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Archivo para Octubre, 2014

Víctor Lenore: «A Bisbal nunca le darán el Príncipe de Asturias, pero a Bob Dylan sí»

Viernes, Octubre 31st, 2014

La publicación de Indies, hipsters y gafapastas, crónica de una dominación cultural ha producido un pequeño terremoto en cierto ambiente musical español. En él el periodista Víctor Lenore, todo un renegado de la causa indie que fue coordinador de Spiral o firma destacada de Rockdelux, expone su punto de vista sobre lo que considera la imposición de una hegemonía cultural por parte de un grupo que responde a los valores del clasismo, el capitalismo y hasta el racismo. En esta entrevista el autor explica algunas de las claves de un ensayo escrito en tono confesional que sigue levantando ampollas.

-¿Por qué este libro?

-Aunque parezca mentira, yo no estaba muy convencido de escribirlo. Pero algunos amigos que tengo a mi alrededor, de la revista Ladinamo en donde escribí en los dosmil, me convencieron. Personalmente, me impactaron un par de libros muy interesantes de Chavs Owen Jones sobre el clasismo en Inglaterra y sobre el ciberfetichismo. La gente los leía y, en vez de ver cómo todos caemos en esas cosas del clasismo y el excesivo optimismo por la tecnología, no asumía su crítica. Es decir, cogía esos libros como un símbolo de distinción en plan: «Mira que libros más molones leo». Mi idea inicial era escribir un panfleto muy corto que sirviera como herramienta o lubricante para el debate y para hablar de ciertos prejuicios que he visto a mi alrededor en los 20 años que llevo siendo periodista musical.

-Al estar escrito en primera persona y con ese tono, a veces parece que estemos ante una crisis personal convertida en un ensayo. ¿Es así?

-Eso me lo dice mucha gente [risas]. J de Los Planetas me llamó para decirme si había sufrido algún trauma o había cambiado de droga. Y no, no es eso. A lo mejor estoy equivocado, pero yo creo que es un proceso de aprender a ver las cosas desde un enfoque colectivo en vez de un enfoque individualista, que es el que había tenido hasta hace poco. Para mí fue muy importante la revista Ladinamo, porque en vez de estar rodeado de periodistas musicales que tenían un enfoque muy parecido al mío y un ambiente muy endogámico y homogéneo, empecé a hacer una revista con gente que venía de la militancia social. Era gente de Filosofía, Sociología o Políticas, de familias de izquierdas, que me hicieron ver la cantidad de prejuicios que existen en lo que llamamos prensa cultural moderna. Yo los intuía, pero no había sido capaz de articularlos.

-¿No estaremos también ante alguien que se ha aburrido de la música después de haberle dado muchas vueltas?

-Totalmente. La música que recomienda Pitchfork, Rockdelux, Mojo, Uncut o NME me hace sentir ya no aburrido, sino aburridísimo. Creo que ahí hay pocas cosas interesantes. Pero eso no significa que me haya aburrido de la música. Ahora me interesan otras cosas, desde los cantautores latinoamericanos clásicos hasta el techno, el house, el kuduru y un montón de cosas. Para mí se ha abierto un mundo nuevo y la sensación que me da es que la prensa musical moderna cubre solo una parte muy estrecha del espectro musical.

-¿Lo he entendido yo mal o lo que plantea en su libro es que la música tiene que ser política o, si no, no tiene validez?

-Lo has entendido bien, pero hay un pequeño desajuste que muchas críticas apuntan. Yo creo que toda música es política. En en libro digo que toda la música expresa una posición política. Puede ser de desafección, de desinterés, de cinismo,… de un montón de cosas. Por ejemplo, el indie y la Movida creo que coinciden en unas posiciones bastante parecidas: el individualismo, la anglofilia y el elitismo. Para mí, coinciden bastante con la postura cultural del PP y el PSOE. Nacho Vegas en la presentación del libro dice que cuando se metió en el indie pensó que era una abreviatura de independencia y, al final, resultó ser de individualismo. Yo pienso que los valores del capitalismo, el indie y la Movida son totalmente coincidentes. Eso se puede ver en que son subculturas que nunca han tenido un conflicto político con el sistema. Los iconos publicitarios tiran de esa música, como Vans o Estrella Damn. Toda música tienen una posición política. En arte se describía ya hace tiempo eso como la torre de marfil. Es decir: «Somos una gente supersensible y supercultivada que estamos en una torre de marfil y no nos afectan los problemas políticos que nos rodean». Yo no me identifico para nada con esa posición. Por eso he perdido el interés. Le ha pasado a más gente. Le ha pasado a Nacho Vegas; le ha pasado a Javier Gallego, que tenía un programa cultureta y ahora Carne Cruda es político; le ha pasado a Jordi Evole que antes hacía un programa de entretenimiento y ahora ha tomado una posición política. Creo que es algo bastante generacional.

-¿Un grupo que hace solo canciones sentimentales y de amor ha de ser necesariamente de derechas? A La Buena Vida o Le Mans, que hablaban de su tranquila vida diaria, se les relaciona con ello. ¿Cómo lo explica?

-Bueno, a mí me encantan las canciones de amor de La Buena Vida y las de Camela. Creo que el amor es algo muy importante, porque es una forma de relación con los demás y de compromiso. La mayoría de las canciones hipster creo que tiran de una visión irónica del amor, no de un compromiso emocional. El campo amoroso es otro campo de batalla político en el que hay posiciones con las que identifico. Por ejemplo, Qué nos va a pasar de La Buena Vida es una especie de reflejo de la incertidumbre de que no nos queremos comprometer nadie con nadie. La chica que canta la canción sufre por no saber a dónde va su relación. Camela, aunque seguramente sea algo conservador, practican una defensa de la pareja. En un mundo en el que todo cambia tener un compromiso fuerte con alguien me parece una postura valiosa, casi de izquierdas. Lo que yo veo derechista en Le Mans y en Family, que también escriben canciones de amor, es ese desprecio por llegar al gran público. El sonido de lata de Un soplo en el corazón o estos discos que hace Ibón Errazkin, que coge una cosa de música marroquí, algo de CBGB y otra del último artista que le haya gustado de la revista Wire. Esos trabajos de Ibón parece que están demostrando lo guay que es su colección de discos. Eso me parece una forma de elitismo. Y Le Mans también: son discos que se los ponen a alguien en casa y te echan para atrás. Eso me parece elitismo y snobismo.

-Otro ejemplo. En su día se situaba Garzón como grupo de izquierdas, por sus letras y su posicionamiento, y Lori Meyers un grupo de derechas, por ser retro y copiar a Los Brincos. ¿No es una idea excesivamente simple?

