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Ruido poderoso en el crepúsculo

Escrito por Javier Becerra
31 de agosto de 2014 a las 11:49h

Toy
Santiago, Cidade da Cultura
30-8-2014

Ocurrió mientras sonaba Dead & Gone, con el cielo anaranjado dibujándose tras sus siluetas de melena al viento. En ese momento Toy estaban creando verdadera magia. Una canción perezosa y maquinal que, de pronto, obligaba a respirar fuerte y subirse a ella como quien dice adiós al mundo gris del día día. Toda esa romántica exploración del ritmo, la melodía y el ruido que realizan los británicos lograba ahí un summun. La recta final del tema, con esa guitarra elevándolo al infinito, podría durar horas y horas. Nadie protestaría. Era tanto el placer auricular y plástico ahí condensado que si en ese momento alguien preguntase dónde está el paraíso algunos dirían sin dudarlo: aquí.

El quintento londinense volvió a encantar en Galicia. Lo habían hecho ya en una actuación para la historia en el Festival do Norte del 2013. Ahora refrendaron todo en otro formato. Con la estampa pretendida en los Atardeceres do Gaiás en su grado máximo, el cielo cambió tras ellos de color. Primero, azul. Luego, naranja. Más tarde, verde. Finalmente, negro. No contaron con el mismo volumen de Vilagarcía. Tampoco de medios. El modesto set de luces fue exprimido al máximo por su técnico logrando resultados sorprendentes. Además, hubo un acento en el lado más pop de la banda que entonces. El resto, prácticamente igual. Es decir maravillosamente igual.

Sí, Toy lanzan una flecha certera al corazón de aquellos que se pirran por el kraut-rock y el sonido shogazer. Buscan hipnosis, pero también evanescencia. Por ello, cada vez que desde el escenario se soltaba un chorro de humo, la sensación fantasmagórica de ver sus cuerpos desdibujándose resultaba la materialización física de su música. Como si vivieran de espaldas a ese mundo pop que descubrió las guitarras angulares del post-punk y se quedó atascado ahí para siempre, Toy proponen algo tan fuera de tiempo, de onda y espacio como lo que en su día fueron Ultra Vivid Scene, Galaxie 500 o Spacemen 3. Dicho de otro modo de otro modo, su música se revela pura, misteriosa e, insistimos, romántica.

Hubo calambres. También momentos en los que la piel misma del corazón se ponía de punta. Los polvos mágicos de Conductor abrieron la noche y, suspendidos en el aire, se impregnaron en la piel de todos los presentes. Si en el disco remitía a Neu!, en directo su excelente batería parece sacado de Joy Division. Él marca el ritmo mecánicamente humano, mientras la pareja de guitarristas le echan encima cataratas guitarreras. Todos parecían concentrados, ensimismados en la música, formando parte de una misión en la que se revisaba sus dos álbumes para el deleite general. Cayó, cómo no, Motoring deliciosa. También la psicodelia enredadora de As We Turn. Y, por supuesto, Join The Dots, un momento final sublime guiado sobre un bajo triangular del que surgió toda una estampida de lava ruidosa.

No resultó tan avasallador este paso como el del Festival do Norte. El marco era otro y el concierto, por lógica, tenía que resolverse de modo diferente. Pero, aún así, resultó una actuación sensacional de una de las mejores bandas británicas del momento. Porque sí, puede que no se les tenga en cuenta en los medios patrios. Aunque quien se pone ante ellos, no los olvida. Y eso es lo que cuenta. Ojalá pudieran volver algún día por aquí en una sala.

La tercera temporada de Los conciertos de Retroalimentación ya está aqui

Escrito por Javier Becerra
20 de agosto de 2014 a las 9:46h

Por tercer año consecutivo vuelven Los conciertos de Retroalimentación, con el objetivo de poner sobre un escenario algunas de las mejores cosas que están ocurriendo en Galicia en este momento. Esta vez con una novedad muy importante. En lugar de tener una sede fija, como en años anteriores (primero fue Le Club Directo, después Mardi Gras), se va a ampliar el número de locales para buscar el más idóneo para cada actuación. En ocasiones la sala elegida se quedaba grande para actuaciones que apenas podían reunir a 30 personas y que nos interesa mucho hacer. Otras, pequeña. De este modo podremos atender a formaciones a las que antes no podíamos llegar por estas limitaciones. Por ahora, A Coruña es el campo de actuación pero no descartamos hacer alguna escapada ocasional a otras ciudades en el 2015. Como viene siendo habitual, la producción corre a cargo de Argonauta Producciones. El elenco de grupo elegidos creemos una verdadera delicia. Las tres primeras fechas del ciclo son:

-SRASRSRA + WILD BALBINA + LADY LEÑO (26 de septiembre, sala Playa Club, entrada 6/8 euros). No pudo ser en el 2013 y nos prometimos hacer todo lo posible para que Srasrsra actuasen en el ciclo. Fueron el grupo maquetero que deslumbró en el tercer aniversario del blog en el 2011. Ahora, la banda que arrasa con su punk-pop comprimido en cápsulas de apenas un minuto. Les acompañarán en la fecha inaugural, los vigueses Wild Balbina con un sonido delicioso que recuerda a Vivian Girls o The Vaselines y nuevo trabajo bajo el brazo: Sisters Before Misters. El cartel lo completa una de las bandas pujantes del momento en A Coruña Lady Leño.

-CAXADE + GRAMPODER (24 de octubre, sala Mardi Gras, entrada 6/8 euros). Otro doblete que se nos escurrió el año pasado y que estamos contentísimos de recuperar. Caxade con A dança das moscas nos dejó boquiabiertos. Y su traslado al directo en el festival Sinsal San Simón continuó el idilio con esta formación liderada por Alonso Caxade que enlaza el pop con el folk, acoge letras reinvidicativas y que ha sido definida como los Beirut gallegos. Por su parte, Grampoder deriva de los finiquitados The Hommens y apuestan por un pop acústico con desvíos psicodélicos y conciencia política, que ya cuentan con un notable album de debut.

