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Iron Maiden revisitan sus años ochenta

Escrito por Javier Becerra
21 de octubre de 2014 a las 16:27h

La banda más emblemática de la historia del «heavy-metal» acaba de echar una vista atrás. Parlophone records, reedita en vinilo todo su material de los años ochenta, ocho discos que definieron sonora y estéticamente uno de los universos más personales e inimitables del planeta rock

Aparecieron en los años ochenta como la fantasía metálica perfecta. Bestias, diablos y bajos trotones. Épica a chorro, mallas elásticas y puesta en escena cuasi operística. Pelos largos, esoterismo y punteos prodigiosos. No contaban con el apoyo de los medios. Pero tanto daba. No encajaban en las modas de Nuevos Románticos ni el synth-pop. Pero no importaba. No tenían posibilidades de ser radiados masivamente. Pero eso era lo de menos. Iron Maiden contaban entonces con un cóctel perfecto para absorber a miles de jóvenes en su mundo de guitarras afiladas, monstruos emergiendo en la nocturnidad y sensación de tenebrosa irrealidad. Y consiguieron que esos seguidores se multiplicasen en todo el mundo.

Se suele marcar como punto de inflexión The Number Of The Beast (1982), su mejor disco y una de las piedras filosofales del heavy metal. Tras despedirse de Paul Di’Anno, el cantante malencarado que le dio músculo al grupo en sus dos primeros álbumes — los muy apreciables Iron Maiden (1980) y Killers (1981)–, en su tercer disco Iron Maiden entraban en una división estratosférica. Con Bruce Dickinson como vocalista, el grupo explotaba totalmente. Respaldado por Steve Harris (bajo), Dave Murray (guitarrista), Adrian Smith (guitarra) y Clive Burr (batería) trenzaban un elepé que no solo amenazaba como los anteriores. Iba más allá. Sirva como ejemplo el tema titular: arranca en susurros, va subiendo en intensidad y pulmón se transforma en un enorme fuego de artificio. Ciega.

Tras ella llega Run To The Hills, trepidante como una persecución, lleva al extremo con una magnífica batería y ese estribillo que dice «¡corred por vuestra vida!». La canción trataba de algo tan lejano a los problemas de un chaval occidental en 1982 como la conquista de América y el exterminio de los pueblo indígenas. Pero se convirtió en todo un himno. Poniéndola a todo volumen (y a ser posible con las ventanas de la habitación abiertas para expandirlo por todo el vecindario), los fans se sentían liberados por aquel sonido poderoso y excitante. Marcó a una generación de jóvenes rebeldes. Y, solo hay que hacer la prueba, continúa igual de vigente en 2014.

Es probable que en esa dupla formada por The Number Of The Beast y Run The Hills se encuentre el calambre definitivo de Iron Maiden. No se trata de reducir un grupo tan vasto a un par de temas, nada más lejos de la intención de este texto. Pero resulta fácil comprender cómo una formación que hasta entonces había gozado de un éxito moderado, se convirtió ahí en un fenómeno global. El oleaje arrastraba al mundo particular del grupo. Si en él se generaba polémica (que con un título como «el número de la bestia» no tardaría en aparecer, especialmente en EE.UU.), pues mejor que mejor. A ciertas edades una dosis de confrontación es el mejor de los caramelos.

Con ese disco Iron Maiden se convirtieron en atípicos superventas. No solo de discos y entradas de conciertos, también de merchandising. Pocas bandas habían explotado hasta el momento ese aspecto de un modo tan eficaz. Eddie, el zombi que sale en todas sus portadas, se plasmó en mil y una camisetas que hicieron esa promoción que los grandes medios omitieron. Creado por Derek Riggs se convirtió en su más eficaz herramienta de márketing. Colocado bajo logotipo del grupo en las cazadoras, las camisetas negras y las carpetas estudiantiles de sus fans, logró colarse en los sitios más insospechados. Quien no se había sentido atraído por el sonido, lo hacía por la estética.

Como se puede ver Iron Maiden eran, ya en los primeros ochenta, una eficaz maquinaria empresarial. Con una férrea disciplina de trabajo y producción (a disco por año, sin dejar de girar en ningún momento) decidieron conquistar el mundo definitivamente con Powerslave (1984). Para su presentación se embarcaron en la gira The World Slavery Tour. Durante 331 días ofrecieron 191 conciertos en 23 países diferentes con un colosal escenario inspirado en el Antiguo Egipto. Con Eddie pasando de faraón a una gigantesca momia que echaba fuego por los ojos, el quinteto británico definió para siempre no solo un espacio propio en la música, sino en el mercado.

Su pase en el Rock In Rio de 1985 se recuerda como una de las actuaciones más memorables del festival. Y para que los fans pudieran conservar un pedazo de esos días de gloria cumplieron con la edición del doble elepé en vivo Live Afther Death (1985), recogiendo uno de los directos del aquel mastodóntico tour. Todo mientras entre una buena parte de la crítica rock se les seguía ninguneando y mirando por encima del hombro. Se les veía como una banda de circense, con delirios progresivos y fuera de toda realidad.

REINVENCIÓN
Hasta el momento Maiden no habían patinado de verdad ni una sola vez. Puede que en Piece Of Mind (1983) se mostrasen algo irregulares, alternando aciertos como The Trooper o Flight Of Icarus con temas algo más flojos en la segunda mitad del disco. Pero, en general, la producción del grupo alcanzaba hasta la fecha un altísimo nivel. Quedaba por ver si se iba a mantener tras la resaca de la macrogira de Powerslave. Con el heavy americano cotizando al alza e imponiéndose una tendencia cada vez más roquera y glam, los ingleses optaron por evolucionar dentro de su propio sonido, aislándose de la corriente.

