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Aprendiz de madre

Posts tagged ‘tradiciones’

El regalo de las madres

6 de Mayo de 2012 a las 9:33

Los humanos tenemos que mirarnos esa fijación por agregar celebraciones en el calendario. La interminable lista de «los días de» incluye conmemoraciones absurdas que nos podríamos ahorrar. Yo tengo una premisa muy sencilla para valorar los días de fiesta: ¿Son de asueto? Si la respuesta es no: que les den. Si la respuesta es sí: a disfrutarlos. Con el día de la madre hago una honrosa excepción porque muchos malagradecidos que jamás se acuerdan de que tienen una al menos aprovechan esta fecha para visitarla o llamarle por teléfono.

Lo que tal vez omitiría es la elección del regalo. Preferiría que las madres pidieran por sus boquitas lo que realmente quieren recibir. Hubo un tiempo  en el que yo pasaba horas recortando, dibujando y coloreando una lista interminable de regalos para mi madre. ¿Dónde están ahora todos aquellos recuerdos?   Pues salvo por un par de cartas,  algunos poemas y un abanico que lleva por adorno una foto mía, los restos yacen  en la basura. Y  no quiero decir con esto que mi madre fuese una insensible que tiraba por la borda el esfuerzo de sus hijos. A ella no le alcanzaba la cara para esbozar una sonrisa cuando entregábamos los presentes con aquellas manitas aún llenas de pegamento y pintura.  Nos abrazaba, nos besaba y nos decía que era la más feliz del mundo, pero pasada la algarabía de la celebración llegaba el momento de la verdad. ¿Dónde puede una pobre madre guardar las decenas de tarjetas, pisapapeles, cajas decoradas, portarretratos, colgantes y demás obsequios que se van enmoheciendo y decolorando con el paso de los años?

Cuando me hice mayor y me dejé seducir por las campañas publicitarias de tan señalada fecha  las cosas no mejoraron mucho. Yo es que tengo mal tino para regalar. Recuerdo una ocasión en la que ahorré  para obsequiar a la autora de mis días con un «práctico y relajante hidromasajeador de pies» porque la publicidad me garantizaba que era «la mejor forma de recompensar todo lo que mamá» hacía por mi. Mi madre abrió el regalo, esbozó una sonrisa más bien mediana y me abrazó: «gracias hija, te quiero». Pocos  días después guardó la caja en el armario de los cachivaches donde la encontré después.

– Mamá, ¿no te gustó el regalo?

– Hija no te ofendas pero ¿cómo se te ocurrió pensar que yo voy a meter los pies en un aparato lleno de agua conectado a la corriente eléctrica?  

Cuando tenía 10 años la impresioné memorizando un poema que le gustaba mucho, El brindis del bohemio, aún recuerdo su cara emocionada cuando me escuchó recitar aquellos deliciosos versos de Guillermo Aguirre y Fierro. Después descubrí  que lo que más disfrutaba eran las plantas que podía cultivar en su jardín, con eso sí que flipa mi señora madre. Y entendí que cuando nos decía que ella lo único que quería era un abrazo y que fuésemos buenos lo hacía con total honestidad .

Admito que a mí también se me caían las babas por litros la primera vez que la peque apareció ante mí con una pulsera de flores de papel que hizo en la guardería. La tengo en mi cajón de los recuerdos junto con todos y cada uno de sus dibujos y demás creaciones, pero dentro de 20 años cuando todos esos regalitos bien intencionados se vayan acumulando no me quedarás más remedio que reciclar. Aún así seguiré disfrutando -como el resto de las mamás- de ese momento mágico e indescriptible en que los hijos te entregan esa obra de arte en el que han garabateado las 4 letras que tanto significan para ellos.

Me queda claro que el día de la madre es básicamente un formalismo social que podemos celebrar sin necesidad de caer en el consumismo al que nos conduce año tras año la publicidad. Al menos yo hoy seré feliz con los besos y abrazos de mi hija como lo soy todos los días.  Aunque puestos a pedir un regalo material insistiré en el iPad, que ya lo insinúe el año pasado pero todavía no llega.

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Escrito por Azucena Alfonsín 4 Comentarios
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Las mentiras navideñas

19 de Diciembre de 2011 a las 14:03

– Mamá… ¿Papá Noel es chica?

