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Archivo para Junio, 2013

Que la ley antitabaco no rompa la liturgia rock

Domingo, Junio 16th, 2013

Las actuaciones en directo tienen mucho de acontecimiento. Existe un placentero nerviosismo previo a la celebración de un concierto que explica mejor que nada lo que es el pop y las reacciones que este genera en quien lo sigue. El fan se viste para la ocasión. Escucha en casa mientras se arregla el grupo que va a ver. Queda con los amigos. Hablan de música y de sus mil y una teorías de camino. Revisa el look en los escaparates mientras camina. Acude al bar cercano a la sala. Tocan cervezas, las copas para luego. Allí, por las pintas, se identifican a otros hermanos espirituales. Se ven camisetas de grupos, estéticas fuera de lo normal, aire excepcional.

El siguiente paso de la liturgia consiste en entrar en el local de la actuación. La oscuridad de club unida a la expectación genera una atmósfera envolvente. La música del disjockey, si este está un poco en la onda, acompaña. La gente se mira. Otros se evitan. Algunos hacen lo imposible por ser vistos. Y todos sienten esa tensión deliciosa, mientras los instrumentos brillan mudos en el escenario esperando escupir ruido celestial.

¡Quieto, parado! La escena descrita, sin embargo, forma cada vez más parte del pasado. ¿La culpa? La Ley Antitabaco y sus efectos secundarios. Sí, la costumbre de esperar fumando en la calle ha desbaratado una buena parte de maravilloso clima previo al inicio del concierto. Cada vez son más los grupos que arrancan el bolo sin nadie en la sala. El público se encuentra fuera. Fumando o acompañando al fumador. «¡Hey, que ya empezó el concierto!», se escucha a veces a los promotores. Y entre calada y calada se pierde un tramo inicial que, de verdad, no se debería perder.

¿Y si volvemos a acercarnos a la música como adolescentes?

Jueves, Junio 6th, 2013

Leo en redes sociales una discusión que captura mi atención. La abre un fan de Savages, obnubilado por la exhibición que el cuarteto londinense hizo en Oporto dentro del Optimus Primavera Sound. Lanza flores a las autoras del debut de la temporada y se muestra entusiasmado con su directo en el festival. Pero lo que recibe no es precisamente feedback positivo. Todo lo contrario, los comentadores hablan de bluff, de copia de Siouxsie and The Bashees, de grupo de temporada… Uno incluso lo compara con el supuesto fraude que para él son Lori Meyers por saquear a Los Planetas y Los Brincos.

Nada nuevo bajo el sol. Un grupo saca la cabeza con (determinadas) influencias pretéritas y salta la chispa. Casos recientes: le pasó a The Strokes, le pasó a Franz Ferdinand, le pasó a Interpol y le pasó a The Libertines. A Wilco no, porque introdujo el salvoconducto que exime de la tacha (darle, por ejemplo, pinceladas kraut-rock, vaya), pero casi. Uno no puede más que tener la sensación de haber vivido esto mil y una vez. Y de empezar a verlo todo cada vez con mayor distancia. Por cansancio, pero también por convicción.

Viajemos al pasado. Les contaré mi experiencia particular. Allá por 1990, cuando empezaba a leer revistas de música, existían dos grandes polos de atracción: Guns n’ Roses y The Stone Roses. Por alguna extraña cuestión, el ambiente incitaba a decantarse por uno u otro. Los defensores de Guns n´Roses echaban en cara a The Stone Roses su sonido blandengue, su arrogancia british y su, al parecer, débil directo. Los de The Stone Roses decían que Guns n´Roses eran retrógrados, que no iban más allá de mezclar a New York Dolls con Aerosmith y que encarnaban todos los males del rock en su versión más rancia. Uno, que tenía 14 años y estaba lejos de lo que se entiende por criterio, los disfrutaba por igual. Pero no de cualquier modo. FLIPABA con ellos. Escuchaba Appetite For Destruction y The Stone Roses con toda la emoción posible. Nada más que eso. No existía un análisis a mayores. Solo calambres, incontinencia adolescente y pasión, mucha pasión. A cambio, obtenía un chorro continuo de placer.

Además de los que integraban un bando u otro, existían otros personajes en la escena. Mucho más mayores, con sabiduría musical y, sí, con ese criterio que a mí se me escurría. Estos desechaban a ambas bandas. ¿Argumentos? Guns n´Roses y The Stone Roses no hacían nada nuevo, todo en ellos era copia de copia de copia y palidecían respecto a sus referentes. Vamos, que Aerosmith se comería con patatas a la troupe de Axl Roses y The Byrds se cepillarían del mismo modo a los chicos de Ian Brown. Los dos, desde ese punto de vista, resultaban simples naderías en el mapa musical del momento, cosas que solo los niños con escasa cultura musical podrían disfrutar. ¡Y vaya si los disfrutábamos!

