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El rock en 2015, un juego de niños

Escrito por Javier Becerra
19 de mayo de 2015 a las 10:55h

shaneDomingo pasado en la Marina, en A Coruña. Fiesta pensada para los niños. En un stand maquillaban a los imberbes con diferentes motivos de rock. O les ponían la estrella de Kiss, las llamas sobre los ojos de Marylin Manson o el rayito de David Bowie de la portada de Aladin Shane. Una niña de tres años optaba por la tercera opción. Llevaba puesta una sudadera de los Rolling Stones. De fondo, sonaba Paranoid de Black Sabbath. Al lado, otro stand permitía que los niños con sus padres se hicieran fotografías con guitarras de juguete y pelucas de colores. Un padre decía orgulloso: «Mi hijo va a decir que ya tiene una Fender Stratocaster en casa, que no necesita una imitación».

Más tarde, una mujer se subía al escenario para enseñarles un baile a los chicos. La música sobre la cual se iba a bailar era Highway To Hell de AC/DC. La bailarina diseñaba una coreografía que, a base de repetir, los niños (entre 3 y 8 años, más o menos) llegaron a repetir con gran fidelidad. Entre ellos, una segunda mujer con unos cuernos en la cabeza y una capa en plan super heoina del rock les iba guiando. Al final esa segunda mujer subió al escenario con una banda. La formaban clones de Angus Young, Amy Winehouse, Elvis Presley o Paul McCartney. Les enseñó a los espectadores cómo se echaban los cuernos, como se alentaba a las masas o como se ponía gesto roquero. Y la banda iba desgranando clásicos del rock. Por cierto, la fiesta la organizaba el Ayuntamiento, del PP.

Luis Moro y David Quinzán cerrarán esta temporada de Los conciertos de Retroalimentación

Escrito por Javier Becerra
8 de mayo de 2015 a las 22:22h

Tras el aplazamiento del recital de Os Amigos dos Músicos en abril, el ciclo Los conciertos de Retroalimentación continúa con el último concierto de esta, su tercera temporada. Y lo hará el próximo 30 de mayo en la sala Mardi Gras (22.00 horas, 6 euros anticipada y 8 en taquilla) con un doblete de artistas coruñeses exquisito: Luis Moro y David Quinzán.

Moro Luis Moro , un clásico de la escena local, lanzó el año pasado el notable Cielo color burdeos, un minielepé en el que ofrece su particular visión del blues-rock con ambientes atmosféricos y fondos destartalados. Es lo mejor que ha grabado hasta la fecha y toda una sorpresa. Crujiente y frágil, con tono oscuro y humeante se extiende como una telaraña que atrapa al oyente. Una maravilla de un veterano en la sombra a descubrir más allá de su parroquia de fieles. En directo estará con su banda.

QuinzanPor su parte, David Quinzán tira en cierto modo del hilo del Xoel López de Atlántico ( con quien tocaba y queprodujo su primer trabajo) y entrega un segundo álbum, El maestro del teatro, “encantadoramente” normal. Sí, nada chirría, nada hace sentir vértigo, nada lleva a otros mundos rock. Pero hace que el oyente se sienta de maravilla escuchándolo. Y que quiera volverlo a escuchar en cuanto termina la grabación. Os esperamos a todos.

Nando Cruz: «Yo también me sentía muy de izquierdas comprando maxis de My Bloody Valentine»

Escrito por Javier Becerra
28 de abril de 2015 a las 19:26h


Después de Indies, hipsters y gafapastas de Victor Lenore, ha llegado Pequeño circo de Nando Cruz. Aunque menos agresivo que aquel, este inmenso retrato oral de las grandezas y (sobre todo) las miserias del indie nacional de los noventa ahonda en la línea de revisar aquella escena surgida en los noventa con bandas como Los Planetas, Penelope Trip o El Inquilino Comunista. Eran grupos que miraban a Inglaterra y EE.UU dando un portazo al pop-rock que se hacía en España en aquellos momentos. En su momento, parte de la crítica (que no toda) los recibió con los brazos abiertos, aunque luego empezaron a cuestionarse sus logros en las famosas cribas. Ahora, más de 20 años después cuando la generación original ya ha rebasado los cuarenta, esa mirada crítica va mucho más allá y señala con el dedo. Discos inconsistentes, falta de compromiso político, su desafección social, nulo arraigo y muchos otros conceptos que, por supuesto, en tiempo real no se plantearon o se plantearon en voz muy baja. Da la sensación, por momentos, que toda aquella escena (siempre frágil, pese a todo) se haya quebrado definitivamente.

Nando Cruz es uno de los periodistas más brillantes de aquella generación. Se podía hablar de los medios en los que ha escrito, como Popular 1, Rockdelux o El Periódico. Pero solo por haber editado esa obra maestra del periodismo musical que es Una semana en el motor del autobús, la historia del disco que casi acaba con Los Planetas ya merece el tratamiento de voz súper autorizada para menear el tema. Por ello estuvo una hora y media al otro lado del teléfono atendiendo preguntas. No le llegó. Al final, mandó un e-mail para completar algunas de las respuestas. Este es el resultado.

-Un libro inmenso. ¿No es hacer una obra de 952 páginas en el 2015 un desafío al lector?

-Sí, aunque yo no quería hacer un libro tan largo. De hecho, la editorial tampoco lo quería. Pero, cuando me puse, me fui animando. No existe mucha literatura sobre esta época de la música española, ni de la década en general. Creí que debía aprovechar este hueco para explicar todo lo que creía que tenía que explicar. Si haces un libro de 600 páginas y tienes la sensación de que queda incompleto es peor que hacer uno de mil. Si me ponía a ello, quería que quedase más o menos todo explicado. En realidad, casi son dos libros. A mí me encargaron reconstruir lo que fue la música independiente de los noventa. Lo hago en la primera parte, con un seguimiento geográfico y de lo que considero importante, como que en Gijón los grupos se juntaban alrededor de una emisora de radio o en Donosti sobre conciertos en institutos, algo que parece hoy increíble. En una segunda parte quería reflexionar sobre todo aquello: qué intenciones había, dónde se torció la cosa, qué papel jugó la industria… Y eso nos llevó a algo muy largo.

-Arranca con los grupos de garage de Malasaña como Sex Museum. Sin embargo, desde el indie canónico siempre ha existido bastante prejuicio contra ellos. ¿Por qué los incluyó?

-Sí, se les veía un poco como la vieja guardia. Pero aunque estilísticamente se pudiera pensar que fueron antagónicos, muchos de sus comportamientos prefiguran lo que luego iban a ser los indies. Por poco que te guste Sex Museum hay que tener en cuenta que Fuzz Face, su álbum de debut, fue el primer disco de aquella generación que se autoeditó. Munster, que posteriormente acogería a muchos grupos indies, estaba también en la escena de Malasaña. O Carlos Subterfuge, que procede de allí, aunque luego diera el salto a lo más indie. Es una generación bisagra que estilísticamente puede ser casi enemiga de algunos de estos indies, pero da muchas pistas de lo que vendría luego. Por ejemplo, su anglofilia que luego heredarían los indies. Yo no los veo tan antagónicos.

-En aquellos primeros noventa todo estaba revuelto y parecía que existía cierta camaradería underground. Leías Ruta 66 y salían Sex Museum, Penelope Trip, Cerebros Exprimidos y La Secta. Daba la sensación que formaba parte de un todo heterogéneo, que luego se rompió. ¿Por qué?

-Porque se hicieron las sectas, nunca mejor dicho. En el libro se explica. A Penelope Trip le parecía horroroso todo aquello, que les parecía antiguo. En el Ruta los podías ver, pero en Rockdelux te aseguro que no los ibas a ver.

-Rockdelux marcó un poco esa filosofía de lo innovador frente a lo retro. Ahí se creó una de las primeras mentiras: se tomaron por originales a unos cuando copiaban mucho y se tildó de copias a otros cuando lo hacían tanto. ¿No cree?

-Sí, tanto copiaban Sex Museum como Penelope Trip. Lo que pasa es que unos copiaban a grupos de ese momento y otros a cosas cosas más antiguas. El garage de los ochenta era un género retromaniaco por definición, intentando recuperar un sonido de los sesenta y actualizarlo. Ahí se empiezan a hacer unos cortes y unas capillitas de “esto mola” y “esto no mola” por una cuestión puramente estética y de moda, aunque luego las actitudes sean las mismas. En Munster coinciden grupos de diferentes escenas, pero ejerciendo las mismas actitudes. Y no solo ahí. En la Fábrica Magnética convivían Sex Museum y Surfin’ Bichos, por ejemplo.

-Visto hoy en día creo que, por ejemplo, era más original y personal el “Independence” de Sex Museum que el primer disco de El Inquilino Comunista. ¿Esas cosas no se discutían? ¿Nadie decía “¿pero no veis que esto es una reproducción exacta de tres grupos que vendemos como algo fresco cuando lo que tachas de retro es, en realidad, muchísimo más personal?”?

-Esa discusión respecto a grupos españoles no la recuerdo. Una de las declaraciones que incluye el libro al respecto es de Juan Cervera, redactor jefe de Rockdelux. Él explica que sí, que El Inquilino Comunista y estos grupos eran unos copiones, pero al menos estaban copiando a grupos de actualidad y que eso en sí era un valor en sí mismo. Esto lo ves desde la perspectiva del tiempo parece un poco chocante. Viene a decir: si copias algo actual está bien, si copias algo de atrás está mal. Yo, aunque escribía en Rockdelux, venía de Popular 1. Era súper fan de los Black Crowes y me chocaba que los considerasen una cosa muy retro, porque copiaban a los Faces, los Stones y los grupos de rock sureño, cuando luego se les daba bola a Teenage Fanclub que copiaban a grupos de la misma década, actualizando a Big Star. Todo eso me chocaba pero, si lo decía, lo hacía en voz baja. Tú estabas en la revista, querías entrar en esa camarilla y te callabas. Pero por dentro pensabas: ya no es cuestión de copiar cosas antiguas, si no que según a que grupo antiguo copies molará o no. Hubo una época en la que copiar a los Beach Boys estaba bien. Los High Lamas eran estupendos. Pero cuidado con hacerlo con los Beatles. Eso sí que no.

-Se establecieron unos cánones falsos. Laika debían tanto a Can como los Black Crowes a los Faces y, sin embargo, se ensalzaba a unos y se criticaba a otros. ¿Se fijaron unos presupuestos en los que se apartaba la calidad real de los grupos en favor de estos criterios?

-Yo es que creo que la prensa más potente de aquel entonces, Ruta 66 y Rockdelux, parten de un mismo grupo: The Velvet Underground. Eso marca el canon estético de toda la prensa musical posterior. Si tu referencia es esa, a partir de ahí haces la línea de la revista en función de ella. Te entra Jesus and Mary Chain y El Inquilino Comunista, pero no lo hace Black Crowes o Sex Museum. En esto coinciden ambas. Luego, Ruta 66 tiene otra columna vertebral, que es el rollo Detroit, y por ahí han tirado. Pero Rockdelux, no. Al final dices “este disco sí, este no” con una valoración que te viene de antemano. Por eso los Swans son ahora el no va más del Rockdelux, porque viene de una matriz que no se discute. Estamos con esta idea de que solo hay que hablar de las cosas desde un punto de vista estético y, como tienes marcado el canon a seguir, ya hay poco que discutir.

-Hablaba antes del momento en el que se torció el indie. ¿Cuándo ocurrió?

