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Los conciertos de Retroalimentación suman y siguen

Escrito por Javier Becerra
24 de noviembre de 2014 a las 16:52h

Los conciertos de Retroalimentación continuarán en la bisagra entre el 2014 y el 2015. Cinco bandas gallegas de estilos muy diferentes que refrendan en excepcional momento que vive la música hecha aquí. Además se amplía el radio de acción del ciclo con dos actuaciones en la Casa Tomada, un lugar idílico para los pequeños grandes conciertos que ha agitado la vida musical de la ciudad de manera determinante en los dos últimos años.

-CHICHARRÓN + ELVIS NEGRO (20 de diciembre, Casa Tomada, 5 euros). La presencia de Chicharrón en este ciclo es muy especial por varios motivos. Primero, porque tanto Alberto como Rubén estuvieron en el primer concierto organizado por este blog con Franc3s y Telephones Rouges, sus dos bandas precedentes. Segundo, porque ambos se conocieron precisamente en ese bolo y allí hablaron de hacer cosas juntos. Y tercero, y más importante, porque tienen bajo el brazo uno de los mejores discos editados este año. Tirando mucho de las atmósferas hipnóticas de Franc3s, pero llevándolas a un ambiente acústico y confesional, este álbum es de los que traspasa la piel y deja a uno tiritando. Estarán acompañados por los coruñeses Elvis Negro, que dieron su primer concierto teloneando a Triángulo de Amor Bizarro en Los conciertos de Retroalimentación. Acaban de terminar su disco de debut recientemente, Estaba en llamas / El salvaje abandono, lleno de ruido, ritmos sintéticos y tenues melodías.

-GRAHAM SUMMER (26 de diciembre, Mardi Gras, 5 euros). A Graham Summer ya lo tuvimos con su banda Wolrus y también en el exquisito formato de dúo junto a Adri Mt rescatando clásicos del folk americano. Ahora este coruñés de alma yanki llega a Los conciertos de Retroalimentación a presentar Walking On The Highways, su disco de debut en solitario. Se trata de un espléndido trabajo en el que se dan cita todas las pasiones de ese músico: el country, el folk y el rock. De Hank Williams a Neil Young, pasando por The Band su música llega cálida, detallista y generosa en el regusto que deja en el paladar. Pese a ser su proyecto en solitario, en este concierto lo presentará con banda.

-A VECES CICLÓN + APENINO (31 de enero, Casa Tomada, 5 euros). Lo de A Veces Ciclón estaba pendiente, porque es un grupo que se adora en ese blog. Herederos de bandas como Sr. Chinarro, Jr, Mus o Viva Las Vegas el trío ¿lugués? se mueve entre la parsimonia, los pequeños instantes cotidianos convertidos en poesía y las canciones enredadoras que parecen no decir nada pero hacen sentir mucho. Su primer y único disco aún descansa como una de las grandes joyas del pop nacional del 2013. En su pase por Los conciertos de Retroalimentación vendrán acompañados por un proyecto muy querido por aquí. Apenino. De hecho, en el fenecido Feedback-zine hicimos con el compostelano Marco Maril en el 2004 una pequeña gira de presentación de Bumerán, bumerán. Ahora, muchos años después, se dibuja una sonrisa de oreja a oreja con pensar que los temas de Viravolta se presentarán por primera vez en A Coruña dentro de este ciclo.

Las caricias melódicas de Cooper

Escrito por Javier Becerra
22 de noviembre de 2014 a las 18:05h

Un año y medio después de haber soplado las velas del quinto aniversario de este blog Cooper han vuelto a enamorar. Sin tanta explosividad como entonces y apelando más al relax melódico, la banda de Alex Díez trenzó un concierto de melodías de ensueño y recio armazón rítmico. Entre girasoles, el (maravilloso) tema estrella de UHF seguramente merodea en la cabeza de muchos como la dulzura que queda tras tomar un caremlo. También Ráfagas, no prevista en el set-list pero interpretada por petición popular en un segundo bis que no figuraba en el plan inicial.

Son ya muchos conciertos de Alex en A Coruña y la sensación de que haber crecido en paralelo a su trayectoria flota en ambiente de muchos de sus seguidores que, acariciando o rebasando la cuarentena, siguen poniéndole música a la vida. La de anoche ha sido otra gran experiencia, otra reunión cuasi secreta de melómanos empedernidos y otra oportunidad para reafirmarse en el camino elegido. Muchas gracias a la banda, a la sala Mardi Gras y a todos los asistentes.

Próxima parada: el lunes lo anunciaremos

Cooper: «Lo que se les critica a los hispters ya se les criticó a los mods»

Escrito por Javier Becerra
20 de noviembre de 2014 a las 14:12h

Cooper vuelve a Los conciertos de Retroalimentación. Tras haber soplado las velas del quinto aniversario de este blog en el 2013, retorna con una actuación (viernes 21, sala Mardi Gras A Coruña) que volverá a ser una gran fiesta de pop. Lo hace con UHF, un minielepé que saldrá a la venta el próximo lunes y que marca un punto de transición hacia un lugar indeterminado en la trayectoria de la banda de Alex Díez. Son seis canciones que se mueven por territorios familiares en ese sonido marca de la casa que deambula entre la placidez y las dentelladas eléctricas y que han vuelto a tocar a fibra de este blog en donde se la adora. Aprovechando la excusa, sometemos al autor a una entrevista que pretende marcar un precedente en Los conciertos de Retroalimentación. En adelante, se va a intentar que los grupos que actúen en en el ciclo pasen previamente a explicarse en esta bitácora, completando así la experiencia.

-¿Es «UHF» un guiño a la antigua segunda cadena de televisión, lugar en el que mucha gente descubrió tanta música?

-La razón definitiva es porque la UFH, la segunda cadena, tenía la mitad de programación aunque el doble de interesante. Esa es la idea: un disco de seis temas en vez de doce, pero a lo mejor molan mucho más que las doce de otros muchos discos.

-¿Hizo muchos descubrimientos en su día en la segunda?

-La verdad es que no tengo una idea muy clara de qué programas eran en la primera y la segunda cadena. Yo veía mucho Musical Express, programas de cine… La verdad es que era una época en la que había muchos programas interesantes. A veces no tengo el recuerdo nítido de lo qué iba en cada lado.

-Elige como tema principal «Entre girasoles». Otra nueva canción en medio tiempo soleada de esas que predominan en su última etapa. ¿Ha encontrado ahí un modelo de tema?

-No la elijo yo, sino Elefant. Una vez que tienen el disco hecho con toda libertad, ven que la canción que mejor conecta con el espíritu del sello es Entre girasoles y me proponen un videoclip. Tal vez yo no hubiese escogido esa como single, pero la verdad es que ha sido un acierto. Es cierto que es un tipo de canción que se da ahora en mí, pero la verdad es que no tengo la perspectiva suficiente como para darme cuenta de eso. Yo creo que es una canción muy Cooper, hecha en un terreno que ya habíamos visitado. Creo que En el sofá iba por los mismos derroteros hace dos discos.

-Incluso canciones que formalmente no se parecen a esta, pero que responden a esa sensación de luminosidad y sosiego. Temas como «Lisboa» o «Cerca del sol», por ejemplo, que ya parecen como un microgénero dentro de Cooper.

-Tengo varios de esos pequeños géneros, está bien explicado [risas]. Entre girasoles es una canción que está muy relacionada con mi idea de ver la vida y la familia. Es un tema para mi hija, en realidad, y quiere tener el espíritu de las canciones del verano. Me parece que las fiestas de verano son uno de los espacios a reconquistar por la música que a mí me gusta. Yo tengo el recuerdo, hace 30 años, de escuchar buena música en las fiestas de los pueblos, de escuchar buena música en los bares de los sitios, en espacios en los que ahora todo eso se ha perdido. Para ese tema pensé en qué música me gustaría que sonase en una verbena de pueblo. Y me salió ese tema, con ese imaginario.

-Parece que hay un cambio generacional al respecto. Al menos en Galicia, cada vez son más frecuentes las sesiones vermú, aparecen festivales que incluyen a los niños como parte del público y, poco a poco, se impone cierta idea familiar del pop. A mi hija, por ejemplo, sus abuelos le regalan camisetas de los Rolling Stones. ¿El pop ya se ha hecho adulto?

-Yo siempre he delimitado el pop y el rock en un tema determinado: la transgresión. Toda la ética del rock n’ roll tenía sentido cuando los padres se echaban a temblar cuando sus hijos escuchaban esa música. Desde el momento en el que son los padres los que quieren llevar a los hijos a los conciertos de rock n’ roll, toda la ética revolucionaria desaparece. Para mí es ahí cuando entra en juego el valor de la música popular, música que no tiene pretensión de cambiar el mundo, sino de acompañarte en el camino y de ser la banda sonora de los momentos de tu vida. El rock n’ roll, al hablarte de la nueva revolución, siempre te va a defraudar porque hoy en día ya no funciona por esos parámetros.

-¿Quizá al pop y al rock no la haya pasado lo que al jazz en los setenta, que se haya convertido en una pieza de museo estancada, con pulcros conciertos a la una de la tarde para toda la familia? ¿Es la tercera edad del pop?

-Yo vuelvo a defender la frontera entre el rock n’ roll y el pop. El rock n’ roll es una música primaria y que apela a sentimientos básicos y primitivos, en los ritmos, la repeticiones y la forma de concebir los mismos 12 compases. Es una música que está condenada a repetirse y volver una y otra vez sobre el mismo camino hasta convertirse en un cliché. La música popular, sin embargo, por las influencias que recibe de otras corrientes o el mismo sentido armónico y melódico, más allá del ritmo y lo primitivo, tiene otra versatilidad más grande. Para mí es mucho más interesante desde el punto de vista creativo. Es mucho más fácil desarrollar caminos que no se han transitado en la música pop que en el rock n’ roll. Luego, como fenómeno musical, ahí sí que conviven. El público es más o menos común y sí que está sucediendo lo que tú dices. Pero para mí eso, lejos de verlo como un ingreso de la música en el sanatorio, me parece una especie de sana revolución dentro de la escena musical. Lo hace razonable y hace cobrar sentido a la música, tomando lugares como las verbenas de los pueblos, la música del mediodía o los espacios para que los chavales puedan ir a los conciertos. Hoy mismo leía que Josema de Los Hermanos Dalton fue a tocar a la sala Sol este fin de semana y quería que su hija tocara con él una canción. No pudo porque la ordenanza municipal prohíbe a los menores de edad estar en el concierto. La madre se tuvo que llevar a la niña y esta no pudo tocar con su padre. Son esas contradicciones que te vienen dadas por este tipo de decisiones que se toman alrededor de una mesa sin que se sepa muy bien por qué. Para mí esta recuperación de la música en los diferentes momentos del día y las diferentes edades me parece más que sana, me parece imprescindible. De hecho, yo he estado abogando por ello desde hace años, diciendo que estaba harto de que la música sirviera solo para ser escuchada a las doce de la noche en un garito y con un cubata en la mano, que yo escucho música a las doce del mediodía, a las cuatro de la tarde, a las ocho… igual que le pasará a mucha otra gente. De repente, hay una corriente que pretende dignificar la música y utilizarla en otros momento que la hace importante otra vez. Y luego, por otra parte, cuando la relacionas con el jazz u otro tipo de músicas yo, que he trabajado en una institución, he de decir que el jazz sigue estando subvencionado y la música pop no. Nunca lo estará. Nunca será una música tan de élite como para sobrevivir gracias a las ayudas porque si no se muere. Por una parte, está el hecho de que la mayoría de la gente no la va a considerar como parte del acervo cultural, sino como algo que viene de fuera. Por otra, la calidad que puede tener el pop como música de consumo nunca va a ser lo suficientemente rica como para que una élite la haga suya. En realidad todo esto el modo de hacer el regate. Como va a tener que sobrevivir gracias las layes asquerosas del mercado, va a tener que reinventarse continuamente.

-Viene de hacer la gira del aperitivo, conciertos para todas las edades a la una de la tarde. ¿La revolución del pop pasa por normalizarlo como una actividad familiar y sacarlo del underground?