-Bueno, si Garzón o Grande Marlaska eran de izquierdas lo eran porque no tenían alergia a tocar en un centro social, porque las canciones eran copyleft y optaban porque circulasen intentando nuevas fórmulas que no fuera excluyentes. A mí los Lori Meyers me parecen un grupo muy poco interesante, con unas letras un poco previsibles. Los veo como un grupo antiguo más que de derechas. Otro de los errores que veo en las críticas que se están haciendo a mi libro es que yo supuestamente creo que la música debe de cambiar las cosas o algo así. Y no, no creo que el papel de la música sea muy importante en los conflictos políticos. Pero sí que creo que es un indicio o un reflejo de nuestras posiciones políticas.

-Me apetece escuchar un tema de Kylie Minogue. Antes de pulsar el play hay que hacerse preguntas. ¿Esto es progresista? ¿Es de derechas? ¿Es pro capitalismo? ¿Es sexista?… Usted que parece que se hace todas estas preguntas. ¿No le parece algo asfixiante acercarse a la música así?

-Si, totalmente. Le asfixiaba hasta a Bertolt Brecht, que tenía una frase que decía «en qué tipo de mundo vivimos que hacer un poema sobre las flores es algo parecido a un crimen», porque el escapismo y el no mirar a las cosas malas de la sociedad también asfixia. Respecto a lo que citas de Kylie Minogue, decirte que ella viene de la escena disco y ahí tengo clarísimo que fue un movimiento hiperpolítico. Fue un movimiento de integración para muchos gais y negros, convirtiéndose en una espacio de libertad, de expresarse libremente y de empatía. Tampoco hay que dejarse engañar por las apariencias: el disco ha sido una de las cosas más políticas que le ha pasado a la música. Uno de los problemas de la prensa moderna es que estamos todo el rato fijándonos en el producto, el disco, y no en el tipo de relaciones que genera ese disco. Por ejemplo, si tú miras el Rock Radical Vasco había unos espacios de socialización que eran la casa okupada, la radio libre y tu grupo de insumisión. Si miras el indie o la Movida los espacios de socialización eran la tienda de discos de moda, como Delsur o la que fuera en la Movida; el club de moda, como el Nasti o Rockola; o el programa exquisito, como Mapa Sonoro o La Edad de Oro. Los espacios de socialialización del Rock Radical Vasco estaban fuera de los espacios de mercado y los del indie y la movida son todos espacios mercantiles. La crítica se tiene que fijar en eso. Dejar de mirar menos los productos y ver el tipo de relaciones sociales que genera.

-¿Está en contra de convertir la cultura en una industria? ¿Tiene que girar todo sobre la idea de centros autogestionados con estructura horizontal o admite que pueda haber un club que o festival como el FIB o el Primavera Sound que genere dinero?

-Yo no estoy, en general, en contra de la industria ni del mercado. Pero el mercado hay que usarlo cuando funcione y desecharlo cuando no. Citas Benicassim. Yo he estado en el FIB y he estado también en el Rototom, el festival de música jamaicana que se hace en el mismo recinto. Las dos son industrias, las dos ganan dinero, pero el Rototom tiene una empatía con los oyentes y la realidad social que no tiene Benicassim. Cuando tú entras al recinto del Rototom te das cuenta de que es muchísimo más grande que el de FIB. ¿Por qué es más grande? Pues porque no tiene zona VIP, que en el FIB es solo para el disfrute de una gente determinada. Luego, las entradas son mucho más baratas. Tienen un día especial en el que los parados de Castellón entran por 5 euros. Tienen un terrario con columpios para que jueguen niños y entradas reducidas para los ancianos. No venden Cocacola porque están contra las prácticas anti sindicales de Coca-Cola. Se nota que la directiva del Rototom se ha tomado en serio los problemas sociales que hay y ha intentado contribuir lo menos posible a las malas dinámicas y fomentar las buenas. Yo cuando veo en ese mismo espacio la diferencia de enfoque veo simbolizados, de una manera muy clara, los valores del indie. Y los deja muy a la derecha. Se trata de una industria muy insensible y muy reaccionaria.

-En 1995 los vecinos de Benicassim estaban en armas hacia lo que les venía encima con el FIB. Ahora se celebran como una de las grandes fortalezas económicas de la zona. ¿Se ha convertido el indie, en ese sentido, en el gran negocio turístico?

-Sí, es similar a los museos de arte contemporáneo. De repente, se impuso la idea de que todas las capitales de provincia tenían que tener un museo de arte contemporáneo, una réplica del Guggenheim para que así, en vez de estar un día en la ciudad, se quedasen dos. Son prácticas de la industria turística que las reproduce muy bien Benicassim. Si miras el mapa de festivales indie-hispers-modernos es la ruta del turismo internacional. Barcelona, el BBK y toda la costa de Levante. Se les acabó la costa para poner ladrillo y, como necesitaban seguir creando valor y negocio, optaron por la cultura juvenil. Son festivales empapelados con publicidad de grandes corporaciones. Desde que entras al Primavera Sound hasta que llegas al primer escenario seguro que te cruzas con cinco o seis anuncios.

-Habla en el libro de la necesidad de que la música hable a la colectividad, al nosotros, y no al yo. Eso, tomado así como un dogma, invalida casi el 90% de la historia del rock. ¿Lo ha pensado?

-Ummm, no sé si la invalida. A mí me gusta el rock n’ roll. Me parece una música que inventaron los negros en los guettos y sirvió para descongelar las relaciones sexuales. Había mucha represión y mucho puritanismo y el rock sirvió para incitar a la gente joven a soltarse y tener más sexo. Aunque las canciones fueran en primera persona, creo que tuvieron un efecto social positivo. Otra cosa es lo que me parezcan a partir de los noventa. Si coges el disco emblemático del indie, el primero de los Stone Roses, escuchas una canción como I Wanna Be Adored y me pregunto: ¿se puede hacer una letra más narcisista e individualista que esta? Me puede pasar lo mismo con I’ll Be Your Mirror de The Velvet Underground, que es un postura muy de la Velvet: somos el grupito de elegidos, super bohemios que estamos en el círculo de Andy Warhol y miramos, totalmente colocados y displicentes, todos los problemas que tiene Nueva York. Yo creo que el indie y el hispterismo son movimientos muy asociales y muy individualistas. Me han gustado muchísimo, pero ahora me causan rechazo.

-Bueno, en el caso de los Stone Roses, al tiempo que tenían «I Wanna Be Adored», tenían «Elizabeth My Dear» o «Made Of Stone», canciones con una lectura política muy obvia.

