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Archivo para agosto, 2008

El final del verano, el sonido y las revelaciones

domingo, agosto 31st, 2008

Este fin de semana un músico decía en una conversación que el indie español tenía miedo a sonar, que a él lo que le gustaría es que lo produjeran como al Dúo Dinámico, en plan grandioso y a por todas. Entre eso y las fechas en las que estamos, se impone quizá darle la razón. Y de paso, recordar a nuestros Mamas & The Papas.


Dúo Dinámico El final del verano


Mocedades Eres tú

Otro año sin canción del verano

jueves, agosto 28th, 2008

(publicado en la sección Al sol de La Voz de Galicia el martes 26 de agosto)

Además de los mosquitos, los pringues de bronceador y las consecuencias de los abusos gastronómicos, los meses de julio y agosto traen consigo, por lo general, una pesadilla típicamente estacional: la canción del verano. Se trata de esa pieza particularmente pegadiza, que combina con malsana precisión una letra banal (que si el chiringuito, que si boooomba, que si el pechito y el cachete), una melodía facilona y un contagioso carácter efímero que, con o sin bailecito, acaba por hipnotizar a todos. Como si de un homenaje al mal gusto se tratara, todos los años surge algún King África, algunas Ketchup o algunos Los del Río dispuestos a eliminar cualquier sentido del ridículo entre el gentío hasta septiembre, fecha en la que todo vuelve a la normalidad

Pues este año no. No ha habido canción del verano. Tal y como ocurrió el pasado año, ninguna de las canciones que sonaron durante los dos últimos meses logró convertirse en el himno oficial de los calores. El fenómeno del Chiquilicuatre (principal candidato a heredar el trono dejado por El Koala en el 2006) se apagó antes de arrancar la época estival y la llegada tardía de la belga Kate Ryan con su revisión del Ella elle l’a, popularizado en su día por France Gall, se ha quedado en una especie de premio de consolación. Sin poderse comparar a las fiebres de la Sopa de caracol, Papichulo o Aserejé, su superpegadizo estribillo «ela elá ela elá», inserto en una cama de tecnopop inflado a base de anabolizantes dance, es toda una oda discotequera. Suena a gogós, cuerpos esculturales y noches interminables. Reina nocturna, apenas se deja ver por el día, y ese espíritu ibicenco no logra trascender de la pista de baile.


Kate Ryan Ella elle l’a

Y es que la canción del verano ha de ser necesariamente intergeneracional, que surja en una boda familiar y que la canten del adolescente a la abuela juntos en la misma coreografía. De eso, este año, pues nada. Suenan por ahí, de manera constante, El último vals de La Oreja de Van Gogh, que estrena rostro (aunque las cuerdas vocales realmente parezcan las mismas); Un poco de amor de la triunfita Edurne poniéndose con esa característica épica edulcorada de OT el traje de Freddie Mercury; Gotas de agua dulce, del incombustible Juanes, o la aflamencada Pretendo hablarte, de Beatriz Luengo. Pero, para bien o para mal, ninguna ha calado lo suficiente como para homogeneizar el verano. Probablemente, tampoco lo pretendieran.

Quienes sí lo buscaban eran otros. Por ejemplo, Rakel Winchestein, y su puesta al día de la mala baba de las sevillanas de Pepe da Rosa, esperó al calor para hurgar en la fatiga de las parejas en una Rutina matrimonial que pasó totalmente desapercibida. Desde Operación Triunfo se apeló el espíritu coral del himno A tu lado con una revisión del Corazón contento de Marisol que, ni de lejos, obtuvo el éxito de aquel.

Rama friki

Hay quien optó directamente por la bufonada a ver si sonaba la flauta. Es el caso del gallego Jose Parga con su Baile del pío pío, jaleado por Christian Gálvez de Los Morancos y Ángel Llacer en el programa Tú si que vales. Ambos se sumaron como
bailarines de su coreografía imposible.

No le anda lejos la tecnopachanga de DJ David con La chica del bikini rojo. Versos como «cuando voy a la playa las chicas poco a poco se van quitando todo, me estoy poniendo a cien» no dejan lugar a dudas de su zafiedad.


El baile del Pio Pio


Dj David La chica del bikini rojo

«TIme To Pretend» de MGTM, himno indie

Desde hace unos años existe otro modo de testar el verano musical al margen de las terrazas, las bodas y las discotecas. Ese es el de los festivales y, este año, hay unanimidad. Curioso: aunque lo indie no comulgue con el concepto de canción de verano, las espirales de psicodelia pop de Time To Pretend de MGTM estarán asociadas para siempre al verano del 2008, del mismo modo que el Pull Shapes de The Pippetes lo fue en el 2006 y Take Me Out, de Franz Ferdinand, en el 2004.

