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Empieza la quinta temporada de Los conciertos de Retroalimentación

Escrito por Javier Becerra
22 de septiembre de 2016 a las 19:28h

Ha costado arrancar esta quinta temporada de Los conciertos de Retroalimentación. Pero aquí están las cuatro primeras citas. Se trata de una mirada variada y desprejuiciada de algunas de las propuestas más interesantes que se están desarrollando en este momento en Galicia. Continuarán en el 2017 con nuevos nombres en los que ya estamos trabajando. Por ahora, marcad fechas y reservad dinero para las entradas, porque nos lo vamos a pasar todos de maravilla

amor-CAXADE (viernes 14 octubre, Playa Club, 6/8 euros). Fueron una de las grandes revelaciones de la música gallega con A dança das moscas ganándose el sobrenombre de «los Beirut gallegos». Este año han vuelto con E isto é o amor, en donde ahondan la vena pop de su propuesta, dibujando un universo temático de emociones suaves, metáforas políticas y canciones que se dibujan en la mente al escucharlas. En el 2014 dieron un concierto dentro de este ciclo con Gram Poder. Hubo magia aquel día. Alonso Caxade, su líder, lo guarda en su corazón como uno de los mejores de la trayectoria del grupo. Seguo que este se suma a la lista privilegiada

funkles-THE FUNKLES (viernes 4 noviembre, Mardi Gras, 6/8 euros). Adoran a The Beatles y, también, a la música negra. Con un pie en cada lugar y base en Santiago han montado esta banda que, más allá del tributo al uso, pretende reinterpretar el cancionero de los fab four con excelentes resultados. Solidez instrumental, brillo vocal y alma de fan. La cosa no les ha ido mal por ahora, triunfando en The Cavern en Liverpool y siendo reclamados para actuar en lugares Rusia o Finlandia. En Los conciertos de Retroalimentación bailarán y harán bailar a todos los que acudan a su llamada.

david-quinzan-DAVID QUINZÁN + PÁJARO SUNRISE (26 noviembre, Playa Club, 7/10 euros). Era uno de los secretos mejor guardados del pop gallego cuando en el 2015 actuó dentro desde ciclo delante de unas pocas decenas de personas. Lo sigue siendo. Solo necesita que te coloques enfrente para seducirte. Ahora llega con Caballito Negro, un hábil ejercicio de pop colorista, lleno de percusiones imaginativas, teclados sorprendentes y ese toque entre folk y afro-pop marca de la casa. En directo, la cosa toma tintes de Talking Heads. En serio, ven a comprobarlo. Además, podrás ver en directo a al leonés Pájaro Sunrise, que lo acompaña.

cro-MØURΔ+ CRO! (3 diciembre, La Nave 1839, 5 euros). MØURΔ es una de las bandas del momento. Su mezcla de stoner-rock y piscodelia densa ha conquistado al público que ansía experiencias enajenantes en el directo. Formado por integrantes de grupos como Guerrera, Lüger o One Of These Days & THRTCLab, el grupo está llamado a hacer grandes cosas en el rock gallego. Estarán junto a Cro!, la inclasificable formación que agita etiquetas en cada descripción y que abarca el largo camino que va desde King Crimson a Radiohead. En su actuación dentro de Los conciertos de Retroalimentación presentarán nuevo trabajo.

Alex Cooper: “He pretendido hacer la versión más fiel posible de Los Flechazos, mi grupo favorito”

Escrito por Javier Becerra
13 de septiembre de 2016 a las 18:38h

alex-cooper-entrevista-slid

Este viernes el Playa Club de A Coruña vivirá un momento mágico. Alex Díez, el que fuera cantante de Los Flechazos, revisará las canciones de su viejo grupo. Se trata de un recital inserto dentro de la gira Popcorner, en la que celebra 30 años de profesión y trayectoria musical. Pero no se trata de un concierto más. No. Más allá de festivales, grandes salas y visitas capitalinas, en A Coruña los conciertos de Los Flechazos eran legendarios. A excepción del que sirvió para inaugurar la AP-9 en el Coliseum en 1992, el resto de sus recitales coruñeses tuvieron lugar en un Playa siempre abarrotado. Allí se sudó, se vibró y se disfrutó de uno de los grandes grupos del pop nacional. Toca tirarse de lleno a la nostalgia. Sin excusas. Sin medias tintas. Sin mala conciencia. Visto lo visto, va a ser tremendo.

-¿Cómo ve Alex Cooper al jovenzuelo de “El bidón de gasolina”, su primera canción editada como Los Flechazos?

-Es muy difícil identificarse con aquello. Reconozco los rasgos y el tono, pero a mí ahora me toca ser otro personaje de la historia. Ahora soy el padre que va a la fiesta a protestar porque no le dejan descansar. Veo a aquel Álex parecido en su idealismo y en su manera de afrontar cada una de las aventuras que quiere llevar adelante. Me está divirtiendo mucho ponerme en la piel del Alex joven, aunque es un esfuerzo enorme.

-Sobre todo para adaptarse a aquella velocidad. Hay bastantes más bmps que hoy en día.

-Claro. Javi, el batería, está con la lengua fuera todo el concierto. Hay que meter mucha caña porque hay que empalmar un tema con otro. Mi frase de los últimos tiempos es: «Más rápido, más rápido». Me parece que es el respeto que se merece ese repertorio. Hay que tocarlo y ejecutarlo como surgió en su momento, respetando mucho el espíritu de las canciones. Eran así, a toda pastilla. Ahora tocamos mejor que entonces e intento que las canciones tengan un poco más de musicalidad. Pero poco más.

-En el primer concierto que dieron en Madrid en febrero quedó patente: la fidelidad era máxima. Raro, porque aunque muchas veces se hable de volver a tocar las canciones igual, cuando pasa tanto tiempo cambian muchas cosas.

-Yo creo que el concierto de La Riviera sirvió para explicarle a la gente por qué no se habían reunido Los Flechazos. Me parece que hubiera sido muy difícil conseguir esa fidelidad con cualquiera de las formaciones que tuvo el grupo. Si nos reuniéremos no seríamos Los Flechazos. Lo que yo pretendía era que el espíritu y el carácter de las canciones se mantuviera, que se volvieran a presentar ante la gente de la manera más fiel posible. Yo he vivido muchas reuniones y sé lo que eché en falta en esas reunificaciones. También he tenido la oportunidad de participar en muchos discos de homenaje a grupos. No soy de reinterpretar las canciones. Hay una frase que odio, eso de «llevarla a tu terreno». Cuando haces una versión de un grupo que admiras no tienes ningún deseo de eso, porque admiras lo que ellos hicieron y los homenajeas de manera modesta, intentando no ser un estorbo, volviendo a capturar la magia de lo que tanto de maravilla. A mí me pasa eso con mi grupo favorito, que son Los Flechazos. He pretendido hacer la versión más fiel posible de lo que yo veo en esas canciones, con la ventaja de que yo estaba dentro cuando se hicieron.

-¿Cree que el jovenzuelo aquel de “El bidón de gasolina” aprobaría al Alex Cooper actual?

-Estoy seguro de que sí. Creo que estaría tan orgulloso como yo estoy del joven Álex. Creo que el nexo de unión ha cristalizado en “Popcorner”. Hubo un tiempo que no sabíamos bien si Cooper estaba a la altura de la herencia que habían dejado Los Flechazos y si tenia que ver o no. Yo creo que la gente lo ha entendido. Ha costado 15 años en algunos casos, pero creo que todo el entorno de los seguidores de Cooper y Los Flechazos entiende que todo forma parte de un todo y que todo tiene un nexo de unión. Por eso se ha llamado «30 años viviendo en la era pop», porque el pop tiene una cualidad brillante que está más allá de los ejercicios de estilo. Y tanto cuando yo era más sixtie, como cuando era más indie o soy más yo ahora mismo, hay un elemento que se repite en todo ese camino. Sigue existiendo el público que te dice: «A mí me gustaba más lo otro». Seguramente tú te gustabas más antes de lo que te gustas ahora, pero hay una realidad: que el camino de composición, de entender la música, el pop y la vida ha sido el mismo. Resulta inevitable que exista esa compenetración y similitud entre el Álex de 18 y el de 48 años. Eso tiene que estar ahí. Creo que él sería fan de Cooper.

-¿Ha tomado algún modelo para “Popcorner”?

-No. Yo lo he hecho porque he pensado que a la gente le iba a hacer ilusión. La motivación de volver a retomarlo todo es esa. El otro día me preguntaron si dejar de hacer elepés y hacer solo singles no había sido un tiro en el pie en mi carrera comercial. Dije que sí, totalmente. Ahora pienso lo mismo. Esto puede ser un tiro en el pie a la credibilidad que como compositor pudiera haber alcanzado después de 15 años de Cooper. Vuelvo a interpretar canciones ágiles, juveniles y adolescentes. Me vuelvo a poner en la diana de todos los francotiradores que quieren trasladar a la opinión pública que mi música es intrascendente, que es pop de usar y tirar, que no he sabido madurar y que soy el eterno pop-boy. Me da igual. Sé donde estoy. Sé que “El asiento de atrás”, “Entre girasoles” o “Mi universo” están a años luz de la sensibilidad punk-pop que podía tener el primer disco de Los Flechazos. Lo sé y, como estoy tan seguro de mi mismo, me da igual ponerme en la piel del Álex de los 18 años para que la gente se lo pase bien.

-En esas miradas atrás a veces se entremezcla el orgullo, la sorpresa y también la vergüenza. ¿Le ha chirriado algo en esa vuelta atrás?