-COOPER (21 de noviembre, sala Mardi Gras, entrada 10/12 euros). De acuerdo, no son gallegos. Pero si hay que hacer una excepción en Los conciertos de Retroalimentación Cooper es el grupo para llevarla a cabo. La banda del ex Los Flechazzos Alex Garín sopló las velas del quinto aniversario de este blog con un concierto excepcional en el 2013. Aquel día vibramos, pero también nos comprometimos a acoger su próxima visita. Posiblemente los vayamos a ver con nuevo trabajo bajo el brazo y ese ramillete de canciones espléndidas que todos conocemos. Será otra gran fiesta de pop protagonizada por uno de los más grandes autores del genero que existe en España.

Y ahora mismo trabajamos ya en la fecha de diciembre…

La lección del profesor Keating

Escrito por Javier Becerra
15 de agosto de 2014 a las 11:22h

Con la muerte de Robin Williams aún reciente, es buen momento para recordar una de las lecciones de El club de los poetas muertos. Se trata de aquella, nada más empezar el filme, en la que el profesor Keating ordena a sus alumnos arrancar la primera hoja de su libro de literatura. Ahí descansa el ensayo Entendiendo la poesía en el que un experto ofrece unas claves para poder valorar un poema en dos ejes, como si de una fórmula matemática se tratase. Uno, mediría la perfección del poema. Otro, la importancia del contenido. Del cruce de ambos dependería la nota final.

«Excremento, eso es lo que pienso. No estamos hablando de tuberías, sino de poesía», indica el profesor a sus pupilos. Y ellos, abortos, se entregan a ello, dejando a un lado las matemáticas y apostando por la emoción. En la música no estaría de más arrancar también esa página para liberar a la crítica (y público) de muchos de los lastres acumulados. Que si un grupo tiene que innovar, que cada disco ha de suponer una evolución respecto al anterior, que ha de cantar en su lengua materna, que ha de explorar estilos exóticos, que la voz se debe de entender, que el directo tiene debe superar a las grabaciones, que hay que posicionarse políticamente,… Podíamos estar hasta el infinito.

Al final todo ello, por lo general, son asideros convertidos en dogmas a los que agarrarse en pos de un falsario criterio que prescinde de lo principal: el suspiro, los pelos de punta, el golpe en el pecho y, ummmm, el emocionar. Se trataba de eso, ¿recuerdan?

Pop bonito pero nada memorable

Escrito por Javier Becerra
29 de julio de 2014 a las 11:58h

Belle & Sebastian
Santiago, Plaza de la Quintana
28-7-2014

Ocurrió más a o menos a mitad de de actuación. Las campanas de la Catedral de Santiago se mezclaban con la tenue melodía de If You’re Feeling Sinister. No importaba que un puñado de impresentables se dedicasen a berrear (realmente penoso el comportamiento de algunos). No era momento para perderse en reproches. Había que avanzar unas cuantas filas y acariciar, aún más de cerca, esa canción. Lejos del jubiloso entretaiment pop que se había mostrado hasta el momento, Stuart Murdoch capitaneaba ahí a los Belle & Sebastian que tocaron la fibra de toda una generación a finales de los noventa. Aquella música se encontraba ahí. Invitaba a volver a los días agridulces en los que tocaba rebozarse en ella, como postadolescentes desorientados mientras el mundo adulto llamaba a la puerta. Sonando con tanta fragilidad, de nada servía el pragmatismo de abandonar las anteojeras de la pureza indie. Todo lo contrario. Eso era mmmmmmmmm… esa sensación de deshacerse dentro de una melodía.

Lo del concierto de Belle & Sebastian de anoche se presentaba como la gran actuación del verano en Galicia. Y, al final, se desarrolló como uno de esos encuentros con los amigos de la universidad que en su día lo fueron todo. Se sabe de antemano que nada será igual, pero en algún momento surge ese brillo vivo en la mirada que nubla las sensaciones. Parece que, de nuevo, se ha vuelto 15 años atrás en el tiempo. Viviendo, pensando y sintiendo del mismo modo. Los escoceses emitieron ese brillo. Pincharon el corazón con If You’re Feeling Sinister y conmovieron como solo se conmovía entonces. Trasladaron al fan a los días en que sus epés se grababan en cinta virgen y se enviaban en sobres acolchados con una nota a mano explicativa. De aquellos rescataron Dog On Wheels, al poco. Pero claro, demostrando claramente que hoy por hoy son otra banda. Igual que los amigos aquellos. Porque en la vida todo evoluciona y hay aceptarlo. O no. Cuestión de brillo, ese brillo que lo nubla todo.

Belle & Sebastian se plantaron en Santiago como una banda rodada y convincente. Atacan el pop en múltiples direcciones (del folk al soul, pasando por el funk) con erudición de fan y gran solvencia. Pretenden regar de felicidad a sus seguidores y lo consiguen ofreciendo piezas de pop saltarín como I’m a Cuckoo o Sukie in the Graveyard. Piden palmas, suben personas al escenario, se comunican con ellos y, poco a poco, crean una gran fiesta. Formalmente, poco hay que reprocharles. El repertorio resulta estupendo y lo defienden con solvencia. De hecho, seguramente sean una mejor banda ahora que en 1996. Poniéndose exigentes, se podría reprochar algún problema de sonido en el tramo inicial, que el volumen general fue quizá algo bajo y que, quizá, hubiera sido deseable realzar la presencia de las cuerdas en piezas como Women’s Realm.

Sin embargo, desde el corazón, las cosas se ven de otro modo. Llega la segunda voz de la citada Women’s Realm y, vaya, se echa en falta muchísimo a -sí, aún estamos con esas- Isobel Campbell. En el bis ataca Stuart el Get Me Away From Here, I’ Dying -sí, esa canción que durante años se metía bajo la almohada- y cuesta encontrar una forma peor de despojar aquel himno de su mágica esencia original. Y, lejos de desencadenar una locura colectiva, va la explosiva Legal Man y suena como mera música de fondo en su condición de cohete con pólvora mojada. Y el brillo se desvanece.

