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Magia con interrupciones

Lunes, marzo 28th, 2011

Cristina Rosenvinge
Sala Le Club, A Coruña, 25-3-2011

Junto a lo del músico-que-va-como-dj, el gran bluff de la década pasada fue la moda de los conciertos acústicos y/o mínimos. De pronto, amparados en las supuestas excelencias de las desnudez, los escenarios españoles se llenaron de artistas que se mostraban a su público sin banda. Con una sola guitarra y su repertorio, se vendía como concierto excepcional lo que en realidad era, en la mayoría de los casos, una actuación capada que difícilmente aguantaba el formato más allá de 3 o 4 canciones. Y todo por una única razón: al igual que lo del músico-dj, resultaba más económico traer a una sola persona o dos a tocar, que hacerlo con un una banda al completo, con su técnico y toda la parafernalia. El resultado deparaba alguna sorpresa agradable (por ejemplo, la trabajadísima vuelta de tuerca a la que Jeff Tweddy somete a sus temas en clave acústica), pero en general conducían hacía la frustración del público, que se “imaginaba” la carne instrumental que, en condiciones normales, cubriría esos esqueletos sonoros.

Algo de eso ocurrió e la visita de Cristina Rosenvinge a Le Club, el pasado viernes. Al contrario de su actuación del 2006 (en formato trío, mínimo pero suficiente), esta vez lo hizo acompañada solo de Charlie Bautista. Ella se alternaba guitarra y piano. Él la completaba con otra guitarra y coros. Y tal desnudez en sus canciones puso en evidencia la primera parte del concierto que, si bien arrancó prometedor con Jorge y yo, empezó a mostrar demasiadas carencias en Nuestra casa y Negro Cinturón. Como si no respirasen dentro de ese modelo, se mostraron rutinarias y algo torpes, pendientes de esa trabajada vuelta de tuerca a la que se hacía mención antes. Poco a poco, iba quedando claro que la magia que acompañó a Cristina en aquel pase del Mardi Gras no se iba a conjurar en esta ocasión, al menos no en la misma medida.

Sí, porque a medida que avanzó el concierto y se sucedieron sus canciones más redondas, la actuación fue recuperando brío. Hablamos de A Liar To Love, el único tema rescatado de su paréntesis en inglés, y que recordó la excelencia de aquella etapa en la que tanto remitía a Nico. También de Weekend, con sus versos post-relación cantados por la audiencia con una sonrisa de oreja a oreja. Y, cómo no, esa maravilla titulada La distancia adecuada, posiblemente la mejor canción de su carrera, tan, tan buena que aguantaría incluso una interpretación a capella.

Por eso, al final Rosenvinge terminó triunfando, pese a todo. Hasta el punto de ofrecer un bis, retirarse y tener que volver al escenario cuando ya sonaba música en la sala y se habían encendido las luces. Todo, porque el público no se quería ir, como cuando los bises recobran su razón de ser. Encantadora, se sentó al ladito del público y, como quien da un regalo, rescató un No lloro por ti que endulzó completamente una noche que, si bien fue un poco a trompicones, terminó por engatusar. Aunque no lo suficiente como para olvidar que la otra vez que estuvo aquí gustó más, tanto por instrumentación como por repertorio.

Festival Sinsal: Young Marble Giants

Martes, mayo 27th, 2008

(Con motivo del inminente concierto que ofrecerán Young Marble Giants en Vigo, recordamos fugazmente esta fantástica banda que vuelve a los escenarios. La actuación se enmarca dentro del festival Sinsal y será el jueves 29 de mayo. Más info aquí)

Como ocurre con Suicide o Beat Happening, los galeses Young Marble Giants pertenecen a ese elenco de bandas donde se da una gran paradoja: el gran público conoce mucho más a quienes han influenciado, que a ellos mismos. Sí, mucho nos tememos que, al margen de las loas de la prensa especializada, siguen ahí en el estante de las bandas de culto sumando fans de modo paulatino, y sin que tampoco entren dentro de los objetivos de ningún revival. Su efímera trayectoria original (apenas dos añitos, años entre 1978 y 1980) quedó comprimida en el fundacional Colosal Youth, un disco mítico donde los haya y del que han bebido toda clase de grupos, de Nirvana a Yo La Tengo, pasando por Galaxie 500.

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Provincianos y apocados, se forman en Cardiff en torno a una pareja de hermanos, Philip y Stuart Moxham, y la vocalista Alison Statton. Viven completamente ajenos el ajetreo de las grandes urbes del pop y se nota. Su música suena apática, gris y sin neones, como si fuera elaborada para el consumo doméstico, al margen de todo, sin ninguna pretensión. Pero precisamente es eso lo que hace tan excitante y singular: descubrirla es reencontrarse con la originalidad en estado puro. Nada hay de artificio en ella, todo queda reducido a lo mínimo. En Young Marble Giants corre el aire entre una caja de ritmos, unos teclados en los que se invocaba a Booker T & MG´s con el alma de un infante, una guitarra de acordes tímidos y esqueléticos y la imperturbable voz de Alison. El discurso es extraño pero cautivador, algo totalmente revolucionario en una época en la que los cambios se pedían entre gritos y desgarro. Lo suyo, era obvio, iba por otro camino. ¿Podríamos hablar de la otra cara de la moneda de Joy División? Ummm…

Young Marble Giants ejemplificaron sin saberlo su papel de banda maldita perfecta y, como una efímera chispa, desaparecieron de inmediato como una anomalía incomprendida. De hecho, el propio Stuart declaraba sobre sus directos en el NME en su día: “La gente se levantaba y se iban porque nuestra música no era precisamente el sonido de moda. La verdad es que nadie sabía muy bien qué hacer con nosotros”. De sus cenizas surgieron otras bandas (Weekend fue las que más renombre logró) y Stuart Moxham se convirtió en un habitual colaborador de muchos grupos. Ahora, sin embargo, dejándose llevar por la oleada de retornos vuelven a los escenarios (el indie, nos tememos, ya se ha hecho mayor y burgués), en una oportunidad histórica.

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