-Dentro de los pasos en falso que puedes dar en la vida, en mi carrera musical creo que no tengo. Me cuesta encontrarlos. Mi carrera estuvo enfocada desde el principio en el largo recorrido. Fui muy consciente de eso. Venía de un mundo muy mitómano, en donde se idolatraba a perdedores de los años sesenta, cuyos discos acabaron en cajones de segunda mano. Yo, a pesar de que quería comerme el mundo, inconscientemente diseñé una carrera que me iba a llevar por ese camino. Esa fidelidad al público, a la escena mod, a una manera radical de entender la anticomercialidad nos obligó a pagar muchos pejaes. Dieron sus frutos a la larga. Pero en el corto plazo fueron un problema para todos. Nosotros éramos nuestro peor enemigo, en ese sentido, y nuestro mejor amigo, en el sentido de construir una carrera de largo recorrido. Me encuentro con algunas cosas que me intranquilizan. Una de ellas es revisar los sueños de mi juventud, con la idea que yo pensaba que iba a conseguir en la vida. No he tenido pasos en falsos en lo musical, pero sí los he tenido en mi vida personal. Eso está reflejado en las canciones y es doloroso al enfrentarse a ello. Otra lectura que yo hago es qué equivocada está la gente que piensa que mis canciones son alegres, optimistas e intrascedentes. En el primer disco había canciones durísimas como “En la ciudad del motor” o “En esta ciudad”. Y en el segundo, “Arco Iris”. Son canciones que hablaban del suicidio. “Go Go girl” trata de los abusos de un padre a su hija y nadie se enteró. Esa segunda lectura me hubiera gustado que se hubiera entendido. Otra cosa, que me ha pasado hace poco escuchando “Viviendo en la era pop entero”, que hacía mucho que no lo hacía, es comprobar que éramos muy imberbes. Teníamos muchas deficiencias técnicas y teníamos poca calidad. Dejando aparte las motivaciones personales y sentimentales, me cuesta entender cómo la gente puede llegar a valorar como mejor disco “Viviendo en la era pop” que cualquiera de Cooper. Están a años luz. Es impresionante el valor evocador de la música, que hace que eso no importe nada. Porque están mal tocados, mal cantados y, a veces, hasta mal compuestos y mal arreglados. No importa, porque funcionan. Y a la gente le encantan. En concreto hay una canción, “En esta ciudad”, que la escuché el otro día y es que no llega ni al nivel de maqueta.  

-En su momento Los Flechazos lamentaban como, disco a disco, no habían llegado al sonido buscado hasta “En Acción!!!”. Sin embargo, yo escucho ahora la canción “Viviendo en la era pop”, que podía tener ese punto de “sonido lata”, y no cambiaría absolutamente nada. Me parece que suena genial.

-Es que no se puede cambiar nada. Es el producto de un momento, un testimonio de cómo éramos nosotros y cómo era la escena. Nosotros estábamos buscando el santo grial de los años sesenta. La búsqueda duró seis o siete años hasta lograr algo parecido a eso en “En Acción!!!” Desde luego, esos primeros balbuceos están muy lejos de lo que buscábamos. Ten en cuenta que en el primer disco nos dijeron que todo el disco con un lesley al Hammond sería demasiado pesado y que no iba a gustar, íbamos a combinar unas con él y otras sin él. Son problemas de una época. Éramos un grupo tan atípico que no sabían cómo tratarnos. Ni a la hora de producirnos los discos, ni a la hora de vendernos en la radio. Nosotros, además, éramos muy pardillos. El primer single que se editó de “Viviendo en la era pop” es “Dame tu amor”, la canción menos comercial del disco. Ni siquiera creo que fuera decisión nuestra.

-Muchos de sus seguidores descubrían a Los Flechazos y los años sesenta en paralelo. En cierto sentido, las canciones de “Viviendo en la era pop” y “En el club” fueron la puerta de entrada a un mundo muy excitante. Los Flechazos entonces transmitían esa sensación de cuadrilla pop, de “todos a una”, como si hubiera una misión muy importante.

-Éramos un grupo genuino, en ese sentido. Éramos como una pandilla de instituto, todos amigos. Yo antes tocaba en un grupo que tenía cierto nivel en la ciudad, pero monté otro con mis amigos para tocar en las fiestas y hacer versiones. Acabó siendo mi vehículo de expresión, porque del otro me echaron [risas]. Facilitó mucho las cosas que Elena y yo fuéramos pareja y Héctor, mi mejor amigo. Además, hay un punto de apostolado, de intento de transmisión de lo que a mí me gusta a los demás en eso. He sido siempre en todas las épocas de mi vida. Eso inevitablemente traslada una imagen de grupo frente al individuo. Yo nunca he sido especialmente individualista.

-¿Tenían la sensación entonces de “Los Flechazos para toda la vida”?

-La sensación era: Los Flechazos hasta que se acabe el mundo. Desde muy pequeño siempre he vivido como si me quedase muy poco tiempo, como si fuese mi última oportunidad. Recuerdo esa sensación desde los 15 o 16 años. Tocabas pensando que a lo mejor no había otra vez. Todo era “All or Nothing” y las cosas se hacían a vida a muerte. No he cambiado. Esta gira la estoy viviendo de la misma manera. Será la última vez. Esta vez de verdad.

-Los Flechazos fueron para muchos la apertura de un universo. ¿Era ese vuestro plan maestro?

-Sí. Primero, crearlo a nuestro alrededor. Con las cosas que nos llegaban por fanzines, amigos, otros grupos y el tránsito a otras ciudades a conocer a otra gente. Era una suerte de pandilla subterránea con códigos secretos. Eso es muy atractivo cuando eres un crío. Separarte de la multitud y poder guiñarle el ojo en al vagón del metro a un tío que sabes que sintoniza en el mismo punto del dial que tú y solamente lo sabes tú y él y nadie más de los que están alrededor. Eso te hace sentir muy especial y estás buscando un camino cuando tienes esa edad. Nosotros creamos el universo a base de esas referencias junto a otras que inventamos y aportamos. Luego, lo explotamos al máximo. Se trataba de seguir los caminos que se nos habían abierto. Tú me dices que estabas descubriendo los sesenta a la vez que a nosotros. Nosotros un poco también. Pienso que parte de la gracia está en esa ingenuidad de Los Flechazos. Que nosotros nos creímos a pies juntitas el decálogo que nos había llegado de nuestros hermanos mayores, que abandonaron el barco después. Pienso en Brighton 64 cuando decían “una bomba que estallará, una explosión juvenil / nuestro sueño continuará / por eso estamos allí”. El que lo había escrito a los dos años estaba en otra película. Pero a mí me a mí me había tocado. Todo ese asunto de “la antorcha en mi mano está y no morirá” me lo creía a ciegas. Es sorprendente que lo mucho que me lo creí cuando lo había descubierto dos años antes. Eso lo pensé mucho. Cómo me metí en ese cosmos y cómo cree mi lenguaje, cuando había cosas que habían estado mucho más presentes en mi vida y que no me habían marcado tanto. A la conclusión que he llegado es que esto lo conocí en el momento en el que quería cambiar de rumbo. Yo no podía ser toda la vida de la Real Sociedad o católico practicante o lo que fuera. Pero esto sí. Y por eso me zambullí.

-Habla de juventud. En Los cuatro primeros discos de Los Flechazos salía de manera explícita e implícita en las letras constantemente. ¿Cómo choca con esa exaltación de una juventud que parecía eterna?

-Ahí está la clave del problema que yo tengo para reinterpretar esto. Muchas cosas que pensaba entonces ahora pienso que estaba totalmente equivocado. Los valores que yo asumía como valores de juventud, en realidad eran valores de otro tipo de situación personal. Siempre que he pensado que yo no tendría que renunciar a mis valores de juventud, si la vivía con la complejidad y la responsabilidad con la que la viví. No tengo nada de lo que arrepentirme. No tengo fotos vergonzosas, ni momentos para olvidar, ni grandes problemas de culpa. Porque desde el primer momento supe que había que funcionar bien y con cabeza para crear las bases de algo grande. Pensaba que eso eran los valores de la juventud. Pero no, eran los míos. Ahora soy un descreído absoluto del valor intrínseco de lo juvenil. De hecho, pienso que a los jóvenes se les da más cancha de la que se le debería dar. Pienso que en los sesenta se crearon las bases de todo el problema social que ha habido en las décadas siguientes, que darle tanta importancia a la sociedad de consumo, a lo nuevo y a lo joven, dejando de lado a lo que ha pasado debido a esa tiranía de la novedad, ha hecho mucho daño a nivel cultural y a nivel social. Contra eso lucho en mi planteamiento de vida y musical. Por eso hay una confrontación muy fuerte entre lo que yo defendía de joven y lo que defiendo ahora. En muchas cosas pienso radicalmente distinto que los mods originales. Pues en la época de Los Flechazos pensaba exactamente lo mismo. Eso me cuesta mucho asimilarlo. Entonces, lo que he hecho es decir “más allá de la postura vital y filosófica esto es música, estos son recuerdos y como tal los tengo que manejar”. Es un instrumento para crear un vínculo con una gente que lo que necesita es escuchar las canciones de aquellos tiempos. Por eso es un ejercicio 100% nostálgico.

-Seguramente le ocurra a los fans. Algunos tendrán que ir ahora a echarles la bronca a los estudiantes que le están montado una fiesta.