Sí, Iron Maiden no se iban a cardar el pelo ni a usar lápiz de ojos. Fieles a las tachuelas y las zapatillas deportivas, insistirían en su sonido pesado, trotón y cada vez más elaborado en un Somewhere In Time (1986) futurista. Sí, ligeramente más sintético e incluso con cierto gancho comercial (¿no es el de Wasted Years un estribillo definitivo?) este disco marcó el devenir del grupo en la segunda mitad de la década. El álbum se cierra con Alexander The Great, otra de sus laberínticas piezas históricas, honrando en esta ocasión a Alejando Magno.

El periplo ochentero de Iron Maiden concluye con Seventh Son Of A Seven Son (1988), un trabajo cuya portada sugiere una especie de final. Esotérico y lleno de simbología alcanza su clímax en el tema homónimo, una de las piezas más ambiciosas de Steve Harris. Daba a entender que se estaba ante el final de algo. La deserción de Adrian Smith tras su gira de presentación lo confirmaría. Obviamente, Iron Maiden siguieron adelante. Pero ya nada sería igual. Toda su trayectoria posterior iba a ser comparada con los ochenta, su época dorada.

Fulgurante inicio de la tercer temporada de Los conciertos de Retroalimentación

Escrito por Javier Becerra
27 de septiembre de 2014 a las 16:42h

Inicio fulgurante de la tercera edición de Los conciertos de Retroalimentación. Con un Playa Club con un aspecto inmejorable, la noche fue de guitarras, rugidos y guarrería sonora. Abrieron Wild Balbina (en la foto) intentando emerger sus melodías pop entre su estructura garagera, gustando por su imagen y aún más por sus canciones. Le siguieron Lady Leño, poderosos, oscuros y agresivos. Con reminiscencias de Parálisis Permanente, demostraron estar en el momento óptimo de despegue para atreverse con un disco. Toda una sorpresa para quienes solo los conocían por sus temas colgados en Internet.

Y la velada la cerró Srasrsra, amigos de este blog desde hace tiempo (no en vano soplaron las velas del cuatro aniversario de la Retroalimentación junto a Mano de Obra). Ofrecieron lo que todo el mundo quería que ofreciesen: pop-punk centelleante directo al sistema nervioso del público. Su fórmula sigue funcionando y nosotros estamos encantados de la vida que así sea. Una jornada fantástica que nos invita a pensar que este tercer años de conciertos va a ser otro gran año. Muchas gracias a las bandas por enrollarse tan bien. Muchas gracias al público por seguir respaldado esta iniciacitva. Y muchas gracias al Playa Club por acogernos.

Próxima parada: Caxade + Grampoder, en sala Mardi Gras el 24 de octubre

Ruido poderoso en el crepúsculo

Escrito por Javier Becerra
31 de agosto de 2014 a las 11:49h

Toy
Santiago, Cidade da Cultura
30-8-2014

Ocurrió mientras sonaba Dead & Gone, con el cielo anaranjado dibujándose tras sus siluetas de melena al viento. En ese momento Toy estaban creando verdadera magia. Una canción perezosa y maquinal que, de pronto, obligaba a respirar fuerte y subirse a ella como quien dice adiós al mundo gris del día día. Toda esa romántica exploración del ritmo, la melodía y el ruido que realizan los británicos lograba ahí un summun. La recta final del tema, con esa guitarra elevándolo al infinito, podría durar horas y horas. Nadie protestaría. Era tanto el placer auricular y plástico ahí condensado que si en ese momento alguien preguntase dónde está el paraíso algunos dirían sin dudarlo: aquí.

El quintento londinense volvió a encantar en Galicia. Lo habían hecho ya en una actuación para la historia en el Festival do Norte del 2013. Ahora refrendaron todo en otro formato. Con la estampa pretendida en los Atardeceres do Gaiás en su grado máximo, el cielo cambió tras ellos de color. Primero, azul. Luego, naranja. Más tarde, verde. Finalmente, negro. No contaron con el mismo volumen de Vilagarcía. Tampoco de medios. El modesto set de luces fue exprimido al máximo por su técnico logrando resultados sorprendentes. Además, hubo un acento en el lado más pop de la banda que entonces. El resto, prácticamente igual. Es decir maravillosamente igual.

Sí, Toy lanzan una flecha certera al corazón de aquellos que se pirran por el kraut-rock y el sonido shogazer. Buscan hipnosis, pero también evanescencia. Por ello, cada vez que desde el escenario se soltaba un chorro de humo, la sensación fantasmagórica de ver sus cuerpos desdibujándose resultaba la materialización física de su música. Como si vivieran de espaldas a ese mundo pop que descubrió las guitarras angulares del post-punk y se quedó atascado ahí para siempre, Toy proponen algo tan fuera de tiempo, de onda y espacio como lo que en su día fueron Ultra Vivid Scene, Galaxie 500 o Spacemen 3. Dicho de otro modo de otro modo, su música se revela pura, misteriosa e, insistimos, romántica.

Hubo calambres. También momentos en los que la piel misma del corazón se ponía de punta. Los polvos mágicos de Conductor abrieron la noche y, suspendidos en el aire, se impregnaron en la piel de todos los presentes. Si en el disco remitía a Neu!, en directo su excelente batería parece sacado de Joy Division. Él marca el ritmo mecánicamente humano, mientras la pareja de guitarristas le echan encima cataratas guitarreras. Todos parecían concentrados, ensimismados en la música, formando parte de una misión en la que se revisaba sus dos álbumes para el deleite general. Cayó, cómo no, Motoring deliciosa. También la psicodelia enredadora de As We Turn. Y, por supuesto, Join The Dots, un momento final sublime guiado sobre un bajo triangular del que surgió toda una estampida de lava ruidosa.

No resultó tan avasallador este paso como el del Festival do Norte. El marco era otro y el concierto, por lógica, tenía que resolverse de modo diferente. Pero, aún así, resultó una actuación sensacional de una de las mejores bandas británicas del momento. Porque sí, puede que no se les tenga en cuenta en los medios patrios. Aunque quien se pone ante ellos, no los olvida. Y eso es lo que cuenta. Ojalá pudieran volver algún día por aquí en una sala.

