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El romanticismo al estilo Savages

Escrito por Javier Becerra
4 de febrero de 2016 a las 13:46h

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Causaron impacto en 2013 con Silence Yourself, su notable debut. Pero, sobre todo, nos pusieron frenéticos con un directo arrollador. Las londinenses Savages lograban esa mezcla perfecta de impacto físico, visual y emocional que no admite resistencia. Por mucho que algunos quisieran poner el escudo de las influencias demasiado obvias (Siouxie an The Banshees), las inevitables (Joy Division) y las otras que no se resaltaron con la misma intensidad (Sleater-Kinney), su poderío resultaba total. Dentro, letras que invitaban a la acción como «Vivimos una época de muchos estímulos / Si estas concentrado eres más difícil de alcanzar / si estás distraído estas disponible (…) Tal vez lo deberíamos de desconstruir todo / Quizá deberíamos recolocar todo de nuevo» (Shut Up) Fuera, apretando puño, apretando los nervios del estomago, apretando la respiración misma. Y haciendo sentir en el oyente el placer de la catarsis.

Ahora llegan con un segundo álbum con menor sensación de rodillo, quizá. Menos incisivo en ocasiones. Y menos flamígero, en general. Pero igualmente emocionante. Adore Life resulta algo imprevisible si tenemos en cuenta Silence Yourself. Se trata, ni más ni menos, que el canto a la vida y al amor al estilo Savages. Un impulso que se abre camino entre la zozobra, los climas insanos y algún que otro clímax. «Entiendo la urgencia de la vida / a lo lejos hay una verdad que corta como un cuchillo / Tal vez voy a morir mañana, así que tengo que decir / Adoro la vida», canta Jenny Beth en el tema homónimo. Se trata de la cumbre expresiva del disco, una cristalización musical del «pese a todo -el entorno doloroso, el futuro complicado, mi tristeza congénita- quiero vivir y disfrutar de la vida». En el tramo final, con la cantante desdoblando su voz del tono más grave a la luz de un agudo infinito y arrebatador, se siente ese resplandor en su/nuestro rostro. Pellizco. Ummm… Sí, esta es la música que tanto echábamos de menos.

La tripleta inicial –Answer, Evil y Sad Person– podría hablar de continuismo sonoro con su álbum precedente. Hay post-punk. Hay sensación de avalancha sonora. Hay música directa-pero-enrarecida. Normal lo tercero. Los conflictos emocionales acuden a la cita. Primero con una viciada atmósfera sentimental ( “Si tú no me amas /entonces no amas a nadie»), en la que incluso se apela al mortificante «quédate a dormir conmigo, podemos ser amigos». Segundo, mostrando a la iglesia francesa sus uñas por su oposición al matrimonio homosexual («Solo hay una manera de formar la familia / Te aprieto el cerebro hasta que te olvides»). Y tercero, hablando de la revolución cerebral que causa el enamoramiento en las personas («El amor es una enfermedad / La adicción más fuerte que conozco / ¿Qué ocurre en el cerebro? / Es lo mismo que la urgencia de la cocaína / Cuanto más tienes, más quieres»). Sí, el amor, toda clase de amor, es la respuesta. Lo cantan. Lo tocan. Y lo exhiben sin pizca de dulzura. Al estilo Savages.

Pese a este arranque, Adore Life pronto se muestra como un álbum de claroscuros, de bajones y subidones, de ambientes viciados e intermitente chorro de ruido. La citada Adore Life abre esa otra puerta. Se habla de PJ Harvey, de Nick Cave & The Bad Seeds, de Swans, incluso de Scott Walker. Teniendo en cuenta que se trata de su segundo capítulo y que continúa-pero-contrasta un notable puñetazo inicial se podría decir que se trata de su Dog Man Star (Suede) particular. Paralelismos y filias al margen, lo cierto es que en este álbum Savages apelan al post-punk pero, de su mano, exploran meandros desconocidos. En ese sentido, el trabajo de las tres compañeras de Beth resulta excepcional. La inteligente bajista Ayse Hassan pasando de la geometría rítmica a la línea recta con solvencia; la eficaz batería Fay Milton siempre en su sitio, descartando el exhibicionismo; y la guitarrista Gemma Thompson brillando de manera muy especial, con muros de ruido, marañas de tensión y arpegios de lágrimas.

Hay calma tensa. Lo sugiere Slowing Down The World, con su bajo de tiralíneas. Y lo muestra Surrender, con su ritmo atascado en el ruido como una radiografía musical del miedo y la rendición «(¿Sentiste la presión de crecer dentro de su cerebro / Donde cada nervio está en llamas?»). Hay también tormenta, cuando muestra la voracidad del amor en la pjharveyana When I’m Love o en T.I.W.Y.G., donde vuelve a jugar con la metáfora de la droga: « No importa quién está bien o mal / Todo lo que quieres es esa sensación de nuevo / Cuando alguien se ha instalad en tu cabeza». Todo para terminar el disco bajo mínimos, entre rugidos, voces bajas y sensación de angustia. El amor es así, parece concluir en Mechanics, esa pieza oscura con brillos metálicos que cierra el disco diciendo que cuando el amante entra en la cama «dolor y placer tocarán mi mano». Al tiempo, pide «hacer todas las cosas que nunca he hecho». Así, de manera tenebrosa pero con luz, sin concesiones a la dulzura ni a lo que en el pop se entiende normalmente como un disco de amor.

Es el romanticismo al estilo Savages.

David Bowie calmando a adolescentes

Escrito por Javier Becerra
3 de febrero de 2016 a las 14:57h

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Me detengo ayer en un kiosko a comprar una revista de música. Portada, cómo no, David Bowie. ¡Este mes me las pillo todas! «Debe traer un especial dentro, todas lo traen este mes», advierte la dependienta. «Aproveche, porque dudo que venda tantas revistas de música este año», le digo. «¡Qué va! Estos chavales no conocen a David Bowie. Es como la política. Mucho Pablo Iglesias y mucha historia, pero le preguntas quién es Adolfo Suárez y no lo saben», contesta ella frustrada. Se le nota muy quemada. «No tienen cultura, ni tienen nada, solo saben molestar e incordiar. Si leyeran algo o escuchasen música al menos», añade.

