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Víctor Lenore: «A Bisbal nunca le darán el Príncipe de Asturias, pero a Bob Dylan sí»

Escrito por Javier Becerra
31 de octubre de 2014 a las 4:33h

La publicación de Indies, hipsters y gafapastas, crónica de una dominación cultural ha producido un pequeño terremoto en cierto ambiente musical español. En él el periodista Víctor Lenore, todo un renegado de la causa indie que fue coordinador de Spiral o firma destacada de Rockdelux, expone su punto de vista sobre lo que considera la imposición de una hegemonía cultural por parte de un grupo que responde a los valores del clasismo, el capitalismo y hasta el racismo. En esta entrevista el autor explica algunas de las claves de un ensayo escrito en tono confesional que sigue levantando ampollas.

-¿Por qué este libro?

-Aunque parezca mentira, yo no estaba muy convencido de escribirlo. Pero algunos amigos que tengo a mi alrededor, de la revista Ladinamo en donde escribí en los dosmil, me convencieron. Personalmente, me impactaron un par de libros muy interesantes de Chavs Owen Jones sobre el clasismo en Inglaterra y sobre el ciberfetichismo. La gente los leía y, en vez de ver cómo todos caemos en esas cosas del clasismo y el excesivo optimismo por la tecnología, no asumía su crítica. Es decir, cogía esos libros como un símbolo de distinción en plan: «Mira que libros más molones leo». Mi idea inicial era escribir un panfleto muy corto que sirviera como herramienta o lubricante para el debate y para hablar de ciertos prejuicios que he visto a mi alrededor en los 20 años que llevo siendo periodista musical.

-Al estar escrito en primera persona y con ese tono, a veces parece que estemos ante una crisis personal convertida en un ensayo. ¿Es así?

-Eso me lo dice mucha gente [risas]. J de Los Planetas me llamó para decirme si había sufrido algún trauma o había cambiado de droga. Y no, no es eso. A lo mejor estoy equivocado, pero yo creo que es un proceso de aprender a ver las cosas desde un enfoque colectivo en vez de un enfoque individualista, que es el que había tenido hasta hace poco. Para mí fue muy importante la revista Ladinamo, porque en vez de estar rodeado de periodistas musicales que tenían un enfoque muy parecido al mío y un ambiente muy endogámico y homogéneo, empecé a hacer una revista con gente que venía de la militancia social. Era gente de Filosofía, Sociología o Políticas, de familias de izquierdas, que me hicieron ver la cantidad de prejuicios que existen en lo que llamamos prensa cultural moderna. Yo los intuía, pero no había sido capaz de articularlos.

-¿No estaremos también ante alguien que se ha aburrido de la música después de haberle dado muchas vueltas?

-Totalmente. La música que recomienda Pitchfork, Rockdelux, Mojo, Uncut o NME me hace sentir ya no aburrido, sino aburridísimo. Creo que ahí hay pocas cosas interesantes. Pero eso no significa que me haya aburrido de la música. Ahora me interesan otras cosas, desde los cantautores latinoamericanos clásicos hasta el techno, el house, el kuduru y un montón de cosas. Para mí se ha abierto un mundo nuevo y la sensación que me da es que la prensa musical moderna cubre solo una parte muy estrecha del espectro musical.

-¿Lo he entendido yo mal o lo que plantea en su libro es que la música tiene que ser política o, si no, no tiene validez?

-Lo has entendido bien, pero hay un pequeño desajuste que muchas críticas apuntan. Yo creo que toda música es política. En en libro digo que toda la música expresa una posición política. Puede ser de desafección, de desinterés, de cinismo,… de un montón de cosas. Por ejemplo, el indie y la Movida creo que coinciden en unas posiciones bastante parecidas: el individualismo, la anglofilia y el elitismo. Para mí, coinciden bastante con la postura cultural del PP y el PSOE. Nacho Vegas en la presentación del libro dice que cuando se metió en el indie pensó que era una abreviatura de independencia y, al final, resultó ser de individualismo. Yo pienso que los valores del capitalismo, el indie y la Movida son totalmente coincidentes. Eso se puede ver en que son subculturas que nunca han tenido un conflicto político con el sistema. Los iconos publicitarios tiran de esa música, como Vans o Estrella Damn. Toda música tienen una posición política. En arte se describía ya hace tiempo eso como la torre de marfil. Es decir: «Somos una gente supersensible y supercultivada que estamos en una torre de marfil y no nos afectan los problemas políticos que nos rodean». Yo no me identifico para nada con esa posición. Por eso he perdido el interés. Le ha pasado a más gente. Le ha pasado a Nacho Vegas; le ha pasado a Javier Gallego, que tenía un programa cultureta y ahora Carne Cruda es político; le ha pasado a Jordi Evole que antes hacía un programa de entretenimiento y ahora ha tomado una posición política. Creo que es algo bastante generacional.

-¿Un grupo que hace solo canciones sentimentales y de amor ha de ser necesariamente de derechas? A La Buena Vida o Le Mans, que hablaban de su tranquila vida diaria, se les relaciona con ello. ¿Cómo lo explica?

-Bueno, a mí me encantan las canciones de amor de La Buena Vida y las de Camela. Creo que el amor es algo muy importante, porque es una forma de relación con los demás y de compromiso. La mayoría de las canciones hipster creo que tiran de una visión irónica del amor, no de un compromiso emocional. El campo amoroso es otro campo de batalla político en el que hay posiciones con las que identifico. Por ejemplo, Qué nos va a pasar de La Buena Vida es una especie de reflejo de la incertidumbre de que no nos queremos comprometer nadie con nadie. La chica que canta la canción sufre por no saber a dónde va su relación. Camela, aunque seguramente sea algo conservador, practican una defensa de la pareja. En un mundo en el que todo cambia tener un compromiso fuerte con alguien me parece una postura valiosa, casi de izquierdas. Lo que yo veo derechista en Le Mans y en Family, que también escriben canciones de amor, es ese desprecio por llegar al gran público. El sonido de lata de Un soplo en el corazón o estos discos que hace Ibón Errazkin, que coge una cosa de música marroquí, algo de CBGB y otra del último artista que le haya gustado de la revista Wire. Esos trabajos de Ibón parece que están demostrando lo guay que es su colección de discos. Eso me parece una forma de elitismo. Y Le Mans también: son discos que se los ponen a alguien en casa y te echan para atrás. Eso me parece elitismo y snobismo.

-Otro ejemplo. En su día se situaba Garzón como grupo de izquierdas, por sus letras y su posicionamiento, y Lori Meyers un grupo de derechas, por ser retro y copiar a Los Brincos. ¿No es una idea excesivamente simple?

-Bueno, si Garzón o Grande Marlaska eran de izquierdas lo eran porque no tenían alergia a tocar en un centro social, porque las canciones eran copyleft y optaban porque circulasen intentando nuevas fórmulas que no fuera excluyentes. A mí los Lori Meyers me parecen un grupo muy poco interesante, con unas letras un poco previsibles. Los veo como un grupo antiguo más que de derechas. Otro de los errores que veo en las críticas que se están haciendo a mi libro es que yo supuestamente creo que la música debe de cambiar las cosas o algo así. Y no, no creo que el papel de la música sea muy importante en los conflictos políticos. Pero sí que creo que es un indicio o un reflejo de nuestras posiciones políticas.

-Me apetece escuchar un tema de Kylie Minogue. Antes de pulsar el play hay que hacerse preguntas. ¿Esto es progresista? ¿Es de derechas? ¿Es pro capitalismo? ¿Es sexista?… Usted que parece que se hace todas estas preguntas. ¿No le parece algo asfixiante acercarse a la música así?

-Si, totalmente. Le asfixiaba hasta a Bertolt Brecht, que tenía una frase que decía «en qué tipo de mundo vivimos que hacer un poema sobre las flores es algo parecido a un crimen», porque el escapismo y el no mirar a las cosas malas de la sociedad también asfixia. Respecto a lo que citas de Kylie Minogue, decirte que ella viene de la escena disco y ahí tengo clarísimo que fue un movimiento hiperpolítico. Fue un movimiento de integración para muchos gais y negros, convirtiéndose en una espacio de libertad, de expresarse libremente y de empatía. Tampoco hay que dejarse engañar por las apariencias: el disco ha sido una de las cosas más políticas que le ha pasado a la música. Uno de los problemas de la prensa moderna es que estamos todo el rato fijándonos en el producto, el disco, y no en el tipo de relaciones que genera ese disco. Por ejemplo, si tú miras el Rock Radical Vasco había unos espacios de socialización que eran la casa okupada, la radio libre y tu grupo de insumisión. Si miras el indie o la Movida los espacios de socialización eran la tienda de discos de moda, como Delsur o la que fuera en la Movida; el club de moda, como el Nasti o Rockola; o el programa exquisito, como Mapa Sonoro o La Edad de Oro. Los espacios de socialialización del Rock Radical Vasco estaban fuera de los espacios de mercado y los del indie y la movida son todos espacios mercantiles. La crítica se tiene que fijar en eso. Dejar de mirar menos los productos y ver el tipo de relaciones sociales que genera.

-¿Está en contra de convertir la cultura en una industria? ¿Tiene que girar todo sobre la idea de centros autogestionados con estructura horizontal o admite que pueda haber un club que o festival como el FIB o el Primavera Sound que genere dinero?

-Yo no estoy, en general, en contra de la industria ni del mercado. Pero el mercado hay que usarlo cuando funcione y desecharlo cuando no. Citas Benicassim. Yo he estado en el FIB y he estado también en el Rototom, el festival de música jamaicana que se hace en el mismo recinto. Las dos son industrias, las dos ganan dinero, pero el Rototom tiene una empatía con los oyentes y la realidad social que no tiene Benicassim. Cuando tú entras al recinto del Rototom te das cuenta de que es muchísimo más grande que el de FIB. ¿Por qué es más grande? Pues porque no tiene zona VIP, que en el FIB es solo para el disfrute de una gente determinada. Luego, las entradas son mucho más baratas. Tienen un día especial en el que los parados de Castellón entran por 5 euros. Tienen un terrario con columpios para que jueguen niños y entradas reducidas para los ancianos. No venden Cocacola porque están contra las prácticas anti sindicales de Coca-Cola. Se nota que la directiva del Rototom se ha tomado en serio los problemas sociales que hay y ha intentado contribuir lo menos posible a las malas dinámicas y fomentar las buenas. Yo cuando veo en ese mismo espacio la diferencia de enfoque veo simbolizados, de una manera muy clara, los valores del indie. Y los deja muy a la derecha. Se trata de una industria muy insensible y muy reaccionaria.

-En 1995 los vecinos de Benicassim estaban en armas hacia lo que les venía encima con el FIB. Ahora se celebran como una de las grandes fortalezas económicas de la zona. ¿Se ha convertido el indie, en ese sentido, en el gran negocio turístico?