Ahí, en ese terreno festivales, es donde se las gastaba no hace mucho Amy Winehouse para los eruditos. Actualmenteconvertida en la reina mayor del soul contemporáneo y coleccionista de planas en la prensa sensacionalista británica, aún les saca réditos a las excelencias de su álbum Back to Black. Aunque salió en el 2006, solo hay que poner la oreja para darse cuenta de que Rehab es un pieza inevitable en cualquier garito que se quiera apartar del sonido latino con música comercial de calidad.

A rebufo de la Winehouse, surgió este año Duffy, como su versión dulce y aniñada. En ella late el espíritu de The Supremes con suplemento de feeling y el single Mercy ha conquistado miles de corazones. Normal, musicalmente, es una de las mejores canciones del año y, de nuevo, se cumple la norma: si se le da una oportunidad a la buena música en las altas esferas la gente no reprime el abrazo.

Otro que está gozando de su gran verano es Guille Milkway de La Casa Azul. Su duelo contra Rodolfo Chiquilicuatre para ser el representante español en el festival de Eurovisión logró un enorme eco. La revolución sexual, la canción con la que participó entonces, se ha convertido en uno de los himnos pop de estos meses.

Sigur Rós “Með suð í eyrum við spilum endalaust” (XL-Emi, 2008)

jueves, agosto 21st, 2008

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Existe una música que pretende reflejar el mundo y otra que, definitivamente, opta por inventar uno nuevo. Es, este segundo, el caso de Sigur Rós. Como ocurría con My Bloody Valentine, quien se aproxima a sus encantos o corre despavorido o emprende el vuelo que proponen hacia una región inexplorada en la que música adquiere una dimensión total. Este Með suð í eyrum við spilum endalaust («Con un zumbido en nuestros oídos jugamos eternamente», traducido al español), su ya séptimo álbum, lo vuelve a demostrar. De nuevo, surgen en medio del galimatías del pop del siglo XXI como algo totalmente diferente, oportuno y siempre necesario: ese grupo enigmático y misterioso que puede cambiar la vida de cualquiera que se ponga a tiro.

Producidos en esta ocasión por Flood, en su nueva obra los islandeses proponen un recorrido que arranca en lo que pueden ser los momentos más pop y expansivos de toda su carrera. Colorista y con aire tribal (una especie de tropicalismo bañado en hielo glaciar), lo abre de manera espectacular Gobbledigook, lo más parecido a un single que Sigur Rós hayan grabado nunca. Desde luego, estamos ante uno de los más grandes temas del año y la demostración de que aún se pueden dar varias vueltas de tuerca al concepto de canción pop. Sirve de saludo, de enganche hacía un trabajo que va engullendo al oyente paulatinamente, hasta sorprenderlo con la piel de gallina. Y lo hace con joyitas que contienen guiños a los Radiohead del Ok Computer (Góðan daginn) o a los Arcade Fire de los grandes himnos (Við spilum endalaust), que no hacen sino preparar el camino para lo verdaderamente sublime.

Porque las palabras mayores, empiezan desde Festival en adelante. Ahí es el lirismo a flor de piel quien guía el camino con la voz de Jón Þór Birgisson, asexuada y siempre proclive al falsete, como protagonista absoluta. Como ocurría en aquel magistral Vespertine de Björk o el White Chalk de Pj Harvey, su gélido envoltorio posee picos de hielo tan punzantes que llegan al corazón y lo desarman como si de la más intensa metralla rock se tratara. Apartado de todo, en ese mundo piezas como Ara bátur o Fljótavík hacen arder el alma, desplegar sus alas y estirarla hasta el infinito, es decir todo ese cúmulo de sensaciones contradictorias que de entrecruzan en busca de de un solo camino: el íntimo placer auricular de quien siente que el escalofrío lo ha cogido de la mano en el viaje.

En serio, hay que escucharlo y sentirlo. Háganlo y asuman el riesgo: durante la siguiente semana el 99% de la música que se les acerque les resultará perfectamente olvidable.