La mujer tiene el kiosco situado en una zona en la que el pasado verano fueron frecuentes las reuniones de adolescentes que, a veces, terminaban en pelea. Me enseña cómo le destrozaron el techo de su habitáculo. También me relata otras fechorías de los niños. «Los políticos pasan de todo. ¿La ley del menor para qué sirve? ¡Para que hagan lo que les de la gana!», me espeta. Yo le digo, tirando de oficio pero también de (triste y pragmática) realidad, que la próxima vez llame el periódico. Desde que salió una información de una macropelea frustrada en esa zona, vaya, jamás se volvieron a registrar incidentes: «Los políticos son todos así: si no ven el follón en el periódico hacen como si no existiera. Mire el botellón, cuando los vecinos se echaron a la calle y empezaron a llamar a los periódicos en vez de al 092, terminaron por prohibirlo en los lugares conflictivos, después de estar años diciendo que no pasaba nada». Ella asiente.

Después de diez minutos de “raje ciudadano”, con el consabido «todos los políticos son iguales», nos despedimos. Camino hojeando el Popular 1 que me acabo de comprar: una doble portada con dos peligros públicos para las sociedades de su momento: Lemmy Kilmister y David Bowie. A mi cabeza acude el “Rebel, rebel” del segundo. Es algo muy común cuando camino por la calle: su riff vigoriza los músculos de las piernas. Y se entremezcla con la conversación de “vecinos quemados” de minutos antes. «Si leyeran o escuchasen música, al menos», decía ella. La frase se queda. No sé si se refería a que escuchando Ziggy Stardust los chavales no estarían incordiándola. Pero, una vez más, me ha hecho reflexionar del papel del rock en el 2016.

Triángulo de Amor Bizarro: «Eso del elitismo indie me parece una estupidez gigantesca»

Escrito por Javier Becerra
26 de enero de 2016 a las 21:00h

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El próximo viernes Triángulo de Amor Bizarro edita su cuarto disco, Salve Discordia. Se trata de un más de lo mismo que para nada es lo mismo de siempre. Y eso a los fans del cuarteto de Boiro seguro que les encantará. El pasado domingo publicamos un reportaje en el Extra de La Voz sobre el, tomando como base una entrevista promocional previa con Rodrigo Caamaño, cantante y guitarrista. La recogemos ahora íntegra en Retroalimentación.

-Asegura la hoja promocional del disco que Triángulo de Amor Bizarro nunca habían sonado ni tan rápido ni tan lento como en esta ocasión. ¿Es así?

-Es otra cosa. En todos los discos llevamos las canciones al estudio y luego, en directo, las acabábamos tocando a toda hostia. En ese disco queríamos hacer canciones desde cero a la velocidad que tenemos en concierto. Es un punto de partida que lo cambio todo. Cuando usas una velocidad determinada afrontas de otra forma tanto las armonías como los arreglos lo afrontas. La producción ya se enfocó así. En otros discos aspirábamos a llegar al sonido ideal a base de capas de guitarras y producción. En este se buscó más sonar así de golpe, desde el principio. Hay temas en Victoria mística, como De la mano de las almas oscuras, en el que habíamos logramos un sonido determinado pero luego en directo tardamos mucho en hacerlo. En cambio, en este disco logramos el sonido directamente sin recovecos. Es ir del punto a al punto b como una línea recta. Así pudimos experimentar más cosas.

-Me habla de tocar a toda velocidad, pero está lo otro: tocar más ralentizado que nunca.

-Es un poco lo mismo. Siempre quisimos hacer canciones lentas. Escapamos de los medios tiempos. Nosotros nos movemos mejor en los dos extremos. Nos gusta lo lento, lo arrastrado, los ritmos de las baladas de Elvis. En este disco profundizamos en ello más que ningún otro. Antes metíamos alguna siempre, ahora hemos metido más.

-Son un grupo con fórmula: ruido y tenues melodías. ¿Se plantearon cambiar el sonido en esta ocasión?

-No, al contrario. El sonido que fuimos consiguiendo con los años es lo que tenemos y lo que nos hace propios. La única diferencia es que lo que antes hacíamos con diez capas de guitarra ahora lo hacemos con una. A partir de ahí hay más espacio para trabajar. Esto es más lozano. Grabar con más espacio y más medios nos ha permitido esto. Peor no hay ninguna intención de cambio.

-Ha dicho usted que este es un disco menos indie. ¿Hay una huida?

-No, es nuestro cuarto disco ya. Hay canciones como Estrellas místicas o De la monarquía a la criptocracia que encajan mejor en esa idea del indie, de la que nosotros somos parte. Pero no queríamos entrar en la comodidad y hacer otra vez esas canciones. Quieres ir a lo desconocido. El indie ahora a lo mejor no es el indie que recordamos. Ahora parece que es un estilo muy fijado y no me veo haciendo cinco discos más con un sonido determinado porque esté englobado en el indie. Las influencias que tenemos en este disco son las mismas de siempre, pero a lo mejor la aguja señala a otros grupos no tan indies. Hablábamos antes de Spacemen 3 [se refiere a la conversación previa a la entrevista]. Tú le hablas de eso a un indie de ahora y para él no es indie. Para mí sí. ¿Qué ahora tenemos más influencias del rock n’ roll y de garage? Sí, pero eso lo escuchábamos ya antes.

-De todos modos, hay guiños en el disco muy obvios a New Order o Jesus and Mary Chain.

-Sí, nunca tuve miedo a ello. Hay que ver dónde está tu personalidad. Nosotros esos guiños siempre los hicimos sin miedo. Nuestra personalidad está más allá del guiño. Cuando hacemos cosas que no se parece a nosotros, que no tiene ese sonido, lo rechazamos. Eso es lo que nos permite jugar con estos tics. Lo hemos hecho siempre: usar frases de otros grupos. Eso está en el adn del rock n’ roll: jugar con los standars con tu propia personalidad.