-Prácticamente, en su origen. Ahora puedo parecer el listillo, haciendo unas consideraciones que, por supuesto, en su momento ni se me pasaban por la cabeza. A esto llegué después de dedicarme al periodismo 25 años y tras estar un año y medio escribiendo este libro. Este es el prólogo a mi opinión [risas]. Dicho esto, las cosas se torcieron, bajo mi punto de vista, cuando al inicio la mayoría de los grupos de aquella época se dedicaron a absorber la influencia de grupos extranjeros desde un punto de vista estético y nunca ideológico. Eso generó grupos que podían sonar peor o mejor, calcando a sus favoritos. Pero en ese calco nunca se incluían las ideas que transmitían. Pienso en bandas de los ochenta ingleses o estadounidenses, que no solo hacían un ruido. En muchos casos, además de tener un bagaje cultural mayor que los grupos que les copiaban aquí en España, tenían una intención artística. A veces incluso social y política. Aquí jamás se planteó. Muy pocos grupos lo retomaron. Esto no quiere decir que los grupos tuvieran que ser políticos en sí mismos, sino que esa forma de entender la música de Inglaterra o EE.UU. se podría haber adoptado. No solo en el sentido de hablar de los mismos temas, sino establecer una escena y un circuito que no solo fuera pasarlo bien. En el libro se habla de dos mínimos casos de intentar llegar a algún tipo de cooperación. Uno fue en Sevilla, con El Colectivo Karma para editar música que de otro modo sería imposible. Otro en Gijón, donde una cosa tan tontorrona como sacar una camiseta y montar unos conciertos entre varios grupos no se supo llevar adelante. Se fue al traste porque los grupos consideraron que no tenían nada que ver entre sí, porque no se parecían estéticamente. Para mí la cosa falló, en general, cuando todos estos grupos del indie creían que lo único que tenían en común era el gusto musical. Con el gusto no se construye nada más que unas conversaciones, unas aficiones y, a lo mejor, un festival. Esa escena, que pretendía ser alternativa y aspiraba a construir algo diferente, no lo hizo precisamente porque no hubo intentos de asociarse más allá de lo estético. No dijeron “Vamos a hacer algo que funcione”, “vamos a hacer medios de comunicación alternativos y no acabar todos en el mismo sitio, que es Radio 3 o Los 40”, “vamos a intentar crear canales para no terminar en donde no nos quieren”. Todo esto en otros sitios, como la escena de gaztextes, sí se construyó. La gente no acudía allí solo por el gusto, sino porque había una relaciones sociales mucho más potentes. En la escena independiente española fue tan escaso el tiempo que pasó desde que se empiezan a formar los grupos hasta que RCA o Warner los empieza a fichar y a meter dinero en los sellos que no hubo margen para crear y evolucionar mentalmente hasta el punto de decir: “Vamos a crear algo que pueda ser nuestro y que no acaba en manos del espónsor de turno”, que es lo que ha acabado pasando. No ocurrió porque el único nexo era lo estético, el ser fan de Sonic Youth y, por tanto, ya podías ser amigo de otro fan. Y luego está que no hubo tiempo. En tres años ya estaba gente metiendo dinero.

-¿Ese discurso revisionista no responde más a una aspiración personal complementaria que a algo central? Me explico: cuando conocí de adolescente a Jesus & Mary Chain me ofrecían un universo estético y emocional en el que me sentía identificado. Luego, Los Planetas lograron algo parecido. Para mí, como fan, misión cumplida: le han puesto banda sonora a mi vida. Que si luego Los Planetas hubieran decidido fomentar una cooperativa para promocionar a grupos de Granada de manera horizontal y que sus conciertos tuvieran una entrada tasada de 5 euros, para mí sería algo a mayores. En ningún caso podría tomar como esencial ese aspecto. Ni, por supuesto, se me ocurriría invalidar la grandeza del grupo por ello. ¿No cree?

-Claro, me pones el ejemplo de uno de los pocos grupos que ha conseguido calar más allá de los tres primeros años de vida de muchos grupos. Hombre, si tú la música solo la quieres para que ponga banda sonora a tu vida en realidad no necesitas a Los Planetas. Cualquier otro grupo te la podía haber puesto. Yo lo que estoy respondiendo es a la pregunta de dónde se torció aquello. Eso ocurrió cuando se quiso hacer una escena alternativa y no se llego a construir. A mí Los Planetas me siguen gustando, pero no creo que hayan construido nada. Yo de aquella década hecho en falta que se dejase un poso para que luego, los grupos que vinieran después, pudieran funcionar sin caer en las trampas en las que tuvieron que caer todos. Cuando digo eso me refiero a tener que acabar tocando con carteles detrás y todas esas cosas que se suponen que no son muy alternativas y muy independientes, pero que no hay otro remedio. Si no lo hay es porque en los noventa los que pretendían hacer algo alternativo o paralelo al circuito oficial no lo hicieron.

-Tocar con carteles detrás o, en su caso, meterse en una multinacional y que te suelten siete millones de pesetas como le soltaron a La Buena Vida en “Soidemersol” es un medio para un fin. Así se pueden llevar a cabo los grandes conciertos y festivales sin perder dinero. Y así se pueden grabar discos ambiciosos que no suenen a maqueta. ¿Se podría hacer algo así con el método de los gaztetxes?

-Bueno, algunos de los gaztetxes tenían mucho público. Pero, más allá de eso, tienes que valorar qué prefieres ¿unas obras artísticas maravillosas o un espacio que sepas que nunca va a desaparecer porque hay un tejido social que impide que aquello desaparezca? Son dos formas de entender la cultura. ¿Qué prefieres, objetos perdurables o espacios perdurables? ¿Quieres un disco grabado con orquesta o saber que cuando vayas a cualquier ciudad siempre vas a tener un sitio en el que tocar hagas la música que hagas porque hay un espacio que tiene las puertas abiertas y no hay que pagar un pastón por alquilarlo?

-¿No se pueden armonizar ambas cosas? En Galicia, por ejemplo, han surgido centros culturales como La Casa Tomada o el Liceo Mutante. Conviven perfectamente con los grandes festivales, en muchos casos compartiendo público. Personalmente, no creo que una cosa excluya a la otra y no me parece demoníaco los festivales que llevan patrocinios.

-Yo no lo veo demoníaco, pero le cambiaría el nombre. No creo que que las dos cosas sean lo mismo.

-Claro que no, pero muchas veces el público y los grupos son los mismos. En el Primavera Sound tocan con más gente y en La Casa Tomada con menos, pero es exactamente la misma propuesta.

-¿Todos?

-Muchos sí. Por ejemplo, Oso Leone tocan en la Casa Tomada y tocan en el Primavera Sound.

-Sí, y Za! y dos o tres más.

-Muchas bandas del indie, pero también de hardcore, que tienen sus otros festivales con patrocinios y subvenciones. Le veo a usted y a otros articular ese discurso con tanta seguridad y contundencia y a mí no me termina de encajar. Creo que centra la mirada en algo secundario, volviendo a caer en el mismo error que antes fue lo retro y lo innovador. A un lado siempre queda lo importante: la música.

-No, no. Yo creo que que hay una diferencia de base. El cartel que tengas detrás dice mucho de tu propuesta. La música no es solo cómo suena y las guitarras con la que la haces sonar. Según como te pongas y según a los sitios a los que digas que no estás definiéndote. Volviendo al caso de La Casa Tomada y el Primavera Sound, que un grupo combine las dos opciones permite que haya quien los pueda ver por cinco euros y gente que los pueda ver pagando 200. Son dos opciones, cuando hay grupos que solo dejan la segunda opción: los que únicamente tocan en espacios en los que para acceder hay que pagar mucho dinero. Esto recorta por debajo el tipo de público al que pueden llegar. Yo no creo que tocar patrocinado o no patrocinado, hacerlo por 50 euros o por menos, decidir salir en el anuncio de un banco o no o hacer una gira en la que te obligan a ponerte un calzado determinado porque la marca te patrocina sea algo puramente estético. Eso define al grupo igual que el pedal que utiliza. Todo eso lo tengo en consideración. No para decir “no voy a ver a este grupo” o “este grupo es el demonio”, sino porque son elementos que el periodista tiene que lanzar informativamente como los otros. Es tan dato el productor del disco como todos estos pasos que da el grupo para tocar en determinados sitios pagados por según que gente. Más que nada, porque hay grupos que deciden no dar esos pasos y se quedan atrás porque otros sí los han dado. Ahí hay una especie de carrera en la que unos entran y otros no. Los que no lo hacen se quedan atrás porque otros han dicho que sí. Eso quiere decir que unos tienen unos valores y otros no. Creo que hay que explicar las cosas como son y no esconder esta parte del discurso, porque es tan discurso como los arreglos que hayan decidido utilizar. Y una cosa, yo suelto la frase y puede parecer que estoy muy convencido y no es así. Lo digo y luego lo discutimos. Lo que pasa es que las cosas por escrito suenan de otro modo. A mí también me vienen dudas y me encanta discutirlas porque es la única manera de cambiar de idea o consolidarla más [risas].

-En los noventa y los dosmiles muchos echamos en falta que los grupos del ámbito indie mirasen a lo que ocurría en la calle. Eran casos excepcionales, como Mus. Sin embargo, desde el 15-M se ha producido una especie de catarsis que afectó también a la música. Marca un viento favorable al que ayuda esta oleada de periodistas que reniegan del indie. ¿No estaremos cambiando el “vamos a copiar a los Pixies” por el “vamos a hacer canciones políticas”? Se lo digo porque veo gente que hace nada le estaba siguiendo el baile a Les Biscuits Sales y adoptando esa frivolidad como estilo de vida y ahora, de repente, apelan al compromiso social y señalan con el dedo a quienes supuestamente no lo tienen. ¿Entiende que todo ello genere desconfianza?

-Bueno, han coincidido la salida de dos libros, el mío y el de Víctor Lenore, que cuestiona la década de cabo a rabo. Puede parecer que es una nueva oleada, pero lo que creo que es hay es muy poco escrito al respecto. Yo crecí en el indie. Tú lo dices: se echaba en falta esos elementos sociales. Eso es algo clave y definitorio de aquella escena. Ahora te encuentras con el réplica de “es que también el power-pop no tiene conexión social”. Pues claro. A lo mejor el problema es que no se escriben libros críticos sobre todos los géneros que hay en España. Generalmente, el periodismo cultural ha sido algo más notarial, enjabonador y de hablar de logros artísticos, sin tener en cuenta el aspecto social. Respecto a lo que sea una moda, supongo que es un riesgo. Hay algo que me llama la atención. Cuando alguien hace una canción no política no se le inspecciona tanto como cuando es política. A Nacho Vegas cuando hacía canciones de yonki torturado no se le cuestionaba si los versos estaban bien encajados o si describía bien esa escena. Sin embargo, se pone a hacer canción política y parece que no está todo bien ajustado. Parece que como para hacer canción política haya que ser mejor. Eso me lo dicen los propios músicos, que se sienten más cómodos en lo otro. Hay una parte que debe ser cierta, pero creo que hay otra cultural. Existe esa idea de que es terreno en el que no deben meterse los cantantes porque culturalmente se ha decidido así. No creo que haya otra razón. Hemos decidido que la música tiene que ser sutil, metafórica, abstracta y sugerente. Y una canción política puede ser todo lo contrario. Si haces una canción política clara, transparente y que se entienda eso es panfleto. Escúchate a Woody Guthrie. Más transparente que eso no hay nada.

-Todo esto que dice me hace pensar en la desconexión de la crítica con la realidad. Su libro me ha hecho pensar muchos en mi época universitaria, en la segunda mitad de los noventa. Escuchaba a Los Planetas, Migala o Sr. Chinarro. Realmente tenía muy poca gente con la que compartir esto. Yo vivía con un fan de Sociedad Alcohólica y otro al que le flipaba Negu Gorriak. Tenía muchos compañeros de clase que alucinaban con Los Suaves y Extremoduro. Incluso Ismael Serrano o Pedro Guerra triunfaban en Los 40 con un “discurso social”. Todos ellos tenían muchísimo más éxito y seguidores que Manta Ray. ¿Esa desconexión social solo la hubo en el indie y los críticos musicales vivían en una burbuja que les impedía ver que en la calle las cosas eran diferentes?

-Eso es lo que intento explicar en el libro en los capítulos de prensa. El indie era una burbuja de músicos, pero también de periodistas. Por alguna razón, el perfil de periodista indie era bienvenido en los medios de comunicación. Yo era experto en Los Planetas, pero podía escribir una crítica de Soziedad Alcohólica sin ser experto en ello. Eso era aceptado. Sería mucho más difícil que un experto de Soziedad Alcohólica fuese crítico musical en El Periódico de Cataluña y, encima, se le dejase hacer una crítica de Los Planetas. Eso hubiera cambiado totalmente la percepción que se tenía de la música contestataria de los noventa. Imagínate: un experto en Soziedad Alcohólica haciendo unas críticas cojonudas de ellos y, luego, diciendo que a Los Planetas en realidad no va tanta gente a verlos, que no se entiende lo que dice el cantante o que se llaman alternativos pero están hablando de qué puedo hacer, de la chica que me deja o de la playa. Que en un momento político en el que se está creando toda esta corriente de neoliberalismo un grupo granadino cante estas cosas es muy poco útil socialmente. Pero, claro, en la prensa de la época algo así era inviable. Lo que había era el crítico filoindie, que podía tener una cultura musical un poco más amplia y dominar otros terrenos, pero lo que básicamente hacía era escribir a favor de una escena con muy poco impacto social. Esto no solo era en mi periódico, era en todos los periódicos.

-Difiero. Eso a lo mejor sucede en Barcelona o Madrid. En provincias la cosa es muy diferente: aquí siempre se ha tenido en cuenta a cuántas personas afectan las cosas. Esos tics snobs que usted denuncia a veces, de no sacar a Camela o Bisbal para meter a un grupo minoritario, en general, no te los permiten.

-Me alegro que lo digas. El otro día me lo dijo otro periodista y le tuve que dar la razón. Y sigo con la tontería de que es así en toda España. Hablé algo de que no salía Juan Magán y me mandaron una crónica de Juan Magán en Zaragoza.