¿El fin de las sorpresas?

martes, agosto 19th, 2008

Todavía existe quien, antes de que se edite un disco, prefiere aislarse de todo y disfrutar del lanzamiento a la manera tradicional: es decir, comprar el álbum en una tienda, desenvolver el embalaje y ponerlo en el aparato reproductor correspondiente, en función de si es cedé o vinilo, para escucharlo. De este modo, se evitan el cocimiento fragmentado, la posibilidad de toparse con archivos comprimidos que rebajan la calidad a lo ínfimo y, por supuesto, el entrar dentro de un elepé (en muchas ocasiones, una unidad artística) sin varios de sus elementos, sean estos la ausencia de portada, la secuenciación de los temas incorrecta o directamente el escamoteo de alguno de ellos. Y la magia, claro, porque quien se educó de este modo difícilmente comulgará con la inmaterialidad el Itunes y el 2P2, a no ser por el tema del precio.

Con los directos, desde la irrupción de You Tube, empieza a pasar lo mismo. En los ochenta y los noventa, cuando llegaba una gira grande a España (Rolling Stones, U2, Guns n´Roses, The Cure…) las revistas y programas musicales mandaban a un enviado especial a ver la gira americana para contar a los españoles cómo iban a ser esos conciertos y que estos tuvieran una idea aproximada. Hoy en día, no hace falta: toda esa información está en la Red. Pero no esa idea aproximada, sino TODA LA INFORMACIÓN. Lista de canciones, vestuario, capturas por cámaras de móvil y también por cámaras de mayor calidad, que echan por tierra cualquier tipo de sorpresa que quiera crear el artista. Se acaba así, toda una serie de elementos: la escenografía, el vestuario, las versiones que se preparan ex profeso para la giras, los bises y toda esa retahíla de impactos que, juntos y en cadena, hacen el todo de un concierto. Pero sobre todo se evapora una sensación maravillosa: esa de escuchar un par de acordes, reconocer la canción y soltar, brazo en alto, un grito de aprobación-satisfación-emoción.

Por ello hoy en dia, cuando se asiste a un concierto (donde te puedes encontrar a gente con el set-list impreso en papel comentando uno a uno los temas que se van a interpretar), a veces, se tiene esa sensación similar a la de estar viendo un partido de fútbol en diferido, aislado de cualquier tipo de información sobre el resultado. Siempre con esa sensación de “no me cuentes nada”, no vaya a ser que te digan cómo terminó todo antes de tiempo y se diluya toda la excitación en un instante.

Aunque bueno, siempre quedan los artistas como Springsteen o Dylan, de esos que nunca sabes a ciencia cierta qué es lo que va a pasar en uno de sus shows.

Revisando a los primeros U2: “Boy”

lunes, agosto 11th, 2008

Continúa la revisión de la obra de U2. Si en las Navidades pasadas fue el clásico The Joshua Tree (1987) quien se benefició de las labores de restauración, ahora le toca el turno a los tres primeros álbumes de la banda irlandesa, Boy (1980), October (1981) y War (1983). Reeditados hasta en tres formatos diferentes (cedé sencillo, vinilo y doble cedé), la opción deluxe en doble disco compacto es en lo menramente musical la más interesante, ya que además del disco original restaurado, incluye un segundo cedé con caras b de la época y cortes inéditos (todos ellos comentados por The Edge en las notas interiores).

Adormecidos en el subconsciente musical colectivo, la escucha de estos trabajos en el 2008 es harto reveladora en general pero, de todos ellas, la de Boy es la que mayores sorpresas deparará. Sin duda. El debut de los irlandeses de 1980, surge hoy como una joya absoluta, totalmente revalorizada por el tiempo. En él se presenta una talentosa banda que emplea la chispa eléctrica como catarsis a sus estados de confusión. “Un chico intenta ser un hombre / si se detiene a pensar, comienza a llorar”, dice I Will Follow. “Crepúsculo, perdí mi camino, no puedo encontrarlo”, se puede escuchar en Twilight. “Tengo el sentimiento de que todo está fuera de control”, canta Bono en Out of Control. En todas ellas late la misma sensación: la angustia de quien sale del caparazón de la pubertad y observa, completamente desorientado, la llegada del mundo de verdad inmerso en adictiva mezcla de drama, sentimentalismo y excitación.

Ello ocurre en un marco musical realmente prodigioso. Ya entonces, The Edge se revela como un músico extraordinario capaz de extender su huella en cada segundo de la grabación. Su guitarra, que tira tanto de Television como de The Who, pincha con aparente sencillez pero, al tiempo, deja una profunda onda de eco allá donde lo hace. La apariencia es engañosamente simple, pero la escucha atenta no hace si no revelar constantes sutilezas, ampliadas por la estupenda producción de Steve Lillywhite. Tanto en las canciones más eléctricas (I Will Follow, Stories For Boys), como en los medios tiempos (An Cat Dubh, Shadows and Tall Trees) y los pasajes de corte ambiental que adelantan su futuro (The Ocean, Into the Heart) el sonido parece el hilo narrativo de una historia de claroscuros por los que desfila el verbo desnudo y aún inocente de un Bono en ciernes, lejano a el líder musico-político en el que se convertiría después.

