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La Voz de Galicia
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Caminito de la escuela

10 de Agosto de 2009 a las 13:55

guardeDe pequeña me gustaba mucho ir al cole. Disfrutaba del ambiente estudiantil, de los deberes y, especialmente, de mis compañeros de clase. Pero lo que más disfrutaba del comienzo del ciclo escolar era el exquisito aroma de los libros nuevos. Cuando mis padres me entregaban el arsenal bibliográfico, me sentaba en mi cama y comenzaba a abrir lentamente cada libro. Pasaba las páginas y aspiraba ese olor inolvidable. Los cuadernos, con sus hojas blancas, eran para mi un desafío. Y pese a que me encantaba estar de vacaciones y jugar sin control hasta muy tarde, cuando los libros descansaban plácidamente en mi portafolios empezaba a desear -secretamente para evitar las burlas de mis hermanos y mis amigos- que las clases comenzaran.

Ahora me pasa todo lo contrario. Quisiera que agosto se convirtiera en un mes infinito. Montserrat comenzará la escuela infantil el 1 de septiembre. No sé si le gustará, pero sé de antemano que mi corazón se estrujará como una esponja en el desierto en cuanto una extraña la coja de la mano para alejarla de mí, aunque solo sean unas horas.

Cierto es que gran parte del día estoy lejos de Montse. Pero se queda en casa, con su abuela. La escuela infantil será diferente. La niña, a sus 16 meses de edad, se enfrentará a una nueva y desconocida experiencia. Y yo seguramente me quedaré parada en la puerta del colegio, incapaz de moverme hasta dejar de escuchar el llanto de mi hija. Será un momento duro, pero necesario.

Sí que es verdad que las escuelas para los más pequeños ofrecen un período de adaptación para que los niños asimilen con mayor facilidad la asistencia al colegio. Pero ¿qué pasa con los padres? ¿Por qué nosotros no tenemos un período de adaptación en el que alguien nos enseñe a separarnos de los hijos? Yo, por si acaso, me estoy somentiendo a una autoterapia de fortaleza para no hacer el ridículo llorando a moco tendido delante del resto de las madres. Además, aún me quedan 21 días para intentar convencer al aprendiz de padre de que, al menos el primer día, se encargue de llevar a Montse a clases. Después de todo yo ya hice lo más doloroso: parirla.

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Gotitas de vida

6 de Agosto de 2009 a las 20:17

lactanciaCuando era una mujer soltera y sin hijos, la lactancia me parecía un fenómeno extraño y muy, muy lejano. Cuando veía a una mujer alimentar a su hijo pensaba que sin duda era un sacrificio muy grande. Con el paso del tiempo,  mis amigas comenzaron a parir y me contaban las infinitas molestias de «dar el pecho».

Recuerdo la cara de angustia de una de ellas cuando me detallaba el martirio que vivió para poder alimentar a su bebé. «Es horrible. Me sangran los pezones y duele muchísimo. Creo que solo lo amamantaré este mes y después con fórmula», aseguraba. La lactancia, aunque no lo parezca, tiene muchos beneficios. No sólo para la salud y el buen desarrollo del bebé, que eso ya me parece razón suficiente, sino también para la economía doméstica.

En cuanto me ingresaron en el hospital una enfermera me advirtió que, si no quería amamantar, podían darme una pastilla para que «se cortara la leche». Después del parto, cuando todavía no era capaz de recordar mi nombre y aún sentía el cuerpo como si acabara de recibir una brutal paliza, una dulce enfermera que, curiosamente tiene el nombre y el primer apellido de mi hija, me preguntó con su dulce voz: «¿Vas a alimentar a Montserrat?»

«Sí». Contesté sin pensarlo. Instintivamente. En ese momento no me acordé de la sangre en los pezones de mi amiga ni del infinito dolor que describía. «Sí». Contesté sinceramente. Y de pronto me sentí madre.

Al poco rato otra enfermera se ocupó de traerme por segunda vez a Montse, ya aseada y vestida. Me dijo: «Descúbrete el torso que esta niña tiene hambre» y en cuanto la puso en mi colo, la niña, instintivamente, se prendió de uno de mis pezones y comenzó a succionar.

Ni siquiera recuerdo si me dolió. El hecho de sentirla ahí, cálidamente, comiendo de manera apresurada y mirándome, hizo que se me olvidara cualquier preocupación respecto a la lactancia.

