La Voz de Galicia
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Rodrigo Leão
Teatro Colón, A Coruña
28-1-2011

Rodrigo Leão concibe la música como un refugio ante todo lo malo del mundo. Allí, empapado en poesía y melancolía, evita mirar al fiero presente a los ojos, optando por la tenue luz de esperanza que que vislumbra al final de su escondrijo. Su directo no es más que un recorrido por todos los grados de esa sensación. Todo para que el público se instale durante una hora y media en ese lugar imaginario en el que el pulso lo marca un acordeón, triste y abatido, que traza un dibujo melancólico, como la hoja marrón de un árbol que cae lenta solitaria en el otoño.

leaoEn efecto, Leão invita a regodearse en la tristeza. Su música suena a paisajes derruidos, a pérdida y soledad infinita. Escuchándolo uno se vuelve más vulnerable, como si el portugués logrará la combinación que abre la caja fuerte de los sentimientos y alcanzase la fibra. Ahí permaneció desde el minuto uno del recital del Colón, inaugurado con A pedra blanca, una preciosa pieza de piano y xilófono que abrió la puerta de su particular relato sin palabras. “Este concierto será sin vocesl, vamos a tocar canciones antiguas y seis temas nuevos. Esperemos que os guste”, dijo el ex Madredeus, que presentaba así las intenciones de la gira en la que actualmente está embarcado, Música Instrumental.

Gustó. Acompañado de cuatro músicos excelentes el recital pasó por todas las formas, estilos y estados de ánimo del autor. Sí, todo esa amalgama de fado, vals, tango y cabaré llevó a la gente desde los momentos paisajísticos a las atmósferas tabernarias, y del abandonar la ciudad al beber para olvidar. Brillaron con luz propia maravillas como Tardes de Bolonha, Rua da Atalia o Espiral II. Las dos piezas nuevas que interpretó con el bajo (una de preciosismo casi minimal y la otra de aromas jazzies) encantaron. Y el final con Ya Skaju Tebe, de resonancias balcánicas definitivamente entusiasmó.

El bis empezó con al bellísimo vuelo instrumental de As Ilhas dos Açores, viajó a la Francia cabaretera con La Fête y terminó con la repetición inesperada de Os Malandros, como si en realidad todo se tratase de un poema que necesita volver a pronunciar un verso para conmover de verdad. Lo hizo. Y con la platea en pie se despidió, dejando al público encantado de haber sido cómplice de su placentera tristeza.