-Sí, pero Elisabeth My Dear es como dos minutos del disco, un tema hecho del tirón sobre una melodía de Simon & Gartfunkel, algo muy poco central. Las canciones centrales son las narcisistas, como también lo es I’m The Resurrection. De hecho, tal y como cuento en el libro, muchas de las metáforas sexuales de Stone Roses no son sexuales, es como si no se atreviesen a hablar del sexo como tal. Son todo cuerpos angelicales y puros, muy poco explícitas. Eso refleja ese punto del indie de sentirse especial, por encima de la masa y considerar una vulgaridad hablar del sexo directamente. Eso no ocurría en el rock n’ roll, en el reggae. Me parece una cosa un poco pija, de clase media.

-Según su punto de vista, el Bob Dylan post-«Blonde on Blonde» también tendríamos que cargárnoslo, ¿no?

-No, a mí me encanta Blonde on Blonde.

-Pues ese punto de vista de que hay que dirigirse a la colectividad y fomentar las relaciones con la gente podría haberlo en el primer Dylan. Pero, por ejemplo, un disco como «Blood on the Tracks» no deja de ser un tipo lamentándose de algo tan individual como la deriva de su matrimonio.

-Hay formas y formas de hablar de la crisis de tu matrimonio. Billy Bragg ha escrito sobre la separación de un modo muy empático con la mujer, muy humildes y muy autocuestionadoras. También Nacho Vegas, en cierto modo. El disco Blood On The Tracks tiene una intensidad tremenda. Segundo Premio de Los Planetas, también. Pero en muchos creadores hipsters o modernos lo que veo es muy poca empatía con las mujeres. Muy empáticos con lo que ellos sufren, como si su sufrimiento se agrandase y el de los demás se amortiguase. Los discos de divorcio son muy típicos porque a los hombres nos gusta tener la última palabra: yo soy famoso, mi mujer me ha dejado y voy a hacer un discazo contando mi versión y me quedo satisfecho. Eso lo veo como una estrategia un poco tramposa. Pero bueno, seguro que me pongo Blood On The Tracks y no me aburro en ningún momento. Pero creo que hay que tener en cuenta otras cosas. Tampoco tengo en la cabeza las letras de Blood On The Tracks.

Bueno, yo hace tiempo que no lo escucho pero «You’re a Big Girl Now» creo que es una canción que habla de lo contrario a lo que usted dice: de cómo la mujer es mejor ahora sola que contigo.

-Seguro, la hizo Thalia Zedek. De todos modos Dylan ha hecho algunos comentarios un poco misóginos últimamente. Decía que Christina Aguilera y todas estas divas pop parecía que estaban en un desfile de zorras. Creo que con la edad se ha ido brutalmente a la derecha, como toda esa generación. Leonard Cohen es otro caso. Lo de meterse en un monasterio zen, como diciendo que los problemas colectivos no importan y solo importa la mejora personal y cultivar el ego. Muchos de estos artistas protestaron cuando fue la guerra de Vietnam, pero cuando fue la Guerra de Irak el único de los grandes que hizo un disco sobre ello fue Neil Young. Yo creo que esa generación que esta todo el día en la portada del Mojo y el Uncut han ido a valores bastante conservadores. Sus carreras han tenido mucho valor artístico, han tenido algunas canciones de empatía con las mujeres y empatía social, pero poco a poco se ha ido desdibujando.

-Con estos ejemplos, a lo que pretendía llegar es al hecho de que en el libro atribuye todos estos males a la cultura hispter, cuando en realidad se trata de la historia misma del rock. El individualismo, las ambiciones exageradas, los egos superlativos… Eso que cuenta usted de The Stones Roses ya ocurría en los Who o los Rolling Stones. Al margen de que sea positivo o negativo, es algo que no han inventado Los Planetas o The Stone Roses. También pienso que algunas de las actitudes de las que habla, como la misoginia o el racismo, son problemas sociales que esa cultura hispter reproduce al formar parte de la sociedad, no algo específico de ese grupo.

-Sí, estoy totalmente de acuerdo. Lo que pasa es que las subculturas intentaron combatir eso en muchas ocasiones. Hay que ver el salto. El último gran grupo británico antes de The Stone Roses seguramente fue The Clash. Su posición social y emocional para mí era mucho más avanzada que la de The Stone Roses. Por eso lo considero un paso atrás. Yo hablo de hispters, indies, culturetas y gafapastas porque es un ambiente en el que he vivido mucho tiempo y en el que puedo aportar algo. En Estados Unidos, ocurre lo mismo. El gran grupo antes de Nirvana podrían ser Dead Kenedys o Fugazi. Esos grupos tenían a Reagan delante y lo dieron todo. Fugazi eran muy sociales, con una sensibilidad muy grande con los desfavorecidos y criticaban el imperialismo en América Latina. De eso hemos pasado a grupos mucho más narcicistas, más metidos en sí mismos y más preocupados de molar. El rock n’ roll es todo lo que tú dices: algo reaccionario, que solo tuvo el valor de liberarse de un contexto de represión sexual. Es un género machista e hiperconsumista.

-Habla del racismo y pone, como ejemplo, las críticas que recibió el hecho de que la organización de Benicassim optase por incluir a Julieta Venegas. ¿No cree que ese rechazo fue más motivado porque el público la identifique con una artista de 40 Principales más que con «esa sudamericana nos viene a corromper la pureza de nuestro festival»? Si llevasen a M-Clan como un grupo de americana generaría el mismo rechazo.

-Buff, esa lectura la he visto y la he escuchado de primera mano. Prefiero no dar nombres. Por ejemplo, ver en Twitter como un crítico musical muy famoso de Barcelona le pregunten si baja a jugar al fútbol y él diga: «No puedo, que vienen los panchitos a ponerme los muebles a casa y no puedo salir». Veo cosas muy racistas en eso. A todos los artistas que citaban cuando fue lo de Julieta Venegas era ¿qué va a ser los próximo Ricky Martin? ¿David Bisbal? Lo mismo tiene que ver más con anglofilia que con el racismo, pero eso es otra forma de racismo: el creer que todo lo que viene de Londres y Nueva York es genial y lo que viene de Caracas o Marruecos es horrible es una forma de racismo cultural. Quizá me haya pasado de frenada con los términos, pero es que lo sigo pensando: el racismo cultural es una forma de racismo, igual que los micromachismos es una forma de machismo, aunque sean menos invasivos.

-Dice que la última etapa de Wilco se parece a The Eagles. Por tanto, a nivel de estética sonora se podría asemejar a Los Secretos, ¿no?

-Claro, pero Los Secretos eran también muy anglófilos, con su rollo Tom Petty.

