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Archivo para febrero, 2014

La policía de la pureza del fan

viernes, febrero 28th, 2014

Ocurrió con Lou Reed en su día y ha vuelto a ocurrir esta semana con Paco de Lucía. La gente se entera de la muerte de un grande de la música y muestra su pena en Facebook. Un video y unas palabras, por lo general. Se suceden los «me gusta» hasta que, de pronto, surge la policía de la pureza de los seguidores de los músicos. Efectivamente, como si anduviesen a la caza de los duelos de supuesto postureo empieza el tiroeo. Un clásico que no falla: «La mayoría de los que lloriquean no tienen más que un grandes éxitos». Pero los hay, por supuesto, de todos los colores.

Por lo general, el ataque suele venir acompañado de una reivindicación de un periodo poco usual del artista, un disco que no aparece entre los esenciales o una vivencia asociada a uno de sus conciertos. Es el modo de marcar territorio, la forma indirecta de decir: «Yo sí que soy un fan de verdad y mi lloro es genuino, no como el tuyo». Es la versión post-mortem del “A este tío lo escuchaba cuando aún no era conocido”.Y el pobre hombre, que simplemente quiso escribir un D.E.P. recordando una canción que conocía por los motivos que fuera, se queda ahí, arrinconado, temeroso de que lo sometan a un test para demostrar que es un seguidor con todas las de la ley y no un farsante.

«Los auténticos postureos son los de los cazadores de supuestos farsantes en el Facebook», escribía una chica en un muro de Facebook el pasado miércoles. Su vuelta a la tortilla no pudo ser más acertada. 

Jake Bugg, ni tanto ni tan poco

lunes, febrero 24th, 2014

Hay dos modos de acercarse a Jake Bugg. Una, embelesado con esa pirotecnia mediática que lo presentó como -¡hala!- el Bob Dylan inglés. Y otra, con la curiosidad de quien desea incorporar buenos discos de pop atemporal a la estantería. Existe una tercera, la de desterrarlo en su condición de hype británico. Pero no sería la justa. Porque lo cierto es que en Jake Bugg se encuentra un hábil compositor y un versátil interprete con un puñado de canciones notables sobresaliendo dentro de un conjunto irregular. Lo demostró en el homónimo Jake Bugg (2012), su laureado álbum de debut (imposible olvidar aquel sensacional Lighting Bolt que lo inauguraba), y lo corrobora con Shangri La, su segundo paso.

Continuista del primero, en general. Algo menos inspirado, en particular. Y un con ligero ensanchamiento del registro de cuanto en cuando. Esa podría ser la lectura inicial de un Shangri La que, de nuevo, empieza nervioso apelando al Dylan del periodo 64-66 con la punzante fuerza electroacústica de There’s A Beast And We All Feed It. No es Lighting Bolt, no. Pero sí un buen arranque en un trabajo en el que Bugg destapa un registro vocal puntiagudo que, más allá de Dylan, lo emparenta en ocasiones con los Arctic Monkeys u Oasis. Sí, la trepidante What Doesn’t Kill You remite directamente a ese pop guitarrero y entrecortado de los primeros tiempos de la banda de Alex Turner. Y la empalagosa A Song About Love recuerda a aquel Liam Gallaguer inflado de modorra en la segunda mitad de los noventa.

Es ahí, en los terrenos más delicados, donde patina el disco invitando en ocasiones al bostezo. All Your Reasons, por ejemplo, se hace eterna en sus plomizos solos de guitarra. Menos mal que temas como Kingpin ofrecen la otra cara de un disco fluctuante en calidad, pero aprovechable, en su una de cal y otra de arena. Desecharlo resulta tan equivocado como ensalzarlo a lo superlativo.