Hoy en día creo que pocas personas menores de 40 años, de uno u otro bando, se atreven a cuestionar la calidad de Guns n´Roses y The Stone Roses. Los mayores, los que opinaron en su día, siguen en algunos casos quitándole relevancia. Pero no queda la menor duda de que ambos son referentes, que su sonido de supuesta segunda mano resulta en la actualidad perfectamente identificable e imitable y que entran dentro de la categoría de grupazos. Sí, igual que lo que ocurriría luego con Suede, Black Crowes, The Quireboys, Oasis o The Strokes, bandas que padecieron el mismo desaire de ciertos críticos y fans. Frente a ello, dejaron discos tan fantásticos, intensos y emocionantes que, a su lado, toda la palabrería se esfumaba en el aire.

Es momento quizá de volver a tener 14 años y entregarse a la música como entonces. Con la curiosidad, con la excitación y con el corazón, dejando a un lado toda esa “cerebralidad”, ese estar de vuelta de todo y esos dogmas que terminan en un callejón sin salida, a veces tan absurdos como aquel de Rockdelux cargándose en su día alegremente el Kid A de Radiohead en base a que Autechre y otros grupos de la IDM ya había usado antes texturas similares.

Así uno puede abrazarse a un grupo como Savages y disfrutar, sin cargo de conciencia, de sus latigazos de electricidad, de sus canciones afiladas y de su empuje avasallador. Yo lo hice tanto con su notabilísimo debut (que sí, que tira de Siouxsie, pero también de Joy Division, Clinic o Sleater-Kinney, por ejemplo) como de un directo realmente tremendo. A los que siguen mirando desde la barrera les invito a que salten al foso. Aquí hay banda, hay sonido y hay canciones. Que en el segundo disco se echen a perder o no, lo desconozco. También si dentro de un lustro alguien se acordará de ellas o serán como Elastica, Art Brut o The Pipettes, un efímero (pero maravilloso) estallido de temporada. Sí puedo asegurar que, hoy por hoy, Savages son una de esas bandas con las que dan ganas se enfundarse una camiseta con su nombre para vivir la música como entonces, cuando el Apocalipsis pop según Simon Reynolds aún estaba por llegar.

Foto de Savages en en el Optimus Primavera Sound de Oporto obra Xavier Valiño

Por favor, el Ipad para casa no para los conciertos

Martes, Junio 4th, 2013

Fin de semana pasado. Oporto, Optimus Primavera Sound, actuación de Blur. Primeras filas. Desfase de euforia. Chillidos de placer. Pequeñas avalanchas. Fans cantándote There’s No Other Way a gritos en la oreja. Un vaso de cerveza volando y salpicando. Sorprendentes estallidos de pogo. Una pareja fotografiándose con Damon Albarn de fondo. El fan que supera el 1,80 plantado como una roca inamovible. Histeria colectiva. Una chica de unos 16 años escoltada por unos padres maravillosos. Y tú en el medio. Sin problemas. Se ha venido a eso, a hacer el fan. A sentir el sudor, arquear una sonrisa y botar hasta que las piernas aguanten al son de esa música maravillosa. Esto no es un teatro. Es un festival. Son sus reglas. O las tomas o las dejas. Y tomarlas resulta muy placentero. Definitivamente, la experiencia compensa. Pop en estado puro. La pasión supera a todos los comentarios hechos desde la superioridad moral de los supuestos entendidos. Que se queden atrás frotando la barbilla y sentando doctrina.

Sin embargo, en medio de la escena surge un obstáculo irritante. Un tipo saca un Ipad, lo levanta con las manos por encima de su cabeza y se dedica a grabar el concierto con él. Si, sí, ahí plantándolo en medio de todo el mundo. El artilugio va mucho más allá del móvil que, aunque a veces pueda molestar, se sobrelleva. Supone cuatro veces su tamaño. Como si alguien situase una carpeta justo delante de tu campo de visión. Te encuentras detrás, empiezas a ver al concierto tras esa pequeña pantalla. Luego a esquivarla. Más tarde, enfadado, a intentar soportarla como si no existiera. Que no te impida estar a lo que hay que estar: al concierto. Imposible, el cacharro ese del demonio posee una especie de imán hacia tus pupilas y tu atención. Hasta que optas por moverte unos metros. Pero allí te encuentras a otro tipo con el mismo procedimiento. O peor: este graba con su tablet a las pantallas de vídeo, no al escenario. Estoico, resiste las embestidas como si se tratase de una misión, un tanto absurda pero una misión. Y logra que el estado de irritación permanezca. Te entran ganas de decirle algo, como cuando el vecino de arriba poner la tele tan alta que retumba su Home Cinema en el techo de tu casa. Pero no lo haces.