-Si metes a Los Secretos en Benicassim seguramente se generen las mismas reacciones que con Julieta Venegas. Se diría ¿qué será lo próximo? ¿Joaquín Sabina?

-Sí, aunque Los Ilegales no tuvieron esa respuesta, aunque igual no se les asocie a la radiofórmula. Si queremos llegar a un terreno común podemos decir que es una mezcla. Que puede haber algún prejuicio racial y que puede haber algún prejuicio por ser la música de los 40 Principales. Pero eso último nos lleva a una cosa muy central del hispterismo que es ese pánico de pertenecer a algo masivo: «Oh, Los Secretos no, pero si me poner a Wilco que salen a la portada del Babelia, sí».

-Lo cual es bastante contradictorio, porque Los Secretos al final tocan en teatros para 1.000 personas y estos grupos solo tocan en festivales a los que van 50.000.

-Bueno, ahora esta la moda de tocar en el Liceo o el Teatro Real.

-Yo vivo en una ciudad pequeña y, a lo mejor, tengo una perspectiva diferente, pero cuando hablo de cultura dominante pienso en David Bisbal, no en Los Planetas, que es en lo que sugiere usted.

-Eso es otra confusión que se ha generado. Cuando yo hablo de hegemonía hablo de una mezcla de ventas y prestigio. J, por ejemplo, me decía ¿si el hisperismo es una cultura dominante por qué Malú toca en el Sant Jordi y Morrissey toca en el Sant Jordi II el mismo día? Ella llenó y Morrissey no. ¿Dónde esta la cultura dominante? Lo que decía él es cierto, pero no creo nunca que la autobiografía de Malú la vayan a sacar en Penguin Classics como la de Morrissey. Cuando yo hablo de hegemonía y dominación hablo de la combinación muy especial de ventas digamos saludables y máximo prestigio cultural. Malú nunca sería portada de Babelia. Morrissey lo podría ser perfectamente. A Malú, a Manolo Escobar o David Bisbal nunca le van a dar el Príncipe de Asturias, pero a Bob Dylan sí aunque él toque en la Riviera y Bisbal en el Palacio de los Deportes. Entonces, no me fijo solo en ventas, sino en el prestigio cultural que tengas, el tiempo que vayan a durar tus discos y la importancia con la que se va a tratar.

-Es muy difícil encontrase con una entrevista musical seria a Malú o David Bisbal, que al final terminan en el terreno del corazón porque los periodistas musicales especializados no quieren hacer nada con ellos ni sus jefes darle cabida en sus páginas. De todos modos, de un tiempo hacia esta parte, existe una cierta autocrítica en la profesión. ¿Usted lo nota?

-Totalmente. Es lo que me ha pasado a mí, lo que le ha pasado a Nando Cruz, a la web Nativa de Barcelona, que tiene artículos muy interesantes en ese sentido, o mismo Ladinamo que fue muy crítica con esa postura del crítico cultural como un sacerdote que te dice lo que es bueno y lo que no. Luego es que ni siquiera haces tú ese trabajo, porque es algo que hace Mojo o Pitchfork y tú eres una especie de delegación. Yo en Público, por ejemplo, proponía sacar a M.I.A. y me decían que muy bien. Pero un día propuse a Marc Anthony y el director me decía que era una horterada. Yo le decía: «Pues será una horterada pero es el mejor cantante de salsa vivo que hay en el mundo y va a llenar el Palacio de los Deportes, no sé que más hace falta». A final salió, pero hubo que pelearlo.

-Cargó especialmente las tintas contra Acuarela en alguna entrevista, el sello que usted fundó. Curiosamente fue uno de los pocos sellos indies que acogió a grupos con intenciones políticas. Por ejemplo, Mus con «El Naval» ponían sobre la mesa la lucha de clases, Lisabö también admitían una lectura política de su obra, Diariu, igualmente. ¿No es contradictorio atacar a quien hizo algo en ese sentido?

-Hay que tener mucho cuidado con lo que es político o no. Que un artista se considere a si mismo político no creo que lo convierta en un artista político. Esto lo dice muy bien la crítica de cine que entrevisto en el libro Ana Useros. Señala que muchos artistas tiran de la política para ganar relevancia social. Ahora mismo, con el 15-M, todo el arte es político y ella pone el ejemplo de que hasta Ocho apellidos vascos se vende no como una comedia, sino que las tensiones de los problemas que hay en el País Vasco se pueden resolver con humor. Lo político es una medalla que se cuelga mucha gente aquí. Para que un arte se considere político tiene que ponerlo en valor en algún tipo de movimiento social o crear algún conflicto político. Te pongo un ejemplo personal. Yo era muy fan de los Manic Street Preachers, un grupo que se vende como político pero que jamás ha tenido un conflicto con ninguna autoridad del mundo y ningún movimiento social lo ha reclamado como suyo, como sí hicieron los parados en la era Tatcher al punk. ¿Por qué es político? Porque lo dicen ellos. Pues si analizas bien las letras, que es en parte por lo que me dejó de gustar, ves mucho narcisismo, mucho hablar de conflictos políticos que ya están resueltos como la Guerra Civil Española o el Che Guevara. Cuando fueron a Cuba no criticaron nada de lo que pasaba allí. Tuvieron un meet and greet con Fidel Castro y nada más. Otro tipo de música, como el disco, se lo apropiaron los gais y negros excluidos; el punk, los parados; el rock radical vasco, mucha gente a la que se consideraba chusma social en Euskadi; el bakalao, un montón de gente de clase obrera en Valencia que estaba excluida de la fiesta… Político no es solo que Fran Gayo, el cantante de Mus, diga: «Esto es político porque hablo de El Naval». ¿Tú crees que alguien que haya estado en el conflicto de El Naval haya dicho: «Esto me apela mucho, esto me reconforta, esto me da claves»? A mí me parece muy improbable que algo así suceda.

-Sí, seguramente, pero igual que esas lecturas políticas que hace Simon Reynolds de las raves. La gran mayoría de la gente está drogada pasándoselo bien y el lunes ya se olvida de todo.