-Normal. “El bidón de gasolina” es heredera directa de “La casa de la bomba”, que habla de los chavales que no les gusta que su playa se la coja la gente mayor, que tienen arrugas. También es heredera del “Bailando” de Alaska y Dinarama como concepto. Yo la cosa que hago ahora con eso de “Paso el día bailando y los vecinos mientras tanto no paran de molestar”. ¿Cómo que no paran de molestar si el vecino ha estado ocho horas currando y lo que quiere es llegar a casa y descansar mientras tú no le dejas? Yo estoy ahora en esa postura. A mí lo que me sorprende es que no estuviera en esa postura de joven, con lo responsable y razonable que era yo.

-¿Es “A toda velocidad” LA CANCIÓN de Los Flechazos?

-Sí, yo lo he tenido claro siempre. No puede eclipsar al resto del repertorio, porque hay muchas canciones que son bonitas y emblemáticas, incluso pequeños himnos. Pero para mí “A toda velocidad” es la canción perfecta de Los Flechazos, la canción redonda. Tiene un equilibrio muy chulo entre la música y lo que transmite en la letra. Estoy muy orgulloso de ella.

-Elena dijo en una entrevista que, cuando aún no la habían terminado, usted ya decía que era su mejor canción, que era plenamente consciente de ello.

-Sí, lo era. La tenía montada en mi cabeza. Me ha pasado con bastantes temas, esa canción fue la última que compuse para la maqueta del disco. Entre con ella sin letra y la hice con presión el día antes de terminar. Me pasó con “Luces rojas”. Y me pasó con “Carrusel” en “Mi universo”. Las tres tienen letras que son muy importantes.

-Trasmite una sensación de euforia que invade. La escuchas con 16 o 17 años y te dan ganas de “hacerte de eso”, sea lo que sea. Supongo que mucha gente se habrá hecho mod por esa canción. ¿Tiene constancia?

-Era lo que se buscaba. Me encanta que digas eso. No estoy seguro hasta que punto llegó en el momento perfecto para que eso generase que alguna gente se sumase a nuestra historia y el mundo mod. Nosotros llevábamos ya funcionando dos o tres años a un nivel comercial muy alto y eso nos había alejado un poco de la escena mod. Hemos sido la puerta de entrada para ello quizá, pero una puerta de entrada que la gente rápidamente olvidaba para ir a la siguiente. En el fondo ha sido un testimonio más personal, como una guía de actitud para mí. No lo necesitaba, porque salió de mí mismo. Pero te reconcilia con el mundo saber que tenías unos objetivos en la vida y que los has cumplido. O demostrar que se puede mantener una carrera desde una perspectiva mod durante treinta años, cuando la gente nos daba dos años de vida y nos decía que íbamos a cambiar. Es muy divertido. Hay gente que me viene a pedir perdón hoy en día. El otro día vino a hablar conmigo una periodista de Segovia a un concierto en Valladolid. Me dijo que hacía 25 años me comentó en una entrevista en plan: “Tú no te verás dentro de 25 años con la misma ropa y esas pintas”. Me dijo: “Yo soy la que te entrevistó hace 25 años y tú tenías razón y yo no”. El escepticismo que provocábamos en el ambiente musical y la crítica se ha ido diluyendo. Sigue habiendo, pero ahora tienen pocos argumentos para plasmarlo. Eso me gusta. Las canciones como “A toda velocidad” son como una respuesta a eso. ¿Os acordáis de lo que pensaba hace 25 años? Pues, fijaros, sigo pensando lo mismo [risas].

-Le ha pasado a muchos críticos, especialmente dentro del ámbito indie, donde se repudiaba algo tan abiertamente retro. ¿Cree que se acepta mejor eso ahora, donde parece que se han relajado las exigencias de innovación en el pop?

-Yo he vivido siempre en el filo de esa problema. Siempre fui consciente. Es una batalla perdida y que yo no quería librar. Me meto en muchos jardines, pero en ese no. El que lo quiera entender llegará a la conclusión de que yo he hecho las cosas a mi manera, sin ser una fotocopia ni un calco de nadie, a pesar de que las influencias estén en un sitio u otro. Si mirar atrás lo criminalizas te cargas un montón de movimientos musicales que han sido importantísimos en su producción. Desde el r&b, por ejemplo. No existirían los Rolling Stones, ni la escena de blues de Jimi Hendrix, Cream y todo eso. Tampoco el glam, porque miraba a una mezcla muy curiosa de la música de los cincuenta, con los ecos en las voces y mezclado con el pop de chicle de mediados de los sesenta en América. No existiría la nueva ola, porque Elvis Costello, The Records y todos esos grupos miraban mucho a los sesenta. Y puedo seguir un buen rato. Como la música es pendular hay una serie de gente que lo que busca es la innovación por encima de todo, saltándose la barrera de lo clásico, y hay otra gente que le gusta volver atrás una y otra vez. Yo me encuentro en ese segundo grupo. Es como una lucha de egos o de poderes que siempre va a estar ahí. A veces, unos tienen las de perder. Otras, conviven. Eso no me preocupa. Pero te voy a decir una cosa. Mis grupos han tenido una cualidad que no han tenido muchos. Hemos sido siempre transparentes. Siempre hemos sido diáfanos a la hora de mostrar por dónde iban los tiros, porque no hemos jugado a las medidas tintas. Pero también hemos sido transparentes porque no se nos ve: no apareceremos en los sitios.

-¿A qué se refiere?

-Si tú coges la bibliografía de la escena mod en España, Los Flechazos no salimos. No aparecemos en el libro de Ángel Manzanares. No aparecemos en el libro de “Ahora no, mañana, el revival mod en España”. No aparecemos en el libro que se titula “Revival”. ¿Por qué? Porque un libro termina en el 86, justo cuando íbamos a salir nosotros. Otro empieza en el 94 [risas]. ¿Y en los libros de la escena indie? Lo mismo. En el de Victor Lenore o en el “Pequeño circo” tampoco aparecemos. Te dicen: “Es que generacionalmente no sois de ese grupo de gente”. ¿Cómo que no? Si soy más pequeño que Felipe, el de los Fresones Rebeldes, y tengo la misma edad que Fernando Alfaro. Yo he tocado en el primer Benicassim y en la sala Maravillas. Esa personalidad y ese modo de hacer las cosas propio, que nos ha generado tantos beneficios, siendo valorados en el mundo musical, en lo que es la crítica ha generado transparencia. Lo digo así con sorna, pero recuerdo la crítica de la revista Spiral del primer FIB. “Después de Echobelly salieron al escenario Supergrass. Y cuando terminaron volvieron a salir Supergrass”. Eso es lo que dijeron de la actuación de Los Flechazos.

-Eran otros tiempos. Pronto llegaría el cruce de cables, defendiendo a Suede como un grupo “fresco”. No puedes decir que ellos no miraban atrás, o que su mirada valía y la de otros no.

-Claro. Mira que Suede en todas las entrevistas renegaban de los músicos que estaban en la música para enseñar su colección de discos. Yo recuerdo a Brett Anderson hablar así en la MTV, diciendo que ellos eran Suede,que no tenían que hablar de otros y hacían su propia música. Era una postura totalmente contraria a la mía. Pero luego se veía perfectamente de dónde venían las cosas. A nosotros nos pasaba lo mismo, pero siempre con esa especie de complejo de inferioridad que tienen la escena nacional, de “¡Bah! Ahora este tío ha descubierto a Teenage Fanclub”. Perdona tío, los descubrí a la vez que tú. Pero es que además soy de la edad de ellos y escuchaba la misma música que les flipa a ello, incluso antes que ellos. Yo estoy seguro que el “September gurls” de Big Star lo conocí, al menos, a la vez que Norman Blake. Igual, antes. Lo sé porque a la gente de Teenage Fanclub toda la música americana de Costa Oeste les entró a través del tío de BMX Bandits. Él fue quien le enseñó eso. Y luego a Astrid, y a Whiteout y todas las bandas escocesas de ese punto que a mí me flipa. En ese sentido, la escena nacional es un poco pobretona. No se lo tiene muy creído. Pero, vamos, es una pelea que a mí me desgasta. Prefiero hacer mi música y quien no la entienda ya la entenderá.

-Antes el “criterio” lo imponían dos o tres revistas. Ahora llega una generación que prescinde de ello y tiene muchos menos prejuicios. Una chica joven del 2016 puede escuchar a Taylor Swift, Metallica y Cooper.

-Eso viene de lejos. ¿Recuerdas cuando se puso de moda Kylie Minogue? De repente, a nadie le parecía mal. Parece que fue ayer, pero ya hace 12 o 13 años de aquello. Lo otro es más de la gente de nuestra pandilla, que hemos leído revistas y consumido así la música, que de nuestra generación. Yo tengo fans que vienen a los conciertos de “Popcorner” que lo demuestran. Una chica vino a los conciertos de Madrid, Barcelona y Bilbao y, cuando entré a su Facebook, vi que tenía colgado un video de Take That. Yo salía en las mismas revistas que Take That. Eso ha estado siempre ahí. Lo que pasa que los que somos los empollones de la clase del rock, no nos hemos dado cuenta. La gente de nuestra clase en la universidad estaba en eso: oía alguna cosa alternativa, música comercial, cosas antiguas y también iba a las discotecas de bakalao.

-En una entrevista que dio este año decía que cuando salió “A toda velocidad” pensaron que iba a pasar algo. ¿Qué es lo que iba a pasar y no pasó?