La tercera temporada de Los conciertos de Retroalimentación ya está aqui

Escrito por Javier Becerra
20 de agosto de 2014 a las 9:46h

Por tercer año consecutivo vuelven Los conciertos de Retroalimentación, con el objetivo de poner sobre un escenario algunas de las mejores cosas que están ocurriendo en Galicia en este momento. Esta vez con una novedad muy importante. En lugar de tener una sede fija, como en años anteriores (primero fue Le Club Directo, después Mardi Gras), se va a ampliar el número de locales para buscar el más idóneo para cada actuación. En ocasiones la sala elegida se quedaba grande para actuaciones que apenas podían reunir a 30 personas y que nos interesa mucho hacer. Otras, pequeña. De este modo podremos atender a formaciones a las que antes no podíamos llegar por estas limitaciones. Por ahora, A Coruña es el campo de actuación pero no descartamos hacer alguna escapada ocasional a otras ciudades en el 2015. Como viene siendo habitual, la producción corre a cargo de Argonauta Producciones. El elenco de grupo elegidos creemos una verdadera delicia. Las tres primeras fechas del ciclo son:

-SRASRSRA + WILD BALBINA + LADY LEÑO (26 de septiembre, sala Playa Club, entrada 6/8 euros). No pudo ser en el 2013 y nos prometimos hacer todo lo posible para que Srasrsra actuasen en el ciclo. Fueron el grupo maquetero que deslumbró en el tercer aniversario del blog en el 2011. Ahora, la banda que arrasa con su punk-pop comprimido en cápsulas de apenas un minuto. Les acompañarán en la fecha inaugural, los vigueses Wild Balbina con un sonido delicioso que recuerda a Vivian Girls o The Vaselines y nuevo trabajo bajo el brazo: Sisters Before Misters. El cartel lo completa una de las bandas pujantes del momento en A Coruña Lady Leño.

-CAXADE + GRAMPODER (24 de octubre, sala Mardi Gras, entrada 6/8 euros). Otro doblete que se nos escurrió el año pasado y que estamos contentísimos de recuperar. Caxade con A dança das moscas nos dejó boquiabiertos. Y su traslado al directo en el festival Sinsal San Simón continuó el idilio con esta formación liderada por Alonso Caxade que enlaza el pop con el folk, acoge letras reinvidicativas y que ha sido definida como los Beirut gallegos. Por su parte, Grampoder deriva de los finiquitados The Hommens y apuestan por un pop acústico con desvíos psicodélicos y conciencia política, que ya cuentan con un notable album de debut.

-COOPER (21 de noviembre, sala Mardi Gras, entrada 10/12 euros). De acuerdo, no son gallegos. Pero si hay que hacer una excepción en Los conciertos de Retroalimentación Cooper es el grupo para llevarla a cabo. La banda del ex Los Flechazzos Alex Garín sopló las velas del quinto aniversario de este blog con un concierto excepcional en el 2013. Aquel día vibramos, pero también nos comprometimos a acoger su próxima visita. Posiblemente los vayamos a ver con nuevo trabajo bajo el brazo y ese ramillete de canciones espléndidas que todos conocemos. Será otra gran fiesta de pop protagonizada por uno de los más grandes autores del genero que existe en España.

Y ahora mismo trabajamos ya en la fecha de diciembre…

La lección del profesor Keating

Escrito por Javier Becerra
15 de agosto de 2014 a las 11:22h

Con la muerte de Robin Williams aún reciente, es buen momento para recordar una de las lecciones de El club de los poetas muertos. Se trata de aquella, nada más empezar el filme, en la que el profesor Keating ordena a sus alumnos arrancar la primera hoja de su libro de literatura. Ahí descansa el ensayo Entendiendo la poesía en el que un experto ofrece unas claves para poder valorar un poema en dos ejes, como si de una fórmula matemática se tratase. Uno, mediría la perfección del poema. Otro, la importancia del contenido. Del cruce de ambos dependería la nota final.

«Excremento, eso es lo que pienso. No estamos hablando de tuberías, sino de poesía», indica el profesor a sus pupilos. Y ellos, abortos, se entregan a ello, dejando a un lado las matemáticas y apostando por la emoción. En la música no estaría de más arrancar también esa página para liberar a la crítica (y público) de muchos de los lastres acumulados. Que si un grupo tiene que innovar, que cada disco ha de suponer una evolución respecto al anterior, que ha de cantar en su lengua materna, que ha de explorar estilos exóticos, que la voz se debe de entender, que el directo tiene debe superar a las grabaciones, que hay que posicionarse políticamente,… Podíamos estar hasta el infinito.

Al final todo ello, por lo general, son asideros convertidos en dogmas a los que agarrarse en pos de un falsario criterio que prescinde de lo principal: el suspiro, los pelos de punta, el golpe en el pecho y, ummmm, el emocionar. Se trataba de eso, ¿recuerdan?

Pop bonito pero nada memorable

Escrito por Javier Becerra
29 de julio de 2014 a las 11:58h

Belle & Sebastian
Santiago, Plaza de la Quintana
28-7-2014

Ocurrió más a o menos a mitad de de actuación. Las campanas de la Catedral de Santiago se mezclaban con la tenue melodía de If You’re Feeling Sinister. No importaba que un puñado de impresentables se dedicasen a berrear (realmente penoso el comportamiento de algunos). No era momento para perderse en reproches. Había que avanzar unas cuantas filas y acariciar, aún más de cerca, esa canción. Lejos del jubiloso entretaiment pop que se había mostrado hasta el momento, Stuart Murdoch capitaneaba ahí a los Belle & Sebastian que tocaron la fibra de toda una generación a finales de los noventa. Aquella música se encontraba ahí. Invitaba a volver a los días agridulces en los que tocaba rebozarse en ella, como postadolescentes desorientados mientras el mundo adulto llamaba a la puerta. Sonando con tanta fragilidad, de nada servía el pragmatismo de abandonar las anteojeras de la pureza indie. Todo lo contrario. Eso era mmmmmmmmm… esa sensación de deshacerse dentro de una melodía.