El tema resulta conflictivo. Y se empieza a imponer una cierta opinión contraria y generalizada a esas grabaciones en los conciertos. Igual que se machaca al cedé o se discute sobre la acústica de ciertas salas por inercia, también se echan pestes de los móviles y sus usuarios. Curiosamente, ayer Diego A. Manrique hablaba de ello y de cómo muchos artistas empiezan a ponerle coto al tema. Rompo una lanza al respecto. Gracias a esos “registradores del pop” podemos disfrutar en Youtube de instantes maravillosos inmortalizados para siempre. Todos tiramos de ellos. Sin salir del bolo de Blur en Oporto, vean esto por ejemplo. Yo mismo, sin ir más lejos, a veces grabo alguna canción con el teléfono de los conciertos de Retroalimentación para luego colgar en el blog. De ese modo, algunos han podido conocer el maridaje entre TAB o Jorge Ilegal, algo que de otro modo se perdería para siempre. También suelo fotografiar al grupo que estoy viendo y lanzo la imagen por las redes sociales con un pequeño texto. En el último Festival do Norte, fui más allá y lo comenté, actuación a actuación, por mi cuenta de Twitter a modo de experimento periodístico. Habrá a quien le guste y a quien no. Los últimos lo tienen fácil: dejar de seguirme. No pretendo causar molestias.

Ahora bien, lo de espetarle al de atrás un Ipad resulta ya excesivo. Sinceramente, me importa bien poco los motivos que llevan a alguien a ello: si es por quedar de guay con sus amigos en el Facebook o si lo hace para elaborar un sesudo un documental sobre la sociología de los festivales. Con el tiempo uno ha desarrollado, especialmente en este tipo de eventos, un alto grado de tolerancia. A mí con tal de que no me molesten, el resto me da igual. Si la gente va a dejarse ver, a descubrir nuevas bandas para incorporar a su vida, a presenciar solo un concierto o a reafirmarse en su condición de personaje cool es cuestión suya, no mía. Sin embargo, reconozco el florecimiento de instintos destructivos en mí en la situación descrita en el segundo párrafo, solo comparables a las del público hablando en voz alta durante los conciertos o el tipejo sin camiseta que te restriega su sudor en medio del tumulto. La experimenté el pasado fin de semana por primera vez. Ni se me pasaba por la cabeza que algo así se llevase a la práctica, pero veo que ya se ha convertido en una auténtica epidemia. Ojalá decaiga poco a poco. Y el sentido común autorregule un comportamiento realmente odioso.

El Optimus Primavera Sound claudicó a la nostalgia pop y ruidosa

Lunes, Junio 3rd, 2013

OPTIMUS PRIMAVERA SOUND
Oporto 31 de mayo y 1 de junio 2013

Ya no calzan Adidas Gazelle, no visten aquellos vaqueros acampanados de entonces y a duras penas logran defender el flequillo. Pero están ahí, festejando que un día fueron jóvenes y fans de BLUR. Con New Balance, pantalones pitillos y bastante menos pelo se sintieron por una noche como en los noventa. Entonces su mundo cumplía veinte años, no existía miedo al futuro y Girls & Boys sonaba de fondo. Ahora un pie pisa los cuarenta, el presente se tambalea en una cuerda floja y, al parecer, Two Door Cinema Club son el grupo británico del momento. Sí, esta vez sí: cualquier tiempo pasado fue mejor. Miles de gargantas gritando al unísono “¡¡¡¡Parklife!!!!” cada vez que Damon Albarn los apuntaba con el micro parecían confirmarlo. 

