La Voz de Galicia
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El Savoy no cierra, porque Alvite lo abrió sin horarios. Pa que no cerrase nunca. ¿Qué es un diccionario sin la a, sin la A mayúscula de Alvite? Un prospecto médico. Al le diría a Chester Newman: Ten cuidado con esa chica, que viene a llevarme. Sus ojos son balas trazadoras, mientras la juke box de O Galo de Jorge haría bailar el humo. No pienso derramar por ti ni una sola lágrima. Lo único que pienso derramar por ti es güisqui. Cuando te conocí tenías el doble de años que yo. Y el doble de todo: talento, aplomo, risa. Yo era un chaval que lo único que hacía en la redacción era cambiar las colillas de cenicero. Sí, entonces, en las redacciones se fumaba. Alvite fumaba mucho, demasiado. Concha Pino fumaba mucho, demasiado. Y así. La niebla de humo que le pusiste al Savoy estoy seguro que estaba inspirada en aquel ambiente irrespirable de la redacción en el que a veces hacían falta unas tijeras para entrar y ver algo.
Tú te empeñabas en llevarme por el mal camino y nuestro jefe, Xosé López, Morgan, para que nos entendamos, por el bueno. Descubrí entonces que el mal camino es mucho más divertido. Alvite hacía sucesos para La Voz a finales de los ochenta. Era el único que todavía tecleaba sus noticias en una máquina de escribir. Los demás lo hacíamos en unos ordenadores enormes que parpadeaban en verde. Hasta que llegó el H12$L14, pero esa es otra historia. Los sucesos de Alvite salían siempre al límite. Tuvo algún encontronazo con la realidad, pero pronto su mente prodigiosa en el billar de las palabras encontró acomodo en la ficción de las Crónicas de Nunca y, después, del Savoy. Era la evolución natural de un genio. Alvite escribía mucho mejor la realidad si lo que hacía era ficción. Los hechos, a veces, se le quedaban estrechos. Y fue entonces cuando despegó como se merecía en La Voz, en la Radio Galega, en Diario 16, y luego en La Razón, en Onda Cero con Carlos Herrera. Cuando Alvite todavía hacía entrevistas sin inventarlas todas, como cuando publicó también en La Voz las Entrevista de Nunca, solían venir los entrevistados a felicitarlo, porque sus respuestas habían quedado tan bonitas que ellos mismos no sabían que podían hablar tan bien. A Alvite le tocaba en el cristal de la Rúa do Vilar Alejo, para convocarle a sus surrealistas ruedas de prensa. Alejo ya no tenía dientes y, a cambio de su información sobre los bajos fondos de Compostela, Alvite le tenía que comprar pasteles de la Mora. Qué distinto era el periodismo de aquella época. Qué poco que ver con el periodismo instantáneo de hoy. Luego llegó el fax y empezó a matar a las fuentes auténticas. Hay tanto que decir. Que aplaudir. Pero hoy también está prohibido escribir en largo. Resumo:
Sin ti, José Luis, somos simplemente peores.
Pero mejor escuchar tu voz rota que ya le gustaría a Sabina tener una voz así. Solo Nonito Pereira la tiene más desgarradora.

Y sumarle esta postal del Savoy:
El humo del bar formaba una niebla tan densa que, en ocasiones, los clientes tropezaban con las coristas. Al está siempre en su mesa. Tiene ese aplomo que da saber que la vida es una condena a muerte. Al habla sobre el bar con una puntería única. A veces, junto a Al, se sienta Newman, que llega del Clarion con la tinta fresca del cadáver de algún tiroteo todavía en sus dedos. Newman envidia a Al. Lo aprecia. Sabe que es como una pared más del bar. Una pared importante, como la que sostiene en San Pedro el fresco de la capilla Sixtina. Miguel Ángel era un grafitero increíble, dice Al cuando hablan del Vaticano. Y añade que los cardenales eligen Papa mientras se colocan con el cine en colores de Miguel Ángel. En el aire de Roma flota la cocaína de la fumata blanca.
Newman está hoy abatido por las noticias de la policía y le reconforta mirar a Al, con su aspecto de perro San Bernardo, que está ahí para sacarte del hoyo de la peor nevada. Newman tiene un compañero en el periódico, un chaval que malgastó su juventud en tener hijos. Al lo había pronosticado cuando conoció a Di Marco.
-Este chico hará polvo su talento con tantos hijos. Uno no puede dedicarse a la puericultura y la cultura, al mismo tiempo.
Newman envidia a Al por su mordacidad tierna y porque dicta con solo hablar columnas bordadas con un pespunte de imágenes que Newman jamás escribirá. Al fue el que mejor definió a la rubia detective de Homicidios: Cuidado con esa chica, el vestido se le ajusta a sus curvas como la carretera de Mónaco a las laderas de la Costa Azul.
Y así…