-Pensábamos que iba a elevar el nivel de popularidad del grupo y conseguir entrar en la división del pop español, a todos los niveles. Yo voy por la calle y a mí no me conoce nadie. Y los periodistas y los programadores de festivales se las ven cantas para explicar quién soy y qué es lo que represento. Voy a programas de magazines de la radio, con periodistas importantes, y el que me entrevista no sabe quien soy. Estoy allí porque hay en la redacción un tío que es super fan de toda la vida y les dice que soy una figura clave del pop nacional. Esta situación se hubiera solucionado si “A toda velocidad” o “Suzette” en su momento hubieran petado más. Nos hubiera elevado a otro nivel de popularidad y contratación.

-¿No chocaba con la filosofía general? Recuerdo en los primeros noventa cierta presencia de Los Flechazos en las televisiones y cómo se criticaba desde las microescenas. ¿Ustedes querían eso? El siguiente paso sería estar en los 40 principales, ir a sus galas, hacer más playbacks en la tele.

-Nosotros estuvimos siempre en los 40 Principales, desde el primer single. Desde el principio funcionamos en los circuitos comerciales, sin prejuicios. Lo único es que no hacíamos lo que no queríamos hacer y planteábamos problemas. No hacíamos playbacks en directo, pero tocamos un montón de veces en el Super Uno de los 40. Eso sí, siempre en directo, llevando el equipo y el técnico. Recuerdo actuar en la plaza de mayor de Salamanca, en Alicante o sitios así. Ese mundo lo conocíamos. Mientras nos dejaran ser nosotros mismos no había problema. El problema era cuando venían las presiones, cuando nos pedían concesiones. ¿Qué tipo de concesiones? ¿Vestirnos de otra manera? ¿Bailarle la bola a gente que nos cae mal? ¿Hacer otro tipo de música? Eso no lo íbamos a hacer. Yo creo que estábamos en una situación perfecta para que pasase algo comercialmente y no ocurrió. Como ha sucedido con tantas otras bandas a lo largo de la historia. Yo me volví a juntar con Charlie de Dro años después de irnos. Sonó “A toda velocidad” y fue él el que dijo: “Yo no entiendo como no pasó algo con esta canción, si lo tiene todo”.

-A lo mejor en un contexto diferente hubiera sido otra cosa. Salió en pleno auge del grunge y con la ruta del bakalao de fondo. Era casi la antítesis de todo eso. Que te gustase eso era más de “tío raro” que de seguir una corriente.

-Sí, al final acabó siendo una especie de himno que ha pervivido en el tiempo. Esa canción tiene la cualidad de la atemporalidad.

-Trasmite la sensación de tener todo muy calculado para que no se salga de la línea. El ejemplo es esa gira: un planteamiento claro, un inicio, un final, una justificación. ¿Obsesión por la coherencia?

-Bueno, yo soy muy poco de normas y reglas. Recuerdo una vez con Airbag que me decían “Estás cambiando las cuerdas en la prueba de sonido”. Ellos tenían la norma de no hacerlo [risas]. Lo que sí es que soy muy cerebral, lo dice siempre Mario. En lo de ser una persona coherente y la personalidad es algo de mi carácter y que me viene dado por la educación que me han dado. Yo tuve la típica conversación adolescente con mi padre en la que él me buscaba acomodo en la sociedad y un trabajo estable, mientras yo le decía que eso no lo quería hacer. Hubo un momento en el que me echaba en cara: “No se puede ser tan purista de la actitud, tan exageradamente coherente con un planteamiento de vida”. Yo, sorprendido, le dije: “Es lo que tú me has enseñado, los que he visto en casa”. Mi forma de ser me ha llevado a ser rígido en ese sentido. No tengo problema con ello. Para las cosas hay un porqué. Este gira, por ejemplo, no dije que iba a durar un año porque sí. Este proyecto necesita una energía que yo no voy a tener dentro de poco tiempo. Necesita también ser especial. Pero bueno, a lo mejor damos un concierto en enero. Si nos sale el Actual de Logroño no vamos a ser tan tontos como para decir que como es el 3 de enero ya no tocamos [risas]. Si eso sale, tocaremos la campana como en los pubs ingleses. Esto tenía que ser así.

-“A toda velocidad” es la canción con mayúsculas, pero hay otra que casi tiene la misma importancia: “Cansado”. Ahí baja la velocidad y el clima, cambian las intenciones del grupo. ¿Es el golpe de timón de Los Flechazos?

-Sí, totalmente. Es una de esas relaciones mágicas entre la música y la vida. Fue una canción hecha sin pensar, reflejando un estado de ánimo de un día de bajón. Y se convirtió en la piedra angular para explicar por qué hasta aquí ha habido un Alejando y luego habrá otro. La estamos tocando en directo y no estoy muy seguro de que la gente la sienta como una canción de Los Flechazos. Veo reacciones más cercanas a Cooper. Es un tema muy bonito, que no he dejado de tocar nunca en los acústicos. Es muy yo, de como soy yo hoy en día. Me siento más cómodo con ella que con “Suzzete” o “En el club”, por ejemplo. Es que las canciones de Los Flechazos eran muy miméticas de cosas que, en realidad, yo no era. Eran muy yo y muy antiyo. Si yo casi no salía por la noche y cantaba eso de “Todos los búhos vivimos de noche y odiamos el sol”, como si yo fuera un juergas brutal.

-Versos como esos generaban un gran impacto. Cuando eras adolescente y querías saber qué era lo mod resultaba misterioso, como si solo entendieses el 20% de lo que te contaban y, en la siguiente escucha, el 25. Pensabas: “Entonces para ser mod hay que salir mucho de noche y odiar el jefe, ¿no?”, con esa ingenuidad. No había nada a lo que agarrarse.

-Había mucha parte de emulación de lo que yo veía en mis grupos favoritos, aunque con una absoluta sinceridad. Era lo que yo quería ser, en una época en la que estas andando el camino y no estás hecho. Ahora estoy en otra película, leyendo los libros de Pablo d’Ors contra la juventud [risas] y participo de esa idea: cuando eres joven no eres tú, eres tú después.

-Umm… al joven al que se apelaba al principio de la entrevista dudo que le gustase escuchar cosas como esa.

-Pues no lo sé, pero seguro que la gira que estamos haciendo le encantaría. Estoy seguro. Este repertorio es trasversal: conecta con todo tipo de edades y públicos.

-Uno de los versos míticos de Los Flechazos es: “Del orgullo y del recuerdo todo lo que puede salir es bueno”. ¿Siente lo mismo?

-Sí, esa idea se mantiene. Es una lucha contra esa etiqueta de revivalista y lo de ser una fotocopia. Yo tengo orgullo de lo que he vivido, que forma parte de una tradición, pero que no es la vida de otros ni una fotocopia de nada, sino algo muy pleno. Esa frase se complementa muy bien con “Siento orgullo de lo que fui, pero aúnas de lo que puedo ser, no te lo vayas a perder” de “Ruido” de Cooper.

-En Los Flechazos había una idea que salía intermitentemente: la de reafirmarse en un mundo que es aparentemente hostil y que no quiere que uno sea cómo quiere ser. Eso se ha mantenido hasta “Mi universo”, su último elepé. ¿Es una constante suya?

-¿Cómo no voy a ser mod, tío? El manager de The Who Kit Lamber lo decía: “Ser mod es vivir limpio bajo circunstancias difíciles”. Eso ha sido parte de mi vida. He tenido esa sensación a nivel personal siempre, más allá de la música. Yo soy ese tipo de persona que entra en una habitación y siente la hostilidad de una parte de los que están ahí. He luchado siempre contra la idea de lo que generaba yo era envidia. Eso me parece absurdo. No, tiene que haber algo más. Tiene que haber una razón por la cual yo despierto la animadversión de una parte de la gente. He llegado a pensar que es porque yo vivo mi vida con la libertad que a ellos les gustaría y no se atreven. Intento desconectar de ello y seguir mi camino, pero es algo que está ahí. En parte, por ser mod. En una ciudad de provincias como León ha habido épocas en las que percibía eso a diario. Pero tiene una parte buena. La gente más cercana a mí, la que más quiero y me importa, lo percibe igual en ellos. Ha sido un problema que hemos tenido en común y que nos ha unido mucho. Por ejemplo, a mí mujer. A Cristina le pasa exactamente lo mismo. Cuando nos conocimos nos dimos cuenta que teníamos la sensación de no haber encontrado tu lugar en el mundo y de despertar la animadversión de los que quieren que todos pensemos igual.

-Hemos hablado prácticamente un 90% de Los Flechazos y, apenas, un 10% de Cooper. ¿Se está sintiendo Cooper celoso o asume que el protagonismo sentimental lo tenga la otra banda?

-Es lo que toca. Lo que me sorprende es que aún exista la duda de si voy a tocar muchas de Los Flechazos en los conciertos. Ahora lo que toca es recordar a Los Flechazos clásicos. El periodo está acotado, no hay problema.

Pensar y sentir la grandeza

Escrito por Javier Becerra
12 de junio de 2016 a las 8:14h

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Silvia Pérez Cruz
Palacio de la Ópera, A Coruña
11-6-2016

No pensar, solo sentir. Lo proponía por adelantado Silvia Pérez Cruz. En algún momento de su actuación de ayer, se podría jurar que lo logró. El primero quizá con Não sei, embarcando al público en la pena de la muerte de su padre, con una soberbia interpretación de esas que traspasan la piel y un final épico. Después, llegaría Ai, ai, ai, apelando a la alegría infantil, a los coros de la gente y la desinhibición. Y, más tarde, Por tu amor me duele el aire, con el recogimiento del desamor y el mareo de sensaciones de la poesía de Lorca. Tres estado de ánimo diferentes y sucesivos. Tres emociones insertadas en la música y guiadas por su voz. Tres maneras de sentir. ¿Sin pensar?