-Claro, Reynolds dice que hay una parte muy pequeña que fue política. Yo estoy de acuerdo con ello. La parte política fue la rave autorganizada. No es lo mismo ir a un club de moda, pagar la entrada, drogarte, pagar copas a 7 euros e irte, que tener que quedar un mes antes con tus amigos, ir por la ciudad, coger un sitio vacío que tenga que ver con la especulación inmobiliaria, alquilar un sound system, decidir los precios, ocuparte de la seguridad y de la hidratación de toda la gente que va a ir… Eso crea un lazo comunitario. Para cada rave hacen falta 15 personas que están haciendo do it yourself un mes. Eso es político. No todo lo que tenga un ritmo techno va a ser político y todo lo que sea indie va a ser de derechas. Por ejemplo, los Housemartins son un ejemplo brillante de un grupo político. Después de la época de los New Romantics, en la que los artistas eran como figurones, reivindicaban la normalidad, la amistad y los placeres sencillos y normales de la vida cotidiana de la clase trabajadora. Tuvieron mucho éxito. Lo que pasa es que claro yo no quería hacer un libro de 400 páginas, sino algo que se leyese. Y claro, se pierden algunos matices.

-Por eso ahora está dando tantas entrevistas. En plan broma, un amigo me decía: «Sé hipster, haz la entrevista sin leer el libro y ponlo a parir».

-Sí, el 90% de la gente que opina en la redes sociales no ha leído el libro y yo agradezco que tengan la honestidad de decirlo [risas].

-¿No habrá la postura de «No voy a contribuir a la causa ya que esto va contra mí»?

-Eso lo entiendo. Pero se lo hemos mandado a todo el mundo que nos lo ha pedido y se lo he ofrecido a la gente que creía que podría ser interesante que lo leyese. Es un libro que cuesta 16 euros, que se lee en tres o cuatro horas. Un ejemplar lo pueden leer cuatro personas. No creo que sea muy caro.

-Hace tiempo hice un artículo sobre el giro político que había dado el indie en Galicia. Hubo un lector que opinó que eso era imposible, porque la generación indie lleva la desafección, la épica individual y el narcisismo de serie. Lo podría haber escrito usted.

-[se ríe] Yo no sería tan radical. Es cierto que el indie es un género que tiene mucho de eso, pero si tú pones de tu parte puedes llegar a cuestionarlo y compensarlo por completo. Un ejemplo para mí es Nacho Vegas. Si tú escuchas Cajas de música difíciles de parar, que era un disco atormentado con esa estética del yonki torturado, y lo pones frente a Resituación, parecen dos artistas diferentes. Creo que fue producto de un cuestionamiento de Vegas. Pienso que el indie puede ser una música empática con las cuestiones sociales, pero que tiene que hacer un esfuerzo muy grande porque parte de unas premisas que no son muy propicias para eso. Aparte, creo que no hay que centrarse solo en las letras. Hay otras cosas. Por ejemplo, Benicassim o el Tanned Tin, ¿por qué tienen que ser empresas capitalistas al uso y no puede ser una cooperativa? En la época de los hippies y la contracultura estaban las comunas y las cooperativas, en un intento de organización más fraternal. En el indie no. Aquí hemos asumido que el modelo de empresa capitalista es lo que hay y que no se puede hacer nada. Y las empresas son como cualquier otra. El jefe siempre es un chico, la de promoción es una chica… Estamos reproduciendo el sistema dominante, en vez de cuestionarlo. A mí el indie me parece mucho más interesante cuando más haga un esfuerzo por ir contra eso.

-En los últimos años grupos como Vetusta Morla, León Benavente, Triángulo de Amor Bizarro, Ornamento y Delito, entre muchos otros, han dado un giro en sus letras. ¿Le parece algo válido?

-En la coda, meto una frase de Gari de Ornamento y Delito en la que decía que «muchos nos sentimos gilipollas en el Primavera Sound del 2011 estando ahí bailando mientras estaban los mozos dando palos en la Plaza de Cataluña». Me parece algo totalmente válido. Yo me alegro mucho que un grupo como Vetusta Morla se hayan politizado. Nada es instantáneo, es un proceso. O has tenido la suerte de tener padres que te han puesto en el carril de la conciencia política desde muy temprano o, si no, forma parte de un proceso. Para cambiar a mejor siempre hay margen. Casi todos los grupos que han dado un giro político no me chirrían, me alegro mucho de esa politización en los músicos indies. En realidad, estamos viviendo un reconocimiento de lo político, que para mí es un paso adelante y nos confirma que durante un montón de tiempo muchos vivíamos en una especie burbuja estética. Que esta politización esté mejor o peor hecha no tiene tanta importancia. Lo esencial es que ya no excluimos nuestros conflictos cotidianos del discurso artístico.

-Cuando se habla de política en la música siempre se mira al mismo lado: hacia una política de izquierdas tipo IU o más allá de ello. ¿Es la única opción válida? ¿No se puede ser político desde otras posiciones incluso de derechas?

-Se puede ser, mira Morrissey que apuesta por el partido político equivalente a la Falange Española.

-No hablo de llegar a esos extremos, por supuesto.

-Yo no tengo ningún apego a la palabra izquierda. Sobre todo después de ver lo que ha pasado con Podemos, que ha renunciado a esa palabra y ha tenido mucho más eco social. Hay palabras menos ideológicas y mucho más importantes, como igualitario. Me identifico mucho con eso. No quiero una élite de rojos que ganen mucho dinero y unos obreros que ganen como ahora. A mí me gustaría un mundo en el que David Bowie no ganase mucho más que una enfermera. No sé qué hace David Bowie que merezca que gane ocho millones de veces más que una enfermera. Hay que ir más a lo práctico. Por ejemplo, me gustaría que las revistas en donde he escrito o los sellos donde he estado se organizasen de una manera más horizontal, aunque bueno Acuarela era una empresa tan pequeña que funcionaba casi como una cooperativa. Me gustaría que en las revistas las redacciones fuesen más comunitarias, los sueldos iguales para todo el mundo, no muy grandes para los directos y muy pequeños para los redactores. Más que izquierdas, yo diría eso, igualitarismo. ¿Qué si me parecen bien las posiciones anti igualitarias en plan “Steve Jobs y Bob Dylan son gente súper especial y merecen ganar 35 millones de euros al año y tú como no eres tan especial te conformas con 900 euros al mes y, aún por encima, de forma precaria”? No me parecen posturas legítimas, sino rechazables.

-«Rockdelux» es quizá la única revista musical de las importantes en España que ha adoptado un posicionamiento político. Una vez escuché a un lector decir: “Cada vez que leo el manifiesto ya sé lo que va a decir y cómo se va posicionar”, indicando que casi siempre respondía a un planteamiento de izquierdas. Eso crea una necesidad dentro de la cultura indie de, al menos, aparentar que se es de izquierdas.