Imagen de previsualización de YouTubeBLUR interpretando “Parklife” ante el delirio colectivo

Corren tiempos de nostalgia. El público la demanda. Y el Optimus Primavera Sound se rindió ante ella. Ya en la primera jornada del festival (en la que este escriba no estuvo presente) tuvo que venir un veterano, Nick Cave, a dar una lección magistral. También The Breeders, a celebrar el 20 aniversario de su mítico Last Splash en otro de esos complacientes ejercicios revisionistas típicos de estos tiempos. Al día siguiente eran BLUR los que acudían a la llamada para ondear la bandera brit que portaron hace dos décadas. Su concierto lo eclipsó todo en la segunda fecha del festival y respondió a las expectativas regresivas. ¡Shhhh!, ni hablar de decadencia. Al contrario de aquella desastrosa visita al FIB de 1999 con actitud de ingleses-de-vacaciones-en-el-Mediterráneo, esta vez BLUR lo bordaron. Sonaron potentes, derrocharon energía y contagiaron una inusitada vitalidad. Todo, con el handicap de lidiar con un repertorio y una imagen tan ligada a lo juvenil como la suya. Sin problemas. La inicial Girls & Boys puso al grupo y al público a disfrutar. Lifting colectivo, hedonismo pop, vibraciones maravillosas. Ya no hubo vuelta atrás.

Damon Albarn brincó como lo hacía en los días de vino y rosas del Brit-Pop y resultó igual de payaso que entonces. Jugó con el público, lo guió y lo manejó a su antojo. Tras él, la banda ampliada con cuatro coristas y una sección de viento, repasó con solidez un repertorio inmarchitable. Desde los botes de euforia con los que fue recibida primeriza There’s No Other Way al pogo desmadrado que se generó con Song nº2 al final, lo que se vivió en Parque da Cidade resultó algo así como la gloriosa celebración colectiva de un pasado ideal e idealizado . Como quien escribe una vez más (y van…) el epílogo de esa idealizada juventud en la que nada parecía imposible. 

Todas, o más bien casi todas (¿por qué dejarse To The End?), acudieron a la cita. En orden y convenientemente dosificadas. Auténticos clicks en el corazón. La perezosa melodía Bettlebum, ladeando cabezas con ese estribillo que se deshace en el aire; la carismática Tender, con el público ejerciendo de multitudinario coro góspel; la zozobra piscodélica de This Is A Low, creando un telón de ensoñación; Country House, servida como un delicioso caramelo pop de fiesta, sonrisas y lligereza. Así hasta el infinito. Al final, tras arriesgar gafas y tobillos con Song nº2 el veredicto resultó unánime: BLUR se salieron. Tan grandes como en los noventa. O incluso mejores. Y totalmente vigentes. He ahí sus (buenísimos) temas nuevos.

Antes de ellos, cabe destacar una nueva exhibición de SWANS, confirmando que son uno de los mejores directos del rock actual. Con Michael Gira totalmente poseído, trenzaron su música catártica, terrorífica y demoledora. Bendecidos por el gran sonido del escenario Super Bock (el mejor de todos) firmaron probablemente el pase del día. Cabe señalar también la agradable actuación de NEKO CASE cayendo la tarde, quien homenajeó a The Sangri-las en clave country, y la de DANIEL JOHNSTON que con su pop errático marca de la casa encandiló a sus entregados fans y repudió a los que no lo son. “Esto parece como cuando un padre se envalentona en la boda de la hija y canta”, comentaba un espectador. También mentar los elogios que despertaron los pases de METZ y FUCK BUTTONS. De estos, lo siento, yo nada os puedo contar. Se escaparon totalmente a mis horarios. Uno, novato, no supo muy bien cómo gestionar el tiempo y las esperas entre actuación y actuación.  

EL TURBADOR PLACER DEL RUIDO 

La nostalgia se vistió de ruido en el tercer día del Optimus Primavera Sound. Los maestros en su administración, uso y disfrute desde los ochenta, MY BLOODY VALENTINE, convirtieron en real la fantasía auricular de toda una generación. Su música ha sido tan mitificada en disco como deseada en directo y su plasmación genera una sensación ambigua: la de hacer de carne y hueso temas que siempre flotaron en un mundo irreal pero, al tiempo, obligar al pellizco precisamente por ello. Y todo desde el mismo arranque en el que, a por todas, se invocó la dupla mágica de la parte central de Loveless , con las maravillosas I Only Said y When You Sleep. De este modo la formación de Kevin Shields dejaba claro que desechaba la idea de que su último álbum, m v b, ejerciera de guía de su actuación, algo que en principio podría casar con una reivindicación del papel del grupo en el 2013. No ocurrió así. Hubo parada en la melodía a cámara lenta de Only Tomorrow con esas viscosas guitarras que en directo parecían masajear al espectador. También en la luz bailable de New You, que surgió al poco de arrancar como un revelador beso pop. Pero, en todo momento, presidió la fórmula del grandes éxitos con suplemento de agresividad.