Llegado a ese punto -con una sonrisa en la boca, pero sin que la música llegue a contagiar por dentro- toca volver a la casilla de salida y dejarse de engañar. Hubo un día en el que Belle & Sebastian escribieron las canciones que necesitaban nuestras vidas. Ahora, se limitan a endulzarlas. Ayer se disolvieron como un azucarillo ante nosotros con una actuación bonita y entretenida. Pero para nada memorable. Dependiendo de lo que haya significado la banda en el pasado de cada cual se podrá valorar el nivel de satisfacción. Habrá quien se haya despertado esta mañana con ganas de escucharlos al desayunar y habrá quien no. Yo no lo hice. He ahí la diferencia.

Foto: Xoan A.Soler

Mística planetaria en la Quintana

Escrito por Javier Becerra
26 de julio de 2014 a las 12:31h

Los Planetas
Santiago de Compostela, plaza de la Quintana
25-julio- 2014

Flotó la magia desde el minuto uno en la plaza de la Quintana. La música de Los Planetas, cada vez más mística, parecía fundirse en los pináculos del muro barroco de esa fachada de la Catedral de Santiago. Con una propuesta inicial de (pocas) luces y (muchas) sombras los granadinos dejaron claro desde el arranque de Poetas que la actuación iba a ser única. Más allá de la exclusividad de la cita (sólo esa en Galicia y una de las poquísimas que darán los granadinos este año), por lo que se vivía. Elevando la masa de sonido, poniendo el pecho del público en suspensión y adornándolo de chiribitas espaciales, J y los suyos aclimataron la plaza con Poetas y llevaron a lo real lo que proponía el cartel genial del recital. Abajo, la mayoría se dejaba llevar, certificaba que todo sonaba de maravilla, y se disponía a viajar por su galaxia sónica.

Ya hace tiempo que los decepcionados con el viraje de La leyenda del espacio (2007) decidieron bajarse del carro. Los conciertos de Los Planetas hoy en día no responden a la catarata de greatest hits que otrora disparaban en los festivales.Con un bloque inicial centrado en sus dos últimos discos, jugaron a girar la manilla de la tensión de un lado a otro: desde el punch motorik de Romance de San Juan de Osuna a la psicodelia flamenca en expansión de Virgen de la soledad, para terminar en Ya no me asomo a la reja. Esta, titubeante de inicio y mostrando signos de fatiga interpretativa, ganó en cuerpo hasta mostrarse como un esplendor de luz, de esos que se sienten en el rostro con los ojos cerrados y la piel extasiada.

El primer viaje al pasado llegaría con Toxicosmos. Click sentimental. Millones de imágenes de la juventud disparadas a toda velocidad en la mente, mientras la pieza se desarrolla lenta y en claroscuros. Todo hasta alcanzar el mismo arrebato que Ya no me asomo a la reja, su hermana flamenca. Luego, Corrientes circulares. Doble click, con el primer karaoke colectivo. Más tarde, una inesperada Nunca me entero de nada. Y, sí, el pellizco de verdad con una Santos que yo te pinte expulsada con imágenes de la catedral de Santiago de fondo. Entremezcladas con su última producción (Entre las flores del campo, Corona de estrellas, Si me diste la espalda) lograron todo ese zig-zag de emociones que conduce a una euforia mareante. En ese momento, el público no sabía si se encontraba en la Quintana buscando los añicos de un pasado perdido o celebrando que se ha seguido ahí, a pesar de todo y de todos los que se fueron cayendo. No lo sabía y, quizá, tampoco lo quería saber.

En adelante, ya estaba todo preparando para el triunfo. Ante piezas como Devuélveme la pasta, Segundo Premio, Pesadilla en el parque de atracciones poco hay que decir. Solo entregarse a ellas, formar parte de su rencor y cantarlo a los cuatro vientos, constatando que Los Planetas son la mejor banda surgida en España desde los noventa hacia esta parte. Y si en el bis, claudican al mudo deseo común y rescatan David y Claudia y De Viaje, terminas por formar parte de mil gargantas desgañitándose con eso de “Tú y yo de viaje por el sol, en una nueva dimensión”. Certificas una vez más que todo ha merecido la pena: conocerlos, invitarlos a escribir parte de tu vida y no dejarlos de seguir nunca. Aunque todo -ellos, tú, nosotros- hayamos cambiado. Tan poco o tan mucho. Eso va por días.

Solo les faltó rematar el bolo a lo grande. Teniendo en cuenta que durante la prueba de sonido se pudo escuchar La copa de Europa y el recuerdo de su interpretación en el Primavera Sound permanecía glorioso, difícilmente se les podía ocurrir un final mejor. Pero no quisieron. Y dejaron la oportunidad de coronar una noche que se quedó en grande cuando podía haber sido grandiosa. Mención aparte, merecen los teloneros Disco Las Palmeras!, que abrieron demostrando que su nueva versión en cuarteto los acerca cada vez más a My Bloody Valentine.

Foto: Xoan A. Soler

Nacho Vegas: “No quiero ser el bufón de la gente de derechas “

Escrito por Javier Becerra
1 de julio de 2014 a las 16:52h

Con Resituación Nacho Vegas ha querido explicitar de la manera más nítida posible su postura política. Totalmente influenciado por el 15-M, en sus canciones se pasean personas que pasan de la desesperación a la rabia, de ser desahuciados de su casa a formar parte del escrache contra un político. Ello ha producido una ruptura con parte de esa crítica que otrora lo adoraba y ahora lo acusa de planfletario. Con motivo de su visita a Santiago el pasado mes de junio lo entrevistamos para el suplemento Fugas con las limitaciones de espacio pertinentes. Ahora la recupero íntegra.

—Una persona cercana a usted se quejaba de que las críticas de “Resituación” hablaban mucho de política y poco de música. ¿Piensa lo mismo?

—Sí, pero creo que es algo natural. En otros disco se cargaban las tintas sobre algunos temas. No creo que este sea un disco exclusivamente político. En otros álbumes se decía que mis discos eran de drogas y tampoco todas las canciones se orientaban a eso.

—Hablar de drogas en el rock independiente era más común que hablar de política. ¿Existe una especie de salida del armario generacional respecto a la política en la música «indie» española?

