorio del artista por sus calles, en un ambiente festivo y colorista. Esta es la insólita versión de Heroes que se puedo escuchar

También hubo recuerdos sentidos al artista en España. El más importante de todos tuvo lugar el pasado sábado en Barcelona. Organizado en tiempo record, The Stars Look Very Diferent Today reunió a integrantes de bandas como Sidonie, Inspira, Mazoni, Mishima, Delafé o San León con el único objetivo de revisar un repertorio mítico y honrar a Bowie celebrando su obra. El éxito fue total.


El último guiño de un grande a Bowie que ha trascendido fue el de Robbie Williams, quien subió a su cuenta de Facebook una interpretación casera de Changes, junto a Rufus Wainwright y Guy Chambers. ¿Terminará representándose en un escenario? Habrá que estar atentos

Pero sin duda el más emotivo de todos los homenajes no lo protagonizó ninguna estrella del pop. En Brixton, el barrio en el que se crió Bowie, decenas de fans se echaron a la calle espontáneamente para honrar al mito. Los videos que circularon estos días hablan de devoción y emoción, de tristeza y alegría, de cariño y pena por haber crecido con Bowie y ver que se ha ido para siempre.

Lo que «Blackstar» dice después de la muerte de David Bowie

miércoles, enero 13th, 2016

bowie blackstar

Todo lo escrito sobre Blackstar antes de la mañana del 11 de enero, momento en el que se confirmó la muerte de David Bowie, debería ser quemado. Borrado. Eliminado. Hecho trizas. Este artículo también, por supuesto. Nadie pudo aproximarse ni si quiera a lo que latía de verdad en sus siete canciones: un corazón maltrecho coordinando el sístole-diástole pocas semanas antes de dejarlo de hacer para siempre. Con plena conciencia. El cáncer ya había puesto su fecha. Los ataques al corazón incluso la podían adelantar. En lugar de retirarse, descansar y emprender la cuenta atrás alejado de todo, Bowie optó por musicar su final, por calcular el momento exacto de su desaparición y hacerlo coincidir con su última obra: el -ahora sí- escalofriante Blackstar.

Conviene detenerse en el formato original en estos tiempos de Spotify. No se trata de apelar a las buenas costumbres del melómano burgués. No, esta vez resulta NECESARIO. Es parte de la experiencia que propuso el autor. La estrella negra prevista y proyectada como un icono de eternidad deja paso, una vez que se abre el digipack, a dos imágenes: un Bowie ultraterreno y el gran cosmos a su lado. Golpe. De fondo, haciéndose ver con el contraste del brillo en el mate palabras unidas como constelaciones que dicen cosas como “I’m a Blackstar” o “How Many Times Does An Angel Fall” o “He Cried Aloud Into The Crowd”. El libreto, en consonancia, juega con todas estas estrellas e imágenes del Bowie de los ojos tapados por un paño con botones. Lo que algunos incluso quisieron ver como un manicomio, como otra excéntrica teatralización más del artista jugando «artísticamente» con la locura. No, en Lazarus -vídeo u canción- estaba interpretando su propia muerte.

Verlo (el clip) y escucharla (la canción), el lunes o ahora, suponía/supone entregarse al escalofrío, a la conmoción y a una especie de vacío íntimo que te deja aturdido, un poco fuera del mundo real. Cabe imaginar lo que tuvo que ser Closer de Joy Division en su momento para quienes los seguían. Y, de hecho, se encuentran en esa primera línea de bajo conexiones con las atmósferas fúnebres de la banda de Ian Curtis. También con las guitarras industriales, la interpretación «más allá de este mundo» y hasta con el toque jazz (si a Joy Division le gustase el jazz sin duda sería similar). Es música «así» de real, «así» de auténtica, «así» de vitalmente mortecina. Cuando llegan las espirales de saxo final y estas inducen al mareo, todo se volatiliza hasta desaparecer. Lo vemos ahora, claro. Era tan obvio…que nadie lo pudo ver.

Todos los plumillas musicales nos entretuvimos en buscar influencias, en valorar el papel de este disco dentro del rock actual, en debatir si miraba al pasado o al futuro. Como si eso importase, vaya. Banalidades. Nos olvidamos -otra vez- de que la música sirve para expresar emociones que no siempre responden a una fórmula matemática o a un esquema historico-artístico. Bowie entregaba aquí una obra definitiva, que trascendía a todo ello. Lo pensamos ahora. Nos rendimos a su enormidad. Y lo entendemos todo, respirando profundamente. Los climas opresivos, las voces fantasmagóricas, la electrónica conectando y desconectándose, los coros dando un eco muy determinado, el tono siniestro que lo preside todo, una nocturnidad que nada tiene que ver con lo que habitualmente se adjetiva como nocturno… y esas letras que repartían versos-testamento continuamente.