-Siguen viviendo en la aldea. ¿Cómo los ven en Boiro, ahora que salen noticias de que giran por EE.UU.?

-No, yo creo que nos ven como una orquesta normal y corriente. Te ven, dicen: «Ahí vai o fillo de Caamaño, que ten un grupo» y no hay nada más. Nosotros estamos en Abanquerio, todo lleno de campo y casas unifamiliares. Algo tienen que oír de nuestra música. Pero todo es muy normal. Hacemos vida de aldea. Eso está muy bien, porque nos evitamos la ciudad. Tú, por ejemplo, vives en Malasaña y se te va la cabeza. Nosotros tocamos de manera normal, al margen de todo. Es un sitio genial. Estás en invierno, ahí en el local de ensayo, miras las cosas con calma y pruebas hasta que encuentras.

-¿Ha sido clave estar ahí?

-Sí. Cuando estábamos en A Coruña, sacar el primer disco fue complicado. Pero luego, una vez editado, seguíamos ensayando allí y nos costaba mucho. Venían tus amigos, venían los del otro, y al final, no tenías a sensación de soledad del grupo ni el momento de asimilar nada. Aquí nos metemos tres o cuatro días por semana. Tocamos horas y horas. No hay más distracciones que las que queramos buscar nosotros. Si tuviéramos 20 años a lo mejor no, pero ahora no creo que haya nada mejor que esto.

-Hace poco hablé con Marcos Collantes, el dueño de Mushroom Pillow, su sello discográfico. Le decía que quizá ustedes ya habían tocado techo en España en cuanto a público. Él me contestaba que podía ser, pero que quedaba mucho mundo por delante. ¿Lo ven ustedes así?

-Yo creo que podemos crecer más aquí aún. Nosotros en todos los discos hemos ido ganando fans. Todo puede ser. Esto es tan de canciones sueltas que, de repente, una canción entra y te conoce otro tipo de gente. Pero, bueno, nuestra intención es esa: ir a fuera. En verano estuvimos en EE.UU. Nos encontramos con miles y miles de personas que hablan castellano. Es un público potencial. Vas con la idea de un país anglosajón e hicimos siete conciertos con todo lleno. Hay más gente que habla español allí que en España. Y con una escena musical súper desarrollada. Nosotros nos hemos visto con un grupo así, sin un éxito masivo, pero sin estar cerrado a nada. No nos quita el sueño. Es lo que han hecho los grupos americanos desde hace tiempo. Tú ves a Yo La Tengo, que no son un grupo grande, pero son conocidos en todas partes. Viajan por todo el mundo y son grandes en lo suyo. Nosotros miramos a América.

-Al margen del castellano, a un fan americano del shoegazer le puede gustar Triángulo de Amor Bizarro como algo exótico. ¿No ocurre?

-No, el idioma es muy importante. Los que hablan inglés les suena esto raro. Pero en EE.UU el idioma que crece es el español. La gente joven son de segunda y tercera generación. Escuchan rock, pero lo prefieren en su idioma, porque se sienten más identificados. Estás en Brooklyn tocando y ves que hay comunidades enteras latinas. Nosotros, por ejemplo, la ciudad en la que más seguidores tenemos hoy en día es México DF. Mucho más que en cualquier de España.

-Últimamente una de las críticas más frecuentes al indie es la del supuesto elitismo que propugna, de ser grupos deliberadamente pensados para no ser populares. Ustedes con esa filosofía de enterrar las melodías entre ruido podrían ser una diana perfecta. ¿Qué piensa?

-De verdad, eso del elitismo del indie me parece una estupidez gigantesca. Me parece un rollo de una visión de entre Malasaña y la Castellana. Tú montas un grupo porque quieres hacer la música que te gusta, no hay más. A mí me gusta Suicide más que cualquier otra cosa en el mundo. Es lo que me emociona. Y cuando hago música voy por ahí. Yo veo esas actitudes igual que lo que aquí se dice ser un desertor del arado, en plan estas veinte años en un rollo y luego lo detestas porque te llega la crisis de los 40. Tener 40 años y poner a parir a los de 20 por lo que les gusta es de abuelo cebolleta y de amargado. No sé, yo cuando tenía 18 años ojalá que le gustase a todo Boiro lo que me gustaba a mí [risas]. Aquí lo veo de una forma muy diferente. Aquí la mayoría de la música que hay es la de las orquestas, verbenas con la Paris de Noia y la Panorama. Es absurdo. Mucha de la gente que hacía o hace esa música es porque le gusta, aunque no haya público y aunque te critiquen. Nosotros seguimos en esto por eso. Creo que es muy de mear fuera del tiesto. Este debate que viene de antiguos indies. Es muy estúpido todo. Si se viniera un mes a Boiro cambiaría de opinión. Aquí la cultura dominante es otra y decir eso es vivir fuera del mundo. Los que hablan de esas cosas deberían salir de Fuencarral.

-En esas críticas se habla mucho del tema político y de cómo se omite. En ese disco hay una frase que creo que pasaría a la historia: «Habría votado a la derecha por ti».

-[risas] Pues esa canción habla de ir en una moto, apagar la luz y tirate por una cuneta. Me parece bastante peor y violento. No eres el primero que se ha quedado con ella. Yo pretendía hacer una canción de amor bonita pero pasadísima de vueltas, que contestaba a la que sale antes.

-En otra dicen «Europa es una zorra y está matando a la juventud». ¿Hay una visión política de Triángulo de Amor Bizarro dentro de su caos habitual?

-Sí, siempre ha sido así. Puede que haya afinado más en esas cosas.

-¿Pero hay algún tipo de reacción en ello?