¿Y si escuchamos al músico?

viernes, febrero 14th, 2014

El pasado lunes el músico coruñés Néstor R. Pardo anunciaba vía Facebook que dejaba de tocar en eventos en los que no se cobrase entrada. Harto del comportamiento de parte del público con el que se tenía que enfrentar cada semana, dio un paso al frente. “La decisión ha llegado a causa de la frustración que me produce tocar y que la gente hable a gritos o tener que aguantar a gente colocada tocando mis cosas”, argumentaba en su escrito. Dejaba entrever que antes de esta decisión existieron muchos otros amagos previos.

No se trata de un caso aislado el que relata Pardo. La mala educación campa a sus anchas en los pubs y salas de conciertos gallegas. Demuestra el triste papel secundario que ha adquirido la música en esta sociedad en la que, vaya, se valora la actuación en directo pero luego no se le hace el más mínimo caso al ejecutante. Decía aquí una vez Antonio Luque (Sr. Chinarro) que, en ocasiones, se sentía com el pianista de los bares de las películas del Oeste. Otra vez era Kiko Veneno quien echaba en falta el respeto reverencial que la música generaba en otras eras. Es así: hay veces que, ni siquiera en la primera fila, se pueden escuchar las canciones sin gritos alrededor. Y no solo en los bolos gratuitos. También en los de pago.

Pardo ha dado este paso. Ojalá quienes lo provocaron se den por aludidos y la próxima vez, con otro sufrido músico enfrente ya, opten por ponerse un esparadrapo en la boca. Quizá logren así experimentar una sensación maravillosa y, por lo visto, inédita para muchos: escuchar música en vivo callados. Atrévanse. No tengan miedo. Venga. Pueden probar en su actuación junto a Wolrus en la próxima parada de Los conciertos de Retroalimentación. Eso sí, si no van a ser respetuosos, todos preferimos que se queden en casa.

Cuando los New Kids On The Block eran la salvación

miércoles, febrero 12th, 2014

Marta se quedaba en los recreos en clase allá por 1989. No salía al patio. Prefería quedarse en clase. Con sus revistas Super pop. Sus Popcorn. Y sus Bravo alemanas, que solo compraba cuando salían los New Kids On The Block, su grupo favorito. Marta nada tenía que ver con el resto de las chicas de su curso. No había pisado una discoteca de tarde. Tampoco usaba Levi’s 501 por encima del tobillo. Y no, no había recibido jamás un beso de un chico todavía. Ni siquiera en los Verdad, beso, consecuencia a los que nunca estuvo invitada. Su vida transcurría, anodina, sin llamar mucho la atención. De cuando en cuando tenía que soportar como Tocho, el tripitidor de la clase, se reía de ella por su sobrepeso. También cuando decidía, por-que-sí, tirarle de la goma del sujetador en la espalda. Lo llevaba como podía. Es decir, mal.

Había un momento en el que, sin embargo, aquella niña brillaba. Cuando la puerta de la clase se cerraba y Marta se juntaba con sus dos amigas de 1ªC, otras marginadas del instituto, el mundo cambiaba su gesto. Repasaban los pasos de aquel video de los New Kids On the Block. Lo habían grabado en video de Rockopop y lo ponían sin parar en casa, cada día. Se trataba Tonight, una pieza con melodías y arreglos beatelianos pensados para adolescentes que jamás habían escuchado a The Beatles. Marta, que era una fan muy fan, lo sabía. Pero más allá de la música, había encontrado en ellos un mundo ideal al que viajar de manera intermitente. En cuanto se accionaba el play, el mundo en blanco y negro iba tomando color, como en los filmes clásicos pintados a posteriori. Y aparecían aquellos cinco chicos de gesto amable y actitud fresca. Nada tenían que ver con la jauría sudorosa que se encontraría tras el recreo.