—Puede ser, pero supongo que es algo natural también. Las cosas han cambiado. Desde hace unos años se ha producido una toma de conciencia generalizada ante una situación de hartazgo. Con el 15-M la política salió a las calles. Ahora ves en el autobús o en el supermercado a los chavales hablando de política. Cuando eso está tan presente es normal que se cuele en las canciones de la gente y que los grupos empiecen a hablar. Lo está haciendo un montón de gente. Hablar de política implica un posicionamiento. Incluso cuando se mira para otro lado, se estaba tomando partido. Cuando Fangoria cantan “No quiero dramas en mi vida” están haciendo política pura y dura.

—En otros géneros sí que se abrazaban a la política abiertamente, mientras que en el rock independiente estaba soterrado o, en el mejor de los casos, hecho de modo enrevesado. Se podía hablar con músicos de política, pero rara vez se veía eso trasladado a una canción. Ahora casos como el de su disco, el de León Benavente o el último de Ornamento y Delito parecen confirmar una especie de explosión.

—Bueno, había otras formas. El compromiso político del músico no tiene que ver solo con el mensaje y el contenido de las letras. Cosas como el Lady Fest o La Dinamo estaban relacionadas con el mundo indie pero eran política. Lo que pasa es que aquí lo importante era cómo se vehiculaba la música, no su mensaje. De todos modos, la generación indie fue algo conservadora y reaccionaria. El mensaje era «Como no sé qué hacer para que las cosas cambien, opto por no enfrentarme a ello».

—¿Podemos decir que fue una generación frívola?

—Sí, la frivolidad es un poco lo que tienes para agarrarte cuando quieres evitar hablar de temas espinosos. Existía una especie de cinismo endémico, con un cierto descreimiento hacia cualquier cosa que significase una toma de conciencia colectiva.

—En su disco llama la atención esas letras en unas formas musicales un tanto alegres.

—Lo buscaba, porque es algo de la música popular que me gusta mucho. La música tradicional en muchas ocasiones toca temas dolorosos pero no lo remarca con el sonido, sino todo lo contrario. Hay canciones de duelo con música muy alegre. Puede ser por esto, la verdad es que no era muy consciente del porqué. A veces, el no querer que la música redunde en lo que dice la letra le da un efecto más poderoso aún.

—Suicidios, desahucios, trabajadores estafados…. a priori eso pide uñas, garra y cabreo, no amabilidad.

—Sí, pero ahí está el truco de la música. Hay canciones de Hank Williams que, cuando yo las escuchaba sin saber qué decían, me parecían alegres. Eran las típicas canciones de country con acordes mayores y un violín saltarín, pero las letras luego eran lo más terrible del mundo. Tenía un punto negrísísimo.

—Destaca, por su solución sonora y lo bien encajado que está música y letra, “Runrún”. ¿Sintió que había logrado la plenitud al terminarla?

—No, especialmente. Esa canción me costó bastante terminarla. De hecho, la corregí muchísimo. Si ves la libreta de los temas, esa no hay quien la entienda: está toda llena de tachones. Sabía que era una canción importante en el disco. Quería que estuviera en el medio y articulara las dos mitades. Esa canción también es amable. Cuando la empecé y solo tenía la primer estrofa, era una especie de canción de cuna. Luego, empecé a desarrollar la letra con la frase de “nos quieren en soledad, nos tendrán en común” del comunicado del Patio Maravillas y todo se fue haciendo solo poco a poco. La verdad es que es una de las canciones más amables, pero en realidad está contando algo muy duro.

—En un ayuntamiento gallego que lo contrató hace unos años sentaron muy mal unas declaraciones suyas contra el PP que los relacionaba con el Franquismo. ¿Alguna vez le ha llegado alguna queja por manifestaciones así?

—No, pero aquí, por ejemplo, gobierna Foro. Cuando hubo un homenaje a Leonard Cohen en Oviedo dije cosas que no sentaron bien. Mientras que estén ellos no creo que me contraten [risas]. Parte de nuestra carrera se hace con dinero público, pero generalmente las giras las hacemos nosotros afortunadamente. Pero sí, supongo que los ayuntamientos luego eligen qué artistas les interesan y cuáles no y estas cosas pueden influir.

—Se ha mostrado molesto porque se le exija un plus de coherencia al haber dado un paso al frente. ¿No le pide usted a los «artistas políticos» que sean consecuentes o es algo que le da igual?

—La coherencia es un valor, pero también hay que ser relativo con ella. Generalmente, pienso que el que te exige esa coherencia es alguien que está un poco hablando más de sí mismo que de la persona a la que pide ese compromiso. No lo digo por mí. Lo digo, por ejemplo, cuando en los noventa con Manu Chao se decían cosas como que cobraba un montón de dinero o que iba a festivales patrocinados por Coca-Cola. Siempre me parecieron despreciables ese tipo de comentarios, de gente que está en su sillón sin hacer nada y que le da rabia que otra gente luche políticamente. Es eso de “Dice esto pero no me fío porque hace lo otro”. Quien dice eso está adoptando una postura reaccionaria. Me parece bien que se le exija a la gente compromiso, pero no hasta el punto de entrar a lo personal. A mí qué música hago, cómo la manejo y a los sitios a los que la llevo me preocupa mucho. Seguramente, entre en muchas contradicciones. Son dilemas, yo soy consciente de ello y creo que los llevo más o menos con dignidad.

—Le voy a plantear yo un dilema. ¿Cómo se sentiría si, por ejemplo, yo fuese un fan suyo y comprase sus discos, pero también fuese votante del PP?

—[risas] Pues no sé, no sé muy bien qué decirte. He conocido a gente de derechas que me seguía, pero no sé si seguirán ahí. Es algo que me pregunto muchas veces y, realmente, no estoy seguro si tiene mucho ver la ideología con el hecho de que te guste la música de alguien. Hay una cosa curiosa, que hace tiempo que hablaba con Cristina Rosenvinge. Es algo que ocurre entre los artistas progres del rollo izquierdoso. Joaquín Sabina, Miguel Bosé o Víctor y Ana le gustan mucho a la gente de derechas. Es como entre la gente de derechas necesitase una especie de bufón de izquierdas para decir: «Esta es la gente canalla de izquierdas». Eso ocurre. Yo conozco a padres de amigos míos que son de derechas, que les va mucho todo este artisteo progre. Es algo que a mí me preocupa, pero yo no quiero formar parte de eso. No quiero ser el bufón de la gente de derechas. Una vez, en una entrevista, a Albert Plá le decían que los principies habían ido a un concierto de Serrat. Le preguntaba que qué le parecía si fuesen a uno suyo. Él decía que era imposible, pero le retaban a que lo imaginase y él terminaba como cabreado, diciendo “Puede que vayan a Serrat, pero a mí, ni de broma”. Él estaba muy convencido de que era imposible.