-Yo cuando escribo busco que me genere a mí algún tipo de sensación, que me cuadre en la cabeza. No digo: «Voy a hacer una canción política». A lo mejor usamos más la política como una un punto de partida para una idea más personal. En el 2007, cuando nadie exigía a nadie definirse y decir de qué partido eras, nosotros ya teníamos esas cosas. Son las cosas que te importan. No hemos cambiado el discurso a algo más político por presiones externas. Pero presiones que sí creo que hay. Ahora se le pide a los grupos manifestarse políticamente. Pero si no puedes decir tú si quieres manifestarte políticamente de qué vale hacerlo, si es una imposición. No, cada uno tiene que hablar de lo que sienta y de lo que pueda. Los grupos que no se manifiestan políticamente pueden hacer actos políticos muy subversivos, sin hablar del presidente del gobierno. Muchas veces se confunden las cosas. El rock n’ roll no es solo música, ni solo palabras. Es una conjunción de ambas cosas. Si no, me metería a poeta. La música sirve para expresar cosas a las que no llegan las palabras.

-¿Le han propuesto ya conciertos tocando las canciones del primer disco en el mismo orden?

-¡No que va tío! ¡Por Dios, eso no! Dentro de otros diez años, puede. Siempre tocamos alguna del primero: la que más nos gusta a nosotros y la que más le gusta a la gente. Estamos en el presente y el futuro. Ese disco fue la hostia hacerlo.

-La gente lo sigue viendo como el clásico.

-Depende el sitio. Para algunos es Año Santo. Pero para otros fue un bajón, porque es más duro y macarra. En México el disco clásico es el segundo.

Muertes que evidencian el fin de una era

Escrito por Javier Becerra
19 de enero de 2016 a las 11:53h

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Otra más. Ayer cerrábamos el día con la muerte de Glenn Frey, el que fuera guitarrista y voz de The Eagles. Fallecía, víctima de una artritis combinada con una neumonía. Horas antes había trascendido otra desaparición en el planeta rock, la de Dale Griffin, el batería de Mott The Hoople, que sufría alzhéimer. Y hoy nos despertamos conociendo que Gary Loizzo, el cantante American Breed, Gary Loizzo también ha fenecido en los últimos días.

Son días negros para el rock, pero también la certificación de que una era concluye definitivamente.«Nos vamos a tener que acostumbrar a estas noticias», decía hoy en su Facebook Alex Cooper asumiendo lo inevitable: que la música, como la vida, nace y muere. Más allá de aquel impulso primigenio de los cincuenta, hablamos del rock como fuerza cultural dominante en la segunda mitad del siglo XX. Muchos de los protagonistas ya no están con nosotros. Otros tantos se encuentran en el crepúsculo, cantándole a su recta propia final. Y, mientras, vemos un fondo en el que la fuerza social rupturista que otrora tuvieron las guitarras se desvanece en favor de las redes sociales y otras maneras de diversión.

Todas estas muertes llegan cuando el rock ya se siente a gusto en los teatros en los que nació como un peligro y terminó domesticado con subvención pública. Hoy puedes ver a bandas de garage-rock en butaca numerada, cuño del ayuntamiento correspondiente y respetuoso silencio en la platea. También aparecen las defunciones en el momento en el que los padres compran a sus hijos camisetas de los Rolling Stones y bodis de The Velvet Undeground. En una fiesta infantil igual te pintan al niño de Aladdin Sane como le enseñan a bailar cual Angus Young. Y se van los mitos, cuando hasta el Vaticano lamenta la desaparición de un David Bowie que puso en jaque la moral occidental en los tiempos del glam-rock.

Nos seguimos emocionando, buscando ese escalofrío primigenio, estando pendientes de una gran revolución. Pero no llega desde, al menos, el grunge. Los creyentes dicen que se trata de una cuestión de actitud, de no caer en el síndrome de abuelo cebolleta y demás. Pura fe. Todos tienen un nombre en mente que encarna esa fuerza. Pero hoy Rebel, Rebel sonaría perfectamente en una boda o una celebración familiar sin que nadie se inmutase lo más mínimo. Es más, puede que entre smokings y vestidos de palabra de honor termine una banda tributo sustituyendo al duo de pachanga con un repertorio de temas de Led Zeppelin, AC/DC o Rolling Stones. Sí, lo mismo que esas sesiones vermú de fin de semana.

Toda esta catarata de muertes, sumadas a las de Lemmy Kilmister o David Bowie, nos sitúa a los fans ante los últimos suspiros de una manifestación cultural pura, vibrante y avasalladora. El rock tal y como se concebía en los sesenta y los setena, languidece. Le queda poco. En la actualidad, se sirve como pieza de museo, entretenimiento burgués y páginas de necrológicas. Salvo las muertes, que siempre son penosas, no es ni bueno ni malo. Pero es. La marcha fúnebre que viene sonando en los últimos días sin cesar lo ha recordado. Una vez más. Disfrutaremos de lo que venga, no hay duda. Pero será otra cosa. Con un lenguaje similar, pero un latido muy diferente.

El mundo pop canta a David Bowie

Escrito por Javier Becerra
18 de enero de 2016 a las 18:19h

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Era previsible. La muerte de David Bowie ha generado la semana pasada un sinfín de homenajes en todo el mundo. No solo se trata de su desaparición, sino cómo esta se convirtió en su última impulso creativo lo que ha dejado conmovido al planeta pop. Artículos de periodistas, recordatorios de particulares, portadas de periódicos, cierres de telediarios, su música sonando en todas partes y, también, muchos artistas se renombre haciendo lo lógico en estos casos: reinterpretar sus canciones a modo de tributo. Aquí van algunos de ellos.

Uno de los primeros en aparece fue el de Rick Wakeman, el célebre teclista del grupo de rock progresivo Yes. Se trata de una pieza importante en el mundo Bowie. Intervino en el clásico Hunky Dory (1972), dejando su impronta en los preciosos pianos que se pasean a lo largo de sus surcos. El mismo lunes en el que todos conocimos el fallecimiento del artista, Wakeman acudió a los estudios de la BBC Radio 2 e interpretó al piano Life On Mars, una de las más bellas composiciones de toda la carrera del Duque Blanco.

Otro que no dudó en hacer su particular genuflexión ante el cancionero de Bowie fue Adam Lambert, cantante americano surgido del programa American Idol. Ajustado a su medida, apeló al clásico de la época discotequera Let’s Dance, cantándola en directo dentro de uno de los recitales de su gira en Asia.