-Sí, es similar a los museos de arte contemporáneo. De repente, se impuso la idea de que todas las capitales de provincia tenían que tener un museo de arte contemporáneo, una réplica del Guggenheim para que así, en vez de estar un día en la ciudad, se quedasen dos. Son prácticas de la industria turística que las reproduce muy bien Benicassim. Si miras el mapa de festivales indie-hispers-modernos es la ruta del turismo internacional. Barcelona, el BBK y toda la costa de Levante. Se les acabó la costa para poner ladrillo y, como necesitaban seguir creando valor y negocio, optaron por la cultura juvenil. Son festivales empapelados con publicidad de grandes corporaciones. Desde que entras al Primavera Sound hasta que llegas al primer escenario seguro que te cruzas con cinco o seis anuncios.

-Habla en el libro de la necesidad de que la música hable a la colectividad, al nosotros, y no al yo. Eso, tomado así como un dogma, invalida casi el 90% de la historia del rock. ¿Lo ha pensado?

-Ummm, no sé si la invalida. A mí me gusta el rock n’ roll. Me parece una música que inventaron los negros en los guettos y sirvió para descongelar las relaciones sexuales. Había mucha represión y mucho puritanismo y el rock sirvió para incitar a la gente joven a soltarse y tener más sexo. Aunque las canciones fueran en primera persona, creo que tuvieron un efecto social positivo. Otra cosa es lo que me parezcan a partir de los noventa. Si coges el disco emblemático del indie, el primero de los Stone Roses, escuchas una canción como I Wanna Be Adored y me pregunto: ¿se puede hacer una letra más narcisista e individualista que esta? Me puede pasar lo mismo con I’ll Be Your Mirror de The Velvet Underground, que es un postura muy de la Velvet: somos el grupito de elegidos, super bohemios que estamos en el círculo de Andy Warhol y miramos, totalmente colocados y displicentes, todos los problemas que tiene Nueva York. Yo creo que el indie y el hispterismo son movimientos muy asociales y muy individualistas. Me han gustado muchísimo, pero ahora me causan rechazo.

-Bueno, en el caso de los Stone Roses, al tiempo que tenían «I Wanna Be Adored», tenían «Elizabeth My Dear» o «Made Of Stone», canciones con una lectura política muy obvia.

-Sí, pero Elisabeth My Dear es como dos minutos del disco, un tema hecho del tirón sobre una melodía de Simon & Gartfunkel, algo muy poco central. Las canciones centrales son las narcisistas, como también lo es I’m The Resurrection. De hecho, tal y como cuento en el libro, muchas de las metáforas sexuales de Stone Roses no son sexuales, es como si no se atreviesen a hablar del sexo como tal. Son todo cuerpos angelicales y puros, muy poco explícitas. Eso refleja ese punto del indie de sentirse especial, por encima de la masa y considerar una vulgaridad hablar del sexo directamente. Eso no ocurría en el rock n’ roll, en el reggae. Me parece una cosa un poco pija, de clase media.

-Según su punto de vista, el Bob Dylan post-«Blonde on Blonde» también tendríamos que cargárnoslo, ¿no?

-No, a mí me encanta Blonde on Blonde.

-Pues ese punto de vista de que hay que dirigirse a la colectividad y fomentar las relaciones con la gente podría haberlo en el primer Dylan. Pero, por ejemplo, un disco como «Blood on the Tracks» no deja de ser un tipo lamentándose de algo tan individual como la deriva de su matrimonio.

-Hay formas y formas de hablar de la crisis de tu matrimonio. Billy Bragg ha escrito sobre la separación de un modo muy empático con la mujer, muy humildes y muy autocuestionadoras. También Nacho Vegas, en cierto modo. El disco Blood On The Tracks tiene una intensidad tremenda. Segundo Premio de Los Planetas, también. Pero en muchos creadores hipsters o modernos lo que veo es muy poca empatía con las mujeres. Muy empáticos con lo que ellos sufren, como si su sufrimiento se agrandase y el de los demás se amortiguase. Los discos de divorcio son muy típicos porque a los hombres nos gusta tener la última palabra: yo soy famoso, mi mujer me ha dejado y voy a hacer un discazo contando mi versión y me quedo satisfecho. Eso lo veo como una estrategia un poco tramposa. Pero bueno, seguro que me pongo Blood On The Tracks y no me aburro en ningún momento. Pero creo que hay que tener en cuenta otras cosas. Tampoco tengo en la cabeza las letras de Blood On The Tracks.

-Bueno, yo hace tiempo que no lo escucho pero «You’re a Big Girl Now» creo que es una canción que habla de lo contrario a lo que usted dice: de cómo la mujer es mejor ahora sola que contigo.

-Seguro, la hizo Thalia Zedek. De todos modos Dylan ha hecho algunos comentarios un poco misóginos últimamente. Decía que Christina Aguilera y todas estas divas pop parecía que estaban en un desfile de zorras. Creo que con la edad se ha ido brutalmente a la derecha, como toda esa generación. Leonard Cohen es otro caso. Lo de meterse en un monasterio zen, como diciendo que los problemas colectivos no importan y solo importa la mejora personal y cultivar el ego. Muchos de estos artistas protestaron cuando fue la guerra de Vietnam, pero cuando fue la Guerra de Irak el único de los grandes que hizo un disco sobre ello fue Neil Young. Yo creo que esa generación que esta todo el día en la portada del Mojo y el Uncut han ido a valores bastante conservadores. Sus carreras han tenido mucho valor artístico, han tenido algunas canciones de empatía con las mujeres y empatía social, pero poco a poco se ha ido desdibujando.

-Con estos ejemplos, a lo que pretendía llegar es al hecho de que en el libro atribuye todos estos males a la cultura hispter, cuando en realidad se trata de la historia misma del rock. El individualismo, las ambiciones exageradas, los egos superlativos… Eso que cuenta usted de The Stones Roses ya ocurría en los Who o los Rolling Stones. Al margen de que sea positivo o negativo, es algo que no han inventado Los Planetas o The Stone Roses. También pienso que algunas de las actitudes de las que habla, como la misoginia o el racismo, son problemas sociales que esa cultura hispter reproduce al formar parte de la sociedad, no algo específico de ese grupo.

-Sí, estoy totalmente de acuerdo. Lo que pasa es que las subculturas intentaron combatir eso en muchas ocasiones. Hay que ver el salto. El último gran grupo británico antes de The Stone Roses seguramente fue The Clash. Su posición social y emocional para mí era mucho más avanzada que la de The Stone Roses. Por eso lo considero un paso atrás. Yo hablo de hispters, indies, culturetas y gafapastas porque es un ambiente en el que he vivido mucho tiempo y en el que puedo aportar algo. En Estados Unidos, ocurre lo mismo. El gran grupo antes de Nirvana podrían ser Dead Kenedys o Fugazi. Esos grupos tenían a Reagan delante y lo dieron todo. Fugazi eran muy sociales, con una sensibilidad muy grande con los desfavorecidos y criticaban el imperialismo en América Latina. De eso hemos pasado a grupos mucho más narcicistas, más metidos en sí mismos y más preocupados de molar. El rock n’ roll es todo lo que tú dices: algo reaccionario, que solo tuvo el valor de liberarse de un contexto de represión sexual. Es un género machista e hiperconsumista.

-Habla del racismo y pone, como ejemplo, las críticas que recibió el hecho de que la organización de Benicassim optase por incluir a Julieta Venegas. ¿No cree que ese rechazo fue más motivado porque el público la identifique con una artista de 40 Principales más que con «esa sudamericana nos viene a corromper la pureza de nuestro festival»? Si llevasen a M-Clan como un grupo de americana generaría el mismo rechazo.

-Buff, esa lectura la he visto y la he escuchado de primera mano. Prefiero no dar nombres. Por ejemplo, ver en Twitter como un crítico musical muy famoso de Barcelona le pregunten si baja a jugar al fútbol y él diga: «No puedo, que vienen los panchitos a ponerme los muebles a casa y no puedo salir». Veo cosas muy racistas en eso. A todos los artistas que citaban cuando fue lo de Julieta Venegas era ¿qué va a ser los próximo Ricky Martin? ¿David Bisbal? Lo mismo tiene que ver más con anglofilia que con el racismo, pero eso es otra forma de racismo: el creer que todo lo que viene de Londres y Nueva York es genial y lo que viene de Caracas o Marruecos es horrible es una forma de racismo cultural. Quizá me haya pasado de frenada con los términos, pero es que lo sigo pensando: el racismo cultural es una forma de racismo, igual que los micromachismos es una forma de machismo, aunque sean menos invasivos.

-Dice que la última etapa de Wilco se parece a The Eagles. Por tanto, a nivel de estética sonora se podría asemejar a Los Secretos, ¿no?

-Claro, pero Los Secretos eran también muy anglófilos, con su rollo Tom Petty.

-Si metes a Los Secretos en Benicassim seguramente se generen las mismas reacciones que con Julieta Venegas. Se diría ¿qué será lo próximo? ¿Joaquín Sabina?

-Sí, aunque Los Ilegales no tuvieron esa respuesta, aunque igual no se les asocie a la radiofórmula. Si queremos llegar a un terreno común podemos decir que es una mezcla. Que puede haber algún prejuicio racial y que puede haber algún prejuicio por ser la música de los 40 Principales. Pero eso último nos lleva a una cosa muy central del hispterismo que es ese pánico de pertenecer a algo masivo: «Oh, Los Secretos no, pero si me poner a Wilco que salen a la portada del Babelia, sí».

-Lo cual es bastante contradictorio, porque Los Secretos al final tocan en teatros para 1.000 personas y estos grupos solo tocan en festivales a los que van 50.000.

-Bueno, ahora esta la moda de tocar en el Liceo o el Teatro Real.

-Yo vivo en una ciudad pequeña y, a lo mejor, tengo una perspectiva diferente, pero cuando hablo de cultura dominante pienso en David Bisbal, no en Los Planetas, que es en lo que sugiere usted.

-Eso es otra confusión que se ha generado. Cuando yo hablo de hegemonía hablo de una mezcla de ventas y prestigio. J, por ejemplo, me decía ¿si el hisperismo es una cultura dominante por qué Malú toca en el Sant Jordi y Morrissey toca en el Sant Jordi II el mismo día? Ella llenó y Morrissey no. ¿Dónde esta la cultura dominante? Lo que decía él es cierto, pero no creo nunca que la autobiografía de Malú la vayan a sacar en Penguin Classics como la de Morrissey. Cuando yo hablo de hegemonía y dominación hablo de la combinación muy especial de ventas digamos saludables y máximo prestigio cultural. Malú nunca sería portada de Babelia. Morrissey lo podría ser perfectamente. A Malú, a Manolo Escobar o David Bisbal nunca le van a dar el Príncipe de Asturias, pero a Bob Dylan sí aunque él toque en la Riviera y Bisbal en el Palacio de los Deportes. Entonces, no me fijo solo en ventas, sino en el prestigio cultural que tengas, el tiempo que vayan a durar tus discos y la importancia con la que se va a tratar.