—Bueno, en los noventa estaban Negu Gorriak y había gente de derechas que, al margen del mensaje, los escuchaba y los valoraba. Yo conozco a algunos.

—Una cosa es no compartir el mensaje, pero no me imagino a nadie del PP escuchando a Negu Gorriak.

—Pues los hubo, se lo aseguro. Volviendo al disco, en algunos casos se ha criticado “Resituación” diciendo que era un disco hecho con prisas y que quedó, en lo musical, a medio hacer. ¿Es así o se trata de un álbum muy meditado?

—No, que va. Fue muy pensado. De hecho, creo que es un disco más completo que La zona sucia y El manifiesto desastre. Yo también he leído cosas así, pero no lo entiendo, la verdad.

—A lo mejor es por ese tono ligero y alegre de los temas.

—No sé, depende lo que entiendas por ligero. Antes hablabas del tono rumbero de La vida manca, pero bueno es una canción que relaciono con otro tipo de canciones mías, esas canciones río que van contando una historia y se van retorciendo a medida que la historia sucede. Pero quizá si haces la canción con otro tipo de tonalidades, más solemnes o más lúgubres, puede dar la sensación de que este más elaborada. Yo cuando hago canciones muchas veces estas remiten a otras. Por ejemplo en El manifiesto desastre hice Un desastre manifiesto, una canción que cuando la hacía me gustaba mucho y quería que fuese lo que fue “Polvorado” en este disco, una canción en plan himno, muy coral, para cantar de manera colectiva. Sin embargo, no me salió y surgió un tema muy oscuro. Las canciones te llevan a un sitio, pero no es cuestión de que estén más o menos elaborado.

—También se han discutido algunos versos. ¿Usted cambiaría alguno a día de hoy?

—[se queda pensando] No sé…

—Me refiero, obviamente, a los dirigidos a los policías cuando habla de ellos como torturadores.

—No, esos no.

—¿Y algún otro, ya que estamos?

—En directo siempre cambio cosas. Estaba pensado si lo estaba haciendo con canciones nuevas y no, por ahora, no lo hago. Pero, con el tiempo, aparecen versos que no te hacen sentir cómodo y los cambio. De esos versos con referencias a la policía me han caído algunas críticas , diciendo que se trata de un topicazo y tal. No sé muy bien lo que entiende la gente cuando dice que torturar a una persona es un topicazo. No sé si es porque es una realidad exagerada o algo que salga en muchas canciones. Tampoco lo entiendo. No hay más que ver en el telediario lo que pasa todas las semanas para ver que es algo que sucede. Yo hablo de la realidad y esta está plasmada tal cual. Luego, viene mi posicionamiento político que es un antagonismo radical contra la policía, pero nada más. Este disco habla de gente y esa gente tiene unos organismos institucionales que, en vez de defender a la gente, están en contra de ella. La sacan de sus casas y las apalizan porque están al servicio de los poderes financieros y económicos. Eso tiene que estar reflejado en las canciones.

—Quizá las quejas por los topicazos vengan precisamente porque se entiende. Volvemos al indie y al gusto por un lanzar mensajes más enrevesados o indirectos. ¿Tenía intención de hacerse entender de manera clara?

—No me lo plantee en plan premisa. Pero sí me di cuenta que tenía una necesidad de descodificar el mensaje y de pulir las letras, dejándolas en la esencia y huyendo de los mensajes crípticos. Para hablar de ciertas cosas hay que desnudar las letras y huir de ciertas metáforas que pueden ser un poco tramposas.

—Le voy a hacer un comentario que escucho muchas veces entre fans suyos: “Desde que Nacho Vegas no está metido en la heroína sus canciones no tienen la calidad de antes”. ¿Qué piensa?

—Que es una estupidez como un piano.

—¿Piensa que hay mucha gente que mitifica esa etapa más explícita en esos temas?

—Lo comparo con lo que yo las veía antes con Antonio Luque de Sr. Chinarro. Con sus últimos discos, que a mí me parecen buenísimos, hay muchos fans que dicen “Que vuelva el Luque de antes, que este no nos gusta”. Y no sé, quizá hay gente que quiere que hagas el mismo disco una y otra vez, pero es imposible porque a tu alrededor las cosas cambian, cambias tú y hacer canciones significa reapender a ver las cosas. De hecho, el título de Resituación hace referencia a eso. Ahora, en la gira, estoy poniendo en común las canciones nuevas con otras de discos antiguos. Creo que funcionan bien, pero desde luego no voy a hacer un disco como Cajas de música ahora. Lo siento la necesidad, no es el momento y no tendría ningún sentido.

—¿No hay algo perverso en los fans en ese querer que su artista lo pase mal o viva situaciones límite?

—Supongo que el patetismo del personaje les dará morbo a alguna gente, pero no es algo muy sólido. Pero lo cierto es que algunas de aquellas canciones, que ya no toco, hoy las veo naíf. Ahora canto de cosas mucho más duras. Ya me ocurría lo mismo en La zona sucia, que es uno de los discos más duros que hice a nivel de letras.

—Hablaba antes de la postura política de mirar a otro lado. Mucha gente habla, en ese sentido, de los posicionamientos por omisión de aquellos artistas que, al no explicitar su postura política, realmente están tomando otra. Se le suele acusar de ello, por ejemplo, a los grupos que solo hacen canciones de amor. ¿Cómo lo ve usted?