Antes de ello la artista ya había avisado de lo excepcional de la noche. Se trataba probablemente del último concierto que iba a dar con quinteto de cuerda. Un formato que a priori podría sugerir un empaque rígido y solemne. ero que pronto demostró que iba a ser todo lo contrario. Cuando el violinista tocaba su instrumento como un ukelele y el contrabajista marcaba la música con aires semi-jazzies quedaba claro que aquello quedaba lejos de esa idea. Las risas, las miradas y los vainenes, no hicieron sino corroborarlo.

Empezó a lo grande, en gallego, recordado a su abuela con el Miña nai que le cantaba de niña. También apeló a nuestro idioma en el bis, atreviéndose con un Negra sombra supuestamente improvisado. Cosas de ese último capítulo del proyecto que se inició hace ya dos años. Incluso interpretaron, a su manera, un Aleluyah de Leonard Cohen virgen en el escenario. Se devolvía así parte de la tensión perdida en una recta final de concierto, en el que Pérez Cruz apeló al humor, haciendo un batiburrillo de canciones populares en las que cabía desde Amy Winheouse o Beyoncé a El Tractor Amarillo o el Si eu che pego. Cuando la cosa empieza a ser delirante optó por frenar en seco. «¡Hay que saber parar, eh!».

La gente, encantada. La vocalista se ha convertido en un símbolo de un momento político. Antes en sus recitales el punto álgido lo ponía Pequeño vals vienés. Ahora el himno es No hay tanto pan, inspirado en aquellos desahucios que asaltaban los medios de comunicación en los primeros meses de la crisis. Cantado de manera prodigiosa. Con subidas, bajadas, rabia y catarsis ondeó como una bandera. El resultado fue parte del palacio en pie, un aplauso de varios minutos y muchas caras emocionadas. Daban a entender que esa voz hablaba por la de la mayoría de los allí presentes. Faltaba aún concierto. Quedaba Vestida de Nit, ese propurrí de hits ajenos cogidos a vuelapluma y unos coqueteos con la Lambada que parecían indicar que las visitas a la fibra sensible se habían terminado.

No. Aún había sitio para Gallo Rojo, Gallo Negro de Chicho Sánchez Ferlosio, en una versión grandiosa. Cerró un concierto en el que, contraviniéndola, se pensó. Aunque también se sintió. La cabeza decía que nos encontrábamos ante una grande, que la veremos crecer aún más, que será un placer acompañarla en ese camino. Los sentimientos, por su parte, simplemente se entregaron a la música logrando en muchos casos crear un maravilloso eclipse emocional.

NOS Primavera Sound: Decepciones, reinvenciones, escalofríos e ilusión

Escrito por Javier Becerra
11 de junio de 2016 a las 18:52h

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A nadie se le escapa: el viernes 10 era el día grande del NOS Primavera Sound. Un cruce perfecto de historia, presente y ilusión de futuro. Lo primero lo puso Brian Wilson, recuperando el Pet Sounds, casi como haciéndose un tributo a sí mismo. El presente vino de la mano de una clásica contemporánea: Pj Harvey, en su enésima reinvención. Y luego, dos calambres de juventud: demoledor con Savages, deliciosamente suave con Beach House.

Empezó la noche magia con (relativa) decepción. Sí, lo de Brian Wilson resultó muy mediocre. Pero se atenúa entre paréntesis por el cariño. Objetivamente, aquello resultaba difícil aceptar: un mito del pop incapaz de cantar su propia obra y respaldado de una banda a la que le faltaban muchos ensayos y más solidez. Desgranaron el Pet Sounds completo, con un aperitivo y epílogo de grandes éxitos. Con el corazón ganado, completamos en nuestra cabeza lo que faltaba, fundimos lo que andaba disperso, cumplimos con la devoción y hasta terminamos bailando el Surfin’ USA. Gracias por todo Mr. Wilson.

Le siguió en el plan Savages. Había dudas porque en su escenario habían tocado antes Destroyer con mal sonido. En su caso resultó perfecto. Lo que para Savages equivale a demoledor. Hacía tres años que habían asombrado a todos (incluso a sí mismas) en el mismo festival. En esta ocasión llegaron con Adore, menos chorro de ruido y más claroscuros. Pero igual intensidad. Jenny Beth advirtió que le dolía la espalda y no podía bailar. Pero a los 5 minutos se olvidó. Son una de las mejores bandas de rock del momento. Y en directo, te tensan, te obliga a avanzar sitios adelante y te ponen en el éxtasis cuando su música hace escaladas épicas. Un conciertazo.

Para Pj Harvey se concentró la gran mayoría del público. Irrumpió con un set más propio de una banda de world music que una banda de rock. E hizo un calculado resumen de sus dos últimos discos, interpretados con maestría. Más propio de un auditorio que de un gran festival, su actuación obvió el arañazo del pasado, aquel que se veía como una marca de la casa. Incluso el rescate de 50ft queenie, Down By The Water y To Bring You My love resultó atenuado a la sonoridad actual. La última se funcinó perfectamente con River Anacostia. Lirismo a flor de piel, una voz en plenitud de facultades dibujando la pieza y la gente boquiabierta deseando que aquello no terminase jamás.

Beach House también actuaron en el escenario grande. Resulta misterioso como un grupo así ha logrado calar en tanta gente, cuando su música -pop, sí, pero no de ese pop- a priori no parece señalada para el triunfo. Pero ahí estaban sus fans. Un poco extrañados con el arranque de Beyond Love y Wishes. Una batería que se comía todo, unos teclados atmosféricos minimizados y Victoria Legrand con la voz renqueante. Resultó una falsa alarma. En cuanto el técnico dio con la tecla y la vocalista encontró el punto, trenzaron una actuación ma-ra-vi-llo-sa. Dándole nueva vida con la instrumentación, apretando la manilla de los clímax y bañándolo todo con proyecciones oníricas, lo cierto es que su pase tuvo todo lo que un concierto suyo debe tener. Caras de placer en el público, pequeños vaivenes de cabeza y una corriente de luz invisible entre ellos y cada uno de los espectadores. «Os amamos, no perdáis nunca vuestra sensibilidad», decía Victoria al final. Una frase que le rebotamos encantados de la vida.

Foto Pj Harvey: EFE/EPA/JOSE COELHO

Silvia Pérez Cruz: «En el escenario no tiene que haber pensamiento, tiene que haber emoción»

Escrito por Javier Becerra
10 de junio de 2016 a las 10:29h

silvia

Mañana actúa Silvia Pérez Cruz en A Coruña. Lo hace en un formato muy especial, con un quinteto de cuerda que la arropará, sin partitura, en la revisión de su repertorio. Se trata, según la artista, de romper barreras con el público invitándolo a fundirse con la pura emoción del músico. De eso, de emoción, se habla mucho en esta entrevista de la que apenas se publicó un pequeño estrato en La Voz. Aquí va íntegra. Creo que merece la pena. Resultó un gustazo hacerla. Un placer que se prolongará mañana cerrando los ojos para escucharla en el Palacio de la Ópera.

-¿Existía otro camino en su vida que no fuera el de ser artista?

-Bueno, es verdad que desde que nazco hay música en mi casa. Y que la música se me presenta como algo súper natural. Es algo que agradezco mucho ahora porque veo que es muy importante esa tranquilidad. Tanto mi padre como mi madre eran dos personas muy sensibles. Mi padre, que era gallego, se comunicaba conmigo cantando. Desde mis doce años hasta cuando se murió nuestras conversaciones eran así, cantadas. Con Alfosina y el mar, 20 años y otras habaneras más anónimas. Mi madre me ha enseñado a mirar. Ella es artista, mágica y fuerte. Me lo ha puesto muy fácil. Me ha dado muchas herramientas y mucha libertad. Ese es el puntal de cómo soy. Luego, estudié desde pequeña. Pero mi hermana vivió lo mismo que yo. Es muy artista. Estudió escultura y chello. Ahora está haciendo pasteles, que nunca sabes a dónde te lleva la vida. Pero la verdad es que para mí la música es una forma de vivir.

-A lo mejor esa manera de vivir la música como un juego infantil puede ser lo que le lleve ahora a ser más amiga de la emoción que de la matemática. ¿Rehuye la perfección en la música?

-[Piensa un rato] Yo pienso que hay muchos pasos en la música. Por ejemplo, en el escenario creo que no tiene que haber pensamiento. Tiene que haber emoción. Tú eres un canal para que pasen cosas. No tiene que haber códigos. Pero es verdad que, al componer, es otra cosa. El primer paso es muy animal y orgánico. Luego, toda la parte de arreglos y construcción es muy matemática, que también me gusta. Pero al compartirlo en directo quiero que sea emoción. Cuando filtro cosas externas para incorporar a la música o gente con la que trabajar también uso la emoción. Sí que es verdad que lo de la infancia que dices se debe notar en el escenario. Es como un juego. Le intento quitar esa magnitud que se le da al escenario. Intento humanizarlo, quitarle hierro y que sea un juego, aunque hable de las emociones más bestias.

-¿Es esa sensación de «no pensar» lo que se persigue en el escenario? ¿Es adictiva?