-Se lo digo porque yo entrevisté a Luis Eduardo Aute, Paloma San Basilio, Soraya, Bustamanete, Ella Baila Sola y mil más. También he tenido que ir a conciertos de Isabel Pantoja, El Pescao, Nena Daconte o Luz Casal. Otra cosa es que yo, personalmente, tenga otros gustos. Pero uno de los principios básicos es a cuánta gente afectan las cosas. Si 30.000 personas deciden ir a ver a David Bisbal a la playa hay que ir a ese concierto e intentar entrevistarlo.

-Sí, claro. Yo en los noventa también he entrevistado a Alejando Sanz o cubrí conciertos de Chenoa pero, conforme han ido pasado los años, sí que he detectado la sensación de que se podía pasar de según qué temas porque esa gente no lee periódicos. Es decir, Los Chichos no, Juan Magán no, Camela igual no hace falta hacer la crítica pero luego se hace una crítica de Wild Honey, que a mí me encantan. Pero me parece inexplicable que ellos salgan y no Camela, cuando el mismo día tocan para mucha más gente. Pero sí que tienes razón que es un un tic muy desarrollado en Madrid y Barcelona, sobre todo en Barcelona, que somos campeones de moderneo.

-Dos cosas llaman la atención en “Pequeño circo”. Una, ese enfoque “marxista” en el que está latente en todo momento la lucha de clases. A toda la gente se le pregunta cuáles son sus orígenes y hay muchas declaraciones sobre quién era burgués y quién no. Dos, se está hablando continuamente de dinero, incluso más que de música. ¿Por qué?

-Yo no quería hacer un libro esteticista. Lo único que tenemos en las hemerotecas sobre el indie son listas de los mejores discos, entrevistas sobre cómo se hacían estos discos y esas cosas. La reflexión artística sobre el indie está más que hecha. Lo que creía que no estaba hecho era tratar la música no solo como un producto, sino desde un punto de vista cultural más amplio. Para saber si el tópico ese de que todos los indies eran pijos no hay más que preguntar a cada uno de dónde viene su familia y a qué colegio fue. La visión social esta implícita ahí: dónde estuvo, si fue al extranjero, si trabajó en algo, si su familia tenía dinero, si le importaba el dinero. Porque igual, por ello, le importaba poco cobrar royalties ya que no los necesitaba para llegar a fin de mes. Todas estas cosas, que están alrededor de los músicos pero que en las entrevistas de la época no se llegaban a tocar, creo que era algo que faltaba. En vez de hacer un párrafo diciendo que todos los grupos eran de familia bien, hay que mirar a cada uno en concreto. No se trata de hacer un libro marxista, sino de contextualizar la vida del músico. Respecto al dinero, es que es una industria. Llama la atención que a los grupos les importase tan poco. Seguramente, era porque la mayoría tenían la vida resuelta o es que había tan poco dinero a repartir que daba igual. Luego, hubo sellos que hicieron dinero. Muchas veces hablamos de cultura sin tener en cuenta que las cosas cuestan un dinero, pero tampoco está mal explicar quién vivía de ello, quién no y quién engañaba a quién. Quería hacer un libro que explicase el contexto y ahí entra lo social, entra lo monetario, entran las relaciones humanas, entra el individualismo o el cooperativismo. Estas cosas en la época no se tocaban, porque lo importante era que el disco fuese bueno o malo o que el grupo calcase bien o calcase mal. Nada más.

-Lo de “marxismo” lo decía entre comillas porque ese choque de clases sociales es constante. En el libro sale reflejado con intención. Viene a decir que no es lo mismo El Inquilino Comunista que El Niño Gusano en parte por eso ¿no?.

-Claro, a mí me parece fundamental. Esas cuestiones sociales se obvian en el periodismo musical. Esto sí que lo tengo claro. Uno de los errores es centrarse en lo musical y lo estético. Es una visión muy sesgada, que puede ser hasta reaccionaria. Si nos fijamos solo en las cosas bien hechas y con una calidad artística elevada, siendo muy subjetivo lo de calidad y lo elevado, acabamos anteponiendo a artistas que lo han tenido más fácil para hacer las cosas que hacen. El origen de cada uno es muy significativo y yo en este libro quería explicar el paisaje entero. En cada visita geográfica intento sacar la mayor información posible. Un grupo no acaba cantando en castellano o en inglés porque sí. Eso nos lo hemos querido creer, pero es falso. Y un grupo no graba un disco con cuatro duros y otro con siete millones porque sí. No, todo esto es posible o no por unas razones. Luego la gente elige lo que quiere. Uno dirá: “A mí me gustan más los de Getxo porque tienen un directo más bueno”. Otro: “A mí me gusta más El Niño Gusano porque tienen una forma de ver la vida y de dirigirse a la gente mucho más llana y más cercana”. Pero, en cualquier caso, todo sucede por alguna razón.

-Volviendo al dinero. Es escandaloso lo de los royalties. ¿Alguien pagaba royalties en la época? ¿La gente de los sellos no se sonrojaba al admitir que timaban a los grupos?

-Bueno, hicimos recientemente una presentación del libro en Madrid y Servando Carballar, de La Fábrica Magnética, decía que todo eso era mentira y que los grupos cobraban. Bueno, aquí la única forma de saberlo es sacar las cuentas de cada uno. A falta de poder hacer un estudio de periodismo de datos y rebuscar facturas, lo que explico es lo que decían los grupos: que no habían cobrado en la vida y que, en muchos casos, era un tema de desidia suya en plan: “Buff, total para lo que voy a cobrar”. Muchos grupos entrevistados ahora dicen que, claro, en aquel momento en el que salían en portada de las revistas se creían que vendían mucho más. Y muchas veces eso no era así. Sí es cierto que Munster timaban a Penelope Trip. Pero también es cierto que Penelope Trip vendían menos discos de los que creían. La prueba es que, luego, cuando hicieron el disco por su cuenta distribuido por RCA vendieron aún menos. A veces había la creencia de que toda España estaba pendiente del disco de Los Valendas y no era así.

-El dinero siempre ha sido problemático y un poco tabú en el indie. Mirando atrás y sin calenturas políticas algunos de los mejores discos de esa generación se grabaron cuando las multinacionales inyectaron dinero. ¿Podrían existir “Una semana en el motor de un autobús”, Soidemersol” o “El escarabajo más grande del mundo” sin ese dinero?

-Estás mencionando tres discos que son inapelables. Habrá otros hechos con mucho menos dinero que también están muy bien, pero esos tres no se hubiesen podido grabar si no hubiesen existido las multinacionales. El caso de El escarabajo más grande del mundo de El Niño Gusano es el más evidente. Es el ejemplo extremo de un grupo que tenía unas inquietudes y un modo de ver la música muy original, pero que con más dinero lo podía hacer todavía mejor. Y así fue. De todos modos modos, el tabú del dinero es curioso y muy del indie. Tú vas al hip-hop y se habla de dinero sin problemas. Es más, cuanto más dinero tengo más chulo soy. Sería un tema de análisis curioso. ¿Por qué en el indie no se quiere hablar de dinero? Por lo general, la gente que no quiere hablar de dinero es la que lo tiene. Esa actitud de que no hay que vender y “si podemos tocar en sitios pequeños y que no nos vea nadie” es porque, a lo mejor, tienes ya todas las cosas resueltas. No porque seas rico, sino porque tienes un trabajo que te lo permite y ves la música como un hobbie. Es una cosa no extrapolable a otros géneros. Al respecto, me acuerdo de una anécdota curiosa. Estuve en Cuba y pregunté a un hombre en dónde podía ver a una buena banda de música cubana. El tío se quedó con cara de “este es tonto”. Su razonamiento era: “¿Dónde lo vas a ver? Pues en el hotel más caro”. Yo iba con la idea de una ver a una banda en un sitio escondido que casi nadie conociese, con la misma mentalidad underground que tenemos aquí. Él tío lo tenía claro: “La mejor banda es la que cobra más y, por tanto, toca en el mejor hotel y el más visible”.

-¿Se ha vendido en el indie una búsqueda de una pureza imposible en el underground (sonar rudo, tocar en sitios pequeños…) cuando al final veías a Sonic Youth grabar en buenos estudios, editando en una multinacional y llevando un buen equipo en directo?

-Hay una parte del discurso que se cae a pedazos, que es el rollo este de lo mainstream contra lo alternativo. Es algo muy sintomático de aquella época: eso de sonar cutre, editar en sellos pequeños o tocar para poca gente. Son contraposiciones de conceptos muy de industria y de objeto. Estamos separando lo que mola o no mola en función de si vende mucho o poco, si está bien grabado o mal grabado. Siempre apelando al producto y la industria desde una perspectiva un poco infantil. Ahí creo que fue donde nos perdimos todos. Hay formas distintas de calificar los grupos, que pueden ser en función de la relación que establecen con el público o su manera de funcionar en el día a día. Eso es lo que hace que seas más alternativo o más independiente que el hecho de que tu disco haya costado siete millones o menos. El disco de Sufjan Stevens Illinois no creo que costase cuatro duros. Tiene una gran producción y eso no lo hace menos independiente. Lo habrá grabado con los ahorros que ha conseguido teniendo un público más o menos fiel. Por ejemplo a Jeffrery Lewis, este artista del folk indie, yo le pregunté una vez: ¿tú haces discos baratos por un tema artístico o porque no tienes dinero? El decía: “No, es una decisión política. Si yo grabo un disco que me cuesta diez millones ese disco lo va a tener que pagar el público. Por tanto, yo decido grabar con poco presupuesto y girar con poco equipo porque no quiero que la gente se tenga que gastar más dinero de la cuenta en mí”. Este artista quedaría en un lado que no es el de tocar en grandes recintos y hacer que la gente tenga que pagar 80 euros por verlo. Es una decisión que lo separa de otros grupos y va más allá de lo mainstream o lo underground, porque es algo que establece él directamente con el público, sin depender de intermediarios. Es otra forma de plantearse la música.

-Hay una idea que planea en el indie de los noventa: el escapismo. Se está revisando ahora como algo negativo. ¿Usted considera que aquellos grupos de noise-pop de los que no sabíamos ni lo que decían y uno se dejaba llevar por ellos por una mera sensación sonora son algo censurable?

-Celebro que me hagas esa pregunta porque es algo que sale demasiado y no acabo de atinar. A mí no me molesta la música escapista. Me encanta y la disfruto como el que más. En aquella época muchos grupos hacían ese tipo de música que pretendía evocar otros espacios y otros mundos. Incluso parecían que eran de otros países y no tenían ningún tipo de conexión con el entorno social en el que vivían porque les parecía cutre o les importaba un bledo. Eso es un hecho. ¿Por qué sucedía eso? Esa es una de las cosas que pretendí contestar en el libro preguntándole a la gente. Porque para mí no es casual. Yo disfruto igual de Family que del disco que ha hecho Nacho Vegas ahora, pero todo responde a algo. Que la mayoría de aquella generación hiciera música escapista tiene que tener una explicación. Los contextos son unos, la posición social de la gente es una, la clase es otra. Todo eso te lleva a hacer música escapista o no. No es deleznable hacerla, pero no es casual.

-El tema político está latente y explota en la parte final. Mi percepción es que existía una sensación general, un poco llevada por la inercia, de que casi todo el mundo era de izquierdas. Sin embargo, más allá de cuatro vagas pinceladas, esa ideología no salía a relucir y resultaba bastante endeble. ¿Por qué?

-Yo creo que reaccionas políticamente si te sientes acosado. La mayoría de la gente que hacía música en estos grupos no se sentía especialmente acosada porque el contexto social era amable. Había dinero para todos, aunque fuese la época en la que empezó el aznarismo. La gente podía comprar drogas y comprar discos. A no ser que tuvieras una formación política de base, no hacías nada si no estabas contra las cuerdas. Yo creo que había discos políticos en aquella época. A mí, por ejemplo, los discos de Lagartija Nick me parecen políticos, pero es una excepción. Incluso en esa época bisagra tampoco lo eran. Tú en Cancer Moon o Surfin’ Bichos no veías nada de eso. En el capítulo de Gijón del libro se habla de gente que tenía un compromiso político a nivel diario, pero que quedaba completamente camuflado en la música. También lo quise reflejar para derribar la idea de que toda esa generación era apolítica. Vale que la música de Penelope Trip fuera apolítica, pero eso no significa que sus componentes no fuesen a manifestaciones. De todos modos, la idea general es que esa escena fue muy poco política. Se pudo haber dicho en los noventa, pero no se hizo. Veinte años después no está mal poder decir, a la hora de hacer un retrato, que aquella era una música principalmente hedonista y apolítica. Incluso, que mucha gente que hacía música no tenía ningún tipo de sensibilidad política, porque se la sudaba todo aquello y estaba a otra cosa. Eso es así. ¿Qué la música tenga que ser política? Es una de las opciones. Una de las misiones de la cultura es cuestionar el entorno en el que vives. Si no lo quieres hacer no pasa nada. Pero no pretendas dártelas de alternativo e independiente, cuando en realidad en lo que importa, que es tu posición ante la sociedad, no tienes ninguna.

