La Voz de Galicia
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-Cada vez más las redacciones adelgazaron el tiempo de la gestión de la información. Década de los noventa. Y llegó la primera década del siglo nuevo de la información instantánea. La realidad.com. Las web y el tiro de gracia de la crisis. Y, con la masificación y deificación de las redes sociales, ya casi se prescindió del periodista (al fin y al cabo, el periodista es un intermediario, un camello de mercancía, al que se odiaba y se despreciaba y que encima resultaba caro). La información se convirtió en un intercambio exponencial de datos y ruido, ruido y datos, algo así como ver vomitar (o masturbarse) a alguien en el interior de un ascensor de cristal que baja a toda velocidad sin entender demasiado. La clave era que el ascensor no dejase de moverse, el tipo de vomitar (o masturbarse) y que todo fuese visible sin aportar gran cosa. Ya estamos de lleno en el espectáculo hueco de la noticia transparente. Es tanto lo que te cuentan que no recuerdas nada. El criterio se esfuma. El consumo de información como una polución nocturna, de la que no te vas a acordar, tampoco te da especial placer y tan solo te quedan las sábanas manchadas.