-Es muy difícil encontrase con una entrevista musical seria a Malú o David Bisbal, que al final terminan en el terreno del corazón porque los periodistas musicales especializados no quieren hacer nada con ellos ni sus jefes darle cabida en sus páginas. De todos modos, de un tiempo hacia esta parte, existe una cierta autocrítica en la profesión. ¿Usted lo nota?

-Totalmente. Es lo que me ha pasado a mí, lo que le ha pasado a Nando Cruz, a la web Nativa de Barcelona, que tiene artículos muy interesantes en ese sentido, o mismo Ladinamo que fue muy crítica con esa postura del crítico cultural como un sacerdote que te dice lo que es bueno y lo que no. Luego es que ni siquiera haces tú ese trabajo, porque es algo que hace Mojo o Pitchfork y tú eres una especie de delegación. Yo en Público, por ejemplo, proponía sacar a M.I.A. y me decían que muy bien. Pero un día propuse a Marc Anthony y el director me decía que era una horterada. Yo le decía: «Pues será una horterada pero es el mejor cantante de salsa vivo que hay en el mundo y va a llenar el Palacio de los Deportes, no sé que más hace falta». A final salió, pero hubo que pelearlo.

-Cargó especialmente las tintas contra Acuarela en alguna entrevista, el sello que usted fundó. Curiosamente fue uno de los pocos sellos indies que acogió a grupos con intenciones políticas. Por ejemplo, Mus con «El Naval» ponían sobre la mesa la lucha de clases, Lisabö también admitían una lectura política de su obra, Diariu, igualmente. ¿No es contradictorio atacar a quien hizo algo en ese sentido?

-Hay que tener mucho cuidado con lo que es político o no. Que un artista se considere a si mismo político no creo que lo convierta en un artista político. Esto lo dice muy bien la crítica de cine que entrevisto en el libro Ana Useros. Señala que muchos artistas tiran de la política para ganar relevancia social. Ahora mismo, con el 15-M, todo el arte es político y ella pone el ejemplo de que hasta Ocho apellidos vascos se vende no como una comedia, sino que las tensiones de los problemas que hay en el País Vasco se pueden resolver con humor. Lo político es una medalla que se cuelga mucha gente aquí. Para que un arte se considere político tiene que ponerlo en valor en algún tipo de movimiento social o crear algún conflicto político. Te pongo un ejemplo personal. Yo era muy fan de los Manic Street Preachers, un grupo que se vende como político pero que jamás ha tenido un conflicto con ninguna autoridad del mundo y ningún movimiento social lo ha reclamado como suyo, como sí hicieron los parados en la era Tatcher al punk. ¿Por qué es político? Porque lo dicen ellos. Pues si analizas bien las letras, que es en parte por lo que me dejó de gustar, ves mucho narcisismo, mucho hablar de conflictos políticos que ya están resueltos como la Guerra Civil Española o el Che Guevara. Cuando fueron a Cuba no criticaron nada de lo que pasaba allí. Tuvieron un meet and greet con Fidel Castro y nada más. Otro tipo de música, como el disco, se lo apropiaron los gais y negros excluidos; el punk, los parados; el rock radical vasco, mucha gente a la que se consideraba chusma social en Euskadi; el bakalao, un montón de gente de clase obrera en Valencia que estaba excluida de la fiesta… Político no es solo que Fran Gayo, el cantante de Mus, diga: «Esto es político porque hablo de El Naval». ¿Tú crees que alguien que haya estado en el conflicto de El Naval haya dicho: «Esto me apela mucho, esto me reconforta, esto me da claves»? A mí me parece muy improbable que algo así suceda.

-Sí, seguramente, pero igual que esas lecturas políticas que hace Simon Reynolds de las raves. La gran mayoría de la gente está drogada pasándoselo bien y el lunes ya se olvida de todo.

-Claro, Reynolds dice que hay una parte muy pequeña que fue política. Yo estoy de acuerdo con ello. La parte política fue la rave autorganizada. No es lo mismo ir a un club de moda, pagar la entrada, drogarte, pagar copas a 7 euros e irte, que tener que quedar un mes antes con tus amigos, ir por la ciudad, coger un sitio vacío que tenga que ver con la especulación inmobiliaria, alquilar un sound system, decidir los precios, ocuparte de la seguridad y de la hidratación de toda la gente que va a ir… Eso crea un lazo comunitario. Para cada rave hacen falta 15 personas que están haciendo do it yourself un mes. Eso es político. No todo lo que tenga un ritmo techno va a ser político y todo lo que sea indie va a ser de derechas. Por ejemplo, los Housemartins son un ejemplo brillante de un grupo político. Después de la época de los New Romantics, en la que los artistas eran como figurones, reivindicaban la normalidad, la amistad y los placeres sencillos y normales de la vida cotidiana de la clase trabajadora. Tuvieron mucho éxito. Lo que pasa es que claro yo no quería hacer un libro de 400 páginas, sino algo que se leyese. Y claro, se pierden algunos matices.

-Por eso ahora está dando tantas entrevistas. En plan broma, un amigo me decía: «Sé hipster, haz la entrevista sin leer el libro y ponlo a parir».

-Sí, el 90% de la gente que opina en la redes sociales no ha leído el libro y yo agradezco que tengan la honestidad de decirlo [risas].

-¿No habrá la postura de «No voy a contribuir a la causa ya que esto va contra mí»?

-Eso lo entiendo. Pero se lo hemos mandado a todo el mundo que nos lo ha pedido y se lo he ofrecido a la gente que creía que podría ser interesante que lo leyese. Es un libro que cuesta 16 euros, que se lee en tres o cuatro horas. Un ejemplar lo pueden leer cuatro personas. No creo que sea muy caro.

-Hace tiempo hice un artículo sobre el giro político que había dado el indie en Galicia. Hubo un lector que opinó que eso era imposible, porque la generación indie lleva la desafección, la épica individual y el narcisismo de serie. Lo podría haber escrito usted.

-[se ríe] Yo no sería tan radical. Es cierto que el indie es un género que tiene mucho de eso, pero si tú pones de tu parte puedes llegar a cuestionarlo y compensarlo por completo. Un ejemplo para mí es Nacho Vegas. Si tú escuchas Cajas de música difíciles de parar, que era un disco atormentado con esa estética del yonki torturado, y lo pones frente a Resituación, parecen dos artistas diferentes. Creo que fue producto de un cuestionamiento de Vegas. Pienso que el indie puede ser una música empática con las cuestiones sociales, pero que tiene que hacer un esfuerzo muy grande porque parte de unas premisas que no son muy propicias para eso. Aparte, creo que no hay que centrarse solo en las letras. Hay otras cosas. Por ejemplo, Benicassim o el Tanned Tin, ¿por qué tienen que ser empresas capitalistas al uso y no puede ser una cooperativa? En la época de los hippies y la contracultura estaban las comunas y las cooperativas, en un intento de organización más fraternal. En el indie no. Aquí hemos asumido que el modelo de empresa capitalista es lo que hay y que no se puede hacer nada. Y las empresas son como cualquier otra. El jefe siempre es un chico, la de promoción es una chica… Estamos reproduciendo el sistema dominante, en vez de cuestionarlo. A mí el indie me parece mucho más interesante cuando más haga un esfuerzo por ir contra eso.

-En los últimos años grupos como Vetusta Morla, León Benavente, Triángulo de Amor Bizarro, Ornamento y Delito, entre muchos otros, han dado un giro en sus letras. ¿Le parece algo válido?

-En la coda, meto una frase de Gari de Ornamento y Delito en la que decía que «muchos nos sentimos gilipollas en el Primavera Sound del 2011 estando ahí bailando mientras estaban los mozos dando palos en la Plaza de Cataluña». Me parece algo totalmente válido. Yo me alegro mucho que un grupo como Vetusta Morla se hayan politizado. Nada es instantáneo, es un proceso. O has tenido la suerte de tener padres que te han puesto en el carril de la conciencia política desde muy temprano o, si no, forma parte de un proceso. Para cambiar a mejor siempre hay margen. Casi todos los grupos que han dado un giro político no me chirrían, me alegro mucho de esa politización en los músicos indies. En realidad, estamos viviendo un reconocimiento de lo político, que para mí es un paso adelante y nos confirma que durante un montón de tiempo muchos vivíamos en una especie burbuja estética. Que esta politización esté mejor o peor hecha no tiene tanta importancia. Lo esencial es que ya no excluimos nuestros conflictos cotidianos del discurso artístico.

-Cuando se habla de política en la música siempre se mira al mismo lado: hacia una política de izquierdas tipo IU o más allá de ello. ¿Es la única opción válida? ¿No se puede ser político desde otras posiciones incluso de derechas?

-Se puede ser, mira Morrissey que apuesta por el partido político equivalente a la Falange Española.

-No hablo de llegar a esos extremos, por supuesto.

-Yo no tengo ningún apego a la palabra izquierda. Sobre todo después de ver lo que ha pasado con Podemos, que ha renunciado a esa palabra y ha tenido mucho más eco social. Hay palabras menos ideológicas y mucho más importantes, como igualitario. Me identifico mucho con eso. No quiero una élite de rojos que ganen mucho dinero y unos obreros que ganen como ahora. A mí me gustaría un mundo en el que David Bowie no ganase mucho más que una enfermera. No sé qué hace David Bowie que merezca que gane ocho millones de veces más que una enfermera. Hay que ir más a lo práctico. Por ejemplo, me gustaría que las revistas en donde he escrito o los sellos donde he estado se organizasen de una manera más horizontal, aunque bueno Acuarela era una empresa tan pequeña que funcionaba casi como una cooperativa. Me gustaría que en las revistas las redacciones fuesen más comunitarias, los sueldos iguales para todo el mundo, no muy grandes para los directos y muy pequeños para los redactores. Más que izquierdas, yo diría eso, igualitarismo. ¿Qué si me parecen bien las posiciones anti igualitarias en plan “Steve Jobs y Bob Dylan son gente súper especial y merecen ganar 35 millones de euros al año y tú como no eres tan especial te conformas con 900 euros al mes y, aún por encima, de forma precaria”? No me parecen posturas legítimas, sino rechazables.

-«Rockdelux» es quizá la única revista musical de las importantes en España que ha adoptado un posicionamiento político. Una vez escuché a un lector decir: “Cada vez que leo el manifiesto ya sé lo que va a decir y cómo se va posicionar”, indicando que casi siempre respondía a un planteamiento de izquierdas. Eso crea una necesidad dentro de la cultura indie de, al menos, aparentar que se es de izquierdas.

-No estoy de acuerdo con ese análisis. En Manifiesto hicieron un articulo muy contrario con Chavez. También otro muy pro-Israelí. Las posiciones que tú llamas de izquierdas eran calcadas de los editoriales de El País, posiciones de de buenrollismo liberal que yo llamaría progre. Lo que se ha hecho más a la izquierda o más igualitarios que El País ha sido gente muy contada, cosas de Roberto Herreros, de Nando Cruz o mías. Rockdelux pidió el voto en los noventa para Pasqual Maragall. Para mí es una revista muy en la onda del PSOE. Sacaron con el 15-M el articulo «PSOE-PP la misma mierda es» que hice yo. Pero eso fue una salida de la línea editorial más que una consecuencia. Yo creo que ha quedado claro que no son nada empáticos ni con la lucha feminista, ni con la canción política, tampoco se quisieron posicionar con No Age y lo de Converse en el Apolo.

