La Voz de Galicia
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Festival Vigo Transforma.
Vigo, Estación Marítima. 9 y 10 de julio 2010

Existe una sensación tremendamente festivalera. Consiste en acudir a un evento que reúne a varias bandas cegado por los nombres históricos y las nuevas sensaciones que se reparten por el cartel. En medio, se queda siempre una gama de grupos intermedios. Su etiqueta de muy vistos impide que se genere ese cosquilleo-impulso-excitación de las actuaciones obligadas en el público indie, muy dado a tachar el nombre cool en la lista, colgar un comentario en el Facebook que de fe de que allí se estuvo y a otra cosa… Si, aún por encima, llegan sin banda con el manoseado eslogan de concierto íntimo la pereza no tarda en aparecer.

divine-comedy Divine Comedy aterrizó así en el Vigo Transforma, el segundo gran festival del Xacobeo. El paréntesis en el cartel lo indicaba claro: Neil Hannon solo. Y, entre que su último álbum apenas ha tenido repercusión, que el irlandés ya no cotiza alto en el mundo pop del pantalón pitillo y ese descorazonador aviso, su pase tenía todos los visos de convertirse en una anécdota dentro del grueso del festival. Pues no, nada más lejos de ello. Una vez más, recordó que The Divine Comedy ha sido una de las mejores cosas que le ha podido pasar a Gran Bretaña en las dos últimas décadas.

A él le pertenece el galardón de mejor actuación del Vigo Transforma. ¿Por qué? Pues porque derrochó simpatía e interacción con el público a raudales; porque rescató clásicos como Becoming More Like Alfie, National Express o Everybody Knows That I Love You que sonaron a cuarto y mitad de gloria; porque versionó estupendamente el Time To Pretend de MGMT en un formato y tono radicalmente diferente al original; porque en medio de la actuación decidió, tras una votación popular a mano alzada, dejar la guitarra y terminar a piano; y porque demostró que no solo vive de recuerdos con las sensacionales At The Indie Disco o I Like de su última cosecha. De verdad, para hartarse de aplaudir y recolocarlo en el trono pop que le pertenece.

La exhibición antedicha tuvo lugar el sábado. El viernes todas las miradas apuntaban a The XX, la revelación inglesa de la escena indie británica del 2009. El ahora trío reprodujo tal cual su maravilloso disco de debut, pero sin el suspirado plus del vivo. Más intensidad, más agresividad. Eso fue lo que faltó frente a un público que ansiaba estallar, pero que se tuvo que conformar con la contención de un grupo que debería replantearse su directo con urgencia. ¿Para qué quedarse en gustar si puedes lograr el delirio colectivo? Calidad no les falta.

Antes de The XX, Jeff Tweddy y su colección de guitarras repasó parte del cancionero de Wilco en clave acústica a pleno sol, un marco que, desde luego, no le benefició en absoluto. Devendra Banhart dejó claro que —desgraciadamente— su faceta de cantautor hippie pasó a mejor vida mostrando no solo lo mucho que le gusta ahora el hard-rock y la música disco (versión de Tell It To My Heart de Taylor Dayne incluida), sino también otra cosa: su tránsito de artista imprescindible a artista que no está mal. Y Triángulo de Amor Bizarro sufrieron una grandísima injusticia: tocar mientras la mayoría del público aún canjeaba su entrada por la pulsera y la prensa hacía cola en el stand de acreditaciones. Posteriormente, Fanfarlo repitieron un show casi idéntico al del Festival do Norte -idéntico en repertorio, idéntico en calidad, idéntico en placer auricular- y Os Mutantes desplegaron su repertorio de clásicos en un ambiente de fiesta total. Hubo quien los tachó de pachangueros y de sonar como una orquesta de pueblo, pero la verdad es que no costaba nada dejarse llevar por el buen rollo de Ela é a minha menina, Ando meio desligado o Babe. Una de las cruces históricas quedaba hecha aquí. Foto y comentario para al Facebook, por tanto.

Por su parte, el sábado, aparte de lo de The Divine Comedy, destacó un nombre semidesconocido: The Morning Benders. Mucho más eléctricos y ambientales que en disco, rodaron sobre las tablas un sonido que igual remite al San Francisco de los sesenta como al afro-indie o al after-punk —versión del Ceremony de Joy Division incluida—. Como aquellos For Stars que enamoraron en los primeros años de la década pasada, lo suyo entraba con la familiaridad total de la música que pese a su envoltorio indie tiene un corazón sesentero. Y de no ser por esa corriente generalizada de meter graves a lo bestia en los festivales -y que lastra los grupos que tienen su peso en las voces-, su actuación hubiera sido de sobresaliente.

Delafé y las Flores Azules volvían a Galicia con un nuevo formato mucho más orgánico, con sección de viento y todo. Arrancaron a lo Beastie Boys con Río por no llorar y lograron lo de siempre: una colección de sonrisas, baile desenfrenado y un montón de jóvenes enamorados de la vida dándoles las gracias por existir. Cayeron las previsibles (El Indio, 1984, Gigantes…) pero, además del buen rollito que para muchos eclipsa la calidad real de la producción de Helena y Óscar, hubo un tema, Funcionarios ausentes, que en directo se refrendó como una de las grandes joyas del pop nacional de este año.

La otra cita en la lista de los imprescindibles llegó con Orbital, la banda que puso patas arriba el pop en los noventa y que hoy sigue erre que erre con el mismo discurso. Con él dividieron al público en el Fib del 96 cuando equivalían a riesgo y desafío. Hoy lo suyo se percibe casi tan clásico como los Ramones.. tanto, que la cosa tuvo un punto nostálgico con catarata de recuerdos adjunta y todas las contradicciones sentimentales que ello genera. De cualquier modo convencieron y dieron paso a uno de esos fenómenos festivaleros tan difundido como inexplicable: un artista que viene a pinchar sus canciones y las complementa con su presencia. En este caso, el papel le tocó a Fisherspooner y ya va siendo hora de que alguien le llame a estas cosas por su nombre: tomadura de pelo.