-Es que dentro de nuestro ambiente, plantear la gira del aperitivo es revolucionario. Va contracorriente y ha habido mucho escepticismo al respecto. No se sabía muy bien cómo podía funcionar. Ten en cuenta que esto no son conciertos para niños, sino concierto en donde pueden entrar los menores. ¿Cómo no van a tener acceso a la música los chavales de 14 años si son los que más la viven? Normalizar eso ha sido todo un reto.

-De todos modos, pese a lo que dice del jazz, yo sí que noto como esta generación indie ha tomado parte del poder. Le pongo un ejemplo: este año en las fiestas del Apóstol en Santiago actuaron consecutivamente Los Planetas, Belle & Sebastian y Crystal Fighters, tres nombres lejanos al gusto popular masivo en los que se nota el acceso de nuevos programadores. ¿Usted eso no lo percibe?

-Mi experiencia me dice que no, pero podría ser. Yo estuve ocho años como programador en el Ayuntamiento de León y vi que hay muchos factores que hacen que una programación sea buena, pero en ningún caso será buena si responde a los criterios personales del programador. Tus gustos seguramente influirán y podrás meter tus pequeños caprichos en la programación, pero hay que tener muy clara cuál es tu función. Por ejemplo, programando grupos minoritarios en escenarios masivos se puede llegar a la situación en la que se cree un rechazo en la mayoría de la población, que no acaba de entender por qué un grupo que se aparta tanto del gusto general de la gente se programa, en vez de las cosas que le gustan a todo el mundo. Dicho lo cual, se puede programar de todo: no tiene porque ser de las cien cosas que programes 98 mainstream y dos alternativas, se pueden combinar ambas cosas. La gente de nuestra generación que ha entrado en las instituciones y está programando creció escuchando Radio 3 o leyendo Ruta 66 o Rockdelux. Tiene armas para decidir las cosas que son de nuestra onda y que pueden gustar a un público mayoritario. En ese sentido, creo que queda un camino larguísimo para llegar a influir como se ha podido influir en otras épocas.

-Volviendo al disco, creo que al escoger «Entre girasoles» como canción estrella perdió una oportunidad de oro con «Hipsters». Aparte de que la canción pincha con su electricidad y entra muy bien, es de lo más oportuna con toda la polémica generada gracias al libro de Víctor Lenore «Hispters, indies y gafapastas». ¿No se valoró que esta fuera la canción bandera?

-Sí, era mi opción. Hipsters la han programado en 180 grados y supongo que tendrá su momento. Yo la veía como tema más claro, a pesar de tener un tono algo frívolo que se aparta de la temática general de los discos de Cooper. De todos modos, no es algo que me dé miedo. Hay muchos casos en la historia de la música que una canción conocidísima de un grupo no explica cómo es el espíritu de la banda.

-De todos modos, la canción habla de sentirse un poco perdido ante un nuevo movimiento juvenil que te pilla con el pie cambiado y con el que no conectas. La veo bastante Cooper, me siento bastante identificado.

-Puede ser. A mí la canción me gusta mucho y la letra me salió del tirón. Venía en un viaje de León a Madrid en coche, tenía la música desde hacía tiempo y me acordé de un tema de los Dandy Warhols, Never Thought You’d be a Junkie. Me tuve que autocensurar bastante para no meterme en otro marrón más [risas]. Siempre tengo la sensación, cuando hago una canción de estas en las que me doy el gusto de tener una frivolidad, que se crean malentendidos. Recuerdo cuando en Los Flechazos hice Solo en casa, que la gente me venía y me decía: «Eres demasiado pequeño para hacer una canción como esta». Y yo les decía: «Tú eres demasiado pequeño para entender que cuando estás casado y tienes una familiar también te darías cuenta que hay veces en las que te apetece estar solo».

-A mí me ocurrió algo parecido a lo que relata en la canción. Antes iba a muchos festivales musicales grandes hasta terminar saturado. Llevaba como diez años sin ir a uno cuando el año pasado fui al Primavera Sound y flipé: yo había dejado aquel ambiente con flequillos, zapatillas Puma rojas y pantalones de campana y me lo encontré todo lleno de tupés, barbas y flores. Me sentía súper mayor y fuera de lugar.

-La canción habla de eso. A mí me gusta que la gente de cada generación tenga sus marcas de identidad y, aunque yo me encuentre fuera, me gusta observar las subculturas. Además, yo no tengo ningún problema con la gente culta y que le presta atención a los detalles. Pero sí que te encuentras fuera de lugar, incluso cuando ellos te quieren hacer sentir bien. La canción tiene mucha ironía, tampoco me siento tan fuera de lugar, solo es una broma. La verdad es que estaba algo preocupado en plan ¿a ver qué le parece a Xoel que me meta con los cantautores? ¿A ver qué piensa Fran Nixon? La verdad es que los libros que he editado con Chelsea han tenido mucha influencia. Gente como Pat, Xoel o Fran Nixon me han hecho pensar mucho.

-¿Los hipsters actuales no son realmente lo que fueron los mods en los años sesenta?

-Claro. Lo pensé desde el principio, en cuando surgió este movimiento. Pero todo es cuestión de porcentajes. Por eso en su día dije que hay cosas en las que pienso todo lo contrario de lo que pensaban los mods en los sesenta. En los sesenta se estaban rompiendo unas barreras, que estaba muy bien romperlas, pero las consecuencias de esa ruptura han llegado a veces a la exageración. Un mod de los sesenta era un tío que estaba a la última porque tenía cuatro trajes en el ropero, seis camisas y dos pantalones. ¿Qué chaval no tiene hoy en día seis camisas y tres pantalones? La sociedad de consumo lo ha llevado al límite. Esas cosas que me gusta cómo empezaron han generado tal bola de nieve que ahora me crea rechazo. A lo mejor algunas de las cosas que me puede generar rechazo de la cultura hipster hoy en día vienen motivadas por eso, pero también por la situación en la que se enmarca esa subcultura. Los sesenta no son lo mismo que ahora. Al margen de eso, ¿qué problema hay con que la gente quiera ver películas que merezcan la pena en vez la basura que les echan en la tele? ¿qué problema hay en seleccionar los grupos que se escuchan? El problema es cuando eso deriva en borreguismo, la dictadura del grupo o el mola/no mola. Pero a mí no me gusta la gente que porque se encuentra fuera de la escena la rechaza. A mí eso nunca me ha pasado. Y creo que la canción lo evoca de manera bastante clara. De hecho, en las notas de la contraportada lo intento explicar: no busques crítica o acidez, porque esto es otra cosa. Y sí, tiene mucho que ver con los mods de los sesenta. De hecho, mucho de lo que se les critica a los hipsters ya se les criticó a los mods. En toda esta polémica hay una cosa que me desconcierta, porque yo no soy capaz de identificar indie con hipster, creo que son dos cosas diferentes.

-Sí, yo también. Con lo primero me puedo identificar en muchas cosas. Con lo segundo, nada.

-Las etiquetas sirven para lo que sirven: identificar cosas de un modo superficial. La pobre Virginia Díaz de Radio 3 estaba asustaba, quería cerciorarse de que no me burlaba en la canción. ¿Qué pasa que 180 grados es un programa hipster? Y no es eso. Pero sí que creo que los hipsters escuchan ese programa.

-Dice que siente la necesidad de sorprenderse a si mismo, pese a practicar un género tan claro. ¿Qué sorpresas se ha encontrado en «UHF»?

-En nada. Estaba muy despistado. De hecho, hace un año y medio tuve un bloqueo porque todo el trabajo y esfuerzo que había volcado en Mi universo, el disco anterior, yo sentía que no había dado los frutos que debería haber dado. Sentía que era un disco que había pasado desapercibido, pese a toda la gira virtual, los conciertos, el dvd y el documental. Sigo sintiendo que es el gran disco de Cooper y pensaba que tras algo así no iba a ser capaz de hacer otra cosa. No me sentía con fuerzas de enfrentarme a la labor de hacer un álbum completo y darle sentido. Hasta que, de repente, me di cuenta que haber hecho el mejor disco de tu trayectoria es una liberación, porque ya puedes hacer toda la mierda que quieras [risas]. Les pregunté a Elefant si les planteaba mucho problema sacar un minielepé y me dijeron que no. He recurrido a ello, porque ya no es la primera vez que me saca de un atolladero. En Los Flechazos recurrí a ello en una época de confusión, en la que no sabía a dónde se iban a dirigir las cosas, y ahora me ha pasado lo mismo. Recopilé las canciones que tenía hechas, les di forma y cree un proyecto con eso. La verdad es que ha salido muy bien. A mí me encanta cómo ha quedado, con una cara a más introspectiva y poética, con letras para sentirte más orgulloso que hablan de sentimientos más puros. Y una cara b más intrascendente, hasta que llega la versión de Javier Sun que es como el colofón. Tanto Hipsters como Brick Lane me podía morir sin haberlas escrito, no pasaría nada. Pero a la vez son canciones que me divierte mucho tocar y necesito explotar la parte lúdica. En una entrevista me preguntaban si hacía este disco porque tenía ganas de salir a tocar y la verdad es que no dije ni sí ni no, porque no tengo ni idea. El mundo no necesita un nuevo disco de Cooper, lo he dicho mil veces. Pero a mí no hay nada que me guste más. Yo iba escuchando Ideal de camino al estudio de Carlos Hernández para hacer la última mezcla y se me saltaban las lágrimas, preguntándome: ¿por qué no le gusta esto a todo el mundo? ¿qué es lo que falla?

-Quizá el momento. Este disco quizá sea el que más ecos del brit-pop tenga de toda su trayectoria. Hace 10 o 15 años eso encajaría. Hoy se está a otra cosa.

-Sí, hoy no encaja en absoluto. La sensibilidad musical actual en España tira hacia grupos como Izal, Vestusta Morla, Supersubmarina, el viraje de La Habitación Roja y Lori Meyers hacia esos terrenos. Esta todo en las antípodas, pero siempre ha habido antípodas en la música. La gente que estaba con los Kinks y con los Who no creo que estuviera con The Velvet Undeground. Esos dos polos siempre han estado ahí. A pesar de que se lleva una cosa, siempre hay un público que quiere la otra. A mí no me importa ser de minorías, mientras haga lo que a mí me gusta muchísimo. ¿Que no va a tener repercusión? No me queda la menor duda. Si no la tuvo el disco anterior, con todo el esfuerzo que se hizo, mucho menos lo va a tener esto. Pero es que aquí se está trabajando en una carrera y esto es una carrera de fondo: que dentro de 10 o 15 años se pueda escuchar el disco descontextualizado y que se sostenga. Eso es lo que me interesa.

-¿No cree que el problema de «Mi universo» a ese nivel fue que carecía de hits claros? No tenía «Rabia» ni el «Hipsters» de este disco.

-Lo que pasa es que cuando hago discos que tienen hits tampoco [risas]. Pero claro, si dejo de hacer singles para hacer un álbum es para hacer algo como eso, sino sigo haciendo singles. No entiendo los discos que se sostienen en torno a una o dos canciones y todo lo demás es de relleno. Para eso no se hace un álbum. De todos modos, yo creo que cualquier canción del disco anterior en el repertorio de otro grupo sería un hit. Sabría decirte qué canción iría mejor a cada grupo [risas]. Lo que pasa es que ninguna sobresalía. Hace tiempo lo expliqué en una entrevista. Si a ti te ponen delante a 25 chicas guapísimas no sabrías a cuál elegirías a primera vista porque son todas guapas, incluso puede que hasta te canses de tanta belleza. En cambio si te ponen varias chicas feas y dos guapísimas, sabes perfectamente cuáles son las dos que más te gustan. Eso es un poco injusto, porque cuando las 25 son guapas son guapas, aunque no le puedes prestar atención a todas.

-Versionea en este disco a Javier Sun. ¿Una deuda pendiente quizá?