Lo del concierto de Belle & Sebastian de anoche se presentaba como la gran actuación del verano en Galicia. Y, al final, se desarrolló como uno de esos encuentros con los amigos de la universidad que en su día lo fueron todo. Se sabe de antemano que nada será igual, pero en algún momento surge ese brillo vivo en la mirada que nubla las sensaciones. Parece que, de nuevo, se ha vuelto 15 años atrás en el tiempo. Viviendo, pensando y sintiendo del mismo modo. Los escoceses emitieron ese brillo. Pincharon el corazón con If You’re Feeling Sinister y conmovieron como solo se conmovía entonces. Trasladaron al fan a los días en que sus epés se grababan en cinta virgen y se enviaban en sobres acolchados con una nota a mano explicativa. De aquellos rescataron Dog On Wheels, al poco. Pero claro, demostrando claramente que hoy por hoy son otra banda. Igual que los amigos aquellos. Porque en la vida todo evoluciona y hay aceptarlo. O no. Cuestión de brillo, ese brillo que lo nubla todo.

Belle & Sebastian se plantaron en Santiago como una banda rodada y convincente. Atacan el pop en múltiples direcciones (del folk al soul, pasando por el funk) con erudición de fan y gran solvencia. Pretenden regar de felicidad a sus seguidores y lo consiguen ofreciendo piezas de pop saltarín como I’m a Cuckoo o Sukie in the Graveyard. Piden palmas, suben personas al escenario, se comunican con ellos y, poco a poco, crean una gran fiesta. Formalmente, poco hay que reprocharles. El repertorio resulta estupendo y lo defienden con solvencia. De hecho, seguramente sean una mejor banda ahora que en 1996. Poniéndose exigentes, se podría reprochar algún problema de sonido en el tramo inicial, que el volumen general fue quizá algo bajo y que, quizá, hubiera sido deseable realzar la presencia de las cuerdas en piezas como Women’s Realm.

Sin embargo, desde el corazón, las cosas se ven de otro modo. Llega la segunda voz de la citada Women’s Realm y, vaya, se echa en falta muchísimo a -sí, aún estamos con esas- Isobel Campbell. En el bis ataca Stuart el Get Me Away From Here, I’ Dying -sí, esa canción que durante años se metía bajo la almohada- y cuesta encontrar una forma peor de despojar aquel himno de su mágica esencia original. Y, lejos de desencadenar una locura colectiva, va la explosiva Legal Man y suena como mera música de fondo en su condición de cohete con pólvora mojada. Y el brillo se desvanece.

Llegado a ese punto -con una sonrisa en la boca, pero sin que la música llegue a contagiar por dentro- toca volver a la casilla de salida y dejarse de engañar. Hubo un día en el que Belle & Sebastian escribieron las canciones que necesitaban nuestras vidas. Ahora, se limitan a endulzarlas. Ayer se disolvieron como un azucarillo ante nosotros con una actuación bonita y entretenida. Pero para nada memorable. Dependiendo de lo que haya significado la banda en el pasado de cada cual se podrá valorar el nivel de satisfacción. Habrá quien se haya despertado esta mañana con ganas de escucharlos al desayunar y habrá quien no. Yo no lo hice. He ahí la diferencia.

Foto: Xoan A.Soler

Mística planetaria en la Quintana

Escrito por Javier Becerra
26 de julio de 2014 a las 12:31h

Los Planetas
Santiago de Compostela, plaza de la Quintana
25-julio- 2014

Flotó la magia desde el minuto uno en la plaza de la Quintana. La música de Los Planetas, cada vez más mística, parecía fundirse en los pináculos del muro barroco de esa fachada de la Catedral de Santiago. Con una propuesta inicial de (pocas) luces y (muchas) sombras los granadinos dejaron claro desde el arranque de Poetas que la actuación iba a ser única. Más allá de la exclusividad de la cita (sólo esa en Galicia y una de las poquísimas que darán los granadinos este año), por lo que se vivía. Elevando la masa de sonido, poniendo el pecho del público en suspensión y adornándolo de chiribitas espaciales, J y los suyos aclimataron la plaza con Poetas y llevaron a lo real lo que proponía el cartel genial del recital. Abajo, la mayoría se dejaba llevar, certificaba que todo sonaba de maravilla, y se disponía a viajar por su galaxia sónica.

Ya hace tiempo que los decepcionados con el viraje de La leyenda del espacio (2007) decidieron bajarse del carro. Los conciertos de Los Planetas hoy en día no responden a la catarata de greatest hits que otrora disparaban en los festivales.Con un bloque inicial centrado en sus dos últimos discos, jugaron a girar la manilla de la tensión de un lado a otro: desde el punch motorik de Romance de San Juan de Osuna a la psicodelia flamenca en expansión de Virgen de la soledad, para terminar en Ya no me asomo a la reja. Esta, titubeante de inicio y mostrando signos de fatiga interpretativa, ganó en cuerpo hasta mostrarse como un esplendor de luz, de esos que se sienten en el rostro con los ojos cerrados y la piel extasiada.