-En la solapa del libro dice que «colaboraba» en Rockdelux, en pasado. ¿Va a dejar la revista?

-Sí, he dejado de colaborar. Mi línea de enfoque musical se había ido alejando de la de Rockdelux. Yo suponía que una revista cultural es un foro de debate y que se podían aceptar distintas posiciones. Pero he tenido bastantes roces con Santi Carrillo, su director. Me llamaba preguntándome por qué hacía una pregunta determinada, por qué hacía un determinado enfoque, por qué hablaba siempre de los guetos, por qué esa obsesión por la música negra… Luego, no me gustó nada la reacción de la revista al artículo del Machismo gafapasta del Diagonal. Me pareció muy intolerante, con muy poca autocrítica. No me ha gustado la violencia con la que se ha rechazado Resituación de Nacho Vegas, porque las preguntas que le hicieron en aquella entrevista parecían sacadas de El Gato al Agua de Intereconomía. No me voy porque esté en desacuerdo, sino que son un montón de cosas. Hay hostilidad al discurso que he cogido, no sintonizo mucho con la línea y, además, soy padre de una hija y en breve seré de otro. No puedo colaborar por tan poco dinero. Les dije que dejaba de colaborar y hacer el Truco o Trato. Ahora, aprovechando el número especial y el cambio que va a dar la revista, me voy. Ya hace ocho meses que lo sé.

-En su libro se refiere continuamente a Rockdelux como la revista hispter. Yo no creo que los hipsters lean Rockdelux ni que lo que diga Rockdelux tenga la importancia que podría tener en los noventa.

-De acuerdo, pero ¿digo que Rockdelux es hipster?

-La mete como la revista de referencia de todo al ambiente al que critica. Eso también es un problema: pasa de indies a hipsters y a gafapastas de un modo que uno no sabe dónde empiezan unos y terminan otros y si se confunden.

-Es una mezcla de todo, a mí eso no me importa tanto tampoco. Creo que tanto el indie, como el gafapastismo como el hipsterismo comparten una sensación de que tus consumos culturales supuestamente exquisitos te ponen por encima de los demás. Creo que eso sí se da en muchos lectores y redactores de Rockdelux. A mí me ha pasado, pensar: «Oigo a Mercury Rev, soy un oyente super avanzando respecto a quien escucha a Extremoduro». O que la música jamaicana la escuchan los pies negros pero yo escucho un artista de dub de Warp que es superior a cualquier cosa que se haga en Jaimaca. Ahí hay una posición de snobismo y clasismo cultural. Y sí, son términos que se confunden porque son porosos, pero a mí me interesaba esa posición de superioridad cultural más que la taxidermia de hasta dónde llega el hispter, el gafapasta o el indie.

-Menciona como algo negativo el que los grupos no sean subversivos o generen conflictos. ¿No acepta que exista una música amable y válida?

-Sí, el folk, por ejemplo. Me parece una música muy política y muy amable, pero que crea conflictos políticos. Pete Seeger ha estado militando en mil sindicatos y ha sido la banda sonora de muchas luchas contra la contaminación. El folk es amable, suave y fraternal, pero ha creado conflictos. ¿Cómo se justifica que un grupo sea político y no cree un conflicto con nadie? Yo, por ejemplo, me pongo una camiseta de NWA en el Primavera Sound y puedo ser alguien guay. Pero si eres un negro en Los Ángeles y te pones esa camiseta al día siguiente de que pegaran a Rodney King, pues lo más seguro es que te crees un problema. En ese contexto NWA son un grupo político. En el contexto del Primavera Sound, no. Todo lo político siempre tiene que ver con el contexto. Si tú pones al Elvis joven a tocar en los Emiratos Árabes Unidos moviendo las cadenas en el 2014 se crea la revolución. Si lo haces en Las Vegas, sería lo normal.

-Eso lo dice constantemente de Arcade Fire, que los considera el grupo de referencia. Insisto: ¿qué necesidad existe de que Arcade Fire generen un conflicto contra algo?

-No hay ninguna necesidad, pero es que ellos van de que odian el mundo moderno, de que esto es una bazofia y que todo se ha vulgarizado. Tienen una posición política anti moderna. Las letras arremeten contra el mundo moderno, pero ¿qué salidas me dan? ¿qué hacemos con él? ¿que diagnóstico dan? El único conflicto que han tenido ha sido con sus fans al pedirles que fueran vestidos de gala a un concierto. Si lo hubiera hecho Julio Iglesias diríamos que se le ha ido la cabeza. Eso me pareció muy revelador de las prioridades de Arcade Fire.

-En «The Suburbs», que es el disco al que se refiere, el grupo hace un lamento igual que le puede pasar a mucha gente que, de pronto, se refugia en la nostalgia de cómo eran las cosas en el pasado. Puedes sentir empatía con ese sentimiento, sin tampoco proponer ninguna salida porque a lo mejor ni la conoces, ni la sabes. ¿No cree?

-Ese tipo de nostalgia es muy reaccionaria. Arcade Fire dice: «El mundo moderno es una mierda y nosotros somos gente super sensible y nos sentimos muy afectados por eso, pero no vamos a hacer nada. Vamos a recrearnos en nuestra nostalgia y nuestra hipersensibilidad en los dos próximos años que estaremos de gira con este disco». Eso para mí es reaccionario, en el sentido de encerrarte en ti mismo. Puedes ver que en el mundo también hay cosas buenas, hay gente que está protestando contra lo que se está organizando. Eso es lo que era la contracultura. Cuando Estados Unidos se tiraba hacia la derecha la gente organizó comunas, tomó drogas, intentó ser fraternal, quemó la cartilla de reclutamiento de Vietman… Arcade Fire apoyó la reelección de Obama después de que rescatara Wall Street, mantuviera abierto Guantanamo y siguiera con la política militarista en Oriente Medio. ¿Si el mundo moderno es una mierda por qué pides el voto para Obama, que es una persona que lo está haciendo más mierda todavía?

-Ese tema lo toca en libro. Como existe una condescendencia hacia los artistas anglosajones que se posicionan políticamente con un lider como Obama o Clinton, cuando aquí se hacen mofas si se hace algo parecido con Zapatero. Aún siendo Obama más reaccionario.

-Sí, en cuestiones de género o la memoria histórica, Zapatero fue mucho más progresista .

-Hay una critica a su libro que se repite continuamente: que usted cuestiona esa postura de superioridad del hispterismo desde una postura igual de superior.

-Me alegra que alguien me haga esa pregunta, en vez de directamente la acusación [risas]. No sé qué posición de superioridad puede haber cuando reconozco en el libro que de los últimos 20 años que he escrito, 16 tienen muy poco valor. Yo creo que es un ejercicio de humildad, pero como tengo ese estilo de ir al grano y a ratos contundente pues puede parecer otra cosa. En el primer capítulo digo que cuando me meto con los modernos no es desde la superioridad porque yo he sido uno de ellos durante mucho tiempo. Creo que esa crítica está injustificada.

-¿Ese papel de “moderno renegado” no le dio un poco de apuro al principio?

-Sí, claro. No sabía cómo enfocarlo, si ponerme en plan lastimero diciendo que todo lo que había hecho era equivocado, si pasar de la primera persona y hacer como que no lo reconozco… Era muy complicado escoger un punto de vista honesto y que fuera cómodo para mí. Le he tenido que dar muchas vueltas para encontrar uno. No sé si ha sido el mejor, pero me he esforzado mucho en lograr hacer una crítica y, al tiempo, no excluirme yo de esa crítica. No ha sido un libro de pasarlo bien, sino espinoso.

-¿Hay cinismo en el libro?

-El libro entero es una denuncia del cinismo.

-No, lo digo respeto a su postura, si está criticando algo que, en realidad, no cree que es tan criticable.

-No, al revés. Hay un párrafo en el que digo que los hipsters saben que todo lo que digo es verdad. Que las empresas culturales donde trabajamos nos explotan. Que hay un gran acervo anglosajón en nuestros gustos culturales. Que hay machismo en el ambiente cultural. Que la música que viene de Latinoamérica se considera inferior a la que viene de Nueva York. Lo que yo estoy diciendo no lo discute nadie. Lo que discuten es quién soy para decirlo, el tono que empleo o las ganas de salpicar a la gente. Yo no quiero salpicar a la gente, sino compartir los argumentos que me han hecho cambiar de enfoque.

-Se queja de que le paguen tres euros por una critica de un disco en la prensa musical. Pues aún menos mal, porque en muchas la norma es que no se pagan las criticas de discos ni los conciertos.

-Claro, es que tenemos tan poco que perder que por qué seguir así. ¿Por qué seguir a Pitchfork habiendo tanto Soundcloud? El perfil de los críticos musicales es muy uniforme: chico universitario de clase media, que no baila, que es muy de escuchar la música en su habitación, pero siempre de un modo individual. Es imposible que exista una crítica musical competente si solo se presenta un enfoque en las radios, en la prensa y en los periódicos. Eso es bastante evidente. No se critican los argumentos, sino quién los dice. Es como cuando a Nacho Vegas le decían en Rockdelux ¿quién eres tú para tirar la primera piedra?

-Insiste mucho en la entrevista de «Rockdelux» a Nacho Vegas. ¿No cree que usted está atacando con la misma dureza a toda esa cultura hispter?

-No creo que sea lo mismo defender una posición de poder que una posición contra el poder. No es lo mismo que David Fernández saque una zapatilla delante de Rato y se ponga un poco hostil que un policía saque una zapatilla y se ponga a mirar a un manifestante en plan «te voy a dar una hostia». Si yo cuestiono la homogeneidad cultural delante de un artista que entrevisto en Truco o Trato estoy defendiendo un poco una posición de apertura, de heterogeneidad y diversidad. Pero si alguien están defendiendo que la música tiene que ser apolítica y que, si hace algo político, es panfletaria está defendiendo una posición muy pro sistema. Creo que son cosas diferentes. Me parece más aceptable un panfleto de Valerie Solanas diciendo burradas sobre los hombres y que hay que acabar con nosotros, que un panfleto de un hombre diciendo que hay que acabar con las mujeres o un hombre blanco diciendo que hay que acabar con los negros. No es lo mismo el Ku Klux Klan que los Black Panthers, aunque los dos tengan un lenguaje hostil. La música es una cosa mucho menos importante que la política y, por eso, yo me siento un poco mas liberad para tener un discurso más contundente. Escriba lo que escriba no va a afectar a la vida de nadie. De todos modos yo uso el mismo tono que he escuchado los hispters cuando hablan de las chonis, los bakalas o los perroflautas.

-Es que usted usa la palabra gafapasta con la misma carga peyorativa que se usa lo de perroflauta.