—No, un grupo puede hacer solamente canciones de amor y ser político. Hay algo ineludible: el compromiso con tu trabajo. Cuando tu haces música, tocas una parte muy popular de la cultura y estás llevando cosa a la gente. Hay que ser consciente que, pese a estar un poco dentro del mercado, la cultura tienen que funcionar en horizontal y hay que tener un compromiso con el mundo en el que vives y a donde quieres llevar tu música. Un grupo que solo habla del amor y no toca otro tipo de realidades puede tener un compromiso a otro nivel. Si un grupo saca canciones de amor, graba discos para una multinacional y es una especie de producto para conseguir dinero a corto plazo, se está posicionando políticamente. Ese no me interesa para nada, no tiene nada que ver con a lo que yo me dedico. Yo no lo exijo a los grupos que su música hable de política, pero sí que tenga un compromiso con su trabajo y con el mundo que le ha tocado vivir. Creo que cualquiera que se dedica a esto lo sabe.

—Hay quien afirma que, por ejemplo, un grupo como La Buena Vida es “de derechas”. A mí, personalmente, me cuesta entrar en ese tipo de pensamiento tan esquemático y polarizado y sacar conclusiones como esas.

—Ya. Toda la música dice mucho sobre el momento en el que fue creada. Y no es que La Buena Vida fuera un grupo de derechas, ni que ellos sean gente de derechas. Pero sí que La Buena Vida, Le Mans y todos esos grupos de Donosti son una gente de una clase social determinada, viviendo en una ciudad determinada. Eso se nota mucho. Hablan de lo lo que conocen. Antes te comentaba el ejemplo de Fangoria. Yo no los considero gente de derechas, pero sí que cuando dicen “yo no quiero dramas en mi vida” están hablando a una gente determinada y de un nivel socioeconómico, gente que no quiere mezclarse con temas problemáticos, ni tener dramas en su vida. Yo no quiero eso, no quiero hablarle solo a una gente de una determinada clase social. Y, aún así, eso es un dilema para mí. Por ejemplo, voy a hacer un concierto a Barcelona la semana pasada y la gente no puede gastar 25 euros para verme. En ese momento te preguntas ¿estoy haciendo música solo para gente que puede pagar 25 euros por una entrada? Luego lo intento compensar haciendo conciertos más baratos en centros sociales, pero me hago esas preguntas. Yo creo que se pueden leer todos los discos en clave política y los de La Buena Vida también, en ese sentido.

—Eso del precio de las entradas es interesante. Puede uno terminar como Bruce Springsteen, haciendo himnos de la clase trabajadora y cobrando 86 euros por un concierto.

—Es algo muy difícil de equilibrar. Ahora mismo a mí me preocupa mucho en esta gira. Esta parte la quiero hacer con toda la banda y todo el equipo y cuesta mucho. En Bilbao, por ejemplo, pusimos una entrada barata pero fue un desastre económico. En Madrid lo hicimos más caro, pero luego hicimos otros en el patio maravillas para compensar.

—Habla de que se dirige a un público. ¿Pretende remover sus pensamientos y sus ideas sobre el mundo?

—No una finalidad. Las canciones mías recogen lo que ocurre alrededor. Siempre ha sido así. Hablo de mi vida, no solo de mis angustias y mis problemas, sino todo lo que pasa alrededor. Todo eso está ahí y la gente tiene que verlo, remover su conciencia, reflexionar. Mi música solo da testimonio del mundo en el que yo vivo. Ahora me hace mucha ilusión que viene gente muy joven hablándome de las canciones. Si a partir de ahí pueden reflexionar sobre algunas cosas, como a mí me pasaba con los discos de Billy Bragg, pues estaría guay. No es la intención.

—¿Y si alguno de esos chicos jóvenes le dice que “Runrún” es para ellos un himno?

—[risas] Pues me halagaría, pero no me lo tomaría mucho más allá. A esas cosas no hay que darles mucha importancia. Hay que distanciarse de ello, porque la canción es bidireccional: el oyente tiene que dar de sí en la música, sobre todo cuando eres muy joven. Hay que poner mucha energía propia para que una canción sea tuya.

Así de buenos eran, así de buenos son

Escrito por Javier Becerra
22 de junio de 2014 a las 10:04h

Con cosas como estas, mejor no hacerse muchas expectativas. Pero, al final, resultó sencillamente maravilloso. Como si no hubiera pasado el tiempo desde hace 22 años, Los Eskizos subieron ayer al escenario de Mardi Gras y ofrecieron un concierto memorable. Tanto como aquel con el que habían concluido su trayectoria en el Playa Club. Con Iago Alvite cubriendo el puesto del fallecido Pepe Carral (varias veces invocado a lo largo del concierto), el grupo recorrió sus dos epés, rescató temas que en su día quedaron en el tintero y se recreó en versiones de sus bandas icónicas: desde The Scientists a MC5, pasando por The Stooges o The Clash. Y en todo momento lograron hacer clic, contagiando su energía y electricidad.

Que en 2014 un grupo apele al I Wanna Be Your Dog y que esta suene con las mismas uñas y tensión que en 1992, cuando toda una generación descubría la oscuridad del rock, lo dice todo. No somos los mismos. Ninguno. Ni ellos, ni este público al que le da vergüenza pedir bises. Pero un chorro de rock como el de anoche sienta de maravilla. Quienes vieron al grupo en su día, pueden hacer comparaciones sin miedo con ese pasado idealizado. Los que saboreaban las mieles esquizas por primera vez, habrán entendido perfectamente el porqué de tanta mitificación. Mucho más allá de la nostalgia y el revoltijo de sensaciones (sí, muchos no pararon de hacer un viaje mental de ida y vuelta continuo a nuestro pasado), esta erupción musical tiene sentido por sí sola, arrasa y suena como una bomba. Afortunadamente no se va a quedar en un capítulo aislado y la banda seguirá haciendo conciertos escogidos e, incluso, puede que vuelvan al estudio a grabar nuevos temas.

Con esta actuación tan especial cerramos la segunda etapa de Los conciertos de Retroalimentación. Ha sido un honor mayúsculo contar con Pedro, Astray, Iago y Luis para ello y tener algo que ver en el kilómetro cero de su segunda vida. Gracias infinitas a los cuatro, a la sala Mardi Gras que ha dado todo tipo de facilidades durante todo el año y a esos fans que agotaron el papel en la taquilla con varias semanas de antelación. Sabemos que nadie quedó decepcionado. Nos vemos en la tercera temporada del ciclo tras el verano.