Van unos ejemplos: « Algo sucedió el día que él murió / el espíritu se elevó un metro y se hizo a un lado / alguien más tomó su lugar, y valientemente exclamó / “Soy una estrella negra, soy una estrella negra”» (Blackstar). « Mira aquí arriba, estoy en el Cielo / Tengo cicatrices que no pueden ser vistas / Tengo drama, no puedo ser hurtado / Todos me conocen ahora» (Lazarus).« Días interesados, sexo de supervivencia / Honor que estira colas hasta cuellos / Estoy cayendo / No es nada para mí / No es nada digno de ver» (Dollar Days). «Veo más y siento menos / Digo no pero queriendo decir sí / Esto es todo lo que siempre quise / Ese es el mensaje que envié» ( I Can’t Give Everything Away). ¿Hace falta seguir? ¿Verdad que no? ¿Verdad que ahora todo tiene sentido?

Si has llegado hasta aquí, si has escuchado el álbum después de la defunción, habrás experimentado la congoja y la admiración. Seguramente, haya sido difícil encontrar la palabra adecuada. Y lo más probable es que, al ser fan, te hayas sentido totalmente incomprendido cuando en el trabajo quisiste expresar esa tristeza atenuada con la emoción de la revelación que te embargaba. Cuando viste a toda esa gente cantando Starman en Brixton, sonreíste. Luego, volviste a escuchar Blackstar conmoviéndote con la música, la vida y la muerte. Todo gracias a un grande que lo fue hasta el aliento final.

Michael Jackson bate récords desde el más allá con “Thriller”

jueves, diciembre 31st, 2015

aThriller

Ni The Beatles, ni Elvis Presley, ni U2. Tampoco ahora la superventas Adele. Nadie en la historia de la música pop había vendido 100 millones de copias de un trabajo. Todo hasta que la semana pasada la Asociación de la Industria de la Grabación de Estados Unidos (RIAA), El Patrimonio de Michael Jackson, Epic Records y Legacy Recordings daban el anuncio: el histórico Thriller de Michael Jackson había rebasado esa cifra. Se trata de una nueva línea en el currículo de un artista estratosférico, que continúa sumando honores tras su muerte en 2009. Una vez más, se certifica la grandeza global del Rey del Pop. Y se invita a disfrutar de su obra más conocida.

Sí, porque tal y como rezaba la nota de prensa de Sony que anunciaba el logro, no existe ningún lugar del mundo civilizado en el que no se haya escuchado Thriller. El trabajo editado en 1982 convirtió a Michael Jackson en la mayor estrella de la música popular, redefiniendo la música negra, revolucionando por completo el mundo del videoclip y ampliando hasta el infinito al pop como la expresión cultural definitiva del siglo XX. No solo supuso una explosión de dólares, al lograr el número uno de ventas en prácticamente todo el mundo, también dejó algunas de las mejores canciones de la historia.

Canciones, se hace necesaria la precisión. Porque, en conjunto, Thriller no supone el mejor disco de Michael Jackson. Su predecesor, Off The Wall (1979), resulta mucho más sólido. Su continuador, Bad (1987), más atrevido artísticamente y efectivo como bloque. En Thriller flojean algunos temas azucarados, como The Girl Is Mine con Paul McCartney o la balada The Lady In My Life. E incita más a la escucha selectiva. Ahí desde luego arrasa.

Empezando desde el principio. Wanna Be Startin’ Somethin’ inaugura el disco viajando a África. De allí se trae las guitarras puntillistas, la llamada-respuesta en los coros y una percusión alambicada. Todo ello pasa por la trituradora funk y la garganta de goma de Jackson, que se estira y encoge en su frenético ritmo. Una voz que optará por el drama de la homónima Thriller, otra pieza magistral más allá de los géneros que se hizo inmortal de la mano de un videoclip que marcó un antes y un después. En España se emitió en la Nochevieja de 1983, creando uno de esos hitos generacionales que jamás se olvidarán. Todo el mundo sabe en donde estaba ese día antes de quedar boquiabierto con lo que escupía la televisión.