-Te doy la razón. Pero no hay un perroflauta en cada redacción de cultura de los periódicos, no hay una emisora perroflauta como Radio 3, no hay una web perroflauta con tanto poder como Pitchfock, no hay una HBO que haga series perroflautas cada tres meses. Son posiciones diferentes: una que es muy hegemónica dentro de la industria cultural, que es la hipster, y otra que está totalmente desprestigiada.

Fotos: Clara Martínez-Lázaro

El Mardi Gras fue por un día una taberna

Escrito por Javier Becerra
27 de octubre de 2014 a las 9:48h

Los conciertos de Retroalimentación han saldado ayer otra deuda pendiente. Desde aquella sorprendente irrupción en el festival Sinsal San Simón del 2013, Caxade se convirtieron en objeto de deseo de este blog. Los llevamos a un territorio rock y, durante una hora y pico, aquello se transformó en una taberna con la música haciendo de pegamento comunal. Con su folk-pop abiertamente político y reivindicativo, el grupo trenzó un concierto con introducción, nudo y desenlace maravilloso.

Antes, estuvieron Grampoder: versión minimal de lo que en su día fue The Homens. Pop acústico (o no tan acústico) que se mueve entre la suavidad, los ambientes psicodélicos y toques de afropop. Versionando a Franco Battiato y revisando los temas de Golf Whiskey dejaron una bonita actuación. Al final, las dos bandas terminaron tocando juntas cerrando una noche para el recuerdo. Otra más. Muchas gracias a las las bandas, a la sala y al público por permitir que todo esto se puede seguir haciendo.

Próxima parada: Cooper, 21 de noviembre en la sala Mardi Gras

Iron Maiden revisitan sus años ochenta

Escrito por Javier Becerra
21 de octubre de 2014 a las 16:27h

La banda más emblemática de la historia del «heavy-metal» acaba de echar una vista atrás. Parlophone records, reedita en vinilo todo su material de los años ochenta, ocho discos que definieron sonora y estéticamente uno de los universos más personales e inimitables del planeta rock

Aparecieron en los años ochenta como la fantasía metálica perfecta. Bestias, diablos y bajos trotones. Épica a chorro, mallas elásticas y puesta en escena cuasi operística. Pelos largos, esoterismo y punteos prodigiosos. No contaban con el apoyo de los medios. Pero tanto daba. No encajaban en las modas de Nuevos Románticos ni el synth-pop. Pero no importaba. No tenían posibilidades de ser radiados masivamente. Pero eso era lo de menos. Iron Maiden contaban entonces con un cóctel perfecto para absorber a miles de jóvenes en su mundo de guitarras afiladas, monstruos emergiendo en la nocturnidad y sensación de tenebrosa irrealidad. Y consiguieron que esos seguidores se multiplicasen en todo el mundo.

Se suele marcar como punto de inflexión The Number Of The Beast (1982), su mejor disco y una de las piedras filosofales del heavy metal. Tras despedirse de Paul Di’Anno, el cantante malencarado que le dio músculo al grupo en sus dos primeros álbumes — los muy apreciables Iron Maiden (1980) y Killers (1981)–, en su tercer disco Iron Maiden entraban en una división estratosférica. Con Bruce Dickinson como vocalista, el grupo explotaba totalmente. Respaldado por Steve Harris (bajo), Dave Murray (guitarrista), Adrian Smith (guitarra) y Clive Burr (batería) trenzaban un elepé que no solo amenazaba como los anteriores. Iba más allá. Sirva como ejemplo el tema titular: arranca en susurros, va subiendo en intensidad y pulmón se transforma en un enorme fuego de artificio. Ciega.

Tras ella llega Run To The Hills, trepidante como una persecución, lleva al extremo con una magnífica batería y ese estribillo que dice «¡corred por vuestra vida!». La canción trataba de algo tan lejano a los problemas de un chaval occidental en 1982 como la conquista de América y el exterminio de los pueblo indígenas. Pero se convirtió en todo un himno. Poniéndola a todo volumen (y a ser posible con las ventanas de la habitación abiertas para expandirlo por todo el vecindario), los fans se sentían liberados por aquel sonido poderoso y excitante. Marcó a una generación de jóvenes rebeldes. Y, solo hay que hacer la prueba, continúa igual de vigente en 2014.

Es probable que en esa dupla formada por The Number Of The Beast y Run The Hills se encuentre el calambre definitivo de Iron Maiden. No se trata de reducir un grupo tan vasto a un par de temas, nada más lejos de la intención de este texto. Pero resulta fácil comprender cómo una formación que hasta entonces había gozado de un éxito moderado, se convirtió ahí en un fenómeno global. El oleaje arrastraba al mundo particular del grupo. Si en él se generaba polémica (que con un título como «el número de la bestia» no tardaría en aparecer, especialmente en EE.UU.), pues mejor que mejor. A ciertas edades una dosis de confrontación es el mejor de los caramelos.

Con ese disco Iron Maiden se convirtieron en atípicos superventas. No solo de discos y entradas de conciertos, también de merchandising. Pocas bandas habían explotado hasta el momento ese aspecto de un modo tan eficaz. Eddie, el zombi que sale en todas sus portadas, se plasmó en mil y una camisetas que hicieron esa promoción que los grandes medios omitieron. Creado por Derek Riggs se convirtió en su más eficaz herramienta de márketing. Colocado bajo logotipo del grupo en las cazadoras, las camisetas negras y las carpetas estudiantiles de sus fans, logró colarse en los sitios más insospechados. Quien no se había sentido atraído por el sonido, lo hacía por la estética.

Como se puede ver Iron Maiden eran, ya en los primeros ochenta, una eficaz maquinaria empresarial. Con una férrea disciplina de trabajo y producción (a disco por año, sin dejar de girar en ningún momento) decidieron conquistar el mundo definitivamente con Powerslave (1984). Para su presentación se embarcaron en la gira The World Slavery Tour. Durante 331 días ofrecieron 191 conciertos en 23 países diferentes con un colosal escenario inspirado en el Antiguo Egipto. Con Eddie pasando de faraón a una gigantesca momia que echaba fuego por los ojos, el quinteto británico definió para siempre no solo un espacio propio en la música, sino en el mercado.

Su pase en el Rock In Rio de 1985 se recuerda como una de las actuaciones más memorables del festival. Y para que los fans pudieran conservar un pedazo de esos días de gloria cumplieron con la edición del doble elepé en vivo Live Afther Death (1985), recogiendo uno de los directos del aquel mastodóntico tour. Todo mientras entre una buena parte de la crítica rock se les seguía ninguneando y mirando por encima del hombro. Se les veía como una banda de circense, con delirios progresivos y fuera de toda realidad.

REINVENCIÓN
Hasta el momento Maiden no habían patinado de verdad ni una sola vez. Puede que en Piece Of Mind (1983) se mostrasen algo irregulares, alternando aciertos como The Trooper o Flight Of Icarus con temas algo más flojos en la segunda mitad del disco. Pero, en general, la producción del grupo alcanzaba hasta la fecha un altísimo nivel. Quedaba por ver si se iba a mantener tras la resaca de la macrogira de Powerslave. Con el heavy americano cotizando al alza e imponiéndose una tendencia cada vez más roquera y glam, los ingleses optaron por evolucionar dentro de su propio sonido, aislándose de la corriente.

Sí, Iron Maiden no se iban a cardar el pelo ni a usar lápiz de ojos. Fieles a las tachuelas y las zapatillas deportivas, insistirían en su sonido pesado, trotón y cada vez más elaborado en un Somewhere In Time (1986) futurista. Sí, ligeramente más sintético e incluso con cierto gancho comercial (¿no es el de Wasted Years un estribillo definitivo?) este disco marcó el devenir del grupo en la segunda mitad de la década. El álbum se cierra con Alexander The Great, otra de sus laberínticas piezas históricas, honrando en esta ocasión a Alejando Magno.

El periplo ochentero de Iron Maiden concluye con Seventh Son Of A Seven Son (1988), un trabajo cuya portada sugiere una especie de final. Esotérico y lleno de simbología alcanza su clímax en el tema homónimo, una de las piezas más ambiciosas de Steve Harris. Daba a entender que se estaba ante el final de algo. La deserción de Adrian Smith tras su gira de presentación lo confirmaría. Obviamente, Iron Maiden siguieron adelante. Pero ya nada sería igual. Toda su trayectoria posterior iba a ser comparada con los ochenta, su época dorada.

Fulgurante inicio de la tercer temporada de Los conciertos de Retroalimentación

Escrito por Javier Becerra
27 de septiembre de 2014 a las 16:42h

Inicio fulgurante de la tercera edición de Los conciertos de Retroalimentación. Con un Playa Club con un aspecto inmejorable, la noche fue de guitarras, rugidos y guarrería sonora. Abrieron Wild Balbina (en la foto) intentando emerger sus melodías pop entre su estructura garagera, gustando por su imagen y aún más por sus canciones. Le siguieron Lady Leño, poderosos, oscuros y agresivos. Con reminiscencias de Parálisis Permanente, demostraron estar en el momento óptimo de despegue para atreverse con un disco. Toda una sorpresa para quienes solo los conocían por sus temas colgados en Internet.

Y la velada la cerró Srasrsra, amigos de este blog desde hace tiempo (no en vano soplaron las velas del cuatro aniversario de la Retroalimentación junto a Mano de Obra). Ofrecieron lo que todo el mundo quería que ofreciesen: pop-punk centelleante directo al sistema nervioso del público. Su fórmula sigue funcionando y nosotros estamos encantados de la vida que así sea. Una jornada fantástica que nos invita a pensar que este tercer años de conciertos va a ser otro gran año. Muchas gracias a las bandas por enrollarse tan bien. Muchas gracias al público por seguir respaldado esta iniciacitva. Y muchas gracias al Playa Club por acogernos.

Próxima parada: Caxade + Grampoder, en sala Mardi Gras el 24 de octubre

Ruido poderoso en el crepúsculo

Escrito por Javier Becerra
31 de agosto de 2014 a las 11:49h

Toy
Santiago, Cidade da Cultura
30-8-2014

Ocurrió mientras sonaba Dead & Gone, con el cielo anaranjado dibujándose tras sus siluetas de melena al viento. En ese momento Toy estaban creando verdadera magia. Una canción perezosa y maquinal que, de pronto, obligaba a respirar fuerte y subirse a ella como quien dice adiós al mundo gris del día día. Toda esa romántica exploración del ritmo, la melodía y el ruido que realizan los británicos lograba ahí un summun. La recta final del tema, con esa guitarra elevándolo al infinito, podría durar horas y horas. Nadie protestaría. Era tanto el placer auricular y plástico ahí condensado que si en ese momento alguien preguntase dónde está el paraíso algunos dirían sin dudarlo: aquí.