– No, es un chico, no ves que lleva barba.

– Pero también lleva pendientes, y yo creo que es chica porque lleva el pelo largo y además lo tiene rubio.

– ¿Y tú como sabes eso?

– Porque le asoma el pelo debajo del gorro.

– Pero Montse, ¿no ves que si fuese chica se llamaría Mamá Noel?

– Pero si es chico… ¿por qué parece mujer?

– ¿Y si el que viste no era el verdadero Papá Noel sino una chica disfrazada?

– ¿Ah sí?

– Pues no sé, puede ser.

– Yo creo que no es Papá Noel ni Máma Noel, yo creo que es Abuelo Noel.

– ¿Abuelo Noel?

– Sí, porque lleva barba blanca y parece un poco viejo.

Esta conversación con mi hija sucedió cuando vio a uno de los falsos Papás Noel que visitan las escuelas y los centros comerciales. Desde el año pasado me preocupaba como sobrellevar esa sarta de mentiras que contamos a nuestros hijos cada Navidad sobre el bondadoso personaje que se encarga de los regalos. Por un lado les inculcamos valores como la honestidad pero por otro, les llenamos la cabeza de mitos e ilusiones para convertir diciembre en un mes idílico.

Pero es que claro, son años y años de tradiciones familiares que tampoco se pueden ir al carajo solo porque una señora olvidó quitarse los pendientes antes de ponerse el gorro.

Y es que yo estoy a favor de las costumbres navideñas y crecí con esa misma ilusión que veo en mi hija que cada día pregunta cuanto falta para poner al niñito Jesús en el Belén.

Así que por esta vez (y con esta vez me refiero a los próximos 10 diciembres, por lo menos) seguiré ensalzando su imaginación con esas pequeñas mentirijillas que no le hacen daño a nadie. Y disfrutaremos los bombones del calendario de adviento que la peque -con su inmensa generosidad- comparte conmigo en una proporción 90-10. El 10% es el mío, claro:

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Escrito por Azucena Alfonsín Comentar
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Cómo hacer de la muerte una fiesta

29 de Octubre de 2010 a las 11:13

Desde pequeños vemos la muerte como un ser oscuro y tenebroso al que debemos temer. Al margen de las creencias espirituales la muerte es el fin. La nada. Esa sombra que queda tras la partida de un ser amado. La soledad perpetua que nos condena a no ver y a no oír. Es el enemigo común de los seres humanos, contra el que casi todos queremos luchar y que solo unos cuantos anhelan. Es ese ente tan odiado que nos hace llorar hasta enloquecer porque somos conscientes de que no hay después. De niños caracterizamos la muerte con su guadaña y su traje negro, pero con el paso del tiempo comprendemos que más que un ser es un sentir. Cuando comienzan a morir los abuelos de tus amigos eres consciente de que te puede pasar también. Luego tenemos hijos, mueren los padres y la vida continúa entre el olvido y la resignación. Para morir solo hace falta haber nacido. Y moriremos todos, algunos individual y otros colectivamente, pero todos estamos destinados al camposanto. O al crematorio.

En México la muerte se celebra con música y festines. En muchos hogares tradicionales se pone un altar en el que se rinde tributo a los seres que han partido. Velas, calaveras de azúcar, fruta, panes, papel picado y flores, muchas flores. Todo se mezcla con un gusto exquisito para homenajear a los difuntos. En el altar se incluyen los platos favoritos del difunto, así como aquellas cosas mundanas que solía disfrutar: tequila, tabaco, ron, música.

Se trata de una tradición milenaria (de origen maya o azteca, no lo sé con precisión) que se basa en la creencia de que en estas fechas los espíritus se asoman al mundo material para disfrutar de las delicias que se les ofrenda.

En Galicia la celebración recibe el nombre de samaín y tiene origen celta aunque comparte algunas similitudes con el halloween como el uso de velas, disfraces y calabazas.

Sin importar el nombre o el lugar, el tributo a la muerte es un pretexto más para disfrutar de las sonrisas de los pequeños.

 ¿Cómo lo celebras en tu casa?

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Escrito por Azucena Alfonsín 2 Comentarios
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