-Sí, sin duda. No siempre pasa. Hay momentos en los que estás pensando, pero lo que atrapa de verdad con esos segundos y, a veces minutos, en los que logras no pensar y casi no ser. Es una felicidad muy pura. De hecho, intento que aunque cueste mucho lo que hago, aunque sea realmente difícil, que no se vea la dificultad, que no se vea la matemática. Que quien escuche solo sienta. No quiero que diga: «¡Ay, qué difícil!», «¡Ay, qué interesante!». No busco eso. Quiero que sienta cosas. Es muy sano. Pensamos mucho y cuesta mucho liberarse de la cabeza. Para mí es un regalo tener esos momentos de estar y sentir.

-Su música es tremendamente variada y plural. ¿No podría ser de todo modo o se trata de un principio artístico?

-Es que… [se queda un rato en silencio] Cuando he ido hablando con periodistas me he dado cuenta de todo esto de ponerle nombre a las cosas. Para mí la música es música y uso distintos lenguajes cuando creo que me sirven. Pero no tengo una obsesión en hacer muchas cosas, solo que voy aprendido. Llevo desde pequeña y he conocido muchas músicas y muchos músicos, casi de casualidad. Te van afectando unas cosas y otras, del mismo modo que te afectan unos libros y otros y escribes diferente por lo que has leído. Pero no es mi objetivo. Para mí el objetivo es de lo que hablábamos antes: estar conectada con la emoción. El resto son herramientas. Para mí todo son canciones y emociones. No pienso en estilos. Yo escucho algo y me gusta o no me gusta. Pienso más en el peso, en la verdad, en buscar la sinceridad, en el peso de lo que canto. No de dónde viene.

-Escuchándola da la sensación que hace un recorrido de este a oeste de la Península Ibérica: del fado a la canción mediterránea, pasando por el flamenco. Esto tiene que ser por algo. ¿De dónde viene eso?

-En eso hay algo importante. Una de las cosas que te limitan y te definen es tu voz. Yo creo que tengo una voz muy ibérica. Lo descubrí con veintipocos años cuando canté con Coetus y Eliseo Parra, que son gente que conoce muy bien las canciones de la Península. Me di cuenta que mi voz encajaba en muchos cantos, de esos que canta la abuela. En Galicia, en País Vasco, en Mallorca, en Andalucía y también en Portugal. Yo tengo una manera de bailar con la voz que tiene conexiones con el fado y el flamenco. Cuando tenía 19 me presentaron el flamenco, que no lo conocía. Impulsiva, pensé en música y me puse a aprender. Descubrí muchas cosas y vi que mi voz se sentía cómoda. Luego mi hermana se fue a vivir a Portugal y tengo una relación muy estrecha con ese país. Antes también la tenía con Galicia. Había escuchando a mi abuela cantar en gallego. Respecto al fado creo que le pega a mi voz.

-Le confieso que, cuando no la conocía, tenía la idea abstracta de que usted era portuguesa. ¿Le ha pasado más veces?

-Recuerdo cuando era chiquita y cantaba en Calella mucha gente me decía: ¿tú de dónde eres? No me ubicaban en Cataluña. Recuerdo también en una cena en Olot que una chica me regaló una cinta de fado. Y en alguna entrevista que me han hecho aquí también pensaban que era una cantante de fado. Pero la verdad es que yo solo sé cantar tres o cuatro fados. Pero sí que es cierto que tanto la saudade del fado como el idioma en sí me han enseñado muchas cosas. Cuando tenía 16 años, además, conocí la música brasilera. Curiosamente, cantar en brasilero me ayudó a cantar mejor en catalán. La suavidad y la manera de unir las palabras me ayudó a unir mejor mi propio idioma. Es un idioma y unas palabras que me agradan.

-Habla de suavidad, pero su registro también muestra un lado en el que parece se vaya a resquebrajar de un momento a otro. Se acentúa cuando canta en castellano. ¿Es consciente de ello?

-Cada idioma tiene su personalidad y musicalidad, por eso compongo en uno u otro. Yo estudié jazz y estuve mucho tiempo cantando en inglés. Tenía una desconexión conmigo. Luego descubrí el flamenco y me ayudó a cantar con el estómago. Con la parte más desgarrada y animal de mí. Nunca me lo habían dicho, pero puede ser que ocurra con el castellano. Con él puede ser que me salgan las cosas más fuertes y que, a la vez, se rompan. Pero no sé explicar bien el porqué [risas].

-Es una sensación deliciosa la de esa fragilidad. ¿Es eso más difícil que el desborde de emoción de cantar hacia fuera con poderío? En algunos de sus directos tiene a la gente en silencio sepulcral saboreando esos momentos.

-El otro día me ocurrió en Mallorca. La persona que había producido el concierto me dijo que le había impresionado mucho el silencio de 1.600 personas y la solemnidad de ese silencio. No se trata de qué es más difícil, se trata de que la intensidad no tiene que ver con el volumen. Eso lo descubrí con Mayte Martín. Me gusta trabajar todas las dinámicas: cantar flojo, cantar fuerte. Cuando cantas flojo eso tiene que ser como un chicle, que lo estiras y es algo muy denso, aunque parece que se va a romper. Incluso el silencio que hay entre cada nota, que sea intenso. Es algo muy interesante, porque a veces uno tiende a expresar las cosas fuertes gritando más. Es como en las discusiones. Gente que grita y se encuentra a gente que hablando bajo te destroza totalmente.

-Hablaba antes de Galicia. ¿Tiene vínculo con nuestra tierra?

-Solo fui una vez con la familia a conocer el pueblo de mi abuela, que es O Rechouso, una aldea pequeña de Ourense en medio de la montaña. Mi padre vivió allí con mi abuela, que es una persona que me marcó. En Navidades se comía pulpo mientras lo escuchaba cantar en gallego. No era una relación de ir a Galicia, pero sí que tengo muchas cosas gallegas. No sabría definirlo, pero forma parte de mi ADN.

-Por favor, tómese este comentario desde la perspectiva de alguien que viene de la cultura pop. Me trasmite la sensación de ser una cantante clásica, de otro momento: su modo de cantar, su estética, su manera de gesticular las canciones. ¿Se siente cómoda con lo que le acabo de decir?

-Me pasa un poco como con lo de los estilos. Yo no soy una persona de modas. Me siento atemporal. Por el tipo de repertorio que hago sí que te puedo parecer así, pero he trabajado con músicos clásicos, con músicos flamencos, con músicos de folclore, de pop y a la vez, aunque me ponga un vestido largo, tengo actitudes punk a veces. El riesgo es un color de mi paleta que tengo muy en cuenta. No me gusta tener las cosas totalmente controladas e intento ser valiente artísticamente. Además, en mi relación con los músicos, no me siendo como esa cantante que está delante con los músicos detrás, sino que para mí es algo muy generoso y de equipo. Del pop me gusta mucho la concreción: mensajes directos y para compartir. A nivel sonoro, cuando hago arreglos y compongo, hay mucha información de mucho tipos. Quiero decir, en definitiva, que no me siento identificada con lo que me dices, aunque lo entiendo. Intento huir de las estéticas y el discurso pop y de otros estilos. A mí me interesa saber de dónde salen las cosas de verdad. Vestirse de una manera u otra es consecuencia de otras cosas. Hay que sentirse segura en el escenario. En mi caso, llevar un vestido largo hace que me olvide de todo mi cuerpo. Si pudiera no vestirme sería mejor [risas]. Es muy importante sentirte cómodo, guapo, no andar pensando en cómo vas vestido, en tus piernas, en tus brazos. Esa es la manera que he encontrado yo.

-¿Cubrirse es una manera de olvidarse?

-Es que es lo que estoy buscando, olvidarme de mí misma y, a veces, estar en el escenario te hace tener mucha conciencia de ti misma. No tengo manías. Si un día encuentro otra ropa que me haga sentir cómoda la usaré [risas]. No quiero explicar nada con la ropa.

-¿Se tomaría como un piropo que un asistente a sus conciertos cierrase los ojos y se dedicase tan solo a escuchar?

-Para mí un piropo es ver a gente de todas las edades y de todas las tribus urbanas. Que esté el pijo, el hispter y el jipi y que todo el mundo hable de lo mismo: de lo que les ha emocionado. Suele pasar. Luego, ir a otro país y ver que hay una cosa que se conserva. Me interesa eso: que la gente no quiera clasificarte, sino que sienta y que esté vivo. Mi revolución emocional es que la gente esté despierta para amar bien o votar bien. Pero que esté viva y que, por un momento, se rompan esas barreras. Que en este mundo de soledades se cree una colectividad en la que nadie piense en cómo va vestido o qué estilo le gusta normalmente.

-En su último disco, «Domus», trata el tema de los desahucios, pero usted insiste que no es política, sino algo emocional. ¿Lo puede explicar?

-Intenté poner música a un viaje emocional. Acompañar a esas personas e intentarme ponerme en su piel, sentir lo que se les va rompiendo. Yo de política no sé suficiente. Sí que tengo unos valores que intento a veces meter en mi música, unas veces de manera más abstracta, como eso que te decía de estar despierto. Pero en otras es más concreto. En este disco sentí esa necesidad. No era un obligación, pero me salió natural hacer “No hay tanto pan” para intentar hablar de las cosas de una manera más directa. Ha sido un ejercicio muy nuevo para mí, pero natural. A veces me preguntan si un artista tiene el deber de estar comprometido y hacer cosas sociales. Yo les respondo que no, que para mí el arte, ante todo, es libertad para quien lo hace y quien lo escucha. Para mí es el valor más grande y lo que me engancha a él. Si dentro de esa libertad a alguien le apetece explicar algo social me parece maravilloso. Pero no es una obligación.