El quintento londinense volvió a encantar en Galicia. Lo habían hecho ya en una actuación para la historia en el Festival do Norte del 2013. Ahora refrendaron todo en otro formato. Con la estampa pretendida en los Atardeceres do Gaiás en su grado máximo, el cielo cambió tras ellos de color. Primero, azul. Luego, naranja. Más tarde, verde. Finalmente, negro. No contaron con el mismo volumen de Vilagarcía. Tampoco de medios. El modesto set de luces fue exprimido al máximo por su técnico logrando resultados sorprendentes. Además, hubo un acento en el lado más pop de la banda que entonces. El resto, prácticamente igual. Es decir maravillosamente igual.

Sí, Toy lanzan una flecha certera al corazón de aquellos que se pirran por el kraut-rock y el sonido shogazer. Buscan hipnosis, pero también evanescencia. Por ello, cada vez que desde el escenario se soltaba un chorro de humo, la sensación fantasmagórica de ver sus cuerpos desdibujándose resultaba la materialización física de su música. Como si vivieran de espaldas a ese mundo pop que descubrió las guitarras angulares del post-punk y se quedó atascado ahí para siempre, Toy proponen algo tan fuera de tiempo, de onda y espacio como lo que en su día fueron Ultra Vivid Scene, Galaxie 500 o Spacemen 3. Dicho de otro modo de otro modo, su música se revela pura, misteriosa e, insistimos, romántica.

Hubo calambres. También momentos en los que la piel misma del corazón se ponía de punta. Los polvos mágicos de Conductor abrieron la noche y, suspendidos en el aire, se impregnaron en la piel de todos los presentes. Si en el disco remitía a Neu!, en directo su excelente batería parece sacado de Joy Division. Él marca el ritmo mecánicamente humano, mientras la pareja de guitarristas le echan encima cataratas guitarreras. Todos parecían concentrados, ensimismados en la música, formando parte de una misión en la que se revisaba sus dos álbumes para el deleite general. Cayó, cómo no, Motoring deliciosa. También la psicodelia enredadora de As We Turn. Y, por supuesto, Join The Dots, un momento final sublime guiado sobre un bajo triangular del que surgió toda una estampida de lava ruidosa.

No resultó tan avasallador este paso como el del Festival do Norte. El marco era otro y el concierto, por lógica, tenía que resolverse de modo diferente. Pero, aún así, resultó una actuación sensacional de una de las mejores bandas británicas del momento. Porque sí, puede que no se les tenga en cuenta en los medios patrios. Aunque quien se pone ante ellos, no los olvida. Y eso es lo que cuenta. Ojalá pudieran volver algún día por aquí en una sala.

La tercera temporada de Los conciertos de Retroalimentación ya está aqui

Escrito por Javier Becerra
20 de agosto de 2014 a las 9:46h

Por tercer año consecutivo vuelven Los conciertos de Retroalimentación, con el objetivo de poner sobre un escenario algunas de las mejores cosas que están ocurriendo en Galicia en este momento. Esta vez con una novedad muy importante. En lugar de tener una sede fija, como en años anteriores (primero fue Le Club Directo, después Mardi Gras), se va a ampliar el número de locales para buscar el más idóneo para cada actuación. En ocasiones la sala elegida se quedaba grande para actuaciones que apenas podían reunir a 30 personas y que nos interesa mucho hacer. Otras, pequeña. De este modo podremos atender a formaciones a las que antes no podíamos llegar por estas limitaciones. Por ahora, A Coruña es el campo de actuación pero no descartamos hacer alguna escapada ocasional a otras ciudades en el 2015. Como viene siendo habitual, la producción corre a cargo de Argonauta Producciones. El elenco de grupo elegidos creemos una verdadera delicia. Las tres primeras fechas del ciclo son:

-SRASRSRA + WILD BALBINA + LADY LEÑO (26 de septiembre, sala Playa Club, entrada 6/8 euros). No pudo ser en el 2013 y nos prometimos hacer todo lo posible para que Srasrsra actuasen en el ciclo. Fueron el grupo maquetero que deslumbró en el tercer aniversario del blog en el 2011. Ahora, la banda que arrasa con su punk-pop comprimido en cápsulas de apenas un minuto. Les acompañarán en la fecha inaugural, los vigueses Wild Balbina con un sonido delicioso que recuerda a Vivian Girls o The Vaselines y nuevo trabajo bajo el brazo: Sisters Before Misters. El cartel lo completa una de las bandas pujantes del momento en A Coruña Lady Leño.

-CAXADE + GRAMPODER (24 de octubre, sala Mardi Gras, entrada 6/8 euros). Otro doblete que se nos escurrió el año pasado y que estamos contentísimos de recuperar. Caxade con A dança das moscas nos dejó boquiabiertos. Y su traslado al directo en el festival Sinsal San Simón continuó el idilio con esta formación liderada por Alonso Caxade que enlaza el pop con el folk, acoge letras reinvidicativas y que ha sido definida como los Beirut gallegos. Por su parte, Grampoder deriva de los finiquitados The Hommens y apuestan por un pop acústico con desvíos psicodélicos y conciencia política, que ya cuentan con un notable album de debut.

-COOPER (21 de noviembre, sala Mardi Gras, entrada 10/12 euros). De acuerdo, no son gallegos. Pero si hay que hacer una excepción en Los conciertos de Retroalimentación Cooper es el grupo para llevarla a cabo. La banda del ex Los Flechazzos Alex Garín sopló las velas del quinto aniversario de este blog con un concierto excepcional en el 2013. Aquel día vibramos, pero también nos comprometimos a acoger su próxima visita. Posiblemente los vayamos a ver con nuevo trabajo bajo el brazo y ese ramillete de canciones espléndidas que todos conocemos. Será otra gran fiesta de pop protagonizada por uno de los más grandes autores del genero que existe en España.

Y ahora mismo trabajamos ya en la fecha de diciembre…

La lección del profesor Keating

Escrito por Javier Becerra
15 de agosto de 2014 a las 11:22h

Con la muerte de Robin Williams aún reciente, es buen momento para recordar una de las lecciones de El club de los poetas muertos. Se trata de aquella, nada más empezar el filme, en la que el profesor Keating ordena a sus alumnos arrancar la primera hoja de su libro de literatura. Ahí descansa el ensayo Entendiendo la poesía en el que un experto ofrece unas claves para poder valorar un poema en dos ejes, como si de una fórmula matemática se tratase. Uno, mediría la perfección del poema. Otro, la importancia del contenido. Del cruce de ambos dependería la nota final.

«Excremento, eso es lo que pienso. No estamos hablando de tuberías, sino de poesía», indica el profesor a sus pupilos. Y ellos, abortos, se entregan a ello, dejando a un lado las matemáticas y apostando por la emoción. En la música no estaría de más arrancar también esa página para liberar a la crítica (y público) de muchos de los lastres acumulados. Que si un grupo tiene que innovar, que cada disco ha de suponer una evolución respecto al anterior, que ha de cantar en su lengua materna, que ha de explorar estilos exóticos, que la voz se debe de entender, que el directo tiene debe superar a las grabaciones, que hay que posicionarse políticamente,… Podíamos estar hasta el infinito.

Al final todo ello, por lo general, son asideros convertidos en dogmas a los que agarrarse en pos de un falsario criterio que prescinde de lo principal: el suspiro, los pelos de punta, el golpe en el pecho y, ummmm, el emocionar. Se trataba de eso, ¿recuerdan?

Pop bonito pero nada memorable

Escrito por Javier Becerra
29 de julio de 2014 a las 11:58h

Belle & Sebastian
Santiago, Plaza de la Quintana
28-7-2014

Ocurrió más a o menos a mitad de de actuación. Las campanas de la Catedral de Santiago se mezclaban con la tenue melodía de If You’re Feeling Sinister. No importaba que un puñado de impresentables se dedicasen a berrear (realmente penoso el comportamiento de algunos). No era momento para perderse en reproches. Había que avanzar unas cuantas filas y acariciar, aún más de cerca, esa canción. Lejos del jubiloso entretaiment pop que se había mostrado hasta el momento, Stuart Murdoch capitaneaba ahí a los Belle & Sebastian que tocaron la fibra de toda una generación a finales de los noventa. Aquella música se encontraba ahí. Invitaba a volver a los días agridulces en los que tocaba rebozarse en ella, como postadolescentes desorientados mientras el mundo adulto llamaba a la puerta. Sonando con tanta fragilidad, de nada servía el pragmatismo de abandonar las anteojeras de la pureza indie. Todo lo contrario. Eso era mmmmmmmmm… esa sensación de deshacerse dentro de una melodía.

Lo del concierto de Belle & Sebastian de anoche se presentaba como la gran actuación del verano en Galicia. Y, al final, se desarrolló como uno de esos encuentros con los amigos de la universidad que en su día lo fueron todo. Se sabe de antemano que nada será igual, pero en algún momento surge ese brillo vivo en la mirada que nubla las sensaciones. Parece que, de nuevo, se ha vuelto 15 años atrás en el tiempo. Viviendo, pensando y sintiendo del mismo modo. Los escoceses emitieron ese brillo. Pincharon el corazón con If You’re Feeling Sinister y conmovieron como solo se conmovía entonces. Trasladaron al fan a los días en que sus epés se grababan en cinta virgen y se enviaban en sobres acolchados con una nota a mano explicativa. De aquellos rescataron Dog On Wheels, al poco. Pero claro, demostrando claramente que hoy por hoy son otra banda. Igual que los amigos aquellos. Porque en la vida todo evoluciona y hay aceptarlo. O no. Cuestión de brillo, ese brillo que lo nubla todo.

Belle & Sebastian se plantaron en Santiago como una banda rodada y convincente. Atacan el pop en múltiples direcciones (del folk al soul, pasando por el funk) con erudición de fan y gran solvencia. Pretenden regar de felicidad a sus seguidores y lo consiguen ofreciendo piezas de pop saltarín como I’m a Cuckoo o Sukie in the Graveyard. Piden palmas, suben personas al escenario, se comunican con ellos y, poco a poco, crean una gran fiesta. Formalmente, poco hay que reprocharles. El repertorio resulta estupendo y lo defienden con solvencia. De hecho, seguramente sean una mejor banda ahora que en 1996. Poniéndose exigentes, se podría reprochar algún problema de sonido en el tramo inicial, que el volumen general fue quizá algo bajo y que, quizá, hubiera sido deseable realzar la presencia de las cuerdas en piezas como Women’s Realm.

Sin embargo, desde el corazón, las cosas se ven de otro modo. Llega la segunda voz de la citada Women’s Realm y, vaya, se echa en falta muchísimo a -sí, aún estamos con esas- Isobel Campbell. En el bis ataca Stuart el Get Me Away From Here, I’ Dying -sí, esa canción que durante años se metía bajo la almohada- y cuesta encontrar una forma peor de despojar aquel himno de su mágica esencia original. Y, lejos de desencadenar una locura colectiva, va la explosiva Legal Man y suena como mera música de fondo en su condición de cohete con pólvora mojada. Y el brillo se desvanece.