-En el libro hay quien afirma que hacer discos ruidosos era en sí misma una postura política. ¿Qué piensa?

-Sí hay quien lo piensa. ¿Sacar los discos que a ti te gustan por canales que no sean las multinacionales es un gesto político? A mí me cuesta un poco creerlo cuando el contenido de esos discos no plantean ningún tipo de conflicto con el poder.

-¿Existe una especie de mala conciencia entre aquellos que lucían esos valores supuestamente de izquierdas pero luego respondían a una postura totalmente consumista, competitiva y clasista? ¿Se ha caído de la burra de repente una parte de aquella generación?

-Claro, es que yo también me sentía muy de izquierdas comprando los maxis de My Bloody Valentine, pero no es eso. Tienes razón. Creíamos eso.

-¿Se reducía esto a que “como no escucho a Ella Baila Sola, que es la música que escuchan los del PP, soy de izquierdas”?

-Exacto. Ese es el error: definirte en función de tus gustos y eso es algo que no tiene nada que ver con la política. Con veinte años que teníamos a lo mejor puede pasar, pero con 45 no te lo puedes creer. No puede ser que los gustos te definan como persona y marquen tus amistades. Es una burbuja que no lleva a ningún lado. Crees que compartes ideales con alguien porque te cambias discos con él. Luego, resulta que el otro te dice que uno de los males de España es la emigración y tú te sorprendes diciendo: “Pero si hemos escuchado a a Dinosaur Jr toda la vida, ¿cómo puedes pensar así?”. Es que escuchar a Dinosaur Jr no te hace ser sensible con el sufrimiento de la gente que viene desde el África Subsahariana. No tiene nada que ver una cosa con la otra. En ese grupito indie construimos nuestro mundo y nuestras amistades en función de eso. Y eso no construye nada.

-Hace unos meses leí un tuit muy ocurrente: “Qué mal está llevando el indie las crisis de los 40”. ¿Qué le sugiere?

-La crisis no la tengo con el indie. Yo sigo escuchando grupos de esa época y, además, yo siempre he sido un poco lento para las crisis. Quizá por el rollo este infantil que teníamos en el indie, que yo tenía 30 y pensaba que tenía 20 y ahora tengo 40 y pico y pienso que tengo 30 y pico. La crisis de los 40 aún ha de llegar. Mi crisis es más con el periodismo cultural, con esta manera de hablar de la música solo desde el punto de vista estético. Se ha perdido la posibilidad de hacer un periodismo un poco más consistente. De ese caballo sí que me he caído, pero a tope.

-Escribía recientemente de que el periodismo ha de ser un servicio público, no un modo de reafirmar los gustos personales. Eso sí que fue una tendencia indie: fomentar la figura del periodista estrella que escribe en primera persona y dice de manera vehemente lo que le gusta y lo que no, incluso despreciando a los fans de los grupos que no son de su agrado. ¿Existe una reacción ahora a huir de eso?

-No lo sé. Yo siempre huí de la primera personal. Defendí mis gustos, los intenté imponer y creí que el periodista bueno era el que hacía eso. Ahora, de entrada, ya no sé ni lo que es el buen gusto. De hecho, detesto la expresión. Pero, bueno, en lo de la primera persona nunca caí. Me alegro. Es de lo poco en lo que estoy libre de culpa. Yo creo que cuando te das cuenta de que no puedes usar el gusto como la vara de medir, acto seguido entiendes lo del servicio público. Pero, vamos, el periodismo indie jamás tuvo el concepto de servicio público. Sí tuvo el concepto de servicio a la escena, eso de “tenemos que crear una escena”. Ahí se encalló el periodismo. Y ahí tienes a las revistas, a punto de cerrar todas.

-También se cultivó el onanismo. Una vez un conocido me dijo que compraba Rockdelux, cogía el cedé y tiraba la revista. ¿Su razonamiento? No entendía nada.

-Ya, es que hubo una época en los noventa que se hizo un periodismo totalmente onanista. Era esa cosa de “estoy tumbado en la cama sufriendo escuchando este disco pero, al mismo tiempo, el sufrimiento me da placer”. Yo estudié periodismo y empecé pronto a trabajar en periódicos. Estas tonterías me las quitaron rápido, si es que las llegué a tener. Como lector de Rockdelux la verdad es que todo ese rollo malsonandista me parecía abominable. En el periódico me decían siempre: “No estás escribiendo en Rockdelux, estás escribiendo en un periódico, se te tiene que entender”. Siempre he intentado que se entienda. A mí me enseñaron algo básico en el periódico: no insultes al lector, no lo ofendas. Es tan fundamental que debería estar enmarcado en todas partes. Sin embargo, he escrito en algunos sitios en donde lo guay era irritar a la gente. La empatía con el lector es algo que te tienen que enseñar. Y eso, desde luego, no te lo enseñan en las revistas. Te lo enseñan en un periódico, que es una empresa seria, que quiere llegar al lector y que quiere vender.

-Otro tuit, este es de Anntona de Los Punsetes. No le citaba directamente pero se refería claramente a usted. Decía algo así como “esto es una mierda y le voy a dedicarle mil páginas a explicarlo”. ¿Por qué dedicarle algo tan grande a algo que, en teoría, le ha dejado de entusiasmar?

-A mí me parece algo muy normal. Primero, no es una idea mía y fue un encargo que pretendía reconstruir aquella época. Me parecía bien, pero además yo quería cuestionarlo. Cuestionar algo sin explicarlo antes me parece un poco cobarde y peligroso. Dejas de hablar de lo bueno y entras directamente a cargártelo. No me parece bien y eso me llevó a hacer dos libros en uno. Pero yo no odio el disco de Family, me siguen gustando El Niño Gusano y cuando vengan Tachenko a tocar los iré a ver. Una cosa es el gusto y otra es la capacidad crítica que tiene que tener el periodismo cultural. Yo me veía venir esa pregunta, pero lo veo compatible. Lleva más trabajo que escribir un tuit, pero creo que merece la pena. Igual que creo que estaría bien un libro que analizada y cuestionara todo el crecimiento del hip hop en España.

-Hay quien dice que cuando se le dan estos enfoques a la música es que uno se ha aburrido de la música. ¿Es su caso?

-No. Me sigue gustando la música y escribir sobre música. Lo que ya no me apetece tanto es escribir siempre sobre la misma música, ir a conciertos a los mismos locales y ver siempre a la misma gente. Por ejemplo, ahora ya no fui a ver a Luna porque ya los he visto muchas veces. Entre muchas otras cosas, la música es una forma de conocer gente y el coto indie es algo tan cerrado que al final acabas viendo siempre a la misma gente y hablando de lo mismo. Ahora distingo mucho entre música inclusiva y exclusiva. Y prefiero ir a conciertos en los que sé que puedo conocer otra gente, vivir otras experiencias y ampliar un poco más mi manera de pensar y ver las cosas. Todo esto, aunque parezca contradictorio, no lo ha fomentado la música alternativa española tanto como queremos creer.

-Otra crítica que está recibiendo el libro es que es un poco “Sálvame”: mucho marujero, muchas puñaladas… ¿Le planteó algún problema moral? ¿Cómo ha gestionado el cotilleo?

-No quería escribir un libro de marujeo. En otras entrevistas me han dicho que apenas hay drogas y que me he tenido que cortar mucho. Mi máxima era no meter anécdotas que no explicasen algo más allá de la anécdota. A mí que dos tíos se peguen una noche no me explica nada de los noventa. Ahora, que J de Los Planetas llegue al Maravillas a comprar droga y que se la venda un personaje clásico de la Movida me parece una anécdota simbólica. Hablar de drogas cuando hablas de Los Planetas es importante, porque es algo que está muy presente en su música y es importante para entenderlos. Pero lo que se metieran La Buena Vida me da igual: no se traduce en su música. Luego he eliminado algunas anécdotas que he comprobado que eran falsas o que he comprobado que no eran ciertas.

-¿Alguien ha reaccionado mal con el libro?

-No, solo un par de personas antes de salir. Esto es un circo pequeño, como dice el título. Y la gente comentó entre sí lo que le había preguntando y fueron hilando cosas. Entonces dos personas me dijeron que no le estaba gustando nada por donde iba. Yo les dije que se esperasen a ver el libro y luego se quejasen. Ninguno lo ha hecho por ahora.

-Pese a todo lo hablado, ahí están “Un soplo en el corazón”, “En cielo de océano”, “Super 8”, Soidemersol”, “Hermanos Carnales”, “Esperanza”, “Inercia”, “El escarabajo más grande el mundo”…. ¿Existió en España música mejor que esta en los noventa para usted?

-Pregunta cabrona, eh [risas]. ¿Que si hubo mejor música? Mejores canciones, seguro. Discos, tampoco son tantos. Y estás haciendo trampa porque estás metiendo a grupos que son pre-indie como Surfin’ Bichos o Lagartija Nick. Pero bueno, te tengo que contestar a la pregunta.

-¿No será que, a lo mejor, no fue tan malo como se intenta reflejar ahora? ¿No será que miran mucho más a Hébridas o Honey Langstrumpf que a los grandes discos que se hicieron? Por comparación, me cuesta encontrar en otras escenas trabajos tan buenos como “Una semana en el motor de un autobús”, por ejemplo.

-¿Qué me dices del doble de Negu Gorriak?

-Sí, y el Échate un cantecito de Kiko Veneno también está muy bien, vale. Pero no tengo tantos y mucho menos todos de una misma escena.

-A ver. Diez o quince discos buenos del indie los encuentras. De Surfin’ Bichos, Los Bichos, Cancer Moon, El Niño Gusano, La Buena Vida, Family… Pero eso vuelve a ser una cuestión de gusto y podríamos enzarzarnos en otra eterna discusión sobre si Lagartija Nick eran buenos o no, si el disco de Family está sobrevalorado, si Los Planetas eran mejores que Los Rodríguez… Y nunca llegaríamos a una conclusión “cierta”. Los movimientos musicales que de verdad han marcado una época en la cultura de un país no lo han hecho solo por haber producido una cantidad de discos clásicos, sino también por haber afectado de algún modo su entorno, por haber canalizado los anhelos de la sociedad o por haber sido una vía de escape. El punk, el soul, el reggae, el hip-hop… Todos estos géneros, sin renunciar al factor hedonista, sí cuajaron y dieron respuesta y salida a muchas inquietudes de la gente de su entorno. Ese papel no lo cumplió el indie español por todo lo que hemos hablado de su desconexión social. Y ni siquiera puede apuntarse el gol de haber construido un tejido alternativo que pudieran heredar futuras generaciones indies. Todo eso forma también parte del legado de una escena y todo eso no se consiguió. La trascendencia de una escena no se puede medir solo por la cantidad de discos buenos que ha legado sino por la cantidad de gente que los recuerda, por su calado social.

-Volviendo a lo estrictamente musical, ¿qué discos estarían junto a los que le he citado?

-Bueno, de los años noventa también son Veneno en la piel de Radio Futura, El baile de la desesperación y Tormentas imaginarias de 091, varios de Malcolm Scarpa y Los Brujos, el Sin documentos de Los Rodríguez, el Entusiastas de Julio Bustamante, Quien no corre, vuela de Ray Heredia, el Agila de Extremoduro, No solo de rumba vive el hombre de Albert Pla, el primero de Estopa, Una temporada en el infierno de Fangoria, Alta suciedad y Honestidad brutal de Calamaro…

-¿Continúa pensando que “Un soplo en el corazón” de Family “el disco para reír o llorar el resto de tu vida” como dijo en aquella crítica del Rockdelux allá por 1993?

-Eso me lo preguntó Luis Landeira. Solo lo preguntáis los gallegos [risas]. Pues sí, lo sigo pensando. Es una frase chula.

-Lo suficiente como para que algunos la recordemos 22 años después de haberse publicado.

-El otro día la reeditaron el Rockdelux y vi que el primer párrafo era horroroso. En esa crítica se incluyen palabras que había que extirpar del lenguaje de la crítica musical, como “talento” o “genio. No significa nada. Todo eso denota incapacidad para argumentar. En esa crítica hay muchas frases para enseñar en la facultad para que la gente sepa cómo no hay que escribir de música.

Blog del libro de Los Eskizos

Escrito por Javier Becerra
18 de abril de 2015 a las 8:23h

Lleva bastantes días parado este blog, porque un servidor ha estado bastante centrado en la presentación de Electricidad a contracorriente, la biografía de Los Eskizos. Como entenderéis, se trata de algo muy importante para mí. No solo por el hecho de tratarse de mi primer libro, si no por el grupo que lo protagoniza: pieza clave en mi vida y en mi manera de concebir la música.

