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“Polbo” de hormigón

Escrito por Vítor Mejuto
16 de julio de 2011 a las 23:14h

Una de esas paradojas, que nos hacen ser lo que somos, es la que dice que el mejor pulpo se come en el interior. En Melide, cerne de Galicia, el pulpo se comía en Casa Ezequiel. Si los Corleone fueran de Melide, sus bodas, bautizos y comuniones se celebrarían allí. A los postres, El Padrino daría audiencia a los jefes de las familias en la trastienda. Cuando le tocara a Clemenza, un tipo noble aunque arrabalero, llegaría con dos grandes lamparones de vino tinto. No sonaría una tarantela, sonaría una banda de gaitas. Los Garceiras no estaría mal.
Al principio Ezequiel era un bajo de obra, con las paredes de ladrillo sin revocar. A algunos podrá parecerles feísmo. Suponiendo que lo bonito sean esos aburridos restaurantes seudominimalistas que los epidérmicos interioristas llaman de estilo modernito, decorados con muebles de diseño. Como si los otros muebles no los hubiera diseñado nadie. El domingo, en sus mesas y bancos corridos se sentaba todo el pueblo. El rico y el pobre. El pudiente y el menesteroso. Los tratantes de ganado cerraban allí sus tratos. Las cuadrillas de la construcción celebraban el remate de un encofrado. Cuando había motivo, había pulpo. Cuando no lo había, el pulpo de Ezequiel era motivo suficiente.
Era un ágora untada de aceite de oliva y pimentón, rebozada en serrín. Esto era a principio de los ochenta. Antes de eso fue un taller y en tiempos remotos un cine, antes del cine sonoro. Al fantasma de Buster Keaton el pulpo aún lo deja mudo. 
Hoy hay otras pulperías en Melide de gran calidad y Ezequiel, tras su remodelación, ofrece un aspecto aseado. Algo habrá influido esa secreta cruzada de las autoridades sanitarias, responsable de hurtarle autenticidad a las tradiciones. Y sustancia. Pero mantiene las mesas corridas, lo que le da ambiente de feria, esencia de una buena pulpería.
Para oficiar eso que llaman la paliza del pulpo, que se consuma golpeando al cefalópodo para quitarle el bravío y que luego no esté duro, en un alarde de I+D, usan una hormigonera. La hormigonera, ese electrodoméstico donde se empezó a amasar nuestra prima de riesgo, piensa que sigue alimentando una burbuja. Pero en realidad alimenta el recuerdo de los sabores de la infancia. El sabor del buen pulpo. El que me enseñó a comer mi abuelo. Cuando me llevaba mi abuelo era Mercedes, mujer de Ezequiel y la matriarca, la que cortaba el bacalao (el pulpo, perdón). Hace años le cedió las tijeras de mando a su yerno Jorge, que regenta con su mujer, también Mercedes, el negocio. El otro día me confesó que en Agosto del año pasado llegaron a vender 6000 kilos de pulpo.
También que lo compraba en Bueu. Que cunde más. Esto quiere decir que el pulpo del reportaje, que pueden leer dos páginas más atrás, podría acabar dentro de la hormigonera.

La tragicomedia calixtina

Escrito por Vítor Mejuto
11 de julio de 2011 a las 11:07h

He de confesar que hasta ahora el Códice Calixtino no significaba gran cosa para mí. Creía en él igual que Perceval creía en el Grial, me bastaba con saber que estaba a salvo. Como la mujer de Colombo: nadie la ha visto, pero todos sabíamos que existía. Ahora vivo esta angustia de una forma prestada gracias a una información urgente, aprehendida para disimular. Mi zozobra, como la de muchos, es gregaria. Si hubieran robado Las meninas, a las que visito como a un familiar, estaría más triste. Pero las autoridades deberían protegerme de mi ignorancia y protegernos a todos de estos depredadores del patrimonio. Estos tipos sienten esa enfermiza fascinación por el fetiche sobre la que se pudre el mundo del arte. El fetiche y el fake (en los salones forrados de caoba cuelga mucha mentira) son las chucherías con las que los oscuros dueños del dinero seducen a sus visitas y colman su vanidosa pulsión coleccionista. Esa grosera sed de exclusividad que acecha a lo sagrado.
Puede que el deán se dejara las llaves en el contacto. Pero tranquilos, la policía está registrando las guanteras de los coches de Santiago. Sospechan que el códice va oculto dentro de la guía Campsa. Las lecturas beneméritas están virando del código de circulación al de Da Vinci. Su complejidad es parecida. Por eso yo no veo aquí una sofisticada trama de guante blanco, sociedades secretas y mensajes encriptados. Veo una comedia mediterránea sobre la chapuza. Como cuando desapareció del Reina Sofía un Richard Serra de varias toneladas de acero cortén. Veo al desaparecido Peter Sellers interpretando al guarda de seguridad del Reina. Haciendo del despiste un elegante gesto de alta comedia. Para lo del códice podríamos llamar a Mr. Bean.

“Somos el dúo Togayán e estamos no facebook”

Escrito por Vítor Mejuto
10 de julio de 2011 a las 23:18h

La sesión vermú siempre ofrece el mismo dibujo. Todo el pueblo en la cantina y la pista desierta. Solo los niños acuden al atronador reclamo, seducidos por un rumor de Hamelin. También los mayores, que siempre son más festeiros que los adolescentes, ocupados en interpretar el confuso recado de sus hormonas. En este territorio, donde se dobla el paso y se espesa el merengue, el dúo Togayán se basta para llenar un escenario.
Brais García Mayán se ocupa de la caja de ritmos y José Tomé de su propia caja torácica. Del cruce de sus apellidos nace, con el mismo ingenio que adorna tantos negocios en este país, el nombre del grupo. El dúo se convierte en trío, como en un misterio trinitario, cuando la comisión de fiestas se estira un poco. Entonces se incorpora Nerea Maceiras, la chica. Nerea estuvo en Luar y José la presenta con mucho boato, deslizando algún piropo. La misma mano que apretó la de Gayoso sostiene racial el micro para perpetrar la ranchera. Luego, presentan temas propios porque (ay, amigos) también son autores. El controvertido Teddy se inmoló para preservar estos tesoros. Suena Togayán es su principal composición, aunque hacen una potente versión de El polvorete, un picarón standard, habitual en los repertorios verbeneros. Brais es el arreglista y compositor, gracias a sus años de piano. También se ocupa de la cosa moderna, desgranando temas de Fito y de los Suaves cuando José, metido en el papel de maestro de ceremonias, dice aquello de «E agora tocaremos algo para a xuventude». Toda su infraestructura cabe en un Opel Astra. Incluso cuando se incorpora Nerea, se abate medio asiento y los bafles son otro pasajero. Con la crisis tienen más trabajo que nunca porque como dice José: «Somos moito máis baratos e armamos o mesmo jaleo».
Si la sesión vermú le corresponde a Togayán en las fiestas de A Logrosa, la verbena la oficia Philadelphia. Muchos más decibelios y donde había un Opel Astra ahora ronronea un tráiler. Toda la plaza del pueblo cabe en el escenario. Una poderosa sección de viento y unas hipnóticas luminarias. Natalia y María, las chicas, se multiplican seductoramente por todo el escenario  embobando al personal. Muy pronto, la orquesta estará al mismo nivel de Panorama o París de Noia, si no lo está ya. Todas ellas descienden, en marchosa genealogía, de aquellos míticos Sintonía de Vigo o Los Satélites.
El Facebook no es cosa baladí. Gracias a este indiscreto patio de vecinos nos enteramos de las vicisitudes de las orquestas. De sus fichajes y de los temas nuevos. Nos enteramos, por ejemplo, de que Ruth Núñez, ex París de Noia, sustituirá a Lidia Salar en la Orquesta Panorama, después de que esta última causara baja por una caída y de que la primera volviera de su baja por maternidad. Un inopinado fenómeno fan, que no es ajeno a ninguno de estos movimientos, se adueña del mundo de las verbenas. Si Bisbal fue capaz de trasladar a Miami sus piruetas desde el fondo de la trastienda de una orquesta, entonces el sueño es posible. Al dúo Togayán le basta con seguir peinando, con su correoso utilitario, toda la geografía de nuestro país.

El safari de las variedades

Escrito por Vítor Mejuto
10 de julio de 2011 a las 14:11h

Un balín a un euro. Seis balines a cinco euros. «¿Podo traer a miña escopeta da casa?» . El cazador desconfía del punto de mira ajeno. «Se fose coa miña carabina desfacíalle o chiringuito». El cazador se jacta de su infalible puntería como si tuviera colgadas en su casa, encima de la chimenea, las cabezas disecadas de unos cuantos peluches, cobrados en la espesura de la feria. No es el caso del chaval de la foto, al que le basta con ser, durante unos minutos, un buen amigo del rifle. Descerraja educadamente su artillería contra las piezas, que penden temblorosas de palillos planos. El chico que atiende la barraca le corresponde completando el trabajo con sus manos: abate una pieza que se mantiene milagrosamente en pie sobre un palillo astillado. Luego le entrega condescendientemente el trofeo, aunque, eso sí, siempre se trata de caza menor: unos petardos, un llavero o una pequeña navajita nacarada.
La caza mayor se dirime en otra montería. La plaza del pueblo, devenida en pista de baile, es la sabana donde el cazador acude con traje de domingo y razonablemente aseado, aunque con las manos sudorosas, para pronunciar la dramática pregunta: ¿bailas? El cazador, primario y vanidoso por naturaleza, cree que las chicas no cazan. El cazador, con anhelo percutor, pero con la munición justa, no se entera de nada. Mientras, las chicas ensayan en un claro del bosque de banderitas, al ritmo de una cumbia, ese turbador rictus de deliciosa indiferencia con el que desarbolan al inocente depredador. Para entonces el cazador ya se ha transformado en un niño asustado que sostiene una escopeta de feria, con la pólvora humedecida por el miedo al fracaso. Cuando por fin balbucea su «¿Bailas?» todo, lo bueno o lo malo, ya ha ocurrido sin que él se diera apenas cuenta.
Así es como yo recuerdo las verbenas. Una época en la que no existían las redes sociales, en las que todos vamos cayendo como moscas. En la que Amancio Ortega todavía no había proclamado su democracia textil y nuestras madres compraban la ropa barata en mercerías. La ropa no era muy cool, pero no vestíamos todos igual. La secuencia constaba de misa, sesión vermú, ensaladilla y por último el sagrado refrendo de la arena verbenera. Las barracas traían ese aroma trashumante y de frontera, de circo y de fantasía. Podías columpiarte en una barquita biplaza con la que algunos tocaban el cielo o probar la fuerza de tu brazo
aporreando un artilugio que subía y medía con olímpica exactitud la viril sacudida. El cazador rechazado siempre se refugiaba en este infantil entretenimiento, donde siempre obtenía premio la aritmética de su aturdida testosterona

Los colores más puros también destiñen

Escrito por Vítor Mejuto
3 de julio de 2011 a las 11:16h

Un pintor no debería tener colores favoritos. El color es una elección sentimental, pero a veces la paleta viene sombría. Un escritor no debería alimentarse de frases hechas. A la literatura no le sientan bien los precocinados. Pero cuando se trata de tu equipo, solo existe un color y, puesto que se trata de fútbol, solo empleas frases hechas. Tus colores son como una mancha de nacimiento. Tiznado con tinta indeleble, tu mancha no desaparece por mucho que la repintes. Aunque estés tan pancho en tu batzoki, por que eres más vasco que nadie, en el fondo, muy dentro de ti, aún puedes sentir el débil crepitar de la Roja. No puedes olvidar que de pequeño lloraste cuando a Arconada se le escurrió una Eurocopa por debajo de su rocoso torso vascongado. De mayor también puedes mostrarte tibio con las hazañas del color rojo, y torcer sin disimulo por Portugal. Pero no puedes reprimir, por ejemplo, tu secreta pasión por el color blanco. Bajo la chapita de tu formación política, que responde a un acto meditado, tu corazón puede bombear merengue, al compás de un acto reflejo. Si te gusta el color blanco estás obligado a vibrar con un himno que suena a zarzuela, o a opereta castiza. En cambio el himno de tu eterno rival suena a eso, a himno, a una pequeña Marsellesa que enardece y llama a la rebelión ilustrada.
Si te gusta el color blanco tienes que cargar con una forma de jugar que quiere ser galáctica y acaba por ser marciana, mientras el otro sublima el fútbol con un tipo de Albacete, cebado a base de pan tumaca en La Masía. Si te gusta el color blanco tu entrenador es un iracundo portugués, una máquina expendedora de titulares. Si Guardiola es el yerno que toda madre quisiera tener, Mourinho es el cuñado recalcitrante que en las cenas familiares coloca burlonamente las llaves de su Mercedes al lado de las de tu utilitario. Son antagónicos, pero se necesitan. Es el cemento del derby.
En Buenos Aires está la cosa más difícil. Una de las dos caras de la moneda se ha devaluado. La banda roja que cruza el pecho del River  necesita una transfusión. Y la grada desconsolada contempla como sus 110 años de historia descienden el peldaño más amargo. Qué va a pasar con Boca sin River. La simetría cósmica está en peligro. Sherlock sin Moriarty. Epi sin Blas. A los forofos del River Plate les han hurtado el domingo. El domingo ilusionaba más que los otros seis días en los que la única épica era ganar la posición a codazos en un vagón del Subte en hora punta.

Cuando lavo mi ropa separo la ropa blanca de la de color. No lo hago por que sea un aplicado cocinitas. Lo hago por el lejano recuerdo de Butragueño. El color blanco no destiñe, pero a veces amarillea como las fotos viejas.

Rubios como la cerveza

Escrito por Vítor Mejuto
26 de junio de 2011 a las 0:51h

Antes de que todas las ciudades fueran la misma ciudad. Antes de que gracias a esa monstruosidad de la aldea global un norteamericano pudiera dar la vuelta al mundo sin bajarse de un Mcdonald´s. Antes de que los turistas peinasen hasta los últimos confines y cuando crees que estás llegando a un territorio virgen, excitado como un conquistador, aparecen dos japoneses fotografiándolo todo con la lacónica indiferencia de un notario. Antes de que el mundo fuera una enorme franquicia que exhala un aburrido aliento multinacional. Antes, había ciudades portuarias.
En todas ellas había un barrio chino. Pero no era Chinatown ni un lugar donde comprar chucherías de a euro. Era un hervidero de tabernas y burdeles, un acrisolado territorio fronterizo donde se componía el cuplé y se discutía a navajazos. Donde los nombres de los marineros se tatuaban en los flácidos antebrazos de las meretrices. Donde los mostradores servían contrabando y ambrosía. Donde miembros de una concurrida legión extranjera huían de su propio desapego, embarcando hacia sí mismos. Todos estos tópicos salidos del baúl de Concha Piquer, están contenidos en esta foto. Dos alumnos de un buque escuela con petate y marinería. Dos aspirantes a proyectar la sombra de Corto Maltés. Dos secundarios de carácter que podrían alistarse en el dramatis personae de una novela de Stevenson. Como Gene Kelly y Sinatra con un día de permiso.
Detrás de ellos aún calientan los últimos rescoldos del 15-M. Una aventura que busca con desesperación un cronista adecuado que pueda trasegar tanto desconcierto. Que acierte con el tono adecuado para contar esta historia y que entienda que sus personajes son individualidades diluidas en una heterogénea multitud difícil de clasificar y, por lo visto, imposible de pastorear. Un rebaño que ya no reconoce el redil.
La foto demuestra que todavía hay fotógrafos que son capaces de estimular pasajes cinematográficos dormidos en nuestra memoria sentimental. Gracias a ello, de sus objetivos brotan escenas intemporales, evocadoras como un daguerrotipo. A veces, parece que vuelve la química a rescatar la fotografía de esa ciénaga plana, de esa fiesta tecnológica que ha separado al fotógrafo del laboratorio y lo ha convertido en un oficinista de manguitos digitales. La cámara de Óscar París late al mismo ritmo de la ciudad de A Coruña.

Monte bajo

Escrito por Vítor Mejuto
18 de junio de 2011 a las 2:12h

Cuando las hormigoneras dejan de girar, el campo reclama lo que es suyo. El cemento se doblega al silente murmullo del monte bajo. Éramos muy arrogantes cuando creíamos que estábamos construyendo. Los arquitectos garabateaban sus sueños en las servilletas de los restaurantes. Pero cuando lo hacían los constructores pasaban dos cosas: la cuenta del restaurante era mucho más cara y el dibujo mucho más necio. Levantábamos alegremente ciudades con la misma celeridad con la que retrocedía nuestra tacaña demografía. Nos comportábamos como brokers devoradores de metros cuadrados, alicatando nuestro apetito inversor de inmobiliaria en inmobiliaria. Cuando los dúplex pasaron de moda nos inventamos ese rollo de los lofts. Como no era suficiente nos adosamos unos a otros. Los bancos creían en los ciudadanos. Bueno, en realidad creían en la sinceridad de su deuda. En las sucursales se despachaban las hipotecas con el cándido optimismo de un musical americano. El euríbor era la canción del verano. Pero la sensación de fin de fiesta ya se barruntaba en el andamio.
Cuando el ladrillo dejó de ser barro acuñado para ser solo barro cocido, llegó la ruina en forma de abandono.
No obstante hay una rara belleza en las construcciones mutiladas. Campos de pilares, agudos como menhires, huérfanos de un orden o un canon. Urbanizaciones fantasma que prometían domingos de barbacoa y cortacésped. Erráticas acotaciones en el territorio trazadas con el grosero tiralíneas especulativo. Dentro de unos cuantos siglos no habrá forma de estudiar este período histórico. Llamarán e este sinsentido neodesarrollismo o algo así. La buena arquitectura se reserva para esos edificios que calman nuestra inveterada sed de cultura y la turbia megalomanía de los que nos dirigen. Pero sus salas sueñan con contenidos. De esa otra arquitectura silenciosa, la que bebe de la tradición y dialoga con el entorno, la que no le debe su naturaleza a la legítima ambición creativa de ningún arquitecto, de esa no hay ni rastro. El dinero ha comprado las ideas y el dinero no piensa. Solo se reproduce a sí mismo con la misma tozuda horizontalidad con la que lo hace el monte bajo.

Village People, Andrej Pejic y los federativos picardeados

Escrito por Vítor Mejuto
11 de junio de 2011 a las 23:58h

Siempre que pienso en uniformes, pienso en Village People. Una blandita formación musical cuyos miembros se disfrazaban de vaquero, motero, soldado, indio, policía y obrero. Era a finales de los setenta en plena explosión disco. En las pistas, bajo la gran bola de espejos, crecían flores raras. Había un fuerte componente sexual en el grupo. Ellos lo querían así.
   Los federativos del baloncesto quieren ceñirles a las jugadoras sus propias  fantasías. Quieren vestirlas con bodis ajustados.  Quieren disfrutar de lencería deportiva. Estoy mucho más cerca de Alfredo Landa que de Jeremy Irons, por eso entiendo todas las flaquezas de la carne. Pero la lujuria no debería legislar.
   Al equipo de fútbol femenino iraní no se le permite jugar porque cubren sus cabezas con pañuelos. Imaginemos un enfrentamiento Irán-España. Las nuestras turgentes. Las iraníes amantadas. Un complicado Babel moral. Imaginemos que la alianza de civilizaciones, el proyecto pueril y bienintencionado de Zapatero, se hubiera consolidado. Tendría su propia selección de baloncesto femenino para jugar, por ejemplo, un amistoso contra Marte. Su foto se parecería mucho a Village People.
   Andrej Pejic, el modelo ambidiestro, se une a esta ensalada, difícil de aliñar, de ropa y género. Es un hombre. Pero su hermosa y delicada constitución le permite desfilar como hombre o como mujer. Ana botella ya nunca entenderá la caprichosa disposición de las piezas de su frutero. Los diseñadores prefieren mujeres andróginas para vender sus ideas en la pasarela. La mujer más andrógina es un hombre. Pejic ha resuelto el teorema.
   La moral tradicional no era el ritmo favorito de Village People. Salían a sembrar confusión. Algunos bailaban enardecidos por el orgullo de su bandera multicolor. Otros por la propuesta carnavalesca, ignorando la exuberante riqueza del ambiente.
   Las jugadoras solo quieren jugar y que de sus taquillas cuelgue algo razonable. La grada asiste atónita a la torpe arbitrariedad de los reglamentos, escritos al dictado de la bragueta o del Corán.
   Pejic, cuando trabaja, simplemente se considera a sí mismo una percha asexuada. La ambigüedad que tanto molesta a algunos ni siquiera es relevante para él. Bowie ya vendió eficazmente ese producto hace más de treinta años. Puede que ni siquiera haya pensado en ello. Para pensar en ello sobran polemistas

Pronador o supinador

Escrito por Vítor Mejuto
5 de junio de 2011 a las 16:07h

El otro día fui a comprarme unas zapatillas para correr a ese hipermercardo deportivo al que vamos a disfrazarnos de montañeros o del que salimos equipados para el realismo democrático. Las zapatillas acabarán acompañando inexorablemente a la ciclostátic del trastero, pero me asesoré bien porque soy un consumidor responsable. Cuando le pedí consejo a una chica que atendía, me preguntó si era pronador o supinador. Esto se referiere a si pisas hacia dentro o hacia fuera al correr. Muy útil para saber, cuando pisotean tus derechos, si lo hacen desde dentro o desde fuera.

    Cuando el futuro de un joven se pisotea desde dentro, la culpa recae en gente como Rubalcaba, claramente pronador. El vice es un personaje paradójico. Su principal hándicap es que se conjuga en pretérito perfecto. Algo del pasado que perdura en el presente. Ahí reside la paradoja: que dos presidentes socialistas diametralmente opuestos, en dos épocas completamente distintas, hayan confiado ciegamente en ti y colocado en primera línea no demuestra tu valía. Acentúa tu desgaste. Rubalcaba es una frase hecha. Es como si a la Bienal de Venecia mandásemos, en caso de que lo acabase a tiempo, un cuadro de Antonio López. Nadie cuestiona su calidad, pero su capacidad de sorprender es nula. Claro que Rajoy es como un Murillo. Menudo siglo de Oro nos toca vivir.

    Cuando el futuro de un joven se pisotea desde fuera, entonces son los mercados internacionales, donde quiera que estén, controlados por algún incontrolable fauno del FMI. O la firmeza supinadora de la tanqueta Merkel, que lo mismo aprieta a Zapatero para que nos atornille, que sirve un espeso puré de pepinos.

   Sobran los motivos para llenar las ciudades de campamentos de refugiados de un sistema excluyente, en el que un joven es un náufrago varado en una plaza, capeando una tormenta de ideas.Abundan las proclamas y un chaval, en su camiseta, promete ser capaz de reconstruir el contrato social con una llave Allen. Claro que, si tienes una mullida nómina y visitas con regularidad los templos de consumo de tu ciudad, entonces vives tu indignación de una manera más laxa. Aunque tengas un perro y toques la flauta, lo haces con simpatía. Pero con distancia.

La foto es de Xoán A. Soler

El material

Escrito por Vítor Mejuto
1 de junio de 2011 a las 23:33h

La literatura siempre mira de reojo a los trovadores contemporáneos. Un escritor de canciones, cuando es sublime, inyecta poesía en el confuso torrente de la cultura de masas. Cuando no lo es, solo se trata de estibar ripios entre los riff de una guitarra. Cuando es sublime, exorciza episodios oscuros de su biografía mientras un productor electrifica sus versos, poblando la melodía de verdad, nutriendo el estribillo —que en el primer pop era una ligera fruslería para quinceañeros— de afilados cartuchos de literatura. Por eso nos gusta elevarlos, condescendientemente, a la condición de poetas. O cargarles con los anhelos y frustraciones de su generación, fabricando mesías de vinilo. Dylan, por cierto, les dio esquinazo.
La leyenda dice que Cohen habitaba en la isla griega de Hydra. Me lo imagino vagando libre como un apátrida, como Paul Bowles disfrutando su fecundo destierro en Tánger. Trabajando con palabras. A las que llama «el material». Sus dos primeras novelas son de esta época. No las he leído y no conozco a nadie que lo haya hecho. La leyenda dice que aprendió a tocar la guitarra con un joven apodado el gitano de Montreal, cuya principal motivación era acercarse a las chicas. No es difícil imaginar que muy pronto compartieron objetivos. Dos lecciones bastaron para arrancarle a una guitarra lejanos ecos flamencos. Cuando oigo Avalanche, en  su vibrante rasgueo acecha el gitano, anticipando a Morente. Luego llegó el todopoderoso John Hammond y convirtió al poeta marginal, que gestiona elegantemente la depresión y la duda, en una atípica estrella del rock. Para entonces «el material» ya está ligado a la música para siempre. En concierto, Cohen es un implacable declamador que ametralla sus versos arropado por su banda. Pueden llamarlo poesía. A mí me gusta más «el material».

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