La Voz de Galicia
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¿Quién no ha sucumbido a la tentación de teclear su nombre y apellido en el buscador de google, ese gigantesco loro que todo parece saberlo? Hacerlo se puede interpretar como un ejercicio de vanidad o de miedo (por si salen las multas impagadas o los controles de alcoholemia), pero lo que te aplica esa herramienta universal de Internet es un fuerte correctivo de modestia. Pones tu nombre y te das cuenta de tu sospecha era cierta: César Casal no es nada. Hay muchos César Casal. Son diez letras con múltiples interpretaciones en nuestro planeta diverso. Descubres que César Casal es un alto cargo de un importante laboratorio en Argentina. Un hombre del que, al seguirle la pista por el ordenador, sabes por una enorme esquela de un diario argentino que ha perdido a su hija. César Casal es también un guapo estudiante venezolano, con una barba que le da un aire bohemio y un grupo de amigos y amigas muy atractivos. Y César Casal es, en esa memoria de enciclopedia interminable del google, un hombre que quedó muy bien clasificado en un torneo de golf en Asturias. Y aparece otro César Casal en México, que, para colmo, se dedica a lo mismo que tú y escribe reportajes en prensa sobre Yucatán. Nuestro paso por la tierra es una milésima de segundo. El que se cree importante pierde el tiempo. Somos esa gota de un océano y, lejos de nuestras circunstancias, una maleta y un aeropuerto, nos convierten en otro hombre sentado a la espera de un avión. Un número más de un pasaje. Un reflejo más para una novela de espejos de Paul Auster.