La Voz de Galicia
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Los días de descanso los disfruto en familia y el pasado sábado no fue la excepción. Montserrat, su padre y yo, dimos un largo paseo por varias plazas coruñesas y, en la de María Pita, nos detuvimos para que la niña observara a otros pequeños que correteaban detrás de un Micky Mouse que repartía globos. Montse, visiblemente emocionada, corrió también tras el popula roedor y yo, embelasada contemplando la escena, me senté en uno de los bancos de la plaza.

De pronto recibí una visita inesperada. Una mujer mayor (debería tener como 70 años, por lo menos) se sentó a mi lado y me  dijo:

– Hola, ¿tienes un pitillo?

– No señora, lo siento, hace mucho que no fumo.

– No pasa nada, es que he cambiado de bolso y dejé la cajetilla en el otro. ¿Esa es tu hija? –preguntó señalando a Montserrat que volvía con su padre con un globo en la mano y una inmensa sonrisa en la cara–.

– Sí, es mi hija.

– Pues cuídala. Yo tuve un hijo y lo perdí. Lo cuidé mucho, fue mi razón de vivir. Siempre fue un niño feliz y nunca le faltó nada. Pero lo perdí. Cuando cumplió 19 años se fue a vivir con su novia a Madrid y lo perdí. Hace mucho que no me llama por teléfono. Ni siquiera sé si tiene hijos o si está bien. Cuídala y no la pierdas porque entonces no la verás nunca más.

Fue uno de esos momentos en que no sabes si responder o permanecer callada. La señora se levantó apoyada en su bastón, acarició los cabellos de mi hija y se marchó.

Por unos segundos sentí escalofríos por todo el cuerpo. Montserrat y su padre me miraban confundidos y los abracé. Esa visita inesperada me hizo pensar en la brevedad del tiempo y de pronto tuve mucha prisa por vivir.