La Voz de Galicia
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Hoy mi hija celebra su aniversario y yo sumo cuatro años de experiencia maternal, aunque en realidad deberían ser casi 5 años porque una comienza a pensar como madre justo cuando le confirman el embarazo. De repente y de la nada surgen mil dudas sin respuesta: ¿Será niño? ¿Será niña? ¿Nacerá sano? ¿Le gustaré? ¿Me gustará? ¿Podré con esto? ¿Me dolerá? ¿Seré buena madre? ¿Y si lo malcrío? ¿Le gustarán las ciencias? ¿O las letras? ¿Me escuchará? ¿Podremos ser amigos?  ¿Tendrá amigos? ¿Colegio público? ¿O concertado? ¿Lo educo en casa? ¿Y si lo mando a la guardería? ¿Lactancia exclusiva hasta los dos años? ¿O será muy exagerado? ¿Colecho sí? ¿Colecho no? ¿Tendremos otro? ¿O nos quedamos solo con uno? ¿Y el nombre? ¡EL NOMBRE!

Cuando recibí a Montserrat entre mis brazos  aquel viernes 11 de abril solo tuve tiempo de pensar en una cosa: lo haré siempre lo mejor que pueda. Y se lo prometí mientras miraba sus ojos recién nacidos que lo absorbían todo con su luz. Hasta  ahora he intentado no romper esa promesa. Lo hago lo mejor que puedo aunque eso no signifique que lo haga siempre bien. Me equivoco con frecuencia y suelo tomar malas decisiones de las que luego me arrepiento. Ser madre a veces duele. Sobre todo cuando se enferman, cuando los hijos experimentan esos momentos de debilidad que son también los tuyos. Cuando lo están pasando mal y sientes como crece tu impotencia ante el dolor de ese ser cuyo bienestar depende casi por completo de ti.

En lo que a maternidad se refiere la antigüedad no nos convierte en expertos. Porque los expertos en crianza no existen, al menos no en términos de generalidad. Seguro que puedes ser experto en la crianza de tus propios hijos pero eso no te hace apto para criar al resto. Cada niño es un pequeño universo y no podemos educarlos con el mismo librillo. Al niño se le guía con amor, con paciencia y con presencia. Porque estar ahí, a su lado, es la mejor forma de orientar.

Hoy entiendo que aún soy una aprendiz de madre que tal vez encontrará su maestría con el tiempo y con la cotidianidad. Pero ahora, mientras mi hija crece ante mis ojos, solo me queda estar ahí con ella, para ella. Eso sí, he tomado nota de mis errores para intentar no repetirlos. En este largo camino mi hija ha sido mi maestra y mi mejor lección. Es ella la que me orienta con su mirada, con sus reacciones. Es ella la que me hace entender que gritando no solucionamos nada. La que es capaz de arrancarme una sonrisa justo cuando estoy interpretando mi papel de bruja para conseguir que recoja los juguetes. Ella es solo una niña. Soy yo la que tengo que esperar y respirar.

He aprendido que no le puedo imponer todo, que tengo que dejar que ella también decida, que participe en las cosas que le atañen. Y me han criticado por ello porque muchos de los que me rodean piensan que la estoy malcriando. Yo creo que no, al contrario, la estoy bien criando porque sé que tomar sus propias decisiones –y asumir las consecuencias de las mismas- será una de las mejores enseñanzas que yo le pueda heredar.

He asimilado que la crianza debe ser respetuosa no solo para el niño sino también para la madre. Me he topado de frente con la intrusión, esa gran metomentodo que llega en forma de amigos, de familiares o de perfecta desconocida y empieza  a sugerirte lo que debes y no debes hacer respecto a tus hijos. Antes, cuando era aún más inexperta, solía dejarme influenciar e incluso les daba explicaciones.  Ahora, de forma educada pero tajante, los mando a tomar por saco. Porque la crianza de mi hija es asunto de familia y como tal debe tratarse. Y he aprendido también a respetar, a no ser yo la que va por la vida intentando convencer a otra madre para que se sume a la lactancia, por ejemplo, porque me pongo en su lugar y debe ser cansino estar escuchando una y otra vez la misma cantaleta, que sí el biberón mejor no, que no lo dejes dormir solo, que bésalo, que cuídalo. No, así no.

Una madre sabe, entiende e intuye lo que es mejor para sus hijos y toma las decisiones según su bagaje emocional, según las circunstancias y lo que necesitan ella y su bebé en cada momento. A una madre no hace falta convencerla para que quiera, para que abrace, para que acune, para que no haga llorar. Eso se sabe, se entiende, se intuye.

He vivido intensamente este último lustro de mi vida. He aprendido y he desaprendido. Me perdí y me encontré ya un par de veces. Por eso creo que estoy en el camino correcto. Porque voy despacio, sin pausa pero sin prisa, intentando cumplir día tras día el mismo objetivo: que mi hija sea feliz.