Desde ese momento y hasta antes de cumplir el año, Montse disfrutó a demanda de la lactancia materna. Después empezó a pedir la teta cada vez menos hasta que la dejó definitivamente. No me arrepiento de haber amamantado a mi hija. Sí, hubo momentos de mucho dolor y tuve que recurir a las famosas pezoneras. Pero la sensación de maternidad real que experimentas con esta actividad corporal, es única y no me la perdería por nada.

Se trata de una forma muy íntima de comunicación entre una madre y un hijo. Una sensación de paz infinita que es necesario vivir para poder entender.

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¿Quién manda aquí?

4 de Agosto de 2009 a las 15:05

monSiempre he estado en contra de las manifestaciones del poder como una forma de demostrar superioridad. La familia, desde mi punto de vista, es una democracia y como tal debe administrarse. Sin embargo, Montse me ha enseñado una nueva lección: los niños necesitan límites.
En una ocasión, mi madre (mujer sabia), me anticipó que teníamos que ser más inteligentes que Montse para educarla con amor pero con disciplina. Me advirtió también que la rigidez en la educación dependía totalmente de los padres porque los abuelos estaban más para consentir. Pese a su advertencia siempre he contado con su apoyo para enseñarle a la pequeña las normas básicas de convivencia.
Al principio pensé que todo eso de la educación en la primera infancia era un poco exagerado. Que los niños, en sus primeros meses de vida, lo que más necesitaban era amor y protección. Y sí, necesitan amor y protección. Y disciplina.
Disciplina para que duerman y coman en el horario establecido. Disciplina para que sepan que ellos forman parte de un equipo y que tienen derechos y obligaciones. Pero, ¿cómo hacerle entender eso a un bebé? La respuesta es sencilla: Ellos lo entienden todo.
Y prueba de ello es la facilidad que tiene Montse para señalar con su dedito las cosas que nombramos en voz alta. Y es que desde que tenía dos meses, cada vez que se le cambiaba un pañal o se le daba un baño, su padre, su abuela y yo, le decíamos el nombre de las cosas que utilizábamos: gel, talco, pañal, crema, aceite, loción… Montse abría sus enormes ojos y se quedaba viendo fijamente cada objeto. Cuando cumplió los 6 meses nos dimos cuenta de que aunque no pudiera expresarlo con palabras, sabía distinguir entre un pañal y sus zapatos.
En cuanto empezó a caminar aprendió a coger los objetos que se le pedían. Y hoy, a los 15 meses, sabe recoger sus juguetes y conoce el lugar donde se guarda su ropa, sus cosas de aseo personal e incluso sabe donde están las llaves del coche. Cuando papá dice: «vamos a salir» Montse coge las llages, su chupete y su micky mouse (o a Epi, según el caso). Los niños lo entienden todo. Es una lección que me costó un poco aprender, pero ya la tengo superada. De ahí que poner límites desde los primeros meses sea prioritario.

Pataletas y berrinches

El primer berrinche de Montse fue hace poco. Estábamos las dos en el salón, yo en el ordenador y ella con sus juguetes. De repente se puso de pie y cogió el control de la tele para encenderla. Le pedí que no lo hiciera porque ya estábamos por irnos a la cama. Sin hacer caso a la advertencia encendió el televisor y puso su canal favorito.
Entonces apagué el ordenador y la televisión y dejé el mando fuera de su alcance. Inesperadamente (nunca lo había hecho antes) empezó a llorar y a dar gritos pidiendo el mando. Por unos segundos no supe que hacer, si abrazarla o reñirle. Opté por no hacerle caso. Me senté en el sofá y cogí una revista. En menos de un minuto la niña dejó de llorar, se levantó del suelo donde hacía su pataleta y se me sentó en las piernas. Me quede sorprendida de la eficiencia de esta técnica que alguna vez me sugirió una amiga, experta en estos temas.
Los límites son necesarios. Según los psicólogos, las reglas y la autoridad dan seguridad a los pequeños. Los niños deben aprender que cuando papá o mamá dicen que no, la decisión es inamovible. Los menores necesitan de la guía de los padres por lo que las reglas son la mejor manera de fortalecer la buena conducta y enseñarles buenos modales.
Es difícil poner límites porque no nos gusta enfrenar a nuestros hijos o porque necesitamos de su aceptación constante. Pero no hacerlo provocará enfrentamientos futuros muy difíciles de controlar. A medida que los niños crecen los problemas también crecerán. La respuesta no está en la violencia, sino en la madurez de los padres para enfrentar cada situación desde el principio.

