La Voz de Galicia
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Los humanos tenemos que mirarnos esa fijación por agregar celebraciones en el calendario. La interminable lista de «los días de» incluye conmemoraciones absurdas que nos podríamos ahorrar. Yo tengo una premisa muy sencilla para valorar los días de fiesta: ¿Son de asueto? Si la respuesta es no: que les den. Si la respuesta es sí: a disfrutarlos. Con el día de la madre hago una honrosa excepción porque muchos malagradecidos que jamás se acuerdan de que tienen una al menos aprovechan esta fecha para visitarla o llamarle por teléfono.

Lo que tal vez omitiría es la elección del regalo. Preferiría que las madres pidieran por sus boquitas lo que realmente quieren recibir. Hubo un tiempo  en el que yo pasaba horas recortando, dibujando y coloreando una lista interminable de regalos para mi madre. ¿Dónde están ahora todos aquellos recuerdos?   Pues salvo por un par de cartas,  algunos poemas y un abanico que lleva por adorno una foto mía, los restos yacen  en la basura. Y  no quiero decir con esto que mi madre fuese una insensible que tiraba por la borda el esfuerzo de sus hijos. A ella no le alcanzaba la cara para esbozar una sonrisa cuando entregábamos los presentes con aquellas manitas aún llenas de pegamento y pintura.  Nos abrazaba, nos besaba y nos decía que era la más feliz del mundo, pero pasada la algarabía de la celebración llegaba el momento de la verdad. ¿Dónde puede una pobre madre guardar las decenas de tarjetas, pisapapeles, cajas decoradas, portarretratos, colgantes y demás obsequios que se van enmoheciendo y decolorando con el paso de los años?

Cuando me hice mayor y me dejé seducir por las campañas publicitarias de tan señalada fecha  las cosas no mejoraron mucho. Yo es que tengo mal tino para regalar. Recuerdo una ocasión en la que ahorré  para obsequiar a la autora de mis días con un «práctico y relajante hidromasajeador de pies» porque la publicidad me garantizaba que era «la mejor forma de recompensar todo lo que mamá» hacía por mi. Mi madre abrió el regalo, esbozó una sonrisa más bien mediana y me abrazó: «gracias hija, te quiero». Pocos  días después guardó la caja en el armario de los cachivaches donde la encontré después.

– Mamá, ¿no te gustó el regalo?

– Hija no te ofendas pero ¿cómo se te ocurrió pensar que yo voy a meter los pies en un aparato lleno de agua conectado a la corriente eléctrica?  

Cuando tenía 10 años la impresioné memorizando un poema que le gustaba mucho, El brindis del bohemio, aún recuerdo su cara emocionada cuando me escuchó recitar aquellos deliciosos versos de Guillermo Aguirre y Fierro. Después descubrí  que lo que más disfrutaba eran las plantas que podía cultivar en su jardín, con eso sí que flipa mi señora madre. Y entendí que cuando nos decía que ella lo único que quería era un abrazo y que fuésemos buenos lo hacía con total honestidad .

Admito que a mí también se me caían las babas por litros la primera vez que la peque apareció ante mí con una pulsera de flores de papel que hizo en la guardería. La tengo en mi cajón de los recuerdos junto con todos y cada uno de sus dibujos y demás creaciones, pero dentro de 20 años cuando todos esos regalitos bien intencionados se vayan acumulando no me quedarás más remedio que reciclar. Aún así seguiré disfrutando -como el resto de las mamás- de ese momento mágico e indescriptible en que los hijos te entregan esa obra de arte en el que han garabateado las 4 letras que tanto significan para ellos.

Me queda claro que el día de la madre es básicamente un formalismo social que podemos celebrar sin necesidad de caer en el consumismo al que nos conduce año tras año la publicidad. Al menos yo hoy seré feliz con los besos y abrazos de mi hija como lo soy todos los días.  Aunque puestos a pedir un regalo material insistiré en el iPad, que ya lo insinúe el año pasado pero todavía no llega.