Llegado a ese punto -con una sonrisa en la boca, pero sin que la música llegue a contagiar por dentro- toca volver a la casilla de salida y dejarse de engañar. Hubo un día en el que Belle & Sebastian escribieron las canciones que necesitaban nuestras vidas. Ahora, se limitan a endulzarlas. Ayer se disolvieron como un azucarillo ante nosotros con una actuación bonita y entretenida. Pero para nada memorable. Dependiendo de lo que haya significado la banda en el pasado de cada cual se podrá valorar el nivel de satisfacción. Habrá quien se haya despertado esta mañana con ganas de escucharlos al desayunar y habrá quien no. Yo no lo hice. He ahí la diferencia.

Foto: Xoan A.Soler

Mística planetaria en la Quintana

Escrito por Javier Becerra
26 de julio de 2014 a las 12:31h

Los Planetas
Santiago de Compostela, plaza de la Quintana
25-julio- 2014

Flotó la magia desde el minuto uno en la plaza de la Quintana. La música de Los Planetas, cada vez más mística, parecía fundirse en los pináculos del muro barroco de esa fachada de la Catedral de Santiago. Con una propuesta inicial de (pocas) luces y (muchas) sombras los granadinos dejaron claro desde el arranque de Poetas que la actuación iba a ser única. Más allá de la exclusividad de la cita (sólo esa en Galicia y una de las poquísimas que darán los granadinos este año), por lo que se vivía. Elevando la masa de sonido, poniendo el pecho del público en suspensión y adornándolo de chiribitas espaciales, J y los suyos aclimataron la plaza con Poetas y llevaron a lo real lo que proponía el cartel genial del recital. Abajo, la mayoría se dejaba llevar, certificaba que todo sonaba de maravilla, y se disponía a viajar por su galaxia sónica.

Ya hace tiempo que los decepcionados con el viraje de La leyenda del espacio (2007) decidieron bajarse del carro. Los conciertos de Los Planetas hoy en día no responden a la catarata de greatest hits que otrora disparaban en los festivales.Con un bloque inicial centrado en sus dos últimos discos, jugaron a girar la manilla de la tensión de un lado a otro: desde el punch motorik de Romance de San Juan de Osuna a la psicodelia flamenca en expansión de Virgen de la soledad, para terminar en Ya no me asomo a la reja. Esta, titubeante de inicio y mostrando signos de fatiga interpretativa, ganó en cuerpo hasta mostrarse como un esplendor de luz, de esos que se sienten en el rostro con los ojos cerrados y la piel extasiada.

El primer viaje al pasado llegaría con Toxicosmos. Click sentimental. Millones de imágenes de la juventud disparadas a toda velocidad en la mente, mientras la pieza se desarrolla lenta y en claroscuros. Todo hasta alcanzar el mismo arrebato que Ya no me asomo a la reja, su hermana flamenca. Luego, Corrientes circulares. Doble click, con el primer karaoke colectivo. Más tarde, una inesperada Nunca me entero de nada. Y, sí, el pellizco de verdad con una Santos que yo te pinte expulsada con imágenes de la catedral de Santiago de fondo. Entremezcladas con su última producción (Entre las flores del campo, Corona de estrellas, Si me diste la espalda) lograron todo ese zig-zag de emociones que conduce a una euforia mareante. En ese momento, el público no sabía si se encontraba en la Quintana buscando los añicos de un pasado perdido o celebrando que se ha seguido ahí, a pesar de todo y de todos los que se fueron cayendo. No lo sabía y, quizá, tampoco lo quería saber.

En adelante, ya estaba todo preparando para el triunfo. Ante piezas como Devuélveme la pasta, Segundo Premio, Pesadilla en el parque de atracciones poco hay que decir. Solo entregarse a ellas, formar parte de su rencor y cantarlo a los cuatro vientos, constatando que Los Planetas son la mejor banda surgida en España desde los noventa hacia esta parte. Y si en el bis, claudican al mudo deseo común y rescatan David y Claudia y De Viaje, terminas por formar parte de mil gargantas desgañitándose con eso de “Tú y yo de viaje por el sol, en una nueva dimensión”. Certificas una vez más que todo ha merecido la pena: conocerlos, invitarlos a escribir parte de tu vida y no dejarlos de seguir nunca. Aunque todo -ellos, tú, nosotros- hayamos cambiado. Tan poco o tan mucho. Eso va por días.

Solo les faltó rematar el bolo a lo grande. Teniendo en cuenta que durante la prueba de sonido se pudo escuchar La copa de Europa y el recuerdo de su interpretación en el Primavera Sound permanecía glorioso, difícilmente se les podía ocurrir un final mejor. Pero no quisieron. Y dejaron la oportunidad de coronar una noche que se quedó en grande cuando podía haber sido grandiosa. Mención aparte, merecen los teloneros Disco Las Palmeras!, que abrieron demostrando que su nueva versión en cuarteto los acerca cada vez más a My Bloody Valentine.

Foto: Xoan A. Soler

Nacho Vegas: “No quiero ser el bufón de la gente de derechas “

Escrito por Javier Becerra
1 de julio de 2014 a las 16:52h

Con Resituación Nacho Vegas ha querido explicitar de la manera más nítida posible su postura política. Totalmente influenciado por el 15-M, en sus canciones se pasean personas que pasan de la desesperación a la rabia, de ser desahuciados de su casa a formar parte del escrache contra un político. Ello ha producido una ruptura con parte de esa crítica que otrora lo adoraba y ahora lo acusa de planfletario. Con motivo de su visita a Santiago el pasado mes de junio lo entrevistamos para el suplemento Fugas con las limitaciones de espacio pertinentes. Ahora la recupero íntegra.

—Una persona cercana a usted se quejaba de que las críticas de “Resituación” hablaban mucho de política y poco de música. ¿Piensa lo mismo?

—Sí, pero creo que es algo natural. En otros disco se cargaban las tintas sobre algunos temas. No creo que este sea un disco exclusivamente político. En otros álbumes se decía que mis discos eran de drogas y tampoco todas las canciones se orientaban a eso.

—Hablar de drogas en el rock independiente era más común que hablar de política. ¿Existe una especie de salida del armario generacional respecto a la política en la música «indie» española?

—Puede ser, pero supongo que es algo natural también. Las cosas han cambiado. Desde hace unos años se ha producido una toma de conciencia generalizada ante una situación de hartazgo. Con el 15-M la política salió a las calles. Ahora ves en el autobús o en el supermercado a los chavales hablando de política. Cuando eso está tan presente es normal que se cuele en las canciones de la gente y que los grupos empiecen a hablar. Lo está haciendo un montón de gente. Hablar de política implica un posicionamiento. Incluso cuando se mira para otro lado, se estaba tomando partido. Cuando Fangoria cantan “No quiero dramas en mi vida” están haciendo política pura y dura.

—En otros géneros sí que se abrazaban a la política abiertamente, mientras que en el rock independiente estaba soterrado o, en el mejor de los casos, hecho de modo enrevesado. Se podía hablar con músicos de política, pero rara vez se veía eso trasladado a una canción. Ahora casos como el de su disco, el de León Benavente o el último de Ornamento y Delito parecen confirmar una especie de explosión.

—Bueno, había otras formas. El compromiso político del músico no tiene que ver solo con el mensaje y el contenido de las letras. Cosas como el Lady Fest o La Dinamo estaban relacionadas con el mundo indie pero eran política. Lo que pasa es que aquí lo importante era cómo se vehiculaba la música, no su mensaje. De todos modos, la generación indie fue algo conservadora y reaccionaria. El mensaje era «Como no sé qué hacer para que las cosas cambien, opto por no enfrentarme a ello».

—¿Podemos decir que fue una generación frívola?

—Sí, la frivolidad es un poco lo que tienes para agarrarte cuando quieres evitar hablar de temas espinosos. Existía una especie de cinismo endémico, con un cierto descreimiento hacia cualquier cosa que significase una toma de conciencia colectiva.

—En su disco llama la atención esas letras en unas formas musicales un tanto alegres.

—Lo buscaba, porque es algo de la música popular que me gusta mucho. La música tradicional en muchas ocasiones toca temas dolorosos pero no lo remarca con el sonido, sino todo lo contrario. Hay canciones de duelo con música muy alegre. Puede ser por esto, la verdad es que no era muy consciente del porqué. A veces, el no querer que la música redunde en lo que dice la letra le da un efecto más poderoso aún.

—Suicidios, desahucios, trabajadores estafados…. a priori eso pide uñas, garra y cabreo, no amabilidad.

—Sí, pero ahí está el truco de la música. Hay canciones de Hank Williams que, cuando yo las escuchaba sin saber qué decían, me parecían alegres. Eran las típicas canciones de country con acordes mayores y un violín saltarín, pero las letras luego eran lo más terrible del mundo. Tenía un punto negrísísimo.

—Destaca, por su solución sonora y lo bien encajado que está música y letra, “Runrún”. ¿Sintió que había logrado la plenitud al terminarla?

—No, especialmente. Esa canción me costó bastante terminarla. De hecho, la corregí muchísimo. Si ves la libreta de los temas, esa no hay quien la entienda: está toda llena de tachones. Sabía que era una canción importante en el disco. Quería que estuviera en el medio y articulara las dos mitades. Esa canción también es amable. Cuando la empecé y solo tenía la primer estrofa, era una especie de canción de cuna. Luego, empecé a desarrollar la letra con la frase de “nos quieren en soledad, nos tendrán en común” del comunicado del Patio Maravillas y todo se fue haciendo solo poco a poco. La verdad es que es una de las canciones más amables, pero en realidad está contando algo muy duro.

—En un ayuntamiento gallego que lo contrató hace unos años sentaron muy mal unas declaraciones suyas contra el PP que los relacionaba con el Franquismo. ¿Alguna vez le ha llegado alguna queja por manifestaciones así?

—No, pero aquí, por ejemplo, gobierna Foro. Cuando hubo un homenaje a Leonard Cohen en Oviedo dije cosas que no sentaron bien. Mientras que estén ellos no creo que me contraten [risas]. Parte de nuestra carrera se hace con dinero público, pero generalmente las giras las hacemos nosotros afortunadamente. Pero sí, supongo que los ayuntamientos luego eligen qué artistas les interesan y cuáles no y estas cosas pueden influir.

—Se ha mostrado molesto porque se le exija un plus de coherencia al haber dado un paso al frente. ¿No le pide usted a los «artistas políticos» que sean consecuentes o es algo que le da igual?

—La coherencia es un valor, pero también hay que ser relativo con ella. Generalmente, pienso que el que te exige esa coherencia es alguien que está un poco hablando más de sí mismo que de la persona a la que pide ese compromiso. No lo digo por mí. Lo digo, por ejemplo, cuando en los noventa con Manu Chao se decían cosas como que cobraba un montón de dinero o que iba a festivales patrocinados por Coca-Cola. Siempre me parecieron despreciables ese tipo de comentarios, de gente que está en su sillón sin hacer nada y que le da rabia que otra gente luche políticamente. Es eso de “Dice esto pero no me fío porque hace lo otro”. Quien dice eso está adoptando una postura reaccionaria. Me parece bien que se le exija a la gente compromiso, pero no hasta el punto de entrar a lo personal. A mí qué música hago, cómo la manejo y a los sitios a los que la llevo me preocupa mucho. Seguramente, entre en muchas contradicciones. Son dilemas, yo soy consciente de ello y creo que los llevo más o menos con dignidad.