-Yo no la siento como una versión. Cuando se la escuché a Javier me pareció una nueva gran canción suya que iba a pasar desapercibida lamentablemente y eso me dio pena. Me pareció muy emotiva, intensa y profunda. Se lo comenté y él me dijo si no se parecía demasiado a Cooper. Yo, sin embargo, la sentí como una canción de Cooper compuesta por otra persona. Así la he sentido siempre. Igual que el For You Love es una canción de los Yardbirds, aunque no la haya compuesto nadie del grupo. Para mí no es una versión, ni siquiera la llegó a grabar. No le hemos dado una vuelta de tuerca ni nada, la interpretamos igual que la hacía Javi. Me identificaba totalmente con ella y creo que estamos en toda esta historia para testificar, para dejar constancia de cosas que pasan. Hay un montón de canciones que no trascienden y se pierden, y eso es algo que me da mucha pena. De hecho, esta pendiente un disco de versiones de canciones maravillosas de grupos pequeños nacionales que solo han visto la luz en maquetas.

-¿Lo va a hacer usted?

-Lo he pensado y me encantaría. Son grupos a los que le gusta Cooper, como Happening de Valladolid, esos grupos que te dan la maqueta en un concierto, la metes en la funda de la guitarra y, después, un día la pones en el coche y te sorprendes. Son temas que han pasado desapercibidos y este de Javier es uno de ellos. No sé si lo haré, porque es uno de los mil proyectos que tengo en la cabeza.

-Si ya es difícil prosperar con un disco al uso, uno como este es mil veces más arriesgado.

-Yo no funciono con esos parámetros. No estoy preocupado por la cancha que me van a dar los medios de comunicación o qué repercusión va a tener. Cooper es el proyecto de mi vida. Hay una identificación entre el artista y la vida que va más allá de si va a dar dinero, si voy a poder vivir de esto o si voy a tener éxito o no. Me planteo otras cosas. Por ejemplo, reivindicar a grupos como Octubre, que ha pasado desapercibido, es algo muy chulo. Yo hago proyectos que me ilusionen.

1994, el año en el que el que estalló el Brit-Pop

Escrito por Javier Becerra
17 de noviembre de 2014 a las 13:35h

Todo empezó en abril de 1994. El día 11 Oasis pulsaron el gatillo de la pistola de hits por primera vez. Supersonic, su single de debut, veía la luz. Lo hacía con aromas del I Wanna Be Adored de The Stone Roses, gesto desafiante, mala leche obrera y ganas de decir ese algo que solo tiene sentido dentro de una canción. «Me siento supersónico / dame un gin-tonic», cantaba Liam Gallagher. Alargaba las vocales finales a lo John Lennon en un absurdo mensaje convertido en proclama de la insatisfacción y satisfacción juvenil. Una nueva era estaba naciendo en la música popular.

Alrededor de ese tema y las sensaciones que generaba —nervio, morritos, cabeza hacia atrás, garganta rota gritándola al viento— se levantó una de las carreras más exitosas del rock de los noventa. Pero también se colocaron los ladrillos iniciales del edificio de lo que se hizo en llamar brit-pop, el movimiento con el que Inglaterra volvió a ondear su bandera tras el ciclón grunge. Este había arrasado. Cualquier intento de escalada de las bandas inglesas en la relevancia más allá del underground fracasaba.

Desde que Manchester pidiera sitio como capital musical mundial a finales de los ochenta mezclando el pop y el espíritu del acid house, el país de The Kinks, Rolling Stones y The Beatles no contaba en los charts. Todo giraba alrededor de la angustia generacional de Nirvana, sus compañeros de la era grunge y los intocables de siempre que, vaya, ninguno era inglés. Pero, en la misma ciudad norteña, los hermanos Gallagher lanzaban con Supersonic una cejijunta mirada con visos de eternidad. El destino quiso que Supersonic saliese al mercado seis días después de que Kurt Cobain apareciese muerto en Seattle.

En paralelo, Londres también burbujeaba. La historia venía de atrás. Suede ya había debutado con su espléndido disco homónimo en 1993. Elastica también, con el single Stutter. Y Blur habian perfilado con Modern Life Is Rubbish las bases ideológicas y sonoras del brit-pop. Cuando estos últimos lanzaron Parklife, su tercer álbum, todo el camino estaba trazado para su reinado.

El calendario indicaba que aquel floreciente mes de abril de 1994 apenas había avanzado 14 días desde la salida de Supersonic. Blur proponían una visión diferente a la de Oasis. Frente a la rudeza y la rabia de los de Manchester, la banda liderada por Damon Albarn resultaba elefante, sofisticada y erudita. En Parklife, que se presentaba con una imagen de algo tan típicamente inglés como una canódromo, se realizaban retratos costumbristas e irónicos del Londres de mediados de los noventa. Pero, sobre todo, se honraba sin ambages a su extensísima tradición pop. Un crisol de estilos se daban cita, comprendiendo piezas tan diferentes (pero tan complementarias) como las guitarras cortantes de The Kinks, el pop electrónico a lo Pet Shop Boys, el melodrama de David Bowie, el frescor new-wave de XTC o el vitalismo ska de Madness. En sus manos todo sonaba lozano, actual, a banda sonora de un momento.

URGENCIA JUVENIL
A partir de ahí el brit-pop lo monopolizó todo. Oasis lanzaban a finales de agosto Definitely Maybe, su apabullante elepé de debut que acababa de ser reeditado con caras b y extras aprovechando la efeméride. Urgente, arrogante y rabiosamente juvenil, contenía las dosis exactas de electricidad y euforia como para volver loca a la generación que lo vio nacer. Igual que había sucedido en 1989 con el homónimo debut de The Stone Roses (cambiemos el «Yo quiero ser adorado» de aquellos por el «Hoy voy a ser una rock n’ roll star» que abre el de Oasis), de uno u otro modo Definitely Maybe cristalizaba una buena parte del anhelo de esa grandeza proletaria germinada entre pintas en pubs, cánticos futboleros y trabajos que dejan roña bajo las uñas.

Hasta entonces todo era auténtico, natural y creíble. Pero la maquinaria tenía que continuar. Y lo siguió haciendo, tensando artificialmente una rivalidad entre Blur y Oasis que hizo multiplicar el interés y las ventas. Había que revivir el Beatles vs Stones y se hizo de la manera más polarizada posible. Aunque aquí todos ansiaban ser The Beatles, la industria jugó con los opuestos: norte contra sur, pijos frente a obreros, chicos duros echándole un pulso a los refinados… Sí, de la manera más simple posible para despertar las adhesiones más primarias.

Todo ocurría mientras de fondo surgían desvíos de lo más edificantes. Suede que se apartaban del bullicio con el magistral Dog Man Star. Supergrass irrumpían gamberros con pildorazos pop. Y unos veteranos Pulp aprovechaban el río revuelto para colar un His’ n’ Hers que dejaría vía libre para la entrega de uno de los grandes himnos brit-pop: el extraordinario Common People. También apareció una retahíla de nombres menores como Sleeper, These Animal Man, Menswear, Bluetones o Gene y se recuperaron para las nuevas generaciones a figuras como Paul Weller, John Squire o Johnny Marr, puntos de partida de muchos de los nuevos himnos de la juventud inglesa.

En 1995, con Blur y Oasis convertidos ya en gigantes, se disputó la gran batalla mediática. Se simultanearon las salidas de los singles de adelanto de sus siguientes álbumes —The Great Escape y What’s The Story Morning Glory?—, se subieron de tono los dardos entre ambos en los tabloides y todo derivó en un esperpento nacional. Pero las tiendas de discos no paraban de hacer sonar la caja registradora y el globo se infló todo lo que pudo hasta que ambas bandas lo pincharon en 1997. Oasis bajando la calidad estrepitosamente con el mediocre Be Here Now y Blur reinventándose con el homónimo Blur. La era brit-pop se había terminado. Había que dejar sitio a Robbie Williams y las Spice Girls.

HIMNOS CONVERTIDOS EN PORTADA DE REVISTA
Entre Blur y Oasis se creó un movimiento al que, veinte años después, se sigue revisando. Se trata de una fórmula magistral: poner un producto musical en el escaparate, convertirlo en una marca y pulverizar todos los récords. Pese a que una buena parte de la crítica musical siga mirando con desdén aquellos días de flequillos y Adidas Gazelle, lo cierto es que Inglaterra jamás ha vuelto a ofrecer al mundo una catarata de hits tan continua y bien empaquetada como la de 1994 y 1997. Y en ello una parte fundamental del mérito recae en la prensa musical británica, amplificador de todo lo que ocurría.

Cabeceras como New Musical Express, Melody Maker, Select o The Face vieron allí la gallina de los huevos de oro. Apartaron a Kurt Cobain de las cubiertas. En su lugar, colocaron a los integrantes de Blur y Oasis en todas y cada una de sus variantes: en solitario, enfrentados o como locomotoras de un tren que al final iba a descarrilar con tantos vagones. Como buenos británicos, todas esas bandas destacaban por su imagen. Eran plásticos y fotogénicos, fácilmente imitables y perfectos para forrar las habitaciones de una Inglaterra que empezaba a escribir un nuevo ciclo que iba más allá de lo musical. El laborista Tony Blair no había llegado a un a Downing Street pero, desde la oposición, sabía que resultaba fundamental ir de la mano de estos nuevos héroes de un país orgulloso de sus ídolos.

Los años sesenta eran un recuerdo que se podía revivir. Y el papel impreso hizo todo lo posible con titulares. Un par de años después surgirá un concepto casi tan perfecto como el de brit-pop, la Coolbritania. Lo acuñaría la revista Newsweek y para siempre quedará un icono definitivo: Kate Moss enfundada con un jersey de la bandera inglesa.

¿La crítica musical, al servicio del lector o del propio crítico?

Escrito por Javier Becerra
13 de noviembre de 2014 a las 13:24h

Hace ya unos años entrevisté a David Bustamante, el de Operación Triunfo. Daba un concierto en A Coruña y aprovechamos la ocasión para hablar con él. Le hice una entrevista “musical”, sin cosas del corazón ni nada. Me habló, por ejemplo, de su afición por artistas como Miguel Gallardo o la música popular italiana. En un momento dado le pregunté si le afectaban los comentarios de los críticos y periodistas que lo ponían como ejemplo de los males del a música en España. Me contestó que no, porque estaba seguro que esa gente no había ido nunca a un concierto suyo, ni había escuchado sus discos, ni se había interesado en qué clase de música le gustaba a él. Según su punto de vista, la gente lo ponía a parir “de oídas”, por sus apariciones lacrimógenas en televisión o, a mayores, por escuchar una canción en la radio. Y mucho me temo que tenía toda la razón.

Tiempo después participé en un debate sobre el estado de la crítica musical organizado por Sinsal en el centro Normal de la UDC. Se tocó el tema de la especialización. Al escribir en un medio generalista como La Voz de Galicia muchas veces me toca enfrentarme a artistas como La Oreja de Van Gogh, Sergio Dalma, Azúcar Moreno o Pimpinela junto a otros como Tindersticks, Toy, Los Punsetes o la última sensación indie. Defendía en aquel encuentro algo tan elemental como la necesidad de tratar con el mismo rigor a Sonic Youth que a Chenoa. Noté cierta extrañeza. En un momento dado, el moderador me interrumpió: “¿Quieres decir que Sonic Youth y Chenoa son iguales?”. No era eso, claro. Se trataba de dejar de manifiesto que Chenoa, al ser una artista que interesa a tanta gente como para reunir a más de 5.000 personas en su concierto en A Coruña, tiene que salir en un medio como el nuestro. Y que merece el mismo respeto y seriedad a la hora de analizarla, ya que escribimos para un lector que exige que el periodista hable con conocimiento de causa. Algo tan básico como escuchar su disco e ir a ver su concierto antes de pronunciarme. Algo, sorprendentemente, tan raro como eso.

Estas dos pinceladas personales vienen a cuento sobre un debate que planea últimamente en la crítica musical nacional y que, en las últimas semanas, ha tomado tomado especial viveza. Primero, por la publicación del libro de Víctor Lenore Indies, hipsters y gafapastas, el volumen en el que habla, entre otras cosas, sobre los mecanismos de distinción en función del gusto musical promovidos por una buena parte de la prensa cultural. Segundo, por la polémica provocada por Diego A. Manrique al participar en la lista del número que celebra el 30º aniversario de la revista Rockdelux colocando como número uno el 19 días y 500 noches de Joaquín Sabina, sin que luego este se viese reflejada en la macrolista final. En ambos casos se toca desde diferentes prismas esa especie de corte del buen gusto minoritario con aspiraciones generalistas.