Otro de los hitos de Thriller se encuentra Beat It, colisión entre la música negra y el hard-rock blanco con Eddie Van Halen a la guitarra, creando un zafarrancho genial. Pero, si se trata de buscar una canción ante la que rendir para toda la vida, hay que ir a la cara b del álbum. La abre Billie Jean y reclama para sí un lenguaje cargado de hipérboles y pirotecnica. En la colección de ensayos sobre el artista Jacksonismo, Michael Jackson como síntoma, Mark Fisher habla de ella en estos términos: «No es solo uno de los mejores singles que se hayan grabado, es una de las más grandes obras de arte del siglo XX, una escultura sonora con múltiples niveles cuyos aires de pantera sintética y furtiva todavía revelan detalles novedosos treinta años después».

Solo hay que volver a escucharla para acreditar todas y cada una de las palabras. También para volver a fijarse en su sonido total: una percusión que late como un corazón encendido, una línea de bajo que camina, una fastuosa sección de vientos que envuelve la pieza en puro misterio y una guitarra de funk rugoso que contrae el músculo intermitentemente. A los mandos se encontraba Quincy Jones, No son pocos lo que consideran que a él pertenece la verdadera grandeza de Thriller. Aunque eso es otra historia.

Los mejores discos internacionales de 2015

lunes, diciembre 28th, 2015

2015-beach-house

Diez álbumes para perderse en ellos. Diez trabajos editados en el 2015 que acreditan que la buena música sigue ahí, entre la marabunta. Diez discos que han merecido la pena ser escuchados y que, ahora haciendo balance, reclaman su derecho a la reescucha. No se fíen de que Beach House no aparezca en casi ningún lado. Tampoco del ¿olvido? del otrora laureado Bill Fay. Y no piensen que traer aquí a Gwenno o Ryley Walker se queda en una simple una concesión a la diferencia sin dos grandes discos que sustenten la elección. Refrendemos el aplauso unánime de la crítica a Kendrick Lamar o Sufjan Stevens que se han salido del mapa. Recordemos (porque seguro que alguien lo había olvidado ya al ritmo que va todo) que Sleater Kinney y Blur abrieron el año recordando quien fueron y quien siguen siendo. Y que, vaya, Low y Dominique A continúan en su línea previsible de siempre: la de solo editar calidad. Esto es lo mejor del año para Retroalimentación

1. BEACH HOUSE “Depression Cherry” (Bella Union). Victoria Legrand y Alex Scally lo han vuelto a hacer. Han entregado otra maravilla de dream-pop especialmente diseñada para aquellos que en su día deliraron con Broadcast. Esparciendo un poco más las melodías, doblando el componente atmosférico y dejando canciones vaporosas como Beyond Love, Levitation, Space Song o 10.37, el dúo de Baltimore lo ha vuelto a hacer: poner la emoción del oyente en suspensión con un disco que incita a cerrar los ojos, volar y disfrutar con el viaje. No pocos se han sentido decepcionados con él. Les invito desde aquí a que lo intenten varias veces, mientras deslizan la yema de sus dedos por el terciopelo de su portada. Merece la pena

2. SUFJAN STEVENS “Carry & Lowel” (Asthmatic Kitty Records). La muerte de su madre en 2012 y todas las cosas que no funcionario en su relación con ella, sirvieron de argumento para el nuevo trabajo de Sufjan Stevens. Se trata de un disco acústico y cargado de sutilezas, que parece creer evocar una suerte de comunicación espiritual con todo su envoltorio ambiental de voces dobladas y ruidos de fondo. En él surgen recuerdos infantiles, sombras de esa caricia familiar que no llegó a sentir del todo y un deseo de retomar el diálogo ahora, justo ahora que ya imposible. Cantado con una fragilidad desarmante y tocado con una finura exquisita, consigue conmover y dejar con ganas de volverlo a escuchar mil y una vez.

3. SLEATER KINNEY “No Cities to Love” (Sub Pop). Hay retornos y hay retornos. El de Sleater Kinney, que volvieron diez años después de The Woods, es de los que invitan a pensar que el lapso de tiempo en realidad no existió. Con la misma fuerza, con el mismo poderío, Corin Tucker, Janet Weiss y Carrie Brownstein suman y siguen en una discografía ejemplar con canciones-emblema como A New Wave, interesantes desvíos a la síncopa post-punk como Fangless o mazazos a piñón fijo como Fade. Un gran trabajo, de esos que piden máximo volumen para ser escuchados en toda su intensidad

4. KENDRICK LAMAR “To Pimp a Butterfly” (Interscope). Para buena parte de la crítica este es el disco del año y, desde luego, en el ámbito de la música negra no admite rival. No parece una exageración. El tercer trabajo de Kendrik Lamar lo tiene todo: canciones de pegada inmediata (King Kunta, con otros arreglos, podría ser hasta un tema de Bruno Mars), temas de tercera y cuarta escucha, sabio reciclaje de del jazz, el funky y el rap, cuerpo de álbum mayúsculo que radiografía la situación de una comunidad negra abocada (aún) el racismo y solidez en todos sus cortes.