Madonna tan solo tardó un día en explicitar su amor por el astro pop sobre el escenario. En uno de sus conciertos americanos, en Texas, aprovechó para dirigirse al público. Le dijo que David Bowie fue uno de los mejores compositores del siglo XX y que le había cambiado la vida desde que lo vio por primera vez en directo. «Él me enseñó a mí que estaba bien ser diferente», subrayó. Y atacó con un guitarrero Rebel,Rebel, con cambio de vestuario incluido

Rebel Rebel también fue la canción elegida por Bruce Springsteen el pasado sábado, en el primer recital de la gira The River, celebrado en Pittsburgh. El Boss quiso recordar a su «gran amigo» y los tiempos en los que grabó Young Americans. Sin más, apeló a su Telecaster e hizo suyo un himno del rock rebelde.

Pero quizá el homenaje más curioso de todos los que ha recibido Bowie estos días tuvo lugar en Nueva Orleans. En sus calles Arcade Fire se juntó con la Preservation Hall Jazz Band paseando el repertorio del artista por sus calles, en un ambiente festivo y colorista. Esta es la insólita versión de Heroes que se puedo escuchar

También hubo recuerdos sentidos al artista en España. El más importante de todos tuvo lugar el pasado sábado en Barcelona. Organizado en tiempo record, The Stars Look Very Diferent Today reunió a integrantes de bandas como Sidonie, Inspira, Mazoni, Mishima, Delafé o San León con el único objetivo de revisar un repertorio mítico y honrar a Bowie celebrando su obra. El éxito fue total.


El último guiño de un grande a Bowie que ha trascendido fue el de Robbie Williams, quien subió a su cuenta de Facebook una interpretación casera de Changes, junto a Rufus Wainwright y Guy Chambers. ¿Terminará representándose en un escenario? Habrá que estar atentos

Pero sin duda el más emotivo de todos los homenajes no lo protagonizó ninguna estrella del pop. En Brixton, el barrio en el que se crió Bowie, decenas de fans se echaron a la calle espontáneamente para honrar al mito. Los videos que circularon estos días hablan de devoción y emoción, de tristeza y alegría, de cariño y pena por haber crecido con Bowie y ver que se ha ido para siempre.

Un soplo de frescor pop con Aerolíneas Federales

Escrito por Javier Becerra
16 de enero de 2016 a las 12:55h

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No hubo sorpresa. Estas tuvo lugar hace tres años cuando la mítica banda viguesa volvió a dejarse querer en los escenarios. Entonces demostraron que su pop divertido, espontáneo y directo no había perdido nada de su impacto con el paso de las hojas del calendario y el olvido de sus propios integrantes. Ayer todo eso se repitió. La chispa. El descaro. Las melodías irresistibles. Y la diversión.

Quizá haya sido esta la actuación de toda la historia de Los conciertos de Retroalimentación con una media de edad más alta. Da gusto ver a “gente formal” desmelenarse durante una hora y pico, sacar la camisa por fuera del pantalón y cantar hasta lastimar la garganta. Ayer unas doscientas personas lo hicieron con Soy una punk, Vacaciones, Mi vídeo no tiene mando a distancia, Quiero rock and roll y todos los clásicos de Aerolíneas Federales.

Muchas gracias al grupo, la sala y muy especialmente a todos los asistentes que convirtieron el Playa Club en una gran fiesta. Próxima parada: Musel + Mano de Obra, 13 de febrero en Nave 1839

Aerolíneas Federales: «Rosa y Coral cantan como podrían cantar en su casa»

Escrito por Javier Becerra
15 de enero de 2016 a las 11:59h

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Volvieron en el 2012 de una manera totalmente imprevisible y se quedaron. Aerolíneas Federales, la facción más pop y desenfadada del Vigo de los ochenta, siguen repartiendo alegría y fiesta en los escenarios con un repertorio irresistible. Esta noche (Playa Club, 23.00 horas, 10 euros anticipad y 13 en taquilla) se suman a Los conciertos de Retroalimentación con su veteranía a cuestas y la garantía de que su fórmula continúa funcionando a la perfección. Silvino D. Carreras se encarga de contestar la entrevista

-Aunque todos tenemos la imagen de Aerolíneas Federales como un grupo fresco y pop, lo cierto es que arrancaron en Vigo en formato trío, con una caja de ritmos y un tanto oscuros.

-Sí, en aquella época en Vigo era relativamente corriente. Nosotros empezamos así, Golpes Bajos también y algún grupo más.

-¿Era Vigo una ciudad muy after-punk?

-Sí, nosotros estábamos muy influenciados por grupos como Joy División. Flechi, el otro integrante que se fue cuando entró Rosa y Coral, era súper fan.

-¿Y cómo descubrían a Joy División unos chavales de Vigo en 1981?

-Había una tienda, Elepé, de toda la vida. El chico que trabajaba allí estaba muy al tanto de las novedades. Teníamos mucha accesibilidad a todo lo que salía.

-La entrada de las chicas en el grupo supone un punto de ruptura. ¿Entró con ellas la luz y el pop?

-Sí, fue un cambio muy grande. Fue de forma casual. Nosotros no teníamos un local fijo de ensayo. Un día íbamos en casa de un amigo y otros en un bar, sin mucha regularidad. Una de las veces que habíamos quedado para ensayar llegué tarde y Rosa, que era mi novia en ese momento, y Coral, que era la novia de Luis, estaban con Miguel. Para hacer tiempo, medio de coña, medio en serio, él propuso que se pudieran a cantar. Cuando yo llegué ya me dijeron que se quedaban en el grupo [risas]. Fue improvisado. Además, como nos gustaban los Rezillos, lo vimos muy claro.

poster-15-Esos coros son la gran seña de identidad de Aerolíneas Federales. No son iguales a los de los demás grupos, son muy particulares.

