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Archivo para marzo, 2013

Marianne Faithfull revive su primera obra maestra

miércoles, marzo 13th, 2013

Alumbrado en 1979 con la cantante sumida en la adicción a las drogas, «Broken English» supuso su renacimiento como artista de primera línea. Una oportuna e interesante reedición con extras devuelve el disco que debería haber puesto banda sonora a «Cristina F» a la actualidad

En la segunda mitad de los setenta quedaban lejos los días en los que MARIANNE FAITHFULL había sido la gran princesa del pop sesentero. Tras la fallida experiencia country de Faithless, se encontraba arrinconaba en la intrascendencia más absoluta. Colgada de la heroína y viviendo en squats con Ben Brierly, el bajista de The Vibrators con quien mantuvo una apasionada y dolorosa historia de amor, buscaba el modo de reconducir su carrera en medio de una vida desordenada y caótica. Y tras varios tanteos, lo lograría con una obra que la llevaría mucho más allá del título de novia de.

«Fue el nervio punk lo que alimentó la rabia de Broken English. Sid Vicious y yo teníamos el mismo camello», recordaba la artista en Una autobiografía, las memorias que publicó en 1995. El crítico Rafa Cervera va más allá: «No era el típico álbum de una estrella de los sesenta intentándose adaptar a la era del punk. Era el disco de una estrella contándole a los chicos del punk que ella era punk que antes que ellos». Y efectivamente, en Broken English se haya un disco rompedor que respira punk, pero que expulsa un híbrido extrañamente personal por encima del género y su momento. Como en los discos de Joy Division o el Bowie berlinés, ahí late una suerte de desgarro maquinal, frío y futurista, pero con pegada totalmente humana. Hoy, 34 años después, conmueve.

Aunque a veces lo recuerde como una buena época, lo cierto es que Marianne sufría con Ben. Y mucho. Él era un mujeriego incontrolable. La engañaba de continuo. Por ello en cuanto conoció Why d’Ya Do it, un poema de Heatcote Williams en que una mujer aullaba de celos furiosa con todo tipo de obscenidades (“Cada vez que veo tu polla imagino su coño en mi cama”, dice su verso estrella), hizo todo lo posible para cantarla. El autor la había pensado para Tina Turner, pero al final Marianne se la llevó. Cierra Broken English. En algún punto intermedio entre el All Along The Watchtower de Jimi Hendrix y el vaivén reggae, fluye su voz hasta un clímax próximo al Horses de Patti Smith. Dolor, zozobra y catarsis. O como dijo la propia Marianne: «Confusión desgarradora y celos hirvientes». Puso broche de oro a un álbum excepcional.

Porque, por supuesto, todo va mucho más allá de una letra escandalosa. Broken English resulta todo un prodigio sonoro y de composición. En lo primero, se creó un conglomerado de rock oscuro con esos ecos del funk y del reggae. A posteriori Steve Winwood se encargó de darle un barniz de teclados y sintetizadores que lo hacen, hoy en día con el éxito del filme Drive y el revival de los sintes, más vigente si cabe. Súmenle a todo ello esa voz, la de una Marianne Faithfull quebrada y lejana a la miel sixties, dejando un cuño personal que ya nunca la abandonaría.

Pero, por encima de todo, están las canciones. Pimero, Broken English, el corte inicial que hace desembarcar al oyente en un disco misteriosamente afilado y con un vaho parecido al que Bowie emitió en su memorable Heroes. En ella Marianne se inspiró en la banda terrorista Baader Meinhof. Comparaba su estado mental como adicta a las drogas con los integrantes de la banda. «Me sentía identificada con Ulrike Meinhoof, el mismo bloqueo mental que convierte a unas personas en yonquis, convierte a otras en terroristas», señalaba

Después, se impone una parada en el gran clásico del disco: The Ballad Of Lucy Jordan. Célebre años después al terminar en la BSO de la película Thelma y Louise, se trata de un inédito haz de luz en el álbum. Engañoso porque, como si el reverso de la tenebrosa What’s The Hurry se tratase, aquí Marianne fantasea con una vida cómoda, «una buena vida a la que las mujeres se supone que deben aspirar», precisaba la artista. Y ponia como ejemplo «convertirse en esposa de Gene Pitney y acabar en una gran casa vacía en Connecticut». Es decir, todo lo contrario a lo que entonces vivía.

Y no nos debemos olvidar de su famosa y polémica versión del Working Class Hero de John Lennon. Famosa por una solución estética formidable, insertándola dentro de ese clima tiritante de una yonki con un pie en el fango y otro en la gloria. Polémica, porque no hay que olvidar los orígenes aristocráticos de la artista, cuyo tonteo con la lucha de clases desde esa perspectiva podría, y puede, parecer cuando menos frívolo. Ella no lo ve así. De hecho, considera que el esfuerzo que tuvo que hacer en su vida para salir adelante se puede comparar al de Lennon, David Bowie, Keith Richard, Iggy Pop y otros ilustres héroes pop de la clase obrera.