—Le voy a plantear yo un dilema. ¿Cómo se sentiría si, por ejemplo, yo fuese un fan suyo y comprase sus discos, pero también fuese votante del PP?

—[risas] Pues no sé, no sé muy bien qué decirte. He conocido a gente de derechas que me seguía, pero no sé si seguirán ahí. Es algo que me pregunto muchas veces y, realmente, no estoy seguro si tiene mucho ver la ideología con el hecho de que te guste la música de alguien. Hay una cosa curiosa, que hace tiempo que hablaba con Cristina Rosenvinge. Es algo que ocurre entre los artistas progres del rollo izquierdoso. Joaquín Sabina, Miguel Bosé o Víctor y Ana le gustan mucho a la gente de derechas. Es como entre la gente de derechas necesitase una especie de bufón de izquierdas para decir: «Esta es la gente canalla de izquierdas». Eso ocurre. Yo conozco a padres de amigos míos que son de derechas, que les va mucho todo este artisteo progre. Es algo que a mí me preocupa, pero yo no quiero formar parte de eso. No quiero ser el bufón de la gente de derechas. Una vez, en una entrevista, a Albert Plá le decían que los principies habían ido a un concierto de Serrat. Le preguntaba que qué le parecía si fuesen a uno suyo. Él decía que era imposible, pero le retaban a que lo imaginase y él terminaba como cabreado, diciendo “Puede que vayan a Serrat, pero a mí, ni de broma”. Él estaba muy convencido de que era imposible.

—Bueno, en los noventa estaban Negu Gorriak y había gente de derechas que, al margen del mensaje, los escuchaba y los valoraba. Yo conozco a algunos.

—Una cosa es no compartir el mensaje, pero no me imagino a nadie del PP escuchando a Negu Gorriak.

—Pues los hubo, se lo aseguro. Volviendo al disco, en algunos casos se ha criticado “Resituación” diciendo que era un disco hecho con prisas y que quedó, en lo musical, a medio hacer. ¿Es así o se trata de un álbum muy meditado?

—No, que va. Fue muy pensado. De hecho, creo que es un disco más completo que La zona sucia y El manifiesto desastre. Yo también he leído cosas así, pero no lo entiendo, la verdad.

—A lo mejor es por ese tono ligero y alegre de los temas.

—No sé, depende lo que entiendas por ligero. Antes hablabas del tono rumbero de La vida manca, pero bueno es una canción que relaciono con otro tipo de canciones mías, esas canciones río que van contando una historia y se van retorciendo a medida que la historia sucede. Pero quizá si haces la canción con otro tipo de tonalidades, más solemnes o más lúgubres, puede dar la sensación de que este más elaborada. Yo cuando hago canciones muchas veces estas remiten a otras. Por ejemplo en El manifiesto desastre hice Un desastre manifiesto, una canción que cuando la hacía me gustaba mucho y quería que fuese lo que fue “Polvorado” en este disco, una canción en plan himno, muy coral, para cantar de manera colectiva. Sin embargo, no me salió y surgió un tema muy oscuro. Las canciones te llevan a un sitio, pero no es cuestión de que estén más o menos elaborado.

—También se han discutido algunos versos. ¿Usted cambiaría alguno a día de hoy?

—[se queda pensando] No sé…

—Me refiero, obviamente, a los dirigidos a los policías cuando habla de ellos como torturadores.

—No, esos no.

—¿Y algún otro, ya que estamos?

—En directo siempre cambio cosas. Estaba pensado si lo estaba haciendo con canciones nuevas y no, por ahora, no lo hago. Pero, con el tiempo, aparecen versos que no te hacen sentir cómodo y los cambio. De esos versos con referencias a la policía me han caído algunas críticas , diciendo que se trata de un topicazo y tal. No sé muy bien lo que entiende la gente cuando dice que torturar a una persona es un topicazo. No sé si es porque es una realidad exagerada o algo que salga en muchas canciones. Tampoco lo entiendo. No hay más que ver en el telediario lo que pasa todas las semanas para ver que es algo que sucede. Yo hablo de la realidad y esta está plasmada tal cual. Luego, viene mi posicionamiento político que es un antagonismo radical contra la policía, pero nada más. Este disco habla de gente y esa gente tiene unos organismos institucionales que, en vez de defender a la gente, están en contra de ella. La sacan de sus casas y las apalizan porque están al servicio de los poderes financieros y económicos. Eso tiene que estar reflejado en las canciones.

—Quizá las quejas por los topicazos vengan precisamente porque se entiende. Volvemos al indie y al gusto por un lanzar mensajes más enrevesados o indirectos. ¿Tenía intención de hacerse entender de manera clara?

—No me lo plantee en plan premisa. Pero sí me di cuenta que tenía una necesidad de descodificar el mensaje y de pulir las letras, dejándolas en la esencia y huyendo de los mensajes crípticos. Para hablar de ciertas cosas hay que desnudar las letras y huir de ciertas metáforas que pueden ser un poco tramposas.

—Le voy a hacer un comentario que escucho muchas veces entre fans suyos: “Desde que Nacho Vegas no está metido en la heroína sus canciones no tienen la calidad de antes”. ¿Qué piensa?

—Que es una estupidez como un piano.

—¿Piensa que hay mucha gente que mitifica esa etapa más explícita en esos temas?

—Lo comparo con lo que yo las veía antes con Antonio Luque de Sr. Chinarro. Con sus últimos discos, que a mí me parecen buenísimos, hay muchos fans que dicen “Que vuelva el Luque de antes, que este no nos gusta”. Y no sé, quizá hay gente que quiere que hagas el mismo disco una y otra vez, pero es imposible porque a tu alrededor las cosas cambian, cambias tú y hacer canciones significa reapender a ver las cosas. De hecho, el título de Resituación hace referencia a eso. Ahora, en la gira, estoy poniendo en común las canciones nuevas con otras de discos antiguos. Creo que funcionan bien, pero desde luego no voy a hacer un disco como Cajas de música ahora. Lo siento la necesidad, no es el momento y no tendría ningún sentido.

—¿No hay algo perverso en los fans en ese querer que su artista lo pase mal o viva situaciones límite?

—Supongo que el patetismo del personaje les dará morbo a alguna gente, pero no es algo muy sólido. Pero lo cierto es que algunas de aquellas canciones, que ya no toco, hoy las veo naíf. Ahora canto de cosas mucho más duras. Ya me ocurría lo mismo en La zona sucia, que es uno de los discos más duros que hice a nivel de letras.

—Hablaba antes de la postura política de mirar a otro lado. Mucha gente habla, en ese sentido, de los posicionamientos por omisión de aquellos artistas que, al no explicitar su postura política, realmente están tomando otra. Se le suele acusar de ello, por ejemplo, a los grupos que solo hacen canciones de amor. ¿Cómo lo ve usted?

—No, un grupo puede hacer solamente canciones de amor y ser político. Hay algo ineludible: el compromiso con tu trabajo. Cuando tu haces música, tocas una parte muy popular de la cultura y estás llevando cosa a la gente. Hay que ser consciente que, pese a estar un poco dentro del mercado, la cultura tienen que funcionar en horizontal y hay que tener un compromiso con el mundo en el que vives y a donde quieres llevar tu música. Un grupo que solo habla del amor y no toca otro tipo de realidades puede tener un compromiso a otro nivel. Si un grupo saca canciones de amor, graba discos para una multinacional y es una especie de producto para conseguir dinero a corto plazo, se está posicionando políticamente. Ese no me interesa para nada, no tiene nada que ver con a lo que yo me dedico. Yo no lo exijo a los grupos que su música hable de política, pero sí que tenga un compromiso con su trabajo y con el mundo que le ha tocado vivir. Creo que cualquiera que se dedica a esto lo sabe.

—Hay quien afirma que, por ejemplo, un grupo como La Buena Vida es “de derechas”. A mí, personalmente, me cuesta entrar en ese tipo de pensamiento tan esquemático y polarizado y sacar conclusiones como esas.

—Ya. Toda la música dice mucho sobre el momento en el que fue creada. Y no es que La Buena Vida fuera un grupo de derechas, ni que ellos sean gente de derechas. Pero sí que La Buena Vida, Le Mans y todos esos grupos de Donosti son una gente de una clase social determinada, viviendo en una ciudad determinada. Eso se nota mucho. Hablan de lo lo que conocen. Antes te comentaba el ejemplo de Fangoria. Yo no los considero gente de derechas, pero sí que cuando dicen “yo no quiero dramas en mi vida” están hablando a una gente determinada y de un nivel socioeconómico, gente que no quiere mezclarse con temas problemáticos, ni tener dramas en su vida. Yo no quiero eso, no quiero hablarle solo a una gente de una determinada clase social. Y, aún así, eso es un dilema para mí. Por ejemplo, voy a hacer un concierto a Barcelona la semana pasada y la gente no puede gastar 25 euros para verme. En ese momento te preguntas ¿estoy haciendo música solo para gente que puede pagar 25 euros por una entrada? Luego lo intento compensar haciendo conciertos más baratos en centros sociales, pero me hago esas preguntas. Yo creo que se pueden leer todos los discos en clave política y los de La Buena Vida también, en ese sentido.

—Eso del precio de las entradas es interesante. Puede uno terminar como Bruce Springsteen, haciendo himnos de la clase trabajadora y cobrando 86 euros por un concierto.

—Es algo muy difícil de equilibrar. Ahora mismo a mí me preocupa mucho en esta gira. Esta parte la quiero hacer con toda la banda y todo el equipo y cuesta mucho. En Bilbao, por ejemplo, pusimos una entrada barata pero fue un desastre económico. En Madrid lo hicimos más caro, pero luego hicimos otros en el patio maravillas para compensar.

—Habla de que se dirige a un público. ¿Pretende remover sus pensamientos y sus ideas sobre el mundo?

—No una finalidad. Las canciones mías recogen lo que ocurre alrededor. Siempre ha sido así. Hablo de mi vida, no solo de mis angustias y mis problemas, sino todo lo que pasa alrededor. Todo eso está ahí y la gente tiene que verlo, remover su conciencia, reflexionar. Mi música solo da testimonio del mundo en el que yo vivo. Ahora me hace mucha ilusión que viene gente muy joven hablándome de las canciones. Si a partir de ahí pueden reflexionar sobre algunas cosas, como a mí me pasaba con los discos de Billy Bragg, pues estaría guay. No es la intención.

—¿Y si alguno de esos chicos jóvenes le dice que “Runrún” es para ellos un himno?

—[risas] Pues me halagaría, pero no me lo tomaría mucho más allá. A esas cosas no hay que darles mucha importancia. Hay que distanciarse de ello, porque la canción es bidireccional: el oyente tiene que dar de sí en la música, sobre todo cuando eres muy joven. Hay que poner mucha energía propia para que una canción sea tuya.