El primer viaje al pasado llegaría con Toxicosmos. Click sentimental. Millones de imágenes de la juventud disparadas a toda velocidad en la mente, mientras la pieza se desarrolla lenta y en claroscuros. Todo hasta alcanzar el mismo arrebato que Ya no me asomo a la reja, su hermana flamenca. Luego, Corrientes circulares. Doble click, con el primer karaoke colectivo. Más tarde, una inesperada Nunca me entero de nada. Y, sí, el pellizco de verdad con una Santos que yo te pinte expulsada con imágenes de la catedral de Santiago de fondo. Entremezcladas con su última producción (Entre las flores del campo, Corona de estrellas, Si me diste la espalda) lograron todo ese zig-zag de emociones que conduce a una euforia mareante. En ese momento, el público no sabía si se encontraba en la Quintana buscando los añicos de un pasado perdido o celebrando que se ha seguido ahí, a pesar de todo y de todos los que se fueron cayendo. No lo sabía y, quizá, tampoco lo quería saber.

En adelante, ya estaba todo preparando para el triunfo. Ante piezas como Devuélveme la pasta, Segundo Premio, Pesadilla en el parque de atracciones poco hay que decir. Solo entregarse a ellas, formar parte de su rencor y cantarlo a los cuatro vientos, constatando que Los Planetas son la mejor banda surgida en España desde los noventa hacia esta parte. Y si en el bis, claudican al mudo deseo común y rescatan David y Claudia y De Viaje, terminas por formar parte de mil gargantas desgañitándose con eso de “Tú y yo de viaje por el sol, en una nueva dimensión”. Certificas una vez más que todo ha merecido la pena: conocerlos, invitarlos a escribir parte de tu vida y no dejarlos de seguir nunca. Aunque todo -ellos, tú, nosotros- hayamos cambiado. Tan poco o tan mucho. Eso va por días.

Solo les faltó rematar el bolo a lo grande. Teniendo en cuenta que durante la prueba de sonido se pudo escuchar La copa de Europa y el recuerdo de su interpretación en el Primavera Sound permanecía glorioso, difícilmente se les podía ocurrir un final mejor. Pero no quisieron. Y dejaron la oportunidad de coronar una noche que se quedó en grande cuando podía haber sido grandiosa. Mención aparte, merecen los teloneros Disco Las Palmeras!, que abrieron demostrando que su nueva versión en cuarteto los acerca cada vez más a My Bloody Valentine.

Foto: Xoan A. Soler

Nacho Vegas: “No quiero ser el bufón de la gente de derechas “

Escrito por Javier Becerra
1 de julio de 2014 a las 16:52h

Con Resituación Nacho Vegas ha querido explicitar de la manera más nítida posible su postura política. Totalmente influenciado por el 15-M, en sus canciones se pasean personas que pasan de la desesperación a la rabia, de ser desahuciados de su casa a formar parte del escrache contra un político. Ello ha producido una ruptura con parte de esa crítica que otrora lo adoraba y ahora lo acusa de planfletario. Con motivo de su visita a Santiago el pasado mes de junio lo entrevistamos para el suplemento Fugas con las limitaciones de espacio pertinentes. Ahora la recupero íntegra.

—Una persona cercana a usted se quejaba de que las críticas de “Resituación” hablaban mucho de política y poco de música. ¿Piensa lo mismo?

—Sí, pero creo que es algo natural. En otros disco se cargaban las tintas sobre algunos temas. No creo que este sea un disco exclusivamente político. En otros álbumes se decía que mis discos eran de drogas y tampoco todas las canciones se orientaban a eso.

—Hablar de drogas en el rock independiente era más común que hablar de política. ¿Existe una especie de salida del armario generacional respecto a la política en la música «indie» española?

—Puede ser, pero supongo que es algo natural también. Las cosas han cambiado. Desde hace unos años se ha producido una toma de conciencia generalizada ante una situación de hartazgo. Con el 15-M la política salió a las calles. Ahora ves en el autobús o en el supermercado a los chavales hablando de política. Cuando eso está tan presente es normal que se cuele en las canciones de la gente y que los grupos empiecen a hablar. Lo está haciendo un montón de gente. Hablar de política implica un posicionamiento. Incluso cuando se mira para otro lado, se estaba tomando partido. Cuando Fangoria cantan “No quiero dramas en mi vida” están haciendo política pura y dura.

—En otros géneros sí que se abrazaban a la política abiertamente, mientras que en el rock independiente estaba soterrado o, en el mejor de los casos, hecho de modo enrevesado. Se podía hablar con músicos de política, pero rara vez se veía eso trasladado a una canción. Ahora casos como el de su disco, el de León Benavente o el último de Ornamento y Delito parecen confirmar una especie de explosión.

—Bueno, había otras formas. El compromiso político del músico no tiene que ver solo con el mensaje y el contenido de las letras. Cosas como el Lady Fest o La Dinamo estaban relacionadas con el mundo indie pero eran política. Lo que pasa es que aquí lo importante era cómo se vehiculaba la música, no su mensaje. De todos modos, la generación indie fue algo conservadora y reaccionaria. El mensaje era «Como no sé qué hacer para que las cosas cambien, opto por no enfrentarme a ello».

—¿Podemos decir que fue una generación frívola?

—Sí, la frivolidad es un poco lo que tienes para agarrarte cuando quieres evitar hablar de temas espinosos. Existía una especie de cinismo endémico, con un cierto descreimiento hacia cualquier cosa que significase una toma de conciencia colectiva.

—En su disco llama la atención esas letras en unas formas musicales un tanto alegres.

—Lo buscaba, porque es algo de la música popular que me gusta mucho. La música tradicional en muchas ocasiones toca temas dolorosos pero no lo remarca con el sonido, sino todo lo contrario. Hay canciones de duelo con música muy alegre. Puede ser por esto, la verdad es que no era muy consciente del porqué. A veces, el no querer que la música redunde en lo que dice la letra le da un efecto más poderoso aún.

—Suicidios, desahucios, trabajadores estafados…. a priori eso pide uñas, garra y cabreo, no amabilidad.

—Sí, pero ahí está el truco de la música. Hay canciones de Hank Williams que, cuando yo las escuchaba sin saber qué decían, me parecían alegres. Eran las típicas canciones de country con acordes mayores y un violín saltarín, pero las letras luego eran lo más terrible del mundo. Tenía un punto negrísísimo.