-Siempre fuimos un grupo muy poco profesional. Nosotros tocábamos, pero ellas eran completamente ajenas. Rosa y Coral cantan como podrían cantar en su casa [risas]. Ni siquiera ahora tienen la consciencia de ser músicos. Coral tiene su propia personalidad y Rosa también. Pero yo creo que cuando más fuerza tienen es cuando ambas cantan juntas. A mí me gusta la onda de Miguel Cantando y ellas haciendo coros.

-Sus discos son una colección de pelotazos. No hay baladas y casi no hay medios tiempos. ¿Consistía en ir a cañón?

-Baladas no teníamos ninguna. Tenemos algún medio tiempo, pero sí, todas las canciones son muy rápidas. En el fondo, está el origen nuestro, que es el punk y el after-punk.

-¿Era un principio en plan «no vamos a hacer baladas» o «no vamos a hacer solos de guitarra»?

-Por supuesto que nosotros nos negábamos a ello. No estaba dentro de nuestros gusto.

-Esos pelotazos transmitían mucha espontaneidad.

-Cuando empezamos a tocar era un grupo muy anárquico. No teníamos planes ni visión de futuro. Nos divertíamos, nos reuníamos y disfrutábamos de esa identidad que te da la música. Luego, a medida que el grupo se fue consolidando y entraron las chicas, lo canalizamos un poco, pero siempre trabajando desde la espontaneidad. No trabajábamos los arreglos. El nuevo disco, sin embargo, está muy arreglado.

-Tuvieron un éxito temprano.

-No te creas. De la escena de Vigo fuimos de los últimos en grabar y, junto a Siniestro Total, somos los más antiguos. Habíamos empezado antes de Golpes Bajos o Semen Up, por ejemplo. Grabamos en el 86, cuando Siniestro tenían tres discos y Golpes Bajos estaban a punto de separarse. Aún tardamos en explotar.

-Pero el disco tuvo éxito inmediato. ¿Qué supuso tras cinco año picando piedra sonar en las radios?

-Estábamos en el momento de los sellos independientes. Nosotros en las radiofórmulas entramos al final, no en los dos primeros discos. Tocamos mucho y tuvimos cierto éxito, pero no éramos un grupo de Los 40 principales, para que nos entendamos.

-Blondie, Ramones, Rezillos… eran sus referencias.

-Sí, Grupo Sportivo, Undertones, Buzzcocks, todos esos nos tocaban muy directamente.

-¿Y el rollo setentero de la Tamla Motown?

-Sí, claro. Pero date cuenta que en ese momento lo más fuerte eran los grupos post-punk ingleses.

-¿Visto en perspectiva la Movida Viguesa se ha mitificado o era para tanto?

-No sé si estamos pensando los dos en lo mismo. En Vigo entre el 81, 82 y 83 había un grupo de gente que tocábamos en grupos, un par de periodistas y otros que tenían bares, un circuito bastante pequeño. Eso no era la Movida. La Movida llegó mucho más tarde, cuando todo eclosionó. Hubo un cambio muy fuerte en la ciudad. Es verdad que Vigo vivió una explosión muy grande. Cuando nosotros empezamos no había locales de conciertos. Nos buscábamos los conciertos en colegios. A partir del primer disco de Siniestro Total todo empezó a cambiar.

-Siempre existe el mito de Vigo como la ciudad gris e industrial. ¿Su música podría ser una reacción?

-Sí, puede ser. Nosotros queríamos quitarnos de encima ese momento tan oscuro y gris que estaba pasando la ciudad. Nos cogió muy jóvenes, en un momento social y político de transformación y cambio. Tú percibías que había muchísima libertad. Eso también se transmitía en nuestra forma de vivir y componer. Había una parte de la ciudad que no nos gustaba, pero también queríamos resaltar esa otra parte, que era divertida.

-Y las la separación, surgió lo de Perú. ¿No fue un shock descubrir la devoción que había por Aerolíneas Federales allí?

-Bueno, el chico que impulsó nuestro concierto allí vivía en Lima y tenía mucha conexión con lo que pasaba en España. Durante dos o tres años nos llamaba insistiendo para fuésemos a tocar allí. Durante ese tiempo publicó un disco de homenaje al grupo con bandas sudamericanas y españolas. Cuando lo publicó vimos que la cosa iba en serio. Al principio, lo veías como un pesado, que no nos dejaba en paz [risas]. Pero cuando hablamos con él por Skype, nos convenció y nos metimos en un avión para ir a tocar. Fue una experiencia genial. Llevábamos doce años sin tocar y, de pronto, nos veíamos allí con un público enfervorecido que bailaba pogo. Era impresionante. A la vuelta nos surgió de publicar algunas canciones de Xabarín con Elefant.

-Dijeron que una de las cosas que mantuvo a Aerolíneas en la memoria fue la publicación en los noventa del disco de Xabarín Club y la inclusión de “Soy una punk” en el karaoke del Singstar.

-Sí, el grupo se fue manteniendo por eso. El karaoke ese y el disco fueron muy famosos. Luego, había unos grupos de Madrid que nos seguían. Bandas como L-Kan, gente de Elefant Records que nos hicieron un concierto homenaje. Fueron cosas que mantuvieron al grupo más o menos vivos.

-Hay mucha gente que les consideran como precursores de esa facción más exageradamente pop del indie nacional de finales de los noventa. ¿Lo ven así?

-Bueno, esos grupos que les llaman tonti-pop, como Meteosat o Los Fresones Rebeldes, en teoría están ligados a nosotros. Esas cosas nosotros las vemos bien, incluso somos fans de ellos. Tú tocas una cosa durante un tiempo y luego aparecen otros que siguen un camino parecido con su personalidad. Lo vemos muy bien.

-¿Había miedo a volver con nuevo disco?

-La verdad es que no. Nos apetecía actualizar el grupo con canciones nuevas y lo cogimos con bastante entusiasmo. Lo que pasa es que ahora nos ha costado mucho. Es un disco casi autoeditado. Nos costó más grabar este disco que los otros seis juntos. Organizar ensayos, grabar,… un lío.

-Tiene un sonido mucho más pulcro que el que todos tenemos todos asociado a Aerolíneas Federales. ¿Era esa la intención?