El jueves pasado lo presentamos en Fnac A Coruña y su salida está teniendo mucha repercusión en los medios. En breve lo llevaremos a Lugo y Santiago. Para no acaparar todo el espacio de este blog, se ha habilitado uno específico para todos aquellos que quieran seguir la evolución. Lo podéis consultar aquí: BLOG DE ELECTRICIDAD A CONTRACORRIENTE.

Al margen de ello, hay novedades en Los conciertos de Retroalimentación: una de ellas mala y otra buena. La mala es que el recital de Os Amigos dos Músicos previsto para el 30 de abril se ha tenido que aplazar por un problema sobrevenido. Os podría contar mil excusas, pero solo hay una: The National toca el mismo día en Santiago. Conscientes de que se trata de uno de los conciertos de la temporada en Galicia, que pueden atraer a una buena parte del público potencial de Os Amigos dos Músicos y que en Los conciertos de Retroalimentación nos nutrimos exclusivamente del dinero que se hace en taquilla, hemos decidido posponerlo. No tiene sentido hacer venir desde Ourense a una banda para que luego no se genere taquilla suficiente para hacer hacer viable el bolo. Tendrá lugar a la vuelta del verano en la siguiente temporada del ciclo.

Pero, hay una buena. Será el último concierto del ciclo en esta temporada. Eso sí, lo haremos público la próxima semana…

La biografía de Los Eskizos verá la luz el próximo 16 de abril

Escrito por Javier Becerra
26 de marzo de 2015 a las 19:05h

Bueno, esta es la noticia que más ganas tenía de dar este año. Los Eskizos, electricidad a contracorriente, el volumen que repasa la vida, obra y milagros del grupo coruñés de garage-rock, ya está en imprenta. Será presentado al público el próximo 16 de abril a las 20.00 horas en la Fnac A Coruña en un acto público al que estáis todos invitados. Lanzado por Ediciones Díscolas, supone la primera referencia de esta pequeña editorial coruñesa de reciente creación.

El libro de 152 páginas arranca con Skizofrenia Colectiva, el precedente punk de Los Eskizos, y llega hasta el concierto de reunión que la banda ofreció el año pasado en la sala Mardi Gras en el ciclo que promueve este blog. En medio hablan sus protagonistas, pero también muchas otras personas ligadas directa o indirectamente al grupo, recreando los días de Mar Adentro, los discos secretos de los Cynics y los conciertos subterráneos en el viejo Playa Club. Además, se incluyen un montón de fotografías, muchas de ellas inéditas.

Del diseño del libro se ha ocupado David Carballal. El prólogo corre a cargo del periodista de Radio Voz y La Voz de Galicia Fernando Molezún. El epílogo es obra de Pedro Granell, cantante del grupo. Ambos dan respectivamente continente, principio y final a una historia que, lejos de los tópicos del malditismo o el grupo perdedor que nadie entendió, se revela orgullosa tal y como fue. Ninguno, o casi ninguno, la cambiaría. Y es especial y se ve ahora con tanto cariño precisamente por haber sido así: la de unos jóvenes que emitieron gozosa electricidad a contracorriente, desaparecieron a las puertas del éxito y, cuando ya nadie lo esperaba, volvieron a los escenarios. Ahora, además, contarán con su merecida biografía.

Aries irradió luz dorada en la Casa Tomada

Escrito por Javier Becerra
8 de marzo de 2015 a las 12:18h

Ayer hubo luz dorada en la Casa Tomada. El hermoso pop psicodélico de Aires la irradió ante un público encantado de dejarse envolver en las espiradas que este trazaba. Acompañada de proyecciones ad hoc (rosas que se abrían, fuegos artificiales que estallaban, luces que se componían y se descomponían al son de la música), Isabel Fernández expandió durante algo menos de una hora uno de los sonidos más especiales de cuantos han surgido a nivel nacional en los últimos tiempos. Su Mermelada dorada fue, junto al homónimo de Chicharrón, el disco del año para este blog en el 2014. Con el directo de ayer se cierra un círculo que obliga a inspirar y expirar orgullo de sumar a esta lista de cosas pequeñitas otra joyita más.

Antes, estuvieron unos viejos amigos: Elvis Negro. Su primer concierto lo dieron en este ciclo teloneando a Triángulo de Amor Bizarro en el 2014. Ahora, tras la obligada suspensión de su pasen en diciembre, presentaban su disco de debut. Y en directo sonaron como él, pero más fuertes, con más pegada y más ruidosos. Entre The Cure, Disco Inferno y los Jesus & Mary Chain expandieron niebla, oscuridad y algún que otro alarido. Suma y sigue en esa lista que provoca tantas sonrisas, buenas vibraciones y placeres auriculares.

Muchísimas gracias a los grupos, la Casa Tomada y a toda la gente que acude y permita que este ciclo siga adelante con buena salud. Próxima parada: Os Amigos dos Músicos soplando las velas del séptimo aniversario del blog en la Sala Mardi Gras.

Aries: «La música que más me gusta es la hermosa,vibrante y luminosa»

Escrito por Javier Becerra
5 de marzo de 2015 a las 16:25h

Isabel Fernández Reviriego, la persona que se oculta bajo el alias artístico de Aires, pide que la entrevista sea temprano. Sufre migrañas. Y cualquier alternación en su esquema habitual del sueño supone tentar a la suerte. Mal asunto para alguien que quiere llevar su música por todos los rincones de España y el Mundo (en unas semanas estará en Texas). «Tocar tiene todos los ingredientes: ruido, volumen alto, horarios y vida desordenada… Todo perfecto para que las migrañas afloren», explica es amujer que ha llevado esos dolores incluso a una canción. «Sí, Migrañas va de ello y, bueno, no es realmente en el momento de la migraña en sí, sino cómo me siento en esos momento. La canción es en cierto modo un intento de superarlas. Intenté convertir el dolor en canción», dice riendo. Se trata de una de las maravillosas piezas de Mermelada Dorada, un trabajo -sí, repetimos- maravilloso. Tanto que en este blog ha sido considerado junto al homónimo de Chicharrón como el disco del año.

Este sábado 7 de marzo viene a presentarlo dentro Los conciertos de Retroalimentación junto a los coruñeses Elvis Negro. Y aquí estamos tremendamente contentos por ello. Antes le hemos hecho unas preguntas para entender mejor ese pop en espiral tan cautivador.

-¿Podría ser que todas estas circunstancias le hayan llevado a hacer el sonido que hace ahora, más tranquilo, más reposado?

-No, que va. Ha sido una evolución bastante natural. Empecé, como casi todo el mundo, haciendo punk o garage, cosas muy sencillas y primitivas. A medida que fui aprendiendo a tocar pude buscar mi sonido propio, hacer cosas más personales, exprimir mis recursos y explorar con ellos. Creo que si se oye desde el primer disco que grabé hasta hoy mismo mi evolución se entiende súper bien: es muy obvio. Primero lo visceral. Luego, el pop. Más tarde el juego con las estructuras, los arreglos y la producción. Ahora no tengo esas ganas de destruir que tenía de pequeña. Ahora igual tengo más ganas de construir. Supongo que eso se ve en la música.

-Su música transmite vibraciones positivas. Me sugiere luz, calma, me hacen sentir bien. ¿Está proyectando lo más positivo de usted?

-Mi músico favorito es Brian Wilson y la música que más me gusta es la hermosa, exultante, vibrante y bonita. Me gusta mucho más eso que las cosas oscuras. Escucho muy poca música oscura. No quiero vomitar mis neurosis al mundo. Lo que dices me gusta mucho: quiero hacer sentir bien y comunicarme a través de algo bonito, que contenga ideas positivas. Pero, al mismo tiempo, no quiero que se se perciba Aries como una alegría gratuita. Hay aspectos más melancólicos o reflexivos sobre la vida. La vida tiene cosas tristes de por sí y esas también se identifican en mi música. Pero mi manera de ser encaja mucho mejor en el lenguaje luminoso que en la música de looser o de perdedor, con la que no comulgo para nada.

-No identificó a Aries con un grupo extremadamente feliz, sino como una autora que puede hablar desde un punto de vista íntimo de que, por ejemplo, echa de menos a su pareja o que le duele la cabeza, pero generando en el oyente un efecto de bienestar.

-No sé si estoy de acuerdo del todo con lo que dices. Mi música no la veo como algo intimista o costumbrista, de contar mis vicisitudes y mi día a día. Creo que hablo de cosas más universales. Por ejemplo, eso de que echo de menos a mi pareja supongo que te refieres a Visiones. Pues esa canción realmente la hice pensando en una persona que se había muerto y hay gente que me ha dicho que la ha relacionado con eso. Una chica, por ejemplo, me decía que le recordaba a su abuela. No sé si lo consigo, pero yo trato de temas más universales.

-¿Le atrae la idea del escapismo, de que la música le transporte a otros universos evadiéndose de este?

-Más que escapismo, la música es mi refugio. De los pocos momentos en los que soy realmente feliz y me siento muy plena, sin darme cuenta de que el tiempo pasa, es cuando estoy haciendo canciones. Cuando estoy en el estudio sacando las melodías y grabando las armonías es mi refugio de felicidad absoluta. Por un lado lo veo así. Pero, por otra parte, tiene un lado comunicativo. Es mi modo de relacionarme y mostrarme al mundo, con la gente que viene a mis conciertos y la gente que compra mis discos. Así que supongo que tiene las dos dimensiones.

-Mientras lo dice me la imagino montando las canciones como si fueran puzzles.

-Sí. Partes de blanco. Pienso un concepto, me marco por dónde voy a ir y es un gran trabajo. Pero bueno, sarna con gusto no pica. También es que sería imposible no hacerlo. Lo necesito. Me da la vida.

-¿Concibe el pop como un juguete?

-No, para mí es algo súper serio, pero sí que creo que es importante no perder la parte lúdica ni en la música ni en nada en la vida. En nuestra cultura y en nuestra sociedad nos obligan a abandonar las actitudes de impresionarse y ser curiosos que tienen los niños. Todas esas cosas se dejan a un lado. La sociedad obliga a diluirlo. En ese sentido, sí que me parece muy importante acercarme a la música desde un punto de vista de jugar, explorar y mantener la ilusión y la curiosidad. En el momento en el que eso no exista me dará asco lo que haga.

-¿Es una enamorada de la estética del pop más allá del sonido? Sus discos destacan por ello y ayudan a crear la sensación de un universo cerrado.

-Imagino que te refieres a los collages, portadas y eso, ¿no? Es es una parte de mi vida. Hacer collages me encanta y los utilizo para ilustrar mi música Pero la estética me parece secundaria, eh. ¿Qué me querías preguntar?

-Pues que cuando le escucho tiendo a visualizar la portada del disco. Es decir, asocio una estética determinada a Aries, en cuanto a sonido pero también en cuanto a imagen plástica. Igual que me ocurría con Los Planetas, por ejemplo.¿No forma parte de un todo?

-Supongo que todo forma parte de mí. Las cosas que me gusta hacer las aprovecho. Que me gusta hacer collages. Pues, venga, hago la portada yo misma. Aunque bueno el dibujo en el que salgo yo tocando lo hizo Natalia, que es una artista de Pontevedra que venía antes conmigo haciendo proyecciones. Es una gran inspiración para mí. Pero bueno, para concretar, que si no no te respondo a nada: me gusta hacer collage, es una de mis aficiones y como Aries soy yo supongo que forma parte de ello [risas].

-Los discos suyos crean un clima uniforme. Son como los de los Ramones. Parece que estás escuchando siempre la misma canción con pequeñas variaciones. ¿Es algo premeditado?

-No [risas]. De hecho, intento que sean diferentes. Pero no eres el primero que me lo dice. Kiko Amat me lo dijo también. Lo puso en la nota de prensa del disco y todo. Yo intento que cada canción tenga sus sonidillos y que sean diferentes unas de otras.

-Pues me temo que, como oyente, le tengo que llevar la contraria.

-Ya [risas]. Supongo que no lo he conseguido.

-Además del hecho de que hay que bucear en las canciones, tiene una voz muy peculiar: lineal y sin muchos cambios de registro. A mí me recuerda a las voces de las canciones de los dibujos animados que yo veía en los ochenta.

-Buff, mi trabajo favorito es doblar dibujos animados. Ojalá que en el futuro me contraten para eso. Sería mi sueño.

-La voz pegaría.

-Pues estoy abierta a ello. Yo odio mi voz y, contra eso, no puedo hacer nada. Me encantaría tener voz de negra o algo así. Pero tengo esa voz suave, de blanca total. No la veo de niña, pero sí suavecilla. Tengo 35 años.

-Creo que es una voz perfecta para hacer ese pop con leves ondulaciones de Aries.

-Pues muchas gracias.

-Veo que es fan de Broadcast. Aunque no sea su misma voz si que invita a imaginarse una linea continua con pequeñas ondulaciones igual que usted.

-A mí Broadcast me flipan, sobre todo al final. Me encanta como canta ella. A mí me gustan mucho las voces así. Por ejemplo, Juliana Hatfield me encanta. Kim Deal es de mis cantantes favoritas.