Imagen de previsualización de YouTube
Videoclip de I Will Follow

El cedé extra de inéditos hace mucho más apetitosa la adquisición. Inaugurado con una estupenda segunda versión de I Will Follow (con una mezcla mucho más efectista), incluye muchas de las canciones que se hicieron clásicas en la época, pese a su condición de single o cara b. Es el caso de 11 O´Clock Tick Tock, una rareza compositiva que continuaba el pulso de temas como An Cat Dubh, y Touch, ambas editadas en single y barnizadas con el sonido típico sonido post-punk que Martin Hannett patentó para Joy Division. Esa influencia es devastadora en U2-3, el primer sencillo del grupo que recoge primerizas grabaciones de Out Of Control, Stories From Boys</em y la estupenda Boy/Girl; y el siguiente Another Day (que contiene la primitiva Twilight ). Junto a varios temas en directo de la época, que trasmiten la efervescencia de la banda sobre las tablas, y sobrantes

Más de uno de los que profesan animadversión a U2, harían bien en acercarse por estos pagos y sorprenderse con el hallazgo. A los fieles, poco más se les puede contar a estas alturas. Seguro que el remozado Boy ya descansa en sus estanterías.

Kiko Veneno, el silencio y lo sagrado

lunes, agosto 4th, 2008

La semana pasada, a propósito de la actuación de Kiko Veneno en A Coruña con del Noroeste Pop-Rock, hemos publicado en La Voz una entrevista previa con él. Una de las preguntas iba referida al hecho de que el cantautor le molesta el hecho de que la gente hable en los conciertos mientras toca. Se trata de una actitud cada vez más usual, que en ciudades como A Coruña a veces llega a niveles insoportables, dándose ahora incluso en los conciertos en teatros. Esta es la respuesta íntegra:

“Hay que mirar eso dentro del contexto de la devaluación de la música, porque la música se devalúa. ¿Por qué? Pues porque son ciclos históricos. Yo lo que veo es que hace unos años, cuando yo empecé, los aficionados a la música éramos un 1%, pero todos teníamos en casa altavoces de alta fidelidad de madera y discos que los limpiábamos con su esponjita. Ahora, aficionados a la música hay un 90%, pero que tengan esa esponjita y esos altavoces de madera queda el mismo 1%.

Últimamente las multinacionales de la cultura, de los refrescos y de la alimentación, que vienen a ser lo mismo, venden la música dentro de esta campaña de devaluación de sus valores culturales. La venden como la panacea de la juventud: que si el pelotazo, que te liberas de los riesgos, que te tomas dos pastillas y te pones ciego y escuchas la música de tu generación. Muy bien, esto ya lo hacían los Who, pero me da la impresión de que los que seguían a The Who estaban anfetamínicos perdidos allí en la película de Quadrophenia, con aquel ataque de pastillas verdes y azules, pero estaban siguiendo a la música con devoción. Hoy no, hoy la gente está a su bola, borrachos perdidos, no se enteran de ná, no distinguen una letra de Shakira de una de Melendi y de una de Bob Dylan, están ciegos, se lo pasan bien, mola tela, me ven a mí ahí “!Ah, Kiko, ah!” y yo lo agradezco porque son abrazos y cariño que me da la gente, pero la actitud no es la misma. Porque la gente va a vaciarse, a pasarlo bien, pero el papel artístico que tú juegas en toda esta historia, es muy relativo. Yo soy un tío conocido, la gente me da palmadas en la espalda, me grita, me quiere, yo los quiero a ellos también, pero hombre…

El punto de referencia es el festival de Woodstock. El tercer día se ve a Jimi Hendrix tocando al amanecer. Había allí 300.000 personas y la gente mandaba callar. !A ver si encuentras a alguien hablando ahí! Y había un equipo de 20.000 watios. ¡Con ese equipo ninguna orquesta gallega tocaría hoy en ningún pueblo! Y ahí estaba la gente, bajando el tripi de pie y estaban flipando escuchando a Jimi Hendrix, que no querían perderse ni una nota de aquello. Esas notas yo las escuché en su día y todavía me alimentan, me dan fuerzas para vivir, me dan fuerzas para comprender a los demás, me dan fuerzas para sentir la fuerza de la música. Entonces, yo quiero eso tío, yo quiero cosas sagradas, cosas gordas, como las vacas indias. No quiero pamplinas que las escuchas por la radio y te entran por el mismo oído del que salen”.