A ese respecto, desde la Asociación de Promotores Musical se ha lanzado una pequeña encuesta. En ella el periodista Nando Cruz lo sintetiza brillantemente: «En España la crítica siempre ha tendido más a exhibir conocimientos y buen gusto que a anteponer una vocación de servicio». Uno iría más allá y hablaría de una suerte de confusión de roles, generando algo que se podría denominar el crítico-artista. Es decir, aquel periodista que considera que su misión principal no es transmitir información (o emoción, en su caso), sino crear una especie de vehículo literario personal salpicado por una música sujeta a dogmas de especialísimo buen gusto. Por ello, muchas veces no importa ser un poco críptico y que el lector no entienda lo que se escribe. Por ello, no importa si al final habla más el periodista haciéndose autohomenajes que el músico entrevistado. Por ello, no importa si se preña de vivencias personales irrelevantes un texto. Por ello, no importa si de lo que se habla le interesa a la gente o no. Porque todo se trata de modelar esa figura pública lo más posible, poniéndose incluso por encima del lector o el músico.

Recuerdo en los noventa que terminé frente a un articulo de Diego A. Manrique sobre las Spice Girls en el fenecido Tentaciones. Eran dos páginas en las que se analizaba al grupo de pop más popular del momento. Lejos del tono ligero habitual, se trataba de un análisis serio, sustancioso, entendible y muy disfrutable. Aquello supuso toda una colleja en mis veintipocos años. Tiempo después, hubo otra lectura en el Metrópoli que me impactó con la misma intensidad. Era una crítica de David Saavedra sobre el disco que acaba de sacar Alejando Sanz, uno de los lanzamientos importantes del año. Lo ponía mal, pero en todo el texto no había ni una sola ironía, ni un solo desprecio, ni un solo ponerse por encima del artista. De algún modo esos dos textos cambiaron bastante mi percepción de las cosas, ayudándome a quitarme de encima todos esos lastres absurdos adquiridos en pos de buscar algo parecido a un criterio, sumando perjuicios y juzgado cosas desde el desconocimiento y una absurda posición de superioridad.

Por cierto, aquel concierto de Bustamante resultó horroroso. Así se reflejó y se argumentó en mi crítica correspondiente tras haber asistido. El disco de Chenoa, lamentable. También quedó plasmado después de sus correspondiente escuchas. Por otra parte, creo que ver la música con la lente “política” de Lenore es un error y un callejón sin salida, aunque tiene más razón que un santo en algunas de las cosas de las que habla en su polémico ensayo. Y, bueno, habrá que darle una oportunidad algún día al disco de Joaquín Sabina, músico del que escuché muchas otras cosas que, independientemente de su calidad, nunca me agradaron lo más mínimo. Quién sabe. Gracias a acercarme por motivos profesionales a la música de artistas que supuestamente no me gustaban de modo respetuoso y con las orejas abiertas he cambiado de opinión en más de una ocasión. Me acabaron encantando los singles de La Quinta Estación, me quedé totalmente prendado del sobresaliente Atlántico de Xoel López y, bueno, me he dado cuenta que aunque el primer disco de Vetusta Morla no me hubiese chiflado, Mapas es una verdadera maravilla. Todo ello sin que mi pasión por Los Planetas, los Stone Roses o la Velvet Underground se haya debilitado en ningún momento.

Me temo que he salido ganando. Espero que quien me lea y concuerde conmigo, también.

Víctor Lenore: «A Bisbal nunca le darán el Príncipe de Asturias, pero a Bob Dylan sí»

Escrito por Javier Becerra
31 de octubre de 2014 a las 4:33h

La publicación de Indies, hipsters y gafapastas, crónica de una dominación cultural ha producido un pequeño terremoto en cierto ambiente musical español. En él el periodista Víctor Lenore, todo un renegado de la causa indie que fue coordinador de Spiral o firma destacada de Rockdelux, expone su punto de vista sobre lo que considera la imposición de una hegemonía cultural por parte de un grupo que responde a los valores del clasismo, el capitalismo y hasta el racismo. En esta entrevista el autor explica algunas de las claves de un ensayo escrito en tono confesional que sigue levantando ampollas.

-¿Por qué este libro?

-Aunque parezca mentira, yo no estaba muy convencido de escribirlo. Pero algunos amigos que tengo a mi alrededor, de la revista Ladinamo en donde escribí en los dosmil, me convencieron. Personalmente, me impactaron un par de libros muy interesantes de Chavs Owen Jones sobre el clasismo en Inglaterra y sobre el ciberfetichismo. La gente los leía y, en vez de ver cómo todos caemos en esas cosas del clasismo y el excesivo optimismo por la tecnología, no asumía su crítica. Es decir, cogía esos libros como un símbolo de distinción en plan: «Mira que libros más molones leo». Mi idea inicial era escribir un panfleto muy corto que sirviera como herramienta o lubricante para el debate y para hablar de ciertos prejuicios que he visto a mi alrededor en los 20 años que llevo siendo periodista musical.

-Al estar escrito en primera persona y con ese tono, a veces parece que estemos ante una crisis personal convertida en un ensayo. ¿Es así?

-Eso me lo dice mucha gente [risas]. J de Los Planetas me llamó para decirme si había sufrido algún trauma o había cambiado de droga. Y no, no es eso. A lo mejor estoy equivocado, pero yo creo que es un proceso de aprender a ver las cosas desde un enfoque colectivo en vez de un enfoque individualista, que es el que había tenido hasta hace poco. Para mí fue muy importante la revista Ladinamo, porque en vez de estar rodeado de periodistas musicales que tenían un enfoque muy parecido al mío y un ambiente muy endogámico y homogéneo, empecé a hacer una revista con gente que venía de la militancia social. Era gente de Filosofía, Sociología o Políticas, de familias de izquierdas, que me hicieron ver la cantidad de prejuicios que existen en lo que llamamos prensa cultural moderna. Yo los intuía, pero no había sido capaz de articularlos.

-¿No estaremos también ante alguien que se ha aburrido de la música después de haberle dado muchas vueltas?

-Totalmente. La música que recomienda Pitchfork, Rockdelux, Mojo, Uncut o NME me hace sentir ya no aburrido, sino aburridísimo. Creo que ahí hay pocas cosas interesantes. Pero eso no significa que me haya aburrido de la música. Ahora me interesan otras cosas, desde los cantautores latinoamericanos clásicos hasta el techno, el house, el kuduru y un montón de cosas. Para mí se ha abierto un mundo nuevo y la sensación que me da es que la prensa musical moderna cubre solo una parte muy estrecha del espectro musical.

-¿Lo he entendido yo mal o lo que plantea en su libro es que la música tiene que ser política o, si no, no tiene validez?

-Lo has entendido bien, pero hay un pequeño desajuste que muchas críticas apuntan. Yo creo que toda música es política. En en libro digo que toda la música expresa una posición política. Puede ser de desafección, de desinterés, de cinismo,… de un montón de cosas. Por ejemplo, el indie y la Movida creo que coinciden en unas posiciones bastante parecidas: el individualismo, la anglofilia y el elitismo. Para mí, coinciden bastante con la postura cultural del PP y el PSOE. Nacho Vegas en la presentación del libro dice que cuando se metió en el indie pensó que era una abreviatura de independencia y, al final, resultó ser de individualismo. Yo pienso que los valores del capitalismo, el indie y la Movida son totalmente coincidentes. Eso se puede ver en que son subculturas que nunca han tenido un conflicto político con el sistema. Los iconos publicitarios tiran de esa música, como Vans o Estrella Damn. Toda música tienen una posición política. En arte se describía ya hace tiempo eso como la torre de marfil. Es decir: «Somos una gente supersensible y supercultivada que estamos en una torre de marfil y no nos afectan los problemas políticos que nos rodean». Yo no me identifico para nada con esa posición. Por eso he perdido el interés. Le ha pasado a más gente. Le ha pasado a Nacho Vegas; le ha pasado a Javier Gallego, que tenía un programa cultureta y ahora Carne Cruda es político; le ha pasado a Jordi Evole que antes hacía un programa de entretenimiento y ahora ha tomado una posición política. Creo que es algo bastante generacional.

-¿Un grupo que hace solo canciones sentimentales y de amor ha de ser necesariamente de derechas? A La Buena Vida o Le Mans, que hablaban de su tranquila vida diaria, se les relaciona con ello. ¿Cómo lo explica?

-Bueno, a mí me encantan las canciones de amor de La Buena Vida y las de Camela. Creo que el amor es algo muy importante, porque es una forma de relación con los demás y de compromiso. La mayoría de las canciones hipster creo que tiran de una visión irónica del amor, no de un compromiso emocional. El campo amoroso es otro campo de batalla político en el que hay posiciones con las que identifico. Por ejemplo, Qué nos va a pasar de La Buena Vida es una especie de reflejo de la incertidumbre de que no nos queremos comprometer nadie con nadie. La chica que canta la canción sufre por no saber a dónde va su relación. Camela, aunque seguramente sea algo conservador, practican una defensa de la pareja. En un mundo en el que todo cambia tener un compromiso fuerte con alguien me parece una postura valiosa, casi de izquierdas. Lo que yo veo derechista en Le Mans y en Family, que también escriben canciones de amor, es ese desprecio por llegar al gran público. El sonido de lata de Un soplo en el corazón o estos discos que hace Ibón Errazkin, que coge una cosa de música marroquí, algo de CBGB y otra del último artista que le haya gustado de la revista Wire. Esos trabajos de Ibón parece que están demostrando lo guay que es su colección de discos. Eso me parece una forma de elitismo. Y Le Mans también: son discos que se los ponen a alguien en casa y te echan para atrás. Eso me parece elitismo y snobismo.

-Otro ejemplo. En su día se situaba Garzón como grupo de izquierdas, por sus letras y su posicionamiento, y Lori Meyers un grupo de derechas, por ser retro y copiar a Los Brincos. ¿No es una idea excesivamente simple?

-Bueno, si Garzón o Grande Marlaska eran de izquierdas lo eran porque no tenían alergia a tocar en un centro social, porque las canciones eran copyleft y optaban porque circulasen intentando nuevas fórmulas que no fuera excluyentes. A mí los Lori Meyers me parecen un grupo muy poco interesante, con unas letras un poco previsibles. Los veo como un grupo antiguo más que de derechas. Otro de los errores que veo en las críticas que se están haciendo a mi libro es que yo supuestamente creo que la música debe de cambiar las cosas o algo así. Y no, no creo que el papel de la música sea muy importante en los conflictos políticos. Pero sí que creo que es un indicio o un reflejo de nuestras posiciones políticas.

-Me apetece escuchar un tema de Kylie Minogue. Antes de pulsar el play hay que hacerse preguntas. ¿Esto es progresista? ¿Es de derechas? ¿Es pro capitalismo? ¿Es sexista?… Usted que parece que se hace todas estas preguntas. ¿No le parece algo asfixiante acercarse a la música así?

-Si, totalmente. Le asfixiaba hasta a Bertolt Brecht, que tenía una frase que decía «en qué tipo de mundo vivimos que hacer un poema sobre las flores es algo parecido a un crimen», porque el escapismo y el no mirar a las cosas malas de la sociedad también asfixia. Respecto a lo que citas de Kylie Minogue, decirte que ella viene de la escena disco y ahí tengo clarísimo que fue un movimiento hiperpolítico. Fue un movimiento de integración para muchos gais y negros, convirtiéndose en una espacio de libertad, de expresarse libremente y de empatía. Tampoco hay que dejarse engañar por las apariencias: el disco ha sido una de las cosas más políticas que le ha pasado a la música. Uno de los problemas de la prensa moderna es que estamos todo el rato fijándonos en el producto, el disco, y no en el tipo de relaciones que genera ese disco. Por ejemplo, si tú miras el Rock Radical Vasco había unos espacios de socialización que eran la casa okupada, la radio libre y tu grupo de insumisión. Si miras el indie o la Movida los espacios de socialización eran la tienda de discos de moda, como Delsur o la que fuera en la Movida; el club de moda, como el Nasti o Rockola; o el programa exquisito, como Mapa Sonoro o La Edad de Oro. Los espacios de socialialización del Rock Radical Vasco estaban fuera de los espacios de mercado y los del indie y la movida son todos espacios mercantiles. La crítica se tiene que fijar en eso. Dejar de mirar menos los productos y ver el tipo de relaciones sociales que genera.

