La Voz de Galicia
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Te acuerdas. Tenían los ojos transparentes, como dos lágrimas verdes. Una quería ser artista y usaba guantes. La otra no quería ser nada. No, mejor. Solo quería ser feliz. Las conociste en Madrid, cuando vivías en aquel piso de la calle Jaén, cuando comías el menú del día en el Mesón de la Risa, al que le llamabais el Mesón de la Prisa. Era comer y marchar a clase. Eras estudiante, el tiempo feliz y perdido en los tardes de los cafés. Al principio, creíste que era solo una. Sonia. Te atendió en una tienda de ropa de Princesa. Salió de la oscuridad del ropero y desplegó su sonrisa. Era menuda. Otro día volviste y te atendió con el pelo rizo. Las mismas lágrimas verdes en los ojos, tal vez el mentón más redondeado. Pero pensaste que era la misma. Sonia. Luego apareció una amiga en común. Y sucedió el milagro. Una estaba en la barra. Sonia, con sus guantes, para no sentir el frío de querer ser artista. En la barra de los litros de cerveza de los locales de Moncloa. La otra salió del baño, con su pelo rizo. Y la sonrisa de querer ser solo feliz, y nada más que feliz. Se llamaba Andrea y era la hermana gemela de Sonia. Nunca te habías enamorado dos veces, de esa manera. Tú querías saber más de la chica con guantes que, a veces, tenía el pelo rizo. Y ahora querías saber más de la chica con guantes que se alisaba el pelo con una plancha para que no la confundieses con su hermana. Las dos rieron, como tantos otras veces, por la confusión. Estaba claro que estaban conectadas por ese hilo magnético que une a los gemelos más allá de los demás seres humanos. Quedasteis otras noches. Otras cervezas. Y las risas se solaparon con una naturalidad increíble. Siempre se tenían que ir pronto. Y llegó una noche que dijeron que no se iban a ir nunca. Y así se quedaron en tu cabeza. Las dos o el eco de las dos. Fueron a tu piso de estudiante. Y quisieron que las amases. Que las amases por orden. No juntas ni revueltas. Primero, una y luego la otra. Las dos tenían el rostro como de agua clara, hermoso. Lo organizó todo la que quería ser artista, tal vez más pícara o retorcida. Te dijo al oído: cuidado, mi hermana es virgen. Es su primera vez.E hicisteis el amor junto a la mesa pintada de un azul añil, por encima de esos alientos helados del invierno en Madrid, también en el interior de los pisos. No fue ninguna maravilla. Tampoco con la artista. Te había contado el secreto de su hermana. Creías que ella estaba más experimentada. Pero se estremecía de forma extraña, otra vez ese dolor antiguo. Por la mañana, llamó su padre. Sabía que sus hijas habían dormido ahí. Me iba a enterar. No tenían permiso para pasar la noche fuera de casa. El teléfono se lo dio la amiga común. Y ellas salieron corriendo como las del cuento. Fue la única vez que te acostaste con un espejo y su reflejo.