La Voz de Galicia
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Hace tiempo que no hablamos de las tormentas coriolis. Hoy hace un día con una luz que quema. Uno de esos días que llegan después de las tormentas de arena que casi nos entierran. El sol es un diamante verde que raja los ojos. Y tú cuidas a tus pequeñas como en un poema. Ahora vives en las afueras de Arrakeen, antes del desierto. Juegas con tu hijo en el columpio de un parque público, antes de la glaciación. Quiere comerte la cara. Quiere ser un dinosaurio. Y lanzar la pelota como los dinosaurios. Los niños todavía no entienden de tormentas coriolis que dejan la cabeza de cualquier fama hecha un cronopio ni de elecciones que riman con repeticiones y con más cosas. Los relojes de Dalí se derriten cuando el cerebro emite la carta de ajuste o cuando los días son como una rayada pantalla con conexión política. Tragas kilómetros por las carreteras y escuchas mensajes de feria. Y sobrevives porque sabes que siempre hay gente que no caza pájaros, que solo los fotografía, porque son hermosos. En el lado oscuro del patio hace frío. Prefieres pensar que los molinos de toda la vida no son gigantes. Son solo una manera de hacer pan. Y siempre está tu niña para llenarte el depósito de besos, justo antes de que te comas la luna llena a mordiscos, mientras piensas en el cuello del cisne. Una campaña electoral, demasiadas palabras seguidas. Una tormenta de palabras.