La Voz de Galicia
Seleccionar página

Nació dos días después de los Reyes Magos del 33. No tardó en saber que el partido era difícil. En el minuto uno se quedó sin madre. Y su padre tampoco compareció. Fue entregado a una familia. Y dejó de ser Joan Faneca para ser Juan Marsé. Fue feliz de niño y tuvo un padre adoptivo al que le gustaba conducir su vida por la izquierda, carril prohibido entonces. Sufrió, el padre, prisión, y el hijo se tuvo que poner a trabajar de crío, de aprendiz en una joyería, para ayudar en casa. Aquel aprendiz de joyero, que luego lo sería de laboratorio en París, quería ser escritor. Y pronto conectó con la izquierda divina que, en Barcelona, formaban Jaime Gil de Biedma y Carlos Barral, entre otros. Les cayó bien el chico duro, el pandillero de barrio y suburbial.

Marsé sabe que no hay fórmula literaria más efectiva que la suma de memoria e imaginación, cuyo resultado es esa ensoñación que brilla en sus novelas más que las joyas que pulía de chaval. Pisó los boulevares de París por consejo de Gil de Biedma para descubrir si, debajo de los adoquines, había alguna novela. Al final volvió a su casa, su barrio, y cerró los ojos para escribir Ultimas tardes con Teresa, con ese Pijoaparte acharolado, tan de época, y esa chica, tan de lavanda y de merienda con pastas, que descubre la emoción sobre una moto.

Aunque su último trabajo olía a encargo y prisa (Canciones de amor en Lolita’s Club), Marsé ha firmado libros sólidos, que se dejan leer. Su mezcla lleva oficio de narrador y poesía aprendida en el cine de barrio. El  mismo cine de barrio en el que él dice, con ironía, que proyectaban programa doble: «Película y paja». Se ha llevado siempre mal con las versiones en celuloide de sus historias. Sobrevivió a la dinamita de un infarto y el jueves estaba feliz con su premio Cervantes. Él dice que, con sus libros, solo pretende «recuperar el tiempo y una ciudad perdida». Y nos lleva de la mano a Si te dicen que caí o a Un día volveré, a ese laberinto que es también trampa de posguerra. Marsé es un artesano soberano que no se sale del esquema clásico de las novelas del siglo XIX. Un finalista eterno del Cervantes que, esta vez, llegó dos cuerpos por delante de Ana María Matute y sus hadas y de Caballero Bonald y su poesía medida de catalejos y meridianos. Un Cervantes de andar por casa, por el Guinardó de Barcelona.