-Vivimos un momento en el que ese debate está siempre sobre la mesa. Se exige al músico que se defina sin escala de grises: si va a estar mirando a lo que pasa en la calle o no.

-Un músico que haga algo impostado, hablando de la sociedad o lo que sea, lo encuentro muy triste también. Hay músicos que hacen música instrumental que también expresan cosas. Cada uno bebe de lo que le afecta. Creo que es un error abrazarte a cosas que no sientes. Igual a uno le afecta mucho lo que pasa, pero no le inspira para escribir o no sabe hacerlo. La base es ser sincero con uno mismo. Tiene mucho valor el arte y hay que cuidar su verdad. Para mí es un espacio sagrado. Mentir no me lo podría permitir, porque es el momento en el que entiendo un poco más la vida.

-Decía que valoraba del pop la concreción. En la canción «No hay tanto pan» semeja que apela a eso: a una especie de estribillo tomado una frase popular y a la que, curiosamente, le amputa una parte para que lo complete el oyente.

-Sí, me gustó mucho la idea de coger una frase que todo el mundo sabe cómo acaba y dejarla así. Dices lo mismo pero me quedo con la parte más poética, que me conecta con Lorca. Pero está claro que no hay tanto pan para tanto chorizo [risas]. Además, hubo un cambio a nivel compositivo. En 11 de noviembre tenía mucha información y, a nivel de armonía y arreglos, era mucho más complejo. Ahora tenía la necesidad de hacer canciones más simples armónicamente, más pop y más popular. Canciones que me emocionan con tres acordes.

-Esa sensación también la trasmite a nivel de letras: se entiende todo a la primera. ¿Ha huido de los mensajes ocultos?

-Ha sido otro aprendizaje. En 11 de novembre escribía a través de emociones que yo sentía. Estaba con el luto de la muerte de mi padre. Era una purga. Sentía que la forma, aunque no fuese muy buena, estaba justificada por esa muerte. En ese disco he podido investigar cosas a nivel de escritura que no había hecho nunca: hablar de cosas que no me han ocurrido a ti, meterse en voces de otros, cambiar el sujeto de sitio.

-Este fin de semana viene a la ciudad con un quinteto de cuerda. Los músicos vienen sin partitura. ¿Por qué?

-Este proyecto nació hace dos años y medio por encargo del Auditorio Nacional de Madrid. Querían hacer algo dentro del ciclo de música clásica, pero con artistas que no son clásicos. Entonces, yo siempre tenía ganas de tocar con un quinteto. En la escuela de música lo veía. Hicimos el concierto y nos gustó tanto que seguimos. Cuando termino Granada seguimos con el quinteto. Me apetecía mucho investigar el formato. El quinteto a priori lo tenemos encasillado en la música clásica. Yo quería llevarlo a la música popular, que quien viniera a verlo no pensara que es música clásica. Había algo muy importante para mí. Yo toqué muchos años con partitura y sé lo que es. Cuando ví que podía les propuse a los músicos la aventura de aprendérselo de memoria. Sabía que era un esfuerzo, pero valía mucho la pena. La partitura no deja de ser un código matemático y una barrera física con el espectador. Quería proponerles que experimentaran notar el vacío de uno mismo, olvidar las notas y dejarse sentir. Todo es así más flexible. El músico vive más el presente. Se escuchan entre ellos. Y eso propicia que los cambios en el directo sean posibles.

-¿Cómo fue las primeras veces?

-Brutal. Había quien no lo quería hacer. Hay músicos que no lo habían hecho nunca y se les ha cambiado la vida. La violinista principal del grupo siempre había tocado con partitura y el primer día que tocó sin ella al terminar el concierto estuvo llorando mucho rato. Se encontró consigo misma. Brutal. me permitió trabajar más la sonoridad, llegar a puntos más sucios y más fuertes. Es mucho de esa actitud punk y valiente trasmitida a un formato que siempre se ve en un contexto súper perfecto y elitista. Creo que lo hemos conseguido. Hay muy buen rollo, hay felicidad. Estoy muy contenta de lo que se ha conseguido.

-Suena muy emocionante lo que dice.Dan ganas de ir corriendo a verla en directo

-De eso va [risas]. Estamos aquí poco tiempo y hay que entregarse. De repente, el escenario es un lugar en el que puedes gritar y no pasa nada, donde puedes dar tu opinión y te escuchan. Pasan cosas. A veces piensas que nada sirve, ves mucha mentira y mucha decepción. En algún momento cuando hacemos música pasa algo y eso merece mucho la pena cuidarlo.

-Tiene ya dos años de antigüedad el formato. ¿Hay lugar para «Domus» en él?

-Hay versiones, hay canciones de 11 de novembre y también hay canciones de Domus. En este formato funcionan bien tres y son las que hemos hecho.

-Durante toda la entrevista habla de emoción, verdad, pureza… Parece que intenta buscar el termino adecuado para definir lo que hace con la voz: elgo muy genuino y nada artificioso. ¿Aceptaría cantar con auto-tune?

-Depende. Lo usó alguna vez para una nota en concreto , que no vale la pena volverla a grabar. Pero eso de hacerlo todo con auto-tune no, se carga toda la imperfección.

-¿Piensa quizá que en la imperfección está la belleza?

-Totalmente. Cuando grabas se busca. Yo soy de grabar tomas enteras. a veces pasa algo y, buff, parece que lo vas a perder. La perfección no sé lo que es. Pero no es el objetivo para nada. El objetivo es la verdad, que tenga poro, que tenga grano, que se pueda tocar, que trasmita algo.

-En ese sentido «Granada», su disco con Raúl Fernández, era deliciosamente imperfecto.

-Exacto. Se trabajaba mucho eso. No pudo ser tan directo como queríamos, pero lo que se valoraba es el vértigo y la imperfección bella. Hay errores feos, pero otros no. Especialmente en el directo, el error forma parte de todo. Cuando algo no es como esperabas no debes tomarlo como un trauma, sino como una puerta que se abre. Si lo vives así llegas mucho más lejos.

Foto: Miguel Ángel Daniel

Poderío más allá de las baquetas ausentes

Escrito por Javier Becerra
29 de mayo de 2016 a las 11:13h

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Mark Lanegan
A Coruña, Teatro Rosalía de Castro 28-9-2016

Se intuía al ver los intrumentos en el escenario. Y se confirmó pronto. Con las guitarras encendidas e implacables de The Gravedigger’s Song. Clima de tema arrollador. Interpretación en su punto. Sonido perfecto. Y, vaya, la chica de al lado haciendo las percusiones golpeando la palma de su mano contra el muslo. Ahí ise encontraba lo más parecido al torbellino de blues asfixiante que se creaba en la mente de la mayoría. Sobre las tablas, sin embargo, no daba cristalizado. Dos guitarras. Un bajo. Y la voz de Mark Lanegan. Sin batería, incomprensiblemente. Creando un espacio que ojalá se hubiera llenado. Hubiera sido tremendo. De abandonar la butaca y meterse físicamente en la música. Pero no. La canción termina, con esa sensación extraña e incómoda. Se va a repetir, sin duda. Una piedra en el zapato. ¿Nos quedamos con lo que falta o disfrutamos de lo que hay?

Quedaba por delante un recorrido con uno de esos artistas imprescindibles. Solo tienen que menear su repertorio para encontrar un puñado de joyas incontestables. Apenas las ha de vocalizar para que brillen con una intensidad muy especial. Acompañado del multinstrumentista belga Lyeen y el británico Duke Garwood, con quien grabó en el 2013 Black Pudding, Lanegan optó por recorrer una buena parte de su trayectoria con ese formato eléctrico-pero-sin-batería. Las maracas aparecieron como única percusión, ya en los bises con Mescalito. Se trata de una de las piezas de aquel disco, que tuvo una pequeña representación en el set, ya en los bises. Contra lo que pudiera pensarse en principio, la actuación no dejó de ser un greatest-hits de esos que van dosificando los aplausos y suspiros del público.

No importaba. La platea del Rosalía se entregó ciegamente a Lanegan desde que When Your Number Isn’t Up inaugurase su actuación. Más allá de los tópicos que lo rodean – el hieratismo, el malditismo, su incomunicación, su carácter huraño…-, resultó magnífico ver cómo modelaba esos versos de sangre caliente y pasiones congeladas. Cómo empañaba con su garganta las palabras al principio echando arenilla en la sílaba final, generalmente estirada en una mezcla de cantante crooner y blues. Y cómo lo hacía todo con aparente naturalidad y facilidad. Podía haber leído un poemario de Shakespeare, si lo desease. Seguro que la sonoridad de su voz lo haría disfrutable. Pero si, además, lo arropaba un eficaz guitarrista como el que lo acompañó -dando músculo a esa garganta- mejor que mejor.

Desfilaron muchos de sus clásicos. Algunos, como One Way Street o Judgement Time, mejor asentados en el traje sonoro propuesto. Otros como One Hundred Days, apelando a esa percusión imaginaria que la llevase a lo sublime. También hubo paradas en sus versiones. Espléndido en el You Only Live Twice de Nancy Sinatra o en el Deepest Shade de su hermano artístico Greg Dulli. Y, por supuesto, un par de emocionados recordatorios a su etapa de Sreaming Trees. Primero con Where The Twain Shall Meet, entre palmas. Después, ya cerrando el concierto, con Halo Of Ashes.