-Cuando la gente habla de Aries piensa en psicodelia y años sesenta. Sin embargo, no es la típica psicodelia de los años sesenta, ¿no cree?

-Bueno, yo no creo que haga psicodelia. Hago pop, puro y duro. E intento que sea pop actual, que suene a ahora. Pero sí que hay un poso sesentas muy grande, porque yo soy muy fan de la música del 64 al 72. Mis discos favoritos son de esa época. Pero también escucho mucha música de ahora. Supongo que por ello hablan de pop sixtie.

-Ya, pero por ejemplo en los aspectos rítmicos no me cuadra mucho con los años sesenta. Quizá haya algo de tropicalismo por ahí, pero luego hay un montón de ritmos que nada tienen que ver con Donovan, Left Banke o Zombies, que es con quien se le relaciona siempre.

-Opino lo mismo. En directo uso ritmos totalmente electrónicos. Pienso que ni los ritmos ni los arreglos son sixties ortodoxos. Las melodías quizá pueden tirar por ahí, pero no sé. La verdad es que tampoco pienso mucho en esos términos. Yo oigo la música que me gusta y luego hago las canciones lo mejor que puedo. Analizarlas les compete a otros, no a mí [risas].

-Con Aries me ocurre algo que me encanta: me suena familiar pero, al mismo tiempo, distinto. Hay como unos asideros a los que me puedo agarrar porque los conozco pero también me lleva a otros sitios que no conozco tanto.

-Ah pues que guay.

-No sé si se lo tomará como un piropo o todo lo contrario. Hoy escuchaba su disco por la mañana y me recordaba a Mecano. ¿Qué le parece?

-Pues a mí me parece que Mecano tienen canciones muy buenas, aunque estén muy denostado por la sociedad. Me lo ha dicho más gente. ¿Es por Moverme de aquí verdad?

-Si, estuve enganchadísimo a esa canción, pero en plan escucharla en bucle sin parar.

-Cuando fui a grabarlo me lo decían: «Eres Ana Torroja». Y yo «No, por favor». Cuando era pequeñita recuerdo que mis primas mayores escuchaban a Mecano y me gustaba. Barco a Venus me sigue pareciendo una canción increíble. O Me colé en una fiesta también es buenísima. Los arreglos que hacían son alucinantes.

-Siempre sale con la Rickembaker en todas las fotos. ¿Es un fetiche particular?

-No, es mi guitarra. La tengo desde que empecé a tocar con Charades. Antes tenía tres y las tuve que vender para poder comprarme esta. Es mi guitarra, con la que compongo todas las canciones y me agarro a ella. Pero tengo que dejar de salir con ella en las fotos, porque ya no toco con la guitarra en directo. En el siguiente disco ya no voy a salir, porque mucha gente viene a verme en directo y se sorprende cuando ve que no la tengo

-Hay quien dice que esa guitarra es muy identificativa pero limita en cuando al sonido.

-Para mí es la mejor, me flipa el sonido y, para tocarla, es comodísima. La amo. Espero no cambiarla nunca. Es un icono del pop y es un poco mi guitarra.

-Sus directos tienen pinta de ser todo un rompecabezas. ¿Cómo lo resuelve?

-No es un handicap ya. Con el anterior fue muy complicado porque La magia bruta lo hice con el método tradicional y luego lo tuve que llevar al directo. Empecé a usar le sampler y el secuenciados de cero. Este disco, sin embargo, ya lo hice sabiendo cómo iba a ser el directo. El directo cambia mucho: hay guitarras sampleadas, toco el sinte y disparo cosas. Pero se respetan las canciones.


-Prepara un libro para la colección Mis documentos que lleva Alejando Díez de Cooper. ¿Cómo lo lleva?

-Lo tengo casi terminado. Ha sido difícil para mí porque el formato libro lo tengo sacralizado y no es mi territorio. Me imponía mucho. Pero ahora estoy bastante contenta y creo que va a quedar bonito. Agradezco mucho que me hayan dado la oportunidad. Nunca pensé que iba a sacar un libro.

-¿Sabe que se le nota ya un cierto acento gallego?

-Sí, me lo dicen mucho cuando voy a Bilbao.

-Y cuando habla del sur como en la canción «En el sur», ya lo hace en clave gallega. Se refiere a las Rías Baixas, no a Andalucía como pensarán muchos.

-Claro. Me encanta. Mi parte favorita es El Morrazo. Es el paraíso total. Me encantaría vivir allí. El paisaje es impresionante. Cada vez que vamos a algún sitio nuevo alucino. Está todo lleno de sitios preciosos e increíbles. Me gusta también todo el patrimonio histórico y cultural. Y además se vive muy bien.

-Pues nosotros encantados de tenerla aquí y meterla en las listas de los mejores discos gallegos.

-Buff, eso me hace mucha ilusión. Me encanta que me hayáis acogido.

Carlos Mariño: «Que un grupo te deje de gustar porque llegue a más gente es de gilipollas, no tiene otro nombre»

Escrito por Javier Becerra
2 de marzo de 2015 a las 9:57h

La agencia de contratación Spanish Bombs cumplió el mes pasado 20 años de vida. Tras ella se encuentra al arzuano Carlos Mariño, promotor de conciertos y mánager por el que han pasado algunos de los nombres clave del pop nacional de las tres últimas décadas. Los Enemigos, Kiko Veneno, Los Planetas, Dover o Lori Meyers han sido algunos de ellos. Pero también aquellas giras iniciáticas de los primeros noventa en Galicia con gente como Sex Museum, Los Flechazos, El Inquilino Comunista o mil más. Es decir, estamos ante un pionero de la contratación en Galicia dentro del rock independiente. Con motivo del cumpleaños (que celebró en Madrid y Barcelona presentando a sus tres nuevos fichajes: Anni B. Sweet, Deloran y Delacruz) le hice una entrevista para el suplemento YES de La Voz. Apenas se pudo reproducir en papel un 20% de la charla por motivos de espacio. La recupero ahora íntegra.

-¿Cómo un estudiante de Historia terminó siendo manager musical?

-Bueno, la carrera de Historia la terminé. Pero cuando iba a un examen de oposición a Coruña, me metí una hostia impresionante en Ordes. Terminé debajo de un camión y no me maté de milagro. Aquello fue una señal de que la docencia no era el camino[risas].  

-¿No había hecho ningún pinito antes?

-Sí, mi prima era la concejala de Cultura de Arzúa en el año 1986. Ella organizaba la Festa do Queixo. Hasta ese año siempre se programaba folk, que molaba mucho. Venían Milladoiro, Fuxan os Ventos, todos estos grupos míticos. Pero en los últimos años el festival empezaba a fallar. La gente se aburría porque los grupos eran siempre los mismos. Entonces, le comenté a mi prima que lo que había que hacer era traer a grupos de rock, como Siniestro Total u Os Resentidos. Ella me dijo: «¿Por qué no los llamas tú?». Miré los discos, venían los teléfonos y me puse a ello. Mi primera llamada fue a Siniestro Total. No sé con quien hablé, pero me dijo que cobraban mucho, pero me ofrecieron un grupo paralelo, que se llamaba Aerolíneas Federales, que molaba mucho. Ni siquiera habían sacado su primer disco. Cobraban 200.000 pesetas. Le pareció bien a mi prima y los trajimos.  

-¿Tuvo éxito?

-¡Qué va! No había nadie en la plaza, más que cuatro del pueblo y yo. Al año siguiente trajimos a Os Resentidos, que habían sacado ya el primer disco. De hecho, en la Festa do Queixo se estrenó Fai un sol de carallo. Lo recuerdo perfectamente porque yo ya era fan de Reixa. Me acerque a él en pan admirador y me dijo: «Fala ahí co meu mánager». Me quedé muy cortado. Luego, el manager empezó a decir que estaba todo mal, que era un desastre. Cuando Reixa se puso a cantar y decía ese verso de «moi mal organizado» yo pensaba que me lo estaba diciendo en plan indirecta.  

-En los primeros noventa llegaban ecos a toda Galicia de que en Arzúa había un festival de rock con bandas potentes alrededor de la fiesta gastronómica. Era una cosa totalmente insólita para la época.  

-No era consciente pero sí. Ni siquiera en el resto de la península se hacían cosas así. No era habitual que un pueblo tan pequeño organizase este tipo de conciertos. Después de Os Resentidos, trajimos a La Frontera, Malevaje y Los Coyotes. Y fue un éxito descomunal. Algo que no podías imaginarlo. Empiezan a llegar autobuses de Vigo, un montón de gente, la plaza del pueblo a reventar. Fue algo brutal. Paralelamente hacíamos la Festa dos Botes, ya con mis colegas. Tiraba para mi lado, trayendo a grupos más pequeños como BB Sin Sed, Brighton 64, Los Desperados, Raiser… un montón de cosas.  

-¿No se oponían en el pueblo a una cosa tan rara como esta?

-No, al contrario. Al principio estaban un poco reticentes, pero claro veían el éxito que era aquello, que venía un montón de gente de fuera, que se bebían todo lo que se podía beber y comían todo lo que se podía comer y les encantaba. Los supermercados se vaciaban. Todo el mundo estaba encantado. Una vez hubo problemas. Un año que no lo organicé yo vino La Polla Records. Yo, encantado porque me gustaban mucho. Pero buff, es que se montó un pollo de la hostia. Las amas de casa y la asociación de vecinos se mosquearon. Empezaron a decir que si quemaban un crucifijo en directo. Se lío un rollo felliniano muy potente. Antes y después del concierto se reunió todo el pueblo, con todos los personajes importantes diciendo: «Arzúa perdona, pero no olvida».  

-El rock ya no provoca ese tipo de reacciones. ¿Ya está asumido socialmente?

-Ahora es el rap el más complicado. En mis últimos años de la Festa do Queixo empecé a meter hip-hop. Traje a los Violadores del Verso, a los Ojos de Brujo, La Excepción. Tienen un público muy potente, pero empezaron a aparecer pintadas por el pueblo. Ahora que ya no lo organizo yo, por el enfrentamiento que tuve con un alcalde, pero me dicen que habían sugerido desde el Ayuntamiento no traer grupos de hip-hop por conflictivos.

-¿Qué enfrentamiento tuvo?

-Fue con el anterior alcalde. Yo hice la Festa do Queixo casi todos los años desde 1986 hasta el 2008. De pronto, tuve un enfrentamiento por varios motivos. Lo típico: estás en el pueblo, haces las cosas y muchos piensas que te estás forrando. En mi caso, no era por dinero. Yo ya estaba en Madrid y lo hacía porque me gustaba e intentaba a traer a lo mejor para el pueblo, tirando de mis contactos y adelantando yo el dinero. Y en el Ayuntamiento pagaban muy mal y muy tarde. Encima te decían: «Bah, te estas forrando». Rollos chungos. Un día le dije al alcalde: «Mira, me debes 60.000 pavos y aún me estás exigiendo cosas. Así que ahora quiero el dinero, en vez de adelantarlo yo». Él me dijo: «Pues si no quieres hacer la Festa no la hagas». Y ahí quedó. Lo dejé ahí y a tomar por culo. El alcalde ya no está pero a mí ya no me quedaron ganas de volver. Hubo muy mal rollo, con un enfrentamiento en el pueblo entre defensores y detractores míos… No quiero volver. Aunque tampoco me reclaman [risas].

-Aparte del tema Arzúa, usted empezó una actividad paralela con la productora Spanish Bombs. ¿Cómo arranca eso?

-Con Los Enemigos. En el año 88 o así. Entonces tenían como mánager a Lalo Cortés, que falleció años después en accidente de tráfico. Él en Arzúa me decía: «Tú vales para esto, yo tengo unos grupos que podemos hacer cosas juntos en invierno». Me apunté. Montamos una gira de cinco fechas de Los Enemigos en Galicia. Hicimos A Coruña en el Playa Club, Santiago en el Hipódromo, otro en Moaña, otro en Melide y otro en Lourenzá. Después de cinco días de carretera con estos, flipé. Al acabar la gira me dieron unas 100.000 pesetas. Y dije: «¡Joder, y me pagan!». Ya no hubo vuelta atrás. A partir de ahí empecé a hacer giras de Los Enemigos, Deltonos, Sex Museum, Los Flechazos, Cool Jerks, Australian Blonde, El Inquilino Comunista, de todo dios. En 1995 le puse nombre al invento y salió Spanish Bombs porque el London Calling de The Clash me encantaba.

-Estamos en los primeros noventa: el indie era nuevo y excitante, no había infraestructura y tampoco precedentes. ¿Había alguna guía a seguir?

-Bueno, eso fue antes, en Arzúa. En los noventa ya había en España diez o quince como yo. Unos estaban en Castellón, otros en Andalucía. En Galicia había más gente que yo. Estaba Xaime de Vigo, con el que estuve asociado un tiempo, también Bosco que llevaba a Los Deltonos. Antes del bum del indie, los grupos que funcionaban eran Sex Museum, Enemigos, Deltonos, Flechazos…

-¿Hacía la carretera con los grupos o era de los que solo gestionaba por teléfono?