Tonight, arranca suave, cadenciosamente pop, apenas sustentada por un piano y los sintetizadores simulando violines que arropan las voces sedosas. Pero justo antes de llegar a su estribillo, pega un salto. Ahí Marta se transformaba. Con sus amigas ensayaba la coreografía, escuchando la canción en un walkman gracias a unos rudimentarios altavoces externos. Con los pies juntos saltaba de un lado a otro. Luego echaban las caderas hacia atrás, y los dos brazos juntos adelante arqueando la espalda, mientras mirada de lado con su cara. Lo hacían bastante mal, de una manera torpe, cierto. Pero en el espejo de la clase vacía ella se sentía deslumbrante, diciéndoles a todos aquellos que la ignoraban o despreciaban día a día que era algo especial, radiante, encantadora. Y que ellos, ciegos, no lo habían podido ver.

Los minutos pasaban. Y cuando repetían y repetían el mismo paso, el recreo se había terminado. Embriagadas en su baile-karaoke, siguieron. Llegaron los primeros compañeros al aula y las vieron. Hubo risas, más risas y carcajadas. “¡Ahí está Madonna haciendo de la Gorda de las Galaxias!”, grito Tocho cuando se lo contaron. Toda la euforia de Marta se desvaneció en un instante. Como si la sintiera bajando desde el pecho a los pies mismos para derramarse por el suelo, la sensación de bienestar se evaporó para volver al mundo real. Ese del que soñaba escaparse cada día, subida a lomos de una canción.

El día que “La caja del diablo” irrumpió en la noche coruñesa

domingo, febrero 9th, 2014


(Por favor, léase escuchando el tema al mismo tiempo)

Puede parecer una coña, pero resulta rigurosamente cierto. Salvo algún local orzanero que clavaba el ¿Qué puedo hacer? entre su menú de radiofórmula, en 1996 era prácticamente imposible encontrar un pub de A Coruña en el que pusieran a Los Planetas. Aquí el ambiente underground miraba hacia un sitio muy diferente que a la explosión indie que existía en otros puntos de España. Y, en muchos casos, existía una verdadera hostilidad hacia ese tipo de sonidos. Sin embargo, entre mi grupo de amigos de la universidad (estudiábamos fuera pero éramos todos de A Coruña), los granadinos se convirtieron en algo así como un símbolo. Sentíamos esa sensación inexplicable de escuchar algo que solo se podría entender con verdadera militancia de fan, una vez sumergido en ese universo inescrutable para la mayoría. Es decir, era el mundo el que estaba equivocado, no nosotros, que veíamos en aquel Super 8 nuestra vida secuenciada en un puñado de canciones. La oposición lo hacía más excitante, si cabe.

Un día, hartos ya de la situación e impulsados con ese descaro que se tiene a los veinte años, yo y un compañero bajamos de copas con el cedé del Super 8 en el bolsillo. Fuimos a uno de los locales roqueros de la ciudad, el desaparecido Fun House (hoy Casa Italia, en la Ciudad Vieja). Pedimos que nos pusiera el disco. El pinchadiscos, que era un tipo encantador aunque bastante lejano a nuestra sensibilidad (le gustaba más el Second Coming de los Stone Roses que el Stone Roses, por situarlo), se dejó embaucar por la descripción sonora de lo que le entregábamos. Nos preguntó “¿Cuál pongo?”. “¡La diez, la diez!”, le dijimos. Y allí, entre Janis Joplin y Jimi Hendrix sonó -gloriosa, excitante, tremenda- La caja del diablo. ¡El germen de Spacemen 3 instalado en el bastión del rock ortodoxo! La cara del pincha era todo un poema. Con todas las letras escritas en su gesto decía: ¿Pero qué demonios pasa aquí?. “Espera un poco, que ahora es cuando empieza a molar”, le contestábamos, preparándonos para la estampida de baterías de Paco. Las cejas en el local se arquearon y yo y mi colega, extasiados, celebramos aquel pequeño momento de placer estúpido, arrogante y maravilloso.

Por supuesto, el tema no llegó al final, pero el estallido resultó tremendo. Luego, con el tiempo, todo cambiaría, pero mmmm… que agradable sensación aquella.

