La Voz de Galicia
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Con la vuelta al cole empieza también el estira y afloja de la conciliación familiar. Ese viacrucis particular que nos obliga a exprimir hasta el último minuto del día para disfrutar un poco más de la prole. Las mujeres generalmente lo llevamos peor porque nos toca resolver el puzzle de la cotidianidad para que cada pieza encaje y podamos cumplir con el horario laboral sin mermar tiempo para preparar la cena y jugar un rato con los pequeños después de supervisar los deberes.

En ocasiones nos toca, además, lidiar con las otras madres, ese club de entes casi perfectos que siempre tienen tiempo para todo. Mujeres que sonríen comprensivas cuando te ven llegar tarde al colegio y que te reprenden cariñosamente por hacer gastos innecesarios: «pero bueno, para que compras la tarta si para hacerla solo hay que mezclar cuatro cosas».

Ilustración: Paulino Vilasoa para La Voz de Galicia

Y yo, que pertenezco al lado oscuro, al de las mamás que casi nunca disponen de dos horas libres para una sesión de peluquería y que facilitamos los trámites de la vida apoyadas en nuestras propias madres, me sonrojo por fingir los bizcochos comprándolos a escondidas en la panadería más cercana para meterlos después en un tupper y disimular en las fiestas del cole la falta de tiempo y de talento culinario.

Como decía Sarah Jessica Parker en la cinta I don’t know how she does it (Tentación en Manhattan, en España), «las mujeres de antes hacían las tartas y fingían los orgasmos, ahora fingimos las tartas». Pues eso.