-Sí, nos apetecía intensificar sobre todo el lado pop. Nos gusta mucho el pop francés. De hecho, hacemos una versión de Serge Gainsbourg. Esa es la razón por la que tiene más arreglos y todo está más cuidado.

-Dijo una vez que veía esta etapa como un epílogo. ¿Son estas las últimas páginas?

-A ver, nuestra idea es «Este es nuestro último año». Vivimos el presente. No tenemos planes de pervivir ni los hacemos a más de un año vista. Ahora queremos promocionar el disco y tocar todo lo que podamos. Nosotros tenemos otros trabajos y no vivimos del grupo. Eso por un lado está bien, porque nos da muchísima libertad, pero no hacemos planes ni a medio plazo.

-Siguen contagiando alegría en sus conciertos. ¿Alguna vez salieron al escenario y se encontraron a la gente parada?

-[Risas] No recuerdo. No te puedo decir que no ha pasado nunca, a lo mejor tuvimos algún desecuentro. Pero en general el ambiente es bueno. Es una cuestión de actitud.

-¿Pierden mucho los papeles los antiguos fans?

-Donde los perdían totalmente fue en Perú. Estaban bailando pogos como locos y alucinabas. Aquí el público es bastante diferente a cuando éramos más jóvenes. En general, es todo mucho más tranquilo.

Lo que «Blackstar» dice después de la muerte de David Bowie

Escrito por Javier Becerra
13 de enero de 2016 a las 14:17h

bowie blackstar

Todo lo escrito sobre Blackstar antes de la mañana del 11 de enero, momento en el que se confirmó la muerte de David Bowie, debería ser quemado. Borrado. Eliminado. Hecho trizas. Este artículo también, por supuesto. Nadie pudo aproximarse ni si quiera a lo que latía de verdad en sus siete canciones: un corazón maltrecho coordinando el sístole-diástole pocas semanas antes de dejarlo de hacer para siempre. Con plena conciencia. El cáncer ya había puesto su fecha. Los ataques al corazón incluso la podían adelantar. En lugar de retirarse, descansar y emprender la cuenta atrás alejado de todo, Bowie optó por musicar su final, por calcular el momento exacto de su desaparición y hacerlo coincidir con su última obra: el -ahora sí- escalofriante Blackstar.

Conviene detenerse en el formato original en estos tiempos de Spotify. No se trata de apelar a las buenas costumbres del melómano burgués. No, esta vez resulta NECESARIO. Es parte de la experiencia que propuso el autor. La estrella negra prevista y proyectada como un icono de eternidad deja paso, una vez que se abre el digipack, a dos imágenes: un Bowie ultraterreno y el gran cosmos a su lado. Golpe. De fondo, haciéndose ver con el contraste del brillo en el mate palabras unidas como constelaciones que dicen cosas como “I’m a Blackstar” o “How Many Times Does An Angel Fall” o “He Cried Aloud Into The Crowd”. El libreto, en consonancia, juega con todas estas estrellas e imágenes del Bowie de los ojos tapados por un paño con botones. Lo que algunos incluso quisieron ver como un manicomio, como otra excéntrica teatralización más del artista jugando «artísticamente» con la locura. No, en Lazarus -vídeo u canción- estaba interpretando su propia muerte.

Verlo (el clip) y escucharla (la canción), el lunes o ahora, suponía/supone entregarse al escalofrío, a la conmoción y a una especie de vacío íntimo que te deja aturdido, un poco fuera del mundo real. Cabe imaginar lo que tuvo que ser Closer de Joy Division en su momento para quienes los seguían. Y, de hecho, se encuentran en esa primera línea de bajo conexiones con las atmósferas fúnebres de la banda de Ian Curtis. También con las guitarras industriales, la interpretación «más allá de este mundo» y hasta con el toque jazz (si a Joy Division le gustase el jazz sin duda sería similar). Es música «así» de real, «así» de auténtica, «así» de vitalmente mortecina. Cuando llegan las espirales de saxo final y estas inducen al mareo, todo se volatiliza hasta desaparecer. Lo vemos ahora, claro. Era tan obvio…que nadie lo pudo ver.

Todos los plumillas musicales nos entretuvimos en buscar influencias, en valorar el papel de este disco dentro del rock actual, en debatir si miraba al pasado o al futuro. Como si eso importase, vaya. Banalidades. Nos olvidamos -otra vez- de que la música sirve para expresar emociones que no siempre responden a una fórmula matemática o a un esquema historico-artístico. Bowie entregaba aquí una obra definitiva, que trascendía a todo ello. Lo pensamos ahora. Nos rendimos a su enormidad. Y lo entendemos todo, respirando profundamente. Los climas opresivos, las voces fantasmagóricas, la electrónica conectando y desconectándose, los coros dando un eco muy determinado, el tono siniestro que lo preside todo, una nocturnidad que nada tiene que ver con lo que habitualmente se adjetiva como nocturno… y esas letras que repartían versos-testamento continuamente.

Van unos ejemplos: « Algo sucedió el día que él murió / el espíritu se elevó un metro y se hizo a un lado / alguien más tomó su lugar, y valientemente exclamó / “Soy una estrella negra, soy una estrella negra”» (Blackstar). « Mira aquí arriba, estoy en el Cielo / Tengo cicatrices que no pueden ser vistas / Tengo drama, no puedo ser hurtado / Todos me conocen ahora» (Lazarus).« Días interesados, sexo de supervivencia / Honor que estira colas hasta cuellos / Estoy cayendo / No es nada para mí / No es nada digno de ver» (Dollar Days). «Veo más y siento menos / Digo no pero queriendo decir sí / Esto es todo lo que siempre quise / Ese es el mensaje que envié» ( I Can’t Give Everything Away). ¿Hace falta seguir? ¿Verdad que no? ¿Verdad que ahora todo tiene sentido?