—Destaca, por su solución sonora y lo bien encajado que está música y letra, “Runrún”. ¿Sintió que había logrado la plenitud al terminarla?

—No, especialmente. Esa canción me costó bastante terminarla. De hecho, la corregí muchísimo. Si ves la libreta de los temas, esa no hay quien la entienda: está toda llena de tachones. Sabía que era una canción importante en el disco. Quería que estuviera en el medio y articulara las dos mitades. Esa canción también es amable. Cuando la empecé y solo tenía la primer estrofa, era una especie de canción de cuna. Luego, empecé a desarrollar la letra con la frase de “nos quieren en soledad, nos tendrán en común” del comunicado del Patio Maravillas y todo se fue haciendo solo poco a poco. La verdad es que es una de las canciones más amables, pero en realidad está contando algo muy duro.

—En un ayuntamiento gallego que lo contrató hace unos años sentaron muy mal unas declaraciones suyas contra el PP que los relacionaba con el Franquismo. ¿Alguna vez le ha llegado alguna queja por manifestaciones así?

—No, pero aquí, por ejemplo, gobierna Foro. Cuando hubo un homenaje a Leonard Cohen en Oviedo dije cosas que no sentaron bien. Mientras que estén ellos no creo que me contraten [risas]. Parte de nuestra carrera se hace con dinero público, pero generalmente las giras las hacemos nosotros afortunadamente. Pero sí, supongo que los ayuntamientos luego eligen qué artistas les interesan y cuáles no y estas cosas pueden influir.

—Se ha mostrado molesto porque se le exija un plus de coherencia al haber dado un paso al frente. ¿No le pide usted a los «artistas políticos» que sean consecuentes o es algo que le da igual?

—La coherencia es un valor, pero también hay que ser relativo con ella. Generalmente, pienso que el que te exige esa coherencia es alguien que está un poco hablando más de sí mismo que de la persona a la que pide ese compromiso. No lo digo por mí. Lo digo, por ejemplo, cuando en los noventa con Manu Chao se decían cosas como que cobraba un montón de dinero o que iba a festivales patrocinados por Coca-Cola. Siempre me parecieron despreciables ese tipo de comentarios, de gente que está en su sillón sin hacer nada y que le da rabia que otra gente luche políticamente. Es eso de “Dice esto pero no me fío porque hace lo otro”. Quien dice eso está adoptando una postura reaccionaria. Me parece bien que se le exija a la gente compromiso, pero no hasta el punto de entrar a lo personal. A mí qué música hago, cómo la manejo y a los sitios a los que la llevo me preocupa mucho. Seguramente, entre en muchas contradicciones. Son dilemas, yo soy consciente de ello y creo que los llevo más o menos con dignidad.

—Le voy a plantear yo un dilema. ¿Cómo se sentiría si, por ejemplo, yo fuese un fan suyo y comprase sus discos, pero también fuese votante del PP?

—[risas] Pues no sé, no sé muy bien qué decirte. He conocido a gente de derechas que me seguía, pero no sé si seguirán ahí. Es algo que me pregunto muchas veces y, realmente, no estoy seguro si tiene mucho ver la ideología con el hecho de que te guste la música de alguien. Hay una cosa curiosa, que hace tiempo que hablaba con Cristina Rosenvinge. Es algo que ocurre entre los artistas progres del rollo izquierdoso. Joaquín Sabina, Miguel Bosé o Víctor y Ana le gustan mucho a la gente de derechas. Es como entre la gente de derechas necesitase una especie de bufón de izquierdas para decir: «Esta es la gente canalla de izquierdas». Eso ocurre. Yo conozco a padres de amigos míos que son de derechas, que les va mucho todo este artisteo progre. Es algo que a mí me preocupa, pero yo no quiero formar parte de eso. No quiero ser el bufón de la gente de derechas. Una vez, en una entrevista, a Albert Plá le decían que los principies habían ido a un concierto de Serrat. Le preguntaba que qué le parecía si fuesen a uno suyo. Él decía que era imposible, pero le retaban a que lo imaginase y él terminaba como cabreado, diciendo “Puede que vayan a Serrat, pero a mí, ni de broma”. Él estaba muy convencido de que era imposible.

—Bueno, en los noventa estaban Negu Gorriak y había gente de derechas que, al margen del mensaje, los escuchaba y los valoraba. Yo conozco a algunos.

—Una cosa es no compartir el mensaje, pero no me imagino a nadie del PP escuchando a Negu Gorriak.

—Pues los hubo, se lo aseguro. Volviendo al disco, en algunos casos se ha criticado “Resituación” diciendo que era un disco hecho con prisas y que quedó, en lo musical, a medio hacer. ¿Es así o se trata de un álbum muy meditado?

—No, que va. Fue muy pensado. De hecho, creo que es un disco más completo que La zona sucia y El manifiesto desastre. Yo también he leído cosas así, pero no lo entiendo, la verdad.

—A lo mejor es por ese tono ligero y alegre de los temas.

—No sé, depende lo que entiendas por ligero. Antes hablabas del tono rumbero de La vida manca, pero bueno es una canción que relaciono con otro tipo de canciones mías, esas canciones río que van contando una historia y se van retorciendo a medida que la historia sucede. Pero quizá si haces la canción con otro tipo de tonalidades, más solemnes o más lúgubres, puede dar la sensación de que este más elaborada. Yo cuando hago canciones muchas veces estas remiten a otras. Por ejemplo en El manifiesto desastre hice Un desastre manifiesto, una canción que cuando la hacía me gustaba mucho y quería que fuese lo que fue “Polvorado” en este disco, una canción en plan himno, muy coral, para cantar de manera colectiva. Sin embargo, no me salió y surgió un tema muy oscuro. Las canciones te llevan a un sitio, pero no es cuestión de que estén más o menos elaborado.