5. GWENNO “Y Dydd Olaf” (Heavenly). Sorpresa mayúscula. Gwenno Saunders, la rubia de The Pippetes, debutó este año en solitario con un disco maravilloso que poco o nada tiene que ver con el pop en techinicolor de aquel. Cantado en galés e inspirada en una novela ciencia ficción escrita en 1976 por Owain Owain, en ese álbum la artista se sumerge en el retrofuturismo, el kraut-rock y la psicodelia. El resultado ha enamorado a los fans de Stereolab y Broadcast, ha encantado a los curiosos que se han acercado a él y, más allá de filias estéticas, convence por la calidad de su contenido.

6. DOMINIQUE A “Eléor”(Cinq7-Wagram-Popstock!). Quizá por entregar gran disco tras gran disco en una trayectoria excelsa, los lanzamientos de Dominique A ya no provoquen tanto entusiasmo como en el pasado. Pero en cada uno de ellos existe verdadera magia. En ese sentido, Eléor suma y sigue en su vertiente más serena con los singles precisos de un mundo perfecto (Central Otago, Par le Canada), canciones diminutas que se hacen enormes orquestadas (Au revoir mon amour, L’Océan) y una maravilla escondida al final (la homónima Eléor y su frágil melodía) que certifica que seguir al francés años y años. No falla.

7. LOW “Ones and Sixes” (Sub Pop). Siempre están ahí. Cuando se lanza al lamento de que el rock actual es incapaz de ofrecer recambios de envergadura a lo que en su día fueron Pixies, Sonic Youth o My Bloody Valentine, aparece su nombre. Lo lleva haciendo ya dos décadas , con grandes discos servidos con saludable regularidad. Y en este 2015 llega otro más. Con cierta conexión sintética con Drums and Guns (2007) pero mucho más accesible que aquel, Ones and sixes revisa el libro de estilo del grupo -encogimiento, dulzura, pasajes rugosos, tubulencias, melodías saliendo a flote-, conformando otro capítulo para uno de los libros más importantes de la música contemporánea.

8. RYLEY WALKER “Primrose Green” (Dead Oceans). Sus conciertos en Galicia (él solo, sin banda) fueron de una intensidad tal, que resultaba obligatorio hacer visita a su discografía. Ahí aparecía este soberbio segundo disco, preñado de folk, jazz y psicodelia, armado con canciones impresionantes y dueño de una interpretación magistral. Andan por ahí los espíritus de Bert Jansch, Richard Thompson, Tim Buckley o Nick Drake, héroes de la música británica que han fascinado a este talentoso músico de Chicago que promete dar muchas más alegrías. Por ahora, un deseo: poderlo ver con banda en Galicia.

9. BILL FAY “Who is the Sender?” (Dead Oceans). Tras la resurrección de Life Is People (2013), tras 40 años en el olvido, Bill Fay ofrece la siguiente entrega de su segunda vida, rebajando el tono y ahondando en el verso. Él dice que se trata de otro modo de góspel. Y lo cierto es que entre su cantar cansado, ese piano que lo acompaña sin molestar y los arreglos orquestales de fondo surge una voz espiritual que que pregunta cuál es el camino correcto en medio de la desesperanza. Lo dice todo de un modo tan conmovedor que, en medio de la escucha, si alguien sugiere llevarlo a lo más alto de los discos del año difícilmente encuentre oposición.

10. BLUR “The Magic Whip” (Parlophone). Con su retorno a los escenarios Blur dejaron claro que un mundo con ellos era mejor que sin ellos. Quedaban dudas sobre su paso por el estudio, resueltas satisfactoriamente con este The Magic Whip. Siendo 100% Blur, pero descartando fingir que todavía estamos en los noventa, este disco navega entre los aromas de soul, toques afro, pinceladas electrónicas y pequeños arreglos orquestales. Todo muy de melómano de cuarentaytantos en el salón de casa. Poco de veinteañero desbocado en el pub. La juventud se esfumó. La nuestra y la suya. Pero, sorpresa, sienta bien.

