La Voz de Galicia
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Me di cuenta de que me estoy quedando antigua el día en que nos invitaron a un cumpleaños y el jolgorio terminó en boda. La festejada celebraba su cuarto aniversario acompañada de su familia, su «novio» y sus amigos, entre ellos mi hija. Casi al final del convite el padre fungió de cura y los casó en una inusual ceremonia que acabó con un beso en la boca y de la que estuvieron más pendientes los adultos que los niños.

Ya la peque me había dado alguna pista de las precoces actividades del colegio cuando me dijo que estaba enamorada. Y yo, que soy del siglo pasado, me quedé ojiplática escuchando los detalles de su noviazgo y sus planes de futuro con un compañero suyo que aún no alcanza el lustro de vida. Saqué el tema a colación durante una reunión veraniega con otros padres más o menos de mi misma edad y me di cuenta de que los romances de parvulario no son nada novedosos. Una amiga, psicóloga, me explicaba que a partir de los tres años es hasta cierto punto normal sentir algo más que admiración por los compañeros de juegos y ese sentimiento puede dar paso a una fase temprana del enamoramiento.

Supongo que eso es lo que le ocurre a la peque que se ha pasado el verano suspirando por volver al cole para ver a su chico. Confieso que no sé como sobrellevar estos romances de parvulario que surgen de la imitación. Solo sé que soy incapaz de reírme cuando veo a dos de cuatro años comiéndose los morros delante de mi hija a quien, por cierto, le cayó el ramo de la mini-novia.

Ilustración: Paulino Vilasoa