-No estoy de acuerdo con ese análisis. En Manifiesto hicieron un articulo muy contrario con Chávez. También otro muy pro-Israelí. Las posiciones que tú llamas de izquierdas eran calcadas de los editoriales de El País, posiciones de de buenrollismo liberal que yo llamaría progre. Lo que se ha hecho más a la izquierda o más igualitarios que El País ha sido gente muy contada, cosas de Roberto Herreros, de Nando Cruz o mías. Rockdelux pidió el voto en los noventa para Pasqual Maragall. Para mí es una revista muy en la onda del PSOE. Sacaron con el 15-M el articulo «PSOE-PP la misma mierda es» que hice yo. Pero eso fue una salida de la línea editorial más que una consecuencia. Yo creo que ha quedado claro que no son nada empáticos ni con la lucha feminista, ni con la canción política, tampoco se quisieron posicionar con No Age y lo de Converse en el Apolo.

-En la solapa del libro dice que «colaboraba» en Rockdelux, en pasado. ¿Va a dejar la revista?

-Sí, he dejado de colaborar. Mi línea de enfoque musical se había ido alejando de la de Rockdelux. Yo suponía que una revista cultural es un foro de debate y que se podían aceptar distintas posiciones. Pero he tenido bastantes roces con Santi Carrillo, su director. Me llamaba preguntándome por qué hacía una pregunta determinada, por qué hacía un determinado enfoque, por qué hablaba siempre de los guetos, por qué esa obsesión por la música negra… Luego, no me gustó nada la reacción de la revista al artículo del Machismo gafapasta del Diagonal. Me pareció muy intolerante, con muy poca autocrítica. No me ha gustado la violencia con la que se ha rechazado Resituación de Nacho Vegas, porque las preguntas que le hicieron en aquella entrevista parecían sacadas de El Gato al Agua de Intereconomía. No me voy porque esté en desacuerdo, sino que son un montón de cosas. Hay hostilidad al discurso que he cogido, no sintonizo mucho con la línea y, además, soy padre de una hija y en breve seré de otro. No puedo colaborar por tan poco dinero. Les dije que dejaba de colaborar y hacer el Truco o Trato. Ahora, aprovechando el número especial y el cambio que va a dar la revista, me voy. Ya hace ocho meses que lo sé.

-En su libro se refiere continuamente a Rockdelux como la revista hispter. Yo no creo que los hipsters lean Rockdelux ni que lo que diga Rockdelux tenga la importancia que podría tener en los noventa.

-De acuerdo, pero ¿digo que Rockdelux es hipster?

-La mete como la revista de referencia de todo al ambiente al que critica. Eso también es un problema: pasa de indies a hipsters y a gafapastas de un modo que uno no sabe dónde empiezan unos y terminan otros y si se confunden.

-Es una mezcla de todo, a mí eso no me importa tanto tampoco. Creo que tanto el indie, como el gafapastismo como el hipsterismo comparten una sensación de que tus consumos culturales supuestamente exquisitos te ponen por encima de los demás. Creo que eso sí se da en muchos lectores y redactores de Rockdelux. A mí me ha pasado, pensar: «Oigo a Mercury Rev, soy un oyente súper avanzando respecto a quien escucha a Extremoduro». O que la música jamaicana la escuchan los pies negros pero yo escucho un artista de dub de Warp que es superior a cualquier cosa que se haga en Jaimaca. Ahí hay una posición de snobismo y clasismo cultural. Y sí, son términos que se confunden porque son porosos, pero a mí me interesaba esa posición de superioridad cultural más que la taxidermia de hasta dónde llega el hispter, el gafapasta o el indie.

-Menciona como algo negativo el que los grupos no sean subversivos o generen conflictos. ¿No acepta que exista una música amable y válida?

-Sí, el folk, por ejemplo. Me parece una música muy política y muy amable, pero que crea conflictos políticos. Pete Seeger ha estado militando en mil sindicatos y ha sido la banda sonora de muchas luchas contra la contaminación. El folk es amable, suave y fraternal, pero ha creado conflictos. ¿Cómo se justifica que un grupo sea político y no cree un conflicto con nadie? Yo, por ejemplo, me pongo una camiseta de NWA en el Primavera Sound y puedo ser alguien guay. Pero si eres un negro en Los Ángeles y te pones esa camiseta al día siguiente de que pegaran a Rodney King, pues lo más seguro es que te crees un problema. En ese contexto NWA son un grupo político. En el contexto del Primavera Sound, no. Todo lo político siempre tiene que ver con el contexto. Si tú pones al Elvis joven a tocar en los Emiratos Árabes Unidos moviendo las cadenas en el 2014 se crea la revolución. Si lo haces en Las Vegas, sería lo normal.

-Eso lo dice constantemente de Arcade Fire, que los considera el grupo de referencia. Insisto: ¿qué necesidad existe de que Arcade Fire generen un conflicto contra algo?

-No hay ninguna necesidad, pero es que ellos van de que odian el mundo moderno, de que esto es una bazofia y que todo se ha vulgarizado. Tienen una posición política anti moderna. Las letras arremeten contra el mundo moderno, pero ¿qué salidas me dan? ¿qué hacemos con él? ¿que diagnóstico dan? El único conflicto que han tenido ha sido con sus fans al pedirles que fueran vestidos de gala a un concierto. Si lo hubiera hecho Julio Iglesias diríamos que se le ha ido la cabeza. Eso me pareció muy revelador de las prioridades de Arcade Fire.

-En «The Suburbs», que es el disco al que se refiere, el grupo hace un lamento igual que le puede pasar a mucha gente que, de pronto, se refugia en la nostalgia de cómo eran las cosas en el pasado. Puedes sentir empatía con ese sentimiento, sin tampoco proponer ninguna salida porque a lo mejor ni la conoces, ni la sabes. ¿No cree?

-Ese tipo de nostalgia es muy reaccionaria. Arcade Fire dice: «El mundo moderno es una mierda y nosotros somos gente super sensible y nos sentimos muy afectados por eso, pero no vamos a hacer nada. Vamos a recrearnos en nuestra nostalgia y nuestra hipersensibilidad en los dos próximos años que estaremos de gira con este disco». Eso para mí es reaccionario, en el sentido de encerrarte en ti mismo. Puedes ver que en el mundo también hay cosas buenas, hay gente que está protestando contra lo que se está organizando. Eso es lo que era la contracultura. Cuando Estados Unidos se tiraba hacia la derecha la gente organizó comunas, tomó drogas, intentó ser fraternal, quemó la cartilla de reclutamiento de Vietnam… Arcade Fire apoyó la reelección de Obama después de que rescatara Wall Street, mantuviera abierto Guantánamo y siguiera con la política militarista en Oriente Medio. ¿Si el mundo moderno es una mierda por qué pides el voto para Obama, que es una persona que lo está haciendo más mierda todavía?