Los Eskizos sonarán esta noche otra vez después de 22 años

Escrito por Javier Becerra
21 de junio de 2014 a las 10:35h

Sí, hoy es el EL DIA. Después de 22 años Los Eskizos vuelven a subirse a un escenario, haciendo realidad el deseo de unos pocos muchos que vibraron con ellos entonces y otro tantos que se pasaron todos los años posteriores imaginando cómo habría sido aquello. Que esta actuación pueda formar parte de la historia de de Los conciertos de Retroalimentación supone todo un honor y marca un pequeño hito en la modesta trayectoria de este ciclo que cierra así su segunda temporada mirando ya a la tercera.

Ya no quedan entradas desde hace tiempo por lo que la sala Mardi Gras estará a reventar. La banda (compuesta por la formación original e Iago Alvite sustituyendo al fallecido Pepe Carral) suena como una bomba y a buen seguro que nos ofrecerá un directo para el recuerdo. Antes y después del bolo estará Dani Puntas (el que fuera bajista del grupo en la etapa mod) pinchando en Mardi Gras. Aclimatará la sala que abrirá a sus puertas las 22.30 horas.

Ojalá parte de los que estén hoy sigan con ganas y nervio suficiente para ver a los otros artistas que componen este ciclo… y no haya que esperar 22 años a que sean míticos. Este presente es lo suficientemente rico y excitante como para no perderse nada. Ya nos gustaría en 1992 tener un nivel de grupos en Galicia como al actual

El desamor de Coldplay solo provoca bostezos

Escrito por Javier Becerra
30 de mayo de 2014 a las 16:25h

Chris Martin ha querido con su nuevo trabajo crear su particular Blood On The Tracks, aquel disco con el que Bob Dylan exorcizó su divorcio en 1975. Pero le ha salido fallido. Melifluo y sin chispa, Ghost Stories se queda en las antípodas de ese álbum catártico con el que se expulsan en público los demonios de una ruptura conmocionando al oyente. Todo lo contrario. En vez de despertar la sensación de acceder a las entrañas de un persona hecha pedazos por los vaivenes del amor, se enreda en texturas cristalinas que no van a ninguna parte y termina por erigirse en el peor disco de la irregular trayectoria de Coldplay.

Inspirado en la separación con su esposa, la actriz Gwyneth Paltrow, Ghost Stories patina en todos los frentes. Primero, no tiene ni un solo tema para el recuerdo. Segundo, exhibe unas letras dignas de David Bisbal («Dime que me quieres / y si no lo haces, entonces miénteme», «No puedo superarlo, no puedo olvidarme de ti / y aun así lo llamo magia», ¿hace falta seguir?). Y tercero, y más importante, aburre hasta a las ovejas. Cuando puntualmente el grupo parece tirar de oficio, como en ese subidón a medio gas de A Sky Full Of Stars o amagando un himno que no llega nunca en True Love, no tarda ni treinta segundos en confirmar el uso de pólvora mojada. Si en la primera parte del álbum la desgana se sucede tema a tema, en la segunda llegar hasta el final se convierte en toda una prueba de resistencia.

El barniz electrónico de Magic, sencillo de adelanto y posiblemente lo menos malo de esta desgraciada colección, parecían sugerir el particular Zooropa de unos Coldplay desviando el sonido. Algo de eso hay, amplificado por las constantes guitarras ambientales a lo The Edge y su renuncia a hinchar el pecho en baladas de terciopelo. Pero lejos de un desvío formal que tampoco asume excesivos riesgos, este trabajo empuja a Coldplay de lleno al pozo del vacío más absoluto. Si el mediocre Mylo Xyloto (2011) había dado la luz de alarma tras el notable Viva la Vida or Death and All His Friends (2008), Ghost Stories certifica todos los temores: no hay por donde cogerlo.

Por aquello de la marca, quizá hubiera sido mejor que quedarse firmado solo por Chris Martin. Porque Coldplay no deja de ser el grupo de Yellow, In My Place y Viva La Vida, hitos pop a años luz de este batacazo que deja su futuro en puntos suspensivos. ¿Será la de Martin y Paltrow la única separación?

¡Pero cómo rajan los músicos de otros músicos!

Escrito por Javier Becerra
12 de mayo de 2014 a las 10:58h

Nadie raja tanto como ellos. Muchos músicos, en general, son tremendamente crueles con sus compañeros de profesión. Tanto que logran sonrojar a aquellos que profesionalmente se dedican a la crítica. El peor de los críticos musicales no llega ni a un 10% de esa capacidad de ver en negativo que brota en las trastiendas de los conciertos y locales de ensayo. Quizá sea por formar parte del tinglado y conocer a la perfección los puntos débiles, pero cada cierto tiempo uno termina asombrado de cómo las lenguas se afilan en las sombras. Si algún día esos comentarios pasasen al papel, aquí se liaba la III Guerra Mundial. Estos son algunos de los argumentos de “disparing al compañero” que más he escuchado en los últimos años.

1. “No saben tocar”. El clásico básico del músico con supuesta destreza técnica que no soporta ver cómo unos compañeros limitados trasmiten y llegan a la gente, pese a no dar una con la guitarra. Recuerdo a un grupo andaluz de gira en A Coruña allá por el 94 perdiendo el tiempo con un fanzinero insignificante como yo con el propósito de curar mi ceguera. Decían que los entonces principiantes Los Planetas eran unos tipos “que pasan más tiempo haciendo entrevistas y posando en las fotos que en el local de ensayo”. Luego resultó que se convirtieron en la banda sonora de toda una generación llevando al estrofa-estribillo-estrofa todos sus sentimientos… pero ¿qué más daba eso? Por supuesto, miles de personas no le hicieron ni el más mínimo caso. Ni a esos roqueros ni a otros que andaban con el cuchillo en los dientes. Al final, terminaron llegando a algo parecido al saber tocar. Muchos de los que sí sabían, nunca lograron trasmitir nada.