Esta edición, además, incluye tres interesantes piezas audiovisuales realizadas por Derek Jarman previas a la irrupción del videoclip, que resultan tan modernas y fascinantes como el propio álbum. También las mezclas originales del album sin sintetizadores para comprobar cómo era un repertorio elaborado durante más de dos años en directos suicidas. Y, por último, un ramillete de jugosas versiones alternativas de los singles y el clásico Sister Morphine de los Stones en el que ella tanto tuvo que ver. Una joya, se mire por donde se mire.

Foto: Marianne Faithfull por Derek Jarman

Imagen de previsualización de YouTubeVideoclip de “The Ballad Of Lucy Jordan”

Jesús Ordovás ordena las imágenes de tres décadas de pop patrio

viernes, marzo 8th, 2013

El gallego Jesús Ordovás recopila en el libro «Viva el pop» (Lunwerg) el trabajo de los diseñadores, fotógrafos, periodistas y fanzineros que dieron cuerpo a la música nacional desde la Movida la era indie

«El pop es algo más que grupos y canciones». Lo dice el periodista Jesús Ordovás (Ferrol, 1947) y lo plasma en el libro Viva el pop. Subtitulado Una historia gráfica del pop español desde la movida a la explosión indie, traza un colorista recorrido por ese extra cuyos autores suelen permanecer fuera del foco. «Hay mucha otra gente trabajando en la sombra. Diseñadores haciendo portadas, fotógrafos ocupándose de las imágenes promocionales y, en general, todo el equipo de apoyo», reflexiona Ordovás, que amplía el radio de acción a «los periodistas y medios de comunicación que, al fin y al cabo, logran que la música llegue a la gente».

Con esa premisa, el autor abre su baúl de los recuerdos y selecciona «una millonésima parte» de lo que guarda en su interior. Sí, en Ordovás se encuentra el ejemplo perfecto del enamorado de la música que lo colecciona todo. «Soy un fan total del arte pop e intento conservar todo lo que cae en mis manos», señala. Las 240 páginas de Viva el pop le dan totalmente la razón. El lector que se adentre en ellas contemplará un desfile de portadas, fotografías, entradas de conciertos, pósteres promocionales, carteles de festivales y un interminable etcétera.

Tras ello descansa una idea: la de ese mundo pop previo a llegada de Internet que se desdibuja poco a poco. Las nuevas generaciones podrán descubrir aquí que hubo un día en que quien acudía a un concierto se llevaba a casa una entrada elaborada para la ocasión. E intuir que esos pedazos de papel se mimaban, adquiriendo con el tiempo el estatus de objeto sentimental.

En la obra se incluyen tiques de Loquillo, Almodóvar y McNamara, Mama, Obús o los bonos de aquellas ediciones del FIB de los noventa. También se plasman fanzines de recorta y pega como Mártires de Uganda, La Parturienta u otros más elaborados, como Mamorro o Rock Indiana. Conformaron una buena parte de la prensa marginal que en los noventa se opuso a la establecida. Y, cómo no, un amplio catálogo de aquellas cintas de casete de grupos como Siniestro Total, Los Inhumanos o simples recopilatorios con títulos como Nuevas tendencias. Le llegaban al propio Ordovás en la época de la movida, cuando dirigía el programa Diario Pop de Radio 3. «Fueron más de cinco mil», precisa. De ellas apenas se queda con una docena.

UN LIBRO DE FAN
Jesús Ordovás no considera que Viva el pop se trate de una obra para iniciados. «Para nada, yo creo que se trata de un trabajo de fácil acceso para cualquier persona que esté interesada en la cultura del pop en España», opina dando el gancho comercial: «Yo me lo compraría inmediatamente si lo hubiera hecho otra persona». En sus páginas se sienten los latidos de un fan de la música que ha conocido desde la primera línea la evolución de la música nacional. Pero, al tiempo, el que conserva ese fetichismo propio del adolescente que cuelga una foto de su ídolo en la pared de su cuarto.

El volumen se completa con un Quién es quién alfabético. A modo de diccionario, se recopilan pequeñas semblanzas de los supuestos personajes clave del pop patrio. Y, por último, treinta fichas-test de figuras como Eva Amaral, Alaska, Antonio Luque (Sr. Chinarro), J (Los Planetas), Germán Coppini, Genís Segarra (Astrud, Hidrogenese), Miqui Puig, Nacho Vegas, Christina Rosenvinge o Mario Vaquerizo, en las que exponen filias y fobias de su puño y letra. «Ahí se puede ver su caligrafía y carácter al escribir o dibujar», detalla Jesús Ordovás. Fiel a su concepto inicial, ha incluido personajes como el periodista Bruno Galindo, el editor Jesús Llorente o el dibujante Mauro Entrialgo entre los elegidos.