Un grupo en plena efervescencia

sábado, febrero 8th, 2014

León Benavente
A Coruña, Le Club
7-2-2014

Puede que se trate esta de una de las últimas veces que se pueda ver a León Benavente cara a cara, en el palmo de distancia de una sala pequeña. Lo que se vivió anoche en Le Club lo dejaba entrever. Como si se encontrase en la punta misma del trampolín cogiendo impulso, su propuesta creció en vivo, se hizo con el público y dijo claramente que iba a ir más allá, mucho más allá. Cuando su presencia en todo tipo de eventos está confirmada este año, no parece muy descabellado afirmar que otro nombre se hace paso ese elenco de los Dorian, Lori Meyers, Love of Lesbian, Supersubmarina, etc… que se repite en todas partes. Hablamos, claro está, de volumen de público, no de estilo.

Sí, porque a diferencia de esas otras propuestas abiertamente pop, con estribillos luminosos y melodías nítidas a las que abrazarse sin problemas, lo sorprendente en León Benavente pasa porque logran agitar cuerpos y sentimientos con unos presupuestos que rara vez triunfan. Su música de tinte oscuro y su pretensión de radiografía de un momento social (“demasiado light”, reprochaba un espectador a la salida) se ha revelado para todos los públicos. Ver enfurecido a Abraham Boba proclamando “Muerte al rey Ricardo” ante una pléyade sudorosa y con las manos en alto obliga a pensar que, sí, que a veces el mundo de la música es justo. Y aunque tarde -estos ya se columpian en la cuarentena-, el éxito les ha llegado. Aplausos.

“Como cambiou todo Abraham”, soltaba un espectador. Se refería a una anterior presencia del vigués en la ciudad a la que “non foron mais que catro gatos”, decía. Ayer Boba se puso el traje de estrella del rock y comandó la nave con autoridad. Desde una introducción instrumental hasta el Ánimo Valiente con el que cerró el recital, mostró las cuchillas de un sonido redondeado en disco pero que rasca (y mucho) en directo. Sí, la batería de Cesar Verdú toma cuerpo, deja de sonar krautrockiana y golpea en el pecho. Las guitarras de Luis Rodriguez pinchan como picos de un gráfico que se salen de la cruva esperada. Y la voz de Abraham, de cuando en cuando, amenaza tormenta. Verlos a todos en ebullición (con el bajista Eduardo Baos, exhultante, dando saltos en el escenario) genera la fotografía perfecta del rock en efervescencia.

Abajo, sus temas sonaron vivos, nerviosos, como haciéndose de carne y hueso. Y provocando algún que otro incendio. Uno, Avanzan las negociaciones, desafiante como aquellos Surfin’ Bichos que arañaban en los primeros noventa en alaridos que procedían el susurro. Dos, El rey Ricardo, desde ya un himno de puño cerrado y mandíbula batiente contra la monarquía y quienes la sustentan. Tres, ya en los bises, Ser brigada, apretando la intensidad con un Boba desbocado y mezclado entre el público como quien arroja gasolina a los fuegos para que todo explote.

Final. La cosa, por ahora, no da para más y el concierto, breve pero sin un segundo de desperdicio, terminó con la sensación que arranca estas líneas. Quien pueda, que los vea ahora. Porque, en nada, todo cambiará. Y entre los que renieguen del grupo por crecer, los que digan “yo ya decía desde el principio que eran comerciales” y todos los que se apunten a la fiesta mes a mes, nada será como antes.

León Benavente: «El indie cada vez mira menos a su ombligo y más a la calle»

jueves, febrero 6th, 2014

(Rescato la entrevista que le hice el grupo para al Fugas la semana pasada y que, por razones de espacio, no se publicó íntegra)

Rara vez pasa, pero esta vez fue así. León Benavente emergieron el año pasado como el grupo paralelo de músicos con pedrigree indie (integrantes de Tachenko y Schwarz, entre otros) y, al final, su fama ha superado a los proyectos principales. Tal es así que llegan presentando su álbum de debut (segundo mejor disco nacional del 2013 para este blog) con el sold out cantado. «Nunca sabes muy bien cómo van a funcionar las cosas. Nosotros somos los primeros sorprendidos del éxito, pero la verdad es que está yendo todo muy bien», dice Abraham Boba, su cantante. Esta semana visitan Galicia con Son Estrella Galicia (día 6 en Santiago, Zona C; 7, A Coruña, Le Club; y 8, Vigo, La Iguana)