INXS ha vuelto…como serie de televisión

miércoles, diciembre 9th, 2015

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Londres, estadio de Wembley, Londres. Año 1991. Setenta mil personas con los brazos en alto. Tres golpes de batería. Riff de guitarra. Explosión. «Vive nena vive / Ahora que el día terminó / Tengo una nueva sensación / En momentos perfectos, imposibles de negar», canta un Michael Hutchence efervescente. El público se convierte en una masa ondulante. Salta como si no hubiera mañana. Setenta mil almas al unísono entregabas a la pregunta: «¿Estás preparada para la nueva sensación?». La banda, encendida, representa el hedonismo mismo. Juventud infinita. Vibración eterna. Plenitud máxima. Barbilla siempre levantada.

El tema se llama New Sensation. Y la banda, INXS. Se encontraba entonces en la cresta de la ola, sosteniendo la gloria con la palma de la mano. Ese momento se emplea como punto de partida en Never Tear Us Apart: The Untold Story of INXS, la serie de cuatro capítulos que recrea la historia del mítico grupo australiano. El año pasado se estrenó en su país, donde gozan de tratamiento de leyenda. Ahora ha llegado a España despertando recuerdos adormecidos sobre una banda formidable que, sin embargo, no suele reivindicarse en las miradas atrás de los fans y críticos. Pero si suena I Need You Tonight —eléctrica, seductora, irresistible— no queda más remedio que admitir que el olvido tiene mucho injusto.

Ese tipo de calambre abunda en una serie con la que, no obstante, conviene poner la venda antes que la herida. Por sí misma no resulta ninguna maravilla. Más bien se trata del típico telefilme biopic ligeramente ampliado en cuatro entregas. Pero sirve fundamentalmente para revivir aquel fenómeno que cristalizó comercialmente con Kick (1987) y que se mantuvo firme durante los primeros noventa. Luego decayó y se topó con un trágico final. El suicidio de Michael Hutchence en 1997 marca el fin. La realidad es que INXS siguieron sin él. Pero, lógicamente, todo resultó diferente.

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Como ocurre tantas veces, la arrebatadora figura pop germinó en un adolescente introvertido, sensible y con problemas. Lo interpreta Luke Arnold. Se ve cómo el cantante que arrebata con su presencia, colecciona amantes e inhala cocaína sin pensar en el mañana, viaja de cuando en cuando a su pasado. Procedía de una familia burguesa de Perth. Sus padres combinaban broncas, infidelidades y cinismo. Él decidió subirse al vagón de la música. Vía de escape. Escribía en una libreta letras para las canciones de su imaginación y acabó siendo objeto de burla entre los matones la escuela de Preparatoria. Corría 1977.

En una ocasión cuando se encontraba a punto de recibir una paliza, otro alumno salió en su defensa. Se trataba de Andrew Farriss, un chico con inquietudes musicales. Hablando tras el rifirrafe, descubrió los versos que Michael reflejaba en aquellos papeles. Le propuso trabajar juntos. Pronto se unieron el guitarrista Tim Farriss (hermano de Andrew) tocaba en distintas bandas y Kirk Pengilly formando The Farriss Brothers. Dos después, cuando el baterista Jon Farriss (también hermano de Andrew y Tim) concluyó el colegio secundario, hicieron su particular todo o nada: marcharse a Sídney a triunfar.

Ahí, viviendo todos juntos en un maltrecho piso, empezaron a rodarse en escena. En la serie se ve cómo Michael se soltó en directo. Contorneándose y mostrando abiertamente sexual, ponía a latir el deseo en las mujeres que lo iban a ver. «Así es como tienes que actuar cada noche, con una mujer del público en mente». Dicho y hecho. Cuando su mánager, se quedó mirando un disco de XTC vio la luz. «¡Os vais a llamar INXS!», dijo. Suena igual que in excess (en exceso). Les iba a ir como anillo al dedo.

ASCENSIÓN A LA FAMA

Aunque INXS llenaban las salas en las que tocaban y, luego, ya se asentaron en las audiencias medias, eran un grupo ambicioso. No aspiraban a la categoría de banda de culto. Ellos se miraban en los Stones («veo a Mick Jagger, pero no a los Rolling Stones», le dice en un momento el director de la compañía a Chris CM Murphy, su segundo mánager). Querían aparecer en la televisión y enardecer a los fans. Aspiraban a llegar a todo el mundo sonando modernos, sofisticados y sencillos al mismo tiempo. Ansiaban provocar sacudidas emocionales a escala mundial

Lo lograron con Kick (1987), un disco que reunía todo lo antedicho. Rabiosamente contemporáneo, mostraba a un grupo en su máximo esplendor. «Te doy un millón de dólares, te olvidas de esto y los mandas al estudio a que graben un disco de verdad», dijo el dueño de la compañía cuando lo oyó. Poco después presumía por los discos de oro logrados. Mientras, el grupo se daba baños de masas. Mirando de tú a tú a U2. Saludando desde arriba a Simple Minds. Y poniendo a Australia en lo más alto.