En ese último viaje en el tiempo, Lanegan se deshizo de dos terceras partes de su traje instrumental. Solo, acompañado de la electricidad de la guitarra, fue ahí: a la fibra. Logró ese algo al que siempre se apela en este tipo de conciertos incompletos en los que falta precisamente eso. Lo que el rosario promocional suple con magias, intimismos, delicadezas, desnudeces, oportunidades únicas y vaya usted a saber. Ahí, con ese dibujo de música encaracolada llevando su garganta, se conjuró eso. Llamémosle emotividad. Llamémosle sacudida de emoción. Llamémosle sonrisa de quien ve su fotografía de los 20 años salir de un cajón por sorpresa. O sea, que esas baquetas que se echaron de menos durante varios tramos del concierto, tampoco eran tan necesarias al final. Un estado emocional perfecto para irse a tomar una cerveza comentando la jugada.

¡No! “Mark firmará discos en cinco minutos en el puesto de merchandising”, advierte su lugartienente antes de que el público abandone. Avalacha. Hoy los discos se venden mayoritariamente ahí, como un recuerdo de una experiencia, no como una experiencia en sí misma. Igual que un póster, una pegatina o un programa de mano. Pero esa es otra historia. Seguramente hoy toque dejar caer la aguja del surco y disfrutar de un Mark que, ojalá, retorne algún día al completo.

Axl Rose abofetea a los prejuicios

Escrito por Javier Becerra
9 de mayo de 2016 a las 12:36h

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Resulta muy tentador dejarse llevar por el purismo. Decir eso que si alguno de los elementos fundamentales de un grupo varía el grupo queda invalidado. Y aferrarse a la época de gloria de cualquier formación, sin aceptar una versión un grado o dos (o cinco) inferior a la óptima. Si, además, ello llega envuelto de un tufo a decadencia, con un personaje casi caricaturesco y una reivindicación de algo que el oyente ha dejado atrás hace mucho tiempo (en muchos casos renegando e intentando borrar las huellas de su devoción adolescente), se da el cuadro perfecto.

Sin embargo, hay veces que la realidad aparece como un puñetazo. Y Axl Rose ha dado unos cuantos en las últimas semanas. Sí, el grotesco líder de aquellos Guns n’ Roses que volvieron loco a la generación que hoy anda sobre la cuarentera (año arriba, año abajo) ha demostrado ser en 2016 un cantante formidable, que pide ser escuchado y, lo más importante, que debe ser escuchado. Seguir insistiendo en que sus últimos movimientos carecen de sentido y son prescindibles, me temo que tiene que ver más con todo lo antedicho: purismo, prejuicios e ideas preconcebida que cuesta variar.

Habrá quien tuviese fe, pero la mayoría creo que observaban la maniobra con una sonrisa. Yo confieso: me esperaba lo peor de la resurrección de los Guns n’ Roses. También pensé que se trataba de un disparate aquellos primeros rumores de que Axl podría capitanear a AC/DC. Pero ambas resistencias duraron apenas un suspiro ante las evidencias. La garganta de Axl está tremenda. Los temas de los Guns n’ Roses, pese a la discutible parte rítmica, suenan de maravilla. Y con AC/DC lo cierto es que lo borda, dándole un nuevo empuje a la marca australiana.

¿Argumentar todo ello? No sirve para nada. Pulsen el play de cualquiera de los videos. He ahí la evidencia de que este decadencia es altamente disfrutable. Si el fin del rock se encuentra cerca, en el tramo final Axl continúa siendo una voz a tener en cuenta. Y el que quiera seguir con los chistes, el desprecio o los change.org se perderá algo muy grande. ¡Y espera a que Axl se pueda mover de verdad!

Radiohead muerde perro

Escrito por Javier Becerra
8 de mayo de 2016 a las 10:57h

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Lo han vuelto a hacer. Radiohead vuelven a tirar de la tecnología para publicitarse gratis. No porque paguen banners o apoquinen por colarse en el el Facebook de sus fans. No, una vez más, han logrado convertir en noticia su hábil uso de Internet. O, mejor dicho, su no uso. Y es que la banda de Thom Yorke ha sido noticia esta semana por dejar en blanco su página web y sus redes sociales. Es el particular «hombre muerde perro» de esta era.

¿Qué ha pasado aquí? ¿Renuncian al mundo digital? ¿Se disolverá el grupo? ¿Harán un punto y aparte? Esas fueron algunas de las preguntas que generó su vacío el pasado domingo. Las buscaban. Lograron volver a estar en boca de todos, jugando a esa sorpresa fríamente calculada que tan bien manejan. Ahora se sabía que Radiohead estaban ahí. O no estaban. Pero algo pasaba. Y había que saberlo

A lo largo de la semana se desveló todo. Burn The Witch, con su pop tenso, su videoclip maravilloso y sus cuerdas estirando el placer, llenó de contenido el vacío de su web. El viernes se sumó Daydreaming, segundo single, con claras reminiscencias de su cima hasta la fecha Kid A (2000). Son los dos adelantos del disco que verá la luz hoy a las 20 horas.

E igual que ocurrió con In Rainbows (2007), cuando lo soltaron en su web con precio a voluntad, Radiohead siguen generando debate y titulares. Eso sí, cada vez se habla menos de una música eclipsada por estas piruetas mediáticas. Antes asombraban por la excelencia de joyas como Ok Computer (1997). Ahora, por sus maniobras promocionales. Algo falla. O ellos haciendo música o nosotros percibiéndola. Puede que ambos.

Tan frágiles, tan fuertes, tan intensos

Escrito por Javier Becerra
7 de mayo de 2016 a las 13:38h

NUENO 2

Tan frágiles, tan fuertes, tan INTENSOS. Chicharrón afilaron su triángulo de virtudes anoche en Los conciertos de Retroalimentación. Con el punto ambiental de su nuevo disco, con el amor de sus letras expadiéndose por toda la Nave 1839 y con el círculo perfecto que traza su música con el público, ofrecieron un recital maravilloso. Frágil, fuerte e intenso, sí. Tocando en el alma y cantando con el corazón, da gusto observarlos y forma parte de eso tan bonito que tienen en las manos. Su música purifica, sienta bien y deja como nuevo. Su próximo disco también lo presentarán en este ciclo. O, al menos, eso intentaremos.

fifannahNo estuvieron solos. Bifannah eran también viejos amidos de este blog. Provienen de Wild Balbina y, como aquellos, también instan a la rudeza garajera. Pero en esa ocasión la bañan de tropicalismo, aromas lusófonos y extra de psicodelia. Se trata de una inesperada anomalía en el jardín pop gallego. En estos momento son un niño revoltoso que está creciendo. Nos dibujaron una sonrisa que se agigantará con los años. Seguro.

Y, bueno, esto siempre es así, pero cabe volver a dar las gracias a todos los que acercasteis. Este año todos los conciertos están registrando entradas por encima de lo previsto. Siempre defendemos que este ciclo no nace para eso, sino para expandir la música. Pero sentir vuestro aliento ahí dota a todo de sentido y refuerza la idea. Así que agradecimiento eterno para los que hacéis que Los conciertos de Retroalimentación sean algo real, autosuficiente y con sentido. Un agradecimiento que abarca por supuesto a dos bandas tan majas como las de ayer y a los responsables de la Nave 1839, paraíso cultural de la ciudad donde siempre es un placer hacer cosas. Próxima parada: Lady Leño + Bala en el Playa Club en junio(el concierto iba a ser el 17 pero es probable que cambie de fecha)

¡Qué siga la música! Chicharrón y Bifannah, en la Nave 1839

Escrito por Javier Becerra
27 de abril de 2016 a las 17:48h

De acuerdo, lo de Triángulo de Amor Bizarro el pasado viernes en el Playa Club fue muy fuerte.Su puñetazo sonoro fue tal que lo normal es que no tuvieras fuerzas para otro concierto en días. Pero tampoco nos vamos a relejar. Los conciertos de Retroalimentación siguen con un doble cartel la mar de interesante: Chicharron + Bifannah (Nave 1836, viernes 6 de mayo, 20.30 horas, 5 euros)

chicharon

Chicharron son muy amigos de Retroalimentación. Ya estuvieron el año pasado presentando su primer disco y ahora repiten con un segundo paso, Postal, que nos ha encantado. Más allá de lo que en su día se definió como «la versión acústica de Franc3s» por la presencia de Alberto Vecino en ambas formaciones, ahora Chicharron combinan atmósferas, poesía y una belleza muy particular. Lo puedes escuchar aquí.

bifafafafa

Bifannah también son viejos conocidos de la casa. Sus dos terceras partes proceden de Wild Balbina, que abrieron la tercera temporada del ciclo en el 2014. En esta nueva encarnación han tejido una suerte de garage tropical con arraigo gallego que enamora. Como si los Sonics se mezclasen con Os Mutantes, su primer epé emerge como una deliciosa rareza en el jardín pop galaico. Queremos saborearlo en directo. Y estamos seguros de que encantará y encantarán
Los puedes escuchar aquí.

Y ojo, que para el final de esta temporada tenemos un doble cartel tremendo: Bala + Lady Leño (17 de junio, Playa Club, 6/8 euros). Son dos bandas a las que queremos mucho, con las que hemos encontrado una conexión tremenda y, además, en sus dos conciertos de este año llenaron la Nave 1839 y Mardi Gras respectivamente. Por eso ahora los vamos a colocar en una plaza mayor para que expandan electricidad a más y más personas.