-No, yo llegaba el fin de semana y me iba con los grupos por ahí. Un día en Vigo, otro en Santiago , otro en Lugo y al final en Ourense

-¿Y ese modo de vida engancha o quema?

-Eso molaba mucho. Era muy joven y para mí todo era nuevo. Cada vez que venía un grupo, me contaban su vida y me empapaba de su historia. Yo les enseñaba Galicia. Ese era mi gancho. Todos flipaban. Tenía una ruta hecha de restaurantes y hoteles negociados para que la visita fuese lo más agradable, placentera y rentable. La gente se iba muy contenta. Recuerdo una vez con Alex de Los Flechazos, que al terminar una gira, me dijo: «Si te fueras a Madrid, dejaríamos León y nos iríamos todos contigo». Y yo le dije: «¡Ni de coña me voy a Madrid, estoy de lujo aquí!». Y mira.

-Habla de Los Flechazos. Sus conciertos en el Playa Club eran legendarios.  

-Sí. Hubo uno en concreto en el que no dábamos crédito. Fue en el puente de diciembre del 94 o así. Se habían venido todas las entradas, 900. Ellos vendían sobre 400, que estaba muy bien. Pero aquel día se vendió todo. Se petó de una manera total. Fue muy especial. Recuerdo a Nonito Pereira padre, el jefe del Playa Club, haciendo las cuentas que nos decía con su voz en plan El Padrino: «Dile a Notario que tome nota». Notario era el manager de Los Flechazos. Entre Juancho, el road manager de Los Flechazos, y yo fue una frase que siempre quedó ahí. Aquello fue un éxito que no te esperabas.  

-Recuerdo llenazos con El Inquilino Comunista.

-Sí, que perdimos a uno de Sexy Sadie en Ourense [risas]. Miqui se quedó dormido. Venían de teloneros, sin un miembro y tocaron igual.

-Los de Los Enemigos era tremend. Aquello era una montaña rusa: capaces de lo mejor y lo peor. ¿Cómo era gestionar un grupo como ese?

-Buff, Los Enemigos eran muy grandes. Recuerdo un bolo en el que Chema se había fastidiado una pierna. Teníamos una gira montada. Me llamó el mánager que tenía un batería suplente. Al terminar el concierto, Josele lo vio tan mal que decidimos suspender toda la gira. Eso es de lo más normal, porque los conciertos de entonces no terminaban cuando acaba el concierto. Mi trabajo seguía toda la noche, hasta las siete u ocho de la mañana e íbamos al hotel de milagro. En A Coruña acabábamos siempre en la discoteca Punto 3, que me encantaba.

-Llega un momento en el que Dover aparece en su vida y esta cambia. ¿Cómo fue ese encuentro?

-En abril del 97 empecé a oír en Radio 3 a Dover. Mi intención era traerlos a Galicia y hacerles una gira. Llamé a Carlos Subterfuge y le dije: «Quiero hacer una gira con estos chicos, ¿con quién tengo que hablar?». Y va él y me dice que no tenían manager. Me quedé flipado. Me dieron el teléfono de Jesús, el batería. Lo llamé. Yo entonces ya era manager de Doctor Explosión y Sexy Sadie. Además de sus bolos en Galicia, vendía bolos para toda España de estos grupos. Pero no tenía ni puta idea. Ni conocía infraestructuras, ni conocía Madrid, ni nada. Pero hablé con Jesús, diciéndoles que estaría encantado. Esa misma tarde ya les cerré un bolo en un festival Jaén. En mayo tocaban en el Festimad. Quedamos de vernos allí. Cuando fui, me quedé impresionado. Era por la tarde, a eso de las seis. Pero aquello era una cosa espectacular. Recuerdo verlo y pensar: «Esto es imposible que me lo quede yo». Ver ahí 5.000 personas por la tarde botando como yo no he visto botar en mi vida… Ellos no eran conscientes de lo que estaba pasando, pero los que teníamos un poco de idea y veíamos eso, estábamos flipando.

-Y era solo el principio.

-Claro. Eso era nada. No había ni salido el disco.

-Cuando hicieron la gira del aniversario de «Devil Came To Me», Cristina dio una entrevista a La Voz. Nos decía que aquello fueron siete u ocho meses de vértigo en los que nadie daba crédito a lo que estaba pasando. ¿Fue así?

-Sí, claro. Yo te puedo decir que llegó un momento en el que yo estaba deseando que parase. Ahora, con la perspectiva del tiempo, me da mucha ternura, pero entonces lo pasaba fatal. Todo empezó con eso del Festimad. Luego me atreví a ir a saludarles, cuando estaban ya todos los periodistas detrás y todo el mundo agobiándolos. No era aquel día el mejor para hablar y quedamos en vernos otro día. Los daba por perdidos. Como yo los había visto más gente. Sabía que se los iban a quedar los grandes. Yo no era nadie. Pero, bueno, a la semana siguiente cogí un avión y quedé en un VIPS a comer. Ahí les enamoré. Yo ya estaba enamorado. Les dije que iba a matar por ellos, que iba a hacer todo lo que pudiese, que me daba igual el dinero y la liamos. Sabía que era algo muy gordo, pero la verdad es que jamás pensé en lo que iba a venir luego. Para mí muy gordo eran Los Planetas. Pensaba en un grupo de 10.000 copias.

-De hecho, en Subterfuge pensaban que se iban a mover en esas cifras en cuanto escucharon la grabación.

-Claro, es que era lo máximo y lo razonable. Pero luego llegó la campaña del Radical Fruit. Hay quien dice que fue por eso. Pero yo quiero creer que fue el boca a boca de lo que pasó en el Festimad y los conciertos siguientes. Empecé a trabajar con ellos. Nos fuimos a Canarias y se petó de locura en Las Palmas. La gente estaba loca. Todos flipábamos. Ellos no tanto. Porque no tenían un punto de comparación. Pero yo sabía que era algo diferente, no lo de siempre. Y era continuo. A la semana empezó la bola de nieve. Me llamaban de Subterfuge y me decían: «Hemos vendido hoy 3.000 discos». Luego eran 20.000. Luego eran 30.000. Más tarde hicimos 50.000. Cuando en verano celebramos el Disco del Oro flipamos. Pero, al llegar la Navidad, estábamos ya en 200.000. O 250.000. Porque había un caos total, ya que la distribuidora no conseguía asimilar aquello. Nadie estaba preparado para ese éxito.

-Y ahí pasó lo de siempre: un grupo de una compañía indie la lía y acaba vendiendo como Alejandro Sanz. El público inicial los empieza a cuestionar y se convierten en unos venidos. ¿Como se gestiona eso?  
                               
-Lo que pasó ahí no se ha vuelto a repetir. Ni siquiera hoy Vetusta Morla se puede aproximar a eso. Tú ahora hablas de Vetusta Morla, Lori Meyers, Love of Lesbian y tal y sí, llenan los festivales, ¿pero y sus discos? Mira Vetusta Morla, que son los primeros, y han vendido 40.000 discos. Lo que pasó con Dover no se repetirá más.

-Tampoco Vetusta Morla se han colado en la radiofórmula como ellos en su día.

-Claro. Cuando llevábamos 80.000 discos con Dover sin radiofórmula, llamaron a la puerta los de Los 40 Principales. Lo valoramos, porque sabíamos que no era lo nuestro. Pero nos planteamos que, si lo querían poner sin pedir nada a cambio, ¿por qué no? Así fue. Hicieron Serenade número uno en noviembre. Nos pidieron un concierto en Bilbao, que nos lo pagaron. No le dejamos poner la lona con su logotipo ni nada. En cuanto empezaron a ponernos en la radio, las ventas se multiplicaron instantáneamente. Pasó lo mismo con Estopa, por ejemplo. Habían vendido 200.00 disco sin sonar en Los 40 Principales, pero empezaron a sonar y despacharon un millón. Nosotros en Navidad ya teníamos 200.000. Pero luego hubo una ruptura con Subterfuge, las relaciones empezaron a ir mal y dejaron de invertir en el proyecto. Ya no hubo más vídeos. Si las relaciones hubieran seguido bien, a lo mejor en vez de los 500.000 que se vendieron se hubiera vendido un millón. ¿Qué pasó con todo eso? Que cuando empiezas a vender tanto y traspasas el circuito de los auténticos pues empiezan las críticas. Y muchos periodistas que alababan a Dover en junio, en enero los ponían a parir con el mismo disco.

-¿Y eso cómo se vive?

-Pues muy mal, claro. Dices: «Joder, este hijo de puta que me la chupaba en junio mira ahora lo que escribe, que si somos unos vendidos y tal». ¡Y con el mismo disco! Porque una cosa es que te critiquen en el siguiente, pero con el mismo te deja mosqueado. Ellos lo pasaban muy mal, pero yo pensaba: «Pues vaya, a mí me pasó lo mismo con Nirvana». A mí me flipaban cuando sacaron Nevermind, pero cuando vi que le empezaban a gustar a todo el mundo les di la espalda. Yo, Judas [risas]. Cuando vi que pasaba lo mismo con Dover me decía: «Joder, ahora entiendo por qué la gente es tan injusta y tan tonta». Que un grupo te deje de gustar porque llegue a más gente es de gilipollas, no tiene otro nombre.

-Cuando uno es joven y la música forma parte de tu identidad el hecho de que tu grupo le guste a los tíos que te caen mal de la clase te revienta.

-Sí, es así de gilipollas y de absurdo. No soportas que le guste tu grupo a tu hermana pequeña, por ejemplo. Eso pasa y seguirá pasando. Es muy difícil que des en el clavo: vender disco y que encima la crítica te respete. Tú ves las listas de lo mejor del año de las revisas más guays y, entre los 20 primeros, no han venido ni 10.000 discos.

-¿Se ha encontrado alguna vez con la situación de querer llevar al grupo más allá y que este lo rechace por esos prejuicios?

-No, no te creas. Forzar al grupo a hacer algo que no quiere no conduce a bien sitio.

-¿No le ha pasado con Los Planetas?

-Bueno, con ellos sí. Los he intentado en su día llevar a otros sitios. Básicamente es J. Los demás son más fáciles. J es complicado, se come muchísimo la cabeza. Alguna vez he guerreado con él por esas cosas. No eran cosas de radio, ni nada. Él, a veces no quería tocar en un determinado festival, porque decía que no era auténtico. Pero es que, según su teoría, solo podía tocar en el Primavera Sound. Ni siquiera Benicassim cumplía los requisitios que él quería. Yo le decía: «¿Qué hacemos entonces dos conciertos al año?». Los cogí sobre el 2002 y estuve hasta el 2009.

-¿Fue el grupo más difícil con el que ha trabajado?

-No, el más difícil fue Dover. Entonces yo no tenía mucha experiencia y el éxito fue mucho mayor. El problema con Los Planetas era J, con quien me une un gran respeto y una mayor amistad. Me llevó mucho mejor con él ahora que antes. Hubo un momento en el que le dije: «Hasta aquí, no aguanto más, no puedo amargarme todo el tiempo por esto».

-¿Saltan muchas chispas en esa relación?

-No, lo normal. Te enfadas a veces. En concreto con J fue en México, en una noche de jarana. Me dio la puta noche. Estábamos en casa de Julieta Venegas. Por la mañana me levanté, le puse el desayuno y le dije: «Mejor, cada uno por su lado. Ya hemos tocado techo. Has sacado lo mejor que yo tenía y mejor que busques por otro lado». Y ahí están, sacando discos cojonudos. Para mí es uno de los mejores grupos de la historia de la música en España.

-Le queda la experiencia de estar tras uno de los mejores discos de la historia del rock español: «La leyenda del espacio».

-Sí, totalmente. He tenido mucha suerte en ese sentido, de trabajar de gente como J en ese disco, o Dover con Devil Came To Me o cuando dieron el doble salto mortal con Follow The City Lights.

-Eso tuvo que ser tremendo.

-¡Eso fue la hostia!

-¿Cómo reaccionó el grupo con la nueva desbandada de seguidores?

-Ahí ya les importaba menos, porque había tanta gente a la que le gustaba la canción de Let Me Out que era distinto. Además yo ya estaba curtido. Luego está lo de trabajar con Kiko Veneno. A veces lo miro y pienso que estoy trabajando con Lorca o alguien así. Para mí está a ese nivel. Es súper especial. Es un artista de arriba a abajo y, además, un intelectual. Estás con él y te quedas con la boca abierta escuchándole. Aprendes un montón de cosas. Sabes que dentro de 50 años sabes que se va a seguir hablando de él.

-¿Actualmente su bandera es Lori Meyers?