Ahí empezó la locura. Con I Need You Tonight generando constantes descargas de funk-pop, el grupo se embarcó en una gira continua. Mujeres corriendo desnudas por los pasillos, botellas de champán en habitaciones, drogas de diseño antes y después del concierto. Tras dos años, pidieron uno de descanso. Se estabilizó. Hubo bodas y planes de familia. Doce meses después volvía la locura. A Kick le sucedió X (1990). Multiplicó la fama. Luego, faltos de inspiración, tirarían de inercia, mientras Michael peleaba con sus demonios. Un incidente con un taxista en Milán le dejó tocado. Los paparazis acosándolo pusieron el resto. Deprimido, terminó por apartarse del mundo, dejándolo sin una estrella de las de verdad.

John Lennon en diez canciones

viernes, octubre 9th, 2015

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De no haber sido asesinado en diciembre de 1980, John Lennon cumpliría hoy 75 años. La efeméride servirá para recordar, una vez más, su papel fundamental en la cultura del siglo XX, su condición de icono social universal y, sobre todo, su capacidad de hacer canciones eternas que se encuentran entre los mayores hitos de la música pop. Es en este tercer vértice en el que se van a recrear estas letras. Estas son (algunas de) las 10 mejores canciones de un músico fundamental.

1. I’M THE WALRUS (1967). ¿Una canción protesta teñida de surrealismo? ¿El abandono de Lennon a las sensaciones experimentadas con el LSD? ¿Una ruptura total de su fantasía para liberar la pena de la muerte de Brian Epstein? I’m The Walrus continúa hoy en día siendo un fascinante dilema. Iniciada con ese dulce vaivén re-que-te-i-mi-ta-do-has-ta-la-ca-cie-dad, continuada por un arreglo orquestal magnífico y puesta en funcionamiento por esa (infravalorada siempre) batería perezosa de Ringo Starr, abre el telón para un autor en estado de gracia. Estirando vocales y rascando ligeramente la garganta invita: «Yo soy él y tú eres yo y todos somos a la vez / Mira como corren como cerdos ante un rifle, mira como vuelan / Estoy llorando». Como una tormenta lírica llega al oyente, que no entiende nada pero lo entiende todo. Se ha llegado a decir que dentro de ese maremagnum pop se reparte estopa a los profesores que soportó Lennon de niño, a la policía e, incluso, a la idea misma de Inglaterra. También que ironizaba sobre la corriente psicodelia en general. Sea como sea, casi medio siglo después continúa trasmitiendo la sensación de entrar en un mundo pop de colores distorsionados, en los que la alegría nace de la tristeza y busca una vía de escape. ¿A dónde?

2. STRAWBERRY FIELDS FOREVER (1967). Otra introducción para enmarcar abre el sinuoso camino hacia un mundo ideal, esta vez conectado con la infancia. «Déjame llevarte a allá / porque voy a los campos de fresa / nada es real y no hay nada para perder el tiempo / campos de fresa por siempre», canta con una profunda melancolía hacia el paraíso infantil que una vez se fue para echarlo siempre de menos. De hecho, el Strawberry Fiel es el nombre del orfanato que había junto a casa de Lennon y en cuyo jardín jugaba de niño. Con una atmósfera muy especial la canción, de belleza legañosa, juega con las velocidades, las cintas al revés y los arreglos imposibles en una explosión de creatividad liberada de todas las cadenas. Una vez más, The Beatles estaban dibujando el futuro del pop con trazo maestro.

3. A DAY IN THE LIFE (1967). Considerada por algunos estudiosos como la mejor canción pop de la historia, A Day In The Life supone el cierre apoteósico de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, seguramente el disco beatle que se grabó con la mayor conciencia de revolución de todos los suyos. Surgida de ideas captadas de una lectura del periódico de Lennon, en la que se hablaba de la muerte de una amiga para unas páginas más adelante hacer una media de los agujeros por habitante de una carretera, bien podría tomarse como una crítica a los medios. A falta de paralelismo mejor, lo fácil es catalogarla como una mini sinfonía pop. Diferentes melodías, voces que parecen perderse, instrumentos que surgen de manera inconexa, una tormenta orquestal que lo precipita todo, una melodía que surge clara y nítida en labios de McCartney… Lo difícil es desentrañar toda la riqueza condensada en 7 minutos que parecen 70. Pero lo mejor de todo, es tumbarse, escucharla con cascos y dejarse impresionar una vez más.

