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Sembrando en campos de color

Escrito por Vítor Mejuto
26 de Noviembre de 2011 a las 10:49h

Xaquín Chaves (Vilaxoán 1959) madruga todas las mañanas para ir a su estudio en Lois. Hay algo heroico en un pintor que todas las mañanas se encierra en su estudio. Porque la pintura no sigue el ritmo normal de las cosas. En el resto de las cosas vivimos dominados por la prisa y la desesperada búsqueda de lo nuevo. Pero todos los pintores llevan impreso en su retina el célebre bodegón de Zurbarán que sigue vigente y nadie, ayudado por ninguna técnica o algoritmo, lo ha superado en modernidad. En pintura no es tan importante avanzar como permanecer; no es un pensamiento conservador, es pura humildad: voy a quedarme aquí porque aún no he pintado el cuadro que puedo llegar a pintar. Marco Polo no sería pintor; San Juan de la Cruz sí.
Dentro de Chaves conviven un acuarelista, un paisajista, un fotógrafo y un poeta. Por las mañana los cita a los cuatro para renovar sus votos. No permite que uno mande sobre el otro. No viste enlutado cuello Mao de sacerdote abstracto y disfruta saliendo al campo a pintar una paisaje sabiendo que todo, por decantación, va a acabar apareciendo en la pintura. Cuando visitas a Chaves te lo encuentras en la cocina. Prefiero encontrarme a un artista en la cocina de la pintura que chapoteando en una ciénaga intelectual de la que el pintor suele salir airoso, pero lo pintado no. No estoy hablando de artesanía sino de eso que los anglosajones llaman now how, esto es, saber cómo llegar al lugar donde te llevan tus sentidos y tus anhelos pictóricos. En cambio hay pintores cuyo elaborado discurso mengua en elocuencia cuando tienen que mojar el pincel. Hay pintores que eligen su camino como si eligieran papel pintado del muestrario que les ofrece su decorador de interiores; pero cuando van a ejecutarlo no tiene los recursos necesarios. En el caso de Chaves no es él quién explica su pintura, es su pintura la que lo explica a él. Conoce el material como un escritor maneja su vocabulario. Los pigmentos, las tintas, el látex como aglutinante, la rotunda corporeidad del óleo; la saturación y la liquidez según el color quiera ser luz o aire. Su sintaxis gira en torno al profundo conocimiento del material y precisamente porque tiene esa relación tan íntima con el material y con el color, sabe lo que está bien y lo que no, pero es capaz de traicionar sus propias habilidades si la obra se lo pide. Lo mágico de la pintura estriba en la visita inesperada de un trazo o una mancha que no parecen tuyos. En este proceso de enajenación está el misterio. Por eso el interlocutor perfecto de un pintor no es un crítico, ni otro pintor, ni el público. Es la propia pintura. Cuantas más preguntas le formules más rico es el discurso. Por eso los pintores suelen ser sentenciosos, la mayor parte del tiempo especulativos y una o dos veces geniales.

En esta exposición en el monasterio de Tibaes, Chaves despliega todo su arsenal: se muestra profundo en el desplazamiento largo del gran formato e íntimo en el pase corto de la obra pequeña. En la obra de grande Chaves con frecuencia se mueve en el familiar terreno del color field painting, pero teniendo presente una cosa: si debajo de los campos de color no crece el humus, la obra es estéril. En un cuadro como Night Club hay varios planos que uno puede habitar. Puedes situarte en la mancha o demorarte en las huellas del proceso. Estos rastros (el humus) son como imágenes reveladas en la oscuridad del laboratorio. Las manchas o trazos desechados son avatares pictóricos que podrían armar por si solos un cuadro. Si fuera músico podría vender estos descartes como rarezas pero Chaves prefiere entregar, como un sacrifico bíblico, esos aciertos al manto de color. Con el pequeño formato el fraseo cambia. Coloca una apabullante batería de piezas que no tienen carácter de serie, porque ninguna de ellas es consecuencia de la anterior. Es un archipiélago de frases cortas en el que cada cuadro-isla encierra la preocupación de Chaves por que su alfabeto abstracto ofrezca una lectura coherente pero singular. La figuración acecha porque la contemplación de la naturaleza es demasiado evocadora. Pero aparte de la creación de atmósferas y de la insistente presencia del trazo como vehículo para acuñar caligrafía, también está la sencilla y esencial pulsión de hacer visibles imágenes nuevas. Hacer visible algo que antes no existía. Sencillamente inventar.