-¿Está en contra de convertir la cultura en una industria? ¿Tiene que girar todo sobre la idea de centros autogestionados con estructura horizontal o admite que pueda haber un club que o festival como el FIB o el Primavera Sound que genere dinero?

-Yo no estoy, en general, en contra de la industria ni del mercado. Pero el mercado hay que usarlo cuando funcione y desecharlo cuando no. Citas Benicassim. Yo he estado en el FIB y he estado también en el Rototom, el festival de música jamaicana que se hace en el mismo recinto. Las dos son industrias, las dos ganan dinero, pero el Rototom tiene una empatía con los oyentes y la realidad social que no tiene Benicassim. Cuando tú entras al recinto del Rototom te das cuenta de que es muchísimo más grande que el de FIB. ¿Por qué es más grande? Pues porque no tiene zona VIP, que en el FIB es solo para el disfrute de una gente determinada. Luego, las entradas son mucho más baratas. Tienen un día especial en el que los parados de Castellón entran por 5 euros. Tienen un terrario con columpios para que jueguen niños y entradas reducidas para los ancianos. No venden Cocacola porque están contra las prácticas anti sindicales de Coca-Cola. Se nota que la directiva del Rototom se ha tomado en serio los problemas sociales que hay y ha intentado contribuir lo menos posible a las malas dinámicas y fomentar las buenas. Yo cuando veo en ese mismo espacio la diferencia de enfoque veo simbolizados, de una manera muy clara, los valores del indie. Y los deja muy a la derecha. Se trata de una industria muy insensible y muy reaccionaria.

-En 1995 los vecinos de Benicassim estaban en armas hacia lo que les venía encima con el FIB. Ahora se celebran como una de las grandes fortalezas económicas de la zona. ¿Se ha convertido el indie, en ese sentido, en el gran negocio turístico?

-Sí, es similar a los museos de arte contemporáneo. De repente, se impuso la idea de que todas las capitales de provincia tenían que tener un museo de arte contemporáneo, una réplica del Guggenheim para que así, en vez de estar un día en la ciudad, se quedasen dos. Son prácticas de la industria turística que las reproduce muy bien Benicassim. Si miras el mapa de festivales indie-hispers-modernos es la ruta del turismo internacional. Barcelona, el BBK y toda la costa de Levante. Se les acabó la costa para poner ladrillo y, como necesitaban seguir creando valor y negocio, optaron por la cultura juvenil. Son festivales empapelados con publicidad de grandes corporaciones. Desde que entras al Primavera Sound hasta que llegas al primer escenario seguro que te cruzas con cinco o seis anuncios.

-Habla en el libro de la necesidad de que la música hable a la colectividad, al nosotros, y no al yo. Eso, tomado así como un dogma, invalida casi el 90% de la historia del rock. ¿Lo ha pensado?

-Ummm, no sé si la invalida. A mí me gusta el rock n’ roll. Me parece una música que inventaron los negros en los guettos y sirvió para descongelar las relaciones sexuales. Había mucha represión y mucho puritanismo y el rock sirvió para incitar a la gente joven a soltarse y tener más sexo. Aunque las canciones fueran en primera persona, creo que tuvieron un efecto social positivo. Otra cosa es lo que me parezcan a partir de los noventa. Si coges el disco emblemático del indie, el primero de los Stone Roses, escuchas una canción como I Wanna Be Adored y me pregunto: ¿se puede hacer una letra más narcisista e individualista que esta? Me puede pasar lo mismo con I’ll Be Your Mirror de The Velvet Underground, que es un postura muy de la Velvet: somos el grupito de elegidos, super bohemios que estamos en el círculo de Andy Warhol y miramos, totalmente colocados y displicentes, todos los problemas que tiene Nueva York. Yo creo que el indie y el hispterismo son movimientos muy asociales y muy individualistas. Me han gustado muchísimo, pero ahora me causan rechazo.

-Bueno, en el caso de los Stone Roses, al tiempo que tenían «I Wanna Be Adored», tenían «Elizabeth My Dear» o «Made Of Stone», canciones con una lectura política muy obvia.

-Sí, pero Elisabeth My Dear es como dos minutos del disco, un tema hecho del tirón sobre una melodía de Simon & Gartfunkel, algo muy poco central. Las canciones centrales son las narcisistas, como también lo es I’m The Resurrection. De hecho, tal y como cuento en el libro, muchas de las metáforas sexuales de Stone Roses no son sexuales, es como si no se atreviesen a hablar del sexo como tal. Son todo cuerpos angelicales y puros, muy poco explícitas. Eso refleja ese punto del indie de sentirse especial, por encima de la masa y considerar una vulgaridad hablar del sexo directamente. Eso no ocurría en el rock n’ roll, en el reggae. Me parece una cosa un poco pija, de clase media.

-Según su punto de vista, el Bob Dylan post-«Blonde on Blonde» también tendríamos que cargárnoslo, ¿no?

-No, a mí me encanta Blonde on Blonde.

-Pues ese punto de vista de que hay que dirigirse a la colectividad y fomentar las relaciones con la gente podría haberlo en el primer Dylan. Pero, por ejemplo, un disco como «Blood on the Tracks» no deja de ser un tipo lamentándose de algo tan individual como la deriva de su matrimonio.

-Hay formas y formas de hablar de la crisis de tu matrimonio. Billy Bragg ha escrito sobre la separación de un modo muy empático con la mujer, muy humildes y muy autocuestionadoras. También Nacho Vegas, en cierto modo. El disco Blood On The Tracks tiene una intensidad tremenda. Segundo Premio de Los Planetas, también. Pero en muchos creadores hipsters o modernos lo que veo es muy poca empatía con las mujeres. Muy empáticos con lo que ellos sufren, como si su sufrimiento se agrandase y el de los demás se amortiguase. Los discos de divorcio son muy típicos porque a los hombres nos gusta tener la última palabra: yo soy famoso, mi mujer me ha dejado y voy a hacer un discazo contando mi versión y me quedo satisfecho. Eso lo veo como una estrategia un poco tramposa. Pero bueno, seguro que me pongo Blood On The Tracks y no me aburro en ningún momento. Pero creo que hay que tener en cuenta otras cosas. Tampoco tengo en la cabeza las letras de Blood On The Tracks.

-Bueno, yo hace tiempo que no lo escucho pero «You’re a Big Girl Now» creo que es una canción que habla de lo contrario a lo que usted dice: de cómo la mujer es mejor ahora sola que contigo.

-Seguro, la hizo Thalia Zedek. De todos modos Dylan ha hecho algunos comentarios un poco misóginos últimamente. Decía que Christina Aguilera y todas estas divas pop parecía que estaban en un desfile de zorras. Creo que con la edad se ha ido brutalmente a la derecha, como toda esa generación. Leonard Cohen es otro caso. Lo de meterse en un monasterio zen, como diciendo que los problemas colectivos no importan y solo importa la mejora personal y cultivar el ego. Muchos de estos artistas protestaron cuando fue la guerra de Vietnam, pero cuando fue la Guerra de Irak el único de los grandes que hizo un disco sobre ello fue Neil Young. Yo creo que esa generación que esta todo el día en la portada del Mojo y el Uncut han ido a valores bastante conservadores. Sus carreras han tenido mucho valor artístico, han tenido algunas canciones de empatía con las mujeres y empatía social, pero poco a poco se ha ido desdibujando.

-Con estos ejemplos, a lo que pretendía llegar es al hecho de que en el libro atribuye todos estos males a la cultura hispter, cuando en realidad se trata de la historia misma del rock. El individualismo, las ambiciones exageradas, los egos superlativos… Eso que cuenta usted de The Stones Roses ya ocurría en los Who o los Rolling Stones. Al margen de que sea positivo o negativo, es algo que no han inventado Los Planetas o The Stone Roses. También pienso que algunas de las actitudes de las que habla, como la misoginia o el racismo, son problemas sociales que esa cultura hispter reproduce al formar parte de la sociedad, no algo específico de ese grupo.

-Sí, estoy totalmente de acuerdo. Lo que pasa es que las subculturas intentaron combatir eso en muchas ocasiones. Hay que ver el salto. El último gran grupo británico antes de The Stone Roses seguramente fue The Clash. Su posición social y emocional para mí era mucho más avanzada que la de The Stone Roses. Por eso lo considero un paso atrás. Yo hablo de hispters, indies, culturetas y gafapastas porque es un ambiente en el que he vivido mucho tiempo y en el que puedo aportar algo. En Estados Unidos, ocurre lo mismo. El gran grupo antes de Nirvana podrían ser Dead Kenedys o Fugazi. Esos grupos tenían a Reagan delante y lo dieron todo. Fugazi eran muy sociales, con una sensibilidad muy grande con los desfavorecidos y criticaban el imperialismo en América Latina. De eso hemos pasado a grupos mucho más narcicistas, más metidos en sí mismos y más preocupados de molar. El rock n’ roll es todo lo que tú dices: algo reaccionario, que solo tuvo el valor de liberarse de un contexto de represión sexual. Es un género machista e hiperconsumista.

-Habla del racismo y pone, como ejemplo, las críticas que recibió el hecho de que la organización de Benicassim optase por incluir a Julieta Venegas. ¿No cree que ese rechazo fue más motivado porque el público la identifique con una artista de 40 Principales más que con «esa sudamericana nos viene a corromper la pureza de nuestro festival»? Si llevasen a M-Clan como un grupo de americana generaría el mismo rechazo.

-Buff, esa lectura la he visto y la he escuchado de primera mano. Prefiero no dar nombres. Por ejemplo, ver en Twitter como un crítico musical muy famoso de Barcelona le pregunten si baja a jugar al fútbol y él diga: «No puedo, que vienen los panchitos a ponerme los muebles a casa y no puedo salir». Veo cosas muy racistas en eso. A todos los artistas que citaban cuando fue lo de Julieta Venegas era ¿qué va a ser los próximo Ricky Martin? ¿David Bisbal? Lo mismo tiene que ver más con anglofilia que con el racismo, pero eso es otra forma de racismo: el creer que todo lo que viene de Londres y Nueva York es genial y lo que viene de Caracas o Marruecos es horrible es una forma de racismo cultural. Quizá me haya pasado de frenada con los términos, pero es que lo sigo pensando: el racismo cultural es una forma de racismo, igual que los micromachismos es una forma de machismo, aunque sean menos invasivos.

-Dice que la última etapa de Wilco se parece a The Eagles. Por tanto, a nivel de estética sonora se podría asemejar a Los Secretos, ¿no?

-Claro, pero Los Secretos eran también muy anglófilos, con su rollo Tom Petty.

-Si metes a Los Secretos en Benicassim seguramente se generen las mismas reacciones que con Julieta Venegas. Se diría ¿qué será lo próximo? ¿Joaquín Sabina?

-Sí, aunque Los Ilegales no tuvieron esa respuesta, aunque igual no se les asocie a la radiofórmula. Si queremos llegar a un terreno común podemos decir que es una mezcla. Que puede haber algún prejuicio racial y que puede haber algún prejuicio por ser la música de los 40 Principales. Pero eso último nos lleva a una cosa muy central del hispterismo que es ese pánico de pertenecer a algo masivo: «Oh, Los Secretos no, pero si me poner a Wilco que salen a la portada del Babelia, sí».

-Lo cual es bastante contradictorio, porque Los Secretos al final tocan en teatros para 1.000 personas y estos grupos solo tocan en festivales a los que van 50.000.

-Bueno, ahora esta la moda de tocar en el Liceo o el Teatro Real.

-Yo vivo en una ciudad pequeña y, a lo mejor, tengo una perspectiva diferente, pero cuando hablo de cultura dominante pienso en David Bisbal, no en Los Planetas, que es en lo que sugiere usted.

