La Voz de Galicia
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Hay directores que mean con gasolina su territorio y hacen películas tan personales que es imposible imitarlos. Orson Welles, Woody Allen o Pedro Almodóvar. Los adoras o los odias. Tiene lo que se llama un sello personal. Hay otros directores que, sin ser menos artistas, manejan un lenguaje más universal, más sencillo. Directo a los corazones. Son hombres a los que se les llama maestros del oficio, carpinteros del séptimo arte. Sydney Pollack pertenecía a este grupo capaz de facturar historias hermosas con una única lectura: la emoción. Pollack firmó Memorias de África, Tal como éramos, Tootsie, filmes capaces de contagiar unas lágrimas del rostro de una peluquera al de un albañil, sin hacer distinciones de ninguna clase. Narraciones para todos los públicos. Ahora el cangrejo maldito se lo lleva, con solo 73 años. Siempre es antes de tiempo. Si Sidney Lumet ha sido capaz de hacer gran cine con más de ochenta años, Pollack todavía nos podía haber obligado a coger el pañuelo para algo más que llorar su final. Actor secundario de lujo, productor genial (él fue quien apoyó Sentido y sensibilidad, de Ang Lee, y El paciente inglés, de Minguella), Pollack solo se alejó del cine cuando uno de sus tres hijos falleció en un accidente aéreo. Seis nominaciones y dos Óscar, el de Michael Clayton, como productor, y el de Memorias de África, como director. ¿Qué mujer no desearía que Denis, Robert Redford, le aclarase el pelo como en la película? ¿Qué mujer no querría sobrevolar las cataratas de África con el aventurero? Pollack estaba detrás de esas imágenes para demostrar que una cámara que sabe moverse hace latir los corazones.