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¿Por qué a los niños?

28 de Julio de 2009 a las 19:35

 No estaba entre mis planes postear tan malas noticias recién empezando este blog. Pero no podemos ignorar las atrocidades que pasan cada vez con más frecuencia:

En México, dos hombres atropellan y matan a dos niños por una riña familiar.

En Estados Unidos, una madre desalmada decapita a su bebé de tan solo tres semanas de vida.

Son noticias tristes, de esas que pueden desalentar al mas optimista. ¿Por qué a los niños? ¿Por qué matarlos? ¿Qué pasa por la cabeza de una persona que no duda en lastimar a un inocente? ¿Hasta cuando? ¿Estás preguntas tendrán respuesta algún día?

A veces pienso: Que asco de gente, que asco de vidas.

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Una visita inesperada

27 de Julio de 2009 a las 13:34

Los días de descanso los disfruto en familia y el pasado sábado no fue la excepción. Montserrat, su padre y yo, dimos un largo paseo por varias plazas coruñesas y, en la de María Pita, nos detuvimos para que la niña observara a otros pequeños que correteaban detrás de un Micky Mouse que repartía globos. Montse, visiblemente emocionada, corrió también tras el popula roedor y yo, embelasada contemplando la escena, me senté en uno de los bancos de la plaza.

De pronto recibí una visita inesperada. Una mujer mayor (debería tener como 70 años, por lo menos) se sentó a mi lado y me  dijo:

– Hola, ¿tienes un pitillo?

– No señora, lo siento, hace mucho que no fumo.

– No pasa nada, es que he cambiado de bolso y dejé la cajetilla en el otro. ¿Esa es tu hija? –preguntó señalando a Montserrat que volvía con su padre con un globo en la mano y una inmensa sonrisa en la cara–.

– Sí, es mi hija.

– Pues cuídala. Yo tuve un hijo y lo perdí. Lo cuidé mucho, fue mi razón de vivir. Siempre fue un niño feliz y nunca le faltó nada. Pero lo perdí. Cuando cumplió 19 años se fue a vivir con su novia a Madrid y lo perdí. Hace mucho que no me llama por teléfono. Ni siquiera sé si tiene hijos o si está bien. Cuídala y no la pierdas porque entonces no la verás nunca más.

Fue uno de esos momentos en que no sabes si responder o permanecer callada. La señora se levantó apoyada en su bastón, acarició los cabellos de mi hija y se marchó.

Por unos segundos sentí escalofríos por todo el cuerpo. Montserrat y su padre me miraban confundidos y los abracé. Esa visita inesperada me hizo pensar en la brevedad del tiempo y de pronto tuve mucha prisa por vivir.

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Lecciones de vida

23 de Julio de 2009 a las 13:46

mon4Montserrat tiene 15 meses y está llena de magia. Con solo mirarme consigue quitarme cualquier rastro de tristeza o ansiedad.

Cuando pone sus pequeñas manos sobre mis mejillas siento que no podría ser más feliz. Y cuando me dice «mamá», un intenso cosquilleo invade mi vientre y sube, muy despacio, hasta el corazón.

Montserrat es mi hija y mi maestra. De ella tengo mucho que aprender. Desde que llegó a mi lado me ha convertido en una mejor persona. Me enseñó a disfrutar de la vida sin rebuscar en el pasado. Me enseñó a sonreír sin estar planificando a cada momento el futuro. Es el claro ejemplo de que la dicha está en el presente, en cada segundo que vivimos.

Ella, mi maestra en el duro arte de vivir, es a veces muy severa con las lecciones que me enseña. Me mira fijamente y me hace entender que me necesita, que tengo que estar ahí, a su lado. Pero si me equivoco no se enfada ni me reprocha nada, porque ella es mágica. Me conoce bien y sabe que solo soy una  aprendiz de madre, con muchas ganas de obtener un sobresaliente en esta nueva e intensa etapa de mi vida.

Y sin ánimos de enseñar a nadie nada, quiero compartir esta bitácora con otras madres y padres, y con cualquier persona deseosa de disfrutar la aventura de la vida a través de los pequeños ojos de esos mágicos seres de los que siempre tendremos algo que aprender: LOS NIÑOS.

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