-Eso es otra confusión que se ha generado. Cuando yo hablo de hegemonía hablo de una mezcla de ventas y prestigio. J, por ejemplo, me decía ¿si el hisperismo es una cultura dominante por qué Malú toca en el Sant Jordi y Morrissey toca en el Sant Jordi II el mismo día? Ella llenó y Morrissey no. ¿Dónde esta la cultura dominante? Lo que decía él es cierto, pero no creo nunca que la autobiografía de Malú la vayan a sacar en Penguin Classics como la de Morrissey. Cuando yo hablo de hegemonía y dominación hablo de la combinación muy especial de ventas digamos saludables y máximo prestigio cultural. Malú nunca sería portada de Babelia. Morrissey lo podría ser perfectamente. A Malú, a Manolo Escobar o David Bisbal nunca le van a dar el Príncipe de Asturias, pero a Bob Dylan sí aunque él toque en la Riviera y Bisbal en el Palacio de los Deportes. Entonces, no me fijo solo en ventas, sino en el prestigio cultural que tengas, el tiempo que vayan a durar tus discos y la importancia con la que se va a tratar.

-Es muy difícil encontrase con una entrevista musical seria a Malú o David Bisbal, que al final terminan en el terreno del corazón porque los periodistas musicales especializados no quieren hacer nada con ellos ni sus jefes darle cabida en sus páginas. De todos modos, de un tiempo hacia esta parte, existe una cierta autocrítica en la profesión. ¿Usted lo nota?

-Totalmente. Es lo que me ha pasado a mí, lo que le ha pasado a Nando Cruz, a la web Nativa de Barcelona, que tiene artículos muy interesantes en ese sentido, o mismo Ladinamo que fue muy crítica con esa postura del crítico cultural como un sacerdote que te dice lo que es bueno y lo que no. Luego es que ni siquiera haces tú ese trabajo, porque es algo que hace Mojo o Pitchfork y tú eres una especie de delegación. Yo en Público, por ejemplo, proponía sacar a M.I.A. y me decían que muy bien. Pero un día propuse a Marc Anthony y el director me decía que era una horterada. Yo le decía: «Pues será una horterada pero es el mejor cantante de salsa vivo que hay en el mundo y va a llenar el Palacio de los Deportes, no sé que más hace falta». A final salió, pero hubo que pelearlo.

-Cargó especialmente las tintas contra Acuarela en alguna entrevista, el sello que usted fundó. Curiosamente fue uno de los pocos sellos indies que acogió a grupos con intenciones políticas. Por ejemplo, Mus con «El Naval» ponían sobre la mesa la lucha de clases, Lisabö también admitían una lectura política de su obra, Diariu, igualmente. ¿No es contradictorio atacar a quien hizo algo en ese sentido?

-Hay que tener mucho cuidado con lo que es político o no. Que un artista se considere a si mismo político no creo que lo convierta en un artista político. Esto lo dice muy bien la crítica de cine que entrevisto en el libro Ana Useros. Señala que muchos artistas tiran de la política para ganar relevancia social. Ahora mismo, con el 15-M, todo el arte es político y ella pone el ejemplo de que hasta Ocho apellidos vascos se vende no como una comedia, sino que las tensiones de los problemas que hay en el País Vasco se pueden resolver con humor. Lo político es una medalla que se cuelga mucha gente aquí. Para que un arte se considere político tiene que ponerlo en valor en algún tipo de movimiento social o crear algún conflicto político. Te pongo un ejemplo personal. Yo era muy fan de los Manic Street Preachers, un grupo que se vende como político pero que jamás ha tenido un conflicto con ninguna autoridad del mundo y ningún movimiento social lo ha reclamado como suyo, como sí hicieron los parados en la era Tatcher al punk. ¿Por qué es político? Porque lo dicen ellos. Pues si analizas bien las letras, que es en parte por lo que me dejó de gustar, ves mucho narcisismo, mucho hablar de conflictos políticos que ya están resueltos como la Guerra Civil Española o el Che Guevara. Cuando fueron a Cuba no criticaron nada de lo que pasaba allí. Tuvieron un meet and greet con Fidel Castro y nada más. Otro tipo de música, como el disco, se lo apropiaron los gais y negros excluidos; el punk, los parados; el rock radical vasco, mucha gente a la que se consideraba chusma social en Euskadi; el bakalao, un montón de gente de clase obrera en Valencia que estaba excluida de la fiesta… Político no es solo que Fran Gayo, el cantante de Mus, diga: «Esto es político porque hablo de El Naval». ¿Tú crees que alguien que haya estado en el conflicto de El Naval haya dicho: «Esto me apela mucho, esto me reconforta, esto me da claves»? A mí me parece muy improbable que algo así suceda.

-Sí, seguramente, pero igual que esas lecturas políticas que hace Simon Reynolds de las raves. La gran mayoría de la gente está drogada pasándoselo bien y el lunes ya se olvida de todo.

-Claro, Reynolds dice que hay una parte muy pequeña que fue política. Yo estoy de acuerdo con ello. La parte política fue la rave autorganizada. No es lo mismo ir a un club de moda, pagar la entrada, drogarte, pagar copas a 7 euros e irte, que tener que quedar un mes antes con tus amigos, ir por la ciudad, coger un sitio vacío que tenga que ver con la especulación inmobiliaria, alquilar un sound system, decidir los precios, ocuparte de la seguridad y de la hidratación de toda la gente que va a ir… Eso crea un lazo comunitario. Para cada rave hacen falta 15 personas que están haciendo do it yourself un mes. Eso es político. No todo lo que tenga un ritmo techno va a ser político y todo lo que sea indie va a ser de derechas. Por ejemplo, los Housemartins son un ejemplo brillante de un grupo político. Después de la época de los New Romantics, en la que los artistas eran como figurones, reivindicaban la normalidad, la amistad y los placeres sencillos y normales de la vida cotidiana de la clase trabajadora. Tuvieron mucho éxito. Lo que pasa es que claro yo no quería hacer un libro de 400 páginas, sino algo que se leyese. Y claro, se pierden algunos matices.

-Por eso ahora está dando tantas entrevistas. En plan broma, un amigo me decía: «Sé hipster, haz la entrevista sin leer el libro y ponlo a parir».

-Sí, el 90% de la gente que opina en la redes sociales no ha leído el libro y yo agradezco que tengan la honestidad de decirlo [risas].

-¿No habrá la postura de «No voy a contribuir a la causa ya que esto va contra mí»?

-Eso lo entiendo. Pero se lo hemos mandado a todo el mundo que nos lo ha pedido y se lo he ofrecido a la gente que creía que podría ser interesante que lo leyese. Es un libro que cuesta 16 euros, que se lee en tres o cuatro horas. Un ejemplar lo pueden leer cuatro personas. No creo que sea muy caro.

-Hace tiempo hice un artículo sobre el giro político que había dado el indie en Galicia. Hubo un lector que opinó que eso era imposible, porque la generación indie lleva la desafección, la épica individual y el narcisismo de serie. Lo podría haber escrito usted.

-[se ríe] Yo no sería tan radical. Es cierto que el indie es un género que tiene mucho de eso, pero si tú pones de tu parte puedes llegar a cuestionarlo y compensarlo por completo. Un ejemplo para mí es Nacho Vegas. Si tú escuchas Cajas de música difíciles de parar, que era un disco atormentado con esa estética del yonki torturado, y lo pones frente a Resituación, parecen dos artistas diferentes. Creo que fue producto de un cuestionamiento de Vegas. Pienso que el indie puede ser una música empática con las cuestiones sociales, pero que tiene que hacer un esfuerzo muy grande porque parte de unas premisas que no son muy propicias para eso. Aparte, creo que no hay que centrarse solo en las letras. Hay otras cosas. Por ejemplo, Benicassim o el Tanned Tin, ¿por qué tienen que ser empresas capitalistas al uso y no puede ser una cooperativa? En la época de los hippies y la contracultura estaban las comunas y las cooperativas, en un intento de organización más fraternal. En el indie no. Aquí hemos asumido que el modelo de empresa capitalista es lo que hay y que no se puede hacer nada. Y las empresas son como cualquier otra. El jefe siempre es un chico, la de promoción es una chica… Estamos reproduciendo el sistema dominante, en vez de cuestionarlo. A mí el indie me parece mucho más interesante cuando más haga un esfuerzo por ir contra eso.

-En los últimos años grupos como Vetusta Morla, León Benavente, Triángulo de Amor Bizarro, Ornamento y Delito, entre muchos otros, han dado un giro en sus letras. ¿Le parece algo válido?

-En la coda, meto una frase de Gari de Ornamento y Delito en la que decía que «muchos nos sentimos gilipollas en el Primavera Sound del 2011 estando ahí bailando mientras estaban los mozos dando palos en la Plaza de Cataluña». Me parece algo totalmente válido. Yo me alegro mucho que un grupo como Vetusta Morla se hayan politizado. Nada es instantáneo, es un proceso. O has tenido la suerte de tener padres que te han puesto en el carril de la conciencia política desde muy temprano o, si no, forma parte de un proceso. Para cambiar a mejor siempre hay margen. Casi todos los grupos que han dado un giro político no me chirrían, me alegro mucho de esa politización en los músicos indies. En realidad, estamos viviendo un reconocimiento de lo político, que para mí es un paso adelante y nos confirma que durante un montón de tiempo muchos vivíamos en una especie burbuja estética. Que esta politización esté mejor o peor hecha no tiene tanta importancia. Lo esencial es que ya no excluimos nuestros conflictos cotidianos del discurso artístico.

-Cuando se habla de política en la música siempre se mira al mismo lado: hacia una política de izquierdas tipo IU o más allá de ello. ¿Es la única opción válida? ¿No se puede ser político desde otras posiciones incluso de derechas?

-Se puede ser, mira Morrissey que apuesta por el partido político equivalente a la Falange Española.

-No hablo de llegar a esos extremos, por supuesto.

-Yo no tengo ningún apego a la palabra izquierda. Sobre todo después de ver lo que ha pasado con Podemos, que ha renunciado a esa palabra y ha tenido mucho más eco social. Hay palabras menos ideológicas y mucho más importantes, como igualitario. Me identifico mucho con eso. No quiero una élite de rojos que ganen mucho dinero y unos obreros que ganen como ahora. A mí me gustaría un mundo en el que David Bowie no ganase mucho más que una enfermera. No sé qué hace David Bowie que merezca que gane ocho millones de veces más que una enfermera. Hay que ir más a lo práctico. Por ejemplo, me gustaría que las revistas en donde he escrito o los sellos donde he estado se organizasen de una manera más horizontal, aunque bueno Acuarela era una empresa tan pequeña que funcionaba casi como una cooperativa. Me gustaría que en las revistas las redacciones fuesen más comunitarias, los sueldos iguales para todo el mundo, no muy grandes para los directos y muy pequeños para los redactores. Más que izquierdas, yo diría eso, igualitarismo. ¿Qué si me parecen bien las posiciones anti igualitarias en plan “Steve Jobs y Bob Dylan son gente súper especial y merecen ganar 35 millones de euros al año y tú como no eres tan especial te conformas con 900 euros al mes y, aún por encima, de forma precaria”? No me parecen posturas legítimas, sino rechazables.

-«Rockdelux» es quizá la única revista musical de las importantes en España que ha adoptado un posicionamiento político. Una vez escuché a un lector decir: “Cada vez que leo el manifiesto ya sé lo que va a decir y cómo se va posicionar”, indicando que casi siempre respondía a un planteamiento de izquierdas. Eso crea una necesidad dentro de la cultura indie de, al menos, aparentar que se es de izquierdas.

-No estoy de acuerdo con ese análisis. En Manifiesto hicieron un articulo muy contrario con Chávez. También otro muy pro-Israelí. Las posiciones que tú llamas de izquierdas eran calcadas de los editoriales de El País, posiciones de de buenrollismo liberal que yo llamaría progre. Lo que se ha hecho más a la izquierda o más igualitarios que El País ha sido gente muy contada, cosas de Roberto Herreros, de Nando Cruz o mías. Rockdelux pidió el voto en los noventa para Pasqual Maragall. Para mí es una revista muy en la onda del PSOE. Sacaron con el 15-M el articulo «PSOE-PP la misma mierda es» que hice yo. Pero eso fue una salida de la línea editorial más que una consecuencia. Yo creo que ha quedado claro que no son nada empáticos ni con la lucha feminista, ni con la canción política, tampoco se quisieron posicionar con No Age y lo de Converse en el Apolo.