Imagen de previsualización de YouTubeMY BLOODY VALENTINE abriendo su actuación con “I Only Said”

Sí, MY BLOODY VALENTINE sonaron duros, muy duros ¿Qué queda hoy de aquello de que la banda había extraído toda la violencia al rock con Loveless? La actitud macarra de Debbie Googe aporreando su bajo en los mismos trastes con fruición indicaba más bien todo lo contrario. Y You Made Me Realise, tras varios minutos de contención, resultó toda una detonación noisepopera cuya onda expansiva alzancó a todo el Parque da Cidade. En la otra cara de la moneda surgió ma-ra-vi-llo-sa To Here Knows When. O lo que es lo mismo: Bilinda Butcher poniéndole rostro a la gran nana narcótica del shoegazer. Al término, nadie pidió bises. El público se había quedado exhausto. Algunos, como los chicos de Franc3s que se les pudo ver en las pantallas de video durante la actuación, hablaban del concierto de su vida.

Antes de ellos, LOS PLANETAS dieron la gran sorpresa de la noche, apelando también a hojas del calendario arrancadas hace años. Tocaba soplar las velas de 15º aniversario de Una semana en el motor del autobús, el disco emblema del indie patrio. Todo pintaba mal. Desde la idea misma del concierto al estado actual del grupo, cuyos problemas internos trascienden incluso a las redes sociales. Quienes los habían visto en Barcelona avisaban: desastre a la vista. La posibilidad de darle la vuelta al pronóstico en Portugal semejaba más bien una quimera. Pues, ¡voilá!, sucedió. De menos a más, a mitad de concierto los granadinos se encontraban ya en otra dimensión. Temas como Toxicosmos o, muy especialmente, La Copa de Europa resultaron sencillamente espectaculares, la banda se mostró compacta y sin fisuras y, más allá de las lecturas planas, se palpó la emoción y se pudieron ver detalles sorprendentes (y deliciosos). Por ejemplo, esas guitarras fronterizas con las que Florent bañó Cumpleaños Total, el ímpetu de Erik a la batería convirtiendo Montañas de Basura en algo totalmente nuevo o Linea 11, totalmente renovada sin perder un ápice de emotividad.

Las proyecciones, recreando las letras de los temas y jugando la iconografía creada en su día por Javier Aramburu, hicieron el resto. Y cuando La Copa de Europa ya había alcanzado su clímax y todos dábamos satisfechos la actuación por finiquitada, llegó el regalo. En sintonía con el público, LOS PLANETAS dejaron dos pinceladas de su presente. Primero, y acto seguido, Alegrías del incendio. Segundo, y tras un solicitado bis, Cuando me asomo a la reja, casi queriendo decir que ahí está su Toxicosmos actual. Ambas tendieron un puente de coherencia entre aquellos y estos LOS PLANETAS. El rumor de que Erik Giménez, su batería, podría estar firmando así su última actuación fue de lo más comentado antes y después del concierto. De verdad, no podía dejar el listón más alto. Estuvo tan pletórico que J debería pensárselo. 

Y, entremedias, emergió el grupo del año. Con el cuchillo en la boca, SAVAGES se hicieron hueco entre la nostalgia reinante en el festival. Les tocó lidiar con el sonido metálico de la carpa Pitchfork, pero no importó. Incluso puede que les sentase bien. Como unos Joy Division con suplemento de alaridos, como unas Sleater-Kinney bañadas en post-punk, como Siouxie con 20 años en el siglo XXI…. Las comparaciones llegan en masa para intentan aprehender el espíritu de una banda llamada hacer grandes cosas. Multiplicando el poderío de su sensación debut y envolviendo en una niebla de acoples agudos y afilados, SAVAGES se confirmaron como la revelación del año. Quien sabe si en unos años serán otro muñeco roto de las tendencias, pero hoy por hoy no se me ocurre principiantes mejores a ellas. 
Imagen de previsualización de YouTube SAVAGES tocando “Fuckers” en la recta final de su actuación

Su actuación coincidió con la de unos LIARS que encantaron. Apenas pude ver sus dos temas finales: un trasvase de su locura guitarrera de antaño a la electrónica. También paladeé algo de WHITE FENCE, un voluntarioso ejercicio garagero sin más trascendencia, y a unos EXPLOSIONS IN THE SKY que semejan seguir con el piñón fijo de antaño, el de ser un sucedáneo de Mogwai que no va más allá de la estética sin escalofrío. Tampoco hay que olvidarse de DINOSAUR JR, cumpliendo con creces en la recreación de su repertorio clásico, versión de The Cure incluida. Otro pinchazo nostálgico para un festival que superó con nota el segundo año de su corta vida.