—También se han discutido algunos versos. ¿Usted cambiaría alguno a día de hoy?

—[se queda pensando] No sé…

—Me refiero, obviamente, a los dirigidos a los policías cuando habla de ellos como torturadores.

—No, esos no.

—¿Y algún otro, ya que estamos?

—En directo siempre cambio cosas. Estaba pensado si lo estaba haciendo con canciones nuevas y no, por ahora, no lo hago. Pero, con el tiempo, aparecen versos que no te hacen sentir cómodo y los cambio. De esos versos con referencias a la policía me han caído algunas críticas , diciendo que se trata de un topicazo y tal. No sé muy bien lo que entiende la gente cuando dice que torturar a una persona es un topicazo. No sé si es porque es una realidad exagerada o algo que salga en muchas canciones. Tampoco lo entiendo. No hay más que ver en el telediario lo que pasa todas las semanas para ver que es algo que sucede. Yo hablo de la realidad y esta está plasmada tal cual. Luego, viene mi posicionamiento político que es un antagonismo radical contra la policía, pero nada más. Este disco habla de gente y esa gente tiene unos organismos institucionales que, en vez de defender a la gente, están en contra de ella. La sacan de sus casas y las apalizan porque están al servicio de los poderes financieros y económicos. Eso tiene que estar reflejado en las canciones.

—Quizá las quejas por los topicazos vengan precisamente porque se entiende. Volvemos al indie y al gusto por un lanzar mensajes más enrevesados o indirectos. ¿Tenía intención de hacerse entender de manera clara?

—No me lo plantee en plan premisa. Pero sí me di cuenta que tenía una necesidad de descodificar el mensaje y de pulir las letras, dejándolas en la esencia y huyendo de los mensajes crípticos. Para hablar de ciertas cosas hay que desnudar las letras y huir de ciertas metáforas que pueden ser un poco tramposas.

—Le voy a hacer un comentario que escucho muchas veces entre fans suyos: “Desde que Nacho Vegas no está metido en la heroína sus canciones no tienen la calidad de antes”. ¿Qué piensa?

—Que es una estupidez como un piano.

—¿Piensa que hay mucha gente que mitifica esa etapa más explícita en esos temas?

—Lo comparo con lo que yo las veía antes con Antonio Luque de Sr. Chinarro. Con sus últimos discos, que a mí me parecen buenísimos, hay muchos fans que dicen “Que vuelva el Luque de antes, que este no nos gusta”. Y no sé, quizá hay gente que quiere que hagas el mismo disco una y otra vez, pero es imposible porque a tu alrededor las cosas cambian, cambias tú y hacer canciones significa reapender a ver las cosas. De hecho, el título de Resituación hace referencia a eso. Ahora, en la gira, estoy poniendo en común las canciones nuevas con otras de discos antiguos. Creo que funcionan bien, pero desde luego no voy a hacer un disco como Cajas de música ahora. Lo siento la necesidad, no es el momento y no tendría ningún sentido.

—¿No hay algo perverso en los fans en ese querer que su artista lo pase mal o viva situaciones límite?

—Supongo que el patetismo del personaje les dará morbo a alguna gente, pero no es algo muy sólido. Pero lo cierto es que algunas de aquellas canciones, que ya no toco, hoy las veo naíf. Ahora canto de cosas mucho más duras. Ya me ocurría lo mismo en La zona sucia, que es uno de los discos más duros que hice a nivel de letras.

—Hablaba antes de la postura política de mirar a otro lado. Mucha gente habla, en ese sentido, de los posicionamientos por omisión de aquellos artistas que, al no explicitar su postura política, realmente están tomando otra. Se le suele acusar de ello, por ejemplo, a los grupos que solo hacen canciones de amor. ¿Cómo lo ve usted?

—No, un grupo puede hacer solamente canciones de amor y ser político. Hay algo ineludible: el compromiso con tu trabajo. Cuando tu haces música, tocas una parte muy popular de la cultura y estás llevando cosa a la gente. Hay que ser consciente que, pese a estar un poco dentro del mercado, la cultura tienen que funcionar en horizontal y hay que tener un compromiso con el mundo en el que vives y a donde quieres llevar tu música. Un grupo que solo habla del amor y no toca otro tipo de realidades puede tener un compromiso a otro nivel. Si un grupo saca canciones de amor, graba discos para una multinacional y es una especie de producto para conseguir dinero a corto plazo, se está posicionando políticamente. Ese no me interesa para nada, no tiene nada que ver con a lo que yo me dedico. Yo no lo exijo a los grupos que su música hable de política, pero sí que tenga un compromiso con su trabajo y con el mundo que le ha tocado vivir. Creo que cualquiera que se dedica a esto lo sabe.

—Hay quien afirma que, por ejemplo, un grupo como La Buena Vida es “de derechas”. A mí, personalmente, me cuesta entrar en ese tipo de pensamiento tan esquemático y polarizado y sacar conclusiones como esas.

—Ya. Toda la música dice mucho sobre el momento en el que fue creada. Y no es que La Buena Vida fuera un grupo de derechas, ni que ellos sean gente de derechas. Pero sí que La Buena Vida, Le Mans y todos esos grupos de Donosti son una gente de una clase social determinada, viviendo en una ciudad determinada. Eso se nota mucho. Hablan de lo lo que conocen. Antes te comentaba el ejemplo de Fangoria. Yo no los considero gente de derechas, pero sí que cuando dicen “yo no quiero dramas en mi vida” están hablando a una gente determinada y de un nivel socioeconómico, gente que no quiere mezclarse con temas problemáticos, ni tener dramas en su vida. Yo no quiero eso, no quiero hablarle solo a una gente de una determinada clase social. Y, aún así, eso es un dilema para mí. Por ejemplo, voy a hacer un concierto a Barcelona la semana pasada y la gente no puede gastar 25 euros para verme. En ese momento te preguntas ¿estoy haciendo música solo para gente que puede pagar 25 euros por una entrada? Luego lo intento compensar haciendo conciertos más baratos en centros sociales, pero me hago esas preguntas. Yo creo que se pueden leer todos los discos en clave política y los de La Buena Vida también, en ese sentido.