—Me ha preguntado una persona no familiarizada con el «indie» a qué suenan. Le dije que si le gustaba The Cure le podían gustar ustedes. ¿Me he equivocado?
—La verdad es que hay un tipo de sonido, producción y partes de guitarra que, efectivamente, pueden recordar a algunas cosas de ese sonido oscuro de los ochenta. Nos lo ha preguntado mucha gente. Existe un aire a toda esa música, pero creo que vamos más allá. No se trata de una influencia con la que partíamos desde el principio. Bueno, es que básicamente no partíamos con ninguna influencia [risas]. Siempre lo digo. Cuando empiezas, con tus primeros grupos a los 20 años, siempre es más fácil que cojas un referente y termines pareciéndote. Pero luego, con el tiempo, ya no pones referentes encima de la mesa. Solo haces lo que directamente te sale. Y así ocurrió ahora con nosotros.

—Más allá de la forma, han conectado muy bien con el hastío y desencanto social del momento. ¿Lo buscaban?
—Las letras terminaron yendo por ahí. Los temas de las canciones en la música pop siempre están ahí. Prácticamente han sido todos abordados. Lo interesante, para mí, es la forma de hacerlo, escoger las palabras adecuadas y que lleguen a la gente sin ser excluyentes, que no solo traten un momento concreto y al día siguiente no valgan. A mí me interesa que lleguen y que tengan vigencia más allá de un momento dado. Sí que es verdad que las canciones han funcionado casi a modo de crónica de lo que estamos viviendo.

—Lo hacen desde una perspectiva especial, la del artista. El primer tema del disco, «Ánimo valiente», parece sugerir eso.
—Sí, va por ahí. La elegimos con intención para abrirlo, porque es verdad que en el resto del álbum se respira una especia de desilusión y poca esperanza, pero también creemos que no hay que sumergirse y ahogarse en ella. Esa canción da un golpe de ánimo, de acción contra todo lo que se muestra después.

—En el «indie» siempre hubo recelo a tocar temas como la monarquía o el 15-M. ¿Qué ha pasado ahora?
—En mi caso, nosotros arrancamos ese proyecto buscando un tipo de sonido. Luego llegó la temática. No me servía lo mismo que para mis discos en solitario, porque están centradas en mis experiencias y vivencias. Al estar con otras tres personas necesito que ellas también se puedan sentir identificadas cuando se suben al escenario y sean parte de esto. Esta es la forma. Y sí que es verdad que en España la música ha sido siempre de escribir de uno mismo, de escribir sobre los problemas personales. Pero cada vez el indie se mira menos a su ombligo y más a la calle. Por eso tienen más presencia esas cosas. No creo que sea por oportunismo. Y si lo es, tampoco me importa. Yo vuelvo a lo mismo de antes: a mí lo que me interesa es que una canción use las palabras adecuadas para transmitir una idea, sea cual sea esta.

—El acabado de su disco es muy suave, sin aristas.
—Sí, está todo muy meditado, tanto en la grabación como en el proceso de mezcla. Esa cierta sensación de redondez en el disco la buscábamos. En parte, es porque hay muy poco artificio en las canciones. Se grabó en tres días, con muy pocos recordings…Ya sabíamos que, en directo, todo iba a tener más fuerza. Lo queríamos guardar para el escenario.

—¿Sacan la lija en directo?
—Sí, en directo sale una energía y una rabia que no hay en el disco. Pero dudo que funcionase en la grabación.