-Son mis niños. Los cogí al principio. Me los puso J, los conocí, congeniamos y nos pusimos a trabajar juntos. Estaban grabando el Hostal Pimodan. Las cosas iban mal, nos fuimos de Houston Party, fichamos por Universal e hicimos un trabajo muy bueno. Miras atrás y te sientes orgulloso de a dónde has llegado. Ha sido muy fácil, porque ellos se dejan. Enseguida hubo entendimiento, pese a nuestra diferencia de edad. Hubo siempre química con ellos y una gran amistad.

-A mí me trasmiten una cosa muy fuerte: que si fuera otro momento en el pop español serían como Nacha Pop o algo así.

-Sí, es lo que ha ocurrido en los últimos años con el fenómeno del indie-mainstream. Empezó con Vetusta Morla, sigue con Love Of Lesbian y, luego, vamos nosotros. Esto va paralelo a una serie de festivales a los que la gente va a en masa. Un poco con eso, otro poco con Internet se produce esa explosión. En los ochenta fue de otra manera. Se produjo una explosión de contratación en los pueblos, Radio 3 y un montón de programas en televisión. Ahora ha ocurrido de otra manera, pero ha ocurrido.
 
-Menciona el indie-mainstream. Para una parte de la crítica y público eso es lo peor y ponerlo a parir el modo de reafirmarse en otras valoraciones. ¿Qué piensa?

-Estamos en lo mismo de antes: una parte de la crítica no perdona el éxito. Y, entonces, hay una serie de blogueros y de revistas que se quejan de que siempre son los mismos en los festivales, que siempre tocan los mismos y tal. Pues claro, es que es lo normal. España es mucho más pequeña ahora que hace años. A medida que las comunicaciones han mejorado, que hay trenes de alta velocidad y buenas autovías ya no puedes hacer las giras que se hacían en los ochenta de 90 bolos. Ahora no, como mucho puedes hacer 20 o 30 bolos. Y ya te ha visto toda España. Con que toques en el Low-Cost, en el S.O.S., el Sonorama, el Contemporanea, el Ebrovisión y unos pocos más ya te va visto todo el mundo.  

-¿No cree que son comprensibles las quejas de que siempre están los mismos?

-Ya pero es que son los grupos que venden los tiques. Y al final la gente reclama esos grupos. Los siguientes molan, pero la gente quiere a los gordos. Somos muy conscientes de eso y procuramos no repetirnos. Yo no voy dos años seguidos al mismo festival. A mí me llaman para Lori Meyers de todos los festivales y les estoy diciendo que no, porque ya llevamos dos años con el mismo disco y no queremos repetir. Quiero que el grupo descanse, que prepare nuevo disco y, bueno, me jode porque son conciertos muy golosos. Pero hay que saber decir que no.

-Maneja nombres muy exitosos, pero el medio está Emilio José que es un artista que se quedó por ahí perdido. ¿Qué pasó con él?

-Sigue ahí. Es de mis niños bonito, sin duda. Si hubo un disco que he escuchado mil veces en los últimos años es el de Chorando apréndese. Lo pongo y lo sigo poniendo, descubriendo siempre mil cosas. Lo que pasa es que Emilio es un personaje. Si no hay llegado más lejos es porque no ha querido. Este sí que es auténtico, aún más que J. J dice que no pero sí, pero este dice que no y es no. Ha desaparecido porque quiere desaparecer. Lo ha dejado todo. Yo hablo de vez en cuando con él y me dice: «A punto, estamos ahí». Lleva así dos años.

-Bueno, el segundo disco se Apeiron, su exbanda, se espera desde 2002.

-A mí ya me lo había advertido Marc, de Foehn, su sello. Yo no renuncio a convencerlo a que dé el paso. Estoy seguro que por fin lo acabe va a ser muy fácil. Hay mucha gente que no se ha olvidado de él. Es un genio, un tío muy especial. Su disco es para aquí y para el mundo. Flipan con él. Hace poco en Buenos Aires me preguntaban por él. Y en México igual. No hay nadie como él. De hecho, él no quiere escuchar música actual para no contaminarse. Me lo imagino metido en su casa, en Quins, grabando toda la noche.

Fotos: Benito Ordóñez

Arañazos de rock y mística psicodélica

Escrito por Javier Becerra
1 de marzo de 2015 a las 10:42h

Bala exhumaron rock, nervio y uñas. Habían ecos por ahí de Motorhëad, el stoner rock y hasta de los Nirvana a los que versionaron en el tramo final. Llegaron a Los conciertos de Retroalimentación a la carrera (su batería tenía un bolo previo en la Casa Tomada con otro grupo), se subieron al escenario y arañaron. Ya tienen un disco de ocho temas que verá la luz en un par de meses. Y A Coruña, un nuevo grupo molante al que seguir. Ayer, sin duda, dejaron una muy buena impresión.

Tras ellas Puma Pumku cambiaron las formas. Expandieron la música, emitiendo psicodelia desde sus guitarras y creando un clima engullidor con su música. Las canciones de Is It In You? toman otra forma en directo: más robusta, más potente, más definitiva. Buscando el trance colectivo, dialogando entre sí con sus instrumentos y moldeando el sonido, lograron capturar al público desde el primer tema…hasta que sucedió un pequeño accidente. El bajista rompió una cuerda sin tener instrumento de recambio. Ahí la banda se descentró, la tensión bajó y parte de todas esas bondades antedichas menguaron. Al final, el mítico Diego Veiga (One Of These Days, Wolrus y mil más) logró un bajo en 10 minutos para que el grupo pudiera seguir. Y lo hicieron, concluyendo una buena actuación que seguramente sería mucho mejor de no haber sufrido ese percance.

Como siempre gracias a la sala Mardi Gras, a los grupos y a todos los que (tarde, pero a tiempo) asistieron al concierto de ayer y permiten que Los conciertos de Retroalimentación se mantengan. Próxima parada: 7 de marzo, Aries y Elvis Negro, Casa Tomada.


Puma Pumku: “La psicodelia es el ser humano actuando ante los estímulos del mundo”

Escrito por Javier Becerra
27 de febrero de 2015 a las 10:45h

Dan cierta envidia. Puma Pumku son tan jóvenes, tan metidos en su música, tan ligeros en ella pero a la vez tan sólidos que parece que hayan sido dotados de ese brillo especial que acaricia solo a unos pocos grupos. Los compostelanos hacen, sí, psicodelia. Tienen sus fuentes de inspiración a la vista. Y son unos melómanos-alumnos empedernidos. Pero en cuanto empiezan a sonar las canciones de Is It In You?, su álbum de debut, logran contagiar al oyente precisamente de ese amor, de esa sensación de flotar, de esas vibraciones que parece que desprender parte del brillo al que nos referíamos antes. Ahora lo están exponiendo en directo. Y el sábado 28 de febrero harán una parada muy esperada en Los conciertos de Retroalimentación (Mardi Gras, 22.30 horas, 6 euros anticipada y 8 en taquilla) acompañados del dúo Bala. Ahora Álvaro Dosil, guitarrista del grupo nos habla de todo ello

-Miran, sobre todo, a la psicodelia primigenia de finales de los sesenta. ¿Es su destino?

-Es el hilo conductor de nuestra música. Pero dentro de ello, todo se complementa de muchas otras cosas. Hay tintes kraut, influencias de músicas de los ochenta y mil cosas experimentales. Cabe cualquier estilo y todo se une por la psicodelia.

-¿Son los Pink Floyd del primer disco el grupo totémico de Puma Pumku?

-Sí. Hay grupos clásicos que están ahí. Creo que, además de Pink Floyd, se nota mucho la influencia de The Beatles y probablemente se nos empezará a notar más la de Beach Boys. Hay una tendencia a renegar de los clásicos, pero nosotros los tenemos como referentes y fuente fuente de inspiración continua. No dejan nunca de dar de sí.

-Me habla de referencias obvias. ¿No quieren ir de exclusivos ni de cool marcando diferencias y citando a bandas más rebuscadas?

-Bueno, luego está el toque que le quieras dar para que sea algo curioso y personal. También tenemos otras referencias, como la nueva ola psicodélica.

-Pese a esa apariencia psicodélica e incluso ese toque kraut rock ocasional la verdad es que son un grupo de melodías muy poperas. Sus canciones se podría interpretar perfectamente con una guitarra acústica.

-Sí, perfectamente. Lo que pasa es que la dimensión que adquieren así nunca llegarían. Si solo fueran una guitarra acústica y voz seguramente serían piezas folk. En principio, Amadeo trae una melodía, una guitarra y una voz. A partir de eso vamos construyendo, cada uno su parte y aportando lo que se puede. Funciona así.

-Hablaba antes de la nueva psicodelia. ¿Grupos como Tame Impala, Temples o Foxygen son hermanos espirituales?

-Sí, esos grupos son los que probablemente nos animasen a dar el paso a montar una banda y tirar por esa rama. Antes sonaba todo más rudo y con más distorsión. Ahora lo hemos suavizado. Son grupos que nos encantan. Disfrutamos haciendo esa música del mismo modo que disfrutamos escuchándola.

-Debe ser como la quinta oleada neo-psicodelica que vivo. ¿Qué tienen esos sonidos para que gente tan joven como ustedes insistan en recuperarlos?

-Bueno, en mi caso, es como si hubiera una carencia de algo en todo lo que estaba escuchando. Esas música me pilló, no solo por la música en sí, sino por la forma en la que esta grabada y esa naturalidad. Los Beatles, por ejemplo, no tenían una equipación comparable a muchos estudios americanos. Pero con muchos recursos y tirando de un sonido que va directamente a las entrañas lo logran. Yo la psicodelia la veo como la naturalidad, el ser humano llevado a la música, actuando ante los estímulos del mundo.

-Intuyo que ese proceso de construcción de los temas que citaba antes debe ser de lo más placentero.

-[risas] Sí, y muy reconfortante. Es un proceso de cura, purga y sanación. Desde que llega Amadeo con la canción el resto nos dejamos llevar. No tenemos una mecánica de trabajo muy clara. Nos dejamos ir, sin tratar de mediar palabra, que sean los instrumentos los que hablen. Hay algún momento en el que se puede notar una especia de conversación entre los instrumentos. De repente la guitarra hace un riff o un detalle y el bajo contesta como otro. Es algo similar al jazz.

-¿Es el jazz una fuente de inspiración importante?

-Sí, es un género que nos encanta y al que siempre volvemos cuando el resto de palos que escuchas no nos llena. Es perfecto para encontrar el camino.

-Transmiten la idea de enamorados de la música.

-Sí, nuestra visión es totalmente romántica

-Aunque no tengan nada que ver, a mí me transmiten las misma vibraciones que Los Eskizos hace más de 20 años: la de unos tíos metidos en su música, que salían a tocar súper concentrados como si tuvieran una misión. ¿Se ven así?

-Sí, es cierto. En los conciertos nos puedes ver a cada uno mirando a su lado como si fuera algo ritual. Tienes que mantener una línea, estar súper concentrados. Sí, estamos enamorados de la música. De hecho, el contacto visual con el público es algo que me horroriza.

-¿Se lo pasan bien ensayando?

-Claro. La mayoría de los temas, exceptuando alguno que tiene muy marcada su estructura y que no da pie a la improvisación, se transforman continuamente. Hoy en día en directo hacemos algo que ya no está en el disco. Las canciones siguen su curso natural y se van modificando. Queremos que evoluciones continuamente.

-Son el último disco de Santiago que ha llamado la atención de la gente. Parece que, dentro de estos años de esplendor de la escena independiente gallega, Santiago es el gran escaparate. ¿Viven un momento especialmente dulce?

-Sí, es relativamente reciente. Llevo ocho años en Santiago y se veían cosas puntuales. Ahora hay muchísimas más gente implicada. Vemos que confluye mucha gente y que cada se anima más. No sé dar una explicación lógica. Son cosas que pasan en un sitio y un momento. Antes estaba Vigo y Pontevedra y nosotros los mirábamos. Decíamos ¿por qué aquí no hay un bolo a la semana que nos convenza? Ahora tenemos cuatro a la semana y no sabes decidir a cuál vas. Tenemos la percepción de que hacemos mucho ruido y nos movemos. Pero este es un sitio dejado de la mano de Dios a nivel de España y no sabes si te estás proyectando a nivel autonómico o si llega al ámbito estatal. Parece que sí, que se publican cosas, aparecen colectivos… es un momento de ebullición y me da cierto miedo que explote todo y termine siendo cenizas. ¿Hasta dónde durará?

-Está el problema de la resistencia de la gente, porque rara vez se sostienen económicamente.

-Sí, claro. Mira Unicornibot que, aparentemente, eran de los que tenían que ganar: haciendo gira europea, moviéndose en medios especializados y llegó un punto en el que lo dejaron. Supongo que también está la magia ahí. No niego que me gustaría vivir de eso, pero creo que también es un aliciente que todo sea tan fugaz, que se deje huella en la gente y que desaparezcas.