-En la solapa del libro dice que «colaboraba» en Rockdelux, en pasado. ¿Va a dejar la revista?

-Sí, he dejado de colaborar. Mi línea de enfoque musical se había ido alejando de la de Rockdelux. Yo suponía que una revista cultural es un foro de debate y que se podían aceptar distintas posiciones. Pero he tenido bastantes roces con Santi Carrillo, su director. Me llamaba preguntándome por qué hacía una pregunta determinada, por qué hacía un determinado enfoque, por qué hablaba siempre de los guetos, por qué esa obsesión por la música negra… Luego, no me gustó nada la reacción de la revista al artículo del Machismo gafapasta del Diagonal. Me pareció muy intolerante, con muy poca autocrítica. No me ha gustado la violencia con la que se ha rechazado Resituación de Nacho Vegas, porque las preguntas que le hicieron en aquella entrevista parecían sacadas de El Gato al Agua de Intereconomía. No me voy porque esté en desacuerdo, sino que son un montón de cosas. Hay hostilidad al discurso que he cogido, no sintonizo mucho con la línea y, además, soy padre de una hija y en breve seré de otro. No puedo colaborar por tan poco dinero. Les dije que dejaba de colaborar y hacer el Truco o Trato. Ahora, aprovechando el número especial y el cambio que va a dar la revista, me voy. Ya hace ocho meses que lo sé.

-En su libro se refiere continuamente a Rockdelux como la revista hispter. Yo no creo que los hipsters lean Rockdelux ni que lo que diga Rockdelux tenga la importancia que podría tener en los noventa.

-De acuerdo, pero ¿digo que Rockdelux es hipster?

-La mete como la revista de referencia de todo al ambiente al que critica. Eso también es un problema: pasa de indies a hipsters y a gafapastas de un modo que uno no sabe dónde empiezan unos y terminan otros y si se confunden.

-Es una mezcla de todo, a mí eso no me importa tanto tampoco. Creo que tanto el indie, como el gafapastismo como el hipsterismo comparten una sensación de que tus consumos culturales supuestamente exquisitos te ponen por encima de los demás. Creo que eso sí se da en muchos lectores y redactores de Rockdelux. A mí me ha pasado, pensar: «Oigo a Mercury Rev, soy un oyente súper avanzando respecto a quien escucha a Extremoduro». O que la música jamaicana la escuchan los pies negros pero yo escucho un artista de dub de Warp que es superior a cualquier cosa que se haga en Jaimaca. Ahí hay una posición de snobismo y clasismo cultural. Y sí, son términos que se confunden porque son porosos, pero a mí me interesaba esa posición de superioridad cultural más que la taxidermia de hasta dónde llega el hispter, el gafapasta o el indie.

-Menciona como algo negativo el que los grupos no sean subversivos o generen conflictos. ¿No acepta que exista una música amable y válida?

-Sí, el folk, por ejemplo. Me parece una música muy política y muy amable, pero que crea conflictos políticos. Pete Seeger ha estado militando en mil sindicatos y ha sido la banda sonora de muchas luchas contra la contaminación. El folk es amable, suave y fraternal, pero ha creado conflictos. ¿Cómo se justifica que un grupo sea político y no cree un conflicto con nadie? Yo, por ejemplo, me pongo una camiseta de NWA en el Primavera Sound y puedo ser alguien guay. Pero si eres un negro en Los Ángeles y te pones esa camiseta al día siguiente de que pegaran a Rodney King, pues lo más seguro es que te crees un problema. En ese contexto NWA son un grupo político. En el contexto del Primavera Sound, no. Todo lo político siempre tiene que ver con el contexto. Si tú pones al Elvis joven a tocar en los Emiratos Árabes Unidos moviendo las cadenas en el 2014 se crea la revolución. Si lo haces en Las Vegas, sería lo normal.

-Eso lo dice constantemente de Arcade Fire, que los considera el grupo de referencia. Insisto: ¿qué necesidad existe de que Arcade Fire generen un conflicto contra algo?

-No hay ninguna necesidad, pero es que ellos van de que odian el mundo moderno, de que esto es una bazofia y que todo se ha vulgarizado. Tienen una posición política anti moderna. Las letras arremeten contra el mundo moderno, pero ¿qué salidas me dan? ¿qué hacemos con él? ¿que diagnóstico dan? El único conflicto que han tenido ha sido con sus fans al pedirles que fueran vestidos de gala a un concierto. Si lo hubiera hecho Julio Iglesias diríamos que se le ha ido la cabeza. Eso me pareció muy revelador de las prioridades de Arcade Fire.

-En «The Suburbs», que es el disco al que se refiere, el grupo hace un lamento igual que le puede pasar a mucha gente que, de pronto, se refugia en la nostalgia de cómo eran las cosas en el pasado. Puedes sentir empatía con ese sentimiento, sin tampoco proponer ninguna salida porque a lo mejor ni la conoces, ni la sabes. ¿No cree?

-Ese tipo de nostalgia es muy reaccionaria. Arcade Fire dice: «El mundo moderno es una mierda y nosotros somos gente super sensible y nos sentimos muy afectados por eso, pero no vamos a hacer nada. Vamos a recrearnos en nuestra nostalgia y nuestra hipersensibilidad en los dos próximos años que estaremos de gira con este disco». Eso para mí es reaccionario, en el sentido de encerrarte en ti mismo. Puedes ver que en el mundo también hay cosas buenas, hay gente que está protestando contra lo que se está organizando. Eso es lo que era la contracultura. Cuando Estados Unidos se tiraba hacia la derecha la gente organizó comunas, tomó drogas, intentó ser fraternal, quemó la cartilla de reclutamiento de Vietnam… Arcade Fire apoyó la reelección de Obama después de que rescatara Wall Street, mantuviera abierto Guantánamo y siguiera con la política militarista en Oriente Medio. ¿Si el mundo moderno es una mierda por qué pides el voto para Obama, que es una persona que lo está haciendo más mierda todavía?

-Ese tema lo toca en libro. Como existe una condescendencia hacia los artistas anglosajones que se posicionan políticamente con un lider como Obama o Clinton, cuando aquí se hacen mofas si se hace algo parecido con Zapatero. Aún siendo Obama más reaccionario.

-Sí, en cuestiones de género o la memoria histórica, Zapatero fue mucho más progresista .

-Hay una crítica a su libro que se repite continuamente: que usted cuestiona esa postura de superioridad del hispterismo desde una postura igual de superior.

-Me alegra que alguien me haga esa pregunta, en vez de directamente la acusación [risas]. No sé qué posición de superioridad puede haber cuando reconozco en el libro que de los últimos 20 años que he escrito, 16 tienen muy poco valor. Yo creo que es un ejercicio de humildad, pero como tengo ese estilo de ir al grano y a ratos contundente pues puede parecer otra cosa. En el primer capítulo digo que cuando me meto con los modernos no es desde la superioridad porque yo he sido uno de ellos durante mucho tiempo. Creo que esa crítica está injustificada.

-¿Ese papel de “moderno renegado” no le dio un poco de apuro al principio?

-Sí, claro. No sabía cómo enfocarlo, si ponerme en plan lastimero diciendo que todo lo que había hecho era equivocado, si pasar de la primera persona y hacer como que no lo reconozco… Era muy complicado escoger un punto de vista honesto y que fuera cómodo para mí. Le he tenido que dar muchas vueltas para encontrar uno. No sé si ha sido el mejor, pero me he esforzado mucho en lograr hacer una crítica y, al tiempo, no excluirme yo de esa crítica. No ha sido un libro de pasarlo bien, sino espinoso.

-¿Hay cinismo en el libro?

-El libro entero es una denuncia del cinismo.

-No, lo digo respeto a su postura, si está criticando algo que, en realidad, no cree que es tan criticable.

-No, al revés. Hay un párrafo en el que digo que los hipsters saben que todo lo que digo es verdad. Que las empresas culturales donde trabajamos nos explotan. Que hay un gran acervo anglosajón en nuestros gustos culturales. Que hay machismo en el ambiente cultural. Que la música que viene de Latinoamérica se considera inferior a la que viene de Nueva York. Lo que yo estoy diciendo no lo discute nadie. Lo que discuten es quién soy para decirlo, el tono que empleo o las ganas de salpicar a la gente. Yo no quiero salpicar a la gente, sino compartir los argumentos que me han hecho cambiar de enfoque.

-Se queja de que le paguen tres euros por una critica de un disco en la prensa musical. Pues aún menos mal, porque en muchas la norma es que no se pagan las criticas de discos ni los conciertos.

-Claro, es que tenemos tan poco que perder que por qué seguir así. ¿Por qué seguir a Pitchfork habiendo tanto Soundcloud? El perfil de los críticos musicales es muy uniforme: chico universitario de clase media, que no baila, que es muy de escuchar la música en su habitación, pero siempre de un modo individual. Es imposible que exista una crítica musical competente si solo se presenta un enfoque en las radios, en la prensa y en los periódicos. Eso es bastante evidente. No se critican los argumentos, sino quién los dice. Es como cuando a Nacho Vegas le decían en Rockdelux ¿quién eres tú para tirar la primera piedra?

-Insiste mucho en la entrevista de «Rockdelux» a Nacho Vegas. ¿No cree que usted está atacando con la misma dureza a toda esa cultura hispter?

-No creo que sea lo mismo defender una posición de poder que una posición contra el poder. No es lo mismo que David Fernández saque una zapatilla delante de Rato y se ponga un poco hostil que un policía saque una zapatilla y se ponga a mirar a un manifestante en plan «te voy a dar una hostia». Si yo cuestiono la homogeneidad cultural delante de un artista que entrevisto en Truco o Trato estoy defendiendo un poco una posición de apertura, de heterogeneidad y diversidad. Pero si alguien están defendiendo que la música tiene que ser apolítica y que, si hace algo político, es panfletaria está defendiendo una posición muy pro sistema. Creo que son cosas diferentes. Me parece más aceptable un panfleto de Valerie Solanas diciendo burradas sobre los hombres y que hay que acabar con nosotros, que un panfleto de un hombre diciendo que hay que acabar con las mujeres o un hombre blanco diciendo que hay que acabar con los negros. No es lo mismo el Ku Klux Klan que los Black Panthers, aunque los dos tengan un lenguaje hostil. La música es una cosa mucho menos importante que la política y, por eso, yo me siento un poco mas liberad para tener un discurso más contundente. Escriba lo que escriba no va a afectar a la vida de nadie. De todos modos yo uso el mismo tono que he escuchado los hispters cuando hablan de las chonis, los bakalas o los perroflautas.

-Es que usted usa la palabra gafapasta con la misma carga peyorativa que se usa lo de perroflauta.

-Te doy la razón. Pero no hay un perroflauta en cada redacción de cultura de los periódicos, no hay una emisora perroflauta como Radio 3, no hay una web perroflauta con tanto poder como Pitchfock, no hay una HBO que haga series perroflautas cada tres meses. Son posiciones diferentes: una que es muy hegemónica dentro de la industria cultural, que es la hipster, y otra que está totalmente desprestigiada.

Fotos: Clara Martínez-Lázaro

El Mardi Gras fue por un día una taberna

Escrito por Javier Becerra
27 de octubre de 2014 a las 9:48h

Los conciertos de Retroalimentación han saldado ayer otra deuda pendiente. Desde aquella sorprendente irrupción en el festival Sinsal San Simón del 2013, Caxade se convirtieron en objeto de deseo de este blog. Los llevamos a un territorio rock y, durante una hora y pico, aquello se transformó en una taberna con la música haciendo de pegamento comunal. Con su folk-pop abiertamente político y reivindicativo, el grupo trenzó un concierto con introducción, nudo y desenlace maravilloso.