—Acaban de reeditar su disco de debut con un nuevo epé. En ese parece que se incrementa la tensión. ¿Un paso adelante?
—Sí, las cuatro canciones son un poco más agresivas. Lo grabamos cuando ya llevábamos tres meses de gira. Se notaban que esas canciones las estábamos tocando prácticamente desde el principio..

—León Benavente nació como un proyecto paralelo y, por lo general, estos suelen tener una vida efímera. ¿Tendrá recorrido este?
—Nosotros queremos que sea a largo plazo. No solo por lo bien que está funcionando todo, sino porque los cuatro sentimos que hay algo especial. Lo estamos disfrutando todo muchísimo, sobre todo en directo. Ya estamos trabajando en canciones para un nuevo disco. La idea es que a finales de este año nos metamos otra vez en el estudio

Conciliando pasado y presente

lunes, febrero 3rd, 2014

Xoel López
Palacio de la Ópera, A Coruña
1-2-2014

El sábado se vieron dos artistas en el Palacio de la Ópera de A Coruña. Uno, el Xoel Deluxe, que trenza canciones a veces demasiado evidentes en el molde y que rara vez pasan de la corrección. El otro, Xoel López, creador en estado de gracia que con Atlántico (2012) ha marcado un hito dentro del pop nacional. Entre ambos media un abismo: el que va de escuchar la bola de épica de Réquiem (no fui yo), sin poder dejar de pensar en que eso ya lo han hecho antes (y mucho mejor) Arcade Fire, a toparse con La boca del volcán y sentir la belleza genuina en forma de canción ante tus ojos.

Ese es el dilema actual del músico coruñés. O -precisemos- más bien de algunos de sus seguidores, como el arriba firmante. Porque él ya se apresuró a resolverlo sobre las tablas. Antes de interpretar Pájaros negros, subiendo la electricidad al máximo, dejó claro que Deluxe iba a estar siempre ahí. Previamente, se había paseado con mucha más delicadeza por su nuevo repertorio: emocionando con un Buenos Aires que mejora al disco, enredando con un Hombre de ninguna parte, que suspiraba por algo más de nitidez, y arrancando gestos de satisfacción con la preciosa Por el viejo barrio. Las luces, magníficas y a destacar, de daban el envoltorio perfecto. Lola García, la multistrumentista y mujer de Xoel, una actitud hedonista que contagió al público.

Ahí se encuentran los pasos actuales de un autor imprescindible y, en muchos casos, a descubrir más allá de ideas preconcebidas. El otro Xoel luce buenos momentos como Reconstrucción (lo mejor de los rescates de Deluxe, sin duda) pero, en general, palidece frente a su deslumbrante presente. Y también su futuro. Las dos piezas nuevas presentaas -la locura experimental con deje afro de A serea e o mariñeiro con guiños ¡a Chimo Bayo! y San Juan, deliciosa letra inspirada en la gran fiesta coruñesa con madera de himno- auguran un próximo disco grande, muy grande. Ojo, que lo de Atlántico no ha sido un acierto aislado.

De todos modos, cabe reprochar al artista algún enfoque sonoro. No, por supuesto, el toque de drama de un Joven poeta crecida en el escenario, en una suerte de Tindersticks a la argentina. Pero sí, quizás, el traje que lució Tierra. Que su mejor canción ve evaporada su magia enredadora en favor de un tono pseubailable le hace un flaco favor. Tampoco convenció la interpretación atropellada de esa joyita titulada Desafinado amor, renqueante en vivo. Se compensó, al final, con El asaltante de estaciones, maravilloso tour psicodélico con guitarras ácidas y órganos que no hacen más que delatar el pasado mod de Xoel.

En el bis, De piedra y arena mojada se encargó de recordar en medio de la euforia que, a veces, a los auditorios les sobran las butacas. Todo el mundo en pie y fiesta total en el Palacio de la Ópera. Habrá ocasión de resarcirse: el próximo 21 de marzo, de pie, en la sala Capitol de Santiago. Y con una de esas cervezas que lo patrocinan en la mano, a poder ser.

Foto: Marcos Míguez