-Ese tema lo toca en libro. Como existe una condescendencia hacia los artistas anglosajones que se posicionan políticamente con un lider como Obama o Clinton, cuando aquí se hacen mofas si se hace algo parecido con Zapatero. Aún siendo Obama más reaccionario.

-Sí, en cuestiones de género o la memoria histórica, Zapatero fue mucho más progresista .

-Hay una crítica a su libro que se repite continuamente: que usted cuestiona esa postura de superioridad del hispterismo desde una postura igual de superior.

-Me alegra que alguien me haga esa pregunta, en vez de directamente la acusación [risas]. No sé qué posición de superioridad puede haber cuando reconozco en el libro que de los últimos 20 años que he escrito, 16 tienen muy poco valor. Yo creo que es un ejercicio de humildad, pero como tengo ese estilo de ir al grano y a ratos contundente pues puede parecer otra cosa. En el primer capítulo digo que cuando me meto con los modernos no es desde la superioridad porque yo he sido uno de ellos durante mucho tiempo. Creo que esa crítica está injustificada.

-¿Ese papel de “moderno renegado” no le dio un poco de apuro al principio?

-Sí, claro. No sabía cómo enfocarlo, si ponerme en plan lastimero diciendo que todo lo que había hecho era equivocado, si pasar de la primera persona y hacer como que no lo reconozco… Era muy complicado escoger un punto de vista honesto y que fuera cómodo para mí. Le he tenido que dar muchas vueltas para encontrar uno. No sé si ha sido el mejor, pero me he esforzado mucho en lograr hacer una crítica y, al tiempo, no excluirme yo de esa crítica. No ha sido un libro de pasarlo bien, sino espinoso.

-¿Hay cinismo en el libro?

-El libro entero es una denuncia del cinismo.

-No, lo digo respeto a su postura, si está criticando algo que, en realidad, no cree que es tan criticable.

-No, al revés. Hay un párrafo en el que digo que los hipsters saben que todo lo que digo es verdad. Que las empresas culturales donde trabajamos nos explotan. Que hay un gran acervo anglosajón en nuestros gustos culturales. Que hay machismo en el ambiente cultural. Que la música que viene de Latinoamérica se considera inferior a la que viene de Nueva York. Lo que yo estoy diciendo no lo discute nadie. Lo que discuten es quién soy para decirlo, el tono que empleo o las ganas de salpicar a la gente. Yo no quiero salpicar a la gente, sino compartir los argumentos que me han hecho cambiar de enfoque.

-Se queja de que le paguen tres euros por una critica de un disco en la prensa musical. Pues aún menos mal, porque en muchas la norma es que no se pagan las criticas de discos ni los conciertos.

-Claro, es que tenemos tan poco que perder que por qué seguir así. ¿Por qué seguir a Pitchfork habiendo tanto Soundcloud? El perfil de los críticos musicales es muy uniforme: chico universitario de clase media, que no baila, que es muy de escuchar la música en su habitación, pero siempre de un modo individual. Es imposible que exista una crítica musical competente si solo se presenta un enfoque en las radios, en la prensa y en los periódicos. Eso es bastante evidente. No se critican los argumentos, sino quién los dice. Es como cuando a Nacho Vegas le decían en Rockdelux ¿quién eres tú para tirar la primera piedra?

-Insiste mucho en la entrevista de «Rockdelux» a Nacho Vegas. ¿No cree que usted está atacando con la misma dureza a toda esa cultura hispter?

-No creo que sea lo mismo defender una posición de poder que una posición contra el poder. No es lo mismo que David Fernández saque una zapatilla delante de Rato y se ponga un poco hostil que un policía saque una zapatilla y se ponga a mirar a un manifestante en plan «te voy a dar una hostia». Si yo cuestiono la homogeneidad cultural delante de un artista que entrevisto en Truco o Trato estoy defendiendo un poco una posición de apertura, de heterogeneidad y diversidad. Pero si alguien están defendiendo que la música tiene que ser apolítica y que, si hace algo político, es panfletaria está defendiendo una posición muy pro sistema. Creo que son cosas diferentes. Me parece más aceptable un panfleto de Valerie Solanas diciendo burradas sobre los hombres y que hay que acabar con nosotros, que un panfleto de un hombre diciendo que hay que acabar con las mujeres o un hombre blanco diciendo que hay que acabar con los negros. No es lo mismo el Ku Klux Klan que los Black Panthers, aunque los dos tengan un lenguaje hostil. La música es una cosa mucho menos importante que la política y, por eso, yo me siento un poco mas liberad para tener un discurso más contundente. Escriba lo que escriba no va a afectar a la vida de nadie. De todos modos yo uso el mismo tono que he escuchado los hispters cuando hablan de las chonis, los bakalas o los perroflautas.

-Es que usted usa la palabra gafapasta con la misma carga peyorativa que se usa lo de perroflauta.

-Te doy la razón. Pero no hay un perroflauta en cada redacción de cultura de los periódicos, no hay una emisora perroflauta como Radio 3, no hay una web perroflauta con tanto poder como Pitchfock, no hay una HBO que haga series perroflautas cada tres meses. Son posiciones diferentes: una que es muy hegemónica dentro de la industria cultural, que es la hipster, y otra que está totalmente desprestigiada.

Fotos: Clara Martínez-Lázaro

El Mardi Gras fue por un día una taberna

Lunes, Octubre 27th, 2014

Los conciertos de Retroalimentación han saldado ayer otra deuda pendiente. Desde aquella sorprendente irrupción en el festival Sinsal San Simón del 2013, Caxade se convirtieron en objeto de deseo de este blog. Los llevamos a un territorio rock y, durante una hora y pico, aquello se transformó en una taberna con la música haciendo de pegamento comunal. Con su folk-pop abiertamente político y reivindicativo, el grupo trenzó un concierto con introducción, nudo y desenlace maravilloso.

Antes, estuvieron Grampoder: versión minimal de lo que en su día fue The Homens. Pop acústico (o no tan acústico) que se mueve entre la suavidad, los ambientes psicodélicos y toques de afropop. Versionando a Franco Battiato y revisando los temas de Golf Whiskey dejaron una bonita actuación. Al final, las dos bandas terminaron tocando juntas cerrando una noche para el recuerdo. Otra más. Muchas gracias a las las bandas, a la sala y al público por permitir que todo esto se puede seguir haciendo.