Las dos caras de Yo La Tengo

miércoles, marzo 6th, 2013

Yo La Tengo
Santiago, Sala Capitol
4-2-2013

Ira Kaplan, la voz y guitarra de Yo La Tengo, tiene ya 56 años. Usa la misma camiseta a rayas gruesas de toda la vida. También las zapatillas All Star y los vaqueros Levi’s de siempre. Asoma alguna brizna grisácea en su caballera rizada, pero poco más. La fotografía tomada el lunes sobre el escenario de la sala Capitol de Santiago en poco o en nada difiere de la que se le podía haber hecho en el Festival de Benicassim de 1998. En cuanto sonaron los acordes iniciales de Tom Courtenay también se podía realizar el viaje espacio-temporal del mismo modo. Igual que su rostro, tanto da que hayan pasado los años por el hit yolatenguiano por excelencia. Continúa sin mostrar arrugas. Todo lo contrario, surge pletórico, con sus perfectas curvas pop, su envolvente tempo al ralentí y con la chispa final extraída de su guitarra. Abajo, muchos se sentían reconfortados, como en casa de nuevo. Sí, ver a Yo La Tengo resulta similar a volver al hogar que un día se dejó atrás cuando llegó la independencia y ver que todo sigue más o menos igual. Afortunadamente, claro. Hay cosas que es mejor que no cambien mucho.

Retornaba el trío de Nueva Jersey a la sala Capitol de Santiago. Hacía dos años que habían ofrecido allí un concierto notable, aunque algo disperso. Algunos reprocharon falta de concreción en su planteamiento entonces. Otros lloraron por más electricidad. Nada de esto ocurrió en esta ocasión. El grupo rozó la perfección. Solo faltaron unas butacas en el primer tramo de la actuación cuando optaron por la fragilidad, las escobillas y los susurros. También un corcho en la boca de unos poquitos charlatanes alérgicos a la educación que pagan una entrada para no se sabe muy bien qué. Y, bueno, también sobró un intermedio de 35 minutos excesivo para los que trabajaban al día siguiente. El resto, ni más ni menos que la confirmación de que Yo La Tengo no solo son grandes, muy grandes. También que, cuando ya rozan los 30 años de andadura, su discurso continúa tan vivo y atractivo como el primer día.

Realmente se podría decir que el lunes se pudo asistir a dos conciertos en uno. Tal y como venían haciendo en la gira americana, Yo La Tengo plantearon una actuación de doble cara perfectamente diferenciada. Primero, sentados, apelando al formato acústico y secundados por unos árboles a modo de decorado teatral que le daban un aire de paradisíaco jardín pop. Después, en pie, girando el volumen de las guitarras y apuntando con ellas al éxtasis hipnótico-ruidista. En el arranque, calmo, abrieron contenidos con una versión de Ohm de electricidad mutilada. Y se pasearon durante una hora por la suavidad que reina mayoritariamente en Fade, su último trabajo. Cayeron, como era previsible, muchas de este. Todas en paños menores. A Ohm le siguieron un Paddle Foward sin lija, The Point Of It con el mismo tono balsámico que en el álbum o Cornelia and Jane, con una Georgia magnífica demostrando que la suya es una voz magnífica. También se produjeron oportunas visitas al pasado, como Our Way To Fall o su ya mítica versión del Spedding Motorcycle de Daniel Johnson que, entre palmas, puso el punto y aparte al recital.

Luego, lo dicho: la electricidad, mucha electricidad. Stupid Things abrió el telón. Y al rato se invocó al fantasma velvetiano. James McNew le dió al todo, de cuando en cuando, el trote guitarrero de Lou Reed. Georgia el punto de batería de Mo Tucker e Ira, pues Ira, se dedicó a extraer rayos y centellas de sus seis cuerdas. Hubo, sobre todo, dos momentazos: el de Ohm bañada en vatios realzándose como un nuevo himno ya dentro de la producción del grupo y, muy especialmente, la locura de Pass The Hatchet, I Think I’m Goodkind. Toda la electricidad que faltó en la visita del 2010 estuvo aquí. Quince minutos comandados por un bajo obsesivo que sonaron a cuarto y mitad de gloria y nos hicieron reecontraron con aquellos Yo la Tengo de finales de los ochenta, cuando May I Sing With Me empezó a pasar de cinta virgen en cinta virgen. Igual de excitantes, igual de ruidosos, igual de demoledores.