—Eso del precio de las entradas es interesante. Puede uno terminar como Bruce Springsteen, haciendo himnos de la clase trabajadora y cobrando 86 euros por un concierto.

—Es algo muy difícil de equilibrar. Ahora mismo a mí me preocupa mucho en esta gira. Esta parte la quiero hacer con toda la banda y todo el equipo y cuesta mucho. En Bilbao, por ejemplo, pusimos una entrada barata pero fue un desastre económico. En Madrid lo hicimos más caro, pero luego hicimos otros en el patio maravillas para compensar.

—Habla de que se dirige a un público. ¿Pretende remover sus pensamientos y sus ideas sobre el mundo?

—No una finalidad. Las canciones mías recogen lo que ocurre alrededor. Siempre ha sido así. Hablo de mi vida, no solo de mis angustias y mis problemas, sino todo lo que pasa alrededor. Todo eso está ahí y la gente tiene que verlo, remover su conciencia, reflexionar. Mi música solo da testimonio del mundo en el que yo vivo. Ahora me hace mucha ilusión que viene gente muy joven hablándome de las canciones. Si a partir de ahí pueden reflexionar sobre algunas cosas, como a mí me pasaba con los discos de Billy Bragg, pues estaría guay. No es la intención.

—¿Y si alguno de esos chicos jóvenes le dice que “Runrún” es para ellos un himno?

—[risas] Pues me halagaría, pero no me lo tomaría mucho más allá. A esas cosas no hay que darles mucha importancia. Hay que distanciarse de ello, porque la canción es bidireccional: el oyente tiene que dar de sí en la música, sobre todo cuando eres muy joven. Hay que poner mucha energía propia para que una canción sea tuya.

Así de buenos eran, así de buenos son

Escrito por Javier Becerra
22 de junio de 2014 a las 10:04h

Con cosas como estas, mejor no hacerse muchas expectativas. Pero, al final, resultó sencillamente maravilloso. Como si no hubiera pasado el tiempo desde hace 22 años, Los Eskizos subieron ayer al escenario de Mardi Gras y ofrecieron un concierto memorable. Tanto como aquel con el que habían concluido su trayectoria en el Playa Club. Con Iago Alvite cubriendo el puesto del fallecido Pepe Carral (varias veces invocado a lo largo del concierto), el grupo recorrió sus dos epés, rescató temas que en su día quedaron en el tintero y se recreó en versiones de sus bandas icónicas: desde The Scientists a MC5, pasando por The Stooges o The Clash. Y en todo momento lograron hacer clic, contagiando su energía y electricidad.

Que en 2014 un grupo apele al I Wanna Be Your Dog y que esta suene con las mismas uñas y tensión que en 1992, cuando toda una generación descubría la oscuridad del rock, lo dice todo. No somos los mismos. Ninguno. Ni ellos, ni este público al que le da vergüenza pedir bises. Pero un chorro de rock como el de anoche sienta de maravilla. Quienes vieron al grupo en su día, pueden hacer comparaciones sin miedo con ese pasado idealizado. Los que saboreaban las mieles esquizas por primera vez, habrán entendido perfectamente el porqué de tanta mitificación. Mucho más allá de la nostalgia y el revoltijo de sensaciones (sí, muchos no pararon de hacer un viaje mental de ida y vuelta continuo a nuestro pasado), esta erupción musical tiene sentido por sí sola, arrasa y suena como una bomba. Afortunadamente no se va a quedar en un capítulo aislado y la banda seguirá haciendo conciertos escogidos e, incluso, puede que vuelvan al estudio a grabar nuevos temas.

Con esta actuación tan especial cerramos la segunda etapa de Los conciertos de Retroalimentación. Ha sido un honor mayúsculo contar con Pedro, Astray, Iago y Luis para ello y tener algo que ver en el kilómetro cero de su segunda vida. Gracias infinitas a los cuatro, a la sala Mardi Gras que ha dado todo tipo de facilidades durante todo el año y a esos fans que agotaron el papel en la taquilla con varias semanas de antelación. Sabemos que nadie quedó decepcionado. Nos vemos en la tercera temporada del ciclo tras el verano.

Los Eskizos sonarán esta noche otra vez después de 22 años

Escrito por Javier Becerra
21 de junio de 2014 a las 10:35h

Sí, hoy es el EL DIA. Después de 22 años Los Eskizos vuelven a subirse a un escenario, haciendo realidad el deseo de unos pocos muchos que vibraron con ellos entonces y otro tantos que se pasaron todos los años posteriores imaginando cómo habría sido aquello. Que esta actuación pueda formar parte de la historia de de Los conciertos de Retroalimentación supone todo un honor y marca un pequeño hito en la modesta trayectoria de este ciclo que cierra así su segunda temporada mirando ya a la tercera.

Ya no quedan entradas desde hace tiempo por lo que la sala Mardi Gras estará a reventar. La banda (compuesta por la formación original e Iago Alvite sustituyendo al fallecido Pepe Carral) suena como una bomba y a buen seguro que nos ofrecerá un directo para el recuerdo. Antes y después del bolo estará Dani Puntas (el que fuera bajista del grupo en la etapa mod) pinchando en Mardi Gras. Aclimatará la sala que abrirá a sus puertas las 22.30 horas.

Ojalá parte de los que estén hoy sigan con ganas y nervio suficiente para ver a los otros artistas que componen este ciclo… y no haya que esperar 22 años a que sean míticos. Este presente es lo suficientemente rico y excitante como para no perderse nada. Ya nos gustaría en 1992 tener un nivel de grupos en Galicia como al actual