Próxima parada: Cooper, 21 de noviembre en la sala Mardi Gras

Iron Maiden revisitan sus años ochenta

Martes, Octubre 21st, 2014

La banda más emblemática de la historia del «heavy-metal» acaba de echar una vista atrás. Parlophone records, reedita en vinilo todo su material de los años ochenta, ocho discos que definieron sonora y estéticamente uno de los universos más personales e inimitables del planeta rock

Aparecieron en los años ochenta como la fantasía metálica perfecta. Bestias, diablos y bajos trotones. Épica a chorro, mallas elásticas y puesta en escena cuasi operística. Pelos largos, esoterismo y punteos prodigiosos. No contaban con el apoyo de los medios. Pero tanto daba. No encajaban en las modas de Nuevos Románticos ni el synth-pop. Pero no importaba. No tenían posibilidades de ser radiados masivamente. Pero eso era lo de menos. Iron Maiden contaban entonces con un cóctel perfecto para absorber a miles de jóvenes en su mundo de guitarras afiladas, monstruos emergiendo en la nocturnidad y sensación de tenebrosa irrealidad. Y consiguieron que esos seguidores se multiplicasen en todo el mundo.

Se suele marcar como punto de inflexión The Number Of The Beast (1982), su mejor disco y una de las piedras filosofales del heavy metal. Tras despedirse de Paul Di’Anno, el cantante malencarado que le dio músculo al grupo en sus dos primeros álbumes — los muy apreciables Iron Maiden (1980) y Killers (1981)–, en su tercer disco Iron Maiden entraban en una división estratosférica. Con Bruce Dickinson como vocalista, el grupo explotaba totalmente. Respaldado por Steve Harris (bajo), Dave Murray (guitarrista), Adrian Smith (guitarra) y Clive Burr (batería) trenzaban un elepé que no solo amenazaba como los anteriores. Iba más allá. Sirva como ejemplo el tema titular: arranca en susurros, va subiendo en intensidad y pulmón se transforma en un enorme fuego de artificio. Ciega.

Tras ella llega Run To The Hills, trepidante como una persecución, lleva al extremo con una magnífica batería y ese estribillo que dice «¡corred por vuestra vida!». La canción trataba de algo tan lejano a los problemas de un chaval occidental en 1982 como la conquista de América y el exterminio de los pueblos indígenas. Pero se convirtió en todo un himno. Poniéndola a todo volumen (y a ser posible con las ventanas de la habitación abiertas para expandirlo por todo el vecindario), los fans se sentían liberados por aquel sonido poderoso y excitante. Marcó a una generación de jóvenes rebeldes. Y, solo hay que hacer la prueba, continúa igual de vigente en 2014.

Es probable que en esa dupla formada por The Number Of The Beast y Run The Hills se encuentre el calambre definitivo de Iron Maiden. No se trata de reducir un grupo tan vasto a un par de temas, nada más lejos de la intención de este texto. Pero resulta fácil comprender cómo una formación que hasta entonces había gozado de un éxito moderado, se convirtió ahí en un fenómeno global. El oleaje arrastraba al mundo particular del grupo. Si en él se generaba polémica (que con un título como «el número de la bestia» no tardaría en aparecer, especialmente en EE.UU.), pues mejor que mejor. A ciertas edades una dosis de confrontación es el mejor de los caramelos.

Con ese disco Iron Maiden se convirtieron en atípicos superventas. No solo de discos y entradas de conciertos, también de merchandising. Pocas bandas habían explotado hasta el momento ese aspecto de un modo tan eficaz. Eddie, el zombi que sale en todas sus portadas, se plasmó en mil y una camisetas que hicieron esa promoción que los grandes medios omitieron. Creado por Derek Riggs se convirtió en su más eficaz herramienta de márketing. Colocado bajo logotipo del grupo en las cazadoras, las camisetas negras y las carpetas estudiantiles de sus fans, logró colarse en los sitios más insospechados. Quien no se había sentido atraído por el sonido, lo hacía por la estética.

Como se puede ver Iron Maiden eran, ya en los primeros ochenta, una eficaz maquinaria empresarial. Con una férrea disciplina de trabajo y producción (a disco por año, sin dejar de girar en ningún momento) decidieron conquistar el mundo definitivamente con Powerslave (1984). Para su presentación se embarcaron en la gira The World Slavery Tour. Durante 331 días ofrecieron 191 conciertos en 23 países diferentes con un colosal escenario inspirado en el Antiguo Egipto. Con Eddie pasando de faraón a una gigantesca momia que echaba fuego por los ojos, el quinteto británico definió para siempre no solo un espacio propio en la música, sino en el mercado.

Su pase en el Rock In Rio de 1985 se recuerda como una de las actuaciones más memorables del festival. Y para que los fans pudieran conservar un pedazo de esos días de gloria cumplieron con la edición del doble elepé en vivo Live Afther Death (1985), recogiendo uno de los directos del aquel mastodóntico tour. Todo mientras entre una buena parte de la crítica rock se les seguía ninguneando y mirando por encima del hombro. Se les veía como una banda de circense, con delirios progresivos y fuera de toda realidad.

REINVENCIÓN
Hasta el momento Maiden no habían patinado de verdad ni una sola vez. Puede que en Piece Of Mind (1983) se mostrasen algo irregulares, alternando aciertos como The Trooper o Flight Of Icarus con temas algo más flojos en la segunda mitad del disco. Pero, en general, la producción del grupo alcanzaba hasta la fecha un altísimo nivel. Quedaba por ver si se iba a mantener tras la resaca de la macrogira de Powerslave. Con el heavy americano cotizando al alza e imponiéndose una tendencia cada vez más roquera y glam, los ingleses optaron por evolucionar dentro de su propio sonido, aislándose de la corriente.

Sí, Iron Maiden no se iban a cardar el pelo ni a usar lápiz de ojos. Fieles a las tachuelas y las zapatillas deportivas, insistirían en su sonido pesado, trotón y cada vez más elaborado en un Somewhere In Time (1986) futurista. Sí, ligeramente más sintético e incluso con cierto gancho comercial (¿no es el de Wasted Years un estribillo definitivo?) este disco marcó el devenir del grupo en la segunda mitad de la década. El álbum se cierra con Alexander The Great, otra de sus laberínticas piezas históricas, honrando en esta ocasión a Alejando Magno.

El periplo ochentero de Iron Maiden concluye con Seventh Son Of A Seven Son (1988), un trabajo cuya portada sugiere una especie de final. Esotérico y lleno de simbología alcanza su clímax en el tema homónimo, una de las piezas más ambiciosas de Steve Harris. Daba a entender que se estaba ante el final de algo. La deserción de Adrian Smith tras su gira de presentación lo confirmaría. Obviamente, Iron Maiden siguieron adelante. Pero ya nada sería igual. Toda su trayectoria posterior iba a ser comparada con los ochenta, su época dorada.