Antes, estuvieron Grampoder: versión minimal de lo que en su día fue The Homens. Pop acústico (o no tan acústico) que se mueve entre la suavidad, los ambientes psicodélicos y toques de afropop. Versionando a Franco Battiato y revisando los temas de Golf Whiskey dejaron una bonita actuación. Al final, las dos bandas terminaron tocando juntas cerrando una noche para el recuerdo. Otra más. Muchas gracias a las las bandas, a la sala y al público por permitir que todo esto se puede seguir haciendo.

Próxima parada: Cooper, 21 de noviembre en la sala Mardi Gras

Iron Maiden revisitan sus años ochenta

Escrito por Javier Becerra
21 de octubre de 2014 a las 16:27h

La banda más emblemática de la historia del «heavy-metal» acaba de echar una vista atrás. Parlophone records, reedita en vinilo todo su material de los años ochenta, ocho discos que definieron sonora y estéticamente uno de los universos más personales e inimitables del planeta rock

Aparecieron en los años ochenta como la fantasía metálica perfecta. Bestias, diablos y bajos trotones. Épica a chorro, mallas elásticas y puesta en escena cuasi operística. Pelos largos, esoterismo y punteos prodigiosos. No contaban con el apoyo de los medios. Pero tanto daba. No encajaban en las modas de Nuevos Románticos ni el synth-pop. Pero no importaba. No tenían posibilidades de ser radiados masivamente. Pero eso era lo de menos. Iron Maiden contaban entonces con un cóctel perfecto para absorber a miles de jóvenes en su mundo de guitarras afiladas, monstruos emergiendo en la nocturnidad y sensación de tenebrosa irrealidad. Y consiguieron que esos seguidores se multiplicasen en todo el mundo.

Se suele marcar como punto de inflexión The Number Of The Beast (1982), su mejor disco y una de las piedras filosofales del heavy metal. Tras despedirse de Paul Di’Anno, el cantante malencarado que le dio músculo al grupo en sus dos primeros álbumes — los muy apreciables Iron Maiden (1980) y Killers (1981)–, en su tercer disco Iron Maiden entraban en una división estratosférica. Con Bruce Dickinson como vocalista, el grupo explotaba totalmente. Respaldado por Steve Harris (bajo), Dave Murray (guitarrista), Adrian Smith (guitarra) y Clive Burr (batería) trenzaban un elepé que no solo amenazaba como los anteriores. Iba más allá. Sirva como ejemplo el tema titular: arranca en susurros, va subiendo en intensidad y pulmón se transforma en un enorme fuego de artificio. Ciega.

Tras ella llega Run To The Hills, trepidante como una persecución, lleva al extremo con una magnífica batería y ese estribillo que dice «¡corred por vuestra vida!». La canción trataba de algo tan lejano a los problemas de un chaval occidental en 1982 como la conquista de América y el exterminio de los pueblos indígenas. Pero se convirtió en todo un himno. Poniéndola a todo volumen (y a ser posible con las ventanas de la habitación abiertas para expandirlo por todo el vecindario), los fans se sentían liberados por aquel sonido poderoso y excitante. Marcó a una generación de jóvenes rebeldes. Y, solo hay que hacer la prueba, continúa igual de vigente en 2014.

Es probable que en esa dupla formada por The Number Of The Beast y Run The Hills se encuentre el calambre definitivo de Iron Maiden. No se trata de reducir un grupo tan vasto a un par de temas, nada más lejos de la intención de este texto. Pero resulta fácil comprender cómo una formación que hasta entonces había gozado de un éxito moderado, se convirtió ahí en un fenómeno global. El oleaje arrastraba al mundo particular del grupo. Si en él se generaba polémica (que con un título como «el número de la bestia» no tardaría en aparecer, especialmente en EE.UU.), pues mejor que mejor. A ciertas edades una dosis de confrontación es el mejor de los caramelos.

Con ese disco Iron Maiden se convirtieron en atípicos superventas. No solo de discos y entradas de conciertos, también de merchandising. Pocas bandas habían explotado hasta el momento ese aspecto de un modo tan eficaz. Eddie, el zombi que sale en todas sus portadas, se plasmó en mil y una camisetas que hicieron esa promoción que los grandes medios omitieron. Creado por Derek Riggs se convirtió en su más eficaz herramienta de márketing. Colocado bajo logotipo del grupo en las cazadoras, las camisetas negras y las carpetas estudiantiles de sus fans, logró colarse en los sitios más insospechados. Quien no se había sentido atraído por el sonido, lo hacía por la estética.

Como se puede ver Iron Maiden eran, ya en los primeros ochenta, una eficaz maquinaria empresarial. Con una férrea disciplina de trabajo y producción (a disco por año, sin dejar de girar en ningún momento) decidieron conquistar el mundo definitivamente con Powerslave (1984). Para su presentación se embarcaron en la gira The World Slavery Tour. Durante 331 días ofrecieron 191 conciertos en 23 países diferentes con un colosal escenario inspirado en el Antiguo Egipto. Con Eddie pasando de faraón a una gigantesca momia que echaba fuego por los ojos, el quinteto británico definió para siempre no solo un espacio propio en la música, sino en el mercado.

Su pase en el Rock In Rio de 1985 se recuerda como una de las actuaciones más memorables del festival. Y para que los fans pudieran conservar un pedazo de esos días de gloria cumplieron con la edición del doble elepé en vivo Live Afther Death (1985), recogiendo uno de los directos del aquel mastodóntico tour. Todo mientras entre una buena parte de la crítica rock se les seguía ninguneando y mirando por encima del hombro. Se les veía como una banda de circense, con delirios progresivos y fuera de toda realidad.

REINVENCIÓN
Hasta el momento Maiden no habían patinado de verdad ni una sola vez. Puede que en Piece Of Mind (1983) se mostrasen algo irregulares, alternando aciertos como The Trooper o Flight Of Icarus con temas algo más flojos en la segunda mitad del disco. Pero, en general, la producción del grupo alcanzaba hasta la fecha un altísimo nivel. Quedaba por ver si se iba a mantener tras la resaca de la macrogira de Powerslave. Con el heavy americano cotizando al alza e imponiéndose una tendencia cada vez más roquera y glam, los ingleses optaron por evolucionar dentro de su propio sonido, aislándose de la corriente.

Sí, Iron Maiden no se iban a cardar el pelo ni a usar lápiz de ojos. Fieles a las tachuelas y las zapatillas deportivas, insistirían en su sonido pesado, trotón y cada vez más elaborado en un Somewhere In Time (1986) futurista. Sí, ligeramente más sintético e incluso con cierto gancho comercial (¿no es el de Wasted Years un estribillo definitivo?) este disco marcó el devenir del grupo en la segunda mitad de la década. El álbum se cierra con Alexander The Great, otra de sus laberínticas piezas históricas, honrando en esta ocasión a Alejando Magno.

El periplo ochentero de Iron Maiden concluye con Seventh Son Of A Seven Son (1988), un trabajo cuya portada sugiere una especie de final. Esotérico y lleno de simbología alcanza su clímax en el tema homónimo, una de las piezas más ambiciosas de Steve Harris. Daba a entender que se estaba ante el final de algo. La deserción de Adrian Smith tras su gira de presentación lo confirmaría. Obviamente, Iron Maiden siguieron adelante. Pero ya nada sería igual. Toda su trayectoria posterior iba a ser comparada con los ochenta, su época dorada.

Fulgurante inicio de la tercer temporada de Los conciertos de Retroalimentación

Escrito por Javier Becerra
27 de septiembre de 2014 a las 16:42h

Inicio fulgurante de la tercera edición de Los conciertos de Retroalimentación. Con un Playa Club con un aspecto inmejorable, la noche fue de guitarras, rugidos y guarrería sonora. Abrieron Wild Balbina (en la foto) intentando emerger sus melodías pop entre su estructura garagera, gustando por su imagen y aún más por sus canciones. Le siguieron Lady Leño, poderosos, oscuros y agresivos. Con reminiscencias de Parálisis Permanente, demostraron estar en el momento óptimo de despegue para atreverse con un disco. Toda una sorpresa para quienes solo los conocían por sus temas colgados en Internet.

Y la velada la cerró Srasrsra, amigos de este blog desde hace tiempo (no en vano soplaron las velas del cuatro aniversario de la Retroalimentación junto a Mano de Obra). Ofrecieron lo que todo el mundo quería que ofreciesen: pop-punk centelleante directo al sistema nervioso del público. Su fórmula sigue funcionando y nosotros estamos encantados de la vida que así sea. Una jornada fantástica que nos invita a pensar que este tercer años de conciertos va a ser otro gran año. Muchas gracias a las bandas por enrollarse tan bien. Muchas gracias al público por seguir respaldado esta iniciacitva. Y muchas gracias al Playa Club por acogernos.

Próxima parada: Caxade + Grampoder, en sala Mardi Gras el 24 de octubre

Ruido poderoso en el crepúsculo

Escrito por Javier Becerra
31 de agosto de 2014 a las 11:49h

Toy
Santiago, Cidade da Cultura
30-8-2014

Ocurrió mientras sonaba Dead & Gone, con el cielo anaranjado dibujándose tras sus siluetas de melena al viento. En ese momento Toy estaban creando verdadera magia. Una canción perezosa y maquinal que, de pronto, obligaba a respirar fuerte y subirse a ella como quien dice adiós al mundo gris del día día. Toda esa romántica exploración del ritmo, la melodía y el ruido que realizan los británicos lograba ahí un summun. La recta final del tema, con esa guitarra elevándolo al infinito, podría durar horas y horas. Nadie protestaría. Era tanto el placer auricular y plástico ahí condensado que si en ese momento alguien preguntase dónde está el paraíso algunos dirían sin dudarlo: aquí.

El quintento londinense volvió a encantar en Galicia. Lo habían hecho ya en una actuación para la historia en el Festival do Norte del 2013. Ahora refrendaron todo en otro formato. Con la estampa pretendida en los Atardeceres do Gaiás en su grado máximo, el cielo cambió tras ellos de color. Primero, azul. Luego, naranja. Más tarde, verde. Finalmente, negro. No contaron con el mismo volumen de Vilagarcía. Tampoco de medios. El modesto set de luces fue exprimido al máximo por su técnico logrando resultados sorprendentes. Además, hubo un acento en el lado más pop de la banda que entonces. El resto, prácticamente igual. Es decir maravillosamente igual.

Sí, Toy lanzan una flecha certera al corazón de aquellos que se pirran por el kraut-rock y el sonido shogazer. Buscan hipnosis, pero también evanescencia. Por ello, cada vez que desde el escenario se soltaba un chorro de humo, la sensación fantasmagórica de ver sus cuerpos desdibujándose resultaba la materialización física de su música. Como si vivieran de espaldas a ese mundo pop que descubrió las guitarras angulares del post-punk y se quedó atascado ahí para siempre, Toy proponen algo tan fuera de tiempo, de onda y espacio como lo que en su día fueron Ultra Vivid Scene, Galaxie 500 o Spacemen 3. Dicho de otro modo de otro modo, su música se revela pura, misteriosa e, insistimos, romántica.

Hubo calambres. También momentos en los que la piel misma del corazón se ponía de punta. Los polvos mágicos de Conductor abrieron la noche y, suspendidos en el aire, se impregnaron en la piel de todos los presentes. Si en el disco remitía a Neu!, en directo su excelente batería parece sacado de Joy Division. Él marca el ritmo mecánicamente humano, mientras la pareja de guitarristas le echan encima cataratas guitarreras. Todos parecían concentrados, ensimismados en la música, formando parte de una misión en la que se revisaba sus dos álbumes para el deleite general. Cayó, cómo no, Motoring deliciosa. También la psicodelia enredadora de As We Turn. Y, por supuesto, Join The Dots, un momento final sublime guiado sobre un bajo triangular del que surgió toda una estampida de lava ruidosa.

No resultó tan avasallador este paso como el del Festival do Norte. El marco era otro y el concierto, por lógica, tenía que resolverse de modo diferente. Pero, aún así, resultó una actuación sensacional de una de las mejores bandas británicas del momento. Porque sí, puede que no se les tenga en cuenta en los medios patrios. Aunque quien se pone ante ellos, no los olvida. Y eso es lo que cuenta. Ojalá pudieran volver algún día por aquí en una sala.