Si has llegado hasta aquí, si has escuchado el álbum después de la defunción, habrás experimentado la congoja y la admiración. Seguramente, haya sido difícil encontrar la palabra adecuada. Y lo más probable es que, al ser fan, te hayas sentido totalmente incomprendido cuando en el trabajo quisiste expresar esa tristeza atenuada con la emoción de la revelación que te embargaba. Cuando viste a toda esa gente cantando Starman en Brixton, sonreíste. Luego, volviste a escuchar Blackstar conmoviéndote con la música, la vida y la muerte. Todo gracias a un grande que lo fue hasta el aliento final.

Michael Jackson bate récords desde el más allá con “Thriller”

Escrito por Javier Becerra
31 de diciembre de 2015 a las 9:36h

aThriller

Ni The Beatles, ni Elvis Presley, ni U2. Tampoco ahora la superventas Adele. Nadie en la historia de la música pop había vendido 100 millones de copias de un trabajo. Todo hasta que la semana pasada la Asociación de la Industria de la Grabación de Estados Unidos (RIAA), El Patrimonio de Michael Jackson, Epic Records y Legacy Recordings daban el anuncio: el histórico Thriller de Michael Jackson había rebasado esa cifra. Se trata de una nueva línea en el currículo de un artista estratosférico, que continúa sumando honores tras su muerte en 2009. Una vez más, se certifica la grandeza global del Rey del Pop. Y se invita a disfrutar de su obra más conocida.

Sí, porque tal y como rezaba la nota de prensa de Sony que anunciaba el logro, no existe ningún lugar del mundo civilizado en el que no se haya escuchado Thriller. El trabajo editado en 1982 convirtió a Michael Jackson en la mayor estrella de la música popular, redefiniendo la música negra, revolucionando por completo el mundo del videoclip y ampliando hasta el infinito al pop como la expresión cultural definitiva del siglo XX. No solo supuso una explosión de dólares, al lograr el número uno de ventas en prácticamente todo el mundo, también dejó algunas de las mejores canciones de la historia.

Canciones, se hace necesaria la precisión. Porque, en conjunto, Thriller no supone el mejor disco de Michael Jackson. Su predecesor, Off The Wall (1979), resulta mucho más sólido. Su continuador, Bad (1987), más atrevido artísticamente y efectivo como bloque. En Thriller flojean algunos temas azucarados, como The Girl Is Mine con Paul McCartney o la balada The Lady In My Life. E incita más a la escucha selectiva. Ahí desde luego arrasa.

Empezando desde el principio. Wanna Be Startin’ Somethin’ inaugura el disco viajando a África. De allí se trae las guitarras puntillistas, la llamada-respuesta en los coros y una percusión alambicada. Todo ello pasa por la trituradora funk y la garganta de goma de Jackson, que se estira y encoge en su frenético ritmo. Una voz que optará por el drama de la homónima Thriller, otra pieza magistral más allá de los géneros que se hizo inmortal de la mano de un videoclip que marcó un antes y un después. En España se emitió en la Nochevieja de 1983, creando uno de esos hitos generacionales que jamás se olvidarán. Todo el mundo sabe en donde estaba ese día antes de quedar boquiabierto con lo que escupía la televisión.

Otro de los hitos de Thriller se encuentra Beat It, colisión entre la música negra y el hard-rock blanco con Eddie Van Halen a la guitarra, creando un zafarrancho genial. Pero, si se trata de buscar una canción ante la que rendir para toda la vida, hay que ir a la cara b del álbum. La abre Billie Jean y reclama para sí un lenguaje cargado de hipérboles y pirotecnica. En la colección de ensayos sobre el artista Jacksonismo, Michael Jackson como síntoma, Mark Fisher habla de ella en estos términos: «No es solo uno de los mejores singles que se hayan grabado, es una de las más grandes obras de arte del siglo XX, una escultura sonora con múltiples niveles cuyos aires de pantera sintética y furtiva todavía revelan detalles novedosos treinta años después».

Solo hay que volver a escucharla para acreditar todas y cada una de las palabras. También para volver a fijarse en su sonido total: una percusión que late como un corazón encendido, una línea de bajo que camina, una fastuosa sección de vientos que envuelve la pieza en puro misterio y una guitarra de funk rugoso que contrae el músculo intermitentemente. A los mandos se encontraba Quincy Jones, No son pocos lo que consideran que a él pertenece la verdadera grandeza de Thriller. Aunque eso es otra historia.

Lemmy, un cabezón del rock n’ roll

Escrito por Javier Becerra
30 de diciembre de 2015 a las 10:53h

lemmy

Sí, Lemmy Kilmister era como Chuck Berry o Johnny Ramone: uno de esos cabezones con una idea invariable de lo que debía ser su rock, ajena a modas, tendencias o el simple devenir del tiempo. Tanto daba que lo llamasen vejestorio, involucionista o carca. El mundo se equivocaba, no él. Lo tenía clarísimo. Había encontrado a finales de los setenta con Motörhead una aleación de rock, heavy y punk de la que no se iba a bajar nunca. Durante todo ese tiempo en las revistas el rock murió sepultado por la electrónica, renació mirando al pasado y volvió a morir para encontrarse en el estado actual indefinido. A Lemmy, outsider total, le importaba un pito la crítica. Obstinado, con su bajo saturado y su vozarrón temerario, hizo exactamente lo mismo durante cuarenta años. Cuando la muerte le sorprendió el pasado lunes, tenía pensado prolongar el mismo plan.

Triunfó en la bisagra de los setenta y ochenta, se convirtió en una vieja gloria en los noventa y disfrutó de una inusitada popularidad entrado ya en el siglo XXI. Incluso doblegó al voluble público indie, que lo acogió en el 2006 en ese Primavera Sound en el que jamás tocarían Barón Rojo o Iron Maiden. Fliparon. «¡Somos Motörhead y esto es rock n’ roll!», dijo. ¡Traca! Lo cierto es que ese torbellino sonoro, del que mamaron Metallica o Slayer, no conocía rival sobre un escenario. Y, como Chuck Berry o los Ramones, en lo suyo alcanzaba la perfección cuadriculada. Todo por no ceder, como buen cabezón del rock n’ roll. Hasta el final.