4. TOMORROW NEVER KNOWS (1966). El sonido de The Chemical Brothers tres décadas antes. Si Revolver (1996) era la respuesta a Pet Sounds, con este tema The Beatles avanzaron un puñado de pasos más allá. Posiblemente, se trate de representación musical de un viaje de ácido más lograda de la historia. Se compuso en una época en la que Lennon estaba totalmente inmerso en la cultura psicodélica y, hoy por hoy, supone la mejor banda sonora posible del cambio que se produjo en la cultura occidental en los años sesenta. Así lo vieron en la serie Mad Men, cuando Don Drapper la escucha mientras busca una explicación sobre el cambio que estaba tomando EE.UU. a finales de los sesenta. Hipnótica gracias a ese loop que recoge la batería de Starr, caleodocópica debido a su anárquica arquitectura sonora y sensitiva por la infinidad de estímulos que genera, se trata de la pérfecta síntestis entre emoción y sorpresa, ente placer y trascendencia. Una obra de arte totalmente rupturista que se adelantó, ya lo ven, treinta años.

5. TICKET TO RIDE (1965). Definida por Lennon como la primera canción heavy metal de la historia, lo cierto es que Ticket To Ride surge como toda una oda melódica a la Rickembaker de 12 cuerdas. Todo ello con el inestimable apoyo de un ritmo pesado de (infravalorado una vez más) Starr. Parece ralentizar su fluidez. Y la convierte en algo realmente delicioso. Entre ambos contrastes se logra una pieza definitiva que parece adelantar la revolución a la que se iba a someter en los próximos años. La canción ya supera los tres minutos, la melodía fluctúa de manera ondulante y se advierte una clara intención de retorcer conceptos. Un año después The Who entregarían The Kids Are Allright, que parece continuarla.

6. YOU’VE GOT TO HIDE YOUR LOVE AWAY (1965). Canción claramente influenciada por Bob Dylan, se trata de una genialidad que deslumbra por su sencillez, su capacidad de emocionar y la facilidad para aprehender las enseñanzas de otro músico ofreciendo algo totalmente personal. Muchos de los estudiosos en The Beatles la relacionan con Brian Epstein, el mítico manager que gestionó la beatlemanía. Homosexual, supuestamente estaba enamorado de John Lennon y la leyenda reza que esta canción (tienes que esconder tu amor) en realidad habla de él.

7. JEALOUS GUY (1971). Persona de extremos, ya en solitario John Lennon enterneció al planeta con esta preciosa canción en la que abría su corazón, pidiéndole perdón a Yoko Ono. Aunque el autor haya dicho que no es autobiográfica, sino que responde a una declaración de principios, lo cierto es que biográficamente parece ser la respuesta a la espiral autodestructiva en la que se embarcó tras la separación de los The Beatles y la posterior búsqueda de redención. «Yo nunca quise herirte / siento haberte hecho llorar / oh no, no quise herirte / soy solo un hombre celoso», dice con una delicadeza inmaculada. Se torna en puro delirio cuando el artista termina por silbarla.

8. COME TOGETHER (1969). Un blues modernizado, con pausas precisas, tensión sabiamente mantenida y pequeñas explosiones guitarreras. Aquí sí que se está cocinando el sonido hard-blues que derivaría en el hard-rock. También una invitación a abrazarse a la libertad, con reminiscencias de I’m The Walrus. Y unos últimos guitarrazos en la carrera de un grupo que empezaba ahí a despedirse.

9. IMAGINE (1971). Eternamente vilipendiada por ñoña, utópica e infantilmente idealista. Sí, pero lo cierto es que Imagine logra durante sus tres minutos y pico inyectar en el oyente un espíritu de pureza muy particular. Semeja que lo empuja a ser mejor. Sustentada por un piano que, poco a poco, se enriquece, esta pieza pacifista en la que un millonario nos habla de un mundo sin posesiones custodiado por su mujer. Al margen de las contradicciones, el tema resulta formalmente irreprochable y todo un icono de una época. Para muchos, supone el mejor retrato de su autor.

10. WOMAN (1980). Posiblemente, su última gran canción. Tan buena era que, en los nombres provisionales antes de editarlo, la llamaban “la beatle”. Pese a la plasticosa producción víctima de la época, su melodía engatusa. «Mujer por favor déjame explicar / Nunca quise causarte pena o dolor / pues déjame una y otra y una y otra vez decirte / te amo, si, si / Ahora y por siempre». Por supuesto la destinataria de esos versos era Yoko Ono.