Tras ello, todo podía terminar. Nada se podría objetar. Pero no, llegó un bis con aroma de improvisación. Así como quien no quiere la cosa, se marcaron una molona versión del Whatcha Gonna Do About It de los Small Faces, una sorprendente revisión acústica de Big Day Coming y una lectura del Farmer’s Daughter de los Beach Boys. Y adiós. Punto final para una actuación memorable que, ojalá, se repita con su próximo lanzamiento.

Fotos: Xavier Valiño

Imagen de previsualización de YouTubeYo La Tengo interpretando “Tom Courtenay” en Santiago

Vuelve el embrujo de Yo La Tengo a Galicia

lunes, marzo 4th, 2013

Esta noche Yo La Tengo retornan a Galicia. La sala Capitol de Santiago los acogerá de nuevo en la presentación de “Fade”, su último disco editado el mes pasado. Se trata de todo un acontecimiento. No solo por la posibilidad de ver a una de las mejores bandas del planeta si no por tener la posibilidad, otra vez, de disfrutarlos en una sala y no en un pase comprimido de festival.

Ahora que el futuro de Sonic Youth está en el aire, tras el divorcio entre Thurston Moore y Kim Gordon, solo nos queda Yo La Tengo. Ellos son los orgullosos portadores de la antorcha de aquel indie-rock americano que surgió en los ochenta de espaldas a la industria. Sí, el que subió el volumen de las guitarras, pisó el pedal de distorsión y se dedicó a emitir latigazos de electricidad con su respectiva dosis de dulzura. 

En la célula comandada Ira Kaplan, Georgia Hubley y James McNew aún se puede encontrar esa autenticidad y compromiso con la música totalmente insobornable. También la manera de modelar el sonido con el que creció toda la generación que hoy se columpia en la cuarentena. Y sin nostalgia. Fade, el disco editado el mes pasado por el trío de Hoboken (Nueva Jersey), demuestra que siguen estando en la división de los grandes. 

Como ya viene siendo norma en los últimos años, han rebajado un poco la estridencia, ampliando miras estilísticas y ofreciendo un álbum ecléctico que destila gusto y sabiduría. Sí pero también una cierta reivindicación sentimental de la banda pareja a la estética. Lo sugiere Ohm, una pieza psicodelia inaugural inmersa un desarrollo circular que arranca diciendo: “A veces los chicos malos triunfan / a veces los buenos chicos se pierden / nosotros intentamos no perder nuestros corazones para no perder nuestras mentes”. Y parece confirmarlo la final,  Before We Run, enésima genuflexión ante la Velvet Undeground de Nico con suplemento de cuerdas embellecedoras. Suelta versos como “Nubes totalmente anaranjadas / el cielo se cae de nuevo / antes de perder nuestra mente / antes de escapar”, que te dejan mudo.

Entremedias, el trío hace un recorrido por la excelencia que, sí, invita al tópico. Soltémoslo, pues, que esta vez va en serio. Fade sería el mejor disco de la trayectoria de muchas de las bandas cool del momento. Para Yo La Tengo, tan solo un capítulo más con alguna variante. La principal, la producción -ora detallista, ora desaliñada- de John McEntrie (Tortoise) en él se encuentra nuevos himnos de un grupo volcado a la lentitud. Ahí está Is That Enough, ambrosia pop a cámara lenta que hace despegar el disco; Padde Foward, que apela al papel de lija lo-fi pero son suma suavidad; Stupid Things abrazándose a la hipnosis krautrock: o The Point of It, ya dentro de su lado más calmo y relajado. Todo ello fluyendo como la seda pese a los bandazos de estilo

Dos caras en vivo

Todos los fans gallegos de Yo La Tengo tienen en mente los dos recitales que la banda ofreción en Santiago en los años 2000 y 2010 (ojo que se habla también de una visita coruñesa a finales de los ochenta). La primera vez fue en el Santi Rock con aquel You Can Have It All bailado a lo The Supremes para el recuerdo. La segunda, dentro del ciclo Galicia Importa presentando Popular Songs, un gran concierto que, aún así dejó pegas entre algunos por su dispersión. Ahora llegan dentro del mismo ciclo, también en la Sala Capitol y con unas inmejorables sensaciones previsas.

Si el recital de Santiago del lunes 4 de febrero continúa la línea de los que la banda estuvo ofreciendo en EE.UU. en febrero el público se encontrará ante un primer tramo acústico, en el que además de cortes del último disco rescatarán clásicos como Sudden Organ, Tom Courtenay o Sugarcube, y otro eléctrico. En este podría caer Big Day Coming, Stockholm Syndrome o la propia Ohm. Lo lógico es que el fan ya esté salivando. Normal. Aquí hay mucha vida por vivir.  
Imagen de previsualización de YouTubeEl grupo sacándole chipas a “Ohm” hace unos días en Philapelphia