La Voz de Galicia
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Calor. Mucho calor. Demasiado. Hace un día de verano en el inicio de la primavera y hay que trabajar. La luz del sol a tope. Tienes que llevar a la niña al médico porque le duele el tobillo. Esguince. Tú, preocupado. La niña, feliz.

-Cómo no voy a ir a clase. Quiero ir a clase con  la venda. Me tienen que ver mis amigos.

Es más: en el médico quería una escayola.

-Una venda de las duras, como la que le pusieron a Juan.

Decía me duele mucho y luego se delataba cuando se aburría y se ponía a correr en el hospital hasta la máquina de café. Te tranquilizas cuando te dicen que no es nada. Y recuerdas como a ti te encantaba que te firmasen y escribiesen cosas en las escayolas que tuviste cuando chaval. Hasta jugaste al fútbol en el recreo con una en el pie. En fin.

Llegas a casa. Tu otro hijo. Este, de dos años. Abres la puerta y mientras recoges juguetes por aquí y por allá le dices con toda la naturalidad:

-Llama al ascensor.

El niño ya llega al botón de llamada. Pero su reacción es maravillosa. Nada de botones. Te reconcilia con la primavera y dinamita la astenia. Aplica la lógica que nos revientan con la edad. El pequeño, que ya entiende frases y que van soltando las suyas, te hace caso y, claro, llama al ascensor:

-Ascensor, ven.