Los Eskizos de 2015 rugen con «Josephine»

martes, julio 7th, 2015

ESKIZOS ACTUAL

La de Los Eskizos ha sido siempre una historia de dejarse llevar. Ocurrió cuando se separaron en los primeros noventa, avistando el éxito. Lo hicieron cuando se reunieron, habiendo dejado escapar la oportunidad de ir de la mano de la edición de su recopilatorio en Mushroom Pillow. Y lo vuelven a repetir ahora, lanzando 22 años después de aquel Turn Off The Light póstumo un nuevo epé de cuatro canciones: Josephine. No se sabe muy bien qué papel juega un artefacto así, tan fuera de tiempo y contexto, en el universo rock actual. Pero es que, realmente, tampoco se conocía con exactitud el sentido de su epé homónimo en 1991. Lo cierto es que con Los Eskizos ajustar las cosas a la lógica resulta un esfuerzo baldío. No hay planificación.Todo responde más a una cuestión de impulsos, llegados en pequeñas descargas de esa electricidad a contracorriente. La que les ha guiado desde el minuto uno. 

Comprobado el ajuste en la formación con Iago Alvite sustituyendo al fallecido Jose Carral, tomado el pulso de la banda en directo en su reunión en Mardi Gras en 2014 (o también sus apoteósicos pases en el Noroeste Pop Rock o el Purple Weekend) y constatado que aún quedan cuerpos sedientos de ese rock eskizo, la pulsión los ha llevado al estudio. En los ensayos y los directos no solo se revisaba el pasado. También se creaba el presente. Y las cuatro piezas de Josephine lo materializan. Unos segundos después de empezar el tema titular queda acreditado. Hay vida. Hay corazones latiendo. Hay músculos contraídos. Todo por esa electricidad. Guitarras que rascan. La voz de Pedro que ondula, juega al falsete e hincha la vena del cuello. Y -¡oh sí!- la sensación de que todo estallará en la recta final. Lo hace a tropezones, en una orgía de rock cubista que pretende rendir tributo a Josephine Baker, aquella bailarina y actriz estadounidense que aterrizó en el París de los veinte fascinando a todos los artistas. 

Fuck The World, ya conocida por sus directos, arranca con maneras de rock n’ roll clásico y perfectamente engrasado. Pero pronto un trío de vientos (saxo, trompeta y trombón) la sitúa en una nueva dimensión. Cuando los pulmones de Daniel Bautís, José Bascoy y Nando González se funden con las guitarras y el teclado de Diego Veiga el oyente muerde el labio. Luego, entrecierra los ojos en un gesto de placer ¿Alguien dijo The Saints? No anda desencaminado. «I Wanna Fuck The World», toca cantar ahora. Hace unos años era Fuckin’ Day. Siempre jodiendo, en definitiva. Aquella la interpretaba Pedro en los noventa. Ahora lo hace normalmente Astray, que en este nuevo disco ocupa de la mitad del material. “The Place” y “The Witch” llevan su firma. Conforman la cara b. La primera, con la voz filtrada y guitarras que se aceleran en espiral hacia una suerte de psicodelia stoogiana y constante sensación de vértigo. La segunda, con unos deliciosos arpegios que parecen remitir a los del “Frantic Romantic” de The Scientits que ya versionaban en los noventa. Acogen un fraseo de voz rasgada y un estribillo ultramelodioso. Acople perfecto con el lado a. 

El disco, cómo no, saldrá en vinilo. Lo edita el sello Tualmonteyyoalmar Records. De nuevo, Los Eskizos atrayendo a su lado a esa gente que los hace aún más especiales. «¿Queréis grabar unos temas?». Venga, adelante. Sin más. La pequeña gran leyenda del garage-rock coruñés se encuentra también ahí, en las cubetas de novedades de las tiendas de discos. No se trata de contradecir a la nostalgia. Tampoco de demostrar el sentido de los pasos dados con un disco-coartada. Con Los Eskizos todo resulta más sencillamente complejo que eso. Se trata de ponerse al servicios de esos calambres que llegan en sentido contrario y que nunca se sabe a dónde apuntan. Así fue en 1988, cuando cambiaron Skizofrenia Colectiva por Los Eskizos. También 1992, poniéndole cortando de cuajo su historia. Igualmente en 2014, resucitando el mito. Y, por supuesto, en 2015 no semeja que vaya a cambiar. La suya continua siendo electricidad a contracorriente. Los pocos muchos que desean seguir disfrutando de esas descargas están de enhorabuena.