2. “Son unos pijos”. Lo de la lucha de clases se estila mucho en el mundo musical. El resentimiento campa a sus anchas. Al parecer, el origen familiar acomodado de un músico marca en sentido negativo la capacidad de crear o interpretar buenas canciones. Hace años los grupos surgidos en esos estratos sociales lucían instrumentos inencontrables en España, comprados en sus visitas al extranjero. Y molestaba, vaya si molestaba. Además, estaban los pasados de colegios privados y ambientes acicalados, supuestamente poco roqueros. Combinar los clubes de vela con los locales de ensayo, como que no. Luego resulta que un tipo como Lou Reed encajaba en todo lo antedicho… y a ¿ver cómo dice uno que no era lo suficientemente auténtico?

3. “Su padre es no sé quien”. Siempre existe en los otros grupos un padre con contactos e influencias que hace que el grupo de su hijo triunfe y toque en directo decenas de veces. Chanchullos con el Ayuntamiento de turno y amistades con la sala más potente de la ciudad justifican los florencientes éxitos. Brotan en las narices del otro músico que no logra salir del garito. El problema se produce cuando el hijo de también triunfa en la provincia de al lado. Y después, en la comunidad autónoma vecina. Y, al final, resulta que arrasa a 1000 kilómetros de su ciudad natal, haciendo tímidas incursiones en el extranjero. O el papá es Obama o al final va a ser que lo que hace el chico le gusta a la gente de verdad. Aunque fastidie.

4. “No tienen canciones”. Tanto da que el grupo haga free-jazz o post-rock, siempre aparecerá un compañero de gremio que mostrará el modelo de canción pop clásica como única medida posible de la calidad. Ahí radica lo más importante de todo, el santo grial. Para él o alumbras temas como Ticket To Ride de The Beatles, Wouldn’t It Be Nice de Beach Boys o Starman de David Bowie o no vales nada. Eso sí, si el grupo pretende aplicar en lo suyo un 1% del desafío innovador y artístico que en su día supusieron Tomorrow Never Knows, Good Vibrations o Heroes la cantinela de “no tienen canciones” no tardará en aparecer. Desgraciadamente, el que sitúa el listón del nivel así para los demás tampoco suele tener temas equiparables a esos mitos. Así que…

5. “Solo son imagen”. Ocurre en todos los ámbitos: la chica guapa y que viste bien es, por definición, tonta para quien se siente feo y carece por completo del sentido de la estética. En la música todo ello se engloba en la llamada imagen. Cuando se produce una de esas raras conjunciones astrales y aparece un grupo de esos que produce vértigo en una fotografía o un videoclip… pasan exactamente cinco segundos para que otro músico, alérgico a lo que se entiende por gusto, salte con su reproche: tras la imagen no hay nada y el público y los críticos, que no tienen ni idea, dan demasiado valor a eso. Había que ver qué sería de The Beatles, David Bowie, Sex Pistols o Pj Harvey sin su imagen, pero qué más da.

6. “No aportan nada nuevo”. Aquí entra en juego la facción (falsamente) innovadora, muy típica de lo indie. Llegan unos tipos y se ponen a hacer temas en plan Stones del 71 y se le tacha de rancios, retrógrados, acabados y copiones. Sin embargo, si otro se inspira en The Cure y le mete un poco de “ruido blanco” por encima no se dice nada de nada. Y si aparece un tercero y le clava un ritmo motorik a lo que sea, se le llamará experimental. Al final, ninguno de los tres aporta nada nuevo en lo formal, aspecto en el que las posibilidades están ya muy limitadas. Pueden hacerlo en lo material, pero no dependerá tanto de qué sonido elijan como punto de partida, sino de lo que tengan que decir y transmitir dentro de él. Pero, ays, esas son cosas de críticos.

7. “Son unos flipados que creen que están en Londres”. En un extraño complejo de inferioridad que atenaza al músico patrio, la pose “cool” se acepta sin problemas con el guiri pero rara vez con el vecino. Si aquí alguien se le ocurre plantarse en escena a lo Brett Anderson, Jack White o Lady Gaga no tardarán en aparecer las risotadas, los desprecios y las tachas. Similares a las del apartado “Solo con imagen”, presentan alguna ligera variación en la vía de lo cruel. El tipo que quiera ir más allá de mirar a su instrumento y mostrar algo de actitud aquí la lleva clara. Será víctima del sarcasmo, la burla y la proyección de las taras ajenas. Ánimo.

8. “Tienen amigos en la prensa”.
Entramos en terreno resbaladizo. Para algunos, un grupo JAMÁS sale por méritos propios en una publicación especializada o generalista. Siempre hay un amigo dentro que les abre el camino hacia un negro sobre blanco que glosa sus excelencias… y que tanto irrita a los que no salen (que, por lo general, dicen que la crítica “no sirve para nada” y que “escribir sobre música es absurdo”). En ese aspecto llama la atención de manera especial un toque particularmente machista. Si en el grupo hay una mujer y el que redacta es un hombre, entonces no tardarán en surgir malévolos comentarios que apuntan a algún tipo “rollete” entre la susodicha y el susodicho. Relaciones que, por supuesto, todo el mundo quiere adoptar como ciertas y que nadie se atreverá a poner en duda. Eso sí, aquí somos todos muy de izquierdas lo que nos lleva a…

9. “Son de derechas”. Un dogma plenamente asentado entre la comunidad roquera dice que un tipo que hace rock tiene que ser de izquierdas. Si, así, por definición. Pero la realidad es que, entre millones de votantes que tiene el PP, también se cuela de cuando en cuando alguien que le da a la guitarra eléctrica. Algunos lo lucen con orgullo, pero la mayoría lo guardan en la intimidad en ese ambiente hostil. Sin embargo, con la doctrina de los posicionamientos ideológicos “por omisión” no hay manera de apartar la ideología. Según esta, si uno no es clara y explícticamente de izquierdas, se convierte en alguien de derechas. Sí, sin pestañear. Así se llega a soluciones tan chuscas como que si una banda hace muchas canciones de amor está, por ejemplo, a favor de la la nueva Ley del Aborto de Gallardón.¡Ole! Sea como sea, al tipo de derechas se le ve aquí como un intruso y esa tendencia lo anula como músico casi tanto como el no saber tocar, el ser pijo o tener buena imagen. Con él no se va a hacer la excepción hecha con Johnny Ramone.

10. A completar por el lector. Seguro que usted conoce alguna otra variedad de raje…