La última multa

Escrito por Vítor Mejuto
20 de Noviembre de 2011 a las 21:16h

Es difícil saciar la voracidad recaudatoria de la Administración. Incluso en tu último viaje te ponen palos en las ruedas. Cepo en este caso. Es como si a Caronte, el barquero que según lo griegos (los de la Grecia clásica, se entiende, que a los contemporáneos no se los puede citar sin que te embarguen el párrafo) se ocupaba del último tránsito, se le bloqueara el timón. Los griegos colocaban bajo la lengua de sus deudos una moneda para que Caronte los pasara al otro lado; a este barquero en vez de una moneda lo que le han dejado es una receta bajo el limpiaparabrisas. No es justo. Cuando llega el momento de ponerse delante de san Pedro, este manda a la impresora un balance de la gestión de tu vida. Tus indiscreciones, tus debilidades. También tus virtudes. Una igualada ecuación en la que el debe y el haber (o el yin y el yan, si te va el orientalismo de salón y quemar incienso alocadamente) son las variables para la eternidad. Cuando estás a punto de recibir el pasaporte para las aburridas mieles del paraíso, una absurda multa bloquea el torno de entrada. Hay mucha gente en el limbo, haciendo trabajos para la comunidad, por culpa del celoso afán de un policía local. Después de toda una vida abonando diezmos, correteando de ventanilla en ventanilla, rellenando farragosos impresos, compulsando formularios, leyendo la bizantina prosa de la que están hechas las arcanas ordenanzas, discutiendo con hastiados funcionarios (o con funcionarios motivados, que ya no sabe uno qué es mejor), al final una linea amarilla se interpone en el silencioso camino, bajo dramáticos cipreses, que conduce  al camposanto. Naturalmente estoy fabulando. Es el comprensible desahogo de alguien que, como tú, es un obediente paganini. Alguien que, cuando recibe una carta certificada sabe, sin mirar su contenido, que la carta va dirigida a su cuenta bancaria. En el torrente de frases hechas que empleamos en los velatorios, podríamos añadir al clásico «ahora descansa» un apropiado «ahora ya no tributa». Por lo menos en el caso de la imagen de hoy, el habitante más importante del vehículo no tendrá problemas cuando llegue ese delicado y a veces truculento momento en el que hay que identificar al conductor. Es obvio que el rigor mortis nunca le dejaría girar el volante.

Una colección en tiempo real

Escrito por Vítor Mejuto
18 de Noviembre de 2011 a las 23:24h

Hay colecciones de arte que son como un álbum de cromos. Sus dueños se reúnen en el recreo para cambiar postalitas. Algunos cromos son muy codiciados y escasean. Pero hay otros muchos repes. Todas suelen tener lo mismo y muchas de ellas responden al secreto deseo de un personaje acaudalado de fotografiarse a lado de un icono. Como un caprichoso safari donde cobrarse las mejores piezas. Hay otras colecciones que son como un álbum de familia. Todo en ellas tiene un toque cercano, como de casa. Pero huelen un poco a cerrado. A naftalina. La colección Barrié no pertenece a ninguno de estos dos grupos. Gira en torno a la pintura pero a condición de que aún esté fresca. Es algo así como una colección en tiempo real. Se construye a medida que ocurre. A veces la pintura no mancha porque su epidermis no nace de una brocha. La pintura no le debe a la liquidez su razón de ser. Es la forma más razonable de acercarse a la pintura. Sin el ajustado corsé del bastidor. Destrozándolo a la manera de Ángela de la Cruz si es preciso. Además la colección Barrié visita el estudio del artista. No adolece de obsesiones localistas ni internacionales. Ni siquiera historiográficas. No es un establo de vacas sagradas. Por eso, antes de que Ángela de la Cruz fuera un titular en la sección de cultura, cuando Turner llamó a su puerta, la colección ya tenía obra suya. En la exposición podemos asistir a agradables conversaciones entre Alvaro Negro e Imi Knoebel (y por cierto un gran Imi Knoebel, no un cromo cualquiera de esos que toda galería pudiente quiere tener en el fondo de su armario) o entre Teo Soriano (en pocos pintores la pintura, como la misma materia, tiene una presencia icónica tan marcada) y Helmut Dorner. El montaje se amolda a un edificio difícil, pero logra habitarlo con bastante naturalidad. El Miquel Mont, por ejemplo, se dobla imaginativamente en un recodo y te conduce a una sala que tiene algo de temático. Aunque derive desde el neoconcretismo de Gerardo Burmester y la metapintura de Jean-Marc Bustamante a la instalación de Albano Afonso. Otra vez saliendo de la pintura para hablar de pintura. Detrás de dos paneles, un poco ocultos, hay dos formatos medios de Frank Nitsche capaces de saciar la sed de los amantes de la pintura construída. Hay un Sandra Cinto en el hueco de una escalera. Porque en una escalera, desde que Duchamp hizo bajar por una de ellas un desnudo o desde que Oskar Schlemmer retrató a los estudiantes bullendo en la escalera de la Bauhaus, siempre pasaron cosas importantes. Destaca una obra de Manuel Vilariño que detiene el tiempo y te coloca delante de tu propia levedad. Es un bodegón español. Barroco contemporáneo. Su transversalidad es notable. Pintura, fotografía, poesía e Historia del Arte: todas estas disciplinas están citadas. Si conoces un poco a Vilariño, puedes mirarle de frente en la obra. Está presente y te devuelve la mirada. En el catálogo, cada imagen está acompañada de un texto, apenas un párrafo, en el que el artista habla de su obra. Con frecuencia al autor se le piden explicaciones. Los textos constatan un hecho inexorable: siempre hay mucho más en la imagen que en la letra. Y una cosa más: entre la obra y el atribulado artista hay un vasto espacio para que el espectador se sitúe. No hay un único camino ni un mapa. Buen viaje.

Bufé frío

Escrito por Vítor Mejuto
13 de Noviembre de 2011 a las 1:54h

Hay fotos cuya potencia no reside en el encuadre, en la composición, en la temperatura del color o en cualquier otra chuchería de esas que hacen que la fotografía tenga un lenguaje rico y dicharachero. Hay fotos que funcionan mejor en la sequedad, casi en la torpeza. Una frase corta. Un golpe bajo. Una caricia tosca. La literalidad de esta imagen, por ejemplo. Su rotunda parquedad es suficiente para retratar la frialdad quirúrgica del interiorismo penitenciario. Es como si el mobiliario del comedor de Guantánamo se hubiese comprado en el rincón del torturador de unos grandes almacenes. La Justicia nunca prestó mucha atención a los complementos. Los necesita para administrar justicia y, de alguna forma, el reo es castigado además con la fealdad y la humillación de un diseño lacerante. Qué necesidad hay de que tus digestiones te sobrevengan con grilletes en los tobillos. El mono naranja y las chanclas, el plástico de la silla, la mesa atornillada al suelo. No me atrevo a imaginar el menú del comedor.
El catálogo de complementos de la Justicia es aterrador. Andy Warhol se curró una serie de serigrafías de una silla eléctrica. No era arte social. Era su habitual frivolidad combinada con la pionera lucidez necesaria para entender, antes que nadie, que en el mundo del arte se puede vender lo que sea. Al verdugo de Berlanga le temblaban las piernas cuando se acercaba al garrote vil, nuestra fiera contribución patria. Pero quizá la guillotina sea el único apero justiciero digno. Posee una cierta elegancia jacobina. No es que yo sea un afrancesado, pero comparar la guillotina con el garrote vil es como comparar la «nouvelle vague» con el landismo.
De Guantánamo solo debería perdurar «La guantanamera». Si se admiten peticiones, en la versión de José Feliciano. Sus versos parecen responder al horror con belleza: «Para el cruel que arranca el corazón con que vivo, cardo ni ortiga cultivo, cultivo la rosa blanca». Pero la herida continúa abierta. Todavía hay 171 hombres que esperan su destino mientras devoran  el rancho encadenados al piso.

La foto es de Jorge A. Bañales, de EFE

Buscando el mundo G

Escrito por Vítor Mejuto
6 de Noviembre de 2011 a las 15:37h

A los mandatarios les gusta fundar clubes privados y hacer fiestecitas. Las fiestas G se remontan a principios de los setenta. Primero fueron seis, luego siete, más tarde ocho y ahora hay esta otra versión desmelenada, en formato guateque, en la que se reúnen veinte. Cuando llega la foto de familia tropiezan unos con otros, se buscan con la mirada, se producen roces torpes mientras buscan en el suelo la marca de su país. Zapatero recibe una palmadita condescendiente de Obama, una de esas fotos que le vendrán al pelo para ilustrar una paleta autobiografía; Merkel y Sarkozy hacen manitas mientras despliegan sus plumajes respectivos: ella de frío acero alemán, él de refinado satén francés; Berlusconi, experto en bacanales, siente más que nadie esa sensación de fin de fiesta, la tristeza que se cierne sobre la mañana de carnaval. Tiene sobre su espalda el aliento escrutador de los cancerberos de la economía. Papandreu se paseó fugaz y taciturno por la alfombra roja de Cannes. Sin rastro de glamur. La alfombra roja resultó que en realidad era un tapete verde y durante la partida Papandreu se marcó astutamente un farol. Finalmente, como siempre, fue Merkel quien mató el tres. Aparte del yogur los griegos están históricamente dotados para dos cosas: la tragedia y la democracia. Papandreu apeló a la segunda para finalmente acogerse a la primera. Empezó la semana platónico y la acabó aristotélico. No obstante Papandreu es un buen jugador de cartas y a la postre parece claro que, con las cartas que tenía y con la baraja marcada, no resultó una mala mano. Eso sí, la voluntad popular de nuevo queda restringida al pataleo. Los excluidos, que cada vez somos más, salen a la calle para enfrentarse a la policía. Hasta hace nada los llamaban antisistema. Pero el sistema se ha revelado como el problema y ahora se les llama indignados. Este giro semántico es bastante esclarecedor. Vivimos un momento de escepticismo, las viejas fórmulas se están quedando tan obsoletas como un candidato mezclando el engrudo para fijar su careto sobre una tapia en la noche electoral. Un policía lleva en volandas a un manifestante en Niza. Parece que no pesa. Su extraña levedad convierte a la persona en algo que flota como si fuera hinchable. Una luz baña y siluetea todos los accesorios de la represión, los juguetes para sofocar disturbios. Una diagonal cruza la foto armando la imagen. Ninguno de los dos está invitado a la fiesta G.

Exceso de equipaje

Escrito por Vítor Mejuto
30 de Octubre de 2011 a las 0:04h

Hace poco, durante mis vacaciones, tomé un avión llevando a mi perro Clark conmigo. En su tarjeta de embarque rezaba la leyenda “exceso de equipaje”. Para la compañía aérea Clark es poco menos que un bulto, un neceser; en este caso un inneceser porque, en teoría, la existencia de Clark es un capricho. El poeta recomienda viajar ligero de equipaje. Pero cuando en la valija asoma la circunspecta cabecita de un chihuahua de dos kilos, el resto de tus otras posesiones adquieren carácter de lastre. No te apetece facturar nada más. En cambio, ya no puedes prescindir de la indescifrable mirada de un tembloroso personaje, que es mitad fragilidad y mitad grandeza imperial. Tranquilo cual ejecutivo prejubilado de banca. Y tan afortunado. Bueno, para ser exactos, no hay nadie tan afortunado como un prejubilado de banca; alguien que en medio de la tempestad recibe, en lugar de un humilde salvavidas, un lujoso yate cromado de incalculables metros de eslora. Para hacer escala en oscuros puertos insolidarios.
Mi sastre, tan tradicional y remirado para otros temas, ve en cambio con buenos ojos la imparable pujanza de la nueva sastrería para perros. Clark está llamado por esos derroteros: su elegancia es innata. Cuando camina al trote es como un caballo andaluz paseando al compás de un señorito que visitara los confines de su cortijo. Cuando le ponemos su ropita, mucha gente lo mira con un rictus de desaprobación. Como si se tratase del decadente desorden de una sociedad opulenta; el irremediable advenimiento de la caída del Imperio Romano. Poco a poco ese rictus muda en otro de simpatía: su mirada indescifrable desbarata todo rastro de demagogia. Mi sastre ya le ha tomado las medidas para hacerle un traje príncipe de Gales. Ya habrá tiempo para vestirlo de sport.
La foto de  Manuel Marras retrata bien el mundo caprichoso que gira en torno a la mascota. Los perritos viajan en la cesta de tu vida.
Mickey Rourke y Paris Hilton no solo comparten su afición al bótox, también son orgullosos propietarios de chihuahuas. Rourke ha reconocido abiertamente que su chihuahua, al que llamaba Beau Jack, le salvó del suicidio disuadiéndolo con esa misma mirada indescifrable. Fue el primero de una larga estirpe. Con Loki, hijo de Beau Jack, Rourke paseó por la alfombra roja del festival de Venecia. Loki falleció a la avanzada edad de 18 años. Fue una gran conmoción en la prensa de variedades. Meses más tarde, cuando recogió su Globo de Oro, el embrutecido Rourke se lo dedicó trémulamente a sus perritos. No sé cómo se puede llamar a esto exceso de equipaje.

La foto hablada

Escrito por Vítor Mejuto
15 de Octubre de 2011 a las 23:33h

Había una vez un viejo editor gráfico que abroncaba con virulencia a sus fotógrafos. Como era argentino, los abroncaba con pausa, floritura y prosopopeya. Pero sin piedad. Cuando los temblorosos fotógrafos entraban en su despacho con la hoja de contactos, el viejo editor las rompía en sus narices. Entonces el fotógrafo se deshacía en explicaciones y excusas. El viejo editor atajaba: «No quiero fotos habladas, quiero solo fotos». Cuando una foto necesita ser explicada es que no funciona. Una buena foto es un teorema. Preciso, directo e irrefutable. Pero los fotógrafos a menudo despejamos con demasiada prisa las ecuaciones. Si le dedicásemos el tiempo suficiente a discurrir las conjeturas, nuestra cámara sería un imparable emisor de axiomas. Ningún editor malhumorado podría ya alzar la voz. La foto abriría con facilidad los rígidos corsés de la maquetación más decimonónica. En un futuro próximo hasta las tostadoras harán fotos. Pero lo que la tecnología nunca será capaz de clonar es el talento. Solo con talento se puede sublimar lo cotidiano. Es muy fácil lograr una buena foto con los mimbres de una catástrofe o cambiando el dramatis personae de tu pueblo por el de una ignota tribu africana. Pero es mucho más difícil lograr una buena foto de un bache. Ese es el reto. En lo corriente están ocultos los tesoros visuales.
La foto de hoy no puede ser más cotidiana. Un aguardenteiro que lleva 55 años destilando agua de fuego. Tuvo que pasar más de medio siglo para que recibiese la esclarecedora visita de la lente de Xoán Carlos Gil. La foto es un prodigio de composición. Dos alambiques y dos capachos bailan su tranquila simetría a ambos lados del personaje; a la izquierda hormigón, a la derecha ladrillo: un detallado inventario de la piel de nuestro urbanismo; el hombre plantado impávido en el centro; la mirada, dulce y cansada, clavada en el lector. Pertenece a una sección de la edición de Vigo que maqueta y escribe el propio fotógrafo. Se titula «La mirada oblicua». Efectivamente la sección empezó siendo oblicua. Pero ahora es tan frontal y recta como un disparo. Sobre todo cuando el autor es capaz de limpiar la escena de artificios y encuadres superferolíticos. A esto se le llama serenidad. La imagen resultante no es en absoluto una foto hablada. Y resulta tan elocuente como un tratado.

Luto en el frutero

Escrito por Vítor Mejuto
9 de Octubre de 2011 a las 1:56h

En un garaje, a parte de darse de maravilla el rockabilly, se han gestado las cosas más importantes de nuestra reciente historia. El garaje de Steve Jobs es como el portal de Belén de la nueva religión. La religión tecnológica. Mientras las ideologías fracasan y los templos se vacían, la nueva religión se abre paso a golpe de plasma, microchips y todos esos inútiles gadgets que nos hacen la vida, como en el cuadro de Richard Hamilton, tan diferente, tan atractiva. Los pastorcillos que peregrinan al portal llevan su izurrón repleto de rutilantes matraquillos que abren puertas a un mundo mejor. Las ventanas ya las pone la competencia. Espigado como un predicador, Jobs tenía un algo mesiánico. Era el paso central de la imaginería de la cofradía de la manzana. Sus fieles esperaban con ansiedad cada sermón en la montaña que, con su clásica liturgia minimalista, pronunciaba cuando servía una nueva aplicación. En cambio, los que se calzan un pc, no llevan tatuado en el brazo el careto de Gates, ese insulso empollón filántropo, tan proclive al monopolio. En términos futbolísticos Mourinho sería un pc, pesado y arrollador; Guardiola un Mac, rápido e imaginativo, sostenible y majetón. El primero diseña sus equipos de un modo tosco y funcional. Solo para ganar. El segundo dibuja equipos para la fantasía. Para disfrutar.
   Hay muchas manzanas en el frutero de la historia. Los Beatles tenían la suya. Giraba en el centro de sus vinilos. Litigaron muchos años con la otra, la de Jobs, para ver quién hacía macedonia con la fruta en el negocio discográfico. Naturalmente perdieron. La manzana que nos ocupa está mordida. Como la primera manzana, la bíblica. Cuando muerdes una manzana de Steve Jobs ya nunca te librarás de su pecado original. Siempre querrás mas.
   La foto es un bodegón de Zurbarán. Nadie pintaba mejor la cosa mística. Jobs era un tipo ascético, como los monjes de Zurbarán. Severo y parco en sus movimientos. Lo contrario que sus cacharritos, increíblemente ágiles al contacto de un solo dedo. Como cuando el dedo del padre y el hijo se encuentran en las celestiales alturas de la Capilla Sixtina. Ahora tendrán que hacerle sitio a Jobs.

La foto es de Suzanne Plunkett, de Reuters

Colapso en el museo

Escrito por Vítor Mejuto
8 de Octubre de 2011 a las 1:04h

No me gusta Antonio López. Y no pasa nada. Ya hay mucha gente a la que le gusta. Como mínimo trescientos mil. Para la gente que ve el arte como trabajos manuales López es lo más. Pero yo también vi como se pudría el dichoso membrillo y ya sé que para López el arte supone mucho más que trabajos manuales. Ya sé que hay una metafísica sobre el paso del tiempo y las estaciones; que hay tanto de contemplación como de ejecución. También me sé lo del misterio de la obra inacabada y la quimera de aprehender la luz que baña un objeto en el momento preciso. De hecho, igual que para dar salida al producto conceptual es necesario un sólido carenado intelectual, para lo que vende López también lo es. Para el primero porque no se entiende; para el segundo porque se entiende demasiado bien.
No hay nada más previsible que un artista construyendo su coartada. A menos de un kilómetro de allí, en el Reina Sofía, Elena Asins, la versión española de Hanne Darboven, presenta una  hermética propuesta constructiva y matemática. Habrán ido a verla ella y sus cuñados. Así es la cosa. A la obra de López se puede llegar desde la reflexión o, esto es más frecuente, desde el sentimiento. Pero el camino es directo. A la obra de Asins se llega desde el esfuerzo. El camino es tortuoso. Esto explica las cifras. En el resto de las artes hay desconfianza hacia el best-seller. En las artes plásticas lo que hay es un gran alborozo porque al fin podemos entonar el anhelado grito: «Llenamos el museo!».
De todas formas Antonio López es un pintor excepcional. Nunca diré que es un fraude ni una tomadura de pelo. Para que no me guste no necesito dudar de la naturaleza de sus intenciones. No necesito negar un tipo de trabajo en detrimento de otro. En cambio, a muchos artistas conceptuales o, simplemente no objetivos, se les juzga con un raudo vistazo a sus imágenes en Google. Es suficiente para tildar su trabajo de mentiroso. Para qué profundizar. De López, me gusta mucho más su manchega parquedad que la ruidosa imaginería neoyorquina del fotorrealismo de Richard Estes, por ejemplo. Si López fuera norteamericano también colapsaría el MoMA. Otra cosa son los sucedáneos de López. Tantas soledades urbanas. Tantos alicatados desconchados. Tanta fruta en problemas. Entonces voy a ver a Velázquez. En el siglo de oro aún no se había urbanizado la Gran Vía.

Alta velocidad

Escrito por Vítor Mejuto
2 de Octubre de 2011 a las 1:13h

En el mundo rico, que cada vez lo es menos, anhelamos alta velocidad. Dos lineas paralelas que jamás se tocan y que suelen acercar la periferia al núcleo. Una fuerza centrípeta a la que, los que vertebran el país, responden con ciega obediencia. El mapa ferroviario es una previsible tela de araña. La capital y el capital se maridan produciendo esta inevitable tensión gravitatoria. Todos acabaremos bajando de un tren en Madrid, cargados de paquetes del pueblo como Paco Martínez Soria, sin saber muy bien a qué responde tanta pulsión mesetaria. En la periferia estaremos dotados, por fin, de una herramienta que nos permita escapar de ella. Madrid se alimenta insaciablemente. Engorda a costa del territorio que le rodea y además se distrae en vacaciones, disfrutando de un poco de atraso exótico. Los otros ejes, el atlántico y sobre todo el transcantábrico, no están muy engrasados. Nuestras mercancías lo tienen más difícil. Pero las mercancías no van a la ópera ni a musicales. Somos turismo. Paco Martínez Soria era un visionario: el gran proyecto industrial de este país es un parador. Él soñaba con llenarlo de suecas. Pero hoy los nórdicos están menos pendientes de nuestro mapa del tiempo o de nuestros excedentes de sangría. Les interesa más la gráfica de nuestra deuda. Llevamos a vueltas con el Parador de Muxía casi diez años. Nos lo dieron como desagravio después de que un accidente asfaltara nuestras costas. Y es que seguimos siendo un polo de desarrollo. Solo que antes nos construían pantanos y ahora levantamos ciudades para la cultura. Habría bastado con un barrio.

En la India, en unas inundaciones producidas por el violento desbordamiento del río Gai, la vía del tren queda en vilo. No hay tierra debajo que la sostenga. También las vías de alta velocidad necesitan una toma de tierra. Un proyecto de país. El humus que nutra y afiance sus